EL DUQUE DE LAUZUN -20-
el 8 dic En: Biografías - sin comentarios
EL DUQUE DE LAUZUN
LA EXTRAORDINARIA VIDA DEL GRAN FAVORITO DE LUIS XIV
-Parte XX-
El Final de un Sueño
Luis XIV estuvo durante mucho tiempo dudando, aceptando en primera instancia la idea de un matrimonio entre Lauzun y su prima-hermana para luego volver sobre su decisión. La actitud de la Gran Mademoiselle, que bloqueaba las negociaciones sobre la donación al duque du Maine, le hicieron cambiar nuevamente de opinión: dejó caer entonces la esperanza de una más que probable unión secreta. Al ver reaparecer al antiguo favorito, Luis XIV dio su no definitivo. El marqués de Sourches relata en su "Diario": "Se decía que el rey le había hablado muy secamente y que le advirtió que evitase por encima de todo verse mezclado en ninguna intriga entre él y Mademoiselle que oliera a matrimonio, que si no fuere asi lo mandaría de nuevo a Pignerol y a ella a Saint-Fargeau." El Padre Léonard apunta en la misma dirección, confirmando la actitud del monarca: "El rey le perdonó a condición de que no volviese a oír nada de matrimonio y de cualquier cosa parecida; que si faltaba a su palabra, mandaría encerrarle en un lugar del que jamás volvería a salir."

Lauzun tan solo tuvo derecho al ambiguo estatus de "caballero sirviente", admitido a manifestar su reconocimiento y a cortejar decentemente a Mademoiselle en cualquier lugar que ella se encontrase. De ella debía recibir todas las gracias y todos los favores. A su prima, el rey dijo en abril de 1684: "Tengo mis razones para no ver al Sr. de Lauzun; cuando pueda hacerlo, lo haré por el amor de vos, no por el de él. Jamás le daré nada sin vuestra participación. Debe recibirlo todo de vos."
El antiguo prisionero usó de la libertad concedida para rendir a su bienhechora frecuentes y asíduas visitas en el palacio de Luxemburgo o en el castillo de Choisy. Ambos iban de paseo, compartían algunos juegos o los placeres de la conversación con un restringido círculo de amigos: la marquesa de Montespan, la condesa de Fiesque y, por supuesto, el inseparable Sr. de Barrailh de Sévignac. Algunas veces regresaban a París desde Choisy por el Sena, a bordo de una espléndida barcaza dorada suntuosamente decorada con cortinajes de damasco color vino ribeteados en oro, regalo del rey a su prima; mientras que los lacayos ataviados con la librea de Mademoiselle -traje rojo con chaqueta y calzones azules abotonados de plata-, servían un refrigerio a los pasajeros que se divertían con las gracias de Lauzun. La princesa se reía de sus piruetas y volvía a enamorarse del galante oficial de antaño que caracoleaba a la puerta de su carroza. Sin embargo, no habían tiernas efusiones ni indiscretos mimos, aún menos deslices voluptuosos...; nuestro Don Juan las reservaba para otras gatitas. Del amor, Mademoiselle no conocerá otra cosa que las sombras, frutos del delirio de la impaciencia y el sabor amargo de la desilusión. En sus Memorias, no reveló sus sentimientos tras el rechazo definitivo del rey a su proyecto matrimonial como tampoco precisó con claridad el grado de intimidad entre él y ella. Desde el 13 de abril de 1682, tras apenas un mes y medio después de su retorno a París, el Padre Léonard observa que se comporta, en casa de la duquesa de Montpensier, como el dueño y señor del lugar: "El Sr. de Lauzun es todopoderoso en la casa de Mademoiselle y ordena a sus gentes, hasta a los más considerables, como si fueran sus propios criados. Últimamente, ordenó al Sr. Robert, tesorero de Mademoiselle, visitar varias casas que deseaba alquilar, diciéndole en presencia de todos, por dos veces, que no faltase en ello y que le rindiera cuenta de sus gestiones..."
¿Hubo boda o no hubo boda?
Retrato de Antonin Nompar de Caumont, VIº Conde & 1er Duque de Lauzun (1633-1723), como Caballero de la Orden de la Jarretera, según el artista Alexis-Simon Belle.
Por esa actitud tan segura del Gascón, los historiadores concluyeron que Lauzun y Mademoiselle se habían unido en secreto por aquella época. "Todo parece probarlo, escribe el duque de La Force: las asiduidades hacia la princesa, tan escrupulosa en materia de galantería, el luto que tomó a su muerte, sus maneras con ella. Toda Francia lo ha creído así: las Memorias del s. XVII están rebosantes de esa convicción: el siglo XVIII acaba incluso por encontrarles una hija secreta, una vieja damisela que el historiador Anquetil vio en Tréport en 1744, y que se parecía asombrosamente a los retratos de la duquesa de Montpensier, que pasaba por ser su hija, creía serlo y recibía una pensión de la cual ignoraba la procedencia. Sin embargo, sabemos que en 1681 Lauzun no estaba casado: la boda tan solo pudo tener lugar entre 1682, año de su regreso, y 1684, año de la ruptura definitiva de la pareja."
Esa versión choca frontalmente con un testimonio capital hasta entonces ignorado por los investigadores: el testimonio de Lauzun en persona, recogido por Menin, consejero en el Parlamento de Metz, en su "Pot-Pourri". Citando los recuerdos de la duquesa de Fallari, amante del Regente Felipe II de Orléans, escribió: "Es esa misma duquesa de Fallari quien me dijo que, estando una noche en Passy, en casa del duque de Lauzun para cenar con el duque y la duquesa de Châtillon, su anfitrión entonces ya muy viejo, les juró y perjuró que todo lo que se había dicho y escrito sobre su boda con Mademoiselle, hija de Gastón de Orléans, era falso y que jamás se habían casado, añadiendo: "Como todos están muertos hoy y que no tengo por qué temer nada, confesaría de buena gana ese matrimonio, pero no hubo tal boda y dependió de mi hacerla, Mademoiselle deseándolo al día siguiente de recibir el permiso que Luis XIV nos había dado y que tan solo revocó seis días después."
Si ese testimonio es verídico, teniendo en cuenta que recoge una confesión del mismísimo duque de Lauzun y que resuelve asi ese pequeño enigma histórico, tendríamos que concluír que, pese a todo lo que se ha dicho, jamás se casaron.
Incompatibilidad de carácteres
De hecho, Lauzun se encontraba en una situación muy delicada ante su bienhechora. Obligado a testimoniarle su agradecimiento, no tardó en cansarse de su fuerte carácter, posesivo, autoritario, de sus furiosos ataques de celos. Pronto empezaron a pelearse por nimiedades y a propósito de todo. Lauzun llegaba frecuentemente con aire tristón, con ganas de marcharse casi de inmediato con el pretexto que ya no estaba hecho para la corte, que no aguantaba tantas horas de pie, que ya no podía caminar... Se quejaba sin cesar de sus "dolores", fruto de su larga estancia en Pignerol. Hacía cualquier cosa para dejar su temible compañía y correr hacia París para divertirse. Las peleas se iniciaron desde el primer día que estuvieron en Choisy: sobre las cinco de la tarde ya se despedió de Mademoiselle alegando que tenía que hacer una visita al Sr. Colbert y que volvería por la noche para verla en el palacio de Luxemburgo. Pero, en vez de volver a verla, mandó a su amigo Barrailh en su lugar para presentar sus excusas: se había encontrado tan fatigado, que había perdido la costumbre de caminar. Al día siguiente, dos viejas coquetas, las Sras. de Langlée y de Valentinois, vinieron a visitar a la duquesa de Montpensier. Esas dos víboras no pudieron evitar contarle que, la víspera, habían recibido en casa de la primera al Sr. de Lauzun a la hora de la cena. Madame de Langlée le contó con pelos y señales de qué manera se quejó: "¡Me muero! Si Mademoiselle se queda aqui y me hace pasear todos los días tanto como lo he hecho hoy, me moriré!". Estaba tan agotado que le trajeron una compota, y se la tuvieron que dar con un tenedor ya que él ni siquiera conseguía levantar el brazo... Poco después de la marcha de las dos damas, llegó Lauzun al Luxemburgo y se produjo una buena bronca.

Las recriminaciones no afectaban demasiado a Lauzun, quien rehusaba dejarse dominar por la princesa. Ocho días después de que ella le hiciera regalo de cuatro hermosos diamantes por valor de 1.000 pistolas, dijo a Madame de Palaiseau que los había vendido porque no tenía un céntimo en el bolsillo.
En otra ocasión, durante el miércoles de la Semana Santa de 1682, hubo un nuevo intercambio de reproches entre Mademoiselle y el Gascón. Lauzun estalló de cólera contra la duquesa, acusándola de ser la fuente de todos sus problemas, que lo había convertido en el hombre más desgraciado del mundo, que si no se hubiese inmiscuido en sus asuntos habría podido salir de la cárcel sin su ayuda y recuperar su cargo de capitán de guardias. La marquesa de Montespan, indignada, le reprochó su ingratitud y le recordó con sequedad que su bienhechora presionaba a Colbert para que pagase todos los atrasos de las deudas, pensiones y pagas que le debía el Tesoro Real. Que si no fuera por Mademoiselle, jamás conseguiría que se le diera un solo céntimo de las inmensas sumas que se le adeudaban, y que el rey consentía en pagar todos los atrasos en consideración hacia su prima, no hacia él.

Retrato del ministro Jean-Baptiste Colbert (1619-1683), según Robert Nanteuil.
Al día siguiente, por cierto, apareció Barrailh para anunciarle que el ministro había acabado de firmar todas las expediciones por un total de 550.600 libras. Ese medio millón y pico cubría los once años de su pensión de 600 libras, las nóminas de coronel general de los dragones y sus primas de capitán de guardias-de-corps desde 1671 a 1672, once años de salarios de capitán de la Compañía de los Cien-Gentilheshombres a razón de 3.600 libras por año, la liquidación de las 500.000 libras de gratificación extraordinaria concedida por el rey el 17 de enero de 1671 y de las 400.000 libras de su cargo de capitán de guardias-de-corps vendido al Mariscal-Duque de Luxemburgo. Lauzun se convertía asi en un hombre muy rico y, a esta considerable fortuna y a todos los bienes donados por Mademoiselle se añadían todos los bienes patrimoniales heredados durante su encarcelamiento, que su hermana la condesa de Nogent, como mujer ducha en temas financieros, hizo fructificar habilmente. Ese día, el Gascón se suavizó como un corderito hasta el punto de olvidar oportunamente la escena de la víspera.
El viernes santo, nueva trifulca entre la pareja. El tono subió tanto que, cuando se agotaron los argumentos, llegaron a las manos. De hecho, Lauzun le tenía miedo, temía sus explosiones de cólera en las que ella siempre salía victoriosa pues, como precisó en su día el Mariscal-Duque de Villars, ella era "grande y fuerte y él pequeño".
El día de Pascuas, la princesa se había trasladado a Saint-Germain y recibió allí un correo del Sr. de Barrailh: le anunciaba su retirada lejos del mundanal ruido para dedicarse por completo a la salvación de su alma. En otra carta dirigida a Lauzun, añadía a las razones de su retiro los malos tratos y los golpes de la princesa. Antes de marcharse, le habría gustado ver a su amigo restablecido en la corte pero la última algarada del viernes santo precipitó su decisión.
La princesa se hundió en la desesperación: más que un confidente, perdía su paño de lágrimas! Se fue al encuentro de la marquesa de Montespan cubierta de lágrimas y gimiendo como un alma en pena. A la noche siguiente volvió a París y vio a Lauzun, él también compungido, tras haber descubierto el lugar de su retiro espiritual: en el convento de NªSra. de las Virtudes en Aubervilliers, regido por la orden Oratoriana. Había acudido a verle, había llorado con él y hasta pasado toda la noche en el convento con la vana esperanza de que desistiera de su decisión. En vano, a la mañana siguiente y de madrugada, Barrailh había dejado el lugar para un destino desconocido. Lauzun, de regreso a su alojamiento parisino, había encontrado una carta de adios y la bolsa de 1.000 pistolas que había puesto debajo de la almohada de su amigo.
Huelga decir que, tanto la duquesa de Montpensier como el conde de Lauzun lloraron de manera muy sentida la marcha de su gran amigo y confidente, el único capaz de templar los ánimos de uno y otro, y de moderar los efectos de esa relación explosiva.
Tras haber dejado atrás el convento de NªSra. de las Virtudes, Barrailh encontró refugio en el seminario oratoriano de Saint-Magloire, en las inmediaciones de Saint-Jacques-du-Haut-Pas. Allí vivió tranquilamente gracias a la pensión de 2.000 libras anuales que le concedió el rey el 10 de junio de 1682. Es, sin duda, en ese mismo lugar donde fallecería en 1705, tras sufrir una parálisis general, dejando lo poco que poseía a los indigentes. Antes de su última y mortal enfermedad, seguía visitando de cuando en cuando a la que era su esposa en el convento de Chaillot, la damisela de La Motte-Argencourt.

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