EL ESPECTRO DE LAS TULERÍAS
"El Hombre Rojo"
Leyendas fantasmales conocidas
El Palacio Imperial de Invierno, La Hofburg de Viena (reproducción a vista de pájaro del complejo palatino de los Habsburgo).
Si hay una leyenda muy conocida por todos los golosos de historias de miedo y de leyendas de ultratumba, ésa es la de la celebérrima "Dama Blanca" de los Habsburgo, que solía aparecerse en el Palacio Imperial de Invierno (La Hofburg de Viena) a sus regios habitantes para anunciarles su próxima muerte. De hecho, el espectro de aquella dama blanca solía extender su área de influencia apareciéndose incluso en el Palacio Imperial de Innsbrück y en otros regios edificios con tal de llevar a cabo su misión: la de advertir a los príncipes que se acercaba su hora. Fue el caso del emperador Francisco I Esteban de Lorena, marido de la autoritaria Maria-Teresa I de Austria, última de los Habsburgo; el monarca, que también llevaba en sus venas la sangre de los Austria por parte de su abuela, hermana del emperador Leopoldo I, tuvo un encontronazo con la dama blanca en un corredor del palacio de Innsbrück, donde solían pasar los veranos los miembros de la numerosa Familia Imperial y su corte. Después de relatar su encontronazo a su mujer, Francisco I Esteban moría súbitamente.
Los Emperadores Francisco I Esteban de Lorena y Maria-Teresa I de Austria, con su familia; obra de Martin Van Meytens.
Pues bien, no es, obviamente, una aparición exclusiva de la Casa Imperial Austro-húngara. Citada anteriormente, la dama de Chantilly alias Louise de Budos, solía hacer lo mismo que la dama blanca de La Hofburg: advertir silenciosamente a sus descendientes los príncipes de Condé y de Conti, con terrible semblante, que la muerte estaba cerca.
En Gran-Bretaña, reino de numerosísimas leyendas fantasmales, algunas francamente aterradoras, contamos con los fantasmas regios de Ana Bolena y de otras dos reinas que, entre el nutrido listado de esposas del rey Enrique VIII, suelen aparecerse a los guardias que hacen sus rondas por la lúgubre Torre de Londres, aterrorizándolos. En el castillo de Windsor, la mayor residencia privada que todavía existe en Europa, suele aparecerse la reina Elizabeth I sobretodo por la Biblioteca Real, hojeando libros en silencio para más datos. El caso del Palacio de Hampton Court, ha vuelto a saltar a la palestra hace pocos años, con las apariciones fantasmales de una dama del siglo XVII que abre y cierra puertas, y fortuitamente captada por las cámaras de seguridad.
Por lo que toca a la Casa Real Francesa y a la Casa Imperial, no hay ninguna dama que aparezca a los reyes, más bien es un hombre, un ser aterrador, al que conocen como "el Hombre Rojo"; éste solía aparecerse a los gobernantes que ocuparon, precisamente, el hoy desaparecido Palacio Real de Las Tulerías y sobre el cual escribí anteriormente, mencionando el proyecto de su reconstrucción que se está llevando.
Pero, para entender mejor el tema del que vamos a tratar, ¿qué mejor que hacer un repaso sobre la historia de un edificio tan emblemático a la par que desconocido por la mayoría?
El Palacio de Las Tulerías: evolución e historia
Situado en el prolongamiento Oeste del Gran Louvre, el dominio de las Tulerías se compone de un extenso parque o jardín del mismo nombre, asi como de los museos del Jeu de Paume y de la Orangerie.
El nombre de "Las Tulerías" procede de las fábricas de tejas instaladas en el mismo emplazamiento desde el siglo XIII, y que serían arrasadas tras ser comprados los solares por la reina Catalina de Médicis, consorte del rey Enrique II de Francia y madre de los tres últimos monarcas de la Casa de Valois-Angulema (Francisco II, Carlos IX y Enrique III), y de la célebre reina Margot, esposa de Enrique IV.
El Palacio del Louvre, en la época medieval tardía (siglo XV); litografía del siglo XIX.
Estando el viejo Palacio del Louvre en constante remodelación desde que Francisco I decidiera abatir el medieval palacio-fortaleza para sustituirlo por un palacio renacentista más acorde con los gustos de su tiempo y digno de sus habitantes, la Familia Real tiene que acomodarse del incesante ruido, del polvo y del vaivén de los obreros, carpinteros, paletas, escultores por la residencia regia que, poco a poco, se va transformando. Por esta razón, gran parte del tiempo, los reyes viven en el "Hôtel des Tournelles", un palacio cercano en el cual Enrique II encontraría la muerte en el curso de una justa que formaba parte de las celebraciones programadas por las bodas de sus hijas con el rey Felipe II de España y el Duque de Saboya.
Enrique II de Francia y Catalina de Médicis (oval central) rodeados de los retratos de padres e hijos, y parientes cercanos; la Familia Real Francesa al completo.
Tras la tragedia, predecida por Nostradamus, en la que Enrique II acabó con una punta de lanza clavada en un ojo y murió días después, pese a los esfuerzos del cirujano Ambroise Paré, la reina Catalina de Médicis decidió abandonar el palacio de Tournelles, donde el triste recuerdo de aquel accidente la atormentaba.
El Palacio del Louvre en obras, en pleno siglo XVI. Se aprecian las nuevas prolongaciones con el ala de la Reina, que alberga la futura Galería de Apolo en su 1ª planta, orientada sobre el pequeño Jardín del Rey, y las obras de la Gran Galería.
Eligió aquel terreno de las Tulerías para hacerse construir allí una nueva residencia a su medida. La situación le parecía idónea: fuera de las murallas que rodeaban el bullicioso y fétido París, y a orillas del Sena, no estaba demasiado lejos del Palacio del Louvre y tenía a sus pies el campo, con un aire más puro. Con solo atravesar la Puerta de la Torre del "Châtelet" (también llamada "Puerta Nueva"), podía volver a la capital a caballo, a pie o en carruaje en pocos minutos.
Es pues en 1564 cuando la reina viuda decide hacerse construir allí un palacio. El arquitecto real Philibert Delorme presenta un proyecto ambicioso a su soberana: un edificio gigantesco de planta rectangular que evoluciona entorno a tres patios interiores, siendo más extenso el central, y dotado con doce pabellones de los que cuatro marcan los ángulos y otros cuatro sirven de puertas de acceso, rodeado de un foso y dotado con 4 puentes.
El Palacio de Las Tulerías, proyectado por el arquitecto Philibert Delorme en 1564.
Sin embargo, los tiempos que se avecinan no dan para tal dispendio ni para emplearse a fondo en su construcción. La guerra civil y religiosa estalla entre católicos y hugonotes, pillando en medio a Catalina de Médicis que, aunque Carlos IX esté al frente del gobierno, necesita de su maquiavelismo para desenmarañar una situación político-religiosa que toma proporciones terribles. La reina madre intenta, utilizando todos los medios a su alcance, mediar en el conflicto que parece convertir en enemigos irreconciliables a católicos y protestantes.
Catalina de Médicis, Reina Vda. de Francia (1519-1589), en un retrato de 1565.
Peor aún, Ruggieri, un mago del entorno regio predice, en 1572, a la supersticiosa Catalina de Médicis que hallará la muerte cerca de Saint-Germain. Lógicamente, la reina saca sus propias conclusiones: el palacio de las Tulerías que ha mandado edificar, depende de la parroquia de Saint-Germain-L'Auxerrois. Es menester, por tanto, abandonar la idea de instalarse en las Tulerías y elegir otra residencia bien lejos de aquel lugar; aún no está preparada para morir.
Y las obras son abandonadas...
El Palacio de las Tulerías (en primer término) unido al Palacio del Louvre (en segundo término) por el Ala de la Gran Galería, sobre el muelle derecho del Sena; grabado de 1615.
El palacio a medio construir queda incompleto: solo tres cuerpos se alzan, dando un aspecto curioso al conjunto. Habría que esperar al advenimiento del rey Enrique IV, el primer Borbón, para que las obras se reinicien al decidir éste que hay que unir el Palacio del Louvre al inacabado Palacio de las Tulerías con un ala que domine el muelle derecho del Sena, denominada "la Gran Galería". El proyecto recibe entonces el nombre de "Grand Dessin" (Gran Dibujo), y va a ser una constante en los sucesivos reinados: eliminar todos los barrios existentes entre el Louvre y las Tulerías, para crear un conjunto palatino jamás visto en Europa; un conjunto que, sea dicho de paso, será titánico y grandioso en su concepción y conclusión: el palacio más grande y amplio de Europa.
Con el reinado de Luis XIII, el palacio de las Tulerías iría a parar a manos del Duque Gastón de Orléans y a su hija, la Duquesa de Montpensier (nieta de Enrique IV), quien lo ocupará hasta finales de la guerra civil que enfrenta la aristocracia y el Parlamento a la Corona del joven Luis XIV (las Dos Frondas), durante la regencia de Ana de Austria y el ministerio del Cardenal Mazarino.
Ana-Maria-Luisa de Orléans, Duquesa de Montpensier (1627-1693); la nieta del rey Enrique IV de Francia, hija del Duque Gastón de Orléans y prima-hermana de Luis XIV, con el cual se pensó casar en su día, echó al traste su brillante porvenir al tomar partido por los príncipes rebeldes de la Fronda...
Cuando las fuerzas del Rey consiguen someter a los nobles rebeldes, tras derrotarlos en una cruenta batalla bajo los muros de París, la Duquesa de Montpensier, inquilina de las Tulerías, recibirá la orden de abandonar la capital y retirarse en su castillo de Saint-Fargeau por haberse atrevido a socorrer al ejército rebelde del Gran Condé ordenando que los cañones de La Bastilla bombardearan las tropas Reales dirigidas por Turenne.
El Palacio de las Tulerías en 1652, entonces residencia de la Gran Mademoiselle, la Duquesa de Montpensier.
La Corona recupera el palacio de las Tulerías y, el departamento de los Reales Edificios decide, por orden del ministro Colbert, acabar las obras y completarlas para que en él se alojen Luis XIV y la corte. Colbert invirtió mucha energía en que se concluyeran las eternas obras del Louvre y de las Tulerías para dar cuerpo al "Gran Dibujo", persiguiendo el objetivo de retener al rey en la bulliciosa capital del Sena. Pero la aversión de Luis XIV por París y los parisinos, heredada de los tiempos de la Fronda en los que la Familia Real vivió en un permanente estado de terror y humillación, secuestrada, vigilada y prisionera de la chusma, fue superior a cualquier buen deseo del ministro Colbert y a su desplegamiento de medios para convertir el Gran Louvre y las Tulerías en las dignas residencias de la monarquía gala.
El Palacio de Las Tulerías, tal y como era en la 1ª mitad del siglo XVII, con el pabellón angular de Flora, conectado a la Gran Galería del Louvre que domina el muelle de la riba derecha del Sena.
Luis XIV puso los ojos en el pequeño castillo de Versailles, antaño cita de las cacerías reales de su padre Luis XIII, a 20 km. de París, que le brindaba la oportunidad de convertirlo en su futuro palacio real lo bastante alejado de la turbulenta capital para no sentirse presionado en sus decisiones, y lo bastante cerca como para hacer sentir su poder. Y, mientras Luis XIV se alojaba en las Tulerías, las titánicas obras de Versailles comenzaban.
El Gran Carrusel de Luis XIV ofrecido en el patio de armas del Palacio de las Tulerías, en junio de 1662, celebraba el nacimiento de su primer hijo varón, el Delfín Luis (noviembre de 1661). Abajo, retrato en grupo de la Familia Real Francesa rodeando a Luis XIV (1638-1715) -a la derecha del cuadro-, mientras que a la izquiera está su hermano Felipe, Duque de Orléans (1640-1701), todos representados como divinidades del Olimpo por el artista Jean Nocret.

Fue en el patio del Carrusel en el que Luis XIV y toda su corte dieron sus primeros y espléndidos festejos, como el carrusel que se organizó en las Tulerías para celebrar el nacimiento del Delfín en 1661, y de cuya grandiosa celebración ecuestre sacó su nombre el amplio patio de armas del palacio. El arquitecto Le Vau no sólo dedicaría sus esfuerzos en el palacio de las Tulerías, sino también en remodelar gran parte del palacio del Louvre juntamente con Perrault, autor de la gran columnata de la fachada Este, después de que el proyecto de Bernini (convocado al concurso para la remodelación del Louvre), considerado demasiado costoso y barroco, fuera deshechado.
Proyecto de remodelación del Palacio del Louvre entre 1662 y 1664, para la fachada Este, según el arquitecto Perrault, por encargo de Colbert.
El Palacio del Louvre (fachada Este) con su emblemática columnata obra de Perrault, en una fotografía actual.
Una vez acabadas las obras principales de Versailles, Luis XIV, la Familia Real y el grueso de la corte se trasladaron al nuevo palacio solar en 1681, para instalarse de manera definitiva abandonando las Tulerías que, hasta 1715, no volvería a ser residencia oficial de la monarquía gala con el bisnieto del Rey-Sol, Luis XV.
El Palacio de Las Tulerías desde la plaza del Carrusel, en la 1ª mitad del siglo XVIII.
Después de una estancia en el Real Sitio de Vincennes, mientras se desempolvaba y acondicionaba el palacio de las Tulerías, el jovencísimo Luis XV vino a instalarse nuevamente entre los parisinos. El palacio volvería a ser el escenario de grandes festejos en ocasión de su compromiso con la Infanta Maria-Ana-Victoria de España, hija de los reyes Felipe V e Isabel de Parma. La infanta española sería instalada en los aposentos de la planta baja, reservada a las reinas de Francia, y orientados a los embellecidos jardines, mientras que el rey Luis XV ocupaba los grandes apartamentos de su bisabuelo, en la planta noble y orientados al Patio del Carrusel.
Luis XV de Francia (1710-1774), presentando el retrato de su prometida española, la Infanta Maria-Ana-Victoria de Borbón que, finalmente devuelta a Madrid, sería desposada por el heredero de la Corona Portuguesa.
En 1722, nuevamente, la monarquía vuelve a desdeñar las Tulerías para volver a un Versailles que había caído en el olvido durante 7 años, y que nuevamente volvía a brillar con sus remodelaciones y acondicionamientos. Mientras, el palacio de las Tulerías volvía, técnicamente, a adormecerse por intermitencias, siempre sujeto a las raras visitas del rey y de la corte a la capital del Sena para puntuales celebraciones que así lo requerían. Entre tanto, se había instaurado la tradición de convertir las Tulerías en el centro musical por excelencia de la vida cultural parisina. Aprovechando el Teatro Real sito en el ala Norte, se ofrecían conciertos, óperas y obras de teatro alternativamente, y con gran poder de convocación, puesto que los mejores compositores y músicos europeos solían ofrecer a los parisinos sus últimas composiciones, como Haydn o Mozart. Y, desde que el Teatro de la Comedia-Francesa había ardido por los cuatro costados, la compañía del mismo nombre se instaló en aquel teatro de las Tulerías y parte del Pabellón de Pomona (luego rebautizado Pabellón de Marsan) mientras el Duque de Orléans, que otorgaba su patronato a la compañía teatral, ordenaba la reconstrucción de otro, anexo a su residencia del Palais-Royal, frente al Palacio del Louvre.
La Familia Real Francesa: Luis XVI de Francia y Maria-Antonieta de Austria-Lorena, junto con sus hijos, el Delfín Luis y Madame Royale, Maria-Teresa de Francia; miniatura sobre marfil de 1791.
Incluso se puede decir que, muchas estancias de las Tulerías fueron ocupadas por artistas de toda clase, con privilegio otorgado por el Rey y pensionados por la Corona: pintores, escultores, bailarines, actores ... que, en 1789, tuvieron que abandonar sus "habitaciones" palaciegas para que se instalasen los reyes "cautivos": Luis XVI, Maria-Antonieta, sus hijos, las princesas Adelaida, Victoria y Sofía (tías del Rey), la Princesa de Lamballe, la Marquesa de Tourzel (aya del Delfín y de Madame Royale), el Duque de Brissac (Capitán de los Cien-Suizos) y el Primer Gentilhombre de la Cámara del Rey (que iba por turnos). Los revolucionarios, tras asaltar Versailles, habían conminado a la monarquía a regresar a París, y el Palacio de las Tulerías le era asignada como residencia oficial.
El 10 de Agosto de 1792, los federados y el pueblo de París asaltan el Palacio de las Tulerías, masacrando a la Guardia Suiza que lo defendía. Poco antes, la Familia Real había abandonado el palacio para refugiarse en el seno de la Asamblea Nacional, que ocupaba una de las dependencias anexas de las Tulerías.
En ese crucial momento de la historia de Francia, las Tulerías conocieron horas tumultuosas y angustiantes. Las peores fueron durante la jornada del 10 de agosto de 1792, cuando los federados y los obreros, el populacho en suma, asaltó el palacio amenazandolo con los cañones que se habían traído de los Inválidos, pese a la heroica defensa de la Guardia Suiza. Justo a tiempo, la Familia Real consiguió salir para pedir asilo y refugiarse, indemne, en el seno de la Asamblea Nacional -la cual dictaminó la abolición de la monarquía en Francia-, mientras los asediantes masacraban a los valerosos Suizos. Luego, la chusma se libró a un pillaje indiscriminado: robos, saqueos y vandalismos de todo tipo, sin que nadie pudiera impedirlo por temor a acabar linchado.
El Palacio de Las Tulerías, tal y como era a finales del siglo XVIII; en primer plano, el Pabellón de Flora y la Gran Galería del Louvre, dominando los muelles de las Tulerías y del Louvre sobre las aguas del Sena.
El palacio de las Tulerías vendría a ser la nueva sede de las sucesivas asambleas revolucionarias, mientras la Familia Real era encerrada en diversas celdas de la siniestra torre del antiguo palacio del Temple, antesala de la guillotina que les esperaba en la ex-plaza Luis XV rebautizada como "Plaza de la Revolución" (hoy día Plaza de la Concordia), al extremo Oeste de los jardines de las Tulerías.
Busto de Napoleón I Bonaparte (1769-1821), Primer Cónsul vitalicio de Francia en 1800.
La Iª República, o mejor dicho la Revolución, acabó siendo derrocada por un golpe militar liderado por un general oriundo de Córcega y de estirpe noble: Napoleón (de) Bonaparte (el 3 de noviembre de 1799). Con él, se inaugura el Consulado (1800) y el palacio de las Tulerías vuelve a ser la residencia oficial, por excelencia, del poder. Casado con una aristócrata criolla, viuda de otro general guillotinado, la vizcondesa Josefina de Beauharnais alias "Madame Bonaparte", tenía ésta a su cargo a un niño, Eugène, y a una niña, Hortense, a los que Napoleón adoptó como propios, tras casarse con ella por lo civil.
Josefina de Beauharnais (1763-1814), esposa de Napoleón Bonaparte, Primer Cónsul de Francia, antes de convertirse en emperatriz de los Franceses.
Es Bonaparte, Primer Cónsul vitalicio de Francia quien, llevando del brazo a su señora por las ajadas estancias palatinas hasta las antiguas habitaciones reales, donde aún se leen grafitis con consignas revolucionarias de 1792, le invita con un: "venid a tumbaros en la cama de vuestros reyes".
Junto con el proyecto de convertir en museo el antiguo palacio del Louvre, Napoleón Bonaparte invita a sus arquitectos e interioristas a reacondicionar y redecorar las Tulerías, y de paso, se vuelve a la vieja idea del "Gran Dibujo" que planea conectar y cerrar con una nueva ala (la de Rohan) sobre la calle Rívoli, partiendo del Pabellón de Marsan, los dos palacios para formar uno solo.
El Proyecto de Napoleón I: Plano general del "Gran Dibujo" previsto para el Gran Louvre, abarcando el Palacio de Las Tulerías y el vecino Palais-Royal y el Teatro de la Comedia-Francesa.
Plano general del Palacio de Las Tulerías, diseñado para Napoleón I.
Cuatro años más tarde, en 1804, Napoleón se proclama emperador de los Franceses y se corona a si mismo en la catedral de Notre-Dame de París. Las Tulerías, escenario de los festejos, pasa entonces a ser la residencia imperial de invierno. Los castillos reales de Saint-Cloud y de Fontainebleau, así como el Grand Trianon de Versailles, pasan a ser residencias secundarias de la corte imperial dependiendo de las estaciones.
En 1814, cae el Imperio y Napoleón es exiliado en la Isla de Elba. Con el retorno de los Borbones y de la proclamación del rey Luis XVIII, el palacio de las Tulerías conserva su papel de residencia oficial. Pero, con el retorno inesperado de Napoleón y las sucesivas adhesiones a su persona, Luis XVIII y su familia tendrán que huir nocturnamente de palacio para encaminarse a Bélgica. Las Tulerías son abandonadas: Napoleón opta por residir en el Palacio del Elíseo en esas horas tan difíciles. Tras la derrota de Waterloo y su captura por los ingleses, Napoleón acabará en la lejana Isla de Santa-Elena, mientras Luis XVIII y la Familia Real vuelve a instalarse nuevamente entre las paredes de las Tulerías (1815).
Luis XVIII de Francia (1755-1824), Rey de Francia entre 1814 y 1824; según Jacquotot, c.1816.
En 1824, Luis XVIII fallecerá en palacio tras una larga agonía. Alrededor de las Tulerías, se habían "tapizado" calles y plazas, incluso el Patio del Carrusel, con abundante serrín, para evitar al rey agonizante los molestos ruidos de los carruajes con sus traqueteos, y de las pezuñas equinas golpeando los adoquines... ; se prohibió a todos los transeuntes de paso por la zona, a hablar en voz alta y a hacer ruido. Por unas semanas, los ocupantes de las Tulerías tuvieron la sensación de vivir en el campo, con el único ruido de los pájaros con sus cantos y gorgoritos. Algo impensable en una ciudad tan bulliciosa como París.
Retrato de Carlos X de Francia (1757-1836), Rey de Francia entre 1824 y 1830, según Lawrence c.1825.
Seis años más tarde, con un París en plena efervescencia revolucionaria (1830), los parisinos asaltaban el palacio de las Tulerías cargando contra la Guardia Real. El rey Carlos X y la Familia Real no estaba en "casa", sino veraneando en el castillo de Saint-Cloud, a pocos kilómetros de la capital. Tres días de insurrección popular bastaron para derrocar a Carlos X y a su gobierno ultra-conservador encabezado por el príncipe Jules de Polignac.
El 29 de Julio de 1830, los parisinos atacan el Palacio del Louvre defendido por la Guardia Real (vista desde el Pont-Neuf, presidido por la estátua ecuestre de Enrique IV).
Las consecuencias para el palacio no fueron graves aunque, como el Louvre, sufrió un asalto en toda regla. Algunos cristales rotos, algo de vandalismo y un pillaje momentáneo que no fue más allá: los parisinos, pasada la fiebre revolucionaria, devolvieron puntualmente todos los objetos de valor, muebles y enseres que habían sustraído durante aquellas tres jornadas con la promesa de una amnistía general. Y es que el popular Duque de Orléans, propietario del Palais-Royal, vecino al Louvre y no muy lejos de las Tulerías, había aceptado convertirse en el nuevo rey de los Franceses después de muchas dudas y presiones.
Luis-Felipe I de Orléans (1773-1850), Rey de los Franceses entre 1830 y 1848, según Winterhalter.
Como sucesor de Carlos X, Luis-Felipe I y su esposa la reina Amalia se instalaron con su numerosa familia entre las paredes del palacio de las Tulerías y contribuyeron, con nuevas obras, a una remodelación interior de las estancias. Lo más novedoso sería la decisión de los reyes en dormir en la misma habitación, en la planta baja del Pabellón Bullant, cuyas ventanas daban directamente a los jardines. Una costumbre, desde luego, muy burguesa y que convenía al carácter sencillo de la real pareja.
El Palacio de las Tulerías en una acuarela de mitades del siglo XIX, visto desde la terraza que da al Muelle de las Tulerías. A la extrema izquierda, el Pabellón de Marsan y a la extrema derecha del cuadro, el Pabellón de Flora, enmarcando el conjunto dominado por el Pabellón Central o Pabellón del Reloj.
Pero otra revolución, la de 1848, barrería también a esa monarquía burguesa para declarar la IIª República. El palacio sufrió nuevamente al huir los reyes: blanco de la ira popular, la chusma irrumpió en las Tulerías y se libró al vandalismo, llevándose la peor parte la sala del trono, que fue totalmente desmantelada, arrasada; su rico mobiliario junto con el trono y el dosel, fueron tirados por las ventanas, pisoteados y quemados en una pira con otros símbolos de la monarquía y cualquier objeto que llevase la insignia de la Corona.
Claramente, en ese gesto de vandalismo destructor, vemos el deseo popular de que no se conservase recuerdo alguno de la realeza y, para asegurarse de que no volvería (o quizá para acabar con esa sempiterna dinámica del vaivén de la monarquía como régimen, que se asemejaba a una maldición), quemaron en una gigantesca fogata todo lo que la simbolizaba.
Napoleón III Bonaparte (1808-1873), Presidente de la IIª República y luego Emperador de los Franceses entre 1852 y 1870, según Winterhalter c.1855.
Muy a pesar del "sacrilegio", la IIª República cometió el craso error de elegir como presidente al príncipe Luis-Napoleón de Bonaparte, sobrino del emperador Napoleón I e hijo de la reina Hortensia de Beauharnais, consorte de Luis Bonaparte, rey de Holanda. Éste, una vez instalado en el Palacio presidencial del Elíseo, dio su golpe de Estado y se autoproclamó emperador de los Franceses en 1852, tomando el ordinal de Napoleón III. Puesto que había nuevamente monarquía en Francia, el emperador se instaló en las Tulerías y, luego, contrajo matrimonio con una aristócrata española, María Eugenia de Palafox-Portocarrero y Kirkpatrick de Closeburn, condesa de Teba y de Montijo y Grande de España, aunque más conocida como "Eugenia de Montijo", y cuya hermana era duquesa de Berwick y de Alba.
Eugenia de Montijo (1826-1920), Emperatriz de los Franceses, según Winterhalter, c.1855
Con el IIº Imperio, las Tulerías vivieron su época de esplendor más sonada gracias a las grandes fiestas y los bailes de la corte imperial. Hubieron nuevas remodelaciones y reacondicionamientos en palacio, sin reparar en gastos y suntuosidad. Paris también vive su gran momento: el Barón Haussmann emprende obras urbanísticas titanescas, para modernizar la capital del Sena; se excavan los primeros túneles para el tren subterráneo metropolitano, más conocido como el "metro", y se inician las obras del palacio de la Opera de París.
Vista en perspectiva del "Grand Louvre" definitivamente unido al Palacio de Las Tulerías por las alas de Rohan y de Richelieu que dan a la calle de Rívoli.
Por otro lado, Napoleón III reemprende el sempiterno y nunca concluído "Gran Dibujo" del Gran Louvre unido al Palacio de las Tulerías. Se termina el Ala de Richelieu que une y cierra, definitivamente, el espacio existente entre los dos palacios convirtiéndolos en un único y grandioso edificio, el mayor de Europa en extensión. El arco de triunfo del Carrusel, que Napoleón I alzó frente a las Tulerías y ante las puertas de la gran verja, sirve de punto divisorio entre el palacio del Louvre y la residencia imperial de las Tulerías.
Vista aérea del Palacio de Las Tulerías y de sus jardines, delimitados por la Plaza de la Concordia, punto de partida de los Campos Elíseos que llegan hasta la Plaza de L'Étoile, donde se yergue el Arco de Triunfo construído por Napoleón I.
El encanto, la belleza y la elegancia de la emperatriz Eugenia, alabados por toda Europa, fueron decisivos en la popularidad del régimen. Pero fue un canto de cisne que precedía su final, el definitivo para el palacio parisino.
Cuando Napoleón III es derrotado por el enemigo prusiano en Sedan (1870), y cae prisionero, se inicia la debacle, el descalabro del IIº Imperio. La regencia, asumida por la emperatriz Eugenia, no puede hacer frente al descontento popular creciente y a los desordenes. Los prusianos, que han invadido Francia y se han anexionado Alsacia, proclaman emperador de Alemania a su rey Guillermo I en la galería de los Espejos de Versailles; incendian el castillo real de Saint-Cloud y cometen todo tipo de excesos. París se subleva y, amenazada, la emperatriz huirá despavorida para exiliarse en Gran-Bretaña con su hijo. En mayo de 1871, durante la "Semana Sangrienta", estalla la guerra civil; los insurgentes de la comuna asaltan las Tulerías y le pegan fuego, como al Palais-Royal y a otros edificios oficiales, en su intento de retrasar el avance de las tropas versallescas del gobierno provisional.
El Palacio de Las Tulerías en 1871 (fachada a la Plaza del Carrusel), justo antes del terrible incendio. Abajo, la fotografía del palacio desde el mismo ángulo y después de haber sido arrasado, a lo largo de 3 días, por la tremenda deflagración. Tan solo permanece en pie la carcasa...

En pleno incendio, la deflagración amenaza incluso con reducir a cenizas el Palacio-Museo del Louvre pero, gracias a la valentía de su director y de sus guardianes, se consigue que las llamas no pasen más allá de los pabellones angulares de Marsan y de Flora. Hasta 1882, de las Tulerías tan solo subsisten sus ruinas ennegrecidas, y el Gobierno de la IIIª República decide arrasarlas hasta los cimientos y suprime deliberadamente, de paso, un símbolo de la monarquía.
Un rico mobiliario intacto
Hay, sin embargo, un dato muy interesante que aportar sobre el incendio de las Tulerías, provocado por los comuneros. El entonces director del Museo del Louvre y sus empleados, cuya memoria es honrada por la posteridad, por su valerosa actitud y su gran coraje en unos días tan críticos, se emplearon a fondo para rescatar gran parte de los preciosos muebles, cuadros, cortinajes, tapices, candelabros, péndulos de sobremesa y otros enseres de gran valor del palacio de las Tulerías, sorteando las llamas y los escombros. Tan admirable gesto hizo posible que, a día de hoy, se conserve casi todo el mobiliario regio que decoraban las magníficas estancias del palacio que fue reducido a cenizas. De hecho, si hoy día se llevase a cabo la reconstrucción del Palacio de las Tulerías (como se pretende hacer desde el 2002), se podría amueblar de nuevo con todo su mobiliario original, el mismo que fue valerosamente salvado de las llamas por aquel director del museo del Louvre. Tan solo habría que reproducir las primitivas tapicerías de seda que cubrían las paredes, los revestimientos de maderas y puertas talladas y doradas al pan de oro y las grandes arañas de cristal y bronce dorado, lo cual sería harto beneficioso para el sector artesano amenazado por la desaparición de esos oficios artísticos y para combatir el paro en esos tiempos de crisis.
-Fin 1ª Parte-