EL PALACIO REAL DE MADRID

HISTORIA & EVOLUCIÓN DE UNA RESIDENCIA REAL

 

Del incendio de 1734 a su reconstrucción

-1ª Parte-

Desde la proclamación oficial de Don Felipe V de Borbón como rey de las Españas y de las Indias, el 24 de noviembre de 1700, en un acto celebrado con gran despliegue, pompa, ceremonia y boato en la plaza meridional del Real Alcázar, la residencia de los Austrias pasó a serlo de los primeros Borbones. Con cierto disgusto, Felipe V descubrió la chocante austeridad del palacio madrileño: vetusto, sombrío, laberíntico y espartano. Nada que ver con la luminosidad del interiorismo francés del palacio de Versailles. Poco acostumbrado al gusto castellano, en el que predominaban los muebles de madera oscura y las paredes blancas, el flamante rey ordenó su inmediata redecoración tras casarse con la princesa Maria-Luisa Gabriela de Saboya, quien intervino personalmente en las reformas debidamente secundada por la princesa de Ursinos.

El Real Alcázar de Madrid, en una recreación virtual siguiendo los grabados de la época anteriores al gran incendio del 24 de diciembre de 1734 que lo redujo a cenizas.

Trazado de los planos del Real Alcázar de Madrid y sus jardines, realizado por el arquitecto Teodoro Ardemans en 1704-1705, antes de emprender las reformas interiores del palacio.

Plano de la distribución de los aposentos reales de la primera planta del Real Alcázar de Madrid, tal y como eran antes de 1734.

La remodelación interior de las principales estancias del palacio de los Austrias, recayó primero en el arquitecto Teodoro Ardemans y, en segundo lugar, en René Carlier, sucesor del anterior. Tanto Ardemans como Carlier ejecutaron las transformaciones siguiendo las indicaciones de la reina Maria-Luisa, mientras la princesa de Ursinos les marcaba las directrices a seguir.

La muerte de la reina en 1714 y la llegada de Isabel de Parma, con la consecuente marcha de la princesa de Ursinos al exilio, no supusieron una interrupción de las obras de remodelación en palacio. Felipe V, lejos de tenerle cariño al viejo Alcázar, siempre con su trajín diario de obreros y polvoriento, prefirió instalarse con su corte en El Buen Retiro, palacio que había sido levantado por el conde-duque de Olivares para el rey Felipe IV en tan solo una década, rodeado de hermosos y frondosos jardines en el mismo Madrid, que resultaba mucho más agradable en muchos aspectos.

Dado que el viejo Alcázar estaba siendo remodelado y puesto al día, el rey decidió que la mayoría de su fabulosa colección pictórica tenía que ser sacada de entre sus muros para evitar daños, y trasladarla al Palacio del Buen Retiro. Fue, como veremos, una sabia decisión.

La infausta noche

La Nochebuena de 1734 (24 de diciembre), encontrándose la corte temporalmente instalada en el Real Sitio de El Pardo, se declaró un incendio en el Real Alcázar de Madrid. Se dijo entonces que el fuego se originó accidentalmente, aunque algunos lo consideren dudoso, en los aposentos del pintor de la corte Jean Ranc (ausente, por cierto), por culpa de una chimenea sobrealimentada por unos mozos de palacio embriagados. El rugiente fuego de chimenea, atiborrado de leños, acabó por salirse y lamer los cortinajes cercanos. Considerando la antigüedad del mobiliario, de los artesonados en yeso y madera y de los tapices, éstos prendieron enseguida con pasmosa facilidad y las llamas no tardaron en extenderse por las estancias colindantes sin que el personal de palacio, preso de pánico, consiguiera apagarlo. Fuera de control, las llamaradas recorrieron paredes, ventanas, puertas y techos, hundiéndose las yeserías y prendiéndose los artesonados y luego las vigas de madera que conformaban los armazones que databan de la época de Carlos I y Felipe II (siglo XVI). La primera voz de alerta se dio sobre las doce y cuarto de la noche, por parte de unos centinelas que allí hacían su guardia, tal y como lo relató días después el marqués de La Torrecilla (Félix de Salabert y Aguerri, 3er Marqués de La Torrecilla y 4º Ms. de Valdeolmos, Regidor de la Villa de Madrid que vivió entre 1689 y 1762).

Dado el carácter festivo de aquella noche, la alerta no tuvo eco en las calles vecinas y los madrileños interpretaron las campanadas de aviso como "campanadas de maitines", ya que era el momento del rezo antes del amanecer. Es más, por temor a que acudiesen saqueadores y ladrones, los guardias de palacio evitaron abrir las puertas en las primeras tres horas, hasta que se hizo forzosa la evacuación. Pero, poco a poco, cundió la alarma y los primeros en acudir al rescate de personas y objetos de valor fueron los frailes de la congregación de San Gil. Éstos se dedicaron sobretodo a despertar a los ocupantes, a salvar las reliquias y adornos sacros que se encontraban en la Capilla Real, un pequeño número de documentos del Archivo de la Corona, cofres, arcas de plata labrada y bargueños con dinero contante y sonante, y las alhajas que conformaban el Tesoro de la Familia Real como la famosa Perla Peregrina y el gran diamante cuadrado de 100 quilates conocido como El Estanque. Sorteando las llamas y el desplome de algunas salas, los que se afanaban en salvar todo lo que pudiera tener algo de valor, acababan tirando aquellos tesoros y objetos por las ventanas para ganar tiempo. Algunos cuadros como Las Meninas de Velázquez -que se encontraba en el despacho del Rey-, salvados in extremis de las llamas, fueron igualmente arrojados por las ventanas; otros, encastrados en las paredes de los salones oficiales, no pudieron ser rescatados a tiempo por culpa de su gran tamaño o por el riesgo y la dificultad que entrañaban desclavarlos de sus marcos. Los doce afamados leones en bronce dorado ejecutados por Finelli y Bonuccelli alias Bonarelli, que sustentaban unas consolas en el salón de los espejos (encargados por Velázquez), pudieron también ser rescatados mientras que otros elementos decorativos se calcinaron y fundieron con otros objetos de plata y oro, mientras eran reducidos a cenizas lienzos y tapices flamencos de gran valor. El calor era tan intenso que los enseres y objetos de orfebrería hechos de metal precioso fundían a la vista, desprendiéndose las gemas engastadas y obligando a los desesperados criados a recoger aquellos metales licuados y piedras preciosas con cubos.

Fotografía de la "Mesa-Tablero de Felipe II" realizada en piedra dura con motivos florales y cuyos soportes son 4 de los 12 leones de bronce dorado que descansan una pata sobre una bola caliza rojiza, realizados por Matteo Bonuccelli aka Bonarelli (Artes Decorativas del Patrimonio Nacional, Museo del Prado, Madrid). / Abajo, el célebre cuadro de Velázquez conocido como "Las Meninas", que estaba colgado en el despacho del rey Felipe IV y que fue, afortunadamente, rescatado del incendio de 1734.

Otra fuente cita que se cargaron cinco carros con siete caballos y mulas cada uno, "con oro, plata, joyas y monedas del ajuar de los señores infantes y salieron arreando...". En cuanto al marqués de La Torrecilla, éste apunta que de los escombros humeantes se rescataron tal cantidad de piedras preciosas, diamantes y metales nobles que con ellos se llenaron cuatro grandes cofres.

Recreación virtual del incendio del 24 de diciembre de 1734, que arrasó el Real Alcázar de Madrid, según C. García Reig.

Durante cuatro días, el Real Alcázar ardió como una gigantesca fogata de San Juan ante la impotencia de los desolados madrileños que acudieron a salvar sus tesoros pero que fueron frenados en sus intentos. Nadie pudo limitar los irreparables daños causados por aquel descontrolado incendio, que devoró el palacio de los Austrias y engulló gran parte de su patrimonio histórico y artístico conseguido en dos siglos de paciente acumulación y enriquecimiento gracias al coleccionismo de los reyes y a sus múltiples encargos. Lo positivo fue que no hubo que lamentar pérdidas humanas a excepción de una mujer anónima, según el marqués de La Torrecilla, y que el grueso de los objetos de valor de la Corona habían sido rescatados in extremis.

Vista del Real Alcázar de Madrid en tiempos de Felipe II, con su prolongación que cobijaba la llamada "Casa del Tesoro", donde se hallaba ubicada la Biblioteca Real, y de la que parte la galería que enlazaba el palacio con el Real Monasterio de La Encarnación.

Finalmente extinguido el incendio, tan solo permanecieron en pie las paredes maestras externas de un Real Alcázar en ruinas, ennegrecidas por las llamas e irrecuperables por estar en muy mal estado. Sin embargo, se salvó el edificio anexo conocido como Casa del Tesoro, que comunicaba con el palacio y ocupaba en parte lo que hoy es la Plaza de Oriente, construída a partir de 1568, y que comunicaba a su vez con el Real Monasterio de la Encarnación mediante una galería.

Se procedió entonces a la inmediata recogida de escombros, búsqueda de posibles objetos de valor sepultados bajo éstos y a la demolición de las siniestras ruinas para dejar sitio a un gigantesco solar calcinado. Todo aquel trabajo se inició cuando aún estaban candentes las brasas y se apagaban con dificultad los últimos focos, y no pocos obreros allí empleados sufrieron accidentes lamentables y alguna que otra muerte.

Cuatro años después de aquella catastrófica pérdida (1738), Felipe V ordenó erigir en el mismo emplazamiento las bases de un nuevo palacio real más acorde con el gusto y estilo que se imponía en el resto de las cortes europeas. Las obras iban a durar casi tres décadas y el proyecto, originalmente ideado por el fecundo arquitecto italiano Filippo Juvara, sufrió varias modificaciones en su diseño y distribución bajo la dirección de Gian Battista Sachetti hasta su conclusión con Francesco Sabatini en 1764.

Lo salvado y lo destruido

Retrato de Don Carlos II de Austria "el Hechizado", Rey de las Españas y de las Indias, último monarca de la dinastía Habsburgo, inmortalizado en el famoso Salón de los Espejos del Real Alcázar de Madrid por el pintor Carreño de Miranda. El artista, representó al joven soberano con una mano descansando sobre una de las consolas soportadas por dos leones en bronce, de la docena encargada por Velázquez al escultor Matteo Bonarelli.

Gracias a los cinco inventarios que jalonan la dilatada historia del Real Alcázar de Madrid, siendo el primero realizado en 1600 al advenimiento de Felipe III y el último en 1700, tras la muerte de Carlos II, se conservan los "catálogos" descriptivos de todas las obras de arte pictórico-escultóricas, objetos de valor, muebles, tapices, enseres y joyas de la Casa Real minuciosamente inventariados, lo que nos puede dar una estimación del total patrimonial que se esfumó en la terrible deflagración de 1734. Añadamos que, días después, Felipe V ordenó que se inventariase lo rescatado del Alcázar madrileño y que se había depositado en el convento de San Gil, en los palacios del arzobispo de Toledo y del marqués de Bedmar, y en la Armería Real.

Recreación virtual del Salón de los Espejos del Real Alcázar de Madrid, una de las estancias principales de la 1ª planta de palacio y cuyas ventanas daban a la fachada principal (lado Sur), sobre la Plaza de la Armería.

Nos consta pues, que en el momento del trágico suceso, se conservaban en palacio cerca de 2.000 pinturas, entre originales y copias, de las que 500 se perdieron irremediablemente. Los 1.038 lienzos restantes, salvados de la hecatombe, fueron inventariados y nuevamente catalogados justo después del 27-28 de diciembre de 1734. Recordemos también que una parte importante de la pinacoteca real había sido previamente trasladada al Palacio del Buen Retiro por orden del rey, para evitar que sufrieran desperfectos por culpa de las reformas emprendidas.

Retrato ecuestre del rey Felipe IV de España, obra de P.P. Rubens; esta obra, muy querida por el retratado, estaba colgada en una de las paredes del Salón de los Espejos del Real Alcázar, haciendo frente a otro retrato ecuestre del rey-emperador Carlos V en Mühlberg, obra de Tiziano. Fue destruído en el incendio de 1734, pero subsiste una copia que figura en la Galería Uffizi de Florencia.

Hubo que lamentar, no obstante, pérdidas importantes al quemarse relevantes obras de Velázquez, de Rubens, de Tiziano, del Tintoretto, del Veronés, Ribera, El Bosco, Brueghel, Durero, Sánchez-Coello, Van Dyck, El Greco, Aníbal Carraci, Leonardo da Vinci, Bassano, Correggio, Rafael, Luca Giordano, Claudio Coello, Carreño de Miranda, etc.

Por otro lado, se consumió el grueso de los innumerables documentos históricos que conformaban el fondo del Archivo de la Corona Española, con sus bulas papales, sus registros, cartas patentes, reales concesiones, diarios, despachos reales, correspondencias y abundante documentación sobre las Indias y demás colonias hispanas.

Maqueta a escala del desaparecido Real Alcázar de Madrid.

Del desastre de aquella infausta noche del 24 de diciembre de 1734, nos queda una cierta inquietud sobre las auténticas causas de tan misterioso incendio. Más allá del anecdótico emborrachamiento de los criados de Jean Ranc, que cometieron la imprudencia de cargar con demasiados leños el hogar de la chimenea de su cuarto, causando un fuego infernal que pronto se desbocó, hubieron rumores de un incendio intencionado pues parecía imposible, a los testigos de entonces, que el fuego adquiriese tanta rapidez en su propagación. A eso, súmese el temor de la guardia de palacio en abrir las puertas del Real Alcázar para dejar que los madrileños acudiesen a apagar el fuego, demorándose la apertura por tres horas, por miedo a que éstos se librasen al saqueo aprovechando la general confusión y provocando, obviamente, una mayor pérdida de sus tesoros de incalculable valor que, según el marqués cronista, se hubiera evitado de no haber actuado con tanto recelo y lentitud. Hay quien apunta que aquella desgracia beneficiaba al mismísimo Felipe V, que detestaba el real edificio de sus predecesores, brindandole la oportunidad de construir un nuevo palacio más acorde con su particular concepción de cómo tenía que ser una residencia de reyes.