EL DUQUE DE LAUZUN -7-
el 2 jun En: Biografías - 4 comentarios
EL DUQUE DE LAUZUN
LA EXTRAORDINARIA VIDA DEL GRAN FAVORITO DE LUIS XIV
-Parte VII-
La Gran Mademoiselle

A sus cuarenta y tres años, en el momento en que se inicia su romance con el conde de Lauzun, Anne-Marie-Louise d'Orléans, duquesa de Montpensier, ¿conservaba esa gran belleza de la que hablaba Madame de Motteville unos veinte años atrás? Sería legítimo creer que no. Pese a toda la indulgencia de los retratistas de la época, éstos ya no conseguían suavizar y rejuvenecer su tez cansada, sus azules ojos levemente saltones y su gran nariz borbónica. Reflejo del alma, el rostro de la Gran Mademoiselle ofrecía una mezcla de rudeza, de bondad y candor. No era esa fealdad de la que se huye, que provoca rechazo, pero ya no era la orgullosa amazona de la Fronda con su cutis de lis y de rosa en la época en que mandaba bombardear, desde La Bastilla, las tropas del rey o tomaba a punta de espada la ciudad de Orléans.
De vivo ingenio, con la cabeza bien amueblada, la imaginación desbordante, marcada por las novelas del Preciosismo y el teatro de Corneille, tenía también un carácter iracundo, un humor belicoso y proclive a la impaciencia. En su casa, nada de disimulo cortesano ni hipocresía lisonjera, más bien una franqueza brutal que roza la ingenuidad. Recta y sin recovecos, poseía esa inflexibilidad propia de los tímidos que explotan cuando hablan. "Más vale decir siempre lo que le pesa a una sobre el corazón que guardar en él odios eternos" solía repetir como máxima. Bajo la rugosa capa externa, el alma tenía un fondo bueno, leal, puro, lleno de caridad y piedad, de una piedad real y escasísima en los grandes de su época, aunque teñida de superstición. Pero antes , era menester chocar contra un fuerte caparazón de orgullo, de altanería, de prejuicios que hacen de esa "nieta de Francia" una mujer tan imbuída de su elevado orígen, a veces desdeñosa por lo que no era de sangre real. Desdeñando con soberbia los sentimientos del corazón y de la carne, se había construído un mundo ideal hecho de virtud, de grandeza de alma y de heroísmo para encerrarse en él.
Más que su evanescente belleza, las redondeces de su abultada dote habían atraído numerosos pretendientes. Y menuda dote! la duquesa de Montpensier era el mejor partido de toda Francia: 300.000 libras de renta junto con la herencia materna constituída por el principado soberano de Dombes, el principado de La Roche-sur-Yon, los ducados de Montpensier, de Châtellerault, de Aumale y de Saint-Fargeau, y una profusión de marquesados, condados, vizcondados y baronías.

Monograma de la Princesa Anne-Marie-Louise de Orléans, Duquesa de Montpensier, pintado en un panel de sus aposentos del Castillo de Eu, en Normandía.
La historia de sus frustradas bodas llenaría todo un volumen. La reina Ana de Austria la había prometido a su hijo primogénito, Luis XIV, luego a su propio hermano el Cardenal-Infante Fernando de Austria -que por entonces tan solo era diácono-. Durante un tiempo, se la pretendió casar con el conde de Soissons, príncipe de la Sangre, pero éste tuvo la mala suerte de caer en la batalla de la Marfée en 1641. Soñó entonces casarse con el rey Felipe IV de España, viudo de Isabel de Francia, hermana de Luis XIII, luego con el archiduque Leopoldo, hermano del Emperador. Toda la Familia Imperial desfiló sobre su lista de posibles. Por su nacimiento, la Gran Mademoiselle podía permitirse cualquiera de esos reales pretendientes. Acarició la idea de casarse con el rey de Hungría, Fernando IV, hijo del Emperador Fernando III; luego con este último, tras enviudar al poco. En la Familia Real Inglesa dudó entre el príncipe de Gales, futuro rey Carlos II, y su hermano Jacobo, duque de York. Pero la avidez de los hermanos Estuardo, que bizqueaban sobre su enorme fortuna, acabó por asquearle. También se barajó la idea de casar con su primo Luis II de Borbón, príncipe de Condé, que esperaba impaciente y sin disimulo que la idiota de su esposa, Claire-Clémence de Maillé-Brézé, estirase la pata. Rechazó la propuesta del príncipe de Neoburgo, de la Casa de Baviera, por insignificante. Apartó, horrorizada, la propuesta de Turenne para que casase con el tullido rey Alfonso VI de Portugal, un monstruo de vientre hinchado, deforme, medio paralítico, cubierto de úlceras purulentas y, para colmo, vicioso. Sin embargo, le habría gustado contraer matrimonio con su primo-hermano, el duque Carlos-Manuel II de Saboya, pero éste prefirió a su medio-hermana, de una belleza más radiante y regular... "¡Qué satisfecho estoy de haber visto a Mademoiselle, -dijo el poco galante príncipe- porque me ha curado!"

Retrato del Duque Carlos-Manuel II de Saboya, Príncipe de Piamonte (1634-1675), representado como Gran Maestre de la Orden de la Anunciación.
Todas esas bodas no eran más que proyectos de cancillería, en los cuales predominaban intereses pecuniarios o consideraciones dinásticas. Con Antonin Nompar de Caumont, tan solo conde de Lauzun aunque magnífico cortesano, Mademoiselle iba a descubrir lo que había despreciado en los otros y rechazado para ella misma: los altibajos y tormentos del amor.
Amor Secreto
Hacía tiempo que había reparado en el conde de Lauzun. En 1660, durante la boda de Luis XIV con la infanta española Maria-Teresa de Austria, en San-Juan-de-Luz; en 1662, en el curso del fastuoso desfile del Carrusel de Las Tulerías, cuando se había disfrazado de Turco, llevando un escudo de armas con un girasol y la divisa Ne despice amantem; en 1666, en Fontainebleau, durante las maniobras organizadas para el rey y en el que estaba al mando de sus fieros dragones; en 1669, cuando había tomado posesión de sus funciones como capitán de la guardia-de-corps el 1 de julio, y por cuyo motivo ella misma le felicitó. Conocía perfectamente su reputación, su valentía. Es necesario leer las Memorias de Mademoiselle, ricas en testimonios, en escenas coloridas y repletas de vivísimos diálogos, en las que analiza las primeras palpitaciones de su corazón hasta la cristalización de sus sentimientos descubriendo, finalmente, que está enamorada del conde de Lauzun.
Soñaba con lo que más había echado en falta en su vida: la ternura, la amistad, el amor y saberse amada. En su juventud ni siquiera había conocido el calor del afecto familiar: su madre había muerto al darle a luz y su padre, Gastón de Orléans, al contraer nuevamente matrimonio con Margarita de Lorena, había deliberadamente arrinconado esta hija del primero. Con el hermoso Antonin, tan brillante, tan sorprendente, parecía haber encontrado la felicidad. Ciertamente, no ignoraba sus buenas fortunas de las que sus nacientes celos sufrían, pero estaba fascinada por su poder de seducción. Encontraba un placer infinito al verle, a intercambiar algunas palabras, en bromear con él en medio del ensordecedor ruido de la corte. Gracias a esos momentos tan breves, la vida tomaba otro relieve, otro sabor. Un día sin él, y lo encontraba todo gris, triste, aburrido. Esa sensación de vacuidad le había revelado sus verdaderos sentimientos. Lauzun, por supuesto, como un don Juan experimentado, se había percatado desde hacía tiempo de sus ingénuas y torpes muestras de interés. El entorno del conde buscó convencerle para que figurase en la primera fila de los pretendientes a la mano de la duquesa... Lauzun jugó la carta de la modestia, protestó de su insignificancia y juzgó el proyecto como una locura. Sin embargo, la idea hizo su camino y Lauzun empezó a responder a los gestos de su interlocutora, mostrándose respetuoso y devoto a su persona. Animada por una palabra amable, un gesto amistoso, una sonrisa ¿cómo no habría tenido la novelesca princesa los más locos sueños?
Retrato grabado de Anne-Marie-Louise de Orléans, Duquesa de Montpensier (1627-1693).
Se moría de ganas de confesarle sus ardientes sentimientos y, sin embargo, las palabras se bloqueaban en sus labios. La timidez la paralizaba, le impedía dar el definitivo paso.
Encontró entonces la fuerza necesaria en el recogimiento, sacando de sus plegarias una exaltación inaudita, convenciéndose que esa boda estaba escrita, que la Providencia la guiaba hacia ese destino. Fue en la capilla de los Recoletos, mientras las piadosas damas de la corte hacían una novena para la canonización de Pedro de Alcántara, cuando tomó la resolución.
Al día siguiente, en el aposento de la reina, vio a Lauzun hablando con la condesa de Guiche...
-Estoy encantada de haberos encontrado; había mandado buscaros; tengo que hablaros de un asunto.
La condesa la interrumpió:
-Le tendréis cuando os plazca; pero por mi, ahora que lo tengo, le suplico que me lo deje.
-En un momento acabamos...añadió el galante oficial.
Al cabo de un momento, Lauzun dejó a la condesa de Guiche y pudo entablar conversación con Mademoiselle, quien le arrastró hasta el rincón de una ventana. A modo de introducción, la princesa fingió tomarle como consejero de sus proyectos matrimoniales: se hablaba de una posible unión con el príncipe Carlos de Lorena, conde de Marsan. ¿Qué pensaba él al respecto? Se pierden en sutiles insinuaciones, en halagos mútuos,... Irrumpe la reina, regresada de su oratorio, interrumpiendo la palabrería de la duquesa y del conde, dejando tan solo a Lauzun el tiempo de prometerle retomar la conversación a la que él también tenía interés. Mademoiselle pensaba que había dado el gran paso, que el conde ya no podía dudar de sus sentimientos, creyendo que a la primera ocasión conocería los suyos. Qué ilusa!
Lauzun, en efecto, se había fijado una regla de conducta que iba a seguir desde entonces con escrupulosa aplicación, véase desconcertante: la de nunca traspasar los límites del respeto que debía a la prima del rey, el de dejar planear dudas sobre sus sentimientos de manera que la princesa cuarentona se viera obligada a comprometerse mayormente, a desvelarle sus intenciones. Triunfará tan bien en esa estrategia, y con tanto arte, que se convertirá en un modelo de campaña amorosa. Barbey d'Aurévilly, el autor de Las Diabólicas, la llamó "la comedia del amor". Actor consumado, Lauzun saca su inspiración y a veces sus respuestas de la comedia-ballet de Molière Los Amantes Magníficos y, sorprendentemente, la situación se revela idéntica entre los personajes de ficción y ellos... En Tesalia, la princesa Erifila, cortejada por dos príncipes, Ifícrates y Timocles, arde de pasión y amor por el general Sostrates. Obligada por su condición en dar los primeros pasos, aunque sin atreverse a confesarle abiertamente sus sentimientos, Erifila decide tomar consejo de Sostrates para elegir esposo..., y éste le responde que nadie es digno de ese honor.
Si algo tenemos que dejar claro, es que Lauzun, lejos de estar enamorado de Mademoiselle aunque deseoso de casarse con ella (por los motivos que adivinamos), permanecía con la cabeza fría y mucho más lúcido que ella.
La Proposición del Rey

Retrato de la Princesa Enriqueta-Ana de Inglaterra, Madame Duquesa de Orléans (1644-1670), según Pierre Mignard. Su repentina muerte dio pábulo al persistente rumor de que había sido envenenada y que el crimen fue perpetrado por el Caballero de Lorena, favorito del Duque de Orléans...
En cualquier caso, la impaciencia empezó a corroer los nervios de la duquesa. En un momento en que estaba decidida a entretenerse a solas con el rey, para desvelarle sus intenciones, la duquesa de Orléans frustra inesperadamente la ocasión el 30 de junio de 1670. Madame Enriqueta-Ana de Inglaterra ha muerto repentinamente, quizá por culpa de una peritonitis aguda más que por el veneno, como sostendrán sus contemporáneos.
La cuñada del rey acababa de exhalar el último suspiro cuando Mademoiselle, petrificada por la frialdad de su primo, vio cómo le proponía tomar su puesto de segunda dama del reino:
-Prima mía, he aqui una plaza vacante, ¿queréis ocuparla?
La pobre duquesa palideció como una muerta, ¿cómo resistir a las presiones del monarca que parecía tan interesado en semejante unión?
-Sois el dueño, Sire. No tengo más voluntad que la vuestra... balbucea ella.
-¿Tenéis aversión a ello? inquiere el rey.
No contesta.
-Trabajaré en ello y os mantendré al corriente.

Retrato grabado del Príncipe Felipe de Francia, Monsieur, Duque de Orléans (1640-1701).
Desde ese instante, Mademoiselle tan solo pensaba en dejar que languideciera el proyecto para retrasarlo, obtener aplazamientos, insinuar su repugnancia a falta de poderlo hacer abiertamente. Por su lado, Lauzun no tardó en adivinar el peligro: el nuevo proyecto de boda de Felipe de Orléans era un asunto de Estado en el cual entraban en juego poderosos intereses. Si Monsieur soñaba con desposar a su prima-hermana, no era evidentemente por su fenecida belleza. Simplemente iba detrás de su fortuna, planeando dotar asi magníficamente a su hija a la que pensaba destinar al Gran Delfín. Era un modo de asegurarse que los inmensos bienes de la hija de Gastón de Orléans volvieran a manos de la Familia Real. Ante tamaño proyecto, Lauzun no tenía la talla suficiente para contrariarlo, al menos en solitario. Era necesario pues, ir por dónde soplara el viento y ver si Mademoiselle sería lo bastante fuerte para resistir. Fingirá batir en retirada para mayor disgusto de su enamorada... Le instó a que no se vieran más, que le dejara de escribir, que no le hablase en público ni en privado. Lauzun temía que el rey le hiciera responsable del empecinamiento de la duquesa. Y mantuvo su palabra. Esa retirada era el único medio de empujarla a la rebelión, a decirle no al rey. A sabiendas de que Luis XIV no la obligaría a semejante alianza, encontró la fuerza suficiente para plantar cara:
-¿Queréis que se lo diga a mi hermano? preguntó el rey plácidamente, sin dejar entrever su decepción.
-Si, Sire.
-¿Queréis que le diga que nunca querréis casaros?
-No, Sire, pero no quiero casarme con él.
La Decisión de Mademoiselle
Aliviada, retomó su toma y daca con Lauzun. Le anunció su voluntad de proseguir con su proyecto y ejecutarlo cualesquiera que fuesen las consecuencias. Lauzun le aconsejó que esperase unos días... Ella quiso revelarle quién era el elegido de su corazón un jueves por la noche:
-Esperad a mañana.
-No podrá ser, pues mañana es viernes!
Mademoiselle era tan supersticiosa como su abuela María de Médicis. Se cohibió al verse tan vulnerable, perdiéndose en palabrerías hasta que tocaron las doce de la noche:
-Ya no hay manera de decirlo! sentenció la duquesa.

Y el enredo amoroso siguió su curso. Mademoiselle resolvió escribir su confesión en un papel que selló con lacre: "Sois vos!". El sábado por la noche, ella le enseñó la carta y se la pasó, rogándole que contestase en el mismo papel. El domingo, también por la noche, Lauzun le entrega su respuesta fingiendo estar desconcertado por la tomadura de pelo...
Mademoiselle lo desengaña, advirtiéndole que va muy en serio. Él protesta, y luego le pone sus condiciones com quien no quiere la cosa. Pretende seguir al servicio del rey; nada de reducirle al mero papel de príncipe consorte. Nueva objeción: su rango. A todas luces no es un príncipe, aunque si cree ser un buen gentilhombre pero, ¿es suficiente? Mademoiselle le asegura que para ella lo es y que tiene bienes y dignidades para darle y regalarle. Cuestionó la compatibilidad de carácteres, mentó sus defectos e inquirió si había algo en su físico que la repugnara... La duquesa estaba enamorada y dispuesta a ceder en todo, poco le importaba el mundo excepto estar con él.
Y empezaron los proyectos conjuntos, reuniéndose cada noche en los apartamentos de la reina, junto al fuego de la chimenea. Quedaba lo más difícil: decirselo al rey. Mademoiselle quería hacerlo por carta; Lauzun mediante una audiencia privada. Ésta acabó convenciéndole de que el mejor método era el suyo. De este modo, la duquesa de Montpensier entregó la larga misiva dirigida a Bontemps, quien debía encargarse de entregarla al rey.

Retrato de Luis XIV, Rey de Francia y de Navarra (1638-1715), representado a la edad de 32 años en 1670.
La respuesta real no se hizo esperar mucho. Luis XIV se extrañaba y rogaba a su prima que no se precipitase, que no hiciera nada de lo que pudiera lamentarse luego, que pensase en el compromiso que iba a adquirir, añadiendo que jamás la obligaría a nada, que la quería mucho y que siempre tendría su amistad. Ante tamaña falta de entusiasmo por parte del soberano, Mademoiselle se preocupó, porque al fin y al cabo no le daba un si rotundo, y tampoco un no. Eso la inquietaba y desconcertaba.
La noche siguiente, Mademoiselle se personó en Las Tulerías, vio al rey pero no osó hablarle directamente. En sus Memorias, puntualiza que en ese instante estaba hablando con Lauzun y que le parecía que el monarca les miraba con amabilidad...
-No me ha dicho una palabra de vuestra carta y yo no le he comentado nada... Le dijo Lauzun a la duquesa.
Lejos de estar convencida, sospechaba que existía algún acuerdo secreto entre Lauzun y Luis XIV y, sin duda alguna, no estaba muy desencaminada. Varios escritos de la época apuntan que los dos hombres habían hablado, largo y tendido, sobre las intenciones matrimoniales de Mademoiselle. Lauzun habría hablado al rey de las propuestas de su prima y obtenido discretos ánimos. Según algunos, con el fin de elevarse al rango de los príncipes extranjeros, habría buscado, siempre con el acuerdo real, adquirir los derechos sobre el ducado soberano de Lorena, del que había sido desposeído el duque Carlos por Francia, mediante 500.000 libras de renta para él y sus herederos.
Retrato de Charles-Pâris de Orléans, Conde de Saint-Pol o Saint-Paul (1649-1672), 10º Duque de Longueville y de Estouteville, Príncipe de Neuchâtel tras la renuncia de su hermano mayor en 1668. Era el hijo de Anne-Geneviève de Borbón-Condé y de Henri II de Orléans, 8º Duque de Longueville. Sus proyectos matrimoniales con la Duquesa de Montpensier nunca se concretaron y falleció soltero en acto de combate en 1672, durante la famosa travesía del Rhin.
En cualquier caso, era importantísimo que el secreto de esa boda permaneciera siendo eso, un secreto; era menester impedir las previsibles reacciones de la corte. Mademoiselle rehuía a la gente, apareciendo puntualmente del brazo del conde de Saint-Pol, uno de sus pretendientes en potencia. Tan solo la condesa de Nogent estaba al corriente del asunto, pese a la oposición de su hermano Lauzun, que la sabía "demasiado parlanchina, ávida e intrigante como un diablo".
El 8 de diciembre acontece una catástrofe. Lauzun se entera que el intendente de la duquesa, Guilloire, había descubierto el pastel y denunciado la intriga al marqués de Louvois, para que pusiera orden y diera carpetazo a semejante locura. La historia de la gran maestría de la Artillería pareció repetirse... Mademoiselle, iracunda e impulsiva, quiso despedir de mala manera a su intendente traidor:
-Guardaos de hacerlo!-le aconsejó su novio- Pero debéis hablar con el rey cuanto antes!
La princesa decidió esperarle la misma noche en la antecámara de la reina. Luis XIV llegó tarde, sobre las dos de la madrugada. Extrañado al encontrarla a esa hora tan intempestiva, ésta le reiteró su voluntad de casarse con el conde. El rey le aconsejó que siguiera sopesando los por y los contras de semejante decisión, siguiendo en su línea de no tomar partido pero dejando claro que no era hostil a su empresa. Sin embargo, el rey temía , al dar su apoyo oficial, afrontar la hostilidad de parte de su entorno familiar.
El sábado 13, con el fin de desarmar las eventuales críticas, Luis XIV y Lauzun decidieron conjuntamente la mejor manera de anunciarlo: una delegación de gentileshombres representando simbólicamente a la nobleza francesa y compuesta por los duques de Créqui, de Montausier, el mariscal-duque d'Albret y el marqués de Guitry, vendría a suplicar a Su Majestad de hacerles el honor de conceder la mano de su prima a uno de ellos.

Retrato de Diane-Gabrielle de Damas de Thianges, Duquesa de Nevers (1655-1715). Sobrina de la Marquesa de Montespan y del Duque de Vivonne, era hija de Gabrielle de Rochechouart de Mortemart y de Claude Leonor de Damas, Marqués de Thianges. Con 13 años, sus padres la desposaron con Philippe Jules Mancini, Duque de Nevers, 14 años mayor que ella, el 14 de diciembre de 1670.
Al día siguiente, domingo 14, Lauzun estuvo ocupado toda la jornada por la boda de la joven Señorita de Thianges, de trece primaveras, con el duque de Nevers, sobrino del difunto Cardenal Mazarino. La ceremonia y el banquete se celebraban en su palacete de la calle Saint-Nicaise, muy cercano al palacio de Las Tulerías y al Palais-Royal, con tal de gustar y congraciarse a la marquesa de Montespan -tía de la novia-, para que se uniera a su 'juego'.
Aunque Mademoiselle aprobaba la táctica de su novio, le aconsejó muy inteligentemente que se guardase de concluír esa alianza antes de llevar a cabo su asunto, con el fin de que Madame de Montespan estuviera en la necesidad de su amistad e influencia. Pese a las sabias advertencias de su prometida, Lauzun estaba convencido de que ésta nunca le fallaría y que nada podía cambiar en el ánimo del rey. Craso error.

Enhorabuena por los artículos relacionados con el excepcional Lauzun, figura muy interesante de la corte de Luis XIV y que encarna bastante bien el galán aventurero de época. Me están encantando y estoy muy pendiente de ellos. Gracias por tus publicaciones, y enhorabuena una vez más por la calidad de tus artículos, que siempre me resultan interesantes.
Ánimo, y ojalá sigas deleitándonos con ellos por mucho tiempo.
Muchas gracias Monsieur,
es satisfactorio saber que, al menos, hay una persona que sienta interés por tan curioso personaje y siga su evolución a través de los sucesivos artículos aqui publicados.
Un cordial saludo.
Oiga! Que yo pongo su web todos los días a varias horas diferentes por si hubo actualización. La verdad es que esta serie sobre Lauzun es muy ilustrativa, estamos acostumbrados a una lectura muy general de la corte de Luis XIV, es más, acostumbrados a leer cosas como "la magnífica corte del Rey Sol", pero realmente son estos relatos los que dan sentido a tal frase.
Confieso que tras leerte me están entrando ganas de comprar alguna obra del duque de Saint Simon.
De acuerdo Ferdys, lo tendré en cuenta. Gracias por tan amable mensaje, por cierto. Si te compras algún libro del Duque de Saint-Simon, extraído de sus extensas Memorias (3.000 páginas en total!!!), te garantizo algunas risas con sus truculentas anécdotas. La colección completa de sus Memorias debe estar aún disponible, pero su precio es prohibitivo, y más con los tiempos que corren...
Un cordial saludo.