EL DUQUE DE LAUZUN

LA EXTRAORDINARIA VIDA DEL GRAN FAVORITO DE LUIS XIV

-Parte XVI-

El Mercadeo

Retrato de Anne-Marie-Louise d'Orléans, Duquesa de Montpensier (1627-1693), sosteniendo la efigie de su padre, Gastón de Francia, Duque de Orléans, y ataviada como la diosa Minerva. 

Los últimos años, la marquesa de Montespan se mostraba amabilísima con la duquesa de Montpensier. Que estuviera en una cena, en un baile, en un espectáculo, la favorita parecía buscar incesantemente la compañía de la Gran Mademoiselle, le mostraba con orgullo a sus hijos (habidos con el rey), y en particular al duque du Maine, un crío con carita de angelito pero aquejado de una cojera, lleno de malicia y con una inteligencia vivísima para sus diez años.

Mademoiselle, que adoraba a los niños, solía enternecerse con su compañía. Y, como apreciaba aún más los halagos, encontraba cierto gusto a convivir con la marquesa de Montespan, pasando la mayor parte de su tiempo en sus aposentos. Cuanto más se acercaba Mademoiselle, más la cortejaba la Montespan, emborrachándola de incienso con mielosas alabanzas y dulces palabras sobre el pobre conde de Lauzun, tan desgraciado en su prisión saboyana. Y, de cuando en cuando, la sibilina Montespan le dejaba caer: "Pero pensad en todo lo que podríais hacer de agradable al rey para que os conceda lo que tanto os obsesiona!"

Retrato de Luis Augusto de Borbón, Duque du Maine (1670-1736), hijo legitimado de Luis XIV y de la Marquesa de Montespan, esbozado por el artista Pierre Mignard.

Mademoiselle pensaba pero era lenta para captar las indirectas, hasta que, a fuerza de repetir la sugerencia, cayó en la cuenta de que la favorita real pretendía hacerse con sus mayores bienes en provecho del duque du Maine, como el condado de Eu y el principado de Dombes, esos mismos que ella había donado al conde de Lauzun... Lejos de precipitarse, Mademoiselle siguió dudando sobre qué hacer al respecto, pues el asunto era muy delicado. Había que abordar el tema con resolución, negociar el asunto como un tratado, cosas que le repugnaban sobremanera. Confió entonces a Barrailh sus impresiones, y éste no tardó demasiado en ver que ahí se tenía el único medio para comprar la libertad de su amigo. Lo que había propiciado en su juventud la marquesa de Montespan, tan solo ella podía corregirlo en su madurez. Cierto es que en 1680, la altanera marquesa había perdido parte de su poder de influencia en el rey... Después de destronar a la duquesa de La Vallière, apartar a Madame de Ludres, triunfar de la encantadora duquesa de Fontanges, eliminar a las pasajeras rivales, la marquesa de Montespan bebía del amargo cáliz de las favoritas que han dejado de gustar. Ahora veía como la eclipsaba progresivamente Madame de Maintenon y sus burguesas mezquindades. Para recompensar "sus servicios", Luis XIV le había regalado el cargo de superintendente de la Casa de la Reina, estimando asi saldada la deuda. Pese a todo, la favorita en declive aún poseía una carta maestra: la de ser madre de los hijos legitimados que el rey amaba particularmente.

Retrato de Françoise Athénaïs de Rochechouart-Mortemart, Marquesa de Montespan (1640-1707).

Barrailh se percató que, a la larga, Mademoiselle acabaría cediendo ante los repetidos asaltos de la marquesa de Montespan, y que pagaría de buen grado el rescate exigido. Su intervención personal tan solo podía precipitar los acontecimientos y evitar a su amigo meses, veanse años de encarcelamiento inútiles. Ahora que había dado con la llave de su liberación, quiso servirse de ella lo antes posible. Tomando las riendas de las negociaciones que se entablaban, Barrailh se propuso como intermediario entre la marquesa de Montespan y la duquesa de Montpensier. La favorita aceptó su mediación de manera inmediata. No fue, en cualquier caso, tarea fácil para el amigo de Lauzun; tenía el deber de convencer a la Gran Mademoiselle y también al conde de Lauzun, que tenía aún en su poder el condado de Eu. Ese tratado, antaño firmado por la condesa de Nogent en nombre de su hermano, Barrailh lo poseía. Sin embargo, Mademoiselle no podía jurídicamente renunciar a esa tierra sin obtener primero el consentimiento del beneficiario. Para ello, Barrailh debía presentar a Lauzun los hechos, hacerle entrar en razón, convencerle que su proyecto de convertirse en jefe del ejército saboyano era una quimera y hacerle comprender que tan solo la marquesa de Montespan y Mademoiselle eran capaces de sacarle de aquella fortaleza alpina. Para que el pobre conde pudiese salir de la infernal trampa de Louvois, era urgente que renunciara no a su cargo de capitán de la guardia-de-corps, del que ya le habían privado, sino al feudo normando de Eu, y demostrar que Mademoiselle, al no estar casada con él, podía disponer libremente de ese bien. Sin ese preámbulo, no cabía esperar liberación alguna. A cambio de ese generoso gesto, el prisionero podía esperar recibir algunas compensaciones por parte de la princesa. Barrailh se enfrentaba a una partida difícil de jugar: ¿cómo guardarse de los cambios de humor del cautivo, siempre capaz de actuar contra sus propios intereses, y tener en cuenta, al mismo tiempo, las susceptibilidades y accesos de cólera de la hija de Gastón de Orléans?

Impulsada por Barrailh, la Montespan retomó sus frecuentes estancias en el palacio de Luxembourg, jugando con más habilidad si cabe sobre el ardiente deseo de la princesa en volver a ver a su terrible Gascón, sin dejar entrever su propia impaciencia. Un día la presionaba y al otro, simulaba indiferencia. La pobre Mademoiselle, que entendía poco o nada de las artimañas femeninas, parecía estar desconcertada en medio de ese endiablado ritmo al que la sometían. Finalmente, la fruta maduró: Mademoiselle dio su entera confianza a Barrailh y le encargó oficialmente que tomase las riendas de las negociaciones. Nos podemos imaginar con qué prisas se puso manos a la obra. Al día siguiente, Madame de Montespan vino a dar las gracias a Mademoiselle con zalamería:

-"Admiro muchísimo la constancia con la cual habéis perseverado en hacer la fortuna de Monsieur de Lauzun. A menudo los grandes príncipes y las grandes princesas quieren un día una cosa y lo olvidan al día siguiente. A mi no me gusta eso. Vuestra fidelidad, estoy segura de ello, gustará al rey. No puedo dudar que, después de lo que vais a hacer para el duque du Maine, Su Majestad no satisfaga vuestras voluntades..."

Al día siguiente añadía:

-"El rey se ha, por desgracia, comprometido en jamás consentir vuestra boda mediante cartas escritas a los embajadores de todos los países extranjeros. Los enemigos de Monsieur de Lauzun han querido, por ese medio, atarle las manos pero, la conyuctura de estos tiempos pueden cambiar muchas cosas..."

Mademoiselle no cayó en la imprecisión de las palabras de la favorita, que otorgaban la más completa libertad al monarca. Por el momento, un torbellino de felicidad envolvió su alma, reviviendo en cierto modo ese exquisito sueño que le recordaba los más hermosos días de su compromiso. Se veía feliz, paseando del brazo de Lauzun por los jardines de su castillo de Choisy o de Saint-Fargeau, y que por fin era su marido.

Retrato de Luis XIV, Rey de Francia y de Navarra (1638-1715), grabado por Nicolas de Larmessin.

Mientras tanto, era menester informar a Luis XIV. La marquesa insistió para que Mademoiselle diera el primer paso. Sin embargo, la princesa no caía en la cuenta de que se le exigía un compromiso sin contrapartida asegurada. En cualquier caso, Mademoiselle rehusó pedir audiencia al rey, por orgullo y timidez sobretodo, rogando que la favorita informase en su lugar. Dado lo excepcional del caso, la Montespan cedió y habló al monarca. Se convino que, al día siguiente, cuando Luis XIV apareciese por los apartamentos de la reina, allí se encontraría con su prima y le rogaría que le siguiese hasta su gabinete. Todo pasó tal y como fue planeado. El rey llamó a Mademoiselle y le dijo:

-"Madame de Montespan me dijo ayer noche la buena voluntad que tenéis para con el duque du Maine; estoy agradecido, viendo que lo hacéis por amistad, pues no es más que un chiquillo que no merece nada. Espero que un día sea un hombre honesto y que se hará digno del honor que le hacéis. En cuanto a mi, os aseguro que en toda ocasión me acordaré de todos los gestos de amistad que me brindáis..."

Eso fue todo pero era bastante. Las palabras del rey colmaron de felicidad a la princesa, y las zalamerías de la Montespan redoblaron en intensidad. Ahora había que pasar de las intenciones a los actos. La favorita encargó a Barrailh que transmitiera a Mademoiselle sus peticiones: pedía para el duque du Maine el condado de Eu y el principado de Dombes, los más ricos feudos de la princesa nada menos! Y precisaba que la donación debía hacerse bajo forma de cesión entre vivos. Cuando la duquesa de Montpensier escuchó esas palabras, se encabritó. Respondió que una cosa era que concediera el privilegio de poner en su testamento al bastardo del rey, pero otra muy distinta despojarse en vida de sus mejores feudos, cosa que no pensaba hacer ni por asomo! La respuesta de la princesa provocó, sobre la altanera Athénaïs, el efecto de una ducha fría. Lejos de ser diplomática, ésta se rebifó y exclamó que el rey entendía que la cesión se hiciera de esa forma. Ante Barrailh, se despacha a gusto: "No se puede uno burlar del rey; cuando se ha prometido, hay que cumplir!"

Se habían acabado los días de los mielosos halagos y cumplidos, los paseos en calesa y en barca. La duquesa de Montpensier se encontró de cara con la cruda realidad, maniatada por sus promesas para congraciarse al rey y chantajeada por la indomable marquesa. Colbert intervino a su vez, deseoso de acabar cuanto antes con ese asunto para salvaguardar los intereses de cada uno. De todos lados le llovieron rudas presiones a Mademoiselle. Si no consentía, Barrailh sería encarcelado en La Bastilla y Lauzun no tendría posibilidad alguna de regresar de su cautiverio. La princesa dudaba: sacrificarse de tal modo, amputando su patrimonio de los mejores y más ricos feudos, ¿valía realmente la pena?¿Y si el rey, después de todo, no consentía en liberar al Gascón?

Asediada por sus consejeros, habilmente condicionada por los emisarios de la marquesa, ¿cómo habría podido resistir? Asqueada y cansada de luchar, acabará por rendirse y firmar la cesión. La triste escena tuvo lugar el 2 de febrero de 1681, en un pequeño salón del castillo de Saint-Germain, en presencia de la marquesa de Montespan, del ministro Colbert, del sobrino de éste, Vaubourg -consejero en el Parlamento de París-, del notario Chuppin, del Sr. Le Fouyn, secretario del rey, y de Barrailh. Una primera acta notarial concedía al duque du Maine la plena soberanía sobre el principado de Dombes, y una segunda vendía de manera ficticia al bastardo real el condado de Eu por la suma de 1.600.000 libras. La donante se reservaba el usufructo de las dos tierras hasta su muerte. Cuando ésta puso su noble firma al pie de los dos documentos, Colbert se fue disparado para anunciarle la buena nueva al rey. La Montespan, radiante, se derritió en mil agradecimientos ante la princesa. Por la noche, en el momento de la cena, el rey obsequió a su prima con la mejor de sus sonrisas y le murmuró de paso: "Creo que estáis contenta y yo también."

En el curso del ágape, los aires de satisfacción y los gestos galantes disiparon las últimas inquietudes de la Gran Mademoiselle. Feliz y despojada, tal era la duquesa de Montpensier. Al día siguiente, Luis XIV creyó bueno renovarle sus cumplidos y añadir: -"Estoy muy satisfecho que el asunto haya concluído, no os arrepentiréis y tan solo pensaré en daros testimonio de mi agradecimiento. Esto nos une más que nunca y crea una amistad que, a partir de ahora, nada podrá romper."

Propósitos muy vagos que fueron suficientes en el momento para colmar de éxtasis a la solterona, convencida que después de pagar semejante rescate Lauzun volvería por la puerta grande, recuperaría su sitio en la corte y se casaría con ella. Los días posteriores, la marquesa de Montespan siguió colmándola con buenas palabras y, finalmente, cortó en seco sus zalamerías. ¿Para qué seguir con esa comedia? Y se quitó la máscara: -"El rey nunca consentirá en que caséis oficialmente con el Sr. de Lauzun ni tampoco que le llamen Sr. de Montpensier. Pero le hará duque, y si queréis casaros, fingirá no enterarse, y a los que le digan algo, les sermoneará. Para vos, ¿acaso no viene a ser lo mismo?"

Mademoiselle tuvo un sofoco de indignación: -"¿Qué, señora?¿Vivirá conmigo como mi marido y no lo será oficialmente?Pero, ¿qué podrán creer y decir de mi?"

Detalle de un retrato de la princesa Anne-Marie-Louise de Orléans, Duquesa de Montpensier (1627-1693).

Pasada la mala impresión, Mademoiselle tomó la resolución de esperar en que el rey cumpliera con su parte. Y el tiempo pasaba y Lauzun no llegaba, y la duquesa se impacientaba cada vez más sin osar recordarle lo que esperaba. Días después, Madame de Montespan le invitó por mensaje a pasearse con ella en los jardines de Saint-Germain. Estando en medio de una conversación en un salón del rey, Mademoiselle consideró inoportuna la invitación y mandó que le dijeran que no le apetecía tal paseo. Un segundo mensaje insistió para que acudiese a los aposentos de la marquesa, pues tenía algo importante que confiarle... Luis XIV intervino e insistió para que fuera a verla inmediatamente. Mademoiselle entendió enseguida que se trataba de Lauzun; cogió por el brazo a Barrailh para que le acompañase y ambos se presentaron en el aposento de la marquesa. Pero, en vez de recibir una noticia satisfactoria, la favorita vuelve a fulminarla anunciándole que el rey mandará al conde de Lauzun a tomar las aguas en Bourbon, y que requería que ella escogiese a la persona de su gusto para acompañarle, ya que pretendía mantener sobre el cautivo la sensación de estar aún preso. Ante tales palabras, la duquesa se deshizo en lágrimas, y la marquesa, usando de ese tono burlón tan propio de los Mortemart, se puso a regañarla como a una chiquilla difícil de contentar. Luego, le dio el golpe de gracia diciéndole que el rey no quería que se casara con el conde. Cubierta de lágrimas, indignada, protestó amargamente; dijo sentirse engañada, que tan solo había consentido a donar sus tierras a condición de que Lauzun fuera liberado y pudiera casarse con él... y la favorita le dio la estocada mortal diciéndole que jamás le había prometido tal cosa! Y redoblaron los lloros y gritos de Mademoiselle.

Incómoda, la marquesa intentó, con la ayuda del Sr. de Barrailh, consolarla: renunciar a Lauzun, ¿acaso no era una determinación que ya había tomado desde el momento de su primera ruptura?

La noche de la jornada de los engaños, en el momento de la cena, la desgraciada, con los ojos enrojecidos, encontró aún las fuerzas suficientes para agradecer al rey la "libertad vigilada" del conde de Lauzun, contentándose tan solo en añadir que su felicidad sería entera si pudiese volver a verle.

Retrato de François-Michel Le Tellier, Marqués de Louvois (1641-1691), grabado en una estampa de finales del siglo XVII.

Cuando el dueño y señor de Francia ha hablado, los asuntos no se retrasan jamás. Al día siguiente por la mañana, Louvois convocó a Barrailh para anunciarle que había enviado instrucciones a Saint-Mars para conducir al preso a la estación termal de Bourbon, pues éste ya venía quejándose de dolores reumáticos en el brazo: -"No presumiré de haber contribuido a esto", añadió el ministro y archienemigo de Lauzun, en un alarde de sinceridad impropio de él.

Louvois autorizaba a Barrailh a acudir a Pignerol para preparar la marcha de su amigo a las termas de Bourbon. Quedaba un detalle por arreglar: encontrar a la persona adecuada para conducir y guardar al cautivo en su nueva residencia. Mademoiselle recusó a Saint-Mars, a sabiendas de la mala relación existente entre éste y el preso, y propuso a un oficial de su guardia, el Sr. de Saint-Ruth. La propuesta no gustó al rey quien recordó que Lauzun había ido escoltado a Pignerol por sus mosqueteros y que de allí debía salir con los mismos. Finalmente, fue un oficial del cuerpo de mosqueteros aprobado por Mademoiselle: Louis de Melun, marqués de Maupertuis; ese mismo Maupertuis que ya había formado parte de la primera escolta de Lauzun en el trayecto hacia Pignerol.

A inicios de marzo de 1681, Barrailh se despedía del rey para mayor extrañeza de los cortesanos, ajenos a todo lo que había ocurrido, y hacía sus baúles para tomar la ruta hacia Pignerol en compañía de un cirujano.

Liberación

Retrato de Antonin Nompar de Caumont, VIº Conde de Lauzun (1633-1723).

Una vez llegados los dos hombres a la fortaleza alpina, Lauzun se dejó examinar por el cirujano de su amigo quien, tomando aires de entendido, sentenció que tan solo se podía reponer el preso de tales males tomando las aguas de Bourbon. No fue más que una pantomima concertada, desde luego, pero destinada a poner en pie una entrevista secreta entre el conde y la marquesa de Montespan en el balneario, y conseguir asi su renuncia sobre el condado de Eu.

A principios de abril, Barrailh regresa a Saint-Germain para anunciar las buenas disposiciones de Lauzun a la favorita. Quedaba tan solo ponerse de acuerdo sobre las condiciones de su liberación. El 12 de abril de 1681, Luis XIV firmaba el documento que permitía a Lauzun salir de su prisión. Puesto que la época de las aguas termales se acercaba, se convino que Maupertuis partiera sin más dilación. Barrailh, por su lado, escribía una larga carta a su amigo para ponerle en guardia y que actuase con la mayor prudencia: que no diera la impresión de sentirse libre, que no aprovechase las libertades concedidas para ver otras personas que no fueran médicos y boticarios; a fin de cuentas, le recuerda, no es más que un detenido tomando una cura! Le recomienda muchísima paciencia y que, sobretodo, se guarde mucho de dar celos a la Gran Mademoiselle o cualquier equívoco que pudiera encender su cólera. Barrailh conoce muy bien al Gascón, sabe de sus meteduras de pata, sus bruscos cambios de humor tan perjudiciales para él mismo. "Vuesto estado, subraya el amigo al Gascón, es una especie de resurrección que demanda una nueva y mejorada vía."

El 22 de abril, el prisionero de 48 años abandona definitivamente los gruesos muros de la fortaleza de Pignerol, enfadado con el conde de Saint-Mars, con la mujer de éste, con el marqués de Herleville, gobernador de la plaza,... con todos. El ambiente se había tornado irrespirable. Uno se imagina con qué alivio Lauzun dejaba atrás las lúgubres torres de ese maldito castillo medieval donde había perdido injustamente diez años de su vida, quizá los más bellos. Suponemos que con igual o mayor alegría acogió, quince años después (en 1696), la noticia de cuando la vetusta fortaleza saltó por los aires, dinamitada por los franceses, antes de ser devuelta la plaza al duque de Saboya... Decidido a tomar su revancha de una década dilapidada entre rejas, Lauzun no estaba ni por asomo dispuesto a ser prudente ni comedido.