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Categoría: Portugal

LOS AUSTRIAS: FELIPE II, 1527-1598 -4-

Posteado por: retratosdelahistoria el 30 jul En: Biografías Dinastias Reyes de España Portugal - sin comentarios

FELIPE II , REY DE PORTUGAL

Retrato de Don Felipe II de Austria (1527-1598), Rey de las España y de las Indias, Rey de Portugal a partir de 1581 hasta 1598. La real efigie fue realizada entre 1580 y 1581 por un artista anónimo, durante la conquista portuguesa, y cuyo lienzo se encuentra actualmente en la National Portrait Gallery de Londres. 

La Casa Real Portuguesa, representada por la dinastía de Aviz desde 1385, a raíz de su victoria militar en Aljubarrota sobre el rey Juan I de Castilla, con el Gran Maestre Juan I de Aviz, era la IIª Casa reinante de Portugal como sucesora de la 1ª que fue constituida en el s.XI por Enrique de Borgoña, casado con Teresa, hija de Alfonso VI de Castilla y León.

Las sucesivas alianzas matrimoniales entre los monarcas lusos y castellano-aragoneses durante el final del s.XV y principios del s.XVI, en el afán de reunir en una sola dinastía los dos reinos, acabaría por ceder el paso a la Casa reinante española.

La boda de Carlos I de España y V de Alemania con Isabel de Portugal, hija de Manuel I y hermana de Juan III de Portugal, sería decisiva en la jugada dinástica.

El rey Manuel I había contraído matrimonio tres veces consecutivas, tras suceder a su primo-hermano asesinado Juan II (1495) : 1º con Isabel de Aragón, viuda de Alfonso de Portugal y presunta heredera de Castilla y Aragón, que falleció dejando un hijo, Miguel, muerto éste en 1499 ; 2º con María de Aragón (1500), que le dió 7 hijos : Juan, futuro rey como Juan III, Isabel, Beatriz, Luis, Fernando, Enrique y Eduardo ; y por 3ª vez con Leonor de Austria, hija mayor de Juana I de Aragón y Castilla, dándole 2 hijos : Carlos y María.

Retrato de Don Sebastián I de Portugal (1554-1578), Rey de Portugal y de los Algarves entre 1557 y 1578. Fue el penúltimo monarca de la Casa de Aviz, desaparecido en combate durante la batalla de Alcazarquivir y nunca encontrado. A raíz de su misterioso desvanecimiento, nació una leyenda aún viva entre los portugueses...

Don Manuel I falleció el 13.XII.1521, sucedido por Juan III (1502-1557), sucedido éste por su nieto Sebastián I, de 3 años, declarado mayor de edad en 1568 y que fallecería en la batalla de Alcazarquivir, librada contra los moros (1578), siendo aún soltero y sin herederos directos. Su tío-abuelo el Cardenal Enrique de Portugal, le sucedería en el trono hasta su muerte, en 1580, sin dejar herederos legítimos (en la ilustración de la izq.).

Las hijas de Manuel I, Isabel y Beatriz, se habían casado con Carlos I de España y el duque Carlos III de Saboya respectivamente. Y los hermanos de éstas, como Juan III, casó con Catalina de Austria, hermana menor de Carlos I ; Don Luis tuvo un bastardo, Don Antonio de Aviz, Prior de Crato ; Don Fernando murió sin hijos ; Don Enrique entró en el seno de la Iglesia y obtuvo el capelo cardenalício, siendo por lo tanto célibe ; y finalmente Don Eduardo, que contrajo matrimonio con Isabel de Braganza, bisnieta por su madre de Fernando de Portugal, duque de Viseu y hermano del rey Alfonso V, y que le dió tres hijos : María, casada con Alejandro Farnesio, duque de Parma, Eduardo, muerto soltero y Catalina, casada con su primo el duque Juan I de Braganza y con descendencia.

Ante tal expectativa, el pretendiente a la Corona lusitana con más derechos era Felipe II de España, pues era descendiente directo del rey Manuel I "El Afortunado" por su madre Isabel, frente al hijo natural de su tío Don Luis, el Prior Antonio de Crato, que por su nacimiento se encontraba en peor posición, pero que se presentaba como el pretendiente favorito de Portugal, seguido de los duques de Braganza, descendientes del fundador de la Casa de Aviz.

<=Retrato de Don Antonio I de Aviz, Prior de Crato (1531-1595), coronado Rey de Portugal en 1580 pese a ser el bastardo del Infante Don Luis de Portugal. Derrotado por el Duque de Alba en la Batalla de Alcántara, huyó a las Azores para luego exiliarse en Francia, en busca del apoyo francés e inglés para reconquistar Portugal y expulsar a los españoles. Sus intentos fracasaron...

Felipe II tuvo que abrirse camino al trono portugués por las armas, cuando Don Antonio de Aviz, Prior de Crato, fue reconocido rey ; derrotado éste en Alcántara, huyó a Francia ante el avance de las tropas españolas conducidas por el duque de Alba, dejando la vía libre a Felipe II, que fue proclamado nuevo soberano de Portugal como Felipe I (1581).

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JUAN VI DE PORTUGAL: ¿era gay?

Posteado por: retratosdelahistoria el 31 jul En: Apuntes Portugal - sin comentarios

Retrato de Juan VI de Portugal (1767-1826), Príncipe de Beira y de Brasil, Regente entre 1786 y 1816, Rey de Portugal y de Brasil de 1816 a 1826, Emperador de Brasil en 1825.

Según el historiador Tobias Monteiro*, Don Juan VI de Portugal tuvo un "affaire" con el General Francisco Rufino de Sousa Lobato (1773-1830), que figuraba como su favorito desde antes de la marcha de la familia real portuguesa a Brasil, y "(...) que le masturbaba regularmente."

Don Juan VI concedió a Sousa Lobato el título de Vizconde de Vila Nova da Rainha, elevando al rango de nobleza, por vez primera, a un servidor particular de palacio.

Ese dato llevó a Luiz Mott, del Grupo Gay de Bahía, a incluír a Juan VI de Portugal en la lista de los 100 gays más célebres de Brasil. Uno de los descendientes del monarca luso, en una entrevista de la revista Isto É (Esto es), salió por la tangente afirmando que el "caso" pasó hace 200 años y que no existían pruebas de ello.

Sin embargo, fue un tal Padre Miguel, que servía en aquella época como capellán real en la Hacienda de Santa-Cruz, localidad de retiro y de veraneo de la familia real, quien dejó testimonio de los escandalosos ratos de intimidad entre el rey y el favorito, al pillarles in fraganti en plena sesión homoerótica... Mera coincidencia o no, el Padre Miguel sería posteriormente exiliado a Angola, por haber divulgado lo que había visto.

Para más datos, Sousa Lobato fue teniente general, gobernador de la fortaleza de Santa-Cruz, de Rio de Janeiro, alcaide mayor de Castro Marim, del consejo del rey Don Juan VI, maestre de la guardarropa del rey, portero de la real cámara, mantero y tesorero del real bolsillo, maestre del guardajoyas y tapicerías del rey; secretario de Estado de los asuntos de la Casa y Estado del Infantado y su administrador en tiempos de la regencia, escribano y diputado de la Mesa de la Conciencia y del Orden de Brasil (tribunal), oficial mayor de la Casa Real y superintendente del palacio-monasterio de Mafra, entre otros cargos. Resumiendo, Sousa Lobato, que empezó siendo un simple criado de palacio, fue gradualmente elevado hasta ser ennoblecido con el título de barón y luego de vizconde, y destinado a los mejores cargos militares y palatinos gracias a sus habilidades de pajillero real.

Sousa Lobato estuvo casado pero no dejó descendencia.

Retrato ecuestre de Carlota-Joaquina de Borbón, Infanta de España (1775-1830), Reina consorte de Portugal y de Brasil.

Pero Juan VI no fue el único que tenía sus escarceos extramatrimoniales; de sobras era conocida la conducta sexual de su mujer, la reina Carlota-Joaquina que, como digna hija de la "Mesalina" española Maria-Luisa de Parma, tenía reputación de putísima tanto en Lisboa como en Rio de Janeiro, y se disputaba los servicios sexuales de los "chulos" brasileiros con Joao de Almeida de Melo e Castro, 5º Conde de Galveas (1756-1814), fundador del primer laboratorio químico en Brasil y apodado despreciativamente "Doctor Pastorinhas" por ella.

Retrato de la Archiduquesa Mª Leopoldina de Austria (1797-1817), Emperatriz consorte de Brasil.

Otra soberana, la emperatriz de Brasil Mª Leopoldina de Austria, infeliz consorte del emperador Pedro I, ha sido recientemente reconocida como "lesbiana", por las recientes investigaciones históricas llevadas a cabo sobre las historietas de alcoba de la corte brasileña. Por lo visto, las pruebas más contundentes son su voluminosa correspondencia con su dama de compañía, la inglesa Mary Graham, que parecía corresponderle en lo sentimental.

Juan VI fue un gran amante y mecenas de la música, tanto que contrató a un considerable número de castrati italianos para que le cantasen. Estos eunucos, con sus gestos amanerados, sus voces femeninas, sus maquillajes y ropas feminizadas, pululaban entonces por la corte brasileña y sus sueldos eran asumidos por el bolsillo del propio soberano.

Juan VI aparece ante la posteridad como un rey gordo, feo, glotón, cobarde, cornudo manso y poco apto al gobierno; sin embargo, ciertos historiadores no han faltado en resaltar su prudencia y habilidad política, su figura de pionero en la modernización de Brasil, como el fundador de la primera universidad brasileña, del Banco de Brasil y de la indústria nacional. Muchos testigos contemporáneos, en su mayoría foráneos, recalcaron su gran bondad y amabilidad, su generosidad, su sensibilidad, su humanidad... como la vez que rescató a una esclava, cuyos gritos de dolor llamaron su atención cuando pasaba con su carruaje por una finca, y que estaba siendo cruelmente azotada por su señor.

Cierto es que su controvertida vida conyugal con aquella harpía española, Carlota-Joaquina de Borbón, fue desastrosa desde la noche de bodas; la infanta le mordió salvajemente la oreja al asustarse en el momento de la cópula. Pero, después, es de sobras conocido el "carrerón" de la reina que parió a nueve retoños de los cuales cinco proceden, supuestamente, de aventuras extra-conyugales. Por lo visto, le cogió mucho gusto a aquello que tanto le asustó en su primera noche de casada...

(*)_Tobias Monteiro fue el autor de "Historia del Imperio" (1939), y la citación fue sacada del tomo 1, página 97, Ed. Belo Horizonte, Itatiaia, 1981.

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JOSE I DE PORTUGAL "El Reformador" 1714-1777

Posteado por: retratosdelahistoria el 11 nov En: Biografías Portugal - sin comentarios

Un personaje difuminado

José Francisco Antonio Ignácio Norberto Agustín de Braganza, José I, apodado "el Reformador" y 25º rey de Portugal, nació en el Palacio Real da Ribeira de Lisboa el 6 de junio de 1714 y falleció el 24 de Febrero de 1777. Su reinado, largo de 26 años, se desarrolló entre julio de 1750 y febrero de 1777. Su figura aparece, ante la posteridad, íntimamente ligada a la de su primer ministro el Marqués de Pombal, ejecutor de un vasto programa de reformas que tenía por objetivo reflotar el prestigio internacional de Portugal y devolverle su antiguo rango entre las potencias europeas. Es curioso observar que, en este particular caso, exista cierto paralelismo con Luis XIII de Francia y el Cardenal de Richelieu; el primer ministro se come al rey y difumina su figura hasta el punto en que no se puede contar la historia de uno sin el otro.


Juan V "el Magnánimo" (1689-1750), Rey de Portugal y de Los Algarves de 1706 a 1750.

Tercer hijo de los reyes Juan V y Maria-Ana Josefa de Austria, le precedían en el orden sucesorio a la corona la Infanta Maria-Bárbara (nacida en 1711) y el Infante Don Pedro, Príncipe de Brasil y de Beira (nacido en 1712). Pero la repentina muerte de su hermano en 1714, le dejaron el paso libre hacia el trono luso; es más, su hermana Maria-Bárbara sería finalmente entregada en matrimonio al heredero del rey Felipe V de España, Fernando de Borbón, Príncipe de Asturias.


Fernando de Borbón y Saboya (1713-1759), Príncipe de Asturias y futuro Rey Fernando VI de España; retrato según Jean Ranc.


La Infanta Maria-Barbara de Portugal (1711-1758), Princesa de Asturias y futura Reina consorte de España entre 1746 y 1758.

Tras él, venían tres infantes más: Carlos (1716-1736), Pedro (1717-1786) y Alexandre (1723-1728), sin contar con los cuatro medio-hermanos nacidos de los amores extramatrimoniales de su padre con diferentes damas, que serían legitimados tardíamente por un avergonzado Juan V.

El Príncipe de Brasil y de Beira


Estandarte de los Príncipes de Brasil.

Siendo ya oficialmente Príncipe de Brasil y de Beira (título de los herederos del Trono Portugués), sus padres concertaron su matrimonio al mismo tiempo que el de su hermana Maria-Bárbara en un doble enlace hispano-luso que servía para reanudar la alianza dinástica entre las Casas Reinantes de Borbón y de Braganza. De este modo, aún pubertoso, el príncipe Don José casaba con una chiquilla, la Infanta de España Maria-Ana-Victoria de Borbón (1718-1781), hija del rey Felipe V y de Isabel de Parma, el 19 de enero de 1729; él contaba 14 años y ella apenas 11.

No hubo noche de bodas. La flamante princesa siendo aún una niña, se les separó convenientemente hasta que alcanzase ésta la edad apropiada y le viniese la primera regla, auténtico pistoletazo de salida para que empezase a ser núbil y en disposición de engendrar algún heredero.


Maria-Ana Victoria de Borbón y Parma, Infanta de España (1718-1781), Princesa de Brasil y de Beira, y futura Reina consorte de Portugal; retrato según Largillière.

Maria-Ana Victoria de Borbón y Parma (Madrid, 31-III-1718 / Lisboa, 15-I-1781), había pasado por un trauma a la ya temprana edad de 4 años. Sus padres la habían comprometido con el entonces rey-niño Luis XV de Francia, que tenía 11 años, para sellar una paz entre España y Francia. Pero al fallecer el Duque Felipe II de Orléans, a la sazón regente de Francia y artífice del enlace hispano-francés (1723), y al asumir el poder el Duque de Borbón, el compromiso se convirtió en un engorro para la seguridad de la dinastía gala: Luis XV, en plena crisis de crecimiento y casi siempre enfermo, no podía engendrar heredero alguno que asegurase la continuidad de la rama primogénita que representaba con una infanta de 6 años. Al existir la amenaza de que la rama de los Borbón-Orléans acabasen accediendo al trono galo, el Duque de Borbón (enemigo de los duques de Orléans) decidió romper el compromiso de Luis XV y buscarle una princesa en edad de parir un delfín. Por ello, en 1725, la Infanta Maria-Ana Victoria, entonces instalada en el parisiense Palacio de Las Tulerías, tuvo que hacer sus baúles y regresar a Madrid para mayor escándalo de la corte española. Recibida la decisión del Duque de Borbón como un insulto, se abrió una grave crisis diplomática entre Madrid y Versailles.

La Corte Lisboeta tuvo que esperar hasta que la Princesa de Brasil y de Beira alcanzara los 15 años, momento en que se la declaró núbil (1733), para permitir al príncipe José el acceso a su alcoba.

El primer vástago nacería en 1734: una niña llamada María Francisca, seguida en 1736 de otra, María-Ana; en 1739, una tercera, Dorotea-Francisca y, tardíamente, en 1746, una cuarta y última hija, Maria-Benedicta.


Maria-Ana Victoria de Borbón y su esposo José I, Reyes de Portugal y de Los Algarves (detalle de un cuadro alegórico de la Monarquía Lusa).

Tras esos cuatro nacimientos exasperantes, Maria-Ana Victoria dejó de interesar a su marido porque se había revelado incapaz de proporcionarle el tan ansiado hijo varón.

Dícese de Maria-Ana Victoria que fue una mujer tremendamente seria, amante de la música y de la cinegética (como todos los Borbones), y poco dada a interesarse por los asuntos de su marido, cosa públicamente sabida ya que no se andaba con complejos en el momento de manifestar su desagrado ante propios y extraños.

José, como sus padres y predecesores, era remarcadamente devoto y un entusiasta de la ópera italiana, recientemente introducida en la corte lusa. Su madre la reina Maria-Ana Josefa tenía gran influencia sobre él. También gustaba de la caza y de levantar faldas ajenas.

Gobierno por persona interpuesta

Cuando en julio de 1750 el rey inválido Juan V "el Magnánimo" fallece, deja a su hijo una herencia con entuertos y muchas cuestiones de Estado por resolver. Los últimos años del reinado anterior han sido caóticos: el paulatino centralismo gubernamental y la política absolutista de un Juan V preso de serias dificultades físicas y mentales, paralizaron la buena marcha de los asuntos que dependían enteramente de sus decisiones.


José I "el Reformador" (1714-1777), Rey de Portugal y de Los Algarves de 1750 a 1777.

Sabiamente aconsejado por su madre, la reina viuda, que había tenido que hacerse cargo de las riendas del gobierno en nombre de Juan V, José I, tras verse aclamado vigésimo quinto soberano de Portugal y de los Algarves (8 de septiembre de 1750), optó por escoger a sus nuevos ministros entre los que se opusieron al gobierno anterior.

A pesar de los progresos económicos realizados en el país, en esa primera mitad del siglo XVIII, José I tenía a su disposición los mismos medios de acción que sus antecesores del siglo XVII. La inadaptación de la maquinaria administrativa, de las estructuras jurídicas y políticas, forzaron al nuevo monarca de 36 años a emprender cambios en sus ministerios. Así Diego de Mendonça e Corte Real, Pedro da Mota e Silva y Sebastiao José de Carvalho e Melo pasaron a ser los tres pro-hombres de la primera etapa del reinado de José I (1750-1755), que trabajaron juntos para obtener la consolidación política del poder central. En ese quinquenio, la figura de Sebastiao José de Carvalho e Melo, entonces Ministro de Asuntos Exteriores, tomaría especial relieve y fuerza en detrimento de los demás ministros del rey.

El tremendo terremoto del 1 de noviembre de 1755, que arrasaría Lisboa, marcó un punto de inflexión en la buena marcha de los asuntos lusos. La tragedia humanitaria y las pérdidas económicas causadas por un seísmo de 9º en la escala de Richter, frenaron en seco los planes de desarrollo y expansión programados en las colonias de ultramar.

La segunda fase del reinado abarcaría de 1756 a 1764, sobretodo marcada por la implicación de una Portugal neutral en la Guerra de los Siete Años, acosada por su aliada Gran-Bretaña, contra Francia, España, Austria y Rusia. Pero, en cualquier caso, la intervención portuguesa se ciñó estrictamente al ámbito atlántico y de las colonias de ultramar.

En un aspecto interno, el rey y su primer ministro Pombal tuvieron que afrontar una tenaz oposición nobiliaria y clerical (expulsión de la Compañía de Jesús, reforma de la Inquisición y ajusticiamiento de conspiradores como los duques de Aveiro y los marqueses de Távora).

Por otro lado, aquella segunda fase ve crearse grandes compañías monopolistas como la de Grao-Pará, Maranhao...

Una tercera fase, de 1765 a 1777, se vería marcada en 1772 por una gran crisis económica, y por una política de fomento industrial y colonial, amen del auge de las compañías monopolistas brasileñas.

Podemos decir que todo el reinado de José I se caracteriza por la creación de instituciones, especialmente en los campos económicos y educativos, con el objetivo de adaptar Portugal a las grandes transformaciones que se están operando. Se fundan la Real Junta de Comercio, la Real Hacienda; se reforma la enseñanza superior, se crea la enseñanza secundaria (Colegio de Nobles, Cámara del Comercio) y primaria; se reforma el ejército.
En materia de política exterior, José I siguió las directrices de su antecesor y padre: neutralidad en los conflictos europeos y mucha diplomacia.

Hubo, sin embargo, un incidente en el campo diplomático a raíz de la expulsión de los Jesuitas: la corte lusa rompió sus relaciones con la Santa Sede durante un decenio, tras expulsar al nuncio apostólico.

José I & el Marqués de Pombal

Fue a instancias de su madre, la reina viuda, que José I nombró a Sebastiao José de Carvalho e Melo, ministro de Asuntos Exteriores en 1750 y que, finalmente, convertiría en su primer ministro en 1755. Reconociendo el potencial y gran valor de aquel hidalgo de modesta cuna que había eficazmente servido los intereses de Portugal en sus embajadas de Londres y de Viena bajo el reinado de su padre, le llamó a su lado haciéndole depositario de su máxima confianza y confiándole la gerencia de la administración del reino.


Sebastiao José de Carvalho e Melo, Conde de Oeiras y 1er Marqués de Pombal (1699-1782), Ministro de Asuntos Exteriores y de la Guerra y Primer Ministro entre 1755 y 1777.

La distinción y favor del que fue entonces objeto el futuro Conde de Oeiras y 1er Marqués de Pombal, levantaron no pocas ampollas en la corte lusa, acarreándole la enemistad de la alta nobleza y de la poderosa Compañía de Jesús, enemistad que, por otro lado, ya venía de lejos.

1 de Noviembre de 1755: tragedia humana y era pombalina

Tras el terremoto del 1 de noviembre de 1755, Pombal se convirtió en el auténtico hombre fuerte del reino por su rápida actuación para combatir, solucionar y suavizar los efectos de la tragedia, impidiendo que la devastación degenerase en epidemia y caos. Su extraordinaria actividad, su sangre fría y sus acertadas decisiones en aquella crisis humanitaria, resultaron altamente benéficas para los lisboetas y reforzó la alta estima en la que le tenía el rey.


Aspecto de Lisboa antes de que sufriera el terremoto y el tsunami que arrasó el 85% de su extensión urbana.

El Marqués de Pombal consiguió, con su enérgica actuación, atajar una situación que amenazaba desbocarse y sembrar, más aún si cabe, el pánico. A la pregunta del "¿Y ahora qué hacemos?", Pombal soltó: "¿Ahora? enterremos a los muertos y cuidemos de los vivos!".

Para combatir saqueos y pillajes, mandó levantar varios patíbulos por la ciudad en ruinas; se colgaron a casi cuarenta saqueadores y ladrones que intentaron aprovecharse del caos. Los cadáveres rescatados de las ruinas fueron en su mayoría apilados, por un lado, en barcazas y conducidas hasta la desembocadura del Tajo para que éstas fueran llevadas por las corrientes a alta mar; otros fueron enterrados deprisa y corriendo, pese a la protesta de curas y obispos. Los incendios fueron combatidos por los bomberos. Los malheridos y supervivientes fueron atendidos en campos abiertos por los médicos que se habían podido reunir.

Lisboa quedó arrasada. Se derrumbaron los mayores tesoros arquitectónicos de la época Manuelina, muchas de las más importantes iglesias y templos de la capital, muchos palacios, hospitales, conventos y sedes institucionales derribadas. No vale siquiera comentar la destrucción de las viviendas más humildes. El viejo Palacio Real da Ribeira, residencia oficial del rey y de su corte desde la época del rey Sebastián, con su biblioteca de 70.000 volúmenes y su valiosa pinacoteca de grandes maestros europeos (Tiziano, Rubens, Correggio) fue completamente destruído; todos sus tesoros artísticos perdidos... Las ruinas del Palacio Real darían, a la postre, paso a la famosa Plaza del Comercio con la estátua ecuestre de José I en su centro.

Pombal aprovechó la ocasión para rehacer de nuevo la ciudad de Lisboa con un equipo de arquitectos, rediseñando calles y plazas, salpicandolas de nuevos y bellos edificios, siempre según el deseo del rey. A la recriminación del por qué calles tan anchas contestó: "Un día serán estrechas!".

La Familia Real se había salvado milagrosamente de aquella hecatombe lisboeta gracias al capricho de las hijas del rey, en pasar aquel día festivo del 1 de noviembre, fuera de palacio después de asistir al alba a una misa palatina. José I y su familia se encontraba paseando en Santa María de Belém, en la zona oriental de Lisboa, donde los efectos del terremoto no se hicieron sentir con tanta intensidad. Sin embargo, la tragedia causó tan honda impresión en José I, que éste sufrió de claustrofobia para el resto de sus días; le era imposible vivir encerrado entre cuatro paredes, perseguido por el incontrolable miedo a verse sorprendido por un nuevo terremoto y morir aplastado por las piedras de su palacio.

Dada la circunstancia, se decidió, por indicaciones del monarca, construir un complejo de tiendas en las alturas del monte de Ajuda, de Lisboa, que servirían de residencia para la Familia Real y la corte lusa. El lujoso complejo, bautizado como Real Barraca o palacio de madera, se concluiría en 1761, y su construcción obedecía a dos principios: resistencia a los seísmos y ausencia total de material pesado como la piedra. Sus interiores fueron decorados con gran suntuosidad, con ricos tapices y preciosos muebles, cuadros, espejos y paneles de madera esculpida y dorada. La estructura llegó a hacerse tan grande que llegó a sobrepasar el área del palacio existente en su emplazamiento hoy día (Palacio Real da Ajuda).


Palacio Real de Ajuda (Lisboa), construído a finales del siglo XVIII y principios del XIX por encargo del rey Juan VI, sobre el emplazamiento del complejo de la Real Barraca que fue destruído por un incendio accidental en la década de 1790.

A lo largo de tres décadas, la Real Barraca fue la sede y residencia oficial de la corte lusa y de la Familia Real, en una lujosa atmósfera muchas veces descrita por los maravillados visitantes extranjeros y testigos de aquella época.

El balance de la tragedia del día de Todos los Santos (1-XI-1755), acontecida a las 9 horas y 20 minutos de la mañana fue éste: destrucción del 85 % de la ciudad de Lisboa y de su puerto, así como de la flota allí amarrada o anclada, y arrasamiento de gran parte del litoral del Algarve. Más de 10.000 muertos entre los lisboetas, según estimación de la época, pero muchos historiadores hablan de muchos más. El seísmo, estimado en 9º en la Escala de Richter, provocó un tsunami que se cree alcanzó una altura de 20 metros y engulló toda la barriada baja de Lisboa, y fue finalmente coronado por múltiples incendios.


Esquema geográfico del impacto del maremotosobre Portugal.

Fue uno de los seísmos más mortíferos de la Historia Moderna, marcando lo que algunos historiadores llaman la pré-historia de la Europa Moderna.

El terremoto de Lisboa tuvo un enorme impacto socio-económico y político en la sociedad lusa del siglo XVIII, dando origen a los primeros estudios científicos del efecto de un terremoto en una área extensa y alargada, marcando así el nacimiento de la moderna Sismología.

Los acontecimientos serían largamente discutidos por los filósofos ilustrados, mayormente por Voltaire, inspirando desarrollos significativos en la filosofía de lo sublime.

El epicentro del terremoto se localizó, posteriormente, a 150 o 500 km. al suroeste de Lisboa, en plena alta mar. Según testimonios de entonces, los temblores duraron entre 6 minutos y 2 horas y media dependiendo de la proximidad o lejanía de éstos. Decenas de minutos después, llegó el tsunami que acabó de arrasar gran parte de Lisboa, sobretodo su centro y el puerto. Las áreas más lejanas de la urbe, que no fueron alcanzadas por la ola de 20 metros, sufrieron grandes incendios que tardaron cinco días en apagarse. Los supervivientes habían huído hacia las alturas y no había nadie que los apagase.

El maremoto originado por el choque de las placas tectónicas y los temblores, se hicieron sentir por toda Europa Occidental (llegando hasta Finlandia) y al norte de África, sin obviar el Atlántico, llegando a tocar las Islas Barbados y de La Martinica.

De una población de 275.000 habitantes en Lisboa, se cree que 90.000 perecieron aplastados, ahogados o quemados. Se contabilizaron aproximadamente 10.000 víctimas en Marruecos.


Grabado del "Antes & Después" del 1-XI-1755, de la ciudad de Lisboa, destruida por el terremoto y el tsunami...

Como se dijo antes, el 85 % de los edificios lisboetas fueron destruídos. El recientemente inaugurado Teatro Real de la Ópera, apenas seis meses atrás, fue reducido a cenizas. El Palacio Real da Ribeira, situado en el margen del Tajo, donde hoy se yergue la Plaza del Comercio o Terreiro do Paço, se derrumbó por el seísmo y posteriormente engullido por el tsunami. El Archivo Real, con sus preciosos documentos relativos a las exploraciones oceánicas y otros documentos antiguos se perdieron. Se destruyeron también la Catedral de Santa-María de Lisboa, las Basílicas de Sao Paulo, de Santa Catarina, de Sao Vicente de Fora (necrópolis de los reyes) y de La Misericordia. Las ruinas del Convento del Carmen aún hoy siguen en pie para recordar aquella destrucción. El Real Hospital de Todos los Santos fue consumido por el fuego y sus centenares de pacientes murieron quemados vivos. Los registros históricos de los viajes marinos de Vasco de Gama y de Cristóbal Colón se perdieron también irremediablemente...

Menos de un año después del fatal acontecimiento, Lisboa era reconstruída en su gran mayoría. José I deseaba una nueva capital ordenada, con grandes plazas y largas y rectilíneas avenidas. El reconstruído centro de la ciudad, hoy conocido como Baixa Pombalina, és una de las zonas nobles de la capital; sus edificios iban a ser los primeros construídos con protección anti-sísmica en el Mundo, tras ser testados en modelos de madera, utilizando tropas para simular las vibraciones sísmicas.

En cuanto a las implicaciones sociales, se puede decir que fueron graves ya que el terremoto hizo mucho más que destruir la ciudad y sus edificios. Lisboa era la capital de un país católico, con gran tradición en la construcción de conventos e iglesias, y empeñada en evangelizar sus colonias de ultramar. El hecho de que el seísmo ocurriera en fecha tan señalada como el día de Todos los Santos, y destruyera tantos templos emblemáticos e importantes, levantó muchas cuestiones y preguntas religiosas en toda Europa. Para la mentalidad religiosa del siglo XVIII, fue una manifestación de la ira divina de difícil explicación.

En el ámbito político, el terremoto también fue devastador. El ministro de Asuntos Exteriores y de la Guerra, el Marqués de Pombal, era entonces el favorito en alza del rey, que competía para hacerse con el poder y el favor del monarca. Después del 1 de noviembre, la eficacia de las medidas de Pombal, le garantizaron un mayor poder e influencia sobre el rey quien también aprovechó para reforzar su poder y consolidar la política absolutista iniciada por su padre. Esto llevó a un progresivo descontento de la aristocracia que culminaría en una tentativa de regicidio y en la consiguiente eliminación de los Távora. Las tensiones políticas se agravaron con aquella tragedia sísmica, frustrando además muchas ambiciones coloniales del Imperio Portugués.

Atentado contra el Rey

Después de la hecatombe de 1755, José I y su familia se instalaron en el complejo de tiendas llamado Real Barraca da Ajuda, en los altos de Ajuda, a las afueras de Lisboa, dada la pronunciada claustrofobia del rey desde aquel terremoto que arrasó y destruyó la capital, incluyendo el viejo Palacio Real da Ribeira. La Real Barraca da Ajuda se convirtió, de este modo, en el centro neurálgico del Gobierno y de la Corte Lusa; allí el Rey despachaba con sus ministros, recibía a los embajadores acreditados, organizaba banquetes y bailes para sus cortesanos, gozando del boato y del lujo aunque en un marco de "palacio prefabricado" que se nos puede antojar curioso y sorprendente.

Las desavenencias, tensiones y fricciones entre su primer ministro Pombal y algunas facciones conservadoras de la corte, capitaneadas por los Marqueses de Távora y los Duques de Aveiro (representantes de dos de las más prestigiosas casas de la alta aristocracia lusa, junto con los Marqueses de Alorna y los Duques de Cadaval), y que se oponían a sus reformas, eran medianamente toleradas por el Rey quien confiaba en el liderazgo y alta competencia de su ministro.

La vida familiar de José I se podría calificar de alegre: el soberano adoraba a sus cuatro hijas, y según testimonios contemporáneos, era todo un padrazo. Por otro lado, tenía una amante que era lejos de ser una cualquiera: Teresa Leonor, esposa de Luis Bernardo, heredero de la Casa de Távora.

La Marquesa Leonor de Távora y su esposo Francisco de Asís de Távora, 3er Conde de Alvor (y antiguo virrey de la India), eran las cabezas de una de las familias más poderosas del reino, emparentada con las casas de Aveiro, Cadaval, Sao Vicente y de Alorna. Eran, a su vez, acérrimos enemigos del Marqués de Pombal por cuestiones socio-políticas. La marquesa no soportaba ver a ese hidalgo de provincias gobernar, y promulgar reforma tras reforma sin consultar o contar con la alta nobleza tan acostumbrada a intervenir y a ostentar los primeros cargos en el Gobierno. También habían tintes religiosos en ese odio: la Távora, fuertemente influenciada por el Padre Malagrida, un jesuita italiano que hacía a la vez de confesor y de guía espiritual, rechazaba de plano el espíritu ilustrado europeísta del primer ministro.


3 de Septiembre de 1758, el rey José I es interceptado por tres jinetes y tiroteado (grabado de la época).

La noche del 3 de septiembre de 1758, José I iba de incógnito en un carruaje que recorría una calle secundaria de los alrededores de la capital. El monarca regresaba a la Real Barraca da Ajuda, tras pasar unas horas con su amante Doña Teresa de Távora y Lorena, hermana del 3er Conde de Alvor y Marqués consorte de Távora, y casada con su sobrino carnal Luis Bernardo de Távora. Por el camino, su carruaje fue interceptado por tres hombres que, sin previo aviso, dispararon sobre Don José I y su cochero; hirieron en un brazo al rey y el cochero se llevó la peor parte, aunque ambos sobrevivieron y pudieron llegar a Ajuda.

Una vez en la entrada de la Real Barraca, la Guardia, los pajes y criados atendieron de inmediato al Rey y al cochero llevándoles en volandas para dentro, despertando al primer médico del monarca para que los curase.

Advertido el primero, Sebastiao José de Carvalho tomó el control de la situación de inmediato. Instó a toda la servidumbre del Rey y a la Guardia a que guardase silencio sobre lo acontecido al soberano, y ordenó a la policía que iniciasen inmediatamente las pesquisas e indagaciones necesarias para encontrar a los autores del atentado.

Pocos días después, dos hombres fueron apresados, interrogados y torturados; confesaron su culpa y, de paso, indicaron que el encargo había venido de la familia de Távora, de mecha con el Duque de Aveiro, que andaba conspirando contra el trono. Las confesiones hechas y transcritas en documentos que ahora se convertían en secreto de Estado, los dos esbirros fueron ahorcados al día siguiente, y justo un día antes de que se hiciera público el atentado fallido contra el Rey. El levantamiento del secreto de sumario se produjo el 13 de septiembre.
El estupor fue general.

En las semanas siguientes, la Marquesa de Távora, su marido el Conde de Alvor, todos sus hijos, hijas y nietos fueron arrestados con alevosía y nocturnidad, y encarcelados en la Torre de Belém en espera de un juicio. Los supuestos conspiradores, el Duque de Aveiro y los yernos de los Távoras, el Marqués de Alorna y el Conde de Atouguia fueron también apresados junto con sus familias, así como el Padre Malagrida, confesor de la Marquesa de Távora.


La Torre de Belém, en Lisboa, antigua cárcel de Estado y donde se pudrieron varios grandes aristócratas acusados de conspiración...

Fueron todos acusados de alta trahición y de intento de regicidio, crímenes dificilmente superables al ser los más graves que se podían cometer.

Las pruebas que se presentaron por parte de la acusación en el Tribunal eran sencillas:

-Las confesiones firmadas por los dos esbirros ejecutados.

-Las armas del crimen, pertenecientes al Duque de Aveiro.

-El hecho de que los Marqueses de Távora estaban al corriente de la relación adulterina existente entre Teresa de Távora y el Rey, y de cuando, cómo y dónde se citaban para sus amoríos y en qué circunstancias.

Los Marqueses de Távora negaron sistemáticamente todas las acusaciones vertidas por el fiscal, protestando airadamente, sin embargo fueron condenados a la pena capital. A esa sentencia, se unían otras peores como la confiscación de todos sus bienes a favor de la Corona, la eliminación de su ilustre nombre del Registro de la Nobleza Portuguesa y de sus blasones familiares, cuyas representaciones quedaban prohibidas. Es más, el mayorazgo y grandeza de los Távora iba a ser transferido a la Casa de los Condes de Sao Vicente.

La sentencia del tribunal ordenó la ejecución de todos, incluyendo mujeres y niños. A duras penas las intervenciones de la reina Maria-Ana Victoria y de la Princesa de Brasil y de Beira, heredera del trono, en favor de aquellos, consiguió salvar a la mayoría del patíbulo. La Marquesa Leonor de Távora, no consiguió escapar a la pena capital. Ella y otros acusados que fueron sentenciados a muerte, fueron torturados y ejecutados públicamente el 13 de enero de 1759, en un descampado de Lisboa.

La ejecución fue juzgada, incluso para aquella época, violenta, inhumana y brutal; los reos sufrieron lo indecible: sus brazos, manos y piernas fueron molidas a bastonazos, luego decapitados y después sus cuerpos incinerados en piras, siendo las cenizas tiradas a las aguas del Tajo.

La bestial ejecución fue presidida por el mismo rey Don José I, la reina, la Princesa de Brasil y de Beira y las infantas, y toda la corte aterrada y horrorizada por semejante carnicería.

Aunque los Távora eran sus semejantes, el Rey quiso que la lección fuese aprendida por todos y que nunca más a la nobleza le viniese la mala idea de rebelarse contra la autoridad de la Corona.
El palacio del Duque de Aveiro, en Belém (Lisboa), fue demolido a martillazos y el solar sembrado de sal para que nunca volviese a crecer nada allí. Las armas de la familia Távora fueron destruídas a martillazos y citar su nombre fue terminantemente prohibido.
El Padre Gabriele Malagrida fue a su vez quemado vivo algunos días después y la Orden de los Jesuitas declarada ilegal en todo el Imperio Portugués. Todas sus propiedades fueron confiscadas y los Jesuitas expulsados tanto de Portugal como de Europa y de las colonias de ultramar.

La familia de Alorna, cuyo cabeza de familia se pudría en una insalubre celda de la Torre de Belém, y las hijas del ejecutado Duque de Aveiro fueron condenadas a prisión perpétua y repartidas en distintos monasterios y conventos.

Porque Sebastiao José de Carvalho e Melo demostró celeridad y gran competencia en el caso, y porque de este modo descabezó a la oposición nobiliaria, el Rey le recompensó con el título de Conde de Oeiras y, posteriormente (en 1770), le concedió el título de 1er Marqués de Pombal, nombre con el cual es universalmente conocido hoy día.

La culpa o inocencia de los Távora es aún tema de debate entre los historiadores portugueses de hoy día. Por un lado, las malas relaciones entre la alta nobleza y el Rey están bien documentadas. La falta de un heredero varón al trono portugués era motivo de desagrado para muchos, y el Duque de Aveiro era de hecho una opción para reemplazar en el trono al rey José I y a sus cuatro hijas.

Por otro lado, algunos se refieren a una coincidencia: la condena de los Távora y de los Jesuitas hacían desaparecer a los enemigos del Marqués de Pombal, y la nobleza era amilanada cuando no domada.

Adicionalmente, los acusados Távora argumentaron en el juicio, que la tentativa de asesinato de Don José I era más bien fruto de un asalto común por salteadores de caminos, teniendo en cuenta que el Rey viajaba sin escolta ni guardia, y sin distintivo alguno en una calle de mala fama de la capital.

Otro indicio de la supuesta inocencia de los Távora y de sus familiares es que, en los días siguientes en que se hizo público el fallido atentado contra el Rey, éstos no intentaron escapar de Portugal.


Maria Francisca de Braganza, Infanta de Portugal, Princesa de Brasil y de Beira (1734-1816), heredera del trono y futura Reina María I de Portugal.

La Princesa de Brasil, María Francisca (futura reina María I), estuvo tan impresionada por la ejecución de los Távora y de los Aveiro, a la que estuvo obligada a asistir junto con su madre y sus hermanas, que nunca pudo perdonar a Pombal semejante inhumanidad. A raíz de aquel fatídico 13 de enero de 1759, la heredera del trono sintió un hondo desprecio por el primer ministro de su padre, prometiéndose que, una vez reina, se desharía de él y haría todo lo posible para fulminarle. Dieciocho años después, María I iba a cesarle apenas proclamada reina, y a mover todos los hilos posibles para arrastrarle ante los tribunales; frustrada en sus intentos, le expulsó de la corte y por real decreto, prohibió su presencia a una distancia inferior a 20 millas.

¿Y la amante del Rey?

Doña Teresa de Távora y Lorena, conocida como "A Marquesa Nova" (nacida en 1723) era una de las tres hermanas de Don Francisco de Asís de Távora, 3er Conde de Alvor (1703-1759), 45º Virrey de la India entre 1750 y 1754, marido de Doña Leonor de Távora y Lorena, 3ª Marquesa de Távora y 6ª Condesa de Sao Joao da Pesqueira (1700-1759); con el hijo y heredero de ambos, que era a su vez su sobrino carnal, Don Luis Bernardo de Távora, 4º Marqués de Távora, 7º Conde de Sao Joao da Pesqueira y 4º Conde de Alvor (1723-1759), contrajo matrimonio.

Sus dos otras hermanas eran:

-Leonor Tomásia (1719-1761), casada con Don José de Mascarenhas da Silva e Lancastre, 8º Duque de Aveiro, 5º Marqués de Gouveia y 7º Conde de Santa-Cruz (1708-1759), y padres de Don Martinho de Mascarenhas, 6º Marqués de Gouveia (1740-1804).

-Margarida Francisca (1707- ? ), casada con Don José da Câmara, 4º Conde da Ribeira Grande (1712-1757), padres de una hija, Joana Tomásia da Cámara, 5ª Condesa da Ribeira Grande.

Sus cuñadas fueron:

-Doña Leonor de Távora-Lorena (1729-1790), 2ª Marquesa de Alorna y 4ª Condesa de Assumar, madre de dos hijos.

-Doña Mariana Bernarda de Távora-Lorena (1722- ? ), 11ª Condesa de Atouguia.

Tras el fallido atentado contra el Rey su amante, Pombal mandó apresarla días después y encerrarla en Belém, para luego trasladarla a un convento de clausura. Se le acusaba de connivencia con los conspiradores pero, sin duda por benevolencia del Rey, se evitó que compareciera ante el tribunal que juzgaba a su marido, a sus cuñados y a sus suegros. Rechazada por su real amante, fue encerrada de por vida y se le obligó a profesar como muchas de sus parientes. Se desconoce la suerte que posteriormente corrió y la fecha en que murió.

Acontecimientos posteriores

Después del penoso proceso de los Távora y de los Aveiro, las cábalas nobiliarias cesaron al constatar la alta aristocracia que Pombal era un enemigo implacable e imposible de tumbar. Pombal era, desde 1759, el hombre fuerte de Portugal que gobernó con mano de hierro y llevó los asuntos del reino sin ceder un solo ápice de su poder, ampliamente avalado por el Rey. Las reformas ilustradas se llevaron a cabo sin más obstáculos y el absolutismo real consolidado.


José I, Rey de Portugal y de Los Algarves (Grabado de la época).

Amante del boato y de la pomposidad ceremonial cortesana, José I inauguró el 6 de junio de 1775 su estátua ecuestre erigida en el centro de la nueva Plaza del Comercio, vulgarmente conocida como Terreiro do Paço (antiguo emplazamiento del destruido Palacio Real), como remate de la grandiosa obra de reconstrucción de la capital después del terrible terremoto de 1755.

Se había consumado la expulsión de la Compañía de Jesús, tanto de Portugal como de sus colonias de ultramar; se habían confiscado sus bienes para beneficio de la Corona y se había expulsado al nuncio apostólico, el Cardenal Acciaioli, eminentemente reacio a la supresión de la orden de los jesuitas. Las relaciones diplomáticas con la Santa Sede se degradaron cuando los portugueses desembarcaron a los padres jesuitas en Civitavecchia, en Italia, pese a que el Papa había pedido que no se les exiliara.

Pombal se deshizo, de este modo, de la sempiterna oposición de la Compañía de Jesús que dificultaba cualquier proceso reformador y ponía demasiada resistencia en las colonias americanas, donde se había hecho tremendamente fuerte.

Por un incidente entre el marqués de Pombal y los hermanos bastardos del Rey, entre los cuales se encontraba el Inquisidor Mayor del Reino, los conocidos "Meninos de Palhava" fueron exiliados y desterrados a Buçaco. El incidente consistía en un asunto de censura de libros que levantó la indignación del primer ministro y provocó su ira.

Para mantener la seguridad y la paz pública, Pombal procedió a la creación de la Intendencia de La Policía, y reformó la legislación civil mientras se instaba a la Santa Sede a suprimir de una vez por todas la orden jesuita, conjuntamente con las cortes de Versailles, de Madrid, de Nápoles y de Parma, que también habían procedido a la expulsión de los padres tras sufrir atentados, conspiraciones o motines. Las cancillerías europeas asediaron a Clemente XIII y a su sucesor en el Trono de San Pedro, Clemente XIV, hasta que consiguieron lo que pretendían: la supresión de la Compañía de Jesús en 1773.

Solucionado el espinoso tema con Roma, Pombal se dedicó a reformar un Ejército Luso en plena decadencia, donde los casos de insubordinación y las rencillas eran demasiado frecuentes. Para ello, llamó a dos de los mejores oficiales del rey Federico II de Prusia: el Conde de Lippe y el Príncipe de Mecklemburg-Strelitz, que se encargaron gustosamente de reorganizar el ejército y restablecer una disciplina férrea en su seno. Se crearon campos de maniobra y entrenamiento, y se construyeron cuarteles militares.
Sería la rigurosa disciplina introducida por Lippe, la que en 1762, salvaría una campaña mal iniciada por los portugueses.


Wilhelm, Conde zu Schaumburg-Lippe-Bückeburg (1724-1777), más conocido como el Conde de Lippe, oficial alemán que reformó el Ejército Portugués.

Hay que subrayar que los loables esfuerzos de Pombal en mantener la neutralidad portuguesa durante la Guerra de los Siete Años, se debieron en parte a que el primer ministro rechazó las presiones inglesas, a imagen y semejanza de España, siempre acosada por Francia y Gran-Bretaña para que se decidiera por un bando u otro.

Los diez años que transcurrieron entre 1763, con el Tratado de Fontainebleau, y 1772 con la reforma de la Universidad, fueron tal vez los más fecundos y brillantes de la administración pombalina, asociada al glorioso e ilustrado reinado de José I de Portugal.

Más tarde, Pombal, siempre tan eficaz en sus gestiones, empañó su figura con misteriosas venganzas: José de Seabra, que fue su mano derecha en la lucha contra los jesuitas, fue súbitamente desterrado a Angola sin motivo aparente. En octubre de 1775, moría descuartizado un súbdito genovés llamado Juan-Bautista Pele, acusado de intento de asesinato contra el Marqués de Pombal.

Peor aún, el 23 de enero de 1777 mandaría incendiar un poblado pesquero que servía de refugio de algunos rebeldes a su política, lo que aterró en sus últimos días de existencia al propio rey José I, pues falleció el 24 de febrero siguiente.

Más complicaciones sucederían en el panorama político internacional: España rompería su relación con Portugal por un incidente de fronteras entre colonias americanas. Francia se prepararía en auxiliar a España en el conflicto, mediante otro Pacto de Familia entre Versailles y Madrid, e Inglaterra se desentendía del asunto dejando sola Portugal. Pombal tuvo que prepararse para una guerra inminente, aún sabiendo que no tenía los suficientes medios como para sostenerla contra Francia y España. Pero la sangre no llegó al río.

Al morir en febrero de 1777 el rey, Pombal era fulminado por la sucesora de José I, María I que, con ánimo de revancha, totalmente devota y dominada por las cábalas nobiliarias, depuso al marqués de todos sus cargos y lo exilió de facto.

ver también:

Marqués de Pombal

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FRANCISCO XAVIER DE PORTUGAL 1691-1742, "El Infame Infante"

Posteado por: retratosdelahistoria el 3 nov En: Biografías Portugal - 4 comentarios

Francisco Xavier de Braganza
Infante de Portugal
7º Duque de Beja
2º Señor del Infantado
1691 - 1742




El Infante Don Francisco Xavier de Portugal, nació en el Palacio Real de Lisboa el 25 de mayo de 1691 y falleció en Óbidos, el 21 de julio de 1742. Sus nombres de pila bautismal fueron los de Francisco Xavier José Antonio Bento Urbano de Braganza, siendo tercer hijo del rey Pedro II de Portugal y de su segunda esposa Maria-Sofía de Baviera-Neoburgo; fue pomposamente bautizado en la capilla real por el arzobispo de Lisboa y capellán mayor de palacio, Don Luis de Sousa, teniendo por padrino al Elector Palatino, hermano de su madre, representado por el Cardenal Veríssimo de Lancastre, arzobispo-primado de Braga e Inquisidor General del Reino.

En el orden sucesorio al trono, figuraba en segundo lugar después de su hermano Juan, Príncipe de Beira y de Brasil (1689-1750) -futuro rey Juan V de Portugal en 1706-. Mientras su hermano mayor careció de descendencia, fue el presunto heredero de la Corona hasta 1711, fecha en que nació la infanta Maria-Bárbara (futura reina de España).

Tras él venían cuatro hermanos más:

-Antonio de Braganza, Infante de Portugal (1695-1747)

-Teresa de Braganza, Infanta de Portugal (1696-1704)

-Manuel de Braganza, Infante de Portugal (1697-1766)

-Francisca Josefa de Braganza, Infanta de Portugal (1699-1736)

Aún niño, su padre le concedió el título de Duque de Beja (séptimo titular), la dignidad de Condestable de Portugal, la de Prior de Crato y el Señorío de la Casa del Infantado -o Señorío del Infantado-, que reunía un enorme patrimonio que era compuesto por los bienes incautados a los partidarios de la Corona Española durante la guerra de independencia lusa (1640), y cuya "capital" era la localidad de Queluz.

Jamás infante portugués obtuvo tantos bienes y tan fabulosas rentas; irónicamente, a su muerte estaría cubierto de colosales deudas.


Francisco-Xavier de Braganza (1691-1742), Infante de Portugal, 2º Señor del Infantado, 7º Duque de Beja & Gran-Prior de Crato; retrato según A. Lucas-Fauchon.

Según los historiadores portugueses que se interesaron por este singular personaje principesco, "... continúa siendo un personaje enigmático de la Historia Portuguesa (...) a quien se atribuye el proyecto de, por violentos medios, substituir a su hermano en el trono. Faltan pruebas tangibles para asegurar que así fue, aunque ciertamente el infante no dejase buen recuerdo de su nombre, por sus instintos crueles y por la rudeza de sus maneras. Dedicaba su tiempo a las cacerías, su pasatiempo favorito, primero en Salvaterra y luego en el coto de Samora, acudiendo raramente a palacio para participar en las solemnidades religiosas y cortesanas (...) Todo rezuma misterio en su comportamiento, teniendo sin embargo la certeza de que a partir de 1715, se consumó su definitiva ruptura con la Familia Real."

Uno de sus deleites, entre tanto divertimento, era demostrar a su gente su pericia y puntería con sus pistolas y fusiles, abriendo fuego sobre las pobres gentes que acudían a verle pasar a bordo de su barco y le saludaban ingénuamente desde las orillas del Tajo.

En Queluz, era el terror de los habitantes por sus crueldades.

Ambicioso, alimentaba la idea de usurpar el trono y quitar la corona a su hermano Juan V, a imagen y semejanza de su padre Pedro II cuando se deshizo de su tío el rey Alfonso VI, que acabó recluído en las Azores. Por ello, y para seguir aquel ejemplo en todo detalle, cuando el rey Juan V salía de Lisboa, llegaba a incomodar a la reina Doña Maria-Ana Josefa de Austria, su cuñada, haciéndole descaradamente la corte y de la manera más indecorosa, buscando indisponerla con su marido con tentadoras ofertas y ambiciosas promesas.
La reina, desconfiando muy mucho de su carácter y de sus negros proyectos, se opuso terminantemente a que el rey acudiese a una peregrinación que Don Juan V deseaba hacer en Italia, a Nuestra Señora de Loreto.

Los amigos que formaban el dudoso entorno del Infante Francisco Xavier, decían de él que tenía grandes conocimientos de la ciencia náutica, teóricos y prácticos. Sus enemigos contemporáneos, por contra, recalcaron lo antipático que llegaba a ser el infante en su trato, distinguiéndose tan solo por su carácter cruel y sus no menos peligrosas ambiciones personales, amen de ser un auténtico criminal.

Nunca llegaría a casarse, su mala fama teniendo ecos negativos en las cortes europeas y en la corte lusa, obviamente. De vida disoluta y desordenada, derrochando a manos llenas su aparentemente inagotable fortuna, tuvo por amante a una monja que respondía al nombre de Mariana da Silveira, que encontraría la muerte en su convento de Santa Ana de Lisboa, al sorprenderle en su celda el terremoto de 1755. Aquella religiosa le dió sin embargo dos hijos bastardos:

-Pedro de Portugal (fallecido en 1741).

-Joao da Bemposta (1710-1780), que sería reconocido como sobrino natural del rey Juan V en 1750 (legitimado), y que fue capitán-general de la Armada Real y de las Galeras Reales, mayordomo mayor de palacio, consejero de Estado y de Guerra, teniendo privilegio de paso sobre los demás titulares de la Corte en funciones cuando éstos se reunían en presencia del rey. Sin embargo, el rey nunca le permitió heredar los cuantiosos bienes de su padre aunque, eso si, le concedió la propiedad real y palacio de Bemposta. Casaría en 1757 con Maria-Margarita de Lorena de Melo-Cadaval (1713-1764), Marquesa Viuda de Abrantes y Condesa de Penaguiao, 1ª Duquesa de Abrantes. No tuvieron descendencia.

El infame infante fallecería a la edad de 51 años, usado por los excesos y cubierto de deudas en la Quinta das Gaeiras, propiedad de Bernardo Freire de Sousa, en la localidad de Óbidos, siendo sepultado en el Panteón de los Braganza en el Monasterio de San Vicente de Fora, en Lisboa.

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JUAN V DE PORTUGAL, "El Magnánimo" 1689-1750

Posteado por: retratosdelahistoria el 2 nov En: Biografías Portugal - sin comentarios

Nacido en Lisboa el 22 de octubre de 1689 y fallecido el 31 de julio de 1750 en la misma localidad, Joao (Juan) Francisco Antonio José Bento Bernardo de Braganza fue el vigésimo cuarto rey de Portugal tras la muerte de su padre Pedro II, en diciembre de 1706 y consagrado como nuevo monarca luso el 1 de enero de 1707.


Don Pedro II "el Pacífico" (1648-1706), Rey de Portugal y de los Algarves de 1683 a 1706, después de ser Regente en nombre de su hermano Alfonso VI entre 1668 y 1683.


Maria-Sofia Isabel de Baviera-Neoburgo (1666-1699), Reina de Portugal y de los Algarves; consorte de Pedro II y madre de Juan V.

Hijo de Don Pedro II, rey de Portugal, y de María-Sofía de Baviera-Neoburgo, princesa alemana hermana de la Reina de España y de la Duquesa de Parma, recibió los apodos de "El Magnánimo" y de "Rey-Sol Portugués", amén del más popular de "O Freirático" por su obsesión sexual por las monjas, de las que algunas llegaron a darle varios hijos bastardos conocidos como los "Meninos de Palhava", como en el caso de la Madre Paula, que engendró a José de Braganza.


Don Juan V "el Magnánimo", Rey de Portugal y de los Algarves (1689-1750).

Jurado Príncipe de Beira como nuevo heredero del trono el 1 de diciembre de 1697, tras el fallecimiento de su hermano mayor el 30 de agosto de 1688, con apenas 8 años de edad, había sido armado caballero de la Orden de Cristo por su padre con 7 en 1696.

Príncipe y Rey

Objeto de una cuidada educación por parte de los Padres Jesuitas y de su propia madre, se dice que era un príncipe de vasta cultura, que hablaba varias lenguas, conocedor de autores clásicos y modernos, muy versado en la literatura y curioso de ciencias, y amante de la música. A su madre debía sobretodo su formación religiosa, que se tradujo en una marcada devoción, y literaria.

Según los diplomáticos franceses enviados a la corte lusa, a sus 19 años y siendo ya rey de Portugal desde hacía un año, Juan V parecía tener cierta admiración por Francia y afición a todo lo francés, chocando frontalmente con su confesor el Padre Luis Gonçalves, jesuita y perteneciente al Partido Austríaco. De natural dócil y extremadamente devoto, le describían como un joven bien formado de cuerpo, de fisionomía poco animada, tímido e influenciable por las primeras impresiones.

Boda Austro-Lusa: una bocanada de aire fresco

El 9 de julio de 1708, casó por poderes en Viena con la archiduquesa Maria-Ana Josefa Antonia de Austria (1683-1754), tercera hija del Emperador Leopoldo I y de su tercera esposa la Princesa Eleonora Magdalena Teresa de Baviera-Neuburg, Condesa Palatina de Neoburgo, hermana por tanto de los emperadores José I y Carlos VI. La nueva reina consorte de Portugal llegaría a su nueva patria por vía marítima, en una armada compuesta de 14 naves dirigidas por el 3er Conde de Vilar Maior, embajador extraordinario del rey en Viena. La unión entre Juan V y Maria-Ana Josefa servía, obviamente, a reafirmar la alianza austro-lusa.


la Archiduquesa Maria-Ana Josefa de Austria (1683-1754), Reina de Portugal y de los Algarves.

Recibida con gran boato y grandes festejos, dijeron los testigos contemporáneos que Maria-Ana de Austria llegó a Lisboa "con sus jesuitas, sus perros, su fealdad y sus clavicordios holandeses"...
Ciertamente, la llegada de la nueva reina transfiguró repentinamente el ambiente cortesano, apagado, austero, silencioso, aburrido cual un monasterio. La corte pronto se dividió en dos bandos: la alegre, jovial y frívola generación de mano del Conde de Ericeira se alzaba ante la vieja, enmohecida, enrarecida, formalista y devota del Conde de Vimioso.

Los partidarios de Ericeira ganaron la partida a Vimioso y a su caterva de meapilas monacales el 28 de octubre de 1708, cuando las grandes estancias del palacio real fueron desempolvadas, sus ventanas abiertas de par en par y engalanadas para los festejos del real enlace, y se invitaron a damas y caballeros a mezclarse, a bailar y cantar en presencia de los soberanos desposados. Desde aquel momento, dice un testigo, "hubo una profunda modificación en la moral de la Corte lusa: seducción, gracia, elegancia, intriga..."

Dos años pasaron sin que la Reina quedase embarazada, por lo que Juan V hizo votos a San Antonio, pidiendo descendencia y prometiendo al santo y a su esposa que, a cambio, mandaría construir el mayor palacio-monasterio y basílica jamás concebidos en su reino.

Mafra: la obra magna del reinado.

Cuando en 1711 nació la primera hija, la Infanta María-Bárbara (futura Princesa de Asturias y a la postre Reina consorte de España), Juan V ordenó que se iniciasen las primeras obras del Real Sitio y Monasterio de Mafra el 17 de noviembre de 1717. Aquella obra magna de su reinado iba a inaugurarse en 1730 para su 41 cumpleaños, tras varias modificaciones del proyecto original y gracias a la llegada de ingentes cantidades de oro de las minas de Brasil.

Plano del Palacio Real y Monasterio de Mafra (ilustración superior) y aspecto general del real sitio a vista de pájaro (abajo).

Inicialmente destinado a ser un monasterio o convento que debía albergar a una pequeña comunidad de la orden franciscana, con 13 frailes, y de construcción modesta, la llegada masiva del oro brasileño supuso un cambio de planes radical para la edificación. Por orden de Juan V, el arquitecto Johann Friedrich Ludwig anunció el replanteamiento para convertir el edificio conventual en un soberbio palacio-monasterio con basílica incluída inspirada sin duda del Real Sitio de El Escorial en España, que mobilizó a más de 52.000 trabajadores de todo el país, y que tuvieron que trabajar día y noche en las obras.

Lo que iba a convertirse en una de las joyas de la arquitectura barroca portuguesa y en uno de los mayores monumentos del Mundo Occidental, abarcaba nada menos que 40.000 m2 de espacio habitable repartidos entre el palacio de los reyes, el convento franciscano con sus 330 frailes y una basílica, y con una fachada principal de no menos de 200 metros de largo. El palacio se construyó a través de 6 ejes simétricos, con dos torres de 68 m. de altura y una basílica central, incluyendo una vasta biblioteca con un impresionante fondo de más de 36.000 libros, gran parte de ellos incunables del siglo XV y en varios idiomas, con sus encuardenaciones en piel y doradas al oro. Quizá merecería mencionar que aquella titanesca biblioteca tenía un ingenioso sistema de ventanas y espejos combinados que mantenían y siguen manteniendo estable la temperatura ambiente, necesaria para la conservación de los libros, y un sistema de saneamiento ecológico curioso gracias a un grupo de murciélagos que devoran todos los insectos y parásitos que suelen deteriorar las hojas de papel.


La titanesca Biblioteca del Real Sitio de Mafra...

El vasto edificio contiene más de 880 salas, 300 celdas monacales, 4.500 puertas y ventanas, 154 escaleras, 29 patios, 92 campanas para el carillón de la basílica dedicada a la Virgen y a San Antonio (sumadas entre las dos torres), bordeado por un parque de 819 hectáreas que, en su tiempo, era el coto de caza de los reyes, habitado por gamos, jabalíes, lobos ibéricos, jinetas, hurones y águilas.

El Palacio Real y Monasterio de Mafra fue solemnemente inaugurado por Juan V y su esposa, en compañía de toda la corte, en el día de su cuadregésimo primer cumpleaños, el 22 de octubre de 1730. Los festejos duraron nada menos que 8 días. Mafra iba a convertirse en el Real Sitio estival de la Familia Real Portuguesa de manera casi ininterrumpida hasta 1910 (en 1807, la Familia Real huye a Brasil llevándose la mayor parte de los tesoros artísticos y más bellos muebles y enseres del palacio, y no vuelve hasta después de 1820), fecha en que se instaura la república y el rey Manuel II abandona su país pasando, precisamente, su última noche en él. El mismo año en que el rey Manuel II iniciaba su exilio en Londres, Mafra era declarado monumento nacional.

El Reinado: guerra, paz, reformas y alianzas.

Cuando sube al trono Juan V, hereda de su predecesor Pedro II una situación política y militar comprometida. Portugal, al lado de Gran-Bretaña, los Países-Bajos y Austria, está en guerra contra Francia y España: es la Guerra de Sucesión Española, que opone al sucesor de Carlos II de España, Felipe V de Borbón, nieto del rey Luis XIV de Francia, al pretendiente Habsburgo, el archiduque Carlos de Austria, hijo del emperador Leopoldo I y hermano menor de José I.


Retrato oficial del Rey Juan V de Portugal, revistiendo una armadura y ostentando una bengala de mando y adornado por los símbolos de su soberanía: la corona y el manto de armiño.

Por razones que son obvias, Portugal ha entrado en guerra contra una España que ha operado un cambio de dinastía: al último Austria español, le ha sucedido un Borbón francés. Por miedo a que Portugal se viera atrapada en la órbita de la hegemonía gala, ésta le declara la guerra defendiendo la candidatura del archiduque Carlos.

En aquel momento, tropas portuguesas mandadas por el marqués das Minas se encuentran apostadas en Cataluña junto con tropas británicas y neerlandesas, para hacer frente a las tropas hispano-francesas del duque de Berwick. La intervención lusa en semejante conflicto se tradujo en un sonado fracaso de graves consecuencias cuando, tras la victoria de Berwick en la batalla de Almansa el 24 de abril de 1707, los ejércitos de Felipe V arremetieron contra Portugal conquistando Alcántara, y el duque de Osuna atacó la frontera lusa de Alentejo, conquistando Serpa y Moura.


Don Felipe V de Borbón "el Animoso", Rey de España (1683-1746).

Con el Tesoro exhausto y ante la amenaza de una inminente incursión española, las tropas lusas se concentraron en defender sus fronteras, devolviendo sus conquistas a España. A esto se sumaban las serias disensiones entre el marqués de Fronteira y el inglés Lord Galloway, y el hastío por una guerra que no aportaba nada. Para colmo Luis XIV, lejos de admitir una paz que fuera en perjuicio de su nieto Felipe V y desmembrase su herencia, rehusaba entablar conversaciones de paz.

La repentina muerte del emperador José I de Austria, en abril de 1711, supuso un vuelco en el conflicto europeo. Fallecido sin hijo varón que pudiera asumir la corona imperial, fue su hermano menor y entonces pretendiente al trono español, el archiduque Carlos, quien fue llamado a sucederle en el trono de Carlomagno.


Carlos VI de Austria (1685-1740), Emperador Romano Germánico de 1711 a 1740, y pretendiente al trono español...

Convertido en el nuevo emperador Carlos VI, se desinteresó por la guerra y la alianza entre los enemigos de Luis XIV y Felipe V dejó de tener sentido. Gran-Bretaña, que veía con desconfianza que Carlos VI asumiese la corona imperial y la corona española, resucitando el predominio de los Habsburgo en el Continente Europeo, prefirió ceder el paso al Borbón con la condición que en ningún caso se operase una unión entre las coronas de Francia y de España a través de una sola persona. La Pérfida Albión, más preocupada por salvaguardar sus intereses, se desentendió de sus aliados.

Por su lado, constatando que los ingleses se retiraban del conflicto, los portugueses firmaron la paz con Francia el 11 de abril de 1713, y con España el 6 de febrero de 1715. Portugal restituía a España las plazas de Puebla y de Alburquerque, obteniendo reconocimiento de sus derechos sobre las tierras amazónicas y la restitución de la colonia de Sacramento.

El Conde de Tarouca escribió "Inglaterra solo se preocupa de su paz, sin considerar un solo momento los intereses de los demás aliados".

Juan V aprendió con aquella guerra a no conceder demasiada importancia a las cuestiones europeas y a la sinceridad de los acuerdos. De ahora en adelante, permaneció fiel a sus intereses atlánticos, comerciales y políticos, reafirmando su alianza con Gran-Bretaña por puro interés táctico. En relación al Brasil, que siempre fue el centro de su principal preocupación, no pudo impedir el enorme flujo de emigrantes al haberse descubierto las minas de oro. Amplió los cuadros administrativos, militares y técnicos, todo con vista a evitar la mengua de los quintos, creó un impuesto sobre el oro, reformó el sistema fiscal y dio aliento al desarrollo de la producción de azúcar.


Jaime Alvares Pereira de Melo, 3er Duque de Cadaval (1684-1749)

El Duque de Cadaval escribió, cuando procuró y consiguió impedir el proyectado viaje del rey al continente americano, temiendo una sublevación en Brasil: "...pues de Brasil depende hoy absolutamente gran parte la conservación de Portugal".

A pesar de aquello, Portugal entró en una fase de dificultades económicas, debidas sobretodo al contrabando de oro y a las dificultades del Imperio Colonial Luso en Oriente.

A ese estado de cosas procuró el rey responder fomentando la indústria nacional, pero otros problemas surgieron y de carácter social: insubordinación de la nobleza, incumplimiento de las normas conventuales en monasterios y conventos, conflictos laborales en los gremios, intensificación del odio social hacia la comunidad judía,... Por otra parte, el hecho de que la pesada maquinaria burocrática, administrativa y política del absolutismo no estaba preparada para solucionar las complejidades crecientes de la vida de la nación lusa, se vieron agravados los problemas citados.
En 1715, aceptando la invitación del papa Clemente XI, Juan V hizo armar una flota para defender Corfú de los Turcos. Mandada por el Conde del Rio Grande, el socorro naval se tradujo en un fracaso al no llegar a tiempo por culpa de las inclemencias meteorológicas. Obtuvo sin embargo una gran victoria al año siguiente en el cabo de Matapao.

La creación de la basílica patriarcal en Lisboa en 1717, se debe sobretodo a aquel éxito naval. Además, Portugal seguía siendo un país europeo en el que Estado e Iglesia formaban aún un bloque homogéneo. Pese a un cierto conflicto de intereses y falta de entendimiento entre la Santa Sede y Lisboa en 1720, la situación mejoró diplomáticamente en 1730 con la elección del pontífice Clemente XII. Años después, fruto de una mejor relación entre el papa y Juan V, éste se vió recompensado con el título de "Fidelísimo" por la Curia Vaticana (1747).


el Papa Benedicto XIV, Sumo Pontífice de 1740 a 1758; fue él quien concedió al rey Juan V de Portugal el título de "Rey Fidelísimo" amen del reconocimiento de Portugal como nación soberana e independiente.

En cuanto a las relaciones hispano-lusas, éstas fueron óptimas gracias a las gestiones diplomáticas de Don Luis da Cunha, embajador de Portugal en Madrid entre 1719 y 1720. Ya en 1725, la Corte Española de Felipe V veía en la persona del heredero de la Corona Lusa, Don José de Braganza, Príncipe de Beira (1714-1777), al novio ideal para la Infanta Maria-Ana Victoria de Borbón, que había sido devuelta por Versailles tras un infructuoso noviazgo con el joven rey Luis XV de Francia, a cuyo primer ministro, el Duque de Borbón, le apremiaba que tuviese descendencia cuanto antes dada su precaria salud de adolescente.


Maria-Ana Victoria de Borbón, Infanta de España (1718-1781), Princesa de Beira y de Brasil al convertirse en la esposa del futuro rey José I de Portugal; retratada por Alexis-Simon Belle.

Tras las primeras discusiones entre las dos cancillerías, el proyecto de enlace entre la infanta española y el heredero portugués se convirtió en un doble consorcio, al ofrecer Don Juan V la mano de su primera hija la Infanta Maria-Bárbara a Don Fernando de Borbón, Príncipe de Asturias, creándose asi unas excepcionales condiciones para la unidad peninsular.


la Infanta Maria-Bárbara de Portugal (1711-1758), Princesa de Asturias y luego Reina de España al convertirse en la consorte del que fuera rey Fernando VI; retrato según Jean Ranc.

El intercambio de infantas iba finalmente a producirse en Caia, el 19 de enero de 1729.

Perfectas también fueron las relaciones entre Londres y Lisboa, pues "era en la fuerza marítima de los ingleses que Portugal encontraba el apoyo contra las ambiciones continentales franco-españolas (...). Londres fue, para nuestra diplomacia, el terreno ideal para contrarrestar las pretensiones francesas en los territorios de las Amazonas y de Maranhao." Escribió Veríssimo Serrao.

Como embajador de Portugal a la corte británica fue nombrado entonces Don Sebastiao José de Carvalho e Melo, futuro Conde de Oeiras y 1er Marqués de Pombal (1739).

Juan V, patrón de las artes.

Culturalmente, el reinado de Juan V tiene aspectos de interés. El barroco se manifestó en su arquitectura civil y religiosa, en el mobiliario, en las esculturas, en los azulejos y en otros muchos aspectos artísticos con gran riqueza.

En el campo filosófico se puede citar a Luis Antonio Verney y en el campo literario a Antonio José da Silva.

Durante su reinado, Juan V fundó la Real Academia Portuguesa de Historia, e introdujo, como buen amante de la música, la ópera italiana.

El nombre del monarca se encuentra ligado a la creación del Acueducto de las Aguas Libres, para regular y asegurar el abastecimiento de agua a la capital. Iniciado en 1731, no sería completamente acabado bajo el reinado siguiente.

Los últimos años

Juan V siempre fue un monarca de salud precaria y delicada. Sus primeros problemas surgieron en 1709. En 1711, estuvo aquejado de flatos. En 1716, tuvo que retirarse a su palacio de Vila Viçosa por una crisis de melancolía (depresión). Lo peor se produciría el 10 de mayo de 1742; sufrió una embolia que le privó inicialmente de los sentidos y le paralizó la mitad izquierda del cuerpo, dejándole la boca torcida. Sin embargo, mejoró con el paso de las semanas posteriores al ataque, yendo a tomar baños en el balneario de Caldas y luego al santuario de Nazaré. Volvió a los Asuntos de Estado, pero como un hombre físicamente disminuido.

Surgió entonces la figura clave de Alexandre de Gusmao, brasileño de nacimiento, que presidió el Consejo de Ministros de Su Fidelísima Majestad en los últimos años del reinado. Gusmao fue, sobretodo, responsable de un gran tratado internacional: el Tratado de Madrid, firmado el 13 de enero de 1750. A través de aquel tratado clave, Portugal obtuvo el reconocimiento europeo de las fronteras de Brasil, mal definidas en aquel tratado del siglo XV realizado en Tordesillas y que tantos quebraderos de cabeza habían originado. Restableció así el principio de equilibrio geográfico, otorgando a Portugal el río del Amazonas y a España el río de Plata.

Don Juan V fallecería el 31 de julio de 1750, tras un reinado largo de 44 años. Sus restos recibirían sepultura en el Panteón de los Braganza, al lado de su esposa, en el Monasterio de San Vicente de Fora, en Lisboa.

Descendencia legítima e ilegítima:

De su esposa la reina Maria-Ana Josefa de Austria (1683-1754), Juan V tuvo los siguientes hijos:

-Maria-Bárbara, Infanta de Portugal, Princesa de Beira y de Brasil (1711-1758), Princesa de Asturias y luego Reina de España.

-Pedro, Infante de Portugal, Príncipe de Brasil y de Beira (1712-1714).

-José I, Infante de Portugal, Príncipe de Brasil y de Beira (1714-1777), Rey de Portugal y de los Algarves.

-Carlos, Infante de Portugal, Señor del Infantado (1716-1736).

-Pedro, Infante de Portugal (1717-1786), Señor del Infantado, Duque de Beja, Gran Prior de Crato; luego rey consorte de Portugal -Pedro III-.

-Alexandre, Infante de Portugal (1723-1728).

Juan V fue también padre de tres hijos naturales conocidos como los "Meninos de Palhava" y una hija:

De una dama francesa desconocida:
-Don Antonio de Braganza (1704-1800), Doctorado en Teología y Caballero de la Orden de Cristo.

De Madalena Máxima da Silva Miranda Henriques:
-Don Gaspar de Braganza (1716-1789), arzobispo primado de Braga.

De la Madre Paula de Odivelas (Paula Teresa da Silva), monja:
-Don José de Braganza (1720-1801) Inquisidor General.

De Luisa Clara de Portugal:
-Maria Rita de Braganza.

Preocupado por la suerte de sus tres hijos naturales, a los que reconoció mediante un documento firmado en 1742, y publicado póstumamente en 1752, Juan V encomendaba a su sucesor que cuidara de ellos.

Conocidos popularmente como los "Meninos de Palhava", fueron alojados en el palacio del Marqués de Louriçal, en la localidad de Palhava próxima a Lisboa (y hoy integrada en la capital), y educados en Santa Cruz de Coimbra, bajo la supervisión del preceptor Fray Gaspar da Encarnaçao, para destinarles a la carrera eclesiástica.

A consecuencia de una sonada disputa con el Marqués de Pombal, Antonio y José de Braganza fueron desterrados a Buçaco en 1760, cesando su destierro a la muerte del rey José I en 1777.

La Reina también gobierna

La que fue archiduquesa de Austria y princesa Imperial, Maria-Ana Josefa (7-IX-1683 / 14-VIII-1754), convertida en reina de Portugal y de los Algarves al casarse por poderes en Viena con Don Juan V, fue fastuosamente recibida por sus nuevos súbditos el 27 de octubre de 1708, en Lisboa, y con unos festejos que duraron tres días.


Maria-Ana Josefa de Austria, Reina de Portugal (1683-1754); retrato según Jean Ranc, pintor de cámara de los Reyes de España.

Definida como una mujer muy devota, hermosa y culta, adquirió orondas formas y un aspecto nada favorable en su madurez tras los sucesivos partos; sus últimos retratos recuerdan demasiado a su primera hija la Infanta Maria-Bárbara, reina de España.
Por culpa de las enfermedades de su marido, se vio obligada a asumir la dirección del gobierno en dos ocasiones en calidad de regente: en 1716 y en 1750.

Tenida por muy virtuosa, se sabe que nunca fue feliz en su vida matrimonial. Si amaba sinceramente a su esposo, sufría con las infidelidades del rey, que siempre andaba persiguiendo damas y religiosas para satisfacer sus caprichos sexuales. Su inicial y aparente esterilidad tiene bastante que ver en aquella situación, antes de que engendrara a seis hijos.

Fundó el convento de San Juan Nepomuceno en Lisboa, para una orden de carmelitas alemanas, y donde deseaba ser sepultada (habiéndose construído un magnífico mausoleo para ella). Toda su vida conservó la nostalgia de su tierra natal, asi que no ha de extrañar que en su testamento pidiese, una vez fallecida, que su corazón fuera enviado junto a los restos de sus antepasados, sepultados en la Cripta de los Capuchinos de Viena.

A ella se debe el gradual ascenso del Marqués de Pombal en la administración gubernamental, y con cuya esposa tenía gran amistad al ser austríaca como ella; de embajador en Londres, pasó a ostentar la cartera de Asuntos Exteriores y luego la presidencia del gobierno del rey José I a lo largo de 22 años, como primer ministro.

Viuda en julio de 1750, dirigió los primeros pasos de su hijo José I en los asuntos de Estado hasta su muerte, acontecida el 14 de agosto de 1754.

De las épocas en que fue regente de Portugal, se la recuerda como una gobernante de gran capacidad, prudencia y justicia.

Epílogo para un reinado

Su largo reinado, de más de 40 años, estuvo caracterizado por el aumento del poder personal del rey gracias a la llegada masiva del oro extraído de las minas brasileñas. De hecho, la mitad de cada tonelada de oro y plata obtenidos en esa rica colonia sudamericana correspondía por derecho a la Corona Lusa; el resto, se repartía entre los propietarios y la administración pública. Aquello permitió al monarca prescindir de las Cortes, convirtiéndose en un rey con poder absoluto. Pero, por culpa de su política centralista, Juan V tuvo que lidiar con la oposición sistemática de los dos principales estamentos sociales del reino: la alta nobleza y el alto clero.

Con los recursos auríferos de Brasil, Juan V alentó el desarrollo de la débil economía nacional, en patrocinar y proteger las artes y las letras, procurando restaurar un prestigio perdido ante las demás naciones europeas.

En materia política, siguió dos directrices sencillas a la par que inalterables: la neutralidad lusa en todo conflicto europeo y la obtención del reconocimiento de su poder ante la Curia Vaticana.
No sería hasta 1748, y con el papa Benedicto XIV, que Juan V recibiría el reconocimiento de Portugal como reino soberano e independiente.

En 1742, Juan V fue víctima de una grave embolia que le dejó medio cuerpo paralizado e incapacitado para intervenir activamente en los asuntos de Estado, lo que paralizó muchas de sus reformas que, por otro lado, eran muy criticadas por la aristocracia lusa a la que había relegado a un segundo plano y privado de su poder.

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MARIA I DE PORTUGAL 1734-1816, La Reina Loca

Posteado por: retratosdelahistoria el 29 oct En: Biografías Portugal - 2 comentarios

MARIA I "LA LOCA"
REINA DE PORTUGAL
1734 - 1816

María Francisca Isabel Josefa Antonia Gertrudis Rita Juana, Infanta de Portugal, Princesa de Brasil, Princesa de Beira y Duquesa de Braganza, nació el 17 de diciembre de 1734 en Lisboa y falleció en Río de Janeiro, Brasil, el 20 de marzo de 1816.

Primogénita de las cuatro hijas nacidas de José I y de Mariana Victoria de España, reyes de Portugal, fue de inmediato reconocida como heredera del trono Luso ante la falta de heredero varón que asegurase la continuidad dinástica.

Sus otras hermanas fueron:

-Maria-Ana Francisca, Infanta de Portugal (1736-1813).

-Maria-Francisca Dorotea, Infanta de Portugal (1739-1771).

-Maria-Benedicta Francisca, Infanta de Portugal (1746-1829); Princesa de Beira y de Brasil, casada con su sobrino carnal Don José, Infante de Portugal, Príncipe de Beira y de Brasil, heredero del trono (1761-1788).

Matrimonio endogámico

Sucesora de su padre, la Princesa de Brasil y de Beira contrajo matrimonio con su tío carnal el Infante Don Pedro de Portugal el 6 de julio de 1760, en el Palacio de Nuestra Señora de Ajuda, en Lisboa, con la finalidad de que se asegurase la dinastía de Braganza en el trono y evitar así que la corona fuera a parar a manos de otra dinastía extranjera. Sin embargo, semejante alianza no deja de tener tintes aberrantes a la par que endogámicos que, desgraciadamente, se repetirían en los años venideros en el seno de la Familia Real Lusa. Su flamante consorte y tío, Don Pedro, se veía así prometido al trono en una especie de co-reinado en el momento en que su mujer viniera a ceñir la corona. Por otro lado, dicha unión aportaba al propio hermano del rey don José I, los títulos de 19º Duque de Braganza, 16º Duque de Guimaraes, 14º Duque de Barcelos, 18º Marqués de Vila Viçosa, 20º Conde de Barcelos, 16º Conde de Guimaraes, de Ourem, de Faria y de Neiva, 22º Conde de Arraiolos.

Los Príncipes de Beira y de Brasil tuvieron cuatro hijos y tres hijas:

-Don José, Infante de Portugal, Duque de Braganza y Príncipe de Brasil y de Beira (1761-1788); contrajo matrimonio con su tía carnal la Infanta Maria-Benedicta de Portugal. -sin descendencia-

-Don Juan, Infante de Portugal; nacido muerto en Lisboa el 20 de octubre de 1762.

-Don Juan-Francisco-de-Paula Domingo, Infante de Portugal; nacido el 16 de septiembre de 1763 y muerto el 10 de octubre del mismo año.

-Don Juan María José Francisco Javier de Paula, Infante de Portugal, Señor del Infantado (1767-1826) y luego Príncipe de Beira y de Brasil a partir de 1788 (futuro rey Juan VI de Portugal); casado con Doña Carlota Joaquina de Borbón, Infanta de España, hija del rey Carlos IV de España.

-Mariana Victoria Josefa Francisca, Infanta de Portugal (1768-1788); casada con Don Gabriel Antonio de Borbón, Infante de España (1752-1788), cuarto hijo del rey Carlos III de España.

-Maria-Clementina Francisca, Infanta de Portugal (1774-1776).

-Maria-Isabel, Infanta de Portugal (1776-1777).


María I "La Piadosa", Reina de Portugal y de los Algarves de 1777 a 1816.

Su fervor religioso era tal que se mereció los sobrenombres de María "La Piadosa" o María "La Pía". Profundamente marcada por el brutal arresto y no menos bestial trato dispensado a los marqueses de Távora y a los duques de Aveiro y demás parientes por el entonces primer ministro de su padre, el Marqués de Pombal, tras el fallido regicidio de 1758, y la expulsión de los padres Jesuitas de todos los dominios de la Corona Lusa, la Princesa de Beira y de Brasil alimentó un rencor y un odio tenaz contra la figura del valido reformador.

Decían los testigos de su entorno que, cuando se mencionaba el nombre de Pombal en su presencia, se volvía repentinamente loca de rabia y presa de un ataque de ira rayano en la demencia. Sus rasgos se convulsionaban, babeaba y ponía los ojos en blanco, mientras parecía poseerle un demoníaco frenesí por todo el cuerpo.


Sebastiao Jose de Carvalho e Melo, Conde de Oeiras y 1er Marqués de Pombal (1699-1782), Primer Ministro de Portugal entre 1755 y 1777, retratado por Louis-Michel Van Loo en 1766.

Tal fue su odio por el marqués de Pombal que, apenas fallecido su padre el rey José I el 24 de marzo de 1777, convirtiéndose así en la nueva soberana de Portugal, de los Algarves y de Brasil, que dispuso inmediatamente que el primer ministro entregase su cartera y papeles de Estado y abandonase sine die la corte bajo escolta militar.

No contenta con cesar fulminantemente a Pombal, María I reunió un alto tribunal que se encargase de juzgarle por sus "crímenes" de Estado (el Proceso y ejecución de los Távora y Aveiro; la expulsión de los Jesuitas) acontecidos bajo el reinado de su padre, 18 años atrás. Pero, muy a su pesar, todas las acciones judiciales emprendidas contra el antiguo primer ministro jamás prosperaron.

María I "La Piadosa", Reina de Portugal


María I "La Piadosa", Reina de Portugal y de Los Algarves entre 1777 y 1816.

María I fue la primera reina de Portugal en ejercer efectivamente el poder. Su primer acto como soberana fue cesar en su cargo al Marqués de Pombal, primer ministro ilustrado del reinado anterior, y exiliarlo lejos de la corte. María I nunca perdonaría al ministro su brutal actuación en el Juicio contra los marqueses de Távora y los duques de Aveiro, ejecutados bestialmente en enero de 1759 por haber urdido un atentado contra la persona del rey José I en 1758. Reina amante de la paz, dedicada enteramente a obras sociales y de caridad, concedería asilo a numerosos aristócratas franceses huídos del régimen de terror instalado por la Revolución Francesa de 1789.

Era tan dada a la melancolía y tan religiosa, y de naturaleza tan impresionable que, cuando unos ladrones entraron en una iglesia lisboeta y desparramaron por el suelo las hostias consagradas en medio del pillaje, decretó nueve días de luto, apartó los negocios públicos y de Estado y acompañó a pie, con un cirio en mano igual que una penitente, la procesión reparadora de semejante crimen que recorrió toda la capital.

El rey-consorte Don Pedro III



Don Pedro de Braganza, Infante de Portugal, Señor del Infantado y Duque de Beja, Gran Prior de Crato (1717-1786); Príncipe consorte de Beira y de Brasil -futuro rey-consorte Pedro III de Portugal-.

El que fuera Infante de Portugal, Don Pedro Clemente Francisco José Antonio de Braganza (5-VII-1717 / 25-V-1786), y marido de la piadosa María I, era ni más ni menos que hermano menor del rey Don José I de Portugal, hijo a su vez de Juan V y de Maria-Ana de Austria, reyes de Portugal. Como príncipe menor y segundo en la línea sucesoria, ostentó los títulos de Señor del Infantado, Gran-Prior de Crato y Duque de Beja antes de contraer matrimonio con su sobrina carnal en 1760.

Juan V, Rey de Portugal y de Los Algarves (1689-1750)

En el momento de la boda, Don Pedro contaba 43 años de edad mientras que la novia cumulaba 26 primaveras. Había sido el hijo segundón pero predilecto del rey Juan V, quien no reparó en cubrirle de prebendas, títulos y pensiones con el fin de asegurarle un futuro lleno de comodidades. Por ello, y no sin lógica, le concedió el Gran Priorato de Crato y el Señorío del Infantado que solían siempre corresponder al príncipe segundón de la Familia Real, consiguiéndole incluso la Orden del Toisón de Oro español.

Sin embargo, sus relaciones con su hermano mayor y futuro rey no fueron nada buenas. Por cuestión de celos o por otros motivos, cuando José I accedió al trono le conminó a que se alejase de la corte y que residiera de forma permanente en La Quinta del Infantado, en Queluz. Es gracias a esa reclusión forzada que el entonces Infante Don Pedro, Duque de Beja, decidiera reformar su residencia de Queluz y convertirla en un palacio versallesco bajo la dirección del arquitecto luso Mateus Vicente de Oliveira y del arquitecto y escultor francés Jean-Baptiste Robillon, a partir de 1747.


María I, Reina de Portugal (1734-1816) y su tío y esposo, el rey-consorte Don Pedro III (1717-1786), retratados juntos el año de su subida al trono Luso en 1777.

No se tiene por probada, en su época de Príncipe consorte de Beira y de Brasil, su abierta oposición al Marqués de Pombal, entonces ministro todopoderoso de José I. Sin embargo, cuando su mujer María I ascendió al trono en 1777, se mostró muy receptivo a la hora de recibir las quejas y súplicas de los enemigos de Pombal y que era conocido su deseo de que la represión contra el marqués y sus partidarios fuera más dura y contundente. Pero, en tan espinoso asunto, tanto Don Pedro III como María I tuvieron que frenarse: si había materia de sobras como para inculpar a Pombal e imputarle por sus "crímenes" de Estado, también se corría el peligro de implicar a la figura del rey José I y envilecer su memoria a través de las actuaciones de su primer ministro, porque al fin y al cabo, Pombal siempre actuó de acuerdo con el fallecido monarca.
Pedro, como María, era extremadamente religioso..., hasta tal punto que le apodaron póstumamente "el Sacristán" gracias al historiador liberal luso del siglo XIX Oliveira Martins. El mismo autor define al rey-consorte con esas palabras exentas de complacencia: "...el Rey (...) no se concebía hombre más feo, con cara de idiota, expresión feroz, cabellera desaliñada, con aire de borracho, un sacristán."

Tal caricatura encuentra, sin embargo, no pocas críticas de la pluma del último biógrafo de la reina María I, Caetano Beirao, quien dice que ciertamente los reyes eran muy devotos aunque su fe "era viva, servida por una inteligencia esclarecida y exenta de cualquier superstición..."

Defensor de los padres Jesuitas, que habían sido expulsados de los dominios de la Corona Lusa en 1759 por Pombal, Don Pedro III echaba de menos a esos que tan buena educación y enseñanza le habían proporcionado en sus años de aprendizaje.


Pedro III de Braganza, Rey consorte de Portugal (1717-1786)

Contribuyó con su esposa a la restauración de la Compañía de Jesús en tierras lusas, aunque con gran cuidado, prudencia y discreción con la Santa Sede, con el fin de evitar malmeterse con la corte de Madrid.

Pero las negociaciones entre Lisboa y Roma serán descubiertas por la diplomacia francesa, cuyo jefe, el Conde de Vergennes, escribiría preocupado al embajador galo en la corte lusa para que éste intentase que Don Pedro III no se alienara las simpatías de Madrid, que gran falta le hacían a Portugal, por culpa de su predilección por los Jesuitas.

De hecho, Don Pedro III, en su calidad de rey-consorte, fue considerado por sus contemporáneos como una figura política neutra, aunque ciertamente tenía gran ascendencia sobre su mujer, a la que adoraba y por la cual era adorado, y que siempre acababa por ceder a sus peticiones, que algunos clasificaban como siendo en su mayoría "unas fruslerías".

Cuando la reina le preguntaba sobre su opinión sobre un individuo u otro de su corte, para cualquier puesto ministerial o cargo administrativo, Don Pedro tenía la mala costumbre siempre de soltar un "Es capazeidóneo!", aglutinando en una sola palabra los calificativos de "capaz" e "idóneo" para remarcar su aprobación. Fruto de aquellas anécdotas sería su apodo de Don Pedro el Capacidónio.

El 24 de octubre de 1779, Pedro III puso la primera piedra de la Basílica del Sagrado Corazón de Jesús de La Estrella, mandada construir por la reina María I en cumplimiento a una promesa hecha, en el caso de que el Cielo le concediese descendencia masculina.

Pedro III fue protector de la alta nobleza. Patrocinó, por ello, las peticiones de los herederos de los ajusticiados en el célebre Juicio de los Távora, cuya rehabilitación fue objeto de numerosos procesos judiciales, en los que los herederos también perdieron la restitución de los bienes incautados por la Corona.

Fallecería en el Palacio de Nª Sra. de Ajuda, en Lisboa, el 25 de mayo de 1786, a la edad de 69 años, tras nueve de co-reinado junto a su esposa y sobrina carnal María I. Su muerte sería uno de los primeros detonantes de la inestabilidad mental de su esposa.

Sus restos recibirían sepultura en el Panteón de los Braganza, en San Vicente de Fora.

Locura


El año de 1786 marca un punto de inflexión en el reinado personal de María I. Su marido y rey-consorte, Don Pedro III de Portugal, fallece dejándola hecha un mar de lágrimas e inconsolable. Es el primer golpe que hace tambalear los cimientos de su razón.

Menos de dos años después, en 1788, su primogénito y heredero, Don José, Príncipe de Beira y de Brasil, fallece de viruela a sus 26 años de edad y sin descendencia de su consorte que, para colmo, es también su tía carnal: la Infanta Maria-Benedicta de Portugal. Su dolor como madre, comprensible, sobrepasa sin embargo lo esperado. Desolada y destrozada, no consigue superar la pérdida.


el Infante Don José, Príncipe de Beira y de Brasil (1761-1788), el heredero malogrado...


la Infanta Maria-Benedita de Portugal, Princesa de Beira y de Brasil (1746-1829), hermana menor de la Reina María I y consorte de su sobrino carnal Don José; después de 1788, se la conocía popularmente como la Princesa Víuda.

En 1789, el estallido de la Revolución Francesa y sus atrocidades, la impresionan hondamente. Es el tercer martillazo que resquebraja su cordura.

Mentalmente inestable, la reina María fue, desde el 10 de febrero de 1792, obligada por su Consejo de Ministros a aceptar que su heredero tomase en mano los asuntos del Estado, en su nombre.

Andaba ya traumatizada y apenada por una visión obsesiva de que su difunto padre el rey José I estaba sufriendo en el infierno por haber permitido a Pombal perseguir y expulsar a la Compañía de Jesús. Definía sus visiones como un "monte del calvario calcinado"... Su extrema religiosidad, su fanatismo y su credulidad contribuyeron en mucho a su empeoramiento mental y al aniquilamiento de su cordura, pero sin duda las tragedias personales dieron el golpe de gracia a una estabilidad psíquica de por si muy frágil.

Para remediar semejantes males, la corte lusa contrata al Doctor Willis, de Londres, psiquiatra y médico real de Su Graciosa Majestad el Rey Jorge III de Gran-Bretaña, que había tenido una grave crisis en 1788, que hoy día tenemos identificada como "porfiria" gracias a los síntomas descritos por sus médicos.

Pero los métodos del Dr. Willis y sus "remedios evacuantes" no surten efecto en la real paciente lusa. Si acaso, la reina no parece mejorar en nada.


María I "La Piadosa" de Portugal (1734-1816) dió paso a "La Loca" a partir de su enviudamiento en 1786 y a la muerte de su primogénito en 1788...

En 1799, su locura se agrava notablemente; se achaca el empeoramiento a las noticias procedentes de Francia: el triunfo de la Revolución, la caída de la monarquía tras el episodio de Varennes, el aprisionamiento de la Familia Real Francesa en 1792 y las ejecuciones de Luis XVI y de Maria-Antonieta en enero y octubre de 1793, sumándose a estos regicidios el peor de los crímenes: la muerte por inanición del pequeño Luis XVII en la Torre del Temple.

Desbordada por los acontecimientos, María I pierde totalmente el contacto con la realidad y parece vivir en un permanente sueño a su medida. Ante la situación, y sin esperanzas de que la reina recobre la cordura, su hijo y heredero Don Juan asume las riendas del poder en su nombre con el título de regente.

Huída a Brasil

En 1801, el entonces valido del rey Carlos IV de España, Manuel de Godoy, respaldado por los franceses de Napoleón, invade Portugal por breve tiempo (La Guerra de las Naranjas) y mediante el Tratado de Badajoz, consigue que la plaza de Olivença pase a ser posesión española.


Don Juan, Príncipe de Beira y de Brasil (1767-1826), Regente de Portugal en nombre de su madre la reina María I -futuro rey Juan VI de Portugal-.

Bajo la regencia de Don Juan, Portugal continuó siendo la "espina" clavada en una Europa que iba paulatinamente doblegándose bajo la bota de Napoleón. Lejos de comulgar con las directrices galas, Portugal se negó a observar el bloqueo naval contra el Reino Unido de Gran-Bretaña -su vieja aliada comercial desde hacía siglos- y fue, en consecuencia, invadida por los ejércitos napoleónicos liderados por el mariscal Junot, con el beneplácito de España.

Ante la amenaza de una inminente invasión, se decidió que toda la Familia Real Lusa embarcase para Brasil, con el fin de no caer prisionera de Napoleón. De este modo, el 13 de noviembre de 1807, el regente ordenó que toda la Familia Real, incluyendo la reina María I y su corte, abandonase Portugal para zarpar en dirección a Río de Janeiro. Poco después, el mariscal Junot entraba en Lisboa y ocupaba todo el reino luso, erigiéndose como su nuevo gobernante en nombre del emperador Napoleón.


27 de Noviembre de 1807: a las 11 de la mañana, la Familia Real Portuguesa embarca en el Puerto de Belém, Lisboa, para Río de Janeiro... huyendo de la invasión francesa.

Irónicamente, en 1808, aconteció lo mismo en aquella España que había permitido el paso de los ejércitos galos por su territorio para la invasión de Portugal. Los reyes Carlos IV y MªLuisa, y su hijo Fernando VII, que se habían ensarzado en una disputa por el poder (Motín de Aranjuez; caída de Godoy), se vieron conminados a abandonar Madrid y a reunirse con Napoleón en Bayona para que, supuestamente, aquél mediara entre padres e hijo. De hecho, la entrevista de Bayona era una trampa: Napoleón forzó a Fernando VII para que abdicase la corona española en su padre Carlos IV (que había renunciado a ella tras el Motín de Aranjuez) y éste tuvo, a su vez, que cederla al emperador quien, enseguida, la entregó a su hermano José Bonaparte, entonces rey de Nápoles.

La Familia Real Española apresada en Bayona, fue dispersada y recluída en distintos puntos de Francia: Carlos IV y MªLuisa en el palacio de Compiègne, y el Príncipe de Asturias (Fernando VII) y su tío el Infante Don Antonio Pascual en el castillo de Valençay, propiedad del Príncipe Charles-Maurice de Talleyrand-Périgord, vice-canciller del Imperio.

Gran-Bretaña, lejos de olvidar a su vieja aliada lusa, respondió militarmente a la ocupación francesa enviando al Duque de Wellington al frente de un ejército liberador que desembarcó el 1 de agosto de 1808, iniciándose así la "reconquista" de Portugal y la posterior expulsión del invasor francés (Guerra Peninsular).


Arthur Wellesley, 1er Duque de Wellington (1769-1852); el general británico encabezó la expedición militar que tenía por misión liberar Portugal del invasor francés y conseguir su retirada de la Península Ibérica...

Entre 1809 y 1810, el ejército británico-luso luchó contra el ocupante galo bajo la dirección de Wellington, consiguiendo la retirada del mariscal Junot y de sus tropas tras la batalla de Lineas de Torre. Y cuando Napoleón fue definitivamente derrotado en 1815, María I y la Familia Real Portuguesa se encontraba bien instalada en Brasil.

El 16 de diciembre de 1815, María I fue proclamada Reina del Reino Unido de Portugal, Brasil y de los Algarves.

Menos de tres meses después, el 20 de marzo de 1816, la reina María I fallecía totalmente ajena a los acontecimientos, a la edad de 81 años y faltando cuatro días para cumplir los 82, en Río de Janeiro.

Habrían de pasar unos años antes de que sus restos fueran trasladados a la metrópoli que la había visto nacer, siendo definitivamente enterrada en la Basílica del Sagrado Corazón de Jesús de la Estrella, en Lisboa.

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LA MARQUESA DE ALORNA, 1750-1839

Posteado por: retratosdelahistoria el 28 oct En: Biografías Portugal - 4 comentarios

LA MARQUESA DE ALORNA
Leonor de Almeida Portugal Lorena y Lancastre
Condesa von Oeynhausen-Gravenburg
1750-1839


La marquesa de Alorna fue una célebre escritora de cartas pre-románticas portuguesa que Alessandro Herculano comparaba a Madame de Staël, con la que tenía muchos puntos en común.


Doña Leonor de Almeida Portugal Lorena y Lancastre, Condesa von Oeynhausen-Gravenburg (1750-1839), futura 4ª Marquesa de Alorna y 7ª Condesa de Assumar, retratada en Viena por Pitschmann en 1780 (Colección de los Marqueses de Fronteira, Portugal).

Doña Leonor de Almeida (1750-1839), ha dejado una obra poética (Oferenda aos Mortos) y epistolar considerable aún en gran parte inédita. Su correspondencia será en breve publicada, más concretamente sus cartas a la Condesa de Vimioso, Doña Teresa de Mello Breyner apodada "Tirce", durante su reclusión en el convento de San Félix de Chelas, en Lisboa. Tenía 9 años de edad en 1759, cuando se produjo la exterminación de su familia materna, los Távora, de manos del Marqués de Pombal, primer ministro de José I, en un sangriento ajuste de cuentas que provocó una honda impresión en toda Europa y marcó durante décadas la memoria de las gentes.

Enclaustrada a lo largo de dieciocho años, como su madre y su hermana María, futura Condesa de Ribeira Grande, y los próximos de la Casa de Távora, en el convento empleará su tiempo en leer, escribir y tener su propio salón de poesía, cosa que conservará una vez recobrada su libertad en su residencia de Bemfica. Adquiere una cultura enciclopédica y se adhiere a las ideas ilustradas. Corresponde bajo el seudónimo arcadiano de "Alcipe" y adquiere renombre en el mundo de las Letras como "Outeiros de Chelas" (Eminencias de Chelas).

Tras haber casado con el conde Karl von Oeynhausen-Gravenburg (1739-1793), caballero de la Orden de Cristo y embajador plenipotenciario de la corte portuguesa en Viena, nuestra protagonista se instala en la capital austríaca donde sería objeto de la gran estima de la emperatriz Maria-Teresa I.
Su enorme bagaje cultural, su carácter amable y sus múltiples talentos artísticos le abren por igual las puertas de las cortes de Madrid, Versailles y Londres.

Ella y su marido, tras su brillante embajada en Viena, regresaron a Lisboa a finales de la década de 1780. Por entonces, la bella condesa de Oeynhausen-Gravenburg, cuyo marido había sido nombrado gobernador de los Algarves y falleció el 3 de marzo de 1793, teniendo apenas 54 años, gozaba de gran fama. Muy apenada, la viuda se retiró con sus hijos en sus propiedades de Almeirim y de Almada. Entregada a la educación de su prole, se vió prontamente estimada por todos gracias a sus obras benéficas para con los pobres, y por financiar una pequeña escuela para que enseñara a las niñas de familias humildes a coser, leer, escribir y a hacer las tareas domésticas propias de una mujer.

Muy considerada y respetada por la Familia Real, no tardó en ser nombrada dama de honor de la Princesa de Beira y de BrasilDoña Carlota Joaquina de Borbón, esposa del heredero del trono; se le encargó entonces elaborar los diseños para la decoración interior del Palacio de Ajuda pero que nunca llegó a ejecutar.

Tras la muerte de su padre en 1802, partió para Madrid y de allí a Londres, donde se demoró más de lo que tenía planeado al recibir inquietantes noticias de la invasión francesa y de la marcha al exilio brasileño de la Familia Real Portuguesa. En la ciudad del Támesis, frecuentó asiduamente los salones aristocráticos y elegantes de la alta sociedad, como también la casa del embajador luso Domingo de Sousa Couthino, conde de Funchal.


Don Pedro de Almeida, 3er Marqués de Alorna (1754-1813)

Pese a todo, la dama regresó a Portugal en 1809, encontrándose en una situación crítica: su hermano, el 3er Marqués de Alorna, Don Pedro, había marchado a Francia comandando la Legión Portuguesa tras haber mandado a Rio de Janeiro a sus hijos (fallecerían en la adolescencia). A instancias de los gobernadores del reino, la condesa vda. de Oeynhausen-Gravenburg fue invitada a abandonar sine die la ciudad del Tajo, por lo que se trasladó nuevamente a Londres, ciudad que no debía abandonar hasta 1813, cuando recibió por fin el permiso para regresar a su patria y se enteró del fallecimiento de su hermano. De vuelta a Portugal, residió en casa de su nieto el Marqués de Fronteira (Don José Trazimundo de Mascarenhas Barreto), en Benfica. Se dedicó entonces en rehabilitar la memoria de su difunto hermano, condenado como traidor a la patria por haber servido en el ejército napoleónico. Su lucha duró un decenio, harto difícil pero constante en su empeño, la condesa consiguió que el nombre de su hermano fuera borrado de la lista negra de los traidores y fue solamente en aquella época que nuestra dama pasó a ostentar públicamente el título de 4ª Marquesa de Alorna y 6ª Condesa de Assumar, como heredera de su hermano, último representante masculino de su linaje.

En 1822, su hijo el Conde Don Carlos-Ulrico de Oeynhausen-Gravenburg (14 de agosto), fallecía sin descendencia y la dejaba en la más absoluta tristeza. El título condal, heredado de su padre, era alemán y la titularidad acabó perdiéndose.

Su hija primogénita, Doña Leonor Benedita, había casado con el Marqués de Fronteira quien, andando el tiempo, pasaría a heredar del marquesado de Alorna por Real Decreto del 22 de octubre de 1839 y Real Carta de Julio de 1844. En cuanto al condado de Assumar, se declaró extinto y revirtió a la Corona.

Otras de sus hijas: Juliana, casaría sucesivamente con el 2º Conde de Ega, y con el ruso Conde Strogonov; Henriqueta sería dama de honor de la reina Maria II; Luisa contraería matrimonio con Heliodoro Jacinto Carneiro de Araújo, gentilhombre de la Casa Real y consejero privado del rey Juan VI.

En 1826, la Marquesa de Alorna acude a la solemne apertura de las Cortes, en calidad de camarera mayor , y en 1828 como dama de honor de la Infanta Isabel Maria, en cuya sesión la infanta entregaba el Gobierno a su hermano, el Infante Don Miguel. Asistió al Te-Deum celebrado en honor de Don Pedro IV y Doña María II, cuando éstos entraron en Lisboa; presente en las exequias de Don Pedro IV, en la boda de María II con el Príncipe Augusto de Beauharnais-Leuchtenberg, no pudo hacer acto de presencia en el segundo enlace de la soberana con Don Fernando de Sajonia-Coburgo-Gotha, por su avanzada edad; aquello no impidió que los reyes fueran luego a visitarla en su residencia de Benfica.
La reina Maria II le concedió la banda de la Orden de Santa Isabel. La Marquesa de Alorna fue también dama de la Orden de la Cruz Estrellada (Alemania).

Fallecería a sus 89 años.

Las obras de la Marquesa de Alorna serían publicadas póstumamente, al menos en parte.

La Abuela

Su abuela, Doña Leonor Tomásia de Távora, condesa de Sao Joao da Pesqueira y marquesa de Távora (15-III-1700 / 13-I-1759), pertenecía a la más alta nobleza de espada lusa y de sus años como virreina de la India, había contraído la mala costumbre de verse tratada como una reina. Dotada de un carácter varonil, altiva, imbuída de su posición y de su persona, tenía fama de poseer un extraordinario a la par que difícil carácter.

Totalmente influenciada por su confesor y director espiritual, el Padre Malagrida (al que se tachaba de iluminado), como todas las damas de su casa, se convirtió en la musa y cabeza de proa del cenáculo de los reaccionarios portugueses, que se oponían a todo aquél que manifestaba el deseo de reformar el país. El palacio de los Távora pasaba entonces por ser el centro neurálgico de la oposición nobiliaria tanto en la corte lisboeta como en todo el reino.

La Marquesa de Távora era de aquellas que fustigaban el espíritu de la Ilustración que, muy a su pesar, ganaba adeptos y terreno en el Portugal de aquella época.


el Marqués de Pombal y Conde de Oeiras, Primer Ministro de Portugal.

El hecho de que el Rey José I -que tan solo tenía4 hijas-, delegase sus responsabilidades en su ministro Pombal, al cual la Távora no perdonaba su ambición, sus maneras de arrivista ni su procedencia hidalga, y que le daba carta blanca para hacer y deshacer todo lo imaginable en el país y en las colonias, recurriendo a las reformas más audaces sin consultar con la alta nobleza, resultaba inadmisible para aquellos encumbrados aristócratas a los que pertenecían ella, su marido y el duque de Aveiro. En consecuencia, nunca perdían la ocasión de ostentar públicamente el mayor de los desprecios hacia la figura del Marqués de Pombal.


Don José I, Rey de Portugal y de los Algarves (1714-1777)

No se imaginaban hasta qué punto el Rey estaba molesto y cansado de sus actitudes desafiantes. El mismo duque de Aveiro había abusado demasiado de la paciencia del monarca con sus sucesivas fechorías: tras raptar a una dama de ilustre cuna pero ya casada, se entregó a las peores bajezas para hacerse con los bienes y títulos del viejo y riquísimo duque de Aveiro, Don Gabriel Ponce de León y Lancastre, fallecido en 1745 sin herederos directos, y del cual no era más que un pariente lejano.

Pombal esperaba pacientemente su hora bajo la máscara de la discreta paciencia... hasta que la copa rebasó la del Rey y éste le instó a que se deshiciera de los Távora de la manera más expeditiva que cabe imaginarse. Cuando fue cosa hecha, José I le recompensó con el condado de Oeiras.

Pero Pombal no debía frenarse en tan buen camino y, de un tiro, derribó a dos: dictó la expulsión de los Jesuitas en 1758, acusados de connivencia en el atentado contra el Rey, y los deportó a Civitavecchia a modo de "regalo" para Su Santidad el Papa Clemente XIII; ordenó la marcha sine die del nuncio apostólico y llamó a Lisboa al embajador luso en el Vaticano.

El 12 de enero de 1759, la 3ª Marquesa de Távora y 6ª Condesa de Sao Joao da Pesqueira, Doña Leonor Tomásia de Távora (casada desde el 21 de febrero de 1718 con su primo-hermano Don Francisco de Asís de Távora, virrey de la India e hijo y heredero del 2º conde de Avor), inculpada como principal instigadora del atentado contra la vida del rey José I, apresada en su palacio la noche del 13 de diciembre de 1758 con su familia, trasladada y encarcelada en el palacio de Belém, recibió sentencia de muerte al encontrarse culpable de crimen de lesa-majestad; a la condena se unía la decisión del Tribunal a la confiscación de todos sus bienes muebles e inmuebles a favor de la Corona. A la mañana siguiente, 13 de enero, la infeliz dama subió al cadalso y fue decapitada la primera, siendo luego ejecutados su marido el Marqués de Távora y 3er Conde de Avor, Don José Mascarenhas, 8º duque de Aveiro y demás parientes tras sufrir lo indecible: atados a unas ruedas, les partieron brazos y piernas a golpes de palo, los despellejaron y los quemaron vivos hasta darles muerte.


13 de Enero de 1759: la bestial y pública ejecución de toda la familia Távora y de los duques de Aveiro, acusados de haber atentado contra el rey.

Nota:

Leonor de Almeida, Condesa de Oeynhausen-Gravenburg, 7ª Condesa de Assumar, Condesa de Alorna y 4ª Marquesa de Alorna, fue la hija primogénita del 2º Marqués de Alorna y 4º Conde de Assumar, Don Joao de Almeida Portugal y de Doña Leonor de Lorena y Távora. Mientras fue encarcelada junto con su madre y su hermana en el convento de Chelas, su padre fue preso en la Torre de Belém y luego trasladado a la fortaleza de Junqueira, como sospechoso de haber tenido conocimiento de la conspiración de los Távora-Aveiro. Dieciocho años después, y tras el fallecimiento del rey José I y el advenimiento de María I, todos los presos de Estado fueron liberados por orden de la nueva soberana, aunque muchos de aquellos rehusaron la libertad si no eran públicamente exculpados e inocentados. De entre ellos, nótese al Marqués de Alorna, cuyo único crimen fue estar emparentado con los Távora.


Don Joao de Almeida Portugal, 4º Conde de Assumar y 2º Marqués de Alorna (1726-1802)

Muchos de aquellos presos fallecieron antes de verse nuevamente en libertad; las duras condiciones en las que fueron encarcelados son por lo menos escalofriantes: malos tratos, hambruna, suciedad, parásitos, enfermedades derivadas de la insalubridad de aquellas infectas celdas acabaron con gran parte de esos presos políticos. El propio marqués de Alorna correspondía secretamente con su mujer e hijas escribiendo mensajes con su propia sangre, al carecer de tinta y de pluma.

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CARLOTA-JOAQUINA DE BORBÓN: la Arpía de Queluz

Posteado por: retratosdelahistoria el 30 dic En: Biografías Portugal - sin comentarios

Carlota Joaquina de Borbón
Infanta de España, Princesa de Beira
Reina de Portugal
1775 - 1830

Carlota Joaquina de Borbón y Parma, Infanta de España (1775-1830), fue la hija primogénita de los reyes de España Carlos IV y María-Luisa de Parma, entonces Príncipes de Asturias.


Carlota Joaquina de Borbón y Parma, Infanta de España, Infanta de Portugal, Señora del Infantado y luego Princesa de Beira y de Brasil (1775-1830); retratada apenas llegada a Lisboa

Aún niña, figuró ya en el ajedrez de las políticas matrimoniales y dinásticas. Prueba de ello fue que su abuelo paterno, el entonces rey Carlos III, dispuso entregarla en matrimonio al segundogénito de los reyes María I y Pedro III de Portugal, el Infante don Juan, entonces Señor del Infantado y que venía en segundo lugar como pretendiente de la corona lusa después de su hermano José, Príncipe de Beira y de Brasil, duque de Braganza (1761-1788).


Los Reyes de Portugal, María I (1734-1816) y su consorte Pedro III (1717-1786); retratados juntos en 1777

Con apenas 10 años de edad, la Infanta Carlota Joaquina de España fue casada el 8 de mayo de 1785 con el infante portugués. Tres años más tarde, su cuñado el heredero de la Corona, fallecía de viruelas sin descendencia de su tía y esposa la Infanta Mª Francisca Benedicta de Portugal; esto supuso para Carlota Joaquina y su marido Juan, convertirse en los nuevos pretendientes con los títulos de Príncipes de Beira y de Brasil, y duques de Braganza. A esto se sumó, en 1786, las primeras crisis de inestabilidad mental de la reina María I, afectada por las defunciones de su marido ( y tío ), el rey consorte Pedro III, y de su heredero primogénito José, por lo que el príncipe Juan asumió las riendas del Gobierno de la monarquía lusa en calidad de regente. La regencia fue finalmente confirmada en 1792, cuando la reina María I empeoró aún más si cabe, afectada por los acontecimientos de la Revolución Francesa.


Don José de Portugal, Duque de Braganza, Príncipe de Brasil y de Beira (1761-1788)

Este viraje de acontecimientos convino perfectamente al carácter ambicioso y a menudo violento de Carlota Joaquina. Desde entonces, y aún adolescente, siempre procuró entrometerse en los asuntos de Estado, buscando influenciar las decisiones de su esposo. Tal era su nivel de dominancia que pronto empezó a despreciar a don Juan, recurriendo a menudo al chantaje, a la intriga y a la presión conyugal siempre que no conseguía de éste lo que se había fijado obtener. Toda esta situación metió a la Casa Real Portuguesa en una situación de auténtica anarquía que, eventualmente, traspasó el ámbito cortesano para llegar a oídos del pueblo llano.

Obviamente, la princesa española no era un ejemplo modélico. Vivo retrato de su madre, tanto en lo físico como en lo moral, estuvo muy lejos de ser una mujer agraciada y querida. Aquejada de una cojera, al tener una pierna más corta que la otra, tenía además el tronco torcido por una malformación ósea en la espalda, dándole un aspecto de tener un hombro más alto que otro. Cuenta un historiador portugués (Octavio Tarquinio de Sousa) que era una mujer horrenda, huesuda, con una espalda desnivelada, de mirada hundida, de boca de rictus cruel y desdeñosa, con un cutis áspero y afeado por las cicatrices de la varicela y una proeminente nariz rojiza. Pequeña como una enana y patizamba, la describe como un alma ardiente, ambiciosa, inquieta, llena de pasiones, exenta de escrúpulos y con impulsos sexuales desbordantes.

Ver un retrato suyo en la madurez, nos recuerda terriblemente a su progenitora...


Juan VI (1767-1826) & Carlota-Joaquina de Borbón (1775-1830), Príncipes-Regentes y luego Reyes de Portugal

Fue tan querida entre sus súbditos, que llegaron a concederle el apodo de "La Arpía de Queluz"; lo de arpía lo dice todo, en cuanto a lo de "Queluz", es alusivo al palacio versallesco en el cual residía, el Palacio Real de Queluz, y que fue su residencia asignada hasta su temprana muerte a la edad de 54 años.

Porque se vió repetidas veces apartada de las decisiones claves, en las que se emperraba intervenir e inmiscuirse a todas horas, Carlota Joaquina formó a su alrededor, por despecho, toda una camarilla de nobles portugueses afines a sus ambiciones de poder y deseos intervencionistas en el Gobierno de la monarquía lusa, que conformaron su propio partido secreto. El objetivo de ese partido conspirador era el de conseguir apartar del poder al Príncipe-regente Juan, hacerse con su persona y declararlo incapaz de cuidar de los asuntos de Estado, igual que su madre la reina, que había perdido totalmente la chaveta.


Don Juan VI de Portugal (1767-1826), Príncipe-Regente a partir de 1786, con intermitencias y finalmente desde 1792 hasta 1816

Pese a las precauciones, en 1805, el famoso partido secreto "Carlotista" fue descubierto, sus miembros arrestados y acusados de conspirar contra el regente y su gobierno. El Conde de Vila Verde, ministro de Estado, inició la apertura de una investigación judicial rigurosa y el encarcelamiento de todos los implicados, y la princesa-regente no pagó más caro su "crimen de lesa-majestad" gracias a que don Juan, deseoso de evitar un escándalo público, se opuso a su encarcelamiento, prefiriendo confinarla en el Palacio Real de Queluz, disponiendo que él mismo se instalaría en el Palacio-Monasterio de Mafra (El Escorial portugués) para vivir separado de ella.

Pocos años después (1807), el Príncipe-regente tuvo que organizar la huída de toda la Familia Real a Brasil, ante la inminente invasión de los ejércitos franceses de Napoleón. Pese a la caída del Imperio Napoleónico en 1814, Juan VI no consideró oportuno regresar a Portugal hasta que fue obligado por una revolución en 1820, que exigía su regreso y el de toda la familia real a Lisboa.

En 1816, tras la oportuna defunción de su madre y predecesora en el trono, Juan VI asumió el título de rey.

Opuesta abiertamente a la Revolución liberal de Oporto, acontecida el 24 de agosto de 1820, Carlota Joaquina fue la figura más notable del país a rehusar jurar la Constitución de 1822, juntamente con el cardenal-arzobispo de Lisboa, Carlos da Cunha e Menezes.

En consecuencia de ese gesto, que la convirtió en la figura de proa del partido reaccionario, la reina fue exiliada otra vez a Queluz, viviendo una vez más separada físicamente del rey Juan VI -quien eligió residir en el Palacio de Bemposta, en Lisboa-, y desde dónde siguió ejerciendo una intensa actividad política, promoviendo varias conspiraciones para derrocar a su marido y suspender la Constitución.

Su residencia se convirtió en el principal foco de intrigas absolutistas, y a la reina se le imputa la enorme responsabilidad en los proyectos de los principales levantamientos reaccionarios de 1820, la Vilafrancada de 1823 y la Abrilada de 1824, tres intentonas de abolir el régimen constitucional, deponer al rey Juan VI y colocar en el trono al Infante don Miguel, hijo predilecto de Carlota Joaquina.


El Infante Don Miguel de Portugal (1802-1866), que posteriormente se convertiría en el regente y luego rey Miguel I de Portugal

Tras "la Vilafrancada" de 1823, el rey acabó por suspender la constitución, prometiendo no obstante convocar en breve nuevas elecciones con el fin de redactar un nuevo texto constitucional. En ese intervalo de tiempo, Juan VI cohabitó nuevamente con la reina durante algunos meses, en paz y harmonía.

Poco después, el entendimiento de la real pareja se deshizo después de la Abrilada de 1824, cuando el Infante don Miguel intentó posesionarse del trono y venir en auxilio de su madre, auténtica jefa del partido absolutista en Portugal. Con el apoyo y respaldo de los embajadores de Francia y de Gran-Bretaña, Juan VI marchó a la guerra contra su hijo. Las consecuencias no sorprendieron: el Infante Miguel fue degradado y privado de su cargo de generalísimo del Ejército, y exiliado; en cuanto a su esposa, decretó que fuese desterrada para siempre en el palacio de Queluz, no debiendo más nunca reaparecer en la corte.


Doña Carlota Joaquina de Borbón, Reina de Portugal (1775-1830)

En 1826, sintiéndose con un pie en la tumba, el enfermo rey Juan VI (tal vez porque venían envenenándole con arsénico) nombró un consejo de regencia para que asumiera las riendas del gobierno tras su muerte, y el cual debía encargarse escoger al heredero del trono portugués, siendo presidido por su hija la Infanta Isabel María de Braganza. Hoy en día, se pone en tela de juicio, con dudas razonables, que el documento dispuesto por Juan VI fuera auténtico, ya que el monarca (según afirman los médicos y estudiosos actuales que analizaron sus vísceras encontradas en una urna de porcelana china, sepultada bajo una losa de los Infantes de Palhavâ, en el panteón real del Monasterio de San Vicente de Fora, y la grafología de su firma) ya se encontraba muerto en aquella fecha, y que le retiraba (o le retiraban?) de este modo a su mujer, Carlota Joaquina, la prerrogativa que desde siempre en la historia lusa le correspondía a una reina-viuda: el ejercicio de la regencia del reino durante la minoría de edad o ausencia del heredero de la Corona.

El trono, finalmente, fue cedido a su hijo Pedro I, entonces emperador de Brasil, con el ordinal de Pedro IV de Portugal, con tal de evitar que Brasil se separase de la metrópoli. Sin embargo, y a imagen y semejanza de España, Portugal sufrió de una guerra civil entre Pedro IV y su hermano Miguel, pretendiente absolutista. La situación siguió siendo frágil tras la abdicación de Pedro IV en favor de su hija y heredera la reina María II.


Don Pedro I de Braganza, Emperador de Brasil y luego proclamado como Rey Don Pedro IV de Portugal (1798-1834)

En 1828, el derrocamiento de María II y la subida al trono de Miguel I como rey absoluto de Portugal, coronaron los esfuerzos de la reina-viuda Carlota Joaquina, que tanto había conspirado para que llegase a ceñir su hijo predilecto la corona. Pero la felicidad materna fue de corta duración y no pudo auxiliarle en la tarea de gobernar, pues falleció súbitamente (se sospecha que se suicidó) el 7 de enero de 1830. Cabe reseñar que Miguel le pagó con manifiesta ingratitud, olvidándose oportunamente darle término al destierro de su madre cuando ciñó la corona, causando en ésta un hondo y tremendo disgusto, amén de la consecuente amargura y desilusión.

La posteridad acusa a la reina Carlota Joaquina como instigadora de la muerte, por envenenamiento, de su marido el rey Juan VI. Según los historiadores lusos, ésta le habría suministrado naranjas envenenadas con arsénico inyectado, haciendo que Juan VI enfermase y muriese a fuego lento.

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