EL DUQUE DE LAUZUN -13-
el 27 jun En: Biografías - sin comentarios
EL DUQUE DE LAUZUN
LA EXTRAORDINARIA VIDA DEL GRAN FAVORITO DE LUIS XIV
-Parte XIII-
Escuetas Noticias
Tras su fallido intento de liberación, Lauzun volvió a su ostracismo. El gobernador solía encontrarle de rodillas, entregado a sus rezos y a sus largas entrevistas con el limosnero de la prisión. Las gélidas noches de invierno, solía enrollarse en una manta y contemplaba con tristeza cómo se consumían y crepitaban los leños de la chimenea.
"Ya no pide más noticias, informa Saint-Mars al marqués de Louvois, y cuando le pregunto que cómo se encuentra, me contesta que como un hombre que espera el final de sus desgraciados días y de sus sufrimientos (...). Se arranca la barba a puñados, que tiene ya muy larga; está en una delgadez extrema y no se queja de nada, y no quiere más traje que el que lleva desde hace tiempo."
De cuando en cuando, preguntaba por su hermana, Madame de Nogent, o por su madre la condesa Viuda de Lauzun y por sus dos hermanos menores que servían en el ejército. Tampoco se olvidaba de Mademoiselle... Tan solo una vez, y porque Louvois dio permiso de manera expresa, el conde de Saint-Mars le dio noticias de sus parientes y amigos. El intendente de la duquesa de Montpensier, Rollinde, se ocupaba en su ausencia de sus intereses materiales y financieros, cosa que le tranquilizó.
Lauzun comprendió finalmente que nunca obtendría una mejora de su situación si seguía teniendo por enemigo al implacable Louvois. Pero, ¿cómo conciliarse con un hombre todopoderoso cuando uno se encuentra a su merced y al que no se trató con deferencia cuando estaba en el zénit del favor real? Privado del privilegio de escribir cuando se le antojase y calibrando el poco efecto de sus dos misivas anteriores, tan solo le quedaba a nuestro prisionero poner en conocimiento del carcelero todo el "bien" que pensaba de su superior, a sabiendas que sus palabras serían fielmente transcritas en sus informes semanales dirigidos al ministro. A Louvois, sus remordimientos y sus halagos le parecieron muy tardíos y descaradamente hipócritas. Sin embargo, el ministro sintió la necesidad de aclarar al prisionero de Pignerol que él nada tenía que ver con su arresto y encierro, indicándole, a través de Saint-Mars, que no era de él quien debía esperar algún alivio, ya que él no le había inflingido la pena que ahora sufría...
Una cárcel de la que nadie sale
Uno se pregunta si el novelista galo Alejandro Dumas se inspiró en la época carcelaria del conde de Lauzun para "recrear", en cierto modo y con matizaciones, la dramática estancia de su héroe, el pobre Edmond Dantès, en el lúgubre castillo de If, y de la singular amistad que éste teje con otro preso que lleva más años que él en prisión: el abate Faria. Haciendo esas comparaciones, tiene uno la sensación de que Dumas haya plagiado las vivencias de Lauzun, y veréis por qué.
Saint-Mars y Lauzun formaban, desde luego, una extraña pareja que el destino había reunido involuntariamente. Todo les oponía, la situación, el carácter, el rango, la cultura. Y, sin embargo, los dos hombres acabaron por acomodarse el uno del otro. El alcaide y gobernador tomó partido de acoger con filosofía los cambiantes humores y las excentricidades de su reo y éste, haciendo al mal tiempo buena cara, se había acostumbrado a la rudeza militar de su austero guardián.
Asi eran las apariencias. En verdad, los años de lucha y de esfuerzo aún no habían agotado todas las energías del Gascón, y sería insultarle al creerle vencido. Quizás se reía en silencio por haber adormecido la vigilancia de su carcelero. El piadoso, el dulce, el resignado conde de Lauzun se preparaba activamente, desde hacía meses, para evadirse... Su plan era llegar a la corte de Turín, suplicar al rey que le hiciera regresar y tomarle nuevamente a su servicio en el seno del ejército.
Del torreón de Pignerol, y que se recordase desde tiempo atrás, nadie había conseguido evadirse. Desde el momento en que Lauzun quemó su parquet, comprendió que era inútil seguir en esa dirección. Para hacer un agujero entre el primer piso y el entresuelo, habría sido necesario instrumental cortante, recipientes para deshacerse de los escombros generados. ¿Cómo habría podido disimular esa sucia faena durante el día? ¿Qué se supone que hubiera encontrado en el piso inferior?¿Otra celda? Tampoco era viable excavar en los muros, con sus varios metros de grosor. Quedaba la ventana, con su doble enrejado de barrotes, bastante disuasorio por cierto.
La idea de hacer saltar de su anclaje aquellos barrotes con pólvora de mosquetón le vino a la mente. Para hacerse con el explosivo, se quejó del fétido olor de su aposento y pidió, como quien no quiere la cosa, el permiso para quemar un poco. El gobernador no vio en ello ningún inconveniente. Volvió con una pera llena de pólvora, la espolvoreó cuidadosamente a lo largo del borde de la ventana y encendió una mecha corta. Pero, cuando Lauzun le rogó que le dejase los instrumentos, se negó categóricamente. Jaque y mate. Entonces, el prisionero se resignó con la idea de serrar los barrotes...
¿Cómo pudo hacerse con una lima? Ésta es una pregunta que permanece todavía sin respuesta. La correspondencia de Saint-Mars no aclara nada al respecto. Cabe imaginar que el ayudante de cámara del conde consiguió sobornar a un centinela y, en ese caso, hay que comprender el silencio del gobernador al respecto. Puede, también, que haya conseguido afilar uno de sus cuchillos aprovechando los bordes de su ventana. En cualquier caso, y no dudemos de ello, la imaginación, potenciada por el enclaustramiento, no le falló. De este modo y durante meses, Lauzun se agotó en su esfuerzo por serrar los gruesos barrotes, trabajando de noche y escondiendo de día los destrozos causados por su lima. A la par que serraba sus barrotes hasta la extenuación, confeccionaba una cuerda de varios metros de largo utilizando ropa vieja y puede que alguna que otra de sus largas pelucas que, para entonces, se puso a coleccionar...
"Ha adoptado la peluca, escribe Saint-Mars perplejo, y aunque le he hecho venir dos de París, me pide otra más cargada de cabellos que las que tiene, con el fin de mantener la cabeza bien caliente. Mandaré que le hagan una en Turín que no costará más de cinco pistolas..."
Retrato de Antonin Nompar de Caumont, VIº Conde de Lauzun (1633-1723), representado en su época de prisionero en el Castillo-Fortaleza de Pinerolo o Pignerol, en los años de 1676-1678. Dibujo de A. Lucas-Fauchon.
Por fin, una noche, el último barrote cedió. Lauzun anudó su cuerda casera a un garfio metálico y dejó resbalar silenciosamente su enjuto cuerpo a lo largo de la sombra del muro de la torre. Tomó tierra en un pequeño jardín en el que estaban plantados numerosos arbustos, y empezó a explorar los alrededores teniendo siempre el cuidado de quedarse inmóvil cuando el centinela pasaba haciendo su ronda. Luego, volvió a su celda por el mismo camino, satisfecho con ese aperitivo de libertad.
Para salir le era menester franquear la muralla del torreón y la de la ciudadela, atravesar el foso lleno de agua... Cada noche, desencajaba los barrotes, tiraba la cuerda, bajaba con sus instrumentos y, a tientas, en la oscuridad de la noche, excavaba la piedra parándose siempre al pasar el centinela de guardia o al menor ruido sospechoso. Al despuntar el alba, diseminaba la grava en el vergel y remontaba hasta su ventana para echarse, agotado y sudoroso, sobre su cama. Fueron meses de intenso trabajo y en condiciones inimaginables. La primera tentativa sobre la muralla del torreón se tradujo en un fracaso. Tras haber arrancado un montón de piedras y cemento, se topó con roca viva, contra la cual nada pudo hacer. Sin desfallecer, retomó desde el principio su labor pero en otro sitio y, esta vez, logró abrirse camino excavando una estrecha galería al final de la cual vio la luz del día. Entonces, volvió a su habitación, redactó dos largas cartas dirigidas a Louvois y al rey, cogió sus cosas y, como ya había hecho decenas de veces, bajó por la muralla y se escabuyó por el túnel. Tras cuatro años de sufrimientos físicos y morales, ciertamente insoportables, tuvo la impresión de volver a la vida.

Plano de la Ciudadela y de la fortaleza de Pignerol o Pinerolo, realizado con todo detalle en 1690. A la derecha, se distingue perfectamente la situación del castillo sobre su promontorio, del que era gobernador el Conde de Saint-Mars, y en el que se encontraban recluídos cinco prisioneros, entre ellos Lauzun, Fouquet y la célebre "Máscara de Hierro".
El aire es fresco y seco. La nieve acumulada doblega las ramas de los árboles. Al horizonte, las montañas inmaculadas componen un grandioso decorado en el que sobresale la cresta del monte Viso. Sin embargo, le queda por solucionar cómo salir de la ciudadela. Desechada la idea de saltar desde lo alto de la muralla para aterrizar en las negras aguas del foso, tan solo le queda una opción: conseguir franquear el control de la puerta principal camuflándose entre los obreros o los criados que van y vienen a diario a los cuarteles, con la esperanza de pasar desapercibido a ojos de los centinelas. Mientras, es menester esconderse. Encuentra una puerta abierta y entra: es una leñera. De buena mañana, entra una joven criada para recoger unos cuantos troncos. Tras los leños apilados y escondido, Lauzun ya no es ese seductor que provocaba enamoramientos a cada paso que daba; con su rostro descarnado, su larga barba, sus cabellos enmarañados y cubiertos de polvo blanco, y su ropa sucia y arrugada, se delata como lo que es: un prisionero a la fuga. Creyendo que su desaparición ya ha sido denunciada y pensando que la joven podría serle de ayuda, sale de su escondite para suplicarle que le ayude. Si se niega, al menos que haga el favor de callarse. A cambio, le promete lo que quiera. La chica le dice que está prometida a un soldado y que si éste acepta el trato ( lo que implica que el militar tenga que fugarse con él ), entonces no tendrá de qué preocuparse. Y la criada se va con su cesto lleno de troncos, mientras Lauzun espera angustiado durante unos minutos. En vez de la sirvienta, entra un oficial. El fugitivo hace lo que puede para convencerle. Todo es en vano. El conde de Saint-Mars llega poco después. Todo ha acabado. Le devuelven a su celda. Una mujer, una sencilla criada, ha arruinado tres años de esfuerzos y ha puesto fin a una de las más sonadas tentativas de fuga de la Historia.

Retrato de Françoise de Sévigné, Condesa de Grignan (1648-1705), hija de la Marquesa de Sévigné y esposa del gobernador de la provincia de Provenza.
La corte se enteró de la noticia en medio de una general estupefacción. El 8 de marzo de 1676, la marquesa de Sévigné escribe a su hija: "Ese pobre Lauzun, ¿acaso no os apena el que ya no pueda hacer su agujero?¿No creéis que acabará rompiéndose la cabeza contra la muralla?"
Se informó a la duquesa de Montpensier de la frustrada tentativa de Lauzun, al salir del sermón de cuaresma del padre Bourdaloue. "Esa noticia me perturbó, como bien se puede imaginar -anota Mademoiselle en sus Memorias-. Todo el mundo no hacía otra cosa que hablar de ello. Las miradas se fijaban en mi. Me enteré que el rey había escuchado el relato con bastante humanidad, y puede que con pena."
Aquello le proporcionó el pretexto perfecto para escribir al rey, enviándole una apasionada carta en la que representaba el miserable estado del pobre prisionero, rogando un poco de indulgencia. Inútil fue esa carta como la que había dejado Lauzun al fugarse, y que la marquesa de Montespan leyó en voz alta ante un puñado de cortesanos que se habían reunido en sus aposentos para los juegos de mesa. El marqués de Dangeau se conmovió: "Jamás he visto una carta más tierna, más respetuosa hacia el rey y tan llena de buen sentido..."
El soberano, cada vez que se trataba de su antiguo amigo y favorito, guardaba silencio. Lo que no llegaba a entender era cómo Lauzun había podido excavar en tan gruesos muros, capaces de resistir al mejor cañón de la época, ni cómo había conseguido remover tanta tierra y tantas piedras durante meses sin despertar la menor sospecha. El mayor de la plaza fuerte, un tal Lamotte-Lamyre, tuvo que enviar por correo urgente los planos de las fortificaciones de Pignerol con el trazado del itinerario del conde de Lauzun. En cuestión de semanas, Luis XIV y Louvois tuvieron en sus manos un trozo de la cuerda confeccionada con ropa vieja y el plano detallado de la fuga, quedando hondamente impresionados por tan increíble labor. El conde de Saint-Mars, que había respondido con su vida de la seguridad del prisionero, recibió una durísima reprimenda.

Retrato de Luis XIV de Francia, realizado en 1675 por Van Schuppen.
A partir de ese momento, las cosas cambiarán. Saint-Mars impondrá una vigilancia más estricta. Se prohíbe dar al prisionero cuchillos puntiagudos, se ordena que sus muebles sean cambiados de sitio regularmente, cada noche un centinela hará la ronda bajo sus ventanas y a horas diferentes. En cuanto a ese ayudante de cámara al que se pagaba para espiar a Lauzun, será reemplazado por otro más leal y más vigilante, encerrado en una lúgubre celda a pan y agua, torturado, amenazado de muerte con tal de revelar si el prisionero tenía cómplices en el exterior. Lo dejarán pudrirse en la celda hasta 1678.
Lauzun, por su parte, no renunció a su proyecto de fuga. Rápidamente, retomó sus trabajos de excavador atacándose al hueco de la chimenea de su cuarto, único sitio que quedaba por explorar.

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