EL FIN DE LAS CORRIDAS DE TOROS EN CATALUÑA

A partir del 1 de enero de 2012, entrará en vigor la abolición de las corridas taurinas en todo el territorio catalán, fruto de una iniciativa popular -que no política por mal que le pese al PP, al mundo taurino y a la afición-, llevada a cabo por la plataforma Prou!, que lanzó una campaña contra ese tipo de espectáculos cinco años atrás recogiendo firmas a pie de calle (180.000 firmas en total). La ILP (Iniciativa Legislativa Popular) coincide con el claro decaímiento de la tauromaquia en Cataluña, hasta el punto en que tan solo se celebran actualmente escasas corridas en la última de las tres plazas que aún permanecen abiertas para tal fin en la comunidad, La Monumental de Barcelona, que para colmo contabiliza unos escasos 400 abonados. En el resto de Cataluña, en sus pueblos y ciudades, las antiguas plazas tuvieron que cerrar al no ser rentables; muchas fueron arrasadas o transformadas para otros fines más acordes con las demandas populares. En el caso de La Monumental, se tiene incluso que utilizar para otros eventos que los taurinos para que sea mínimamente rentable a su propietario. Los conciertos musicales tienen más poder de convocatoria que las sempiternas corridas.

Canarias, pionera en la abolición de las corridas taurinas en su territorio y en España desde 1991, no hizo otra cosa que poner fin a la agónica situación de la tauromaquia en sus islas, al constatar que desde 1983 ya habían dejado de celebrarse corridas porque nadie acudía a ellas. Por aquel entonces, nadie, ni siquiera el gremio de los toreros, se rasgó las vestiduras ni manifestó indignación alguna por una ley autonómica que daba muerte a las corridas en el archipiélago. Curioso, ¿no? Pero en el caso de Cataluña, todo parece diferente; los toreros, los ganaderos y todos los que viven de ese tipo de espectáculos de dudoso interés cultural subvencionado por el Estado gracias al dinero de todos los contribuyentes de la geografía española (sin que exista una casilla expresa en la declaración de renta), han esgrimido falsamente que las razones de tal abolición eran políticas y anti-españolas, cuando los hechos dejan bien claro que esa ley autonómica es fruto de la iniciativa de Prou! y de todos los que firmaron para conseguir que se aboliera un espectáculo que juzgan degradante y cruel para el toro. Los registros de las celebraciones taurinas en Barcelona no mienten: en pocos años, los gráficos han descendido de forma alarmante. Las nuevas generaciones no tienen interés en ver como un cafre, un mequetrefe, embutido en un carísimo traje de luces, se dedica a jugar cruelmente con un toro que, desde el principio, tiene la suerte echada: acabar muerto de una estocada después de recibir toda clase de punzadas y sufrir lo indecible. La corrida no deja de ser un espectáculo desagradable y desigual, como aquellos correbous de las tierras del Ebro y aquellas bestiales "fiestas" de pueblo en las que defenestraban cabras y burros desde un campanario para que el vulgo disfrutara viendo cómo reventaban sobre el pavimento. ¿Dónde está el interés cultural en matar a un animal de forma cruel y sádica?¿tradición?¿costumbre? Esas fiestas hacen un flaco favor a la reputación de sus habitantes de cara al exterior. Despiertan más repudio que interés. Es más, en un tiempo en que la gente se suma, por todo el mundo, a causas que defienden el respeto por la salvaguarda de la naturaleza y de los animales, las corridas son miradas como un anacronismo que lleva años agonizando, al igual que la figura del torero, símbolo de un machismo trasnochado que ya no encuentra un eco favorable en una sociedad cambiada y abocada a desechar tradiciones y mentalidades obsoletas. Ese tiempo en que un torero y los suyos interpelan a una camarera de hotel con el adjetivo de "hembra" toca a su fin, gracias a la evolución de una sociedad que ya no contempla la supremacía del sexo masculino sobre el femenino.

De este modo, por 68 votos a favor, 55 en contra y 9 abstenciones, el Parlament de Cataluña ha aprobado la Iniciativa Legislativa Popular que pedía la prohibición de las corridas en la comunidad. La libertad de voto en las filas de los partidos de CIU y PSC, ha contribuido a que los diputados votaran según los dictámenes de su conciencia. El mismísimo President de La Generalitat, José Montilla, declaró públicamente que él había votado en contra de esa ley, como la mayoría de los socialistas catalanes, y pedía, ingénuamente, "moderación y sentido de la responsabilidad de todo el mundo" para que no se convirtiera en un nuevo conflicto entre Cataluña y el resto de España. Por su parte, el PPC de Alicia Sánchez Camacho, para no perder la costumbre, declaró que era "un día triste para Cataluña" y que llevará una propuesta ante el Senado y las Cortes para declarar la fiesta taurina de interés cultural general, con el fin de que no pueda ser prohibida en ninguna comunidad autónoma. A ese empecinamiento de la "caverna" por deshacer todo lo que vota el pueblo catalán, se suman los protaurinos que amenazan con llevar esa ley antitaurina al desprestigiado y politizado Tribunal Constitucional, y los medios afines como El Mundo o ABC que se han lucido con sus más que reprobables titulares.

Una fotografía que habla por si sola: tres "joyas" del TC en una corrida de toros, disfrutando de la matanza, mientras el Estatut llevaba 4 años pendiente de sentencia. Asi son y asi trabajan...

Personalmente, estoy en contra de la prohibición por ley con un par de salvedades. En cualquier caso, el tiempo ya hacía su faena: el toreo está agonizando en Cataluña desde un tiempo a esta parte, y no hay más que ver la última corrida celebrada este domingo 1 de agosto en La Monumental, donde la afluencia fue escasísima y donde los toreros hicieron el payaso arropándose ostentosamente en una senyera a modo de capote y poniéndose por montera una barretina. Por si solas, las corridas están condenadas a desaparecer de la lista de ocio del ciudadano, ¿para qué prohibirlas, entonces? Tenían que haber dejado que muriera por si sola esa afición taurina, o encauzarla a una práctica más humanitaria a imagen y semejanza de Portugal, donde se torea pero no se mata al toro, aunque a algunos sádicos les parezca demasiado descafeinado el buen hacer de los lusos.

Lo que me parece lamentable es la persistente actitud de un enrabiado sector por buscarle tres pies al gato en una decisión que partió de una iniciativa popular, tachándola falsamente de revancha política de los nacionalistas catalanes por lo del Estatut, cuando una y otra cosa no tienen absolutamente nada que ver. Es más, hay mucha gente de a pie, en otras comunidades autónomas fuera de la catalana, que luchan en el resto de España para obtener la abolición de las corridas de toro y de todas aquellas fiestas en las que se traten con crueldad y sadismo a los animales para regocijo del vulgo. Hay mucha gente que está harta de ver como en el extranjero aún siguen vigentes los típicos clichés de la vieja España franquista, con sus bailaoras de flamenco, sus panderetas, sus "olés!", sus Semanas Santas, sus Ferias de Abril y sus corridas. La España de hoy es más que eso o debería serlo, pese a quien le pese, y debe promocionar otro tipo de identidad cultural que las tan manidas fiestas andaluzas que, por otro lado, no representan a la totalidad de los Españoles sino tan solo a un sector que dan una paupérrima imagen de un país dedicado al jolgorio contínuo que solo sabe vivir del turismo y del ladrillo. ¿A quién le puede extrañar que se fuguen tantos "cerebros" y genios de todos los campos a Estados Unidos y otros países, cuando el Estado no está por la labor de proteger, promocionar y patrocinar a sus científicos, médicos, jóvenes empresarios, inventores y artistas?