EL DUQUE DE LAUZUN -10-
el 14 jun En: Biografías - sin comentarios
EL DUQUE DE LAUZUN
LA EXTRAORDINARIA VIDA DEL GRAN FAVORITO DE LUIS XIV
-Parte X-
Lauzun versus Montespan

Retrato de la Marquesa de Montespan, sostenido por las Tres Gracias. / Abajo, a la izq., retrato en miniatura del rey Luis XIV de Francia, en blanco y negro.
El 5 de noviembre de 1671, la misma Gaceta de Amsterdam informaba a sus lectores que el conde de Lauzun iba a ser promovido mariscal de Francia. Pero se trataba de un falso rumor. La situación del Gascón era otra. Desde hacía algunos meses, el favor que el rey le prodigaba parecía disminuir y sus asuntos no avanzaban. No tan solo Luis XIV había persistido en prohibir la boda con Mademoiselle, sino que además rechazó la posibilidad de una unión secreta. Había prohibido incluso a su prima hacer efectiva la donación del principado de Dombes, cuando se dispuso nuevamente a regalárselo. Por su lado, Louvois, cuya estrella no paraba de ascender en el firmamento cortesano, se esforzaba, siguiendo su costumbre, en meter palos en las ruedas de Lauzun. El ministro, con toda la mala fe del mundo, buscaba provocarle, quitaba cargos a sus subordinados y protegidos, le dirigía duras quejas sobre sus brigadas. La mala relación de Lauzun con la marquesa de Montespan, todopoderosa favorita real, iba a precipitar los acontecimientos. No había perdonado a la amante de Luis XIV, el haber intervenido para hacer fracasar su boda con la duquesa de Montpensier y, desde entonces, la cubría de lodo.
Testigo de ese momento, el marqués de La Fare cuenta en sus Memorias: "Me acuerdo que volviendo del Languedoc, pocos días después de la ruptura de esa boda, me encontré con el Sr. de Lauzun en casa de una de mis parientes en Saint-Germain, de la que era muy amigo y, después de haberme preguntado si no había yo lamentado la desgracia que había sufrido, habló de la marquesa de Montespan con tanta indignación y desprecio como un hombre que ya no se domina. Cuando volví a París, para ver a una dama, amiga del Sr. de Lauzun, de la que estaba yo pérdidamente enamorado, le dije: Vuestro amigo Lauzun está perdido y no llegará a pasar los próximos seis meses en la corte."
Si hay algo seguro en el comportamiento de Lauzun, es que buscaba por todos los medios obstaculizar a la poderosa y triunfante favorita. El miércoles de cenizas, al alba, corrió al convento de Chaillot en un vano intento de hacer regresar a la corte a Madame de La Vallière que, precisamente, había formulado el deseo de tomar el velo. Pese al refuerzo del mariscal de Bellefonds y del ministro Colbert, todo el asunto se fue al traste y fue de vox populi que él había sido el que todo lo había manipulado e instigado.
En esas relaciones difíciles de tira y afloja entre Lauzun y la Montespan, hubo un momento de aparente tranquilidad en la primavera de 1671. Durante el viaje a Flandes, el capitán de guardias le había cedido sus caballos de carroza y, a su regreso de Amsterdam, le había hecho llegar por medio de su amigo Guitry cinco o seis óleos de maestros holandeses. La favorita, complacida por sus atenciones y con la boca pequeña, se había finalmente reconciliado con el conde.
Las camas también tienen oídos

En otoño, el mariscal-duque de Gramont sintiendo el peso de los años, dimitió de su cargo de coronel del regimiento de guardias-francesas, el más importante y más hermoso regimiento de infantería de todo el ejército galo ya que era parte integrante de la Casa Militar del Rey. Le habría gustado ceder el cargo a su primogénito, el conde de Guiche, pero el rey no apreciaba a ese intrigante que durante un tiempo tuvo que exiliarse en Holanda. Luis XIV se negó a dar su beneplácito. Puesto que el cargo estaba vacante y suscitaba codicia entre los cortesanos, Lauzun deseó hacerse con él pero, dado su próximo parentesco con el mariscal de Gramont, no osó pedirlo abiertamente. He aqui por qué finalmente, y superando su aversión, recurrió a Madame de Montespan. La bella marquesa fue todo sonrisa, prometió que solicitaría el cargo para él, sin decir al rey que él le había hecho esa confidencia y que ambicionaba el cargo.
El Gascón, sin embargo, siguió desconfiando. Después de todo, la bella Athénaïs ya le había traicionado una vez... Es entonces cuando toma la más atrevida y azarosa decisión de su vida, y de la que en ninguna parte se ha oído hablar antes, como puntualiza su cuñado Saint-Simon en sus Memorias.
Gracias a una doncella, de la que era a todas luces amante, consiguió hacerse introducir en el apartamento de la marquesa de Montespan y se deslizó bajo la cama de su alcoba, esperando agazapado la llegada de Luis XIV y de la favorita, cosa que no tardó demasiado en producirse... "Allí escuchó todos los comentarios que dijeron sobre él el rey y la favorita, y ésta, que le había prometido todos sus buenos oficios, le devolvió los peores y más malévolos servicios que pudo, cubriéndole de lodo." Una tos inoportuna, un leve movimiento, el más leve azar habría podido descubrirle. Tuvo una suerte increíble en cualquier caso porque, de haber sido descubierto, ¿qué le habría ocurrido?
El rey y la marquesa salieron finalmente de la cama. Luis XIV se vistió y volvió a sus aposentos mientras ella se fue al tocador para asearse, antes de acudir a la repetición de un ballet dónde los reyes y toda la corte debía acudir. La doncella sacó al conde de Lauzun de debajo de aquella cama y, por lo visto, ni siquiera necesitó ir a sus aposentos para reajustarse. De allí, fue directamente a pegar la oreja a la puerta de la marquesa. Cuando ésta salió de sus aposentos para dirigirse al ensayo del ballet, Lauzun le presentó la mano y le pidió con suma dulzura y respeto, si podía presumir que ella se había acordado de él cuando estaba con el rey. Con aplomo, la Montespan le aseguró que asi lo había hecho y le contó todos los supuestos halagos que hizo de él ante el monarca, cantando sus virtudes. De cuando en cuando le interrumpió con crédulas preguntas para mejor pillarla en sus mentiras y, acercándose a su oído, Lauzun le dijo sonriendo que era una embustera, una bribona, una pícara, una puta perra, y le repitió palabra por palabra toda la conversación que ella había mantenido con el rey. La marquesa fue tan sumamente turbada que ni siquiera encontró la fuerza y el suficiente descaro para replicarle. Petrificada y sin habla, lívida, sin aliento, intentó proseguir su camino y guardar la compostura. A duras penas pudo llegar al lugar de la repetición del ballet, sobrellevando con gran dificultad su malestar e intentando esconder el incontrolable temblor de todo su cuerpo, con tal suerte que al entrar se desvaneció ante toda la corte. Tuvieron que hacer, los allí presentes, grandes esfuerzos para conseguir que volviera en si...
Una escena de vodevil inaudita, ciertamente, pero cien por cien cierta. Erróneamente, Saint-Simon y otros biógrafos de Lauzun situaron la escena dos años antes, durante el asunto de la Gran Maestría de la Artillería, pero múltiples indicios señalan que tuvo lugar en el año de 1671. Racine, historiógrafo del rey, el diplomático Primi Visconti y el magistrado Philibert Delamare, consejero en el Parlamento de Dijon, corroboran la increíble historia de la cama en sus memorias y diarios. Los marqueses de Saint-Maurice y de Saint-Hillaire van hasta consignar en sus cartas los insultos que Lauzun soltó a la Montespan, con diferentes versiones.
Retrato de François III D'Aubusson, 1er Duque de La Feuillade y 6º Duque de Roannès (1631-1691), Coronel del Regimiento de Guardias-Francesas tras la dimisión del Duque de Gramont en octubre de 1671.
La marquesa de Sévigné, en una carta fechada a 14 de octubre de 1671, hace alusión a los dos hijos del mariscal de Gramont que perseguían hacerse con el cargo de su padre. El 28 de octubre, la oficialísima Gaceta Real anunciaba que el duque de Gramont había entregado su dimisión y que el rey había nombrado en su lugar a François III d'Aubusson de La Feuillade, duque de Roannès. La anécdota, por tanto, tuvo que producirse entre esas dos fechas, puede que el 25 o 26 de octubre, unos días antes de la salida de la corte para Versailles.
La soga al cuello
El Palacio de Versailles en 1671, con su fachada Oeste sobre las fuentes de los jardines.
Es probable que la marquesa de Montespan, anonadada por la revelación de su conversación íntima con el rey, guardó en primera instancia el silencio, preguntándose cómo ese endemoniado Gascón había podido ser informado, llegando incluso a dudar de la discreción de su real amante.

Retrato de Julie D'Angennes, Duquesa de Montausier (1607-1671), Dama de Honor de la Reina Maria-Teresa de Austria. / Abajo, retrato en miniatura de la Duquesa de Richelieu.
A mediados de noviembre surgió una nueva intriga a raíz de la muerte de Julie d'Angennes, duquesa de Montausier. Se trataba de sustituir a la difunta en su plaza de dama de honor de la reina. Dos candidatas aspiraban al puesto: la duquesa de Richelieu y la mariscala-duquesa de Créqui. La Montespan habiéndose declarado favorable a la primera, Lauzun avaló inmediatamente a la segunda y quiso obligar a la favorita a cambiar de opinión. Ésta se negó en redondo y triunfó cuando la duquesa de Richelieu fue nominada. Entonces, y por segunda vez, se desencadenó la ira de Lauzun. Asustada por las amenazas del Gascón, y siguiendo los consejos de Madame Scarron, decidió contarlo todo al rey y forzar su detención. ¿Qué pasó luego? Sin lugar a dudas, tuvo que producirse una acalorada discusión entre Lauzun y Luis XIV. Primi Visconti asegura que el Gascón escupió los peores calificativos para insultar a la favorita, afirmando cruelmente que Monsieur y él mismo habían obtenido sus favores antes que el rey. Su interlocutor le replicó secamente que tenía cinco días para presentar sus excusas a la marquesa de Montespan. Informado indirectamente por el mariscal de Gramont, el nuncio apostólico Francesco Nerli escribió el 2 de diciembre que, desde hacía ocho o diez días Lauzun se mostraba preocupado porque había discutido acalarodamente con el rey tras su trifulca con Madame de Montespan, y que no había obtenido una respuesta favorable después de haber presentado al rey una memoria con el más profundo respeto. Su Majestad la había recibido con expresión grave; que Lauzun dijo un día a un amigo suyo: "Tengo una soga al cuello y no sé quién me la quitará para que no me estrangule."
Lentamente, el cerco se cerraba alrededor del capitán de guardias-de-corps. Una noche, en Saint-Germain, el conde d'Ayen confesó a Mademoiselle que le habían preguntado si el Sr. de Lauzun estaba detenido. La noticia era falsa pero no evitó que la princesa se preocupara...
El lunes 23 de noviembre, al salir del almuerzo de la reina, ella misma interpeló a Lauzun:
-¡Me voy a París! le dijo a Antonin.
-¡Menuda fantasía! Vinisteis ayer de allí, quedaros.
-No sé qué me pasa, pero siento una pena tan horrible que no puedo permanecer aqui...
París en el siglo XVII con una vista del Pont-Neuf sobre el Sena, al fondo el Palacio del Louvre y a la derecha el Muello de los Grandes Agustinos.
Lloró durante todo el viaje, asaltada por las peores premoniciones. Al día siguiente, Lauzun, de paso por la capital por espacio de dos días, hizo una visita a Mademoiselle en el Luxemburgo. Fue amable, encantador y como buscando el modo de consolar a la duquesa que veía con los nervios a flor de piel cómo se desvanecían poco a poco sus sueños matrimoniales. No debían volver a verse hasta pasados diez años.
El golpe de gracia

El 25 de noviembre de 1671, hacia las siete de la tarde, Lauzun volvía a Saint-Germain después de pasar toda la jornada en París. Bajó de su carroza y se encerró en su aposento dónde tenía la costumbre de meditar en la oscuridad de su alcoba. Una hora más tarde, el marqués de Rochefort, capitán de la guardia-de-corps en servicio, el caballero de Forbin, mayor, acompañados por varios guardias equipados con antorchas, irrumpen en la galería que conduce hasta su apartamento. Rochefort llama repetidamente a su puerta hasta que consigue sacar de su somnolencia a Lauzun quien abre sin desconfiar. Al verles, cae en la cuenta:
-¡Vienes a arrestarme!- dice a su amigo.
-Créeme que todo esto me disgusta en el fondo del alma, pero hay que obedecer al amo; entrégame tu espada y sígueme.
De rabia, el conde desenvaina su espada para tirarla desdeñosamente al suelo. Los guardias le apresan y empiezan a registrar todo su apartamento. Llegados a la puerta de su gabinete de trabajo, cerrada con llave, le piden que la abra. Se niega, asegurando que no hay nada en su despacho que pueda interesar al servicio del rey. Puesto que persiste en su negativa, Rochefort no tendrá más remedio que ordenar hundir la cerradura. Poniendo el gabinete de trabajo patas arriba, se hacen con varios cofrecillos y diversos papeles que son inmediatamente confiscados y precintados. Escoltado como un vulgar malhechor, Lauzun atravesará el patio interior de palacio para mayor sorpresa de los cortesanos que se cruzan con la comitiva. Le conducen al apartamento de Rochefort donde el Sr. de Chazeron, teniente de la guardia, ha recibido la orden de velar sobre él toda la noche. En vano, el prisionero suplicó que el rey o la marquesa de Montespan le dieran audiencia. En vano, también, preguntó sobre las razones de su detención. En vano, finalmente, protestó de su inocencia. Cuando se percató que todo era inútil, se sentó frente al fuego de la chímenea y rehusó probar bocado, mirando fíjamente los troncos llameantes. Suspiró, murmurando: Resquiescat in pace.
Y sin embargo, Lauzun todavía no es consciente de lo que se le viene encima. Ni por asomo se imagina cual va a ser su suerte, qué destino le reservan sus enemigos.
Patio interior del Castillo de Saint-Germain-en-Laye. / Abajo, izq., retrato de Charles de Batz de Castelmore, Conde D'Artagnan (c.1611-1673), Capitán Lugarteniente de los Mosqueteros Grises.
El 26 de noviembre, al alba, Chazeron despierta al conde de Lauzun para servirle su desayuno y conducirle hasta el patio de palacio, donde le esperan un carruaje y cien mosqueteros con casaca azul y oro. A la cabeza de éstos está su capitán-lugarteniente, el conde d'Artagnan*, el mismo que años atrás había detenido en similares circunstancias al superintendente Nicolas Fouquet. Lauzun, sorprendido por semejante equipaje mobilizado únicamente para él, abraza a su amigo Brouilly, mayor de la guardia, antes de subir en el carruaje en compañía del conde d'Artagnan, del joven primo de éste, Pierre de Montesquiou**-futuro mariscal de Francia-, entonces subteniente de la Guardia-Francesa, y de un oficial de los mosqueteros, el Sr. de Maupertuis. Apenas se cierra la puerta sobre los pasajeros que arranca el convoy.
-Creo que Mademoiselle estará muy disgustada cuando se entere de la situación en la que me encuentro!- suspiró el prisionero.
Durante cuatro o cinco leguas, Lauzun permanece en silencio, mirando fijamente el triste paisaje que se ofrece a sus ojos en este frío mes de noviembre. Cierto es que tampoco está encantado con la compañía del conde d'Artagnan, con el que se había enfrentado un año atrás durante la revista de sus tropas en Hesdin. Estaba tan triste y abatido que tan solo conversaron los que le custodiaban. Las charlas sobre anécdotas pasadas, la guerra, las ocasiones en las que se habían encontrado, las campañas del rey, de equipajes y de caballos, ya no interesaban al Gascón. Creyó que le dejarían en la cárcel de Pierre-Encize, cerca de Lyon, pero cuando le informaron que en realidad le llevaban a la fortaleza de Pignerol, suspiró: "Estoy perdido".
Pignerol

Precediendo el convoy, el tesorero general de la Orden de San Lázaro, un tal Sr. de Nallot, para colmo agente secreto del ministro Louvois, galopaba en dirección de los Alpes portador de una Instrucción para la guardia del Sr. de Lauzun, destinada al conde de Saint-Mars, gobernador de la ciudadela de Pignerol. Ese documento insistía sobre el hecho que el alcaide debía ser mucho más vigilante "con ese prisionero que con aquel que fue necesario en su día, porque era capaz de cualquier cosa para corromper a quien fuera, más que el Sr. Fouquet."
El 9 de diciembre, el Sr. de Saint-Mars daba parte a Louvois de qué manera entendía guardar a su nuevo huésped:
"El Sr. de Nallot llegó el 5 de este presente mes, entregándome en mano la carta y la instrucción que habéis tenido la bondad de enviarme a través de él. (...) Os dirá, Monseñor, que lo alojaré en dos habitaciones bajas que están debajo del Sr. Fouquet. Son aquellas donde vio Vuecencia las ventanas con gruesos barrotes de hierro por dentro. Del modo que he ordenado hacer en ese lugar, responderé con mi vida de la seguridad del Sr. de Lauzun, asi como de todas las noticias que pudiera dar o recibir (...).
El lugar que le hago preparar es tal que no puedo mandar hacer agujeros para verle en sus aposentos. Pretendo estar al corriente de todo lo que haga y diga por muy nimio que sea y mediante un ayudante de cámara que le proporcionaré, tal y como me ordenáis (...). Me ordenáis que tan solo se dé misa al Sr. de Lauzun los domingos y días festivos, cosa que haré al pie de la letra (...). El confesor del Sr. Fouquet le confesará en Semana Santa y no más, pase lo que pase..."

Retrato de Antoine de Brouilly, Marqués de Piennes (ob.1676), Gobernador General de la ciudad de Pignerol o Pinerolo.
El 12 de diciembre, el convoy de D'Artagnan llega ante Pignerol, pequeña ciudad al pie de los Alpes, con sus casas de color ocre y tejas vermellón, sus plazas sombreadas, su bosque de campanarios, sus conventos a cada esquina y sus austeros cuarteles dónde los hombres del gobernador general, el marqués de Piennes, atestiguaban de la presencia militar francesa. Ante todo, y en ese siglo XVII, Pignerol era una ciudad de destacamentos militares, una plaza fuerte ceñida con un imponente sistema defensivo con sus bastiones de piedra blanca y sus media-lunas rodeadas de aguas estancadas. Dominando la ciudad, la flecha de la iglesia de San Mauricio y, no lejos de ella, encaramada sobre su promontorio, la ciudadela, orgullosa obra de arte de la fortificación restaurada por el genial y hábil Sr. de Vauban: ocho bastiones, cuatro media-lunas, una obra con cuernos, otras dos en tenazas, una torre de vigía y una doble muralla. En el centro, el torreón y sus misterios. Nada era más ingrato a la vista que ese castillo-fortaleza del medievo modificado varias veces y en parte reconstruído (en 1666), tras saltar por los aires uno de sus polvorines. En 1671, se componía de tres cuerpos de viviendas rectangulares flanqueadas por cinco torres circulares, cuatro torres en los ángulos y una sobre la fachada meridional. Una sexta, mucho más alta que las demás, llamada Belvedere, que figura sobre ciertos grabados, había sido arrasada en 1650 por razones balísticas, al caber la posibilidad de representar un objetivo para los cañones enemigos.

Retrato de Sébastien Le Prestre de Vauban, Señor y más tarde 1er Marqués de Vauban (1633-1707), Ingeniero y Arquitecto Militar Real, Comisario-General de Fortificaciones, Mariscal de Francia y Caballero de las Ordenes del Rey. Entre sus magnas obras de ingeniería, se distingue la ciudadela y la fortaleza de Pignerol...
Porque había nevado abundantemente, la carroza no pudo atravesar la Puerta de Francia y tuvo que seguir su camino hacia el Sur, para penetrar por la Puerta de Turín. Después de cruzar un doble puente levadizo, el convoy entró en la ciudad desembocando sobre la plaza de la catedral de San Donato, para luego girar a la derecha y coger una estrecha y pintoresca calle que bordeaba el hospital militar y el convento de los Cordeleros.
A la entrada de la ciudadela, el coche franqueó otros dos puentes levadizos, saludados por la guardia. Se encarriló lentamente por la pendiente que conducía entre dos murallas hasta la puerta del torreón. Llegado hasta arriba, el carruaje se paró. Los ocupantes descendieron mientras los mosqueteros descabalgaban sus monturas. El aire era fresco y puro. Ante la puerta del siniestro torreón se encontraba el hombre con quien Lauzun iba a pasar los más largos años de su existencia: Bénigne D'Auvergne, conde de Saint-Mars, que acabará su carrera como gobernador de La Bastilla. Con cuarenta y cinco años, de rostro agradable y aire altivo, no daba la impresión de ejercer la profesión de carcelero. Pero, bajo su apariencia amable se escondía un hombre severo y muy estricto. De su larga vida en los ejércitos del rey, ese mariscal-aposentador de los mosqueteros en misión especial, había conservado un aspecto afectado, estirado, y el espíritu de disciplina del militar de carrera.

Retrato de Bénigne D'Auvergne, Conde de Saint-Mars (1626-1708), Gobernador y alcaide del Castillo de Pignerol.
Sumido en una profunda tristeza, Lauzun franqueó las impresionantes rejas, las enormes puertas claveteadas. Se estremeció al oír chirriar los cerrojos y cerraduras que se cerraban tras su paso. Tenía la sensación de sufrir una pesadilla interminable. Finalmente, le hicieron pasar a su 'aposento': una habitación precedida de una antecámara, ambas muy espaciosas y bien iluminadas pero bastante bajas de techo. Ese alojamiento, cercano al del gobernador, estaba lo suficientemente aislado para que no se pudiera oír el menor ruido exterior. Las ventanas daban sobre la ciudad y el campanario de San Mauricio. Aún estaban los obreros instalando celosías interiores en las ventanas, que solo se podían abrir con una llave. La gran chimenea también estaba provista de sólidos barrotes de hierro colado. D'Artagnan hizo un signo de satisfacción tras echar una ojeada y felicitó al comisario de guerras, un tal Loyauté, por haber tan bien preparado todas las cosas necesarias a la seguridad y comodidad del prisionero. En cuanto a Lauzun, más desesperado que nunca, preguntó al alcaide si Louvois no le había mandado un mensaje:
-Nada!
-Pignerol,-dijo Lauzun- es una hermosa plaza pero jamás quise escuchar al Sr. de Piennes cuando me propuso comprársela. Jamás he tenido amor por ella. Ruego a Dios no perder la cabeza aqui. Cuando me enteré en el camino que iba aqui, fue para mi un mal trago, aunque... siempre he tenido por vuestra persona la más profunda estima. Ahora veo que mis temores estaban fundados, pues me habéis instalado un alojamiento "in saecula saeculorum"(1).
La coletilla de la frase de Lauzun en latín gustó a Saint-Mars, quien la escribió al ministro Louvois y, pronto, toda la corte lo supo. Lauzun estaba encerrado in saecula saeculorum... La marquesa de Sévigné escribió a cuenta de la repetida frase: "Creo que habríamos respondido en algunos sitios Amen, y en otros No."
Prisionero a cuerpo de rey
Cual fuera la amplitud de la cólera de Luis XIV contra su capitán de guardias-de-corps, era evidente que no era cuestión tratarle con dureza y crueldad. Bajo su reinado, en el que se preocupaba uno de la precedencia, cada súbdito ocupaba un puesto bien definido según su nacimiento o su rango. Tras los barrotes se reencontraba uno con la misma jerarquía del mundo exterior, con su protocolo y sus pequeñas vanidades. En Pignerol como en La Bastilla, los criados, los pequeños espías, los timadores y rufianes de todo tipo tan solo tenían derecho a una simple celda amueblada con lo justo y necesario y, por alimentación, una asquerosa sopa, una hogaza de pan y un poco de agua. Los burgueses y gentileshombres de la pequeña nobleza se beneficiaban de celdas más confortables y de una mesa mejor aprovisionada. Los duques, los príncipes, los grandes oficiales de la Corona, los miembros del Parlamento gozaban de un inmejorable régimen carcelario: aposento más lujoso y platos refinados. Es de esta última manera en que Lauzun fue tratado.
Un curioso inventario conservado en los Archivos Nacionales de Francia, fechado a 10 de febrero de 1672, nos proporciona al detalle el ajuar con su mobiliario y guardarropa adquirido para proveer al conde de Lauzun:
-Tapicería de tapiz de Bérgamo, para amueblar la cámara y antecámara, 224 libras.
-Armazón de madera para la cama con dos colchones, una cama de plumas, dos mantas, un cubre-camas, dos sillas, dos mesas, dos alfombras, dos cortinas de ventana, 800 libras.
-Dos pares de 'morillos', palas, pinzas, tenazas, una cama para el criado, 250 libras.
-Una escudilla de plata con dos antorchas, un aguamanil con tapa, un salero, dos cucharas, dos tenedores y dos cuchillos, 460 libras.
-Bandejas, platos de estaño, cristalería, 153 libras.
-Cuatro pares de sábanas de tela fina para la cama, otros cuatro para su criado, veinticuatro docenas de servilletas, 624 libras.
-Ornamento completo de una capilla para el servicio y decir misa, 460 libras.
-Un espejo, peine, cuchilla de afeitar, aseo y tapete verde guarnecido de encaje, 88 libras.
-Dos pares de medias de seda, una bufanda de tafetán negro, dos gorros de lana, zapatos y zapatillas, cuatro pares de guantes, 76 libras.
-Doce camisas de tela de Holanda, con sus manguitos de encaje, 257 libras.
-Doce calzones, doce cofias de noche de encajes y una docena de pañuelos, 142 libras.
-Dos albornoces o batas, dos mudas de ropa interior, seis corbatas de encaje y cuatro camisones de tela de Holanda, 279 libras.
-Traje completo, ropa, un gorro, medias para el criado, 148 libras.
-Baúl para guardar la ropa, una gran pantalla para la chimenea, un biombo, 63 libras.
Si añadimos a la lista los gastos ocasionados para incorporar a la compañía del Sr. de Saint-Mars una treintena de hombres más, los primeros gastos para dar de comer al prisionero y a su ayuda de cámara, las provisiones de madera y de candela para el invierno, el coste de esta encarcelación se cifraba en 10.574 libras!
(*)_Charles de Batz de Castelmore, Conde D'Artagnan 'por cortesía' (h.1611/1615-1673) gentilhombre de Gascuña nacido en el castillo de Castelmore, cerca de la localidad de Lupiac, llevaba el nombre del señorío de Artagnan, feudo de la familia de su madre Françoise de Montesquiou d'Artagnan, en Bigorre, sencillamente porque su familia materna tenía un prestigio en la corte que no poseía la de su padre. En 1630, llega a París para ingresar en los cadetes de las Guardias-Francesas, escuela militar del entonces conde de Troisville más conocido como Tréville, capitán de la Compañía de Mosqueteros del Rey. Su ingreso en el cuerpo de los Mosqueteros se produce aproximadamente en 1644, bajo la protección del cardenal Mazarino, y al mismo tiempo que su amigo y tocayo François de Montlezun, señor de Besmaux y futuro gobernador de La Bastilla. En 1646, la compañía sería disuelta por el cardenal. Tanto el primer ministro como el rey le confiaron delicadas misiones, y su fidelidad sería recompensada en 1652 con su nominación de teniente en las Guardias-Francesas. En 1655, compra el cargo de capitán. En 1657, se convierte en el jefe de la primera compañía de Mosqueteros Grises. En 1661, se encarga de la detención y traslado de Fouquet a la prisión de Pignerol. En 1667, el rey le nombra gobernador de la ciudad de Lille, donde sería muy impopular...
(**)_Pierre de Montesquiou d'Artagnan, Conde D'Artagnan y de Montesquiou (1640-1725), mosquetero del rey y, más tarde, mariscal de Francia, era primo-hermano del anterior.
(1)_"In Saecula Saeculorum" significa "Por los siglos de los siglos".

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