EL DUQUE DE LAUZUN

LA EXTRAORDINARIA VIDA DEL GRAN FAVORITO DE LUIS XIV

-Parte XXIII-

El salvamento de la Reina

Retrato del rey Jacobo II de Inglaterra, Escocia e Irlanda (1633-1701), en un grabado de la época. 

A principios del mes de diciembre de 1688, sintiendo que la situación se agravaba peligrosamente, Jacobo II se resolvió a poner a salvo a la reina y a su hijo el pequeño príncipe de Gales de tan solo 6 meses, enviándolos a Francia. Él mismo pensaba que, en el peor de los casos, acabaría por reunirse con ellos. Lo más dificil fue convencer a la reina ya que se le hacía cuesta arriba tener que separarse del rey en momentos tan angustiantes, aunque al final se resolvió a seguir los planes establecidos. Quedaba por encontrar a la persona idónea que aceptase tan delicada misión. ¿Un ministro? ¿un dignatario de la corte? ¿un oficial? El rey no se fiaba de nadie y, además, la repentina marcha de uno de sus hombres de confianza podría llamar demasiado la atención. Era, desde luego, absolutamente necesario que el asunto permaneciera en secreto durante el máximo de tiempo posible si se quería llevar con éxito. Porque era un súbdito extranjero, pensó que el conde de Lauzun levantaría menos sospechas entre los espías de Guillermo III de Orange; el regreso de ese gentilhombre al continente podría parecer del todo lógico en semejantes circunstancias. ¿Quién no conocía sus cualidades? Habría sido difícil encontrar a un hombre más inteligente, más activo y más fiel que el conde de Lauzun. Por todas esas razones, Jacobo II le escogió y le convocó discretamente en su gabinete: -"Monsieur, le dijo, me habíais hecho el honor de ofrecerme vuestros servicios. Vendrá el día en que necesitaré uno considerable. ¿Os encontráis todavía con las mismas disposiciones?"

Lauzun le saludó y aseguró su devoción: su vida estaba enteramente en manos de Su Majestad, que ordenase y él obedecería! Brevemente, el monarca le expuso su proyecto y, de un gesto, el conde aceptó... Y,¡con qué alegría! Llevaba semanas esperando una ocasión para entrar en acción y lucirse en medio de esa lúgubre corte de Whitehall que se iba desintegrando bajo el efecto de las defecciones y las traiciones. Fue convenido que la marcha tendría lugar el martes 14 de diciembre, día en que la ayudante de cámara y cómplice, Pellegrina Turini, estuviera de guardia en los aposentos de la reina. El príncipe de Gales, que se encontraba en Portsmouth, sería enviado por su lado a Francia el mismo día.

El Palacio Real de Whitehall, Londres, a orillas del Támesis, según un dibujo de la época.

El 12 de diciembre, sobre las once de la noche, Lauzun se introdujo discretamente en un gabinete de los aposentos de la reina. Allí se encontró con el rey y un gentilhombre italiano al servicio de la reina que respondía al nombre de Francesco Riva. Los tres conspiradores ultimaron los detalles de la huída: la reina saldría de noche por el jardín privado para subir a un carruaje sin insignias reales que la conduciría a Horseferry, a orillas del Támesis. Desde allí tomaría una barca para cruzar el río y desembarcar al otro lado, en Lambeth. Desde Lambeth, un carruaje tirado por seis caballos la conduciría hasta Dover, puerto de embarque para Francia. Mientras, en Portsmouth, el almirante Dartmouth organizaría y protegería la partida del pequeño príncipe y de sus nodrizas.

Retrato del Almirante George Legge, 1er Barón de Dartmouth (1647-1691).

A la mañana siguiente, el plan fue desbaratado cuando se supo que Lord Dartmouth rehusaba obedecer a las ordenes del rey. En su respuesta, remarcaba que si el rey deseaba hacer venir a su hijo a Londres, que él no pondría ningún impedimento pero que no se estimaba con el derecho de facilitar la huída del príncipe heredero. Sin dejar de referirse a su lealtad, añadía que en conciencia no podía obedecer una orden que, a todas luces, le convertiría en "culpable de traición ante Su Majestad y las leyes reconocidas del reino".

Confrontado a ese nuevo acto de insubordinación, Jacobo II decidió sin más dilación hacer regresar a su hijo con una escolta de tres regimientos y mandarle en secreto con Lauzun y la reina. El 18 de diciembre, el heredero llegaba a Whitehall Palace y era alojado en los aposentos de su madre.

Reproducción a vista de pájaro del Palacio Real de Whitehall, Londres, en la década de 1680.

Mapa de la ciudad de Londres en la década de 1680, atravesada por el río Támesis.

Al día siguiente, colmo de la mala suerte, Lauzun recibió noticias inquietantes: varias revueltas habían estallado en distintas ciudades de Inglaterra, sobretodo en Dover, donde los disturbios eran más violentos y hacía inviable el embarque desde esa ciudad portuaria. El rey eligió entonces el puerto de Gravesend, a veinte millas de Londres. Coches, caballos, postas, todo fue preparado en la misma jornada y, para más seguridad, dos yates vinieron a apostarse al lugar del embarque, uno a nombre de la condesa Vittoria Montecuccoli, dama de honor de la reina, otro a nombre del conde de Lauzun que, previamente, difundió por la capital la noticia de su próxima partida para volver a Francia. A este último, el conde de Middleton había librado un pasaporte autorizándole a embarcarse libremente, él y sus gentes, en todos los puertos del reino británico.

La noche, como de costumbre, Jacobo II despidió a los cortesanos y se retiró a sus aposentos con la reina. Una hora después de que los criados hubieran apagado las velas, se levantó sin hacer ruido y se vistió. Fuera, todo estaba en silencio. Los soldados montaban guardia alrededor del palacio adormecido. Sobre la una de la madrugada, Riva se introdujo en el aposento del rey por una escalera secreta y rascó la puerta de su alcoba. Iba disfrazado de marinero y llevaba un par de pistolas en la cintura. Jacobo II abrió la puerta y tomó el paquete que llevaba Riva: contenía un vestido de burguesa londinense, destinado a la reina. Ésta, asistida de la Srta. Strickland y de la condesa Montecuccoli, se enfundó el sencillo vestido. Una vez lista, el rey hizo entrar a Lauzun y Riva en la antecámara; al primero le dijo: -"Monsieur, os confío a la reina y a mi hijo. Hay que hacer todo lo posible para llevarlos a Francia".

El Gascón se inclinó respetuosamente, agradeció la confianza depositada añadiendo que, si fuera menester, daría su vida con tal de salvar a los preciosos viajeros. Maria-Beatriz gimoteó, suplicando a su marido que le permitiera quedarse para morir con él. Como siempre, ante una decisión tan grave, el rey dudó. Lauzun intervino: ya no quedaba tiempo para dudas ni para echarse atrás, había que partir inmediatamente! Propuso a la reina llevarse sus joyas, pero ésta ya no se dominaba; le respondió sin pensar: -"No tengo necesidad de nada ya que voy a Francia..."

Retrato de María-Beatriz de Módena, Reina de Inglaterra (1658-1718), según William Wissing.

Mientras que el rey y la reina se entretuvieron en tiernos adioses, Lauzun y Riva abrieron los joyeros: esmeraldas, rubís, perlas y diamantes centellearon un instante antes de desaparecer en los bolsillos de los dos caballeros. Dieron las dos y Lauzun apresuró a los demás. El rey les mostró una escalera frente a la puerta de su gabinete, que llevaba hasta el aposento de su ayudante de cámara Labatie, dónde les esperaba la nodriza y su asistenta con el príncipe de Gales envuelto en una mantilla. El grupo atravesó de puntillas la gran galería del palacio, totalmente desierta a estas horas de la noche, y llegó al jardín privado. Esquivó a seis centinelas que, uno tras otro, les lanzó: "¿Quien va?". Y Riva contestó, con la llave del jardín en mano: "¡Amigo!"

Al otro lado del portón les esperaba un carruaje que Riva había tomado prestado a su amigo Terriesi, embajador de Toscana en Londres. Lauzun hizo subir a todo el mundo y Riva tomó asiento junto al cochero. El coche llegó al trote hasta Horseferry tras haber atravesado sin problemas el barrio de Westminster, con sus calles desiertas. Allí les esperó un hombre de confianza de Riva, al que hizo creer la víspera que vendría con amigos para ir juntos a una partida de caza, recomendándole que llevase consigo su fusil, pan, algunas viandas frías y unas pocas botellas de vino. El hombre hizo bajar al pequeño grupo en su barca, quitó las amarras y empezó a remar lentamente. Siniestra noche! El viento soplaba por ráfagas, rizando la superficie de las aguas del Támesis y balanceando la barca. Para colmo se puso a llover: un agua fría y desagradable que empapaba los ropajes de los fugitivos, haciendo temer a Lauzun que en semejantes condiciones el principito, disimulado bajo el manto de su nodriza, se pusiera a berrear y echase al traste la huída. Por suerte, el pequeño dormía como un lirón. Llegados a la otra orilla, Riva saltó el primero a tierra y llamó a Dufour, el pequeño paje de la reina, que andaba esperándolos con un carruaje tirado por seis caballos. Dufour le advirtió que el cochero esperaba en una posada cercana, en la que aún se oían las risas de algunos bebedores de cerveza rezagados. Riva acudió en su busca y, mientras, el grupo se arrimó a una iglesia para esperarles. Desde una ventana de la posada, un hombre se percató del extraño ballet de sombras que se operaba en la calle. ¿Quienes eran esas gentes que viajaban a horas tan intempestivas? Intrigado, el curioso salió a la calle con una linterna en mano en dirección a la pared de la iglesia. A tiempo, Riva le interceptó empujándole al suelo fingiendo un choque accidental, y haciéndole caer en un charco de barro apagándose su linterna. Tras las excusas de rigor, el curioso no tuvo más remedio que reincorporarse y volver a la posada cubierto de barro y con la linterna mojada. Por fin todo el grupo subió al carruaje pero, antes de ponerse en marcha, el cochero puso reparos hasta que Lauzun le convenció lanzándole una bolsa llena de monedas de oro. Al salir de Lambeth, el coche se topó con varios destacamentos de soldados pero pasó sin más problemas. A tres millas de Lambeth, se encontraron con el escudero de la reina, Leyburn y el Sr. de Saint-Victor, un gentilhombre del séquito de Lauzun, que se unieron al grupo para escoltarlo hasta Gravesend donde les esperaban tres capitanes que debían conducir a los fugitivos a bordo de uno de los yates anclados en la rada. Guiaron el carruaje hasta el embarcadero donde les esperaba una docena de personas que iban a acompañar a su soberana en Francia: la condesa Montecuccoli, su hermano el conde Raimondo Montecuccoli -el que más tarde se ilustraría como general imperial-, el duque de Powis y su esposa, aya del príncipe de Gales, la doncella Mrs. Strickland, Lord y Lady O'Brien Clare, la ayudante de cámara Pellegrina Turini, el caballero Waldegrave, primer médico del heredero, el padre Giudici, confesor de la reina, un criado llamado Sheldon y un francés llamado Guttier.

Lauzun, a quien incumbía la responsabilidad de la expedición, saltó el primero en la barca que les conducía hasta el yate que había alquilado. Al capitán, que quería esperar hasta el amanecer para desplegar las velas, le pasó discretamente una bolsa con doscientos doblones de oro rogándole que permitiera a algunos católicos franceses pasar el canal de la Mancha sin tardanza. Cuando subió la reina al yate, con el niño en brazos, Lauzun se esforzó por disimular entreteniendo al capitán con las noticias del día. Para distraer aún más a la tripulación, la condesa Montecuccoli trató a la reina como si fuera su hermana, reprochándole con severidad su tardanza... En total, fueron 23 personas las que subieron al yate incluyendo a los tres capitanes irlandeses, decididos éstos en tirar al mar a todo aquél que se interpusiera en la buena marcha de la expedición y a tomar el timón para llegar sanos y salvos hasta la costa francesa. El Sr. de Saint-Victor, como se convino con anterioridad, volvió a Londres en solitario para dar los detalles al rey de la buena marcha de la operación.

Un viento favorable empujó el yate hasta la desembocadura del Támesis. El lunes 20 de diciembre, sobre las cinco de la tarde, éste llegaba a la altura de las dunas del litoral y viendo ya el mar. De repente, el tiempo empeoró. El viento arreció hasta tal punto que el capitán prefirió replegar velas y echar el ancla durante la noche. Lauzun no tuvo más remedio que resignarse ante tal contratiempo. Luego se divisó la sombra de un navío de línea. Media hora después, se oyeron dos lejanos cañonazos. Con ayuda de un catalejo, pese a que ya era de noche, se divisaron dos fragatas inglesas pertenecientes a la flota de Lord Dartmouth, destinadas a vigilar el estuario. Los cañonazos eran la señal de su retirada. Los navíos no pasaron muy lejos, dejando oír la campana que llamaba a los marinos al rezo de la noche. Angustiado, Lauzun suplicó al capitán del yate que evitara señalar su presencia. Finalmente, el capitán consintió no hacerlo pero comprendió que no tan solo transportaba a bordo a una rica viajera italiana acompañada por un puñado de católicos franceses... Por suerte, las dos fragatas siguieron con su ruta sin percatarse de la presencia del yate. A las cuatro de la mañana, el capitán desplegó velas y retomó su ruta hacia alta mar.

El resto de la travesía fue sin más incidentes. El yate se cruzó, a lo lejos, con una flota holandesa de navíos mercantes escoltados por uno mayor de guerra. Cuando en el horizonte se percibió la silueta de las costas blancas francesas, el capitán se aproximó al conde de Lauzun: -"¿Creéis, Monsieur, que me he tragado la comedia que habéis querido jugarme? Estoy orgulloso de haber contribuido a salvar la familia de mi rey. Tan solo os pediré una gracia, la de dejarme la orden de Su Majestad con el fin de que pueda guardarla toda mi vida, como testimonio de este gran y bello día y que, más tarde, la pueda transmitir a mis hijos."

La historia no dice si Lauzun aceptó deshacerse del precioso documento. En cualquier caso, el capitán se nos antoja merecedor de tal regalo.

Camino a Versailles

El martes 21 de diciembre, día de San Tomás, a las 9 de la mañana, el yate echó anclas frente a Calais, después de haber evitado un banco de arena. La guardia del puerto envió, siguiendo la costumbre, dos chalupas para proceder al reconocimiento del navío cuya llegada no se esperaba. El gobernador de la ciudad, el duque de Charost* (en el retrato de la derecha), enterándose asi de la llegada del conde de Lauzun, acudió a su encuentro, le abrazó efusivamente y le testimonió, al menos en apariencia, su gran amistad. El Gascón, que aún no se había repuesto de su aventura, se limitó a pedirle un alojamiento para sus amigos y algunas damas que habían huído con él, guardándose mucho de desvelarle que entre ellas se escondía la reina de Inglaterra y el príncipe de Gales.

 

Condujeron entonces al grupo a casa del Sr. de Ponton, procurador del rey en Calais, poseedor de una bella mansión en la ciudad. Maria-Beatriz, agotada por las angustias del viaje y muy incomodada por los mareos, se echó literalmente en un sillón declarando "que hacía tres meses que no se encontraba tan aliviada y tan segura al llegar aqui". Lauzun le hizo entonces una sorpresa: le presentó todas las joyas que, con la ayuda de Riva, había podido recoger de su joyero. La reina no los quiso coger: -"Es al menos lo poco que os puedo dar, le dijo al conde, por un servicio tan considerable como el que acabáis de hacerme."

Lauzun rehusó semejante regalo afirmando "que se encontraba de sobras pagado por lo que había hecho para su servicio, por la felicidad que de haber cumplido con la misión". Mientras la reina, una vez restablecida, se personaba en el convento de los Capuchinos para rezar por su desafortunado marido que permanecía en medio del peligro, el duque de Charost sometió a Lauzun a un alud de preguntas. Después de haber dado evasivas y andar por las ramas, el conde acabó por revelarle la verdad añadiendo que la reina no quería ser reconocida y que deseaba que se la tratase como una dama más.

Charost no hizo caso de las recomendaciones de Lauzun. Convocó a toda la nobleza de la región y, a su cabeza, vino a rendir a su noble invitada "todos los honores que pudo". Luego mandó un correo urgente al marqués de Louvois y, para estar seguro de que no se le adelantasen, ordenó el cierre de las puertas de la ciudad y paralizó por unas horas todos los caballos de posta. Afirmar que el duque de Charost estaba celoso del éxito de su viejo colega, sería quedarse corto: como yerno de Nicolas Fouquet, le detestaba cordialmente. Sus sentimientos explican las mezquindades que usó en esta ocasión y que se volvieron contra él finalmente.

Retrato de Luis XIV, rey de Francia y de Navarra (1638-1715), según J. Nocret.

Por culpa de esa maniobra, la carta explicativa del conde de Lauzun tan solo llegó a Versailles el jueves 23 de diciembre, de madrugada. El ministro Seignelay, a quien iba dirigida la carta, corrió a llevársela a Luis XIV que aún se encontraba metido en la cama. El feliz viajero desgranó en su carta el juramento que había hecho al rey de Inglaterra de entregar a la reina y al príncipe de Gales al cuidado personal del rey de Francia pero, como no estaba autorizado a personarse ante su augusta persona, le rogaba que le indicase a quien podría confiar las reales personas que tenía a su cuidado. Una habilísima carta cuyo autor debió de sopesar y meditar cada término desde hace tiempo.

El rey cogió su pluma para felicitarle personalmente de su hazaña, autorizándole a venir libremente a la corte y añadiendo que estaba impaciente por volver a verle: -"Hace mucho que Monsieur de Lauzun no ha visto mi letra, dijo al marqués de Seignelay. Estaba muy acostumbrado a ella antaño. Creo que estará muy contento de recibir esta carta."

A la carta del rey se añadía otra del ministro Seignelay: "Su Majestad ha loado la buena conducta que habéis tenido en este importante asunto y os puedo asegurar de su parte que os está muy agradecida por el servicio que habéis hecho al rey de Inglaterra. Me ordena deciros que os verá gustosamente y os hago, de todo corazón, mi mejor cumplido sobre ese gesto que Su Majestad desea hacer devolviéndoos sus gracias." En otra carta, el ministro le transmitió sus cumplidos personales asegurándole de su satisfacción por ver, al fin, a un hombre recompensado después de tantos años de infortunio, y testimoniándole de su más afectuosa y sincera amistad. Lauzun tuvo que recibir esas cartas como debe recibirlas un caballero al que la mala suerte se cebó demasiado tiempo y que ve, por fin, cómo el viento vuelve a soplar a su favor.

La reina, sin embargo, inquieta por la suerte que corría su marido, decidió trasladarse de Calais a Boulogne ignorando las intenciones de Jacobo II de reunirse con ella y su hijo en el exilio, con la esperanza de recibir allí cuanto antes noticias suyas. Marchó el 23 de diciembre, en un carruaje de seis caballos, acompañada por el conde de Lauzun, de sus damas de honor, de sus criados y de una escolta de cincuenta dragones. El gobernador de Boulogne, el duque de Aumont (en el retrato de la derecha), la recibió con una inusitada solemnidad pese a la improvisación del viaje. El día siguiente, 24 de diciembre, acudió a las tres misas de medianoche y a las tres misas de la mañana de Navidad en la capilla del castillo de la ciudad. El 26, conducida por el duque de Aumont y Lauzun, se personó en la catedral para escuchar el sermón, creyendo encontrar en las piadosas exhortaciones del siervo de Dios el consuelo que andaba buscando.

La carta que había dirigido a Luis XIV desde el momento en que pisó Calais, emocionó a su destinatario. Luis XIV recordó todas las desgracias encajadas por los Estuardo a lo largo del siglo: la ejecución de Carlos I, el calvario de su viuda la reina Enriqueta-Ana de Francia, nieta de Enrique IV, y de sus hijos. También le vinieron a la mente sus propios sufrimientos y las humillaciones sufridas durante la Fronda. Un sentimiento de solidaridad con sus primos ingleses, destronados por su más acérrimo enemigo Guillermo III de Orange, le empujaban a acudir en su ayuda. Se añadían también motivos más políticos. La presencia, en territorio francés, de la reina de Inglaterra y del heredero del trono británico, sin importar cual fuera el devenir dinástico de la "Pérfida Albión", constituía para Luis XIV una carta maestra en caso de negociación general en Europa. Importaba pues, evitar a cualquier precio que la reina volviera a su país. Por esa razón, mandó al marqués de Béringhen, su primer escudero, junto con todo un séquito de oficiales, pajes y guardias, amén de su propia carroza tirada por ocho caballos, con misión de conducir a la reina y a su hijo hasta el castillo real de Vincennes, donde todo se había dispuesto para alojarlos con el confort requerido. El papel de Lauzun, que supo captar tan habilmente la confianza de la pobre reina, era primordial. Debía rodearla de sus cuidados, aconsejarle marchar con el marqués de Béringhen y hacerle olvidar cuanto antes la idea de volver a Inglaterra. De ahí que el marqués de Seignelay le recomendase permanecer junto a Maria-Beatriz en todo momento.

Fue precisamente en Boulogne donde la reina supo, por boca de un teniente de un navío inglés, que su marido había intentado en vano embarcarse de incógnito para Francia. Reconocido y apresado por unos pescadores de Faversham, le habían devuelto bajo escolta al palacio de Whitehall. ¿Jacobo II iba pues a conocer la misma suerte que su padre Carlos I? Lauzun tuvo que consolarla como pudo, según atestigua una carta suya dirigida al marqués de Louvois, y dando parte de sus temores de que Jacobo II reclamara oficialmente el regreso del príncipe de Gales a Londres, presionado sin duda por Guillermo de Orange.

Retrato del Marqués Henri II de Béringhen (1650-1692), Primer Escudero del Rey.

Desamparada, obedeciendo ciegamente a su salvador, la fugitiva dejó Boulogne para Montreuil-sur-Mer. El 31 llegaba a Abbeville, ciudad donde le esperaba el marqués de Béringhen y el equipaje real. Dos días después, Lauzun, con su misión cumplida, tuvo que separarse de la reina y ensilló su montura para partir a galope hacia Versailles.

(*)_Se trata de Louis-Armand de Béthune, IIº Duque de Charôst o de Béthune-Charôst y Par de Francia (c.1641-1717), hijo del difunto Capitán de la Guardia-de-Corps Louis de Béthune, Conde y 1er Duque de Charôst o de Béthune -desde 1672- (1605-1681), colega de Lauzun en los buenos tiempos, y de Marie L'Escalopier. También Capitán de la Guardia-de-Corps, cargo que heredó de su padre en 1681, fue teniente-general de los Ejércitos del Rey y gobernador de Calais, Caballero de la Orden del Espíritu-Santo -desde 1688-, casado desde 1657 con Marie Fouquet, una de las hijas del superintendente Nicolas Fouquet y de Marie-Madeleine de Castille-Villemareuil.