MARIA-EULALIA DE BORBÓN

INFANTA DE ESPAÑA & DUQUESA DE GALLIERA,

1864 - 1958

LA INFANTA INCÓMODA -3ª Parte-

 

Las Memorias de la Infanta Eulalia

 

Es un hecho poco corriente (en realidad casi insólito) que las testas coronadas dejen por escrito sus impresiones acerca de sí mismos o del tiempo que les ha tocado vivir. Este vacío habría que atribuirlo a una especie de mentalidad porfirogéneta más que a falta de las cualidades apropiadas (abundantes epistolarios demuestran la cultura y la agudeza, reservadas para sus íntimos o para colaboradores muy inmediatos).

Por ello quedé sorprendido al encontrarme en los estantes de una librería la pequeña y en apariencia poco apetecible obra rubricada por una infanta española, hija de Isabel II. Pensando que se trataría, sin duda, de una mezcla de chismes, normas de protocolo y tópicos sobre la vida palaciega o de las relaciones de familia, reservé su lectura para horas de ocio sin pretensiones de aprendizaje. Y llegado el momento, ya a las pocas páginas, tuve que ponerme en situación de alerta: aquéllo no era lo esperado, sino algo muy distinto; lo insólito se presentaba de nuevo, pero esta vez por el contenido. Cerrado el libro después de una casi ininterrumpida lectura, la impresión que me dejó fue extraordinariamente positiva, pues en una época de tanta y tan intensa vida política (de 1868 a 1931) española y mundial brillan estas Memorias no sólo por méritos propios sino también, en contraste, por la escasez y mediocridad de intentos parecidos por parte de los protagonistas ''plebeyos'', de los políticos o intelectuales relacionados con éstos. No he encontrado, hasta ahora, en el género memorialista, nada que pueda llegar a igualar a estos recuerdos bien hilvanados, escritos por una mujer a la que se le supone, en esa época, prisionera de las limitaciones que su condición femenina y su pertenencia a la realeza la deberían haber convertido en una gazmoña. Parece, por el contrario, un personaje con ideas del siglo XX, una mujer que pudiera ejercer una profesión liberal con absoluta independencia, pero que por el azar de las cosas se equivocó de siglo y nació en la asfixiante corte madrileña de la segunda mitad del siglo XIX. Dos veces exiliada junto con el resto de su familia, no es la nostalgia de los privilegios perdidos el eje de su narración. Fue en realidad una exiliada por voluntad propia casi toda su vida, y, en algún período, el exilio forzoso le vino, no de situaciones revolucionarias, sino de órdenes dictadas por la corte, escandalizada por su libertad de ideas y su fidelidad al sentido común.

Aunque flota en toda la obra una amargura que tiene su origen en la desgraciada boda impuesta por razones de Estado con su primo el hijo del Duque de Monpensier, don Antonio de Orleans, su nueva situación le proporcionó, por fortuna, los medios para librarse del estrecho mundo cortesano y deambular por Europa (y América) como una nómada bien pertrechada, testigo excepcional además de momentos claves de la historia de aquellos años, amiga por igual de casi todos los monarcas (dos generaciones, casi tres) de Europa en la misma medida que cultivaba la amistad no protocolaria con los mejores escritores y artistas del continente (pero no de España, salvo el poco estimulante caso de Blasco Ibáñez, poco homologable, según ella, a sus colegas transpirenaicos en carácter, ''esprit'' y maneras al menos). Sólo para eliminar arquetipos que los historiadores han aceptado como ciertos (un Guillermo II acomplejado, envidioso y obcecado en un militarismo suicida; un Nicolás II despótico; la dulce emperatriz Eugenia; la popular infanta Isabel, su envarada hermana...) vale la pena acercarse a nuestra autora, nada sospechosa por otra parte de medir con raseros distintos según la condición social de las personas que se cruzaron en su vida. La imagen que de sí misma tenía, y de su condición principesca mucho más cercana al mundo del deber que al del disfrute de privilegios, le hacen extrañarse de la visión inversa que de todo ello tenían los ciudadanos corrientes. Resulta en este punto divertida la descripción que hace de la forma en que fue recibida en los Estados Unidos con motivo de la Exposición Universal de Chicago, a invitación del presidente Cleveland: le costó trabajo demostrar que era infanta (la imaginaban vestida de armiño, con diadema y llena de joyas) y que era española (rubia y de tez blanca, no sintonizaba con la agitanada figura que era obligatorio ofrecer).

La Infanta Isabel de Borbón, Condesa Vda. de Girgenti aka "La Chata" (1851-1931) en su carruaje, acompañada por la Marquesa de Nájera a la salida de una corrida de toros en 1915, obra del pintor Mezquita. 

Hasta donde pudo, luchó contra los prejuicios. Unas veces se sometió, otras logró vencer. En el primer caso, su primera rebeldía la enfrentó a la rígida infanta Isabel, hija mayor de Isabel II y por un tiempo princesa de Asturias; cuando ésta, molesta por la negativa de su hermana menor a seguir sus indicaciones le recordó que tenía que ser infanta antes que mujer, le espetó:

''Por eso algún día el pueblo sacudirá las coronas y, liberándose, nos libertará a nosotras!''.

Fotografía de la Marquesa de Riscal (izq.) junto con los Marqueses de Miraflores (centro-derecha), aparecida en la sección de 'ecos de sociedad' de la prensa española en tiempos de Alfonso XIII -década de 1920-. Es un buen ejemplo de cómo era entonces la Corte Española a inicios del siglo XX. / Abajo, fotografía de la Reina Maria-Cristina de Austria en un evento cortesano en palacio.

Es una constante a lo largo de toda la obra su preocupación por la falta de sintonía entre el trono y las exigencias de los tiempos. Para ella la corte es un factor altamente negativo que aísla al rey de la opinión pública y de la visión adecuada de los problemas. Y a esa deformación contribuye también la clase política. El contraste mayor, en ese sentido, lo observó en San Petersburgo, donde junto al lujo oriental del ámbito palaciego (que no del zar y su familia estricta), la gente de la calle le produjo una impresión espantosa por lo degradante. En el caso de España establece diferencias según el terreno a pisar y con transcendencia distinta, si bien siempre negativa: ve a su hermana Isabel como una peligrosa depositaria de trasnochados aires absolutistas, con su cuñada la Regente, María Cristina de Habsburgo mujer de impecable conducta y aún de simpatías políticas liberales más que conservadoras, ''la corte de España fue austera y cristianísima; todas las mañanas, misa, y comunión semanal''. Los políticos no estaban a más altura, y, de hecho, esa falta de calidad desesperaba a la Regente, como luego a Alfonso XIII, el único político español de talla, según se decía en Europa. El caso más flagrante fue el de Cuba: salvo Maura, nadie quería enfrentarse con los hechos; la infanta tuvo que recurrir, para obtener información contrastada al general Calixto García, antiguo líder insurrecto y a su propia experiencia en la isla durante una breve estancia poco antes de la crisis, que para ella era inevitable y quizá necesaria.

Se salió con la suya cuando, harta de las insensateces de su marido, se divorció de él provocando un escándalo que la acompañó para siempre. Mal vista en España, fija su residencia en París, su verdadera patria afectiva, donde se había educado de niña y donde, gracias a la culta y liberal familia Orleans, encontró espíritus afines. De ahí hará escapadas que la llevarán a todas las cortes de Europa, algunas de extraordinaria sencillez (los Saboya, las monarquías escandinavas). Pero la ventaja más valiosa para ella era la de poder entrar en contacto con la élite intelectual, en especial la francesa, sin prevenciones; los mismos reyes europeos, como el Kaiser, sentaban a su mesa y trataban con respeto a escritores y artistas republicanos o socialistas sin que unos y otros se sintieran traidores a sus ideas o a sus responsabilidades. El espíritu de comprensión le llevó en una ocasión a reaccionar con buen temple ante un pintor que, cual nuevo Goya, se permitió la libertad de realizar su retrato olvidándose de cualquier fidelidad formal al modelo; alterada su figura casi por entero, al preguntarle al artista, el famoso Lenbach, la razón de los cambios, éste no supo decir otra cosa que aquéllo que también era la opinión corriente, el tópico habitual:

Retrato del artista Franz von Lenbach (1836-1904), retratista y pintor realista bávaro, según Kugler c.1871.

''Una infanta de España no puede ser rubia. Debe tener el pelo oscuro, y oscuro se lo pongo - me respondió malhumorado; sin hacer caso de mi observación, continuó dando tonos negruzcos a mi cabellera...La obra de arte, que se expuso aquel año, mereció elogios de la crítica y batieron palmas entusiastas todos los admiradores de Lenbach. A mí no me ha convencido nunca. Encuentro un gesto de cansancio que no tenía, una expresión enfermiza...Pero Lenbach me veía así.

''Nadie se ve a sí mismo - me dijo -. Bismarck creía tener una expresión dura, cortante, de acero, y era una expresión burlona. León XIII se creía dulce y lo veían amable y bondadoso los que no sabían ver. Era áspero, frío y seco, y yo así lo he pintado. Vuestra Alteza es así, como yo la retrato.'' Acepté calladamente, resignada, pensando que acaso Lenbach tuviera razón y fuera yo un espíritu cansado.

Creo que con la transcripción precedente se explican muchas cosas, y no me he resistido por ello a insertarla. Si hay alguien que merece los honores de la soberanía es el pintor, sin más legitimidad que su propia estima, pero con la contundencia de quien se siente por encima de todo en nombre del arte, de su arte. Su visión subjetiva se impone sobre la realidad y merece elogios por ello. La modelo, otrora quintaesencia del absolutismo, acepta su inferioridad de juicio; ya su imagen no es suya, sino de alguien que la ve de otro modo, pero que no permite otro modo de verla. Otra vez Goya triunfa de Carlos IV, otra vez el rey es el humilde, otra vez ''el rey bebe'' y contribuye a la degradación de su imagen en nombre del arte. Lo malo es que luego la historia le pide testimonio al arte, y con él conforma la imagen definitiva que quedará...

La infanta Eulalia conoció también a políticos sobre los cuales opina desde una óptica que no podemos reprocharle los que hemos podido saber sus trayectorias posteriores o las consecuencias de sus acciones de gobierno. Cabe destacar en este punto la página que le dedica a Mussolini, hombre amable y cortés, nada impresionante por su figura, su voz o sus gestos, del que alaba precisamente la labor modernizadora de la sociedad italiana; la autora ve en él no un dirigente ideológico ni un megalómano, sino un administrador eficaz que ha remozado las estructuras del país. Son los mismos elogios que solían hacer los turistas extranjeros de aquella época, al ver como se había pasado del caos a una perfecta organización de tipo germánico o anglosajón. También, y en la misma línea, juzga positivo el balance de gobierno de Primo de Rivera; éste, ya autodesterrado en París y en vísperas de su muerte, no tiene, sin embargo, ningún reproche que hacerle al rey por su ingratitud, y, a su vez, la infanta no se suma a quienes - inmensa mayoría - ven en la dictadura la causa de la caída de la monarquía un año después; para ella esa causa está en el entorno del rey, en la aristocracia miope y egoísta y en los políticos caciquiles, a todos los cuales desprecia. No así a los republicanos, a los que elogia por su sentido de la responsabilidad en el cambio de régimen hasta tal punto que se siente orgullosa del ejemplo que España daba al mundo con ello.

Fotografía del Rey Alfonso XIII junto a Miguel Primo de Rivera y Orbaneja (1870-1930), 2º Marqués de Estella y 7º Conde de Sobremonte, G.E., Jefe del Directorio Militar que pretendió restaurar el orden social y acabar con el caciquismo, a partir del Golpe de Estado de 1923.

Retrato de Benito Mussolini (1883-1945), Primer Ministro de Italia a partir de 1922.

Es evidente que los reproches que hoy podría merecer la autora por sus alabanzas a Mussolini y Primo de Rivera quedan compensados por el criterio que subyace siempre en sus puntos de vista: cualquiera que rompa con las tradiciones inútiles, con los conservadurismos absurdos, con las ataduras que impiden la existencia de una sociedad más abierta y el triunfo del mérito sobre los privilegios de la sangre merece su gratitud y su bendición. Aún no había llegado la hora, en 1931, en que la modernización del Estado y de la sociedad se convirtieron en un pretexto para deificar al primero y anular a aquélla.

Texto in http://www.personales.ya.com

 

La Hija Secreta de Eulalia

En una fría mañana de febrero de 1883, poco antes de que den las diez, Don Juan Manuel Panadero Jiménez toca con vehemencia a la puerta del Juzgado del pequeño pueblo jienense de Alcaudete. La explicación a tanta urgencia está agazapada entre sus brazos: una recién nacida a la que protege «envuelta en un pedazo de algodón azul, pañal de lienzo de algodón, armilla de indiana clara, gorro blanco y un pañuelo de estambre a cuadros de colores», los mismos ropajes con los que ha sido recogida apenas unos minutos antes de la inclusa del pueblo, el hogar donde se deja a los niños abandonados. Otra expósita, por tanto. Quizás no es la primera, ni será la última, de aquel año 1883. Su destino, como el de tantos otros, será el de arrastrar por el mundo el apellido Expósito. O, si es más afortunada, el más piadoso de Cruz. O el de Baena, el nombre del vecino pueblo con el que ya se ha bautizado a más de uno y a más de dos.
Pero no será así esta vez. Con la parsimonia que acostumbra, trazo exquisito y cuidada letra, el juez de Alcaudete, Don Serafín Hernández Romero, se dispone ya a inscribir al bebé en el registro. Veamos, de nombre... E-u-l-a-l-i-a. De acuerdo. ¿Y el apellido? ... B-o-r-b-ó-n.

 

Bautizada al día siguiente

Borbón. Eulalia de Borbón. Cuando, más de 120 años después, el oficial del Juzgado de Alcaudete Sergio Burgos encontró una partida de nacimiento con este nombre, y en su propio pueblo, se extrañó; una niña abandonada en un torno a quien la máxima autoridad judicial, un secretario, dos testigos y el responsable de la casa-cuna consienten en inscribir nada menos que con el apellido del Rey Alfonso XII. Y no sólo eso. A continuación, ese mismo 13 de febrero, la niña es bautizada en la Iglesia Mayor Parroquial de Santa María de Alcaudete por el presbítero Don Manuel Ocaña, en presencia de un padrino y dos testigos. «Bauticé solemnemente a una niña que dicen fue entregada en la Casa de Veneficiencia (sic) de esta Villa, como a las nueve de la mañana de hoy, a la que puse por nombre Eulalia y por apellido Borbón», escribió en la partida de nacimiento.
¿Quién era esa pequeña? Parece poco probable que la ocurrencia de bautizarla de esa guisa no fuera más que una broma de mal gusto de un juez socarrón y un cura burlón. Mucho menos que se trate de un error. ¿Quién, entonces, osa inscribir como una Borbón a una expósita si no es con el beneplácito de la «autoridad competente»? Y, sobre todo, ¿quién fue aquella Eulalia que alguien dejó a buen recaudo en un retirado pueblo de Jaén?

Primera pista. De nombre Eulalia y de apellido De Borbón. Así se llamaba también la menor de los cinco hijos de Isabel II, conocida como la «Infanta rebelde» y que ha pasado a la Historia por ser algo así como el verso suelto de la Dinastía. En su currículum acumuló motivos sobrados para merecer semejante distinción: defendió la emancipación de la mujer (hace más de un siglo, no lo olvidemos), apoyó la causa de la revolución cubana, desafió a su sobrino Alfonso XIII con una biografía que escandalizó a las cancillerías europeas y se convirtió en la primera Infanta que solicitó formalmente -y logró- el divorcio de un marido infiel y despechado al que, por cierto, ella correspondió con una buena dosis de cuernos.

La hipótesis más plausible

La Infanta Doña Eulalia nació en 1864, 19 años antes de que unos desconocidos dejaran a buen recaudo en la inclusa de Alcaudete a una niña con ese nombre. ¿Se trata, por tanto, de una hija ilegítima de la díscola Infanta y, por tanto, nieta de Isabel II? Saberlo a ciencia cierta es, por el momento, imposible. Pero hay quien cree que hay motivos sobrados para no descartarlo. El descubridor de la partida de nacimiento sostiene que ésta es la explicación más plausible a un misterio difícil de entender. La misma sospecha tiene el historiador José María Zavala, autor de «La infanta republicana: Eulalia de Borbón, la oveja negra de la Dinastía» (Plaza y Janés), la biografía más completa de la hija de Isabel II, que va ya por la segunda edición. Zavala aporta tres ingredientes que, al menos, invitan a no recelar de esta teoría: un historial de amantes especialmente revuelto aquellos años, un puñado de cartas comprometedoras y el nombre en clave de una misteriosa joven a la que, dos décadas después, Doña Leonor cuida con mimo en París.

Vayamos por partes. Segunda pista: nueve meses antes de aquel 13 de febrero de 1883, la Infanta Eulalia saborea aún sus éxitos en la Feria de Abril de Sevilla, de la que era asidua. ¿Ocurrió algo aquellos días? De su activa vida sentimental da cuenta una reveladora carta que había permanecido oculta hasta que Zavala la encontró rebuscando en el Archivo de Palacio. Para entenderla hay que tener en cuenta dos elementos. Uno es su fecha, 27 de julio de 1883, cinco meses después del nacimiento de la misteriosa Eulalia de Alcaudete. El otro, sus protagonistas, tan enrevesados como la propia vida de la hija menor de la Reina. Un breve «dramatis personae» ayudará a entenderlo. El autor de la misiva es Alfonso XII y la destinataria, Doña Paz, ambos hermanos de Eulalia. «Antonio» es Antonio de Orleáns, el primo de la «Infanta rebelde» y el marido que le impusieron tres años después, del que se divorciará tras 14 años de infidelidades mutuas. «Steffi», por último, es el archiduque Carlos Esteban, hermano de María Cristina, segunda esposa del Rey.

Retrato oficial del Rey Alfonso XII de España (1857-1885).

«En cuanto a la conveniencia de haber roto con Antonio -expone Alfonso XII-, yo no creo que ningún hombre se pueda ofender porque se le diga, desde el primer día, que no; pero creo que ninguna mujer tiene el derecho de consentir a un hombre, engañarlo durante más de un año y luego de golpe y porrazo darle calabazas. Eso es sencillamente lo que Eulalia ha hecho,con Steffi, primero, y luego con Antonio, y cosa muy extraña es que dos veces seguidas, con dos muchachos buenos y agradables, se haya equivocado hasta el punto de creer que podía ser feliz con ellos y luego convencerse de lo contrario»

Y eso no es todo. En la misma epístola Alfonso XII habla de un tercer actor en este drama sentimental: el «otro», el «portugués», el futuro Rey Carlos I de Portugal y verdadero amor de Eulalia, con quien la joven se habría casado de no pesarle tanto la responsabilidad de convertirse en Reina. Escribe Alfonso XII a su hermana Paz: «El hecho era no soltar a Antonio, sino cuando el otro hubiera dicho algo, y no que ahora no hay Antonio y está en lo posible que el portugués venga comprometido con otra o no le guste Eulalia y se quede ésta sin nadie y ya sabes que no es tan cómoda de tener mucho tiempo soltera; pues no es tan segura de carácter como tú o Isabel».

La misteriosa «Jacques»

¿Tiene alguno de estos apuestos seductores relación con toda esta historia? De ser cierta esta hipótesis, quizás sí. «En esa época Eulalia llevaba una vida bastante disipada -explica José María Zavala-. Su gran amor era Carlos de Portugal, había roto con el archiduque Carlos Esteban y después con Antonio». La hipotética paternidad de este último, a su juicio, parece poco probable. La de un cuarto «actor» desconocido es una mera especulación. Pero en lo que respecta al futuro Rey de Portugal, el misterio se mantiene vivo, una vez más, gracias a un puñado de cartas -llenas de piropos, confidencias y declaraciones de amor- que se siguieron escribiendo durante toda su vida Eulalia y Carlos, hasta que en 1908 el monarca murió en un atentado.

«Gracias por cuidar de ella»

Según testimonia el biógrafo de Eulalia, en alguna de estas misivas ambos hablan de una niña, a la que llaman simplemente «Jacques», que vive con la Infanta en París, y por la que se interesa con avidez Carlos. «Muchas gracias por ocuparte de ella», le escribe. ¿Por qué lo hace? ¿Quién es esa desconocida? «No sabemos qué fue de esa Eulalia de Alcaudete -concluye Zavala-. Probablemente cambió de nombre. Pero teniendo en cuenta que a esa niña se le pierde la pista, puede ser que termine en París. Desde luego, ese ‘Jacques' es un nombre un poco raro». ¿Será posible que sea la misma niña que una fría mañana de febrero encontró Don Juan Manuel Panadero Jiménez, «envuelta en un pedazo de algodón azul», en una casa-cuna de un pueblo de Jaén?

Fuente: Texto de Ernesto Villar, 2008.
in: http://www.larazon.es/noticia/la-otra-eulalia-de-borbon