ELEONOR ERNESTINA, CONDESA VON und ZU DAUN

MARQUESA DE POMBAL & CONDESA DE OEIRAS

1721 - 1789

LA ESPOSA DEL HOMBRE MÁS PODEROSO DE PORTUGAL

-Segunda Parte-

Poder absoluto y enemistades

Retrato de Don Sebastiao José de Carvalho e Melo (1699-1782), 1er Conde de Oeiras y de Redinha en 1759, 1er Marqués de Pombal en 1769, Secretario de Estado y Primer Ministro de Portugal de 1756 a 1777. 

El Terremoto de 1755 fue el orígen del gran poder de Sebastiao José de Carvalho. Su energía y eficacia produjeron en el ánimo del rey José I una honda impresión que, desde entonces, comenzó a confiar ciegamente en él. Confianza que se vio reforzada por la gran popularidad del ministro entre los lisboetas y supervivientes de la tragedia, agradecidos por sus medidas y ayudas. Pese a su éxito, Carvalho no consiguió vencer los odios y envidias de la nobleza que si bien no las ocultaban, las disfrazaban con hipócritas lisonjas. Ya nadie podía ponerle palos en las ruedas: se había convertido en el nuevo primer ministro de la monarquía y el rey confiaba plenamente en su buen juicio para llevar los asuntos de Estado, siguiendo al pie de la letra todos sus consejos.

Detalle de un retrato de Don José I de Braganza (1714-1777), Rey de Portugal, de los Algarves y de Brasil entre 1750 y 1777.

En 1756, José I nombró a Carvalho secretario del reino (que viene a ser el equivalente a primer ministro), al estar vacante desde la muerte de Pedro da Mota, y nombró para la cartera de Asuntos Exteriores y de la Guerra a Luis da Cunha Manuel, hechura de Carvalho. Aprovecharía el flamante primer ministro para deshacerse de Diogo de Mendonça Corte-Real y lo reemplazó por Tomé Joaquim da Costa Corte-Real que, al poco tiempo, también cayó en desgracia y fue desterrado a Leiria. Estaba en un momento en el que ya no podía tolerar oposición alguna, ya que las interpretaba como un acto de rebeldía contra el poder absoluto del rey. De ahí la dura represión que llevó a cabo en febrero de 1757, al producirse un motín en Porto. La interpretó como una rebelión formal contra la persona del monarca y a sus autores como responsables de un crimen de lesa-majestad, aunque en el fondo supiera que dicha sublevación no tenía tanta importancia como se le quiso dar, pero convenía considerarla así para enseñar a los portuenses que no se podían desatender impunemente sus órdenes, y para concienciarlos de que él mismo era tan inviolable como la persona del rey, que sus órdenes debían ser acatadas como si hubiesen salido por boca del mismísimo soberano ya que él estaba bien arropado por el manto régio. El hecho de que Carvalho siempre dijera públicamente "el Rey mi amo", significaba claramente que entendía gobernar como el delegado del poder absoluto y sagrado del monarca.

Doblegando asi, mediante la represión de los tumultos de Porto, las resistencias municipales dirigidas contra su enérgica administración, ahora Carvalho pensaba en rebajar igualmente la insolencia de la nobleza como después se empleó en despedazar a ese formidable poder organizado como el de la Compañía de Jesús. Los nobles, soliviantados con su despotismo, empezaron a conspirar contra él y contra el rey, su principal valedor. La aristocracia, que poseía muchos privilegios, se mostró desde un principio hostil a un Carvalho que, por su parte, no perdía ocasión para restringirlos paulatinamente.

Retrato del aristócrata Don Lourenço José de Brotas de Lencastre e Noronha (1735-1801) 5º Marqués das Minas y 8º Conde do Prado por su matrimonio con la heredera Maria-Francisca de Sousa a partir de 1761; era hijo y heredero de Don Afonso de Noronha y nieto de Don Marcos de Noronha, 4º Conde dos Arcos y de Maria-Josefa de Távora. El cuadro fue pintado por Francisco Vieira de Matos aka "Vieira Lusitano" entre 1750 y 1755 (Museo Nacional de Arte Antiga, Lisboa). 

De sus muchos enemigos aristócratas, fue uno en concreto, Don José de Mascarenhas da Silva e Lencastre (1708-1759) 8º Duque de Aveiro, que se empleó en las peores bajezas para heredar la casa y los títulos de los Duques de Aveiro -blasón del linaje de Lencastre, Casa Ducal de Aveiro, a la izq.-; ahora pretendía que pasaran a sus manos las ricas encomiendas que habían sido administradas por los antiguos duques y que daban sustanciosos dividendos. El rey, a instancias de Carvalho, no lo consintió y de ahí nacerá el odio y rencor visceral del duque y de su familia hacia don José I.

A pesar de todo, el misterio que envolvió los hechos relativos a este proceso (me refiero al proceso de los Távora-Aveiro), parece incontestable que el Duque de Aveiro tuvo la idea de asesinar al rey, que para eso recurrió a su ayudante de cámara Manuel Alvares Ferreira y que éste lo planeó conjuntamente con su hermano y con otro pariente, José Policarpo de Azevedo. Y que es innegable que, en la noche del 13 de septiembre de 1758, cuando el rey volvía en su carruaje a Ajuda de una cita amorosa, recibió varios balazos entre la Quinta do Meio y la Quinta da Cima, y que solo se salvó de una muerte segura gracias a la rápida reacción de su cochero, que también recibió varias heridas. Don José I y su cochero consiguieron escapar de sus tres asesinos y regresar a Ajuda, siendo inmediatamente atendidos por los reales cirujanos, mientras Carvalho ordenaba que se silenciara la noticia hasta que no hubiera concluído la investigación de los hechos y se diera con los culpables. En este atentado, Carvalho vio la oportunidad de deshacerse de dos enemigos potenciales y la aprovechó arremetiendo contra la alta nobleza, encarnada por los Távora y los Aveiro, y contra los jesuitas.

Azulejos del Palacio de Galveia (ex-palacio de Távora), en los que se cree está representada como divinidad marina la célebre Leonor Tomásia de Távora, 3ª Marquesa de Távora (1700-1759), musa de la oposición aristocrática y víctima del Marqués de Pombal.

Concibió entonces su plan, con una sangre fría extraordinaria, ordenando que se guardase el mayor de los secretos sobre las heridas del rey y se llevasen con gran diligencia y discreción las pesquisas. Tres meses después, el 13 de diciembre, todos los sospechosos e implicados en el crimen fueron apresados sin previo aviso, a excepción de José Policarpo de Azevedo, que escapó de milagro al no tener el ministro conocimiento de su complicidad. Los apresados no fueron tan solo el Duque de Aveiro y sus gentes, sino que también fueron arrestados los miembros de la familia Távora -blasón de los Marqueses de Távora, a la izq.- por ser la principal de las familias nobles abiertamente descontentas, y sobretodo el marqués Luis Bernardo de Távora, cuya esposa había sido la favorita y amante del rey y que por eso se creía que éste estaba resentido con el soberano. De hecho, los marqueses de Távora eran enemigos declarados del ministro y habían convertido su palacio en el centro de reunión de los descontentos y en la fuente de todas las hostilidades hacia él. En cualquier caso, se encontraron indicios suficientes para procesarlos a todos y, aparte del Duque de Aveiro, del Marqués de Alorna, de Távora y del Conde de Atouguia, fueron también apresadas unas pocas damas como la Duquesa de Aveiro, las dos marquesas de Távora, la Condesa de Atouguia, la Marquesa de Alorna y sus hijas.

El 13 de Enero de 1759, tuvo lugar en la Plaza de Belém, en Lisboa, la atroz ejecución de todos los miembros de la Casa de Távora y del 8º Duque de Aveiro, en presencia de la Familia Real y toda la Corte Lusa. En medio del patíbulo, yace el cuerpo decapitado de la 3ª Marquesa de Távora.

Al mismo tiempo, se creó una junta o tribunal especial presidido por los tres ministros de Estado que debían juzgar a los acusados. La nominación de un tribunal especial fue, sin duda, la primera de las iniquidades cometidas a lo largo del proceso, permitiendo que fuera presidido por los secretarios de Estado y que, aunque algunos de ellos no tuvieran intereses en el asunto, siempre permanecían siendo los representantes del rey y, por consiguiente, los representantes de la acusación.

Suplicio y ejecución de José de Mascarenhas da Silva e Lencastre, 8º Duque de Aveiro (1708-1759), el 13 de Enero de 1759.

Todo ese lúgubre proceso se desarrolló en el mayor de los secretos, y los pocos rumores que llegaban desde las cárceles venían a sobresaltar, de cuando en cuando, la opinión pública. Las confesiones fueron arrancadas a base de crueles torturas, hasta conseguir que unos y otros se acusaran de complicidad, pero lo cierto es que muchas de ellas no se aguantaban por ningún lado y que hubieron más víctimas inocentes que auténticos culpables en este juicio arbitrario.

En cuanto al tema de su guerra particular contra los jesuitas, huelga decir que Sebastiao José de Carvalho intentó por todos los medios encontrar indicios de complicidad de la Compañía en el atentado contra el rey, aunque sin éxito. Y es que, desde que había accedido al poder, Carvalho se vio constantemente frenado en sus reformas por el inmobilismo de los jesuitas, por lo que le era vital tumbar semejante obstáculo. Los jesuitas eran su gran preocupación por ser un obstáculo invencible a su programa de regeneración social. Dominaban en todas partes, reinaban sobre las conciencias desde los confesionarios, sobre los espíritus desde las aulas escolares y universitarias, y la educación del pueblo dirigida por ellos era la más funesta que podía haber con su inmobilidad perpétua. Peor aún, defendían la teoría de que el rey debía someterse a la voluntad del pueblo y no al revés, lo que se interpretaba como una propaganda subversiva en el Gobierno. Y, por si fuera poco, se habían hecho fuertes en las colonias de ultramar con sus misiones que se iban multiplicando a un ritmo imparable, poniendo no pocas trabas a las iniciativas de los gobernadores generales y virreyes. La situación había adquirido tintes inadmisibles, sobretodo cuando España cedió a Portugal la colonia de Paraguay, completamente dominada por la Compañía de Jesús, y que se resistió al dominio portugués. Fue necesario emprender contra los paraguayos una campaña en toda regla, dirigida por el gobernador de Río de Janeiro, Gomes Freire de Andrade, como en ambos lados del Amazonas fue necesario que el hermano del ministro, Francisco Xavier de Mendonça, tomase medidas enérgicas para conseguir que se cumpliera el tratado entre las dos naciones en relación a los límites brasileños del Norte.

Retrato de Don Francisco Xavier de Mendonça Furtado (1700-1779), Capitán General y Gobernador General de Grao-Pará y Maranhao (Brasil) entre 1751 y 1759.

Decidido a acabar con esta oposición, denunció ante Roma la decadencia y corrupción de la Compañía de Jesús, requiriendo que fuese investigada por el cardenal patriarca de Lisboa, llegando al papa Benedicto XIV -en el retrato de la izq.-numerosos informes negativos sobre el estado de la orden. Luego, consiguió que fuesen suspendidos de ejercicio todos los jesuitas y apartados de sus confesionarios y púlpitos en todas las diócesis portuguesas y, al mismo tiempo, ordenaba la expulsión de los confesores jesuitas de la corte. En cuestión de semanas, Carvalho -que ya era Conde de Oeiras desde el 15 de julio de 1759- mandaba rodear las casas de los jesuitas por el ejército y decretaba la expulsión de la Compañía fuera de todos los territorios portugueses, asi como la confiscación de todos sus bienes (3 de septiembre de 1759), pese a las recomendaciones de Roma para que no fuesen desterrados. Haciendo caso omiso del nuevo papa Clemente XIII y de sus disposiciones, el flamante Conde de Oeiras mandó a los jesuitas a Roma por vía marítima, hizo saber al núncio apostólico Cardenal Acciaioli que ya no era persona grata en la corte lusa y en el país, mandándolo escoltar por un destacamento de 30 dragones hasta la frontera, y llamaba a consulta a su embajador Francisco de Almada interrumpiendo así las relaciones entre Lisboa y Roma. Luego vendrían las repetidas instancias al Vaticano para que se procediera a la extinción y disolución de la Compañía de Jesús. Es de imaginar la presión diplomática ejercida conjuntamente por Portugal, España, Francia, Parma y Nápoles-Sicilia para que el papa sentenciara la orden. Clemente XIII intentó resistirse pero, al ver coaligada casi toda la Europa Católica contra él y los jesuitas, murió aterrado dejando la patata caliente a su sucesor Clemente XIV quien, en 1773, puso fin al tema sancionando la supresión de la orden.

Vencidos sus enemigos, abatida la oposición reaccionaria del alto clero, suprimida la censura eclesiástica y neutralizada la Inquisición, Pombal pudo dar cuerpo a todas sus reformas y sacudir de su letargo a todo un pueblo que llevaba demasiados siglos inmerso en la beatería y la devoción más retrógrada de toda Europa. De hecho, entre 1762 y 1777, se establece la época más brillante de la administración pombalina y la figura del ministro se convierte en la referencia por excelencia del reformismo ilustrado europeo, en el ejemplo a seguir, a imitar. La fama y la influencia de Pombal serán, desde luego, grandes.

La Marquesa de Pombal

Retrato de la Condesa Eleonora "Leonor" Ernestina von und zu Daun, Condesa de Oeiras y de Redinha y Marquesa de Pombal (1721-1789). / Abajo, las armas blasonadas de Don Sebastiao José de Carvalho e Melo, como 1er Conde de Oeiras y de Redinha, representadas en un documento de la época.

A medida que su marido se convierte en el hombre más poderoso de Portugal, Leonor aprovecha para gobernar su casa e interviene en todas las decisiones concernientes al hogar. Ella misma deja su huella en la construcción del magnífico palacio que poseen en Oeiras, asi como en el diseño de los jardines a la francesa. Al fin y al cabo, Sebastiao José está demasiado absorbido por los asuntos de Estado que requieren una dedicación plena. Huelga decir que le brindará, por cierto, tal posición en la corte lisboeta que se multiplicarán los desaires y las envidias alrededor de la pareja. Si de Leonor no pueden decir mucho porque es una Daun, con Sebastiao José se ensañan a gusto metiéndose con los orígenes de su linaje fidalgo, menospreciándole abiertamente en los salones de la alta aristocracia encarnada, sobretodo, por la altiva Marquesa Leonor de Távora y su pariente el Duque de Aveiro.

Pero los acontecimientos posteriores darán un giro en beneficio de la familia Carvalho-Daun...

Leonor se reveló como un importante e inestimable apoyo en la vida de su marido, manifestando en su correspondencia personal mucho afecto, determinación y una gran serenidad que dejó vislumbrar en la forma en que reaccionó en algunos momentos importantes de su existencia. Un buen ejemplo de su temple lo encontramos durante la tragedia que tuvo lugar el 1 de noviembre de 1755, con el fatídico terremoto que arrasó Lisboa. Después de salvar a sus hijos de morir aplastados, se fue con ellos por las calles en ruinas y sorteó los innumerables escombros de los edificios hundidos o incendiados en busca de su marido, sin dejarse dominar por el pánico en ningún momento.

A raíz del terremoto de Lisboa, Sebastiao José, que había demostrado mucha sangre fría y determinación para evitar epidemias entre los lisboetas damnificados, obtuvo del rey mayores poderes sobre los demás ministros de la Corona y libertad de acción para llevar los asuntos de Estado. Su ascensión en el seno del Consejo Real no fue sin provocar mayores recelos entre la alta nobleza y el clero, y las fricciones se multiplicaron en el seno de la corte. Sus ideas ilustradas y su programa de reformas inspiradas en los filósofos franceses disgustaban soberanamente en los cenáculos de la aristocracia proverbialmente conservadora que, además, se veía paulatinamente apartada de los grandes empleos y del poder. Tampoco fue bien acogida su reconstrucción de la capital arrasada por el seísmo, que seguían los nuevos e innovadores dictados de la arquitectura urbana europea en boga, con sus trazados rectilíneos, sus plazas, avenidas y calles anchas... Los nobles echaban de menos la antigua estructura medieval de la capital.

Perspectiva de la nueva Plaza de Comercio sobre el antiguo emplazamiento del "Terreiro do Paço", en cuyo centro fue erigida la estátua ecuestre del Rey Don José I de Portugal y solemnemente inaugurada en 1776.

Años amargos

Tanto en lo bueno como en lo malo, Leonor siempre estuvo apoyando o consolando a su marido. Después de los brillantes años que van de 1750 a 1777, en los que Leonor se convierte sucesivamente en 1ª condesa de Oeiras y de Redinha (1759) y en 1ª marquesa de Pombal (1769) y ostenta un cargo en la corte como dama de la reina Mariana-Victoria de Borbón, vinieron los años lúgubres en los que la nueva soberana María I se ensañó con ellos, aunque sobretodo con el marqués entre 1777 y 1782. No contenta con cesarle a golpe de decreto, tras fallecer el rey José I el 24 de febrero de 1777, le desterró junto con su familia e intentó procesarle por varias causas, pero las penas nunca pudieron ser aplicadas. Sus antiguos enemigos, liberados de las cárceles o regresados del destierro, se emplearon a fondo para difamarle y difundir insultantes calumnias a las que intentó replicar enérgicamente. Otros, que antaño habían firmado contratos con Pombal, le demandaron judicialmente para obtener indemnizaciones. Mandaron, además, arrancar su efigie grabada en un medallón de bronce que figuraba en el pedestal de la estátua ecuestre de Don José I -que él mandó erigir en medio de la Plaza del Comercio de Lisboa e inaugurada en 1776-, para reemplazarla con otra representando un navío, símbolo de la ciudad de Lisboa; no sería hasta 1833, cuando se decidió, mediante decreto, reparar aquella barbaridad y reintegrar el perfil de Pombal en el lugar exacto del pedestal, por haber sido el mayor y el mejor de los estadistas que Portugal había conocido a lo largo de su historia.

Modelo en terracota de la estátua ecuestre del Rey Don José I de Portugal, destinada a presidir la Plaza del Comercio de Lisboa, y que se encuentra en la Colección de Pombal en el Palacio de Oeiras.

En el poder, fue reemplazado por el afamado a la par que inútil erudito de salón don Pedro José de Noronha Camoes de Albuquerque Moniz e Sousa, 3er Marqués de Angeja (1716-1788) quien, gracias a su posición de amigo íntimo del Infante Don Pedro III y gracias a la flaqueza de la reina María I (que no sabía negarse a una petición de su consorte), accedió al gobierno como presidente de la Real Hacienda.

Había sido siempre contrario al gobierno reformista y racionalista del Marqués de Pombal, pero lo disimuló tan bien que jamás el gran ministro lo consideró como un enemigo, admitiendo a sus próximos que Angeja "era de esos pocos hombres en cuyos pensamientos e intenciones nunca pude penetrar". El caso es que, como principal ministro del nuevo gobierno formado por María I a partir de 1777, Angeja carecía de experiencia y le dominaba un único objetivo: deshacer todo lo que había hecho Pombal durante el reinado anterior. Reaccionario y conservador, mandó incluso interrumpir momentáneamente la reconstrucción y modernización de Lisboa. Fue entonces cuando el pueblo portugués empezó a echar de menos al antiguo gran ministro y a acuñar la popular expresión de "mal por mal antes Pombal".

Doble retrato de la Reina María I de Portugal (1734-1816) y de marido y tío el Infante Don Pedro III de Braganza, rey consorte (1717-1786), en un cuadro fechado en 1777, año de su ascensión al trono luso.

A pesar de cumular distintos cargos en el seno del Gobierno Luso y en la corte, el Marqués de Angeja no parece haber hecho nada útil y relevante durante su ministerio que fuera digno de mención. Lo único que se sabe, es que se dedicó a prodigar favores a sus amigos y parientes, y a constituirse una gran colección de arte en su palacio lisboeta. En 1783, dimitía de todas sus funciones ministeriales por motivos de salud, siendo reemplazado por Tomás Xavier de Lima Nogueira Vasconcelos Teles da Silva, Vizconde de Vila Nova da Cerveira (futuro 1er Marqués de Ponte de Lima en 1790), quien asumíría las carteras de Asuntos Exteriores y de la Guerra, asi como la de Hacienda, convirtiéndose en el primer ministro de la monarquía entre 1786 y 1788.

Sería interesante enumerar a los sucesores de Pombal al frente del Gobierno en calidad de primer ministros: Aires de Sá e Melo entre 1777 y 1785, y Martinho de Melo e Castro entre 1785 y 1786, predecesores de Tomás Xavier Teles da Silva.

Perdón y muerte

Las contrariedades, difamaciones y penurias sufridas por el marqués pasarían factura a su delicada salud. Después de padecer lo indecible, y tras solicitar el perdón real por escrito, la reina María I tuvo a bien perdonarle en atención a sus años y achaques mediante un real decreto firmado el 16 de agosto de 1781. Pombal tenía entonces 82 años. En realidad, la reina tuvo que poner un término a su persecución contra el marqués, so pena de condenar también públicamente a su propio padre y predecesor Don José I. El perdón cayó como en saco roto, en medio de una general indiferencia y en una época en que la opinión pública, si es que existía entonces, no echaba de menos al gran ministro como tampoco le compadecía en sus desgracias. Al marqués no le consoló el saberse perdonado sino que más bien le debió de sentar como una humillante bofetada por parte de una corona desagradecida. Diez meses sobrevivió al vergonzoso y tardío perdón real; largos y penosos, en los que la enfermedad se cebó dolorosamente con el marqués.

La muerte le sobrevino la noche del 8 de mayo de 1782, a la edad de 83 años, en su residencia de Pombal y rodeado por su mujer, hijos, nueras y nietos que le lloraron sinceramente. El 11 de mayo siguiente, su cadáver fue conducido hasta su última morada en la iglesia del convento pombalino de San Antonio, sobre un carruaje fúnebre tirado por seis caballos. La ceremonia fue oficiada por su fiel amigo el obispo de Coimbra, Francisco de Lemos, acompañado por el fraile benedictino Fray Joaquim de Santa Clara, notable orador religioso de su época y autor de su oración fúnebre.

Sus restos serían más tarde exhumados y trasladados, en medio de unas solemnes exequias, a la capilla familiar de la Iglesia de Nuestra Señora de las Mercedes en Lisboa (1 de junio de 1856). Para entonces, la figura del marqués de Pombal ya había sido rehabilitada y honrada su memoria en los libros de historia.

Leonor Ernestina von Daun, Marquesa vda. de Pombal, tenía entonces 60 años cuando se despide del hombre de su vida a pie de sepultura. Si hay algo que reseñar sobre ella, es que siempre se condujo de manera discreta y prefirió, al protagonismo típico de las trepas, permanecer a la sombra de su marido que, por cierto, eclipsaba a cualquiera por razones de sobras conocidas. Devota esposa e intachable señora de su casa, la marquesa viuda supo atraerse la amistad de dos reinas (Maria-Ana Josefa de Austria, consorte de Juan V & Mariana-Victoria de Borbón, consorte de José I) y de todos los que pudieron tratarla, gozando además de la estima y respeto de su servidumbre y de las gentes de Pombal, Oeiras y Lisboa. No se han encontrado testimonios que la acusasen de haberse aprovechado de su alta posición durante el largo mandato de su esposo. Soportó estóicamente, junto al marqués, el exilio y la encarnizada persecución de la que fue víctima sin desfallecer un solo momento, del mismo modo que permaneció junto a él cuidándole hasta el último minuto de vida.

Leonor Ernestina sobrevivió al marqués casi siete años, falleciendo en su palacio de la Rua Formosa de Lisboa el 3 de enero de 1789, a la edad de 68 años y recibiendo sepultura en la capilla familiar de la Iglesia de Na. Sra. de las Mercedes.