EL DUQUE DE LAUZUN

LA EXTRAORDINARIA VIDA DEL GRAN FAVORITO DE LUIS XIV

-Parte XXII-

El Paria

 

El día mismo, todo París supo que Mademoiselle había prohibido la entrada de su casa a Lauzun. El hombrecillo fue a quejarse amargamente ante Monsieur, diciendo que lo había echado como a un vulgar maleante y luego volvió a reanudar con sus salidas y las mesas de juego como si no hubiera pasado absolutamente nada.

En los días siguientes a la ruptura, le vieron jugar en la capital. Poco después, abandonaba París para unirse al ejército pese a no tener ningún mando como tampoco haber sido invitado a desenvainar la espada como un simple soldado. Su carruaje se unió a las tropas del rey bajo los muros de Luxemburgo, en el momento mismo en que ya se abrían las primeras trincheras. El marqués de Vauban, bajo las órdenes del mariscal de Créqui, dirigía entonces las obras del asedio y parecía no entenderse demasiado bien con su superior. Un buen día, una querella estalló entre ellos. Lauzun, a quien nadie había pedido su opinión, se interpuso con tan mala suerte que acabó por pelearse con Créqui, su amigo de toda la vida.

Había acudido con la esperanza de encontrar una ocasión de recordar su bravura de antaño. En vez de gloria, no obtuvo otra cosa que una contusión debida al estallido de una bomba en la tienda del mariscal de Créqui, el 10 de mayo a las 9 de la mañana. Cansado y despechado, se contentó con seguir al ejército hasta sus cuarteles. La paz de Ratisbona, firmada en agosto, acabó por quitarle toda esperanza de volver a distinguirse. Por lo visto, la mala suerte seguía cebándose con él.

Retrato del Gran Delfín Luis de Francia (1661-1711), presunto heredero de la Corona e hijo del rey Luis XIV.

La vida volvió a teñirse de monotonía. En otoño, cazaba con el Sr. de Lamoignon en Mortefontaine, en las tierras del Príncipe de Condé y corría el ciervo en Ermenonville. Su situación en la sociedad mundana no era para nada envidiable. Rodeado de enemigos decididos a cerrarle el paso, había perdido uno tras otro todos sus apoyos, todos sus amigos. Aunque se enfrentaba a un ostracismo generalizado, no iba a volver a implorar el perdón de la duquesa de Montpensier; era una cuestión de orgullo, de amor propio. Su viejo amigo el ministro Colbert había fallecido en 1683. Su hijo, el marqués de Seignelay, ministro de la Marina, no le era hostil pero no haría nada por él sin el previo consentimiento de Mademoiselle. Lo mismo pasaba con la marquesa de Montespan y Monsieur, hermano del rey. Mirando hacia el futuro incierto, Lauzun se puso a frecuentar el círculo del Gran Delfín, con visos a asegurarse las simpatías del presunto heredero y próximo soberano. Sin embargo y por el momento, la compañía de ese orondo rubiales de blandos rasgos no era para saltar de alegría y, además, no podía serle de gran ayuda. Lento como un buey de arado, Monseñor no tenía más placeres que la caza del lobo y sus partidas eran interminables. Aterrorizado por su padre, ante el cual solía temblar como una hoja, no iba a ser él quien hablase en favor de Lauzun. A sabiendas que era mal visto por el rey, nadie se arriesgaba a buscar su compañía. Alejado de los rayos del sol, no era más que uno de esos astros sin vida, glaciales y lejanos, perdidos en el firmamento... Una carta de la marquesa de Maintenon a su hermano, fechada un 25 de octubre de 1684, deja clara la situación de nuestro personaje: "Sed vigilante tanto en París como en la Corte; no vayáis a ver por nada del mundo a Madame de Montespan ni a Monsieur de Lauzun; se dirá que buscáis a los descontentos..."

Al otro lado del Canal

 

Retrato del rey Carlos II de Inglaterra, Escocia e Irlanda (1630-1685), apodado "el Alegre Monarca" y artífice de la Restauración de 1660. Su gran popularidad y carisma ensombreció a su hermano y sucesor Jacobo, duque de York, tachado de "papista" por los ingleses y al que intentaron en vano 'desheredar' en beneficio de sus hijas protestantes María y Ana, ya en vida de Carlos II. (Retrato debido a Sir Peter Lely, c.1675). 

Estaba bien claro que todos los caminos le habían sido cerrados. Quedaba el exilio, no para hacerse olvidar (cosa que ya parecía haber ocurrido) sino para distinguirse y volver con más fuerza. Puesto que su proyecto saboyano había fracasado, ¿por qué no intentarlo al otro lado del Canal de la Mancha? La idea le vino justo al momento de enterarse de la brutal desaparición del rey Carlos II de Inglaterra en febrero de 1685; el duque de York le sucedía como nuevo rey bajo el nombre de Jacobo II, y Lauzun esperaba que ese príncipe se acordaría de que antaño, ambos habían combatido codo con codo en Flandes. Su ascensión hasta el solio real había provocado en los ingleses más desconfianza que alegría. Los británicos no parecían apreciar a ese Estuardo altivo con rostro marmóreo enmarcado por una pesada peluca rubia... Bajo el reinado de su difunto hermano mayor, el intrigante personaje había sostenido a los tories extremistas y había abjurado de la fe protestante para abrazar la religión "papista", toda una infamia para un pueblo muy apegado a su iglesia anglicana! Ahora que estaba en el poder, se sospechaba que buscaba favorecer a los Jesuitas con la complicidad del rey de Francia.

Retrato del rey Jacobo II de Inglaterra, Escocia e Irlanda (1633-1701), según un artista anónimo en 1690.

Durante las primeras semanas de su reinado, el nuevo monarca británico dio pruebas de moderación y de cierta habilidad política. Tranquilizó a los altos dignatarios de la Corona y al alto clero, declarándose resuelto en mantener las leyes fundamentales del reino. La nueva Cámara de los Comunes, dominada por una gran mayoría de diputados legitimistas, no le discutió los créditos y su primo, el rey de Francia, estaba dispuesto a seguir con su discreta política de ayuda financiera. Pero la oposición whig levantó cabeza y depositó sus esperanzas en un príncipe protestante, el joven duque de Monmouth, hijo bastardo de Carlos II y de Lucy Walter, que llevaba unos meses residiendo en Holanda. Cediendo a las presiones de su entorno y espoleado por su amante, la ambiciosa Lady Wentworth, ese joven de carácter indeciso y caprichoso aceptó enfrentarse a Jacobo II. En junio de 1685, largaba velas hacia Inglaterra con un puñado de aventureros y desembarcaba en Lyme Regis, en el condado de Dorset, mientras uno de sus partidarios, el conde de Argyll, intentaba sublevar Escocia. La guerra entre el tío y el sobrino iba a estallar.

Retrato de James Crofts-Scott, 1er Duque de Monmouth & de Buccleuch (1649-1685), hijo natural del rey Carlos II habido con Lucy Walter, que se atrevió a disputar la corona a su tío el rey Jacobo II... / Abajo, retrato oval en miniatura de Archibald Campbell, 9º Conde y 2º Marqués de Argyll (1629-1685), principal apoyo de Monmouth en Escocia que intentó sublevar a los Escoceses contra la autoridad real.

Es en esa conjetura que Lauzun recibió la autorización de Luis XIV para irse a Londres. Embarcó a inicios del mes de julio con algo más de 80.000 escudos para sus gastos. En el mes de abril había vendido su palacete de la Isla de Saint-Louis, como si estuviera resuelto a romper amarras. Pero no tuvo suerte... La revuelta de Monmouth no fue más que un fuego de paja. Después de haber enrolado en sus filas a seis o siete mil hombres bajo su estandarte azul, haberles emborrachado con consignas dignas de Cromwell y lanzado una solemne proclama destituyendo al "usurpador", Monmouth se paró en seco en Tauntown sin atreverse a marchar sobre Bristol. Días después, sus bandas armadas se dieron de bruces contra las tropas legitimistas mejor equipadas, conducidas por Lord Feversham y Sir John Churchill*. Lord Argyll, derrotado y arrestado en Escocia, acabó con la cabeza en el tajo. En cuanto al duque de Monmouth, vencido en los pantanos de Sedgemoor, fue detenido por una patrulla que le encontró escondido en el fondo de una trinchera, con su ropa hecha girones y temblando de miedo. Él también fue decapitado el 25 de julio, después de haberse humillado en vano ante su vencedor.

(*)_Sir John Churchill, 2º Lord Churchill de Sandridge, era el futuro 1er duque de Marlborough, cuya hermana Arabella Churchill fue una de las principales amantes del rey Jacobo II.

Retrato de Maria-Beatriz de Este, Princesa de Módena (1658-1718), Reina consorte de Inglaterra, Escocia e Irlanda y segunda esposa de Jacobo II, al que le dio un heredero varón...

Lauzun, llegado a Londres a destiempo, no pudo prestar sus servicios ni mucho menos contribuir en la derrota del bastardo inglés. Se contentó con reencontrar la atmósfera de una corte real, placer que le estaba vetado en Francia. En el palacio real de Whitehall consiguió hacerse apreciar por sus refinadas maneras y su exquisita educación. La reina, Maria-Beatriz de Este, nacida princesa de Módena, piadosa y hermosa consorte de Jacobo II, encontró en Lauzun al perfecto caballero sirviente alegre y cauto. Como había gastado mucho para su viaje y para vivir lujosamente en Londres, Lauzun jugó mucho en un intento por resarcirse de esa sangría económica. Cuando consideró que había perdido el suficiente dinero, se despidió de Jacobo II y de Maria-Beatriz y volvió a Francia en noviembre de 1685. Desde la ciudad de Abbeville, Lauzun mandó a uno de los gentileshombres de su séquito al castillo de Eu para presentar sus respetos a la duquesa de Montpensier. Mademoiselle no se dignó siquiera en contestar. Un poco más tarde, mandó a Choisy varias cajas repletas de objetos de arte y mercancías chinas compradas en Londres a modo de presente. Mademoiselle los pudo admirar en casa del intendente Rollinde pero rehusó aceptarlos y fueron devueltos.

Monotonía y pequeñas alegrías

 

El Castillo de Saint-Cloud, residencia cercana a París de los Duques de Orléans, hoy desaparecida y recreada mediante una maqueta a escala. Allí Lauzun solía acudir ya que la corte de Versailles le era vetada...

Su regreso a París fue triste. Tratado por la alta sociedad como un paria, Lauzun mataba el tiempo como podía. De cuando en cuando se retiraba en la casa de los padres de la Doctrina Cristiana. Frecuentaba cada vez menos el círculo del Gran Delfín, en Meudon, donde su mordaz ironía no parecía apreciarse demasiado, para aparecer cada vez más por Saint-Cloud y sentarse en la mesa de juego de los duques de Orléans donde, como decían los testigos, solía perder con suma elegancia. También aprovechaba para reencontrarse con su familia, y tener la alegría de ver a sus sobrinas casarse con buenos partidos. La primogénita de la condesa de Nogent, Marguerite-Louise de Bautru, casaba en 1685 con un gentilhombre de Gascuña, el conde de Rions, y la pequeña, Marie-Antonine de Bautru, se unía el 12 de agosto de 1686 con Charles-Armand de Gontaut, marqués de Biron, el mismo que acabará siendo duque, par y mariscal de Francia.

Pero ni los rezos, ni el juego ni la familia podían apaciguar su imperioso deseo de recuperar la gracia real. La insignificancia de su situación le devoraba el corazón. Se arrepintió de su odiosa conducta con Mademoiselle, cayendo en la cuenta que, sin ella, estaba condenado a vivir en la oscuridad. Buscó todas las ocasiones posibles para que se operase un nuevo acercamiento... Todo fue en vano. En diciembre de 1686, estando encamada Mademoiselle por culpa de un cólico, Lauzun intentó interesarse por ella y vio cómo los guardas del palacio de Luxemburgo le cerraban una y otra vez el paso. A inicios de 1687 intenta, por mediación de Monsieur, conseguir una corta entrevista con la duquesa, solicitud a la cual ésta opone una rotunda negativa. Estaba entonces tan desacreditado que un cortesano, el duque de Roquelaure, no dudó en pedir para sí unos derechos feudales que le pertenecían, como si estuviera muerto! Ahí, Luis XIV tuvo la honestidad de rechazar tan descarada petición, añadiendo que no había que aprovecharse de "la desgracia de los desdichados".

Inglaterra!

 

Vista del Palacio Real de Whitehall, Londres, sede de la corte británica de Jacobo II, según el pintor holandés Hendrick Danckerts.

Los meses pasaron. En ese año de 1687, la madre de Lauzun fallece y todo apunta a que se traslada a su castillo para vivir allí unos meses. Aprovecha la estancia para comprar tierras lindantes al castillo familiar y ensanchar así sus posesiones. Pronto se harta de la vida campestre y vuelve a fijar su mirada sobre Inglaterra, donde parece ser que la situación se ha degradado desde su última estancia a orillas del Támesis. Tras las decapitaciones de Monmouth y Argyll, Jacobo II ha creído poder actuar con más firmeza. Espoleado por su secreto deseo de reconducir su país al seno del catolicismo y reforzar las prerrogativas de la Corona, había colocado a conocidos católicos en los puestos claves del Gobierno y de la administración, reformado en profundidad los cuerpos municipales y las cortes judiciales, creado un ejército permanente. Su decisión de conceder la libertad de conciencia a los "no-conformistas" (católicos romanos, puritanos y cabezas-redondas), había provocado la general indignación y una lluvia de recriminaciones por parte de los dignatarios de la Iglesia Anglicana, de la rica burguesía londinense y de la gentry terrateniente. Incluso el legado del papa, que debería haberse mostrado favorable a su plan, encontró su celo excesivo y torpe. Pero el Estuardo no tuvo cuidado de los consejos de moderación. En abril de 1688, siete obispos anglicanos protestaron enérgicamente contra su declaración de indulgencia para los practicantes de otras religiones. Por toda contestación, los obispos fueron detenidos y encerrados en la Torre de Londres, iniciándose un proceso judicial contra ellos.

Retrato de la reina Maria-Beatriz de Módena con su hijo Jacobo Francisco Eduardo, príncipe de Gales.

Mientras, el 20 de junio, la reina Maria-Beatriz daba a luz a un hijo varón, Jacobo Francisco Eduardo, automáticamente saludado con el título de príncipe de Gales. El nacimiento de un heredero varón modificaba radicalmente la situación política de la nación británica. La primogénita del rey, la princesa María, nacida de un primer matrimonio, retrocedía de un rango en el orden sucesorio. Sin embargo, la princesa María y su esposo Guillermo de Orange, estatúder de las Provincias-Unidas, ambos firmemente apegados a la fe protestante, se habían convertido en la esperanza de todos aquellos que soñaban con expulsar del poder a todos los "papistas". Pusieron en duda el embarazo de la reina y difundieron entre el pueblo británico la idea de una superchería: afirmaron que el niño presentado como el heredero del reino habría sido introducido en secreto en el palacio de Saint-James dentro de un calentador de cama!

Retrato del Príncipe Guillermo III de Orange (1650-1702), Estatúder de las Provincias-Unidas y yerno del rey Jacobo II de Inglaterra. / Abajo, retrato de Robert Spencer, 2º Conde de Sunderland (1641-1702), principal ministro del rey Jacobo II.

Guillermo III de Orange, que tuvo la habilidad de respaldar a su suegro durante la efímera rebelión de Monmouth, empezó a prestar cada vez más un oído complaciente a los llamamientos que le lanzaban los anglicanos. ¿Iba a producirse un desembarco en Inglaterra? Cegado por sus ministros, Luis XIV no quiso creer en los informes secretos de su embajador en La Haya que se lo afirmaban con insistencia. Pese a todo, y por precaución, ofreció a Su Graciosa Majestad un contingente de 30.000 hombres, el apoyo de su flota y, el 2 de septiembre de 1688, dirigió a las Provincias-Unidas un ultimátum para disuadirlas de la menor tentativa contra Inglaterra. Fue en vano! Jacobo II, sobre el consejo de su principal ministro Lord Sunderland, que ya andaba traicionándole, declinó la oferta francesa por orgullo. Sobre ese rechazo, el rey de Francia se contentó con enviarle al... Conde de Lauzun.

A mediados de octubre, nuestro Gascón recibió del rey la nueva autorización para ofrecer sus servicios a Jacobo II. Vendió algunos muebles y efectos por valor de 100.000 escudos y cruzó nuevamente el Canal. Se puede decir entonces que Lauzun vuelve a Londres por la puerta grande: Jacobo II le abre las puertas de su corte y le invita a tomar asiento en sus consejos privados. El Gascón tan solo llegó a tiempo para asistir en primera fila al desmoronamiento del régimen.

El 15 de noviembre, con 15.000 hombres, Guillermo III de Orange desembarcaba en Torbay, en la costa de Devon, sin que la flota inglesa de Lord Dartmouth se opusiera al paso de sus quinientos navíos mercantes y sesenta barcos de guerra. En su proclamación, el yerno de Jacobo II disimulaba su ambición de ceñir la corona de San Eduardo y se presentaba como el defensor de las tradiciones inglesas, como el campeón del protestantismo, pero se guardaba de poner en entredicho la legitimidad de su suegro. El monarca, preocupado por la popularidad del invasor, cedió ante las principales reivindicaciones de la oposición y su gesto fue tomado como un acto de debilidad por sus oponentes. Desde ese momento, el poder de Jacobo II estuvo en juego y el enfrentamiento con Guillermo se hizo inevitable.

Retrato de John Churchill, 2º Lord Churchill de Sandridge y futuro 1er Conde de Marlborough (1650-1722), a raíz de la "Gloriosa Revolución" que destronó a Jacobo II. Su deserción fue clave en los acontecimientos de entonces...

Por supuesto, Jacobo II tenía los medios militares para resistir la embestida de su yerno. Reunió en Salisbury un ejército de 40.000 hombres bajo las órdenes de Lord Feversham, imponente y bien equipado. Se dispuso a marchar sobre las fuerzas de Guillermo de Orange cuando, de repente, el teniente general Sir John Churchill, su amigo, hermano de su amante favorita, acompañado por 400 oficiales y soldados, desertó y se trasladó a Crewkerne, cerca de Axminster, cuartel general del enemigo. Esa traición premeditada fue, para el desdichado soberano, el principio del fin. Como reguero de pólvora, la revuelta recorrió todo el reino. Las ciudades, los condados cayeron uno tras otro en manos de los insurgentes. Hasta la hija menor del rey, la princesa Ana, se unió al movimiento...

A toda prisa, Jacobo II volvió a Whitehall Palace donde se celebró una dramática reunión en presencia de algunos ministros y pares del reino que aún permanecían fieles al monarca Estuardo. Todos le aconsejaron que negociara con el estatúder y que acordara una amnistía general para sus rebelados súbditos. El rey fingió someterse a la resolución: designó a tres plenipotenciarios pero, en secreto, puso en marcha la organización de su huída y la de su familia.

Retrato del memorialista Philippe de Courcillon, Marqués de Dangeau (1638-1720), Gran Maestre de las Ordenes Reunidas de San Lázaro y de NªSra. del Monte-Carmelo, según H. Rigaud.

Por su parte y desde su privilegiada posición, Lauzun mantenía al corriente de todos los acontecimientos al marqués de Seignelay quien leía sus informes a Luis XIV. El 17 de diciembre de 1688, el marqués de Dangeau anotaba en su diario: "Se cree que Monsieur de Lauzun ha enviado un correo aqui para preguntar si ven adecuado que trabaje en la huída del rey de Inglaterra, de la reina y del príncipe de Gales. Es un persistente rumor y no se sabe, en el estado en el que se encuentran los asuntos de Inglaterra, si ese proyecto podría ejecutarse." Dos días más tarde, el marqués de Sourches precisaba en sus Memorias que el rey estaba "muy satisfecho" de la conducta de su antiguo favorito y "que bien podría por aqui hacerle regresar a la corte".