EL DUQUE DE LAUZUN -9-
el 11 jun En: Biografías - sin comentarios
EL DUQUE DE LAUZUN
LA EXTRAORDINARIA VIDA DEL GRAN FAVORITO DE LUIS XIV
-Parte IX-
El Veto Real
Durante la jornada del 18 de diciembre, la duquesa de Montpensier recibió en su alcoba a la marquesa de Sévigné. Preocupada por la lentitud con que se llevaba el asunto de la boda con Lauzun, la marquesa le dijo:
-Dios mío, Mademoiselle, os encuentro muy contenta; pero, ¿qué esperáis para acabar cuanto antes con este asunto para el lunes? ¿Sabéis muy bien que semejante retraso da tiempo a todo el reino para hablar y que es tentar a Dios y al rey el querer llevar tan lejos un asunto tan extraordinario?
La advertencia de Madame de Sévigné no pareció inquietarla: en unas horas la boda sería bendecida. Todo se habrá acabado; será ante Dios y los hombres la esposa de Antonin Nompar de Caumont, conde de Lauzun y duque de Montpensier.
Sobre las diez de la mañana, se presentó su futura cuñada, la condesa de Nogent, informando que el contrato aún estaba por pasar a limpio y que era menester retrasar la boda para mañana. Cayendo en viernes, Mademoiselle se negó en redondo casar en tan mal día, indicando que, a partir de las 12 de la noche y entrando en sábado, era el momento más propicio. Luego llegó el novio, que a duras penas pudo abrirse camino entre el gentío que volvía a invadir las antecámaras del palacio de Luxemburgo. Ambos decidieron que aprovecharían la mañana del viernes para confesarse juntos. Ese mismo día, el contrato matrimonial debía ser firmado por el rey, la reina y el delfín. A las cinco de la tarde, preveían que estarían en Charenton, en casa de la mariscala de Créqui, iniciándose la ceremonia a la medianoche y celebrada por el cura del pueblo. El sábado por la mañana, siendo ya oficialmente casados, volverían juntos a París y Lauzun acudiría al almuerzo del rey. El domingo, Mademoiselle debía volver a los aposentos de la reina para ocupar su sitio...

Retrato de Anne-Marie-Louise de Orléans, Duquesa de Montpensier (1627-1693), según un grabado de Balthazar Montcornet.
Dicho esto y tras recibir las visitas de rigor, a las que la duquesa enseñó la nueva alcoba del novio, Lauzun se despidió sobre las siete. Una hora más tarde, un mensajero del rey se presentó en palacio y le informó que su primo-hermano quería verla enseguida, en El Louvre.
-¿Está jugando?, inquirió.
-No. Está en los aposentos de Madame de Montespan.
Entonces su presentimiento se convirtió en certidumbre.
-Estoy en el desespero, mi asunto está acabado!

Retrato en grupo de la Familia Real de Luis XIV, representados en divinidades del Olimpo, según el pintor de cámara Jean Nocret c.1665; de izq. a derecha se puede reconocer a la difunta Enriqueta-Ana de Inglaterra, a Felipe, Duque de Orléans como Neptuno, con dos de sus hijas; la difunta reina-madre Ana de Austria como Juno; las princesas de Orléans, hijas de Gastón como ninfas; Luis XIV representado como el dios Apolo; a su vera, la reina Maria-Teresa de Austria con el Gran Delfín y el Duque de Anjou; detrás de ella, en pie, la Duquesa de Montpensier como Atenea. / Abajo, a la derecha, esbozo de un retrato de Maria-Teresa de Austria (1638-1683), Reina de Francia, según P. Mignard.
No se había equivocado. Todo había cambiado en esa jornada del jueves. De buena mañana, el rey había dado instrucciones a su ministro de Asuntos Exteriores para que diera parte de la boda de su prima-hermana con el conde de Lauzun a todas las embajadas extranjeras. Pero la reina, Monsieur, los príncipes y princesas de la Sangre, Condé, Contí, incluso la medio-hermana de Mademoiselle, la duquesa de Guisa, los ministros Le Tellier y Louvois se habían reagrupado, por no decir conjurado, para redoblar sus presiones sobre el rey, solicitándole que pusiera punto y final a esa comedia intolerable. La reina había
declarado a todo el mundo que si la obligaban a firmar ese contrato matrimonial, rogaría a Dios que se le secase la mano. Para colmo, la vieja Madame, viuda de Gastón de Orléans y madrastra de Mademoiselle, había escrito de su puño y letra dos cartas rogándole al rey que evitase la boda. A los conjurados se unió el canciller Séguier, conferenciando con el monarca durante más de una hora. Él también era hostil a esa unión. Luis XIV había resistido a todas las presiones... Pero, usando de otra táctica, la princesa de Saboya-Carignano se fue directamente a ver a la marquesa de Montespan para inducirle a que se opusiera, ella también, al matrimonio de Mademoiselle con Lauzun. Le insinuó que, tarde o temprano, el rey se lamentaría de haber dado su acuerdo y que si ella, por su amistad con Lauzun, le había respaldado para bendecirlo, se lo reprocharía y caería irremediablemente en desgracia.
Ni que decir que la intervención de la marquesa de Montespan en el asunto, hizo inclinar la balanza a favor de los enemigos de Lauzun. El rey, comprendiendo su error, resolvió convocar a Mademoiselle.

Retrato alegórico de Françoise Athénaïs de Rochechouart de Mortemart, Marquesa de Montespan, favorita oficial del Rey, figurando como Iris, según Ferdinand Elle.
La princesa subió a su carroza, acompañada por la condesa de Nogent. Al llegar a las puertas del Louvre, el mismo mensajero le indicó que debía dirigirse a la alcoba del rey pasando por la guardarropía, donde el conde de Rochefort, capitán de la guardia en servicio, le rogaría que esperase un instante. Dicho y hecho... El ruido de una puerta que se cierra discretamente hizo comprender a la duquesa que se introducía a alguien más. Finalmente, Luis XIV la recibió. En apariencia estaba solo, con el rostro grave, disgustado.
-Siento mucho lo que tengo que decirle.-empezaba- Me han contado que se decía por ahí que os sacrificaba para hacer la fortuna del Sr. de Lauzun; eso podría perjudicarme en los países extranjeros...
Y expuso las razones por las que se oponía formalmente ahora a sus proyectos, resuelto a prohibirlo pero, añadía, que podría escoger marido entre toda la nobleza de Francia a excepción del conde de Lauzun, y que él mismo la llevaría al altar.
-Tenéis razones de sobras para quejaros, -prosiguió- ; golpeadme si queréis. No hay furia que sintáis que no merezca ni sufra.
Mademoiselle esperaba esa noticia y, aún y asi, se derrumba bajo el golpe propinado por el rey.
-Ah! Sire, ¿qué me decís? Menuda crueldad! Mejor sería matarme que ponerme en el estado en que me metéis... ¿Qué será de mi? ¿Dónde está, Sire, el Sr. de Lauzun?
El rey le aseguró que el conde estaba bien y que no debía temer mal alguno por su parte. En sus Memorias, Mademoiselle relató ese patético momento en el que se decidió su destino: "Hincó las rodillas en el suelo al mismo tiempo que yo y me abrazó. Estuvimos tres cuartos de hora asi, abrazados, su mejilla contra la mía; lloraba tanto o más que yo..." Si. El rey lloraba con ella, pero no iba a echarse atrás. No se podía celebrar la boda de ningún modo.
-Ah!¿Por qué habéis dado tiempo a la reflexión?-le confesó-¿Por qué nos os disteis prisa?
Retrato de Luis II de Borbón, Príncipe de Condé (1621-1686) alias "El Gran Condé", en una miniatura de la época. En la corte, se le conocía simplemente como "el Señor Príncipe".
Mademoiselle le replicó que ¿quién iba a dudar de la palabra de un rey? Jamás había faltado a su palabra con nadie, salvo con ella y Lauzun. Siguió lamentándose y gimoteando, queriendo morir al instante, diciendo que le había arrancado el corazón... Y alguien tosó tras la puerta que lleva a los aposentos de la reina. La duquesa adivinó fácilmente la identidad del intruso que el rey había convertido en testigo mudo de la escena.
-¿A quién me sacrificáis, Sire?¿Al Sr. Príncipe?
En efecto. Era nada menos que el príncipe de Condé quien escuchaba agazapado tras la puerta; ese mismo que se había violentamente opuesto al matrimonio de su prima pero que, de cara a la galería, fingió moderación y discreción. Luis XIV evitó responder a la pregunta. A cambio de su sumisión, prometió que le concedería todo cuanto quisiera:
-Ah! Sire, solo os pido una cosa: que mantengáis vuestra palabra.
-Los reyes deben satisfacer al público! dijo bien alto para que Condé lo oyera claramente.
-Los que os han llevado a hacer esto se burlarán de vos! sentenció Mademoiselle.

Perspectiva del Palacio del Louvre junto a la parisiense calle Saint-Honoré, a finales del siglo XVII.
Estaba todo dicho. Salió de la cámara real hecha un basilisco y, en el trayecto del Louvre hasta el Luxemburgo, de rabia rompió uno de los cristales de su carroza. Llegó sobre las nueve, cuenta un testigo espantado*, iracunda, irrumpiendo ante sus visitantes hacinados en la sala de los guardias, con el rostro desencajado, toda despeinada como una Medusa, vomitando toda suerte de imprecaciones contra los responsables de su desgracia, amenazando con los brazos cielo y tierra, gritando como un animal herido de muerte. Los allí presentes trataron de consolarla y redoblaron los lloros. Estaba fuera de si.
Mucho más tarde, en plena noche, apareció finalmente su novio, Lauzun, acompañado por el duque de Montausier, el mariscal de Créqui y el marqués de Guitry. Al verle entrar en su aposento, rompió nuevamente a llorar y a gritar. Montausier se adelantó:
-El Rey nos ha pedido traerle al Sr. de Lauzun para daros, muy humildemente, las gracias del honor que habéis querido hacerle.

Retrato de César-Phoebus D'Albret, Conde de Miossens (1614-1676) "Duque de Albret" por cortesía y Mariscal de Francia. Fue uno de los cuatro amigos y valedores del Conde de Lauzun que defendió el proyecto matrimonial con la Gran Mademoiselle ante Luis XIV... Dibujo de A. Lucas-Fauchon.
Los tres gentileshombres (el cuarto, el mariscal d'Albret, permanecía desaparecido) encarnaban en esa tragicomedia el corazón de la nobleza que debía interpretar el papel del infinito agradecimiento. Montausier añadió que el monarca estaba satisfecho de cómo se había desarrollado la entrevista, al no estallar de cólera en su presencia, y que había conservado en su dolor mucho respeto y que sabría acordarse de su compostura.
-Que haga lo que quiera, jamás me conformaré con estar separada del Sr. de Lauzun! ¿Y vos?-añadió, girándose hacia su ex-prometido que permanecía extrañamente mudo- Tenéis tanta fuerza de espíritu que todo el mundo os creería indiferente!¿Qué tenéis que decir?
Antonin, con los ojos llorosos, prefirió esconder su emoción y volver a su fingimiento, adoptando el papel del indiferente:
-Si seguís mi consejo, iréis mañana a almorzar a Las Tulerías y daréis las gracias al rey del honor que os ha hecho al impedir una cosa de la que os habríais arrepentido toda vuestra vida.
-Jamás! No seguiré vuestro consejo! Lloraré toda mi vida.
Destrozada, gritó que quería estar sola y despidió a todo el mundo, echándose sobre su cama. Se pasó veinticuatro horas sin hablar, ida. Cuando un imprudente le mencionaba a Lauzun, salía de su letargo, preguntaba por él... Rechazaba todas las visitas. No quería ver a nadie. Finalmente, se anunció la visita del rey quien, prometiéndole mil maravillas para ella y Lauzun, se vio replicar con acritud que todas sus promesas no eran más que humo y que aquellos que le habían empujado a desdecirse seguirían mofándose de él y dominándole. Le puntualizó que jamás renunciaría a Lauzun y que no pararía de reclamar que se lo devolvieran como una pertenencia robada.

Tras el rey, se inició todo un rosario de visitas de "condolencia". En realidad, los causantes de su infelicidad desfilaron por su alcoba para regocijarse, más si cabe, del destrozo provocado. La reina, que no supo articular palabra, estuvo petrificada por miedo a la reacción de Mademoiselle al verla. Monsieur, jugando al frívolo, no habló más que de encajes y perfumes. La marquesa de Montespan, con toda la hipocresía del mundo, fingió consolarla con más promesas... El espectáculo asqueaba a los testigos. La duquesa de Montpensier, con el semblante destrozado, ojerosa, las mejillas hundidas, escuchaba sin prestar atención, como si estuviera en trance. Recibía en su cama, como una viuda desconsolada, apenando a sus visitas con tan triste aspecto. Tan solo el príncipe de Condé se quitó la máscara. Con esa franqueza y brutalidad tan propia de él, le desveló que si el rey no hubiese roto el compromiso, él mismo habría ordenado que secuestrasen a Lauzun y mandado hacerlo desaparecer, con tal de salvar el honor de la casa real.
El Palacio de Luxemburgo en París, residencia erigida en la primera mitad del siglo XVII para la reina María de Médicis, viuda de Enrique IV y madre de Luis XIII. El palacio sería heredado por su segundo hijo varón, Gastón de Francia, Duque de Orléans y, de éste, pasaría a su gran heredera la Duquesa de Montpensier en 1660. Hoy es la sede del Senado Francés.
El viernes 19 de diciembre, con mucha dignidad, el conde de Lauzun visitó al consejero Boucherat para rogarle que llevase al palacio de Luxemburgo la devolución de las donaciones del ducado de Montpensier y del principado de Dombes. Pero Guilloire, el intendente de la princesa, que siempre se había opuesto a la boda, le adelantó la víspera. Mademoiselle lo supo por azar y le agradeció a Antonin ese gesto tan honroso, pues la donación era independiente del contrato matrimonial y, si hubiese querido, podía haber conservado con esos bienes y títulos como suyos.
Fuera del círculo de Mademoiselle, todo el mundo acogió la noticia de la ruptura con alivio. El marqués de Saint-Maurice, embajador del Duque de Saboya, da fe del general alivio y de la común alegría mostrados en la corte como en todo París al oír que ya no había boda en una carta dirigida a su soberano. La aventura de Mademoiselle se había convertido en un asunto de Estado. Por ello, Luis XIV tomó las medidas pertinentes enviando correos a los embajadores, para que su conducta no fuera mal interpretada o sujeta a reprobaciones. Resumiendo: maquilló un poco los hechos para quedar bien ante la galería.
(*)_el Abate de Choisy, testigo presencial.
Compensaciones
A lo largo de esa extraordinaria semana de engaños que había visto eclosionar y hundirse el proyecto insensato, Lauzun siempre había permanecido en un prudente segundo plano, evitando comportarse como un duque de Montpensier, tratando a su futura con la mayor de las deferencias y no queriendo, de ningún modo, dejar suponer la menor intimidad entre él y Mademoiselle. Humilde caballero sirviente de una persona de tan alta condición, había acogido con modestia los cumplidos de la corte, dando la impresión de estar epatado, aún vacilante bajo el impacto de un fabuloso destino. En suma, había jugado su papel a la perfección.
Sin embargo, pese a que jamás manifestó sus sentimientos, el cambio del rey le había terriblemente decepcionado. Se comprende: retroceder en tan poco tiempo del rango de duque al de segundón de Gascuña, ¡menuda caída para alguien que los Grandes habían saludado como su igual y que los ministros habían cortejado como si fuera primo del rey!
Lúcidamente, había visto la barrera del rango levantarse ante él, las cábalas formarse y los odios estallar. Había contabilizado a sus enemigos y medido en su justo valor el afecto de sus amigos. Por supuesto esa boda habría sido una locura pero, ¡qué locura tan maravillosa! Al rey le guardaba rencor por haber cedido a las presiones de su entorno... pero, ¿qué se podía hacer? Su fortuna dependía enteramente del buen parecer del monarca. Dejar que estallase a la luz del día toda su amargura, desplegar sus rencores habría parecido poco hábil y nada conveniente. Lauzun no podía acoger la ruptura de su noviazgo más que cómo recibió el anuncio de su compromiso: con la misma y fingida indiferencia de un personaje que atraviesa el torbellino de la vida sin parecer afectado, mostrando un humor constante frente a los altibajos de la fortuna.
El marqués de Saint-Maurice, embajador del duque de Saboya en París, escribió el 26 de diciembre de 1670: "(...) ya no habla de esa boda; Mademoiselle está desesperada y, sin embargo, ha adoptado un tono moderado. En cuanto al conde de Lauzun, no se diría al verle que alguna vez hubiera pensado en ello; se ha sometido a las órdenes del rey con una igualdad de espíritu que ha sorprendido a toda la corte."
La marquesa de Sévigné remarca: "Ha jugado su papel a la perfección; ha encajado ese revés con una firmeza, una valentía y, sin embargo, un dolor mezclados con un profundo respeto, que ha levantado la admiración de todo el mundo."

Luis XIV (a la derecha) rodeado de la reina Maria-Teresa (a la izq., bajo un dosel) y el Gran Delfín, y de todas las primeras figuras de su corte. La Duquesa de Montpensier figura tercera partiendo de la izquierda; Monsieur se encuentra justo detrás del rey, a la extrema derecha, y reconocemos al Príncipe de Condé figurando en la segunda fila del fondo. Detalle de un grabado realizado en 1667 para el Almanaque Real.
¿Y el rey? Estaba satisfecho de haber hecho prevalecer la razón de Estado. A la carta explicativa enviada a todas las cortes europeas, había respondido una avalancha de alabanzas y ánimos por parte de los soberanos extranjeros aliviados al ver preservada la eminente supremacía de los príncipes sobre los gentileshombres. Luis XIV estuvo tan sorprendido al ver la unanimidad de las reacciones, que sintió cierta vergüenza de su inicial debilidad. Por ello, se afanó en hacer creer a todo el mundo que había condenado la insensata boda desde el principio.
En medio de ese tumulto, no podía más que felicitarse de la humildad y de la digna sumisión de su capitán de guardias-de-corps. De este modo, la satisfacción real compensaba ampliamente a Lauzun de su fallido matrimonio. Por supuesto, y como apuntó la marquesa de Sévigné, lo que había perdido no tenía precio pero las bondades del rey, que ha conservado, también no tienen precio.
A fin de cuentas, ¿qué valían un anillo nupcial y el amor posesivo de una solterona violenta y pasional frente al favor del mayor monarca de la tierra? Examinando imparcialmente la situación, Lauzun podía sopesar a posteriori las innumerables trampas con que se habría encontrado si hubiera persistido en su proyecto: la insoportable etiqueta de la familia real, el desprecio de la reina, de Monsieur y de los príncipes de la Sangre, y la envidia de los celosos que eran legión! ¿Y quién sabe si, a ojos del mismo Luis XIV, ese rico primo surgido de la nada no habría resultado ser la viva imagen de un lamentado momento de debilidad? Era preferible tener al rey por deudor que ser su eterno deudo. Lauzun podía presumir en voz alta que, después de semejante fortuna, no podía contentarse simplemente con dinero y dignidades a sabiendas que el rey no sería un ingrato.
-Os haré tan grande,-le dijo el rey- que jamás echaréis de menos la fortuna que os he arrebatado.

Retrato de Jean de Schulemberg, Conde de Mondejeuvers (1606-1671), Mariscal de Francia y Gobernador de Berry. Le sucedió al frente del gobierno de la provincia el Conde de Lauzun.
Y el rey cumple. Ya a finales de diciembre de 1670, Lauzun recibe una gratificación de 500.000 libras, cuya mitad vino a enjugar sus deudas de juego más urgentes. El 9 de enero de 1671, le otorgaron el insigne derecho de las "grandes entradas", privilegio hasta entonces reservado a los gentileshombres de la cámara y que daba libre acceso al rey en todo lugar y momento del día. En Semana Santa, fue nombrado gobernador de la provincia de Berry, vacante desde la muerte del viejo mariscal de Schulemberg y que proveía a su titular con una renta anual de 12.000 escudos. Más tarde, se habló de darle el gobierno del Languedoc, un ducado y hasta el bastón de mariscal... Esta vez, Lauzun rehúsa muy educadamente, asegurando que querría ganar esa última dignidad yendo "por el buen camino" (es decir, por méritos de guerra y respetando el orden gradual de los ascensos). El gesto fue interpretado por la corte como insolente: el saber estar de entonces prohibía terminantemente rechazar un favor que no se había solicitado. "Se sirvieron de ese rechazo, cuenta la Gran Mademoiselle, para decir que tomaba las cosas con demasiada altanería; era cierto que no había sido tan altanero desde nuestro asunto."
La Depresión de Mademoiselle

En cuanto a la princesa, que no poseía la serenidad ni la altanería de su antiguo novio, había pasado las fiestas navideñas peregrinando por los conventos. Seguía ofreciendo un lamentable espectáculo con sus noches blancas y sus lloros. Lauzun, que había obtenido del rey el permiso de visitarla de cuando en cuando, la exhortó a que dejase sus sentimientos aparcados y reapareciese en la corte. Había finalmente aceptado el consejo de Lauzun con la secreta esperanza de apiadar a su primo con su sumisión y su muda presencia pero, en su fuero interno, persistía el tormento y sufría como una condenada. Estoicamente, con los ojos enrojecidos, aparecía en la ópera, en los bailes, en las comedias y las cacerías con evidente desgana. En una ocasión, bailando con el duque de Villeroy, se detuvo en medio de la sala rompiendo a llorar; el rey se levantó y, con el sombrero, le tapó el rostro aduciendo que su prima tenía vapores, cosa que no engañó a nadie.
Sus lloriqueos que no venían a cuento, su suceptibilidad a flor de piel, frutos de su depresión, eran frecuentes. Lauzun le tuvo que reprochar amigablemente su conducta y dejadez, asegurándole que si persistía, acabaría por huír de ella.

Pequeña pintura reproduciendo la fiesta ofrecida por el Príncipe de Condé al rey y la corte en su castillo de Chantilly, en la primavera de 1671. Durante aquella suntuosa fiesta, su 'Maitre' el famoso Vatel, se suicidó con su propia espada...
En abril, en el castillo de Chantilly, a la suntuosa fiesta ofrecida por el príncipe de Condé al rey y la corte, Mademoiselle apareció con el rostro y las manos infladas, causando gran alarma entre los invitados. Se llamó a consulta a su médico quien, restándole importancia, diagnosticó unos vapores de vesícula causados por la melancolía.

Retrato de Jacques-Henri de Durfort, Duque de Duras (1625-1704), Mariscal de Francia. Era el jefe de una de las cuatro familias más importantes del Agennais (Aquitania), junto con los Madaillan, los Fumel y los Lauzun. Andando el tiempo, se convirtió en pariente del Conde de Lauzun al casar éste con una de sus sobrinas carnales, cuñada del Duque de Saint-Simon e hija del Mariscal-Duque de Lorges-Quintin...
Poco después, la corte hacía sus baúles para una nueva inspección de las plazas fuertes de Flandes, repitiendo un viaje hecho el año anterior. El ejército, esta vez, estaba bajo el mando del duque de Duras. Lauzun, para no verse bajo las ordenes de su colega, espació sus participaciones en las revistas y únicamente hacía acto de presencia cuando el rey acudía. Aprovechó de su tiempo libre, antes de empezar su servicio el 1 de julio, para pasar unos días en Holanda con su amigo Guitry. A su regreso, Mademoiselle seguía extasiándose al verle en su hermoso uniforme, con su cinta rosa anudada a la corbata de encaje...
Pero la depresiva duquesa, aparte de llorar por los salones de palacio, había aprovechado el tiempo para ajustarles las cuentas a todos aquellos que se habían opuesto a su matrimonio con Lauzun: su secretario de órdenes e intendente Guilloire, que había osado decirle "Sois el hazmerreír y el oprobio de toda Europa", su secretario personal el poeta Segrais, su doncella Madelon, su confesor el abad de Saint-Léger, fueron las más notorias víctimas de la ira principesca. Los echó de su casa como vulgares ladrones, aconsejándoles que no volvieran a aparecer ante sus ojos. Casi todo el plantel del servicio doméstico de Mademoiselle fue transfigurado; un tal Rollinde, altamente recomendado por Lauzun, ocupó el antiguo puesto del derrocado e insolente Guilloire al frente de la casa de Montpensier.
Sin embargo, el hecho de que Lauzun gozara del permiso real para visitar cuando se le antojase a Mademoiselle, dio pábulo a un rumor que llegó a plasmarse en la gaceta de Amsterdam, haciéndose eco de que éstos habían sido casados en secreto por el arzobispo de París. En verdad, ni estaban casados ni eran amantes, pues la piadosa duquesa jamás habría tolerado semejante situación inmoral a sus ojos. Como confirmaría su prima la duquesa de Nemours: "No podía darse esa satisfacción sin haber recibido previamente el sacramento."

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