CARLOS I DE ESPAÑA & V DE ALEMANIA, 1500 - 1558

"las pequeñas miserias de un gran monarca"

Carlos I de Austria (1500-1558), Rey de las Españas, de las Indias y Emperador del Sacro Santo Imperio Romano Germánico, que en Alemania llevaba el ordinal de Carlos V y era comúnmente llamado "Carlos Quinto", tuvo por progenitores al archiduque Felipe "el Hermoso" de Austria y a la Infanta Juana "la Loca" de Aragón y de Castilla que, a la larga, también fueron reyes de Castilla-León... que no de Aragón y de sus reinos del Mediterráneo, ya que aún vivía y coleaba el abuelo materno Don Fernando II de Aragón, viudo de la catolicísima abuela Doña Isabel I de Castilla.

La familia Imperial de Austria: el Emperador Maximiliano I junto con su heredero el archiduque Felipe I "el Hermoso", su nuera la Infanta Juana de Aragón y de Castilla, y los hijos de éstos entre los que se distingue claramente al joven archiduque Carlos de Austria.

Nació pues la noche del 24 de febrero de 1500, en medio de nauseabundos y pestilenciales perfumes, ya que su augusta y esquizofrénica madre lo parió en un retrete cuando se celebraba una fiesta en el palacio de Gante. Sus padres se llevaban a matar: Felipe "el Hermoso" era un putero incorregible que andaba ya amargado por los enfermizos ataques de celos de Juana, haciéndole ésta la vida imposible con sus ataques de histeria y sus reproches en público.

Educado por su tía paterna la archiduquesa Margarita de Austria, viuda por dos veces, y por el cardenal Adriano de Utrecht -que a la postre se convertiría en papa-, Carlos de Austria creció como un adolescente inicialmente apático, bonachón, maleable, preso de iniciales ataques epilépticos, mentalmente retardado, inútil en idiomas y pésimo en matemáticas. Se dijo también que era de carácter grave, flemático, algo indeciso, pacífico, aparentemente frío, de alma templada y religiosa, que gustaba de la soledad, poco amigo de la risa, bastante avaro y rencoroso, y siempre reacio a conceder favores. A esas apreciaciones se unen un defecto físico embarazoso: una mandíbula inferior salida, un prognatismo heredado del lado paterno que, a la hora de comer, transforma el placer de deglutir en trabajo tedioso y enervante, incapaz de masticar correctamente, por lo que las indigestiones y las indisposiciones se convierten en su pan de cada día. El caso es que, al tener la mandíbula tan salida, su manera de hablar adquiría tintes duros, secos... Le era difícil cerrar la boca, y siempre andaba abierta dándole un aspecto alelado. Sin embargo, dicho defecto no impidió al personaje darse unos atracones de órdago en la mesa a lo largo de sus 58 años de vida.

Tenía dos fobias incontrolables: hacia las arañas y los ratones. Ver arácnidos y roedores le producía auténtico terror.

Busto del archiduque Carlos I de Austria realizado en Flandes en 1518, cuando tenía entre 17 y 18 años.

Aunque su aprendizaje fue lento, Carlos consiguió expresarse en perfecto francés, además de hablar el flamenco, su lengua natal. En cuanto al castellano y el alemán, los aprendió sobre la marcha y tardíamente. Sintió pronta afición por la música (su gran pasión), la lectura y los relojes, asi como por el arte (prueba de ello son su amistad con los pintores Tiziano y Lucas Granach), la historia... y en menor medida por la cartografía y los instrumentos científicos de su tiempo, la filosofía y la astronomía.

Su principal entretenimiento era la caza que, con la edad, fue en aumento. Y por lo que se refiere a los juegos de salón o de azar, los detestaba.

Retrato del rey-emperador Carlos I de España y V de Alemania en 1533.

A diferencia de su padre, Carlos supo dominar muy bien sus impulsos sexuales. En su época de juventud tan solo se le conoce una aventura con la noble flamenca Margrethe Van Geist, cuando tenía 21 años y se encontraba en Flandes. De ese escarceo juvenil nació en 1522 Margarita de Austria, su única hija bastarda a la que reconoció enseguida y que, llegado el día, sería la progenitora del célebre Alejandro Farnesio. Más tardía fue su aventura con la joven y bella Barbara Blomberg, siendo ya viudo de la bellísima reina-emperatriz Isabel de Portugal (desde 1539), naciendo de aquellos otoñales amores un hijo bastardo llamado Don Juan de Austria (1547).

Cuando murió su abuelo materno el rey Fernando II de Aragón, Carlos se convirtió en el nuevo rey de las Españas con el ordinal de Carlos I y con tan solo 16 años, aunque en realidad se vio asociado al trono de su madre la reina Juana I "la Loca", auténtica reina propietaria que, por entonces, ya no se dominaba y andaba recluída. Sus inicios como soberano inexperto rodeado de una cohorte de nobles flamencos ambiciosos, no mejoró en nada su imagen en sus nuevos reinos ibéricos. Que fuera en Castilla, en Aragón o en Cataluña, la impresión que dio a sus súbditos fue nefasta y no sólo porque no supiera ni una palabra de castellano o de catalán.

En febrero de 1525, cuando resulta vencedor en la batalla de Pavía y es derrotado y hecho prisionero el rey Francisco I de Francia (la noticia llega a la corte española en mayo), Carlos I se enfrenta a un acuciante problema pecuniario: debe 14 meses de paga a los 6.000 lansquenetes de la guarnición de Pavía, 5 meses a los 25.000 soldados reclutados por el Condestable de Borbón, 7 meses a los soldados de infantería españoles y 2 años a los caballeros!!! ¿el oro de las Américas? Había servido en parte para sobornar a los electores alemanes para que le concedieran la corona imperial en 1520 y, por otro lado, para ir a parar a los cofres de los banqueros flamencos a los que ya se les adeudaba mucho. La falta de liquidez fue una constante para el gobierno del rey-emperador y el oro de las minas Americanas tan solo servía para tapar agujeros, agujeros que no paraban de multiplicarse y agrandarse por culpa de las interminables campañas bélicas europeas y porque en el imperio donde no se ponía el sol siempre habían múltiples frentes que atender y mantener. Por eso, durante todo su reinado, Carlos I-V tuvo que lidiar con las cortes de sus reinos como un insistente pedigüeño, para obtener los fondos necesarios para cubrir gastos.

El rey-emperador Carlos I-V junto con su primogénito Felipe II, en el que abdicó las coronas castellano-aragonesas cediéndole todas las colonias de ultramar y parte de sus posesiones europeas.

Hasta los 28 años, Carlos I-V de Austria gozó, relativamente, de buena salud. Después de esa edad, empezaron las molestias: ataques de asma y de gota que llegó incluso ésta a inmovilizarle durante semanas. A esos males se unieron las hemorroides, las hernias, las ictericias... El rey-emperador envejeció prematuramente, por lo que a sus 48 años ya parecía un sesentón desilusionado y derrotado por tantas contrariedades. Su sueño de crear un imperio unido y en paz se vio truncado por la Reforma de Lutero, las intrigas de los papas y los nacionalismos de un Enrique VIII y de un Francisco I. Con la espalda arqueada, la respiración entrecortada, teniendo que echar mano de un bastón para ir de un cuarto a otro, sufría con demasiada frecuencia de esa gota que era capaz de arrancarle los alaridos más terroríficos, hasta el punto de oír sus espeluznantes gritos en las habitaciones que se encontraban debajo de las suyas. Cuando empeoraban sus ataques, se le hinchaba la lengua, escupía flemas viscosas y se le atrofiaba el paladar, y las recetas supuestamente curativas de los médicos no contribuían a una mejoría, como tampoco su desmedido amor a la comida.


Retirado en Yuste tras abdicar en su primogénito Felipe II, Carlos I-V pasó sus últimos años viviendo en un palacio de 8 habitaciones adosado al monasterio, cuyos interiores fueron austeramente decorados y donde predominaba el negro en cortinajes y paños. Desde que había enviudado, el rey-emperador no había vestido otra cosa que trajes de luto en seda, a menudo ribeteados de armiño o de pelo de cabrito. Para desplazarse de una estancia a otra, utilizaba una silla con ruedas y, para descansar, otra fija cubierta de almohadones y con alargos para descansar en alto las piernas. Aunque aquejado de mil males y con las extremidades muy deformadas por la gota y los reumatismos, murió de fiebre palúdica el 21 de septiembre de 1558, a las 2 de la madrugada
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