GUSTAVO III
REY DE SUECIA
1746 - 1792

Gustavo III de Suecia nació en el Palacio Real de Estocolmo, el 24 de enero de 1746, y falleció en el mismo lugar el 29 de marzo de 1792. Hijo primogénito de Adolfo-Federico I de Holstein-Gottorp y de Luisa-Ulrika de Prusia, reyes de Suecia, era sobrino carnal del rey Federico II "el Grande" de Prusia y primo-hermano de la emperatriz Catalina II "la Grande" de Rusia y del emperador Pedro III de Rusia, esposo de ésta.
Gustavo III es el segundo monarca de la Casa de Holstein-Gottorp, dinastía ducal germano-danesa que conformó una de las ramas secundarias de la dinastía de Oldenburgo, reinante en Dinamarca, instaurada en Suecia a partir de 1751, por su padre el rey Adolfo-Federico I al ser designado sucesor del entonces rey de Suecia Federico I de Hessen-Cassel, el 23 de junio de 1743 por el Parlamento Sueco (Riksdag).

el Duque Carlos-Federico de Holstein-Gottorp (1700-1739); esposo de la gran duquesa Ana Petrovna de Rusia y padre del zarevich Carlos-Pedro-Ulrico de Holstein-Gottorp, heredero de su cuñada Elisabeth I Petrovna de Rusia, era hermano mayor de Adolfo-Federico, obispo de Lübeck y futuro rey de Suecia.

Carlos-Pedro-Ulrico, duque de Holstein-Gottorp (1728-1762), Gran-Duque y Zarevich de Rusia al ser designado sucesor y heredero de su tía materna la emperatriz Elisabeth I Petrovna de Rusia. Contraería matrimonio con una prima, princesa de Anhalt-Zerbst, futura Catalina II "la Grande"...
Dos años antes (1741), el sobrino de Adolfo-Federico, el joven duque Carlos Pedro Ulrico de Holstein-Gottorp (hijo del duque Carlos-Federico, su hermano mayor), era designado heredero de la emperatriz y zarina Elisabeth I Petrovna. Enviado a Rusia para convertirse en zarevich (futuro Pedro III de Rusia), su designación supuso un juego de alianzas dinásticas que forzaron a Suecia en adoptar a Adolfo-Federico de Holstein-Gottorp como príncipe heredero sueco en 1743, gracias a las presiones rusas.

Adolfo-Federico I de Holstein-Gottorp (1710-1771), Rey de Suecia y Gran Duque de Finlandia de 1751 a 1771; retrato según Lorenz Pasch, 1766.
El reinado de Gustavo III fue acaso para Suecia uno de los más brillantes de su historia, conocido como "La Era Gustaviana". Si bien terminó con la hegemonía de los partidos parlamentarios, cuya corrupción amenazó con destruir la independencia de la nación, y la Era de la Libertad sueca, mediante un golpe de Estado (1772) gracias al apoyo de Francia, y restauró la autoridad política y moral de la institución monárquica, impulsó el florecimiento de la cultura nacional sueca, entonces inexistente, creando academias e insuflando el sentimiento patriótico.
Por otro lado, intentó sin éxito una campaña expansionista que devolviera a Suecia a su antigua posición de potencia en el Báltico y en el escenario internacional, inspirándose en las campañas de conquista de uno de sus antecesores en el trono: Carlos XII.
El Kronprins Gustavo de Suecia

El nacimiento de Gustavo había sido precedido por un primer parto malogrado de su madre. Cuando su madre le da a luz, el infante tan solo es príncipe real y segundo en el orden de sucesión al trono, después de su padre. Dos años después, nace su hermano Carlos-Augusto (1748-1818), Duque de Södermanland -y futuro rey Carlos XIII-; luego vendrían Federico-Adolfo (1750-1803), Duque de Ostergotland, y una princesa: Sofía-Albertina (1753-1829).
Su infancia y su juventud se llevaron a cabo en un clima de extrema debilidad de la institución monárquica sueca. Cuando sus padres acceden al trono, tras la muerte del rey Federico I el 26 de marzo de 1751, el príncipe Gustavo se convierte automáticamente en el Kronprins de Suecia (Príncipe de la Corona o Príncipe Heredero), a la edad de cinco años. Desde 1751 a 1766, época en que es instruído, formado y educado academicamente, sus padres los reyes atraviesan y protagonizan la peor de las crisis de la monarquía como institución de máximo nivel, hasta el punto de verse amenazados de derrocamiento y expulsión. La Corona se ve sucesivamente limitada, recortada en sus atribuciones, humillada y supeditada al Riksdag, como un navío a merced de las tempestades políticas que arriesga con naufragar estrepitosamente. La nobleza se había apoderado de toda la administración del Estado, relegando a los monarcas al mero papel figurativo de una inutilidad jamás vista.

Adolfo-Federico I de Holstein-Gottorp (1710-1771); Rey de Suecia y Gran Duque de Finlandia de 1751 a 1771.
El padre de Gustavo pretendió remediar la poca importancia de la institución que representaba, buscando aliados políticos y el favor popular, conformándose el llamado "Partido de la Corte", que perseguía restaurar la autoridad de la Corona. Traicionado por el Consejo Real, que le recriminaba sus ansias de intervencionismo, Adolfo-Federico I se vió admonestado por el Riksdag, que tomó medidas cautelares humillantes contra el rey; entre ellas, otorgó la facultad al Consejo Real de utilizar un sello con el nombre del monarca para firmar las decisiones del Consejo si el soberano se negaba a ratificarlas de su propia mano.

Luisa-Ulrika de Prusia, Reina de Suecia y Gran Duquesa de Finlandia (1720-1782); retrato según Antoine Pesne.
En 1756, fue denunciada ante el Parlamento una conspiración cortesana que pretendía llevar a cabo una revolución que devolviese al rey el poder absoluto. El Riksdag, bajo la batuta del Canciller Axel de Fersen "Senior", ordenó levantar un registro de las Joyas de la Corona, ante las sospechas de que la propia reina Luisa-Ulrika había empezado a empeñarlas para financiar el golpe. La intentona fracasó y varios aristócratas que apoyaban a los reyes, como el Conde de Brahé, fueron condenados a muerte. El papel del rey se redujo entonces a la mínima expresión e importancia, y el Riksdag amenazó con privarle del trono si continuaba por esa vía.

el Conde Erik de Brahé (1722-1756); miembro y cabecilla del Partido de la Corte que conspiraba para devolver el poder al rey en detrimento del Riksdag, y víctima de las represalias parlamentarias...
En tal clima de tensiones y contínuas humillaciones, el Príncipe Gustavo creció mostrándose muy proclive a la fantasía, al arte teatral y a la frivolidad, como para escapar de la negra realidad. Sus profesores formaron al príncipe de acuerdo con los preceptos de la Ilustración Francesa, que en esa época marcaba la tendencia cultural y humanística predominante. Su educación incluía los ideales de la tolerancia, el humanismo y el interés por todas las expresiones culturales, predominando la estética y la literatura; sin embargo, la materia favorita de Gustavo siempre fue la historia.
Ciertos historiadores consideran, por otro lado, que la instrucción académica de Gustavo careció de sólidas bases éticas y religiosas, teniendo gran propensión al egoísmo y al autoritarismo, amén de un marcado afecto por el poder, el éxito y el honor, tres puntos que llegó a considerar como objetivos loables en la vida.
El desarrollo de Gustavo sería negativamente influído por la división de pareceres entre sus padres y profesores por un lado, y el Parlamento (o Riksdag) por otro. Este último, aprovechando el ninguneamiento del rey Adolfo-Federico I, se atrevió a inmiscuirse de manera constante en la educación del príncipe heredero, asumiendo atribuciones que no le pertenecían.
En el momento de alcanzar la mayoría de edad, en 1766, Gustavo se vio exhortado, por decisión del Riksdag, a pedir la mano de la princesa Sofía Magdalena de Dinamarca, en contra del deseo de sus padres y del suyo propio. Semejante contrariedad, agrió el carácter del príncipe, que se vio obligado a casarse con una princesa a la que no quería ni deseaba para si. Huelga decir que el matrimonio fue un sonoro fracaso desde el principio y gélida la convivencia hasta el final.

Sofia-Magdalena de Dinamarca y de Noruega, Reina de Suecia (1743-1813), tildada de "fría y tímida" en el seno de la familia real sueca.
Su voluntad de destacar en la vida pública y política de su país, y su empeño en rescatar a la Corona Sueca de su inactividad, le llevaron a dirigir el Partido de la Corte, que no tardó en darse cuenta de las grandes habilidades del kronprins y en considerarlo, al poco, como la gran esperanza de la monarquía sueca. Sin embargo, su sed de protagonismo dio lugar a ciertas fricciones con su madre la reina Luisa-Ulrika, nada dispuesta en cederle ni un ápice de su influencia dentro del partido.

Luisa-Ulrika de Prusia, Reina de Suecia (1720-1782); retratada por Lorenz Pasch en 1768.
Tomaría parte en la alianza política entre el Partido de la Corte y el Partido de los Sombreros, que junto con la gran influencia de la diplomacia francesa, representada por el eficaz Conde de Vergennes en Estocolmo, dio origen al derribo del Partido de los Gorros en el Parlamento de 1769. Pese a que los objetivos de Gustavo y de su padre el rey eran el de instaurar una nueva Constitución que devolviera a la Corona su preponderancia como máxima institución del Estado Sueco, la maniobra política fracasó en parte.
Gustavo III, Rey de Suecia

El Príncipe Heredero de Suecia se encontraba de viaje oficial en París cuando, en medio de una función teatral a la que asistía, le fue notificada por correo urgente la repentina muerte de su padre el rey Adolfo-Federico I, acontecida el 12 de febrero de 1771. Había muerto tras sufrir un ataque de apoplejía.
La visita oficial de Gustavo en Francia no era puramente turística; mientras acudía a eventos culturales, frecuentaba los más codiciados salones parisinos codeándose con filósofos y musas de la Ilustración, y era pomposamente recibido por el rey Luis XV en Versailles, también entablaba conversaciones mucho más serias y políticas con los ministros del Gobierno Francés: el Duque d'Aiguillon, ministro de Asuntos Exteriores, y el Vizconde de Maupeou, canciller y ministro de Justicia, sucesores del caído en desgracia Duque de Choiseul. El embajador de Francia en Estocolmo, Conde de Vergennes, debía desempeñar el papel de "enlace" entre Gustavo III y Luis XV.

Charles Gravier, Conde de Vergennes (1719-1787), Embajador de Francia en Suecia y coordinador del "Golpe de Estado" de 1772 operado por Gustavo III, con apoyo y subsidio francés / retrato según Lundberg.
Consiguió el compromiso y la promesa del gobierno francés de apoyarle políticamente en sus proyectos reformadores; Luis XV llegó incluso a aconsejar a Gustavo que buscara la reconciliación entre todos los partidos políticos con el fin de lograr un gobierno de coalición bajo su propio liderazgo.
Con la certeza del apoyo político y financiero francés, Gustavo III abandonó París para regresar a Suecia como rey, y llevar a cabo sus planes tanto tiempo rumiados.
Tras presidir el funeral de su adorado padre y predecesor, Gustavo III fue solemnemente consagrado y coronado rey el 29 de mayo de 1772. Sin embargo, pronto se dio cuenta que todo intento por reconciliar a los partidos enfrentados era inútil.
Golpe de Estado

Gustavo III encontró en Jacob Magnus Sprengtporten y Johan Christopher Toll, a dos habilísimos colaboradores que se encargaron de ejecutar sus planes y aplicarlos. Ambos se encargaron de provocar un levantamiento popular en favor del rey en Finlandia y Escania. Sin embargo, la rebelión de Escania llevada por Toll estalló antes de tiempo y las intenciones fueron descubiertas por el Riksdag. Ante la gravedad de la situación, Gustavo III no esperó, como se había acordado, el regreso de Sprengtporten de Finlandia y se apresuró a encender personalmente una revuelta en Estocolmo. El 19 de agosto de 1772, con el apoyo de guarniciones militares, el rey ordenó el arresto del Consejo Real - que tantas humillaciones había infligido al rey Adolfo-Federico I - y a todos los líderes del Partido de Los Gorros, en el Parlamento. El mismísimo Canciller Fredrik-Axel de Fersen "Senior", que durante tantos años había dirigido los asuntos suecos con mano de hierro, detenido, dimitió de todos sus cargos y se retiró del escenario político, esperándose lo peor.
Dos días después, el Riksdag, finalmente sometido al rey, aprobó una nueva Constitución elaborada en gran parte por el mismo Gustavo III. Tras la aprobación e instauración de la nueva Constitución, gran parte de los presos políticos fueron liberados y amnistiados.
Con el golpe de 1772, también llamada "Revolución Real", Gustavo III logró, sin derramar una sola gota de sangre, reestablecer todas las prerrogativas de la Corona Sueca y recuperar el papel político de la institución, amén de su autoridad. Si en principio Gustavo III se declaró partidario del equilibrio de poderes, su política fue adquiriendo, paulatinamente, tintes absolutistas que no se conocían desde el reinado de Carlos XII.
Argumentó su golpe de Estado poniendo como ejemplo la penosa suerte de Polonia, arruinada por la corruptela de sus representantes en la Dieta, y que acababa de ser dividida por las potencias extranjeras (Prusia, Rusia, Austria) ese mismo año; Gustavo señalaba, no sin razón, que Suecia podía esperar una suerte similar si no se unía en torna a su monarca, auténtico representante y unificador de todos los Suecos. Por otro lado, Gustavo ponía fin a la anarquía, a la división política y la dependencia del extranjero. De hecho, el nivel de corrupción de los diputados del Riksdag era tan monumental, que se sabía tanto en las calles de Estocolmo como en las cancillerías europeas y muchas destinaban enormes presupuestos para comprarlos, favoreciendo las influencias de un país o de otro (Rusia, Francia,...).
Las Reformas Gustavianas

Bajo su reinado, el desarrollo económico de Suecia se encaminó positivamente y se pudieron abordar mejoras sociales como la abolición de la tortura (1772), la libertad de prensa, mejorías en la asistencia sanitaria, penalización de abusos administrativos, incremento de los salarios de los funcionarios públicos, liberación del mercado de cereales, reforma del Ejército y de la Armada Real, suavización de las leyes penales y puesta en marcha de impresión monetaria (1777). A esto hemos de sumar en el haber de Gustavo III la creación de academias nacionales para fomentar la lengua sueca, el arte, la historia, las ciencias y otras manifestaciones culturales nacionales; se implantó incluso un "traje nacional", diseñado personalmente por el rey.
Cuando en 1778, se reunió el nuevo Parlamento, Gustavo III había llevado a cabo palpables y visibles reformas en todos los ámbitos, logrado la paz interna y mejorado la seguridad exterior del reino. De este modo, el Riksdag reconoció los logros conseguidos, reforzó las reformas legislativas y tomó en cuenta todas las propuestas emanadas del rey. Se puede decir entonces que, en aquella época tan floreciente, el gobierno de Gustavo III alcanzó el zénit, y el rey recogió los frutos de su trabajo: una inmensa popularidad, estima y reconocimiento que traspasó las fronteras de su país.
El Heredero

Gustavo-Adolfo, Kronprins de Suecia; retrato de Krafft, 1785.
En medio de aquella euforia, nació el primer hijo del rey Gustavo y de la reina Sofía Magdalena, el príncipe heredero Gustavo-Adolfo.
El nacimiento fue, cuando menos, rodeado de un escándalo que se sabía a voces en todas las cancillerías europeas, y mal silenciado en Suecia. Sabedores del total desapego de Gustavo III por su consorte danesa, con la que se negaba a convivir fuera de las estrictas exigencias del protocolo, y compartir con ella el mismo lecho, se filtraron rumores que el auténtico padre del nuevo kronprins Gustavo-Adolfo no era otro que el Conde Adolf-Fredrik Munck de Fulkila, favorito y amante del rey. Sin embargo, existe de aquella época, un dibujo o caricatura bastante grotesco de cómo Gustavo III y Sofía Magdalena concibieron al heredero del trono, con la ayuda del Conde Munck de Fulkila; Munck, representado por un monje que hace alusión a su apellido, encula a un endeble Gustavo III en completa erección, incitándole a penetrar a la reina Sofía Magdalena, abierta de piernas y tumbada sobre una cama, remangándose las faldas, tal y como vemos en la ilustración a pie de texto.

Hay más probabilidades de que fuera así como se concibió al heredero del trono, y no a la inversa como afirmaban los malintencionados rumores de 1778, lanzados sobre todo por sus enemigos políticos.
Reveses
Después del Parlamento de 1778, comenzó a incubarse una nueva oposición contra el gobierno de Gustavo III, enfocada sobre todo a criticar algunos decretos polémicos y su inclinación al autoritarismo. En esas circunstancias, y teniendo el plan de reformas internas acabado, Gustavo decidió ocuparse de la política exterior, persiguiendo devolver a Suecia a su antiguo estatus de gran potencia no solo en el Báltico, sino en el Mundo. Deseaba, también, sacar máximo provecho personal en esa vía, en cuanto a triunfos y honores militares que ya eran más una cuestión de vanidad y de mantenerse siempre en la cumbre de la popularidad.

el Conde Ulrik Scheffer, Embajador de Suecia en París y luego Ministro de Asuntos Exteriores, retratado por Roslin en 1763.
Hasta entonces, el ministro de Asuntos Exteriores, el Conde Ulrik Scheffer - que fue también un tiempo embajador de Suecia en París -, había conducido con suma cautela la política exterior sueca, intentando siempre mantener cordiales relaciones con los demás países vecinos como Dinamarca y Rusia, pero tras su salida, Gustavo III quiso llevarlos personalmente y madurar sus planes bélicos.

1783: Entrevista de Fredrikshamm; Gustavo III intenta obtener el respaldo de Catalina II de Rusia para conquistar Noruega...
Planeó arrebatar el reino de Noruega a Dinamarca, mediante una campaña relámpago de invasión y contando con el apoyo de su prima-hermana la emperatriz Catalina II de Rusia. De las conversaciones secretas ruso-suecas entabladas, surgió la entrevista de Fredrikshamm, donde Gustavo III se entrevistó con Catalina II. Finalmente, Catalina II se negó a prestarle ayuda armada contra Dinamarca y los planes noruegos de Gustavo se derrumbaron...
Para resarcirse del fracaso, Gustavo III optó por una gira por el extranjero con el objetivo de obtener apoyos políticos de otros países; de este modo, el rey viajó nuevamente a Versailles, donde fue recibido por Luis XVI, y a Italia, yendo a Florencia, a Roma y a Nápoles.
Sin embargo, las extravagancias de Gustavo III empezaron a pesar seriamente sobre el Erario Público; sus despilfarros, sus excentricidades y sus dispendiosos proyectos acabaron por provocar un nuevo endeudamiento del país sin el consentimiento del Riksdag. Junto con la implantación de algunas reformas mal acogidas por los suecos, y el estallido de nuevos casos de corrupción en la administración estatal, provocaron el renacimiento de una oposición que hasta entonces se había silenciado, liderada por los condes de Fersen y respaldada por la alta nobleza, y el rechazo de la gran mayoría de las nuevas propuestas presentadas por Gustavo III en el Parlamento de 1786.

El revés político ante el Parlamento empujaron a Gustavo III a buscar otras vías para recuperar el prestigio y la autoridad moral, como la de emprender una arriesgada guerra contra Rusia, a la que miraba como su principal enemigo en el Báltico, y a tener por cierto un futuro e inevitable conflicto armado con ésta. Para colmo, gran parte de la nobleza sueca, que había sido apartada del poder por el propio rey, alimentaba rencores contra él y seguía manteniendo fuertes lazos con Rusia, que insistía en inmiscuirse en los asuntos políticos suecos desde tiempos del rey Federico I.
Los primeros síntomas de rebeldía aparecieron en Finlandia, con conspiraciones separatistas lideradas por Göran Magnus Sprengtporten, del que se decía que había firmado una alianza secreta con Rusia desde finales de 1786.
Al estallar el conflicto ruso-turco en otoño de 1787, Gustavo III acogió la noticia con sumo agrado y, a partir de 1788, puso en marcha y en secreto un plan de rearme del Ejército, con la idea de formar con el Imperio Otomano una especie de pinza que atenazase a Rusia por dos frentes.
Guerra
A finales del otoño de 1787, Gustavo III emprendía una visita oficial a Dinamarca con la finalidad de restablecer y mejorar las deterioradas relaciones entre ambos reinos; buscaba también el apoyo danés, o al menos su neutralidad, para la guerra que preparaba secretamente contra Rusia.

Catalina II "la Grande", Emperatriz de Rusia (1729-1796). La soberana rusa, prima-hermana de Gustavo III de Suecia, solía burlarse de sus amaneramientos y le apodaba "el Don Quijote del Norte"...
En los últimos días del mes de junio de 1788, las tropas suecas, sin previa declaración de guerra, cruzaron la frontera con Rusia bajo el pretexto de un conflicto fronterizo de proporciones insignificantes y provocado intencionadamente. Gustavo III confiaba en obtener una rápida victoria, confiando en que Catalina II hubiese concentrado sus esfuerzos contra el ejército otomano y en el efecto sorpresa de la ruptura de las hasta entonces óptimas relaciones ruso-suecas. Es más, Gustavo pensaba con hacerse con San Petersburgo; pero la derrota sufrida por su hermano Carlos, duque de Södermanland, en la batalla de Hogland en julio de 1788, frente a la armada rusa en el Báltico, echó al traste todo el plan de una guerra relámpago. Peor aún: varios oficiales del Ejército Sueco en Finlandia, se amotinaron contra el rey conformando la "Alianza de Anjala" y buscaron el apoyo de Rusia; y si la cosa no podía torcerse más, Dinamarca, presionada por un pacto de ayuda militar con Rusia, decidió entrometerse e invadir territorio sueco en septiembre de 1788 (Guerra del Teatro).

Christian VII, Rey de Dinamarca y de Noruega (1749-1808); retrato según Jens Juel; el monarca danés, cuñado de Gustavo III, era por norma enemigo tradicional de Suecia y aliado de Rusia, pero su enajenación mental le tuvo apartado del poder efectivo, beneficiando a su esposa Carolina-Matilde de Gran-Bretaña y a su médico y primer ministro Struensee hasta 1772. Después, fue totalmente ninguneado al instaurarse una regencia en favor de su medio-hermano el príncipe Federico, aunque el poder, en realidad, fue detentado por su madrastra la reina-viuda Juliana-Maria hasta 1784. En 1784, es su propio hijo y heredero el que asume la regencia con solo 16 años de edad: el futuro rey Federico VI.
Paradójicamente, ante el peligro de verse atenazado por dos frentes, Gustavo III hizo un llamamiento popular patriótico para que todos los súbditos suecos reaccionasen y defendiesen el territorio nacional de cualquier incursión enemiga. Su llamamiento obtuvo una entusiasta respuesta popular y grandes sectores de la población decidieron alistarse como voluntarios en el conflicto con los vecinos daneses. Con aquel inaudito llamamiento, que dio de lleno en el sentimiento sueco, Gustavo III apareció ante la opinión pública como un gran patriota y como el padre de la resistencia civil. El hecho de que se armase a la población sueca y que intervinieran Gran-Bretaña y Prusia a favor de Gustavo III, Dinamarca tuvo que suspender las hostilidades y batir retirada en julio de 1789.
En cuanto al alzamiento de los oficiales de Finlandia, llamado "Alianza de Anjala", se tradujo en un estrepitoso fracaso al fallarles el apoyo ruso. Los principales cabecillas fueron arrestados en otoño de 1788. En febrero de 1789, Gustavo III ordenó la repentina detención de destacados aristócratas conocidos por su oposición, en la mismísima Riddarhuset (Casa de la Nobleza o Casa de los Caballeros) de Estocolmo; entre ellos se encontraban el conde Fredrik-Axel de Fersen, el barón Karl de Geer y el barón Klaas Frietzcky. Luego, con el apoyo de sus partidarios y a pesar de las amargas protestas de la alta nobleza, el rey consiguió promulgar una ley conocida como Acta de Seguridad y Unión, que incrementaba sensiblemente su poder y otorgó privilegios a sus aliados políticos en detrimento de la aristocracia.
La guerra contra Rusia siguió su curso con fortuna cambiante. Gustavo III, que no era precisamente un caudillo con grandes cualidades militares, tomó personalmente parte activa en el conflicto y obtuvo algunas victorias: las batallas de Uttismalm (junio de 1789) y de Valkeala (abril de 1790) se ganaron en tierra firme, mientras que la batalla de Fredrikshamm (mayo de 1790) se ganó en aguas del Báltico. La primera batalla de Svensksund (agosto de 1789), supuso una aplastante y humillante derrota de Gustavo III frente a la Armada de Catalina II de Rusia; en junio de 1790, toda la flota sueca con el rey, su hermano el duque Carlos y 30.000 hombres, fue peligrosamente cercada en la bahía de Vyborg por la flota rusa. Lograron escapar de las garras rusas de milagro, gracias a un providencial viento favorable y, eventualmente, derrotaron a la armada rusa, superior en número, en la segunda batalla de Svensksund (9 de julio de 1790), figurando esta victoria como una de las más grandes de la Armada Sueca, bajo el mando del vicealmirante Olof Cronstedt y del mismísimo Gustavo III.
La paz entre Suecia y Rusia fue firmada el 14 de agosto de 1790 con el Tratado de Värrälä; y si Gustavo III no logró llevar a cabo sus sueños de conquista, consiguió al menos que cesara definitivamente el intervencionismo ruso en la política sueca y vio su reputación aumentar significativamente. Sin embargo, los laureles recogidos en la definitiva victoria de Svensksund hicieron mella en el Tesoro Sueco.
Conspiración y Asesinato
Al poco de terminarse la guerra ruso-sueca, Gustavo III ya planeaba una nueva campaña bélica. Ante los amenazantes nubarrones de la Revolución Francesa, Gustavo, aliado e incondicional de la Familia Real Francesa, planeó combatir a los Jacobinos y organizar una coalición de las monarquías europeas para aplastar el avance de las ideas revolucionarias y antimonárquicas que germinaban en el continente y, obviamente, dotar a Suecia de un papel de primera importancia en los asuntos europeos. Su proyecto era bien sencillo a la par que ambicioso e innovador: preparar una cumbre de monarcas europeos que abordase el espinoso problema de Francia.

Desde ese momento, Gustavo III pone en marcha la diplomacia sueca para convencer a sus homónimos coronados de que adhieran a su proyecto y participen activamente. Buscó, sobretodo, un nuevo acercamiento con su antigua enemiga rusa, Catalina II, que parecía ser la soberana más dispuesta a adherirse; sin embargo, sus negociaciones no encontraron eco en la emperatriz de Rusia, demasiado absorbida en sus proyectos polacos y orientales, como tampoco en las demás testas coronadas. Había, obviamente, cierta complacencia en las demás cortes europeas en ver a la monarquía francesa (tan envidiada y admirada) abatida y su reino preso de graves convulsiones socio-políticas, sin advertir que aquella fiebre revolucionaria acabaría por contagiar sus países en un futuro no muy lejano.
Si Gustavo III, tan ebrio de caballerosidad medieval, teatral y fantasioso, supo discernir el peligro francés, actuaba en gran parte por reconocimiento a Francia por haberle ayudado en su reconquista del poder en 1772, y se sentía en deuda con la monarquía francesa.
Pero las finanzas suecas se encontraban en una situación delicada por culpa de la guerra contra Rusia. Para remediarlo y reunir apoyos, Gustavo III convocó al Parlamento en Gälve (1792), buscando conciliarse la oposición. Bajo el aspecto de la conciliación, y gracias a su extrema cautela, las nuevas propuestas de Gustavo fueron bien vistas y acogidas por los parlamentarios, consiguiendo el respaldo de la burguesía y del campesinado y alienándose, de paso, a la aristocracia. Por haber apartado a la nobleza, algunos opositores radicales sentenciaron que la presencia del rey en el Gobierno se había convertido en un estorbo...
Gran parte de los altos cortesanos, tras darse por cerrado el Parlamento de Gälve (o Geflé), renunciaron a sus cargos en la corte a modo de protesta. La deserción se hizo notar sensiblemente y la corte de Gustavo, antaño tan brillante y magnífica, se tornó apagada y triste.
A finales de 1791 y 1792, se fraguó una conspiración aristocrática cuyo objetivo era cambiar la constitución y, entre las posturas más radicales, quitar de en medio al rey... véase asesinarle. Los principales implicados en el regicidio fueron Carl Fredrik Pechlin y Jacob Johan Anckarström. Se decidió ejecutar el asesinato aprovechando un baile de máscaras previsto en la Opera de Estocolmo, al que debía asistir el rey.
Como siempre suele ocurrir en esos complots, siempre hay un traidor que tiene a bien advertir a la víctima; pero el rey, desafiante, sentenció como todos los reyes: "Veamos si se atreverán!"
La noche del 16 de marzo de 1792, Gustavo III acudió al baile de máscaras ofrecido en la Opera de Estocolmo, que él mismo había mandado construir años antes. Ninguna medida de seguridad fue tomada, como tampoco se controló quienes entraban armados o no, y quienes eran los que se escondían bajo las máscaras.
Treshombres vestidos de negro rodearon al rey y uno de ellos, Anckarström, le disparó por la espalda a quemarropa, tras saludarle con esta frase: "Buenos días, hermosa máscara!". Gritos de horror, conmoción entre la asistencia: han disparado contra el rey y a trahición. Llevan a un Gustavo III malherido en volandas para sacarle inmediatamente de la Opera, y llevarle de inmediato al Palacio Real para que le atiendan los médicos y cirujanos. Gustavo ordena en el mismo momento, que se cierren todas las salidas del teatro y que capturen a sus asesinos.
Dos semanas después, el 29 de marzo de 1792, Gustavo III fallecía tras sufrir una dolorosa agonía. La herida, mal curada, ocasionó una sepsis que degeneró en una neumonía de fatales consecuencias.
En su cama de moribundo, tuvo al menos la alegría de reconciliarse con sus enemigos de ayer, y rehusó leer la lista de los conjurados.
Intimidad & Familia
La vida familiar de Gustavo III fue desafortunada, carente de alegrías y cariños. El propio monarca se consideraba una persona triste y desgraciada. Su matrimonio en 1766, con la princesa Sofia Magdalena de Dinamarca y de Noruega, respondía a intereses políticos en los que no intervenían sentimientos y a cuya unión estuvo obligado por imperativos parlamentarios; la relación entre ambos siempre fue fría y distante, pues Gustavo III rechazaba cualquier contacto con Sofia Magdalena, y desde luego se negó siempre a compartir lecho con ella. En la corte sueca, se conocía a la reina Sofia Magdalena como la "Estátua del Comendador".

Sofia-Magdalena de Dinamarca y de Noruega, Reina de Suecia (1743-1813); retrato según Alexandre Roslin. Hija de un alcohólico, el rey Federico V, y hermana de un enfermo mental, Christian VII, era una mujer retraída, fría y sin interés aparente.
En 1768, Gustavo III tuvo a una amante, una dama noble que respondía al nombre de Charlotte Du Riez; pero las infidelidades de la dama llevaron a Gustavo a abandonarla tras una relación de dos meses.

el Conde Adolf-Fredrik Munck de Fulkila (1749-1831)
Hizo falta la intervención del conde Adolf Fredrik Munck de Fulkila, amigo (y favorito, acaso amante) del rey, para que se operase en la real pareja un acercamiento en 1775, y mucho poder de convicción para que Gustavo III se pusiera en faena para engendrar a un heredero del trono, que nacería finalmente en 1778.
Sin embargo, la venida al mundo del príncipe Gustavo Adolfo fue desde el principio manchada por un malévolo rumor que corrió como un reguero de pólvora por toda Suecia y Europa, y que apuntaba a que, en realidad, era hijo de Munck.
En consecuencia, el rey se convirtió en el blanco de crueles comentarios, señalando éstos que en sus coyundas con la reina era asistido por Munck para poder consumar el acto. Malévolos o no, Gustavo III era un hombre tremendamente afeminado, tal y como sale reflejado en muchas correspondencias y diarios de sus contemporáneos, y su debilidad por los de su propio sexo era vox populi. Prefería netamente rodearse de hombres guapos y se complacía en ridiculizar a las mujeres de su corte quienes, por otro lado, le despreciaban y se burlaban de sus tendencias.
Por lo visto, el rumor de la paternidad del príncipe heredero partió de la mismísima reina-madre Luisa-Ulrika de Prusia, que rehusó reconocer a su nieto como hijo de Gustavo III. Para acabar con las maledicencias, el rey llegó a obligar a su madre y a todos los miembros de la familia real a firmar un documento público en el que reconocían la legitimidad del pequeño Gustavo Adolfo y desmentían el rumor de bastardía.

Luisa-Ulrika de Prusia, Reina-Viuda de Suecia (1720-1786).
Tras aquel incidente, las relaciones entre Gustavo III y su madre, ya de por sí gélidas, se interrumpieron bruscamente. La Reina-Viuda abandonó la corte y se retiró de la vida pública hasta su muerte, en el castillo de Svartsjö, momento en que se produjo una reconciliación entre ella y su hijo en su lecho de muerte (16 de julio de 1782).
El mismo año de 1782, nacería el segundo retoño de la real pareja, el príncipe Carlos Gustavo, duque de Smäland; pero el infante fallecería al año siguiente, sellando así el cese definitivo de la convivencia de los reyes.

Gustavo III -en traje dorado y sentado- junto con sus dos hermanos: Carlos, duque de Södermanland -en pie y con traje malva- y Federico-Adolfo, duque de Ostergötland -en traje rojo y sentado a la derecha del cuadro-; obra de Alexandre Roslin.
Sus relaciones con sus hermanos tampoco fueron muy boyantes, a excepción de Carlos, duque de Södermänland (1748-1818), en cuya educación Gustavo influyó sustancialmente. Le tenía en gran estima y conocía sus grandes cualidades de militar y hombre de mar. De hecho, el príncipe Carlos demostró con creces su valía en diversas batallas navales, como la victoria naval de Hogland (7 de junio de 1788) que coronó su carrera. Fue el único de los tres hermanos de Gustavo III en casarse con una princesa: Hedwig Elisabeth Charlotte von Holstein-Gottorp, el 7 de julio de 1774.

Hedwig Elisabeth Charlotte de Holstein-Gottorp, Duquesa de Södermänland (1759-1818) y futura reina de Suecia y de Noruega.
Su matrimonio tan solo dio un hijo, Carlos-Adolfo, que apenas vivió 7 días (1798), y célebre fue su anterior idilio con la condesa Augusta de Fersen, su amante antes de casarse, que le daría un hijo bastardo: Carl Löwenhielm (1772-1861). A Carlos le hubiese gustado casar con Augusta de Fersen, ya que le pidió en matrimonio, pero la familia de ésta, siempre ambiciosa y altiva, no consideraba digno de su linaje que entroncara con la Familia Real a través del hermano del rey por ser príncipe segundón.

Carlos de Suecia, Duque de Södermänland (1748-1818), hermano de Gustavo III, tío y sucesor de Gustavo IV Adolfo en el trono sueco en 1809. / Retratado por Alexandre Roslin.
Al fallecer Gustavo III días después del atentado sufrido en la Opera de Estocolmo (1792), Carlos fue nombrado tutor del joven rey Gustavo IV Adolfo, su sobrino, y ejerciendo nominalmente de regente aunque, en realidad, el poder era asumido por el barón Gustav Adolf Reuterholm, miembro de la nobleza que había tomado su revancha y relegando la autoridad de la Corona a un segundo plano.
Cuando Gustavo IV Adolfo llegó a la mayoría de edad, Carlos se retiró del escenario político y no volvería a él hasta 1809, cuando su sobrino es depuesto y exiliado con su mujer e hijos lejos de Suecia; es entonces elegido nuevo rey de Suecia tras aceptar una nueva constitución liberal y coronado el 29 de junio de 1809, como Carlos XIII.
Ante la falta de descendencia, adoptó al príncipe danés Christian Augusto de Holstein-Augustenburg, reconvertido en kronprins Carlos Augusto de Suecia, pero éste murió fulminado de apoplejía durante una revista militar en 1810, provocando un linchamiento el día de su funeral en Estocolmo, en el que la principal víctima fue el conde Hans-Axel de Fersen, falsamente acusado de haberle envenenado.
Un segundo heredero fue entonces escogido de entre los mariscales del emperador Napoleón I: Charles Jean-Baptiste Bernadotte, príncipe de Pontecorvo y mariscal de Francia. A la postre, el francés se convertiría en el rey Carlos XIV de Suecia, instaurando su dinastía en Suecia hasta el día de hoy.
El otro hermano menor de Gustavo III, Federico-Adolfo de Suecia, duque de Ostergötland -o Ostrogotland- (1750-1803), fue objeto de una esmerada educación y orientado a la carrera militar como Carlos. Coronel en 1762, inició un viaje o gira por Europa a partir de 1770 junto a su hermano mayor Gustavo, bruscamente interrumpido cuando se anunció en 1771 la muerte del padre Adolfo-Federico I.
A partir de 1782, Federico-Adolfo residió oficialmente en el palacio de Tullgarn y su relación con Gustavo III se malogró por las indisposiciones existentes entre la Reina-Madre Luisa-Ulrika y Gustavo, al imponerse éste como tutor de su hermano pequeño.
A decir de los testigos, Federico-Adolfo tenía un hermoso semblante y una presencia elegante, pasando por ser mucho más apuesto que sus dos hermanos mayores. Sin embargo, y debido sin duda a su inactividad forzosa en la corte y en los eventos militares, se mostró proclive a todo tipo de frivolidades: se le consideraba tremendamente sibarita, bebedor y mujeriego. Sintió especial predilección por la música y por las Bellas Artes.
Nunca contraería matrimonio, permaneciendo soltero oficialmente hasta su muerte. Tuvo, sin embargo, varias relaciones conocidas, entre ellas su idilio con la bailarina Sophie Hagman, que le dio una hija llamada Sofia-Federica.
Sus excesos con el alcohol le convirtieron en un enfermo crónico con tremendos ataques de delirium tremens. Fallecería en suelo extranjero en 1803, hecho una ruina.
La última, la princesa Sofia-Albertina de Suecia (1753-1829), fue Princesa y Abadesa de Quedlinburg, en Alemania, aunque permaneció casi toda su vida en Suecia. En excelentes términos con su madre, la Reina-Viuda Luisa-Ulrika, acompañó a su madre cuando ésta se vio relegada lejos de la corte, ganándose así la enemistad de su hermano Gustavo III. Pese a los reiterados intentos de casarla, nunca encontró un pretendiente a su medida y permaneció soltera hasta su muerte, acontecida el 17 de marzo de 1829, cuando ya reinaba Carlos XIV Juan Bernadotte.