EL DUQUE DE LAUZUN

LA EXTRAORDINARIA VIDA DEL GRAN FAVORITO DE LUIS XIV

-Parte XIV-

Cuando un preso se encuentra con otro preso

Hay una antigua canción francesa, muy popular en los años veinte, cuya letra bromeaba sobre qué podía decir un vizconde a otro vizconde cuando se encontraban; pues, historias de vizcondes, claro. La suposición se puede, en este caso, aplicar también al prisionero Lauzun.

Como vimos anteriormente, Lauzun protagonizó una rocambolesca evasión del torreón de Pignerol que cortó de raíz una sirvienta al encontrarlo escondido en un pequeño almacén de leños. Devuelto a su elegante celda, y pese al redoblamiento de la vigilancia ordenado por Saint-Mars, no renunció a maquinar un segundo intento de fuga. Dado que quedaba por explorar del lado de la chimenea, éste no tardó en excavar por el conducto; conducto, por cierto, igualmente obstruido por varios barrotes. Tuvo entonces que repetir la operación: desencajar pacientemente aquellos barrotes e introducirse por el hueco hasta llegar a la planta superior. Unos golpes dados desde el otro lado de la pared, le revelaron la presencia de otro preso: Nicolas Fouquet, vizconde de Vaux y de Melun, marqués de Belle-Isle, ex superintendente de las Finanzas.

Pronto, gracias a un agujero hábilmente practicado, que destapaban de noche y volvían a tapar de día, los dos presos pudieron conversar sin restricciones. Lauzun y Fouquet no se habían visto desde hacía dieciséis años! ¿Y de qué hablaron? Pues de su soledad, de sus miserias, de los rigores del encarcelamiento y de las crueldades que encajaban día tras día... Pero, cuando Lauzun, con su larga barba y sus ojos de profeta exaltado, se puso a contarle la extraordinaria fortuna que había conocido antes de su caída en desgracia, el cargo de coronel general de los dragones, el de capitán de los guardias-de-corps, de general del ejército, el gobierno de la provincia de Berry, Fouquet empezó a observarle con inquietud, creyendo que había perdido la cabeza en esos años de reclusión. La mala impresión de Fouquet empeoró cuando su vecino de abajo le contó su boda con la Gran Mademoiselle, consentida por el rey, y cómo fue roto su compromiso, amén de todos los bienes que ésta le había asegurado. Creyendo que estaban realmente loco, Fouquet empezó a tenerle miedo y, en consecuencia, su relación se enfrío repentinamente.

Una visita familiar

En diciembre de 1675, el anciano mariscal-duque de La Force había muerto nombrando en su testamento como heredero sustituido a su sobrino-nieto, Lauzun. Un año y medio después, fallecía Jacques Nompar de Caumont, hermano mayor de Antonin, cuya frágil salud siempre había mantenido recluido en su castillo de Lauzun sin permitirle salir de su provincia. La larga cautividad del prisionero, el abandono en el que se encontraban sus asuntos y esa doble herencia hacían necesaria una entrevista con sus familiares. La condesa de Nogent hizo valer entonces ante el rey la necesidad de que ella, su hermano el caballero de Lauzun y un abogado, por ser de "extrema consecuencia para la conservación de su casa", pudiesen tratar cuanto antes de esos apremiantes asuntos con el Sr. Conde de Lauzun. Ante las razones familiares invocadas, Luis XIV no puso dificultad alguna y autorizó a la condesa de Nogent, al caballero de Lauzun y al letrado Isarn Grezes a viajar a Pignerol. Por carta fechada a 24 de septiembre de 1677 y dirigida al conde de Saint-Mars, Louvois fijó las condiciones de las entrevistas del prisionero con sus hermanos y abogado. Éstas no debían celebrarse en otro sitio que en los aposentos del gobernador y en presencia del comisario Loyauté. Cada una de ellas debían tener una duración de dos horas como máximo, siempre después del almuerzo y durante cuatro días consecutivos. Se prohibía tajantemente a los familiares y al prisionero hablar en voz baja, hacerse señas o intercambiar papeles. Bajo ningún concepto se podía abordar el tema referente a la duquesa de Montpensier.

De esas cuatro entrevistas, el abogado Isarn Grezes nos dejó un relato detallado:

"Llegamos a Pignerol un domingo (24 de octubre de 1677), a las ocho de la mañana; encontramos las puertas cerradas. El Sr. Marqués de Herleville, que es el gobernador general*, andaba haciendo maniobras de tropas dentro de la ciudadela ordenando que se hiciera una guardia como si tuviesen los enemigos a las puertas de la ciudad. Se le advirtió que estábamos ante las puertas de la ciudad y, un momento después, las abrieron para que pudiéramos entrar; Madame de Nogent se fue directamente a la iglesia, y el Sr. Caballero de Lauzun y yo fuimos a ver al gobernador, que nos recibió con mucha deferencia y que nos dijo que, al enterarse dos días atrás de nuestra llegada y considerando que los alojamientos de la ciudad eran malos, nos proporcionaría alojamientos adecuados. Madame de Nogent se alojaría en casa de un Sr. Delaville, el Sr. Caballero en casa del mayor y yo en casa del comisario del rey. Luego, Madame la marquesa de Herleville se fue a buscar a Madame de Nogent a la iglesia y nos fuimos todos a almorzar en casa del gobernador."

Sobre las cuatro de la tarde, el conde de Saint-Mars hizo acto de presencia en casa del gobernador general de Pignerol, anunciando que, desde hacía dos semanas, su huésped andaba enfermo de fiebre y de un resfriado de pecho y que no podía abandonar su habitación. Los viajantes tuvieron entonces que esperar hasta el viernes para entrevistarse con él. Por precaución, recomendaron a su domesticidad que evitasen salir a la calle y que se guardasen de preguntar por los prisioneros del castillo a soldados o habitantes de la ciudad.

El viernes, como previsto, se dirigieron a la ciudadela acompañados por el comisario Loyauté. Saint-Mars les recibió después de comer y, hablando aparte con Isarn Grezes, le transmitió sus últimas recomendaciones. Le enseñó la orden del rey, rogándole que se ciñera fielmente a sus directrices. Estando de acuerdo el letrado, éste le enseñó la "memoria" que había preparado para el conde de Lauzun. A las dos de la tarde, hora prevista para la entrevista, Saint-Mars mandó a sus criados que se fueran e hizo entrar a la condesa de Nogent, al caballero de Lauzun y a Isarn Grezes en su aposento. Seis sillas estaban dispuestas alrededor de una gran mesa. El gobernador salió y volvió al rato sosteniendo por el brazo al prisionero. Ante esa visión, cuenta el abogado, "nos sentimos conmovidos por piedad, pues vimos en él tanto abatimiento, un rostro tan pálido pese a tan larga barba y tan gran bigote, ojos tan llenos de tristeza y languidez, que sería imposible no sentirnos emocionados y dominados por la compasión". Le adelantaron una silla cerca del fuego de la chimenea. La rechazó diciendo con voz débil, entrecortada de una tos persistente, que la luz del día le cegaba y que el calor le daba dolor de cabeza. Saint-Mars le hizo entonces sentar a contra-luz y a su lado, sentándose enfrente el comisario. Pasó un largo momento de silencio; gruesas lágrimas rodaron por las mejillas de la condesa de Nogent.

Isarn Grezes tomó la palabra, exponiendo el objetivo de su misión mientras el conde escuchaba atentamente y, al terminar, éste le preguntó quién era él: "(...) le volví a decir lo que ya le había explicado antes, que al ruego de Madame su hermana (...), habiendo consultado sus asuntos, venía expresamente para servirle y que el rey lo había permitido." Lauzun le invitó a proseguir. Cuando el letrado abordó la herencia del mariscal-duque de La Force, el heredero le cortó fríamente avisándole que durante esos seis años de reclusión, nadie se había tomado la molestia de informarle de sus asuntos. Añadió que tenía el esprit tan obstruido y la inteligencia tan oscurecida, que le sería imposible comprender por mucho empeño que se diera. A menos, terminó -y allí es cuando el Gascón desvelaba la comedia que interpretaba-, que pudiese hablar en privado y particularmente con su hermana. Evidentemente, pretendía aprovechar esa inesperada y providencial visita, para saber más -no de la sucesión del mariscal, que para él era una minucia- sino sobre las intenciones del rey a su respecto. Por intermediación de su hermana, esperaba poder retomar la negociación que debía acabar con su puesta en libertad...

Como nadie pareció reaccionar, entonó mil alabanzas sobre la bondad del monarca al haberle concedido la gracia de ver a su hermana, esa hermana tan querida, a la que tanto amaba, en la que depositaba toda su confianza y que había realizado un tan largo viaje. Añadió que sufría de un terrible dolor, no por su detención, sino por haber disgustado al rey del cual esperaba misericordia. Acto seguido, con lágrimas en los ojos, sacó su pañuelo. La condesa de Nogent, de naturaleza muy emotiva, no pudo reprimir sus lágrimas. Los presentes tuvieron que perdonar esos primeros gestos debido a su dolor y dedicar el resto de la hora a asuntos más serios. Cuando Lauzun se serenó, inquirió si el tiempo invertido en esa primera visita había terminado. El comisario Loyauté le contestó que tan solo quedaban siete minutos. No era suficiente para retomar la charla. Más valía perderlo "que faltar a una orden del rey", declaró el prisionero. Acto y seguido se levantó y salió de la habitación en compañía de su carcelero. Madame de Nogent rompió a llorar nuevamente para luego desmayarse. Se necesitó una hora de reloj para reanimarla, a base de palmaditas, de agua fresca y de vinagre. La metieron en una silla de mano para llevarla a su alojamiento. El caballero de Lauzun, su hermano, igualmente afligido, volvió directamente a su domicilio y se metió en cama. El abogado, menos afectado, encontró la fuerza suficiente de ir a cenar con el conde de Saint-Mars.

Al día siguiente por la tarde, sábado 30 de octubre, se repitió el mismo ceremonial: subida hasta la ciudadela, entrada en el castillo, instalación alrededor de la gran mesa del gobernador y, a las dos en punto, llegada de Lauzun en la habitación. El Gascón sigue con la misma cantinela, alegando que no entiende nada y que solo una entrevista privada con su hermana le ayudaría a comprender. Pero el abogado no se dejó engañar, señalando en su informe que el prisionero "había conservado mucho juicio y claridad de espíritu" pese a las apariencias; "se constata muy bien al conocer su razonamiento, sus propias expresiones, muy precisas, que no ha perdido ni un ápice de su vivacidad y de sus luces ordinarias".

El cautivo dijo a sus interlocutores que quizá no venía a propósito proseguir con sus asuntos en un tiempo en el que sus acreedores eran todopoderosos y él mismo un miserable caído en desgracia. Mencionó al duque de Roquelaure, que fingió asignarle 60.000 libras sobre sus efectos personales, y de los que nunca tuvo noticia. Explicó al detalle de qué manera y cómo había pagado, muy caro por cierto, su cargo de capitán de guardias. Luego se preocupó por el dinero que se encontraba en sus cofrecillos y de los billetes de la tesorería correspondientes a los pagos que se le adeudaban. ¿Qué había pasado con todo su dinero? Madame de Nogent, en voz baja, preguntó a Saint-Mars si podía nombrar al intendente Rollinde. Tras una señal afirmativa, reveló a su hermano que el intendente de Mademoiselle había, sobre una orden del rey, defendido sus asuntos y que había recibido de Louvois sus cofrecillos, saldando de paso algunas de sus más acuciantes deudas. Dado que no le permitían tener un tête-a-tête con su hermana, retomó Lauzun, estaba dispuesto a delegar poderes en ella para que se ocupase de todo y a firmar los documentos necesarios para que así constara. Su intención era hacer el bien a su familia y, sobretodo, a su ahijada y sobrina carnal, la señorita de Nogent. En cuanto a sus rentas, recomendaba reservar una parte para financiar las obras de restauración del castillo de Lauzun que fueran necesarias. Otra parte debía corresponder a su madre si aún estaba viva; otra para sus hermanos y hermanas religiosas, sin olvidarse de los pobres. Finalmente, dijo resignarse a su suerte, abandonándose a la Providencia. Se quejó de la persistente humedad y frialdad de su celda, hasta el punto de que el pan se pudría en apenas 24 horas, pero que no se preocupasen por su salud pues estaba convencido que de ésta no saldría vivo.

Otra vez, Lauzun sacó su pañuelo para enjugar sus lágrimas de cocodrilo. Nuevamente, preguntó si la entrevista había llegado a su término y, pese a disponer de un rato más, renunció a proseguir y se fue sin decir nada a nadie. Madame de Nogent volvió a derramarse en un lloro interminable hasta caer desmayada.

La reunión se retomó el 31. Isarn Grezes expuso al interesado las ventajas y desventajas de la sucesión del mariscal-duque de La Force. Lauzun siguió con su disco rayado, repitiendo que no entendía nada y que otorgaba los plenos poderes a su hermana para que se ocupase de todas las gestiones necesarias. Luego preguntó a Saint-Mars si podía interesarse por la salud de sus parientes y amigos, cosa que le fue acordada. Su hermano el caballero, que hasta entonces había permanecido en silencio, le informó que su madre estaba viva, que su hermano y él servían en el ejército del rey, que su hermana Madame de Nogent tenía dos hijos y dos hijas, y que su otra hermana la marquesa de Castelmoron tenía otros tantos de su marido. La condesa de Nogent declaró que tenía intención de internar a sus hijas en un convento. Lauzun le recomendó que se abstuviera de hacerlo si ésa no era su vocación.

En la cuarta y última reunión, que se celebró el 1 de noviembre, Lauzun le dijo a su hermana que viera al rey y le asegurase que permanecía siendo su súbdito fiel, que nunca se había metido en ninguna intriga cortesana, que tiene y tendrá siempre un amargo dolor por haberle disgustado, que confiaba en su bondad, en su gracia y en su misericordia; que, aunque le había colmado de bienes y honores, tan solo necesitaba de su perdón. Aseguró que estaba dispuesto a servirle fielmente, en cualquier empleo que consintiera e incluso como soldado raso armado de una pica... También dedicó otro tanto al marqués de Louvois, declarándose su humilde servidor, pidiéndole perdón por las ofensas pasadas y que le delegaba los poderes necesarios para rubricar en su nombre sus dimisiones. Finalmente, se despidió recomendando a Madame de Nogent que hiciera el favor de cuidarse para él y que tuviese un buen regreso a París.

Su hermana quiso besarle las manos, pero Lauzun se lo negó diciendo que aquello no le estaba permitido. Saludo educadamente a sus visitantes y salió de la habitación para regresar a su celda.

Al día siguiente, al alba, sus hermanos y abogado abandonaron Pignerol, tras ser despedidos a las puertas de la ciudad por el marqués de Herleville.

(*)_El marqués de Herleville había sucedido al marqués de Piennes en su cargo de gobernador general de la ciudad de Pignerol en 1674.

Relajación

Retrato de Luis XIV de Francia y de Navarra (1638-1715), según un grabado de 1678.

La hora de la clemencia real había llegado. Mientras en el castillo de Pignerol finalizaban las conversaciones entre el prisionero y sus hermanos y el abogado Isarn Grezes, en Versailles, a fecha del primero de noviembre de 1677, Louvois firmaba la carta que iba bruscamente poner fin al secreto absoluto que pesaba sobre Lauzun y Fouquet.

A partir de ese momento, los dos caballeros podían pasearse juntos dos horas al día por las murallas del castillo, frente a sus celdas, con la condición de ir siempre acompañados por el Sr. De Saint-Mars y de hablar en voz alta. Se autorizaba también a los oficiales del torreón a jugar o a conversar con ellos, pero siempre en presencia del carcelero.

Cabe imaginar lo que debió de representar para esos reclusos, que tan solo salían los domingos para ir a la capilla, a dos pasos de sus celdas, el permiso de pasearse al aire libre y admirar el paisaje. Por lo que se refiere a las conversaciones, sabemos de sobras que esos dos zorros no habían esperado la autorización de su austero carcelero. Es pues más que probable que ambos fingieran sorpresa al verse después de tanto tiempo...

Quince meses más tarde, nuevas medidas vinieron a relajar aún más las antiguas restricciones. Podían verse en sus respectivas habitaciones, pasar el día juntos, pasear a cualquier hora del día y no solamente entre las murallas del castillo sino también fuera de ellas, sin salir de la ciudadela. En el caso de Lauzun, éste solo podía abandonar el castillo fuertemente escoltado por el conde de Saint-Mars, dos oficiales y seis soldados armados con pistolas, que tenían orden de dispararle si intentase fugarse de nuevo. El rey estaba convencido que Lauzun era más proclive a la fuga que Fouquet.

Los dos prisioneros tenían, además, el privilegio de leer los libros y gacetas que quisieran, e incluso escribir a sus familiares. Les informaron de las novedades que habían en la villa y corte, las victorias militares del Gran Rey, la promoción de unos y la caída en desgracia de otros, la vida de ermitaña de la Gran Mademoiselle, la lista de amigos y parientes desaparecidos.

Retrato de Nicolas Fouquet (1615-1680), Vizconde de Vaux y de Melun, Marqués de Belle-Isle, según un grabado de Nicolas Poilly.

A partir de la Semana Santa de 1679, el prisionero fue autorizado a confesarse una vez al mes y a oír misa cada día en compañía del ex superintendente. Al llegar la primavera, Saint-Mars ordenó que se quitasen las celosías de su ventana. En horario diurno, se abrían las rejas interiores de su ventana para cerrarlas al caer la noche. En el mes de mayo, Nicolas Fouquet tuvo la alegría de poder abrazar a su familia: su mujer, Marie-Madeleine de Castille, que había dejado con apenas 30 años de edad y que reencontró envejecida, arrugada y al borde de la cincuentena. Su hermano Gilles, su primogénito el conde de Vaux, al que había dejado con solo 5 años y volvía a ver convertido en un hermoso oficial del rey, a su benjamín Louis, nacido en 1661 y que tan solo había conocido en la cuna y, finalmente, a su hija de dieciocho años, Marie-Madeleine Fouquet, convertida en una auténtica beldad.

Por lo visto, y recurriendo a los escritos del duque de Saint-Simon, la primera cosa que hizo Fouquet fue hablar a su familia de la locura de su compañero de cautiverio. Ese pobre marqués de Péguilin, al que había dejado tan joven y muy bien encaminado en el seno de la corte, tenía la mente desquiciada por la locura de las grandezas. Menuda sorpresa tuvo al ver que le corregían sobre esa apreciación tan equivocada. No estaba loco ni mucho menos desquiciado; todo era verdad: su fulgurante ascensión, su promoción a coronel-general de dragones creada especialmente para él, luego su cargo de capitán de los guardias-de-corps, la propuesta desdeñada de un ducado y del bastón de mariscal de Francia, el puesto de gobernador de Berry, la mano aplastada de la princesa soberana de Mónaco, su frustrada boda con la duquesa de Montpensier... Ante semejante alud de confirmaciones, Fouquet estuvo tentado en creer que todo el mundo había perdido la cabeza. Hizo falta paciencia y tiempo para convencerle que todo aquello era verdad.

Si Lauzun no estaba loco, creyó enloquecer al descubrir la fascinante belleza de la hija de Fouquet. A sus 46 años, estaba súbitamente embrujado por aquella encantadora e inocente niña. Era un flechazo. Aprovechando en agosto el viaje a Moulins de Madame Fouquet, Lauzun se puso a cortejar sin medida a la joven que una austera educación provinciana entre una madre devota y una abuela meapilas habían desarmado completamente frente a los artificios de un viejo y consumado cortesano. Se opera en nuestro Gascón una prodigiosa a la par que repentina transformación. El cautivo descuidado con su apariencia y su aseo, se convierte en un galán coqueto que se mira en el espejo, se afeita la barba, ajusta sus trajes con sumo cuidado, pide botones de plata para su justaucorps, manda planchar a conciencia sus trajes de paseo. Cuando no estaba enterrado bajo un montón de mantas y encamado por culpa de la rudeza del invierno de Pignerol, montaba una de las cuatro monturas que le habían prestado y, bajo la anonadada mirada de la bella Marie-Madeleine, ejecutaba pasos y posturas estudiadas en el patio del castillo o sobre el bastión del rey. Una noche, unos oficiales le vieron deslizarse hasta la habitación de la hija de Fouquet, permaneciendo en ella hasta muy tarde. Las malas lenguas empezaron a cuchichear a placer. Para colmo, el impetuoso hombrecillo se había vuelto insolente: con la juventud, el amor le había devuelto sus garras. Naturalmente, Louvois estuvo informado. El arrogante se vio amenazado con una restricción de libertades. Visitantes que pasaban por estar relacionados con la Gran Mademoiselle, como la marquesa de Herleville, esposa del gobernador-general, o un padre jesuita, fueron vigilados o apartados.

Pero Lauzun no se contentaba con tontear con la hija de Fouquet. De nuevo, su ingenio se agitaba, auténtico hervidero de mil y un proyectos. Los escritos de Mademoiselle dejan suponer que, a finales de 1679, el Gascón consiguió  -gracias a Fouquet- asegurarse un contacto con el exterior. Se sabe por la correspondencia ministerial que también consiguió hacerse con un poco de dinero y que había enviado, a espaldas de Saint-Mars, un correo a París del que esperaba noticias. Su idea era obtener una intervención de Madama Reale, duquesa de Saboya, en recuerdo sin duda del amor que por él había sentido antes de casarse con el duque italiano. La duquesa debía escribir al rey, pedir su liberación, la restitución de su cargo de capitán de guardias y su nombramiento a la cabeza de un ejército destinado a proteger sus Estados contra las amenazas españolas. Para llevar a cabo ese quimérico plan, recurrió a su amigo Barrailh, destinatario de ese correo secreto. A principios de enero de 1680, Lauzun reclamó a Louvois el permiso para que su amigo viniera a Pignerol, con el fin de hablar sobre una importante cosa que tenía que ver con el servicio de Su Majestad. Le respondió con un rechazo. Si tenía algo que decir, podía escribirlo usando las vías ordinarias. Al mismo tiempo, el ministro le envió un sello con el fin de poder corresponder con él directamente, y otro idéntico al conde de Saint-Mars, para que éste leyera sus cartas, resellarlas y mandarle si había alguna falsedad en esa correspondencia.

Pero los acontecimientos se precipitaron. Bruscamente, Lauzun y Fouquet se enfadaron sin que se diera a conocer la auténtica razón. ¿Acaso se debió al descarado cortejo del Gascón con la hija del ex superintendente?¿O fue por pura táctica, con el objetivo de conciliarse al marqués de Louvois con la esperanza de que apoyase sus proyectos saboyanos?

Cuando se entera de que el rey había intentado comprar la plaza fuerte de Casale, pero que las negociaciones dieron al traste al ser reveladas por el ex secretario del duque Carlo IV de Mantúa, el conde Ercole Antonio Matthioli, Lauzun propone su mediación, presumiendo de su gran conocimiento del carácter del duque y de lo fácil que era para él meterse en el bolsillo a la duquesa Ana de Gonzaga-Guastalla... Todas esas gestiones fracasaron, aunque no dejaron de intrigar a Louvois.

-A la izq., detalle de un retrato de Carlo IV Ferdinando de Gonzaga, Duque de Mantúa (1652-1708). Él y Luis XIV entablaron negociaciones secretas para la venta a Francia de la plaza de Casale; negociaciones que se interrumpieron bruscamente tras ser publicadas por el conde Matthioli, ex-secretario del duque, que sería luego secuestrado y encarcelado en Pignerol por esa traición.