EL DUQUE DE LAUZUN -21-
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EL DUQUE DE LAUZUN
LA EXTRAORDINARIA VIDA DEL GRAN FAVORITO DE LUIS XIV
-Parte XXI-
En boca de todos

Con la marcha de ese fiel y eficaz consejero desaparecía la única influencia moderadora capaz de evitar una ruptura entre los "novios". Pese a sus medidas, Lauzun no conseguía impedir que los rumores y cuchicheos circularan a propósito de la más insignificante de sus aventurillas, y llegaran a oídos de la duquesa de Montpensier. Un buen día, en Choisy, Madame de Lévis* le confió a Mademoiselle:
-"Al Sr. de Lauzun le entran todos los temores del mundo cuando me encuentra aqui y que os cuente todo lo que hace."
-"Aha! Contádmelo pues! No diré nada!"
Y la chismosa víbora, que no se hizo de rogar porque estaba ansiosa por contarlo todo, le explicó a Mademoiselle que frecuentaba asiduamente, desde su regreso, a la Srta. Fouquet, y que seguía asegurando por otro lado que con la familia del difunto superintendente había interrumpido toda relación. Lauzun iba a verla a menudo después del almuerzo y a la hora de la merienda, mandando que les hicieran chocolate, té o café, y explicaba ufano que "había mandado recado a Choisy de que estaba enfermo" mientras se quitaba los guantes y el sombrero en la habitación de la bella.
En otra ocasión, fue la marquesa d'Alluye la que metió la pata hasta la cadera contándole a Mademoiselle todo lo que solía hacer Lauzun durante su exilio en Blois, y eso en presencia del interesado. A Lauzun se le llevaron los demonios y maldijo a esa parlanchina criatura que no paraba de hablar. Quiso retirarse antes que tener que asistir impasible a la enumeración de todas sus travesuras: -"Ya de paso, le dijo Mademoiselle, vaya usted a contar a la Srta. Fouquet lo que ha pasado aqui, vos que nunca mentís..."
Otro día, la duquesa se enteró de que Lauzun se había secretamente encontrado con la marquesa de Montespan en casa de la condesa de La Fayette, cuando había pretendido estar toda la jornada metido en cama. Esa vez, no se trataba de una intriga galante sino del asunto de Saboya. Lauzun no había abandonado sus planes; había incluso convencido a la duquesa Vda. de Saboya que volvía a gozar del favor real y que ella podría beneficiarse de una gran protección. Ya que ésta se sentía constantemente amenazada por los Españoles, prestó atención a la propuesta del Gascón. En consecuencia, Madama Reale mandó a su gran amiga, Madame de La Fayette, y a la marquesa de Montespan que intervinieran ante el rey para que le enviase tropas con el buen Sr. de Lauzun a la cabeza de éstas. Pero esas gestiones no dieron fruto alguno... La antigua favorita rehusó categóricamente intentar cualquier cosa a espaldas de Mademoiselle: -"Jamás podréis hacer nada en la corte sin ella, explicó a Lauzun. No esperéis nada del rey por otras vías. Cuando ella me mande hablar, lo haré con gusto, de otro modo no actuaré."

Alzado de la fachada principal del Castillo de Choisy, que daba al patio de honor. / Abajo, alzado de la fachada que daba a los jardines del castillo.
Inmediatamente informada sobre el encuentro, Mademoiselle le hizo una nueva escena al Gascón por importunar a la marquesa de Montespan, y porque estaba hasta la coronilla del tema de Saboya. Harta de sus intrigas, le dijo que ya nunca haría nada por él, que había hecho demasiado ya y que tan solo había recibido de él ingratitud y disgustos. Había llegado a un punto que ya no le soportaba y se extrañaba de verlo tan ávido, avaricioso, él que siempre había sido tan pródigo. ¿Acaso no le reprochó un día el haber vendido un magnífico collar de diamantes, una de las piezas más hermosas de su joyero, para financiar la construcción de su castillo de Choisy? Choisy, pequeña obra de arte arquitectónica de Jacques Gabriel y de Jules Hardouin-Mansart, con sus elegantes jardines dibujados por Le Nôtre, sus tres terrazas bajando hacia la famosa balaustrada de piedra dominando el Sena; Choisy, hoy desaparecido, fue seguramente una de las maravillas del Gran Siglo Francés. "He aqui un edificio bien inútil, refunfuñó Lauzun. Bastaba con hacer una casita de recreo para ir a comer un fricassé de pollo, pero no para dormir en ella. Todas esas terrazas cuestan sumas demenciales... ¿para qué sirven?"
(*)_Esa Madame de Lévis fue Marie-Françoise de Béthisy (1637-1719), esposa de Charles-Antoine de Lévis (1643-1719), Marqués de Poligny y Conde de Charlus, más conocido en la corte como "Marqués de Lévis", teniente general del rey en la provincia del Borbonesado. En cuanto a ella, ostentaba el cargo de subgobernanta de las damas de honor de la reina Maria-Teresa de Austria.
Un palacio digno de Lauzun

El Hôtel de Lauzun, sito en el Muelle d'Anjou en la Isla de Saint-Louis, París, en una vieja fotografía de mediados del siglo XX, en la que se puede apreciar su fachada principal / Abajo, fotografía del Salón de Música del palacete de Lauzun, con su decoración estilo Luis XIV.
Resulta cuando menos curiosa la reprimenda de Lauzun hacia el dispendio de Mademoiselle para su residencia de Choisy, a sabiendas que por las mismas fechas, un 24 de agosto de 1682, él mismo compraba a un burgués parisino su palacete de la Isla de Saint-Louis, en el corazón de París, y que aún hoy lleva el nombre de Hôtel de Lauzun. La magnificencia del lugar prueba que el Gascón no era un vulgar Harpagón, incapaz de desembolsar cierta suma de su gran fortuna para crear una residencia digna de su nueva condición. Riqueza, elegancia y buen gusto rivalizan en una mareante sinfonía de oro y plata. El exterior no ofrece ningún lujo ostentoso y vulgar. La fachada es la de un bello palacete que, como tantos otros, refleja sus sobrias y austeras lineas en las negras aguas del Sena. Hay que franquear el portal del muelle de Anjou, atravesar el patio de armoniosas proporciones y subir por la escalera para penetrar en ese palacio de las Mil y Una Noches con tal de poder apreciar toda la riqueza y la gracia de su interiorismo. El Hôtel de Lauzun sigue siendo a día de hoy una de las más bellas residencias de París, con sus techos artesonados y pintados de Lafosse, de Lesueur y de Sébastien Bourdon, sus pinturas de Lepautre, de Patel y de Bourgogne.

Fotografía de la escalera principal del Hôtel de Lauzun desde abajo, en el que se puede apreciar el fresco del techo ovalado. / Abajo, vista parcial de la escalera que da acceso a la planta noble del palacete.

Mientras nuestro elegante señor transportaba sus pertenencias desde la modesta casa del Intendente Rollinde a ese palacio digno de un duque, Mademoiselle hacía sus baúles para partir hacia su castillo normando de Eu dónde esperaría a que se dignara en reunirse con ella. Lauzun ya ni se daba la pena de presentar excusas plausibles. ¿Para qué tantas prisas? Además, no encontraba ningún vehículo en condiciones para viajar hasta Eu. En realidad era la hermosa Marie-Madeleine Fouquet quien le retenía en París. La madre de esa pequeña coqueta provincial acabó por prohibir la entrada a Lauzun. Ante tal hostilidad, el empecinado jugó la carta de la oferta matrimonial, prometiendo que casaría con la joven cuando consiguiera ser duque. Madame Fouquet no quiso contar sobre una promesa que, a todas luces y vista la situación de Lauzun, podía no cumplirse jamás. Sin tener por seria la propuesta, puso a su hija en pensión en una abadía regentada por Madame de Lannoy, dama que, por cierto, se mostraba suficientemente indulgente con las visitas de extraños para mayor regocijo de la joven Fouquet... Y es allí donde Lauzun solía ir regularmente.
Últimas salidas de tono
Al cabo de tres semanas, se resignó en presentarse en el castillo de Eu, acompañado por el obispo de Dax. Al día siguiente de su llegada, se fue de cacería junto con la princesa. De repente, sin razón alguna, la dejó plantada en un montículo partiendo al galope para desaparecer entre los árboles y tan solo reapareció sobre las nueve de la noche. En lugar de levantarse temprano y saludar con la dueña del lugar a los invitados, se pasaba la mañana durmiendo y tan solo se presentaba sobre las once, en el momento de la misa. Luego iba a almorzar, tomaba un descanso en su habitación antes de mandar ensillar su montura para desaparecer toda la tarde. "En quince días que estuvo aqui, anotó Mademoiselle, se le vio poquísimo."
Tras esos quince días en los que apenas se dejó ver, dijo a su anfitriona que había recibido malas noticias de su madre y que era menester reunirse con ella en su provincia de Guyena. Una vez regresado a París, escribió a Mademoiselle que las noticias eran mejores y, de paso, su coche volvió a apostarse ante las puertas de la abadía donde se encontraba la Srta. Fouquet.
Retrato de Gaspard de Fieubet, Señor de Ligny y de Beauregard (1626-1694), amigo de Lauzun. / Abajo, fotografía del Castillo de Eu, propiedad de la Duquesa de Montpensier en Normandía.
Cuando la temporada de las aguas termales finalizó, Mademoiselle regresó a la capital. La corte se preparaba entonces para trasladarse al real sitio de Chambord, y París iba a vaciarse de la flor y nata urbana. El Parlamento estando de vacaciones, no quedaban más que algunos burgueses y comerciantes en la ciudad, y Lauzun aprovechó la baza para viajar hasta su castillo ancestral con el fin de reunirse con su madre. De camino, se paró en el castillo de Beauregard, encantadora residencia renacentista que se encuentra a pocas leguas de Chambord, siendo el huésped ocasional de su amigo el consejero de Estado Gaspard de Fieubet. Colmo de imprudencia, envía una misiva a Mademoiselle y a la marquesa de Montespan para que ambas acudan a Beauregard para visitar a Madame de Fieubet. Temerosas de que el rumor público se hiciera eco de la cercanía de Lauzun a la corte, y que el rey fuese informado de tamaña temeridad por parte del Gascón, las dos mujeres decidieron mostrar a Luis XIV una carta del proscrito probando que acababa de abandonar Beauregard. Se dieron entonces prisa para componer un borrador y mandarlo a Lauzun para que lo redactara en buena y debida forma en una carta. La estratagema funcionó: Luis XIV y la marquesa de Maintenon leyeron la carta en cuestión y apreciaron su escrito.

Fotografía del Castillo de Beauregard, a pocos kilómetros del Real Sitio de Chambord, entonces propiedad de la familia De Fieubet. / Abajo, fotografía del Castillo Real de Chambord, frecuentado por la corte durante la temporada de caza.

Por otro lado, fue en Beauregard donde Lauzun recibió de su madre una larga carta haciendole una lección de moral y reprochándole su conducta. La vieja protestante no se anduvo con chiquitas: "La caridad me obliga escribiros para reprocharos que, cuando la razón no es capaz de retener nuestras pasiones desmedidas, para curarse de ellas tan solo hay la ausencia: es el único remedio. Asi pues, os recomiendo ausentaros de París por el mayor tiempo que os sea posible (...). Os mostráis ridículo ante el mundo por culpa de las dos pasiones que os dominan. Haced que vuestros enemigos y otras gentes olviden esa conducta que habéis tenido desde vuestro regreso a París; reparad el ultraje y la vergüenza sufrida por vuestros amigos e iros a un lugar donde podáis conduciros como un hombre que hace penitencia (...). Todo el mundo ridiculiza todo lo que hacéis y se dice que Mademoiselle está muy abochornada de oír todos esos discursos, que baja la vista y no articula palabra. Tiene mucha razón y debería desear el no haberos conocido en su vida (...). No digáis jamás, para no seguir mis consejos, que no habéis recibido mis cartas, pues las enviamos siempre a las direcciones donde decís que estáis. Distraeros en hacer el señor de provincia, en cazar, en poner orden en vuestros asuntos y en acostaros a temprana hora como decís que hacéis en París. Pero allí donde os encontráis, no se sale con un abrigo hasta los ojos de su casa, sin criado, para coger un coche a la otra punta de la calle. Aqui se sabe todo lo que habéis hecho, día a día, hora a hora desde vuestro regreso. Os confieso que no consigo reponerme de todo lo que sé y que la gente (...) ya no se extraña de los sufrimientos que habéis padecido..."
Lauzun partía hacia su tierra solariega con la intención de convertir a su vieja madre al catolicismo y, en vez de eso, era ella quien le sermoneaba sobre su pésima conducta. Apenas llegado al castillo de su familia, Lauzun tan solo tenía prisa por regresar a París. Estuvo el tiempo suficiente para ordenar la construcción de un pabellón que uniera el ala del siglo XV con el ala nueva, y el remozamiento general del castillo ancestral, mientras rogaba al obispo de Périgueux que se pasara de cuando en cuando por allí para ayudarle a convertir a su madre a la fe romana.
A la víspera de Todos los Santos, Mademoiselle se sorprendió al ver reaparecer al Gascón en los jardines de su castillo de Choisy. Fue escueto para explicar su repentina reaparición: -"Me aburría en el campo."
La ruptura

Retrato de la Princesa Anne-Marie-Louise d'Orléans, Duquesa de Montpensier (1627-1693), grabado por Van Der Meulen según un retrato ejecutado en 1691 por Hyacinthe Rigaud. / En la ilustración inferior, representación idealizada de la Gran Mademoiselle en la década de 1680-1690, por un ilustrador contemporáneo para una serie de estampas dedicadas a las más relevantes figuras de la corte de Luis XIV.
Días más tarde, Mademoiselle se enteró de una trifulca en la que Lauzun se vio envuelto por error ante las puertas de la abadía donde residía la Srta. Fouquet. Un enamorado celoso que ardía de pasión por una pensionaria del convento creyó pillar in fraganti a su rival, cuando en realidad Lauzun se limitaba a cortejar a una damisela que no era la que él creía. Para evitar recibir los mil bastonazos que aquel hombre con ataque de cuernos prometía, el Gascón, que siempre acudía al lugar con gran discreción, tuvo que bajar de su carruaje y presentarse al enfurecido. Naturalmente, la cosa se supo y pronto todo París se enteró de la patética confusión, y Mademoiselle comprendió lo que hasta ahora se le había escondido.
Desde ese momento, se rompió el encanto. Harta de sus impertinencias, de sus saltos de humor y de sus galanterías, Mademoiselle se replanteó su relación con Lauzun. No era cuestión de una ruptura oficial, pues habría sido más humillante para ella que para él. Escribió en sus Memorias: "Empezaba a conocerle y a hartarme de él, pero quería mantener la promesa y no deseaba, después de haber hecho tanto por él, dejarle plantado sin haber acabado, es decir, convertirle en duque y que regresase a la corte."
¿Se percató nuestro Gascón del enfriamiento de Mademoiselle? parece ser que ni por asomo. Siguió con sus mismas estupideces, multiplicando las broncas y escenas, exigiendo a su bienhechora la gestión de todos sus bienes... Desde luego, no se andaba con minucias! Cuando se hartaba de gruñir, maldecir y reprochar, se iba a casa del ministro Colbert para montar el mismo circo y éste no faltaba en repetírselo a Mademoiselle.
En agosto de 1683, una segunda estancia de Lauzun en el castillo de Eu tuvo consecuencias desastrosas. Haciéndose el Don Juan con las pastorcillas y las jovencitas de las granjas cercanas, sus galanterías acabaron por descubrirse y Mademoiselle fue puntualmente informada de sus devaneos. Entró en una monumental cólera. Hubo tal pelea que ésta le arañó hasta hacerle sangrar. Lejos de dejarse agredir gratuitamente, Lauzun se volvió contra ella y le propinó unas cuantas bofetadas. Gritos y lloros de la duquesa enfurecida; quiso expulsarle para siempre de su vida. La condesa de Fiesque se interpuso entre los dos y consiguió que la duquesa le diera una última oportunidad al Gascón, mediante un castigo: de una punta a otra de la galería de retratos del castillo, Lauzun tuvo que recorrerla de rodillas y arrastrarse para implorar el perdón de la altanera Mademoiselle. Menuda humillación!

Ilustración en perspectiva de la Galería de Retratos del Castillo de Eu, realizada a mediados del s. XIX; galería que Lauzun tuvo que recorrer de rodillas para implorar el perdón de Mademoiselle.
Con los primeros días del otoño, Lauzun tuvo la ocurrencia de partir para figurar en el asedio de Courtrai. Como no ejercía cargo militar alguno ni siquiera encontró ocasión para lucirse. A su regreso, se dedicó a jugar, frecuentando los tugurios mundanos, apilando con pasión montañas de luises de oro sobre las mesas de juego. Su cortejo con Marie-Madeleine Fouquet era ya agua pasada: la joven acababa de conceder su mano a un excelente partido, Emmanuel de Crussol d'Uzès, marqués de Monsalez, prefiriendo un auténtico marquesado a la promesa hipotética de un ducado. De hecho, Lauzun ya andaba rondando a una rica viuda entrada en años, la Presidenta Lebrun, como si fuera un chaval de diecisiete años...
Al año siguiente, puesto que una nueva campaña se preparaba, solicitó al rey su perdón y un empleo en el ejército. Sus pretensiones, presentadas por la Montespan al monarca, fracasaron nuevamente: deseaba nada menos que un mando que le diera preferencia sobre los demás tenientes generales aduciendo que él era el decano en ese grado!
El 23 de abril de 1684, dos días después de recibir la negativa de Luis XIV, Lauzun se presentó en el palacio de Luxemburgo y Mademoiselle le aconsejó que se marchara a Guyena o a Saint-Fargeau dado que no había conseguido sumarse a la mobilización, y porque era ridículo que permaneciera en París. De un humor execrable, Lauzun se encabritó y provocó una nueva discusión con su bienhechora:
-"Me voy! vociferó el Gascón, y os digo adiós para no volver a veros en mi vida!"
-"Mi vida! replicó Mademoiselle, habría sido más feliz si no os hubiera visto jamás! Iros! Más vale tarde que nunca!"
-"Habéis arruinado mi fortuna, dijo el otro; me habéis cortado el cuello; sois la causa de que no vaya con el rey; sois vos quien le ha rogado hacerlo!"
-"Es totalmente falso! Él mismo os lo puede decir!"
Y Lauzun siguió con sus invectivas. Mademoiselle, hastiada, le lanzó antes de darle la espalda y refugiarse en su alcoba:
-"Iros ya!"
Al cabo de un rato, ya calmada, volvió al salón pues tenía invitados y vio que Lauzun seguía alli. Se acercó a él y le dijo:
-"Esto es demasiado, ejecutad vuestra resolución, iros!"
Sin articular palabra, cogió su sombrero, sus guantes, saludó educadamente a los invitados de la duquesa y abandonó el palacio. Fue la última vez que él y la Gran Mademoiselle se vieron cara a cara. De este modo tan brusco acababa una relación tan extraordinaria como insensata.

No alcanzo a comprender por qué Ana María Luísa de Orleáns, una mujer no del todo estúpida, consintió tanto a este personajillo de tercera. Es indudable que ella sabía en su fuero interno que no podía quererla, ya que era una mujer poco agraciada, corpulenta y ajena a la belleza según los cánones estéticos de la época, algo que nunca ha importado a las personas con inteligencia de calidad. Si bien el envoltorio no era atrayente, su calidad espiritual e intelectual no eran miel para el paladar de un asno como Lauzun, que como la mayoría de los hombres únicamente tienen sensibilidad para con lo que les despiertan sus bajos instintos. Además Ana María Luisa había figurado en importantes listas de candidatas para contraer matrimonio con gobernantes y personajes de relevancia en Europa, contando con su primo carnal, Luis XIV. Una mujer soltera, bien posicionada, con carácter y desprendida de todas las futilidades mundanas con las que regularmente tenía que cargar una princesa de Francia debería haber dejado un perfil mucho más trascendente en la historia de Europa. Pero en fin, hasta Isabel Carlota de Baviera, duquesa consorte de Orleáns, esposa del primo de Ana María Luisa, Felipe de Orleáns, resulta más interesante, y eso que eran muy parecidas en algunos instantes, y eso que Liselotte lo tuvo mucho más difícil. Es evidente que la mediocridad depende enteramente del carácter propio, y es una lástima que esta mujer no se haya procurado un lugar más brillante en la Historia. Si fuese ella y de saber lo que sé hoy, no soportaría verme como un personaje de culebrón palaciego, papel que puede representar cualquiera. Como siempre un artículo excelente. Gracias por compartirlo con nosotros.
Evidentemente, en una relación siempre hay el que ama y el que se deja amar. En el caso de la duquesa de Montpensier y el duque de Lauzun, ella estaba loca por él (de allí que hiciera tantas concesiones, aún a sabiendas de su inconstancia y poco apego a su persona) y a él le tiraron prácticamente a sus brazos sus amistades, y siguió el juego porque si conseguía casarse con ella la fortuna y una envidiable posición en la corte le habrían elevado por encima de los demás. Uno y otro encontraban en esa unión sus propios intereses: Montpensier en el plano sentimental y Lauzun en el plano material. Sin embargo la disparidad de carácteres ya condenaba de antemano dicha unión; carácteres que se agriaron por culpa de los obstáculos levantados por gente que les tenía cierta animadversión por razones tan simples como los celos, la envidia y el temor, tanto contra la Montpensier como contra Lauzun. Una década en una celda en los confines de los Alpes Italianos no contribuyen en mejorar el humor de una persona y Lauzun es una buena muestra de ello. Volvió del cautiverio con unas desbordantes ansias de vivirlo todo intensamente, de recuperar el tiempo perdido... de ahí su rechazo a las ataduras con su bienhechora y que aparezca como un ingrato.
Gracias por el comentario y Feliz Año!