EL GRAN INVIERNO DE 1709
el 18 oct En: Temas - sin comentarios
1709 : EL GRAN INVIERNO

A principios de 1709, una gran oleada de frío recorre toda Europa desde los confines de Rusia hasta Francia y las Islas Británicas y desde Escandinavia hasta Italia y España, de Norte a Sur y de Este a Oeste, como si de repente el viejo continente volviera a su olvidada era glaciar... ¿cuáles fueron los detonantes de ese repentino cambio climático?
Aún hoy, los científicos tratan de encontrar una explicación adecuada al fenómeno que costo millones de vidas, y barajan varias hipótesis. La gran helada surgió sin previo aviso, sorprendiendo a todos los europeos de principios del siglo XVIII, la noche del 5 al 6 de enero, día de Reyes. Para nuestros antepasados, que sintieron el helado aliento de la muerte en sus cogotes, aquello pareció ser un momento apocalíptico: el fin del mundo... En cuestión de pocas horas, los termómetros de París caían de los 10ºc. a -30ºc.
EL MÍNIMO DE MAUNDER

Durante el período de 1645-1715, el Sol entró en una fase de actividad menor conocida hoy como "el Mínimo de Maunder" y en el curso del cual varios ciclos de 11 años han sido observados con pocas o una ausencia de manchas solares. Ciertos modelos de radiación solar sugieren que el influjo del astro rey recibido por la Tierra disminuyó durante ese período y que este cambio podría explicar las bajas temperaturas registradas en Europa durante la Pequeña Era Glaciar.

EL CLIMA DURANTE EL MÍNIMO DE MAUNDER
El período del Mínimo de Maunder se sitúa en medio de la Pequeña Edad Glaciar (PEG de 1300 a 1860), que ha sido señalado por todos los historiadores como un período -particularmente letal para el hombre- de fríos intensos, malas cosechas y su macabro séquito: la hambruna.

Durante la PEG, el Támesis a su paso por Londres se congeló 24 veces, y de entre éstas 8 veces durante el Mínimo de Maunder (1645-1715). Anotemos que desde 1814, el río Támesis dejó de helarse, lo que para algunos probaría que el recalentamiento habría comenzado mucho antes de que la industrialización moderna y masiva ejerciera supuestamente sus nefastos efectos sobre el clima.
Un ejemplo: durante la estación invernal de 1739-1740, el Támesis se heló durante dos meses seguidos, al igual que en el invierno de 1683-1684. Se midieron entonces unos 28 cms. de grosor de hielo en su tramo por Londres. En la ciudad de Manchester, el suelo se congeló hasta llegar a una profundidad de 70 cms. El Canal de La Manga (el mal llamado Canal de La Mancha por los castellanoparlantes) llegó a helarse de tal forma entre los puertos de Calais y Dover, que se podía hacer a pie, a caballo o en trineo el trayecto de costa a costa.
Las consecuencias de este enfríamiento fueron terribles para la población, sobretodo para los más humildes. Para documentarse mejor, haría falta hacerse con la obra de Le Roy-Ladurie "Historia Humana y comparada del clima" (Ediciones Fayard, 2004). La lectura de dicho libro os quitará la tentación de utilizar la expresión de "desajuste climático"... Para que algo sufra un desajuste, haría falta primero que esté ajustado.
En su capítulo dedicado al "Mínimo de Maunder", el autor relata la alternancia de períodos relativamente benignos y de períodos de grandes fríos, con sus impactos en las poblaciones debidamente indicados en una corta lista de episodios macabros:
_1661-1662_Una hambruna "pura" (sin fenómenos agravantes como la guerra o una epidemia), fruto de una primavera y un verano "podridos", causarán tan solo en Francia 500.000 muertos.
_1693-1697_"Baile fúnebre en el triángulo Francia-Finlandia-Escocia". Francia padece lo indecible entre 1693-94: revueltas por escasez de pan en París; campesinos errantes en los caminos y movilizados por la hambruna. Se encuentran cadáveres por doquier, con las bocas llenas de hierbas y raíces. El balance es terrible: 1.300.000 muertos sobre una población de 20 millones.
Finlandia y Escocia sufren las mismas consecuencias en 1695-97: el 30% de la población de Finlandia es exterminada; las cifras señalan a 160.000 muertos por desnutrición. En Escocia, el balance es menor: un 10% de sus habitantes cifrado en 100.000 víctimas.
_1708-1709_"El Gran Invierno" con sus siete oleadas de un frío intenso. La gran hambruna de 1709, fruto de las heladas del 5 y 6 de enero que también se ha llevado por delante a muchas víctimas, causa 600.000 muertos, lo que supone un 3% de la población francesa de la época.
Limitándonos a contabilizar los muertos franceses, y solamente en el curso de estos tres episodios, la cifra de víctimas mortales llega a los 2 millones y medio (2.400,000); eso supone más del 10% de la población gala.
1709: EL AÑO EN QUE EUROPA SE CONGELÓ

La "Gran Helada" o el "Gran Invierno", como así lo bautizaron los británicos y franceses respectivamente, cayó sobre todo el Viejo Continente la noche de Reyes (del 5 al 6 de enero de 1709), pillando desprevenido a todas las poblaciones. En otras partes del mundo, y en el año anterior, se registraron grandes y espectaculares erupciones volcánicas en Asia y Europa: los volcanes de Santorini (Grecia) y del Vesubio (Nápoles), asi como el Monte Fuji (Japón) enviaron a grandes alturas de la atmósfera terrestre enormes y densas nubes de polvo y ceniza, formando un lúgubre velo sobre el continente europeo (1707-1708) e incidiendo, solo en parte, en el efecto "invernadero" aunque, contrariamente a lo esperado, la climatología empezó a enloquecer.

De Escandinavia a Italia y de Rusia a Gran-Bretaña, todo se convirtió en hielo. Las costas Atlánticas se congelaron mar adentro, mientras que en las costas mediterráneas y del Adriático se helaron grandes zonas. El mar Báltico no fue menos: se podía cruzar a pie o a caballo, yendo de Dinamarca a Suecia o Noruega y viceversa... Tierra adentro, lagos, ríos y fuentes se "petrificaron" literalmente, igual que el suelo hasta una profundidad de un metro e incluso más. Los canales y lagunas de Venecia se habían solidificado igual que en Amsterdam, de modo que se podía transitar por ellos deslizándose con patines. En Suiza, los lobos tomaron las calles de pueblos y ciudades en busca de comida. En el Adriático, los barcos de guerra y comerciales quedaron aprisionados en el hielo, y sus ocupantes, bloqueados, perecieron. En todas partes, el ganado murió de frío, igual que aves, venados y peces, y las gentes de cualquier condición perecieron de hipotermia.

En Roma y en varios puntos de la península itálica, asi como en Alemania, se declara una grave epidemia de gripe que afecta sobretodo a las clases trabajadoras y humildes y en menor medida a las clases acomodadas. Tan solo en Roma morirían de gripe más de 2.000 personas. La epidemia no tarda en convertirse en pandemia: la gripe afectará a franceses, saboyanos, suizos, austríacos y alemanes, hasta llegar a los ingleses y españoles, muriendo a millares (1).
Para ensombrecer aún más el panorama, en Hungría estalla un brote de peste.

Retrato de Elisabeth-Charlotte de Baviera, Princesa Palatina y Duquesa de Orléans (1652-1722), inmortalizada en 1713 por H. Rigaud y Ros.
Si en Inglaterra aquello fue catastrófico, Francia se llevó la peor parte. París quedó incomunicada y resultó imposible hacerle llegar los suministros necesarios para evitar la hambruna; los parisinos, faltos de madera para sus hogares, acabaron quemando sus pocos muebles, mientras que en las calles se encendían grandes fogatas públicas. En Versailles, tanto el soberano galo como sus cortesanos tuvieron que combatir la helada encendiendo todas las chimeneas y braseros disponibles, y revistiendo pesados abrigos de pieles... La cuñada del Rey, Duquesa de Orléans, escribió a su pariente la Electriz de Hannover: "...estoy sentada frente a un rugiente fuego de chimenea, mis puertas cerradas y cubiertas de tapices, mis ventanas selladas, de forma que pueda sentarme aqui abrigada con pieles de marta, los pies metidos en una piel de oso y, aún así, estoy temblando de frío y sosteniendo con gran dificultad la pluma con la que os escribo. Jamás en mi vida había visto un invierno como éste."

En sus castillos y palacios, los aristócratas provincianos apenas osaban asomar la nariz fuera de sus camas, aplastados bajo varias capas de mantas y pieles. Ir a misa era un suicidio, a pesar de los braseros encendidos... el aliento se helaba con solo respirar. En los hogares más humildes, la gente se despertaba en sus camas con sus gorros de dormir acartonados y helados. El pan y el vino se congelaban de tal forma que había que cortarlos a hachazos... hasta los licores y aguardientes de mayor graduación se helaban!!!
El deshielo, brutal, en el mes de mayo, dejó un panorama aún más desolador. Se produjeron grandes inundaciones. Todas las cosechas se habían podrido, los árboles frutales habían sucumbido y la ausencia de trigo trajeron no pocos tumultos populares. Luis XIV tuvo que obligar a los más ricos a abrir comedores de beneficencia para alimentar a la población hambrienta, en un claro intento de frenar la ola de rebelión que empezaba a ganar todo el reino. Por otro lado, el monarca ordenó el reparto gratuito de pan (el llamado "Pan del Rey") en toda la capital del Sena... después de 3 meses sin poder suministrar víveres a los parisinos. En provincias, los campesinos pastaban la hierba de los prados al no tener nada que llevarse a la boca.

En España, pesaba también un factor importante como la Guerra de Sucesión. El río más largo y caudaloso del reino, el Ebro, se congeló como el Támesis y el Sena... Igual que en el resto de Europa, la península ibérica se vio afectada por ese invierno de una rigurosidad jamás vista, provocando muchísimas bajas tanto entre el campesinado como entre la soldadesca de ambos bandos. Se malograron las cosechas, y las pocas que se pudieron salvar eran de una pésima calidad e insuficiente para abastecer los mercados. Se pretendió importar grano de otros países, pero la crisis era universal y el comercio marítimo se interrumpió hasta la primavera por estar el mar congelado. La "crisis" se alargaría hasta 1712-1713, empeorada por una mayor presión fiscal, por el conflicto y unas cosechas casi inexistentes, como en Los Monegros, donde transcurrieron 8 años seguidos sin cosechas! La situación de Valencia era igual de mala: la gran helada había aniquilado sus campos de cultivo y su territorio se había convertido en un gigantesco campo de batalla...
(1)_Fuente: in "La Epidemia Europea de Gripe de 1708-1709" de Guillermo Olagüe de Ros.
FRANCIA, LA MÁS AFECTADA
En el año de 1708, el rey Luis XIV ha dejado de ser el prestigioso soberano solar de sus inicios. El hombre computa 70 años, un récord si consideramos que en aquel siglo la esperanza de vida no rebasaba los 40. Mil pequeñas molestias afectan su existencia y le atormentan cotidianamente: migrañas, gota, dolores dentales, varices, inflamaciones gástricas...
En los retratos oficiales, el Rey-Sol sigue siendo imponente. Durante las ceremonias oficiales, su apostura, su carisma intimidan a los embajadores extranjeros. Pero cuando cae el telón sobre el inmenso escenario del poder que representa Versailles, cuando ya no hay nadie para admirar los radiantes destellos de la más poderosa monarquía de Europa, el soberano se convierte para sus criados, que le tratan a diario, en un vejestorio tiranizado por sus males y agotado que intenta sobrellevar su decadencia física con la máxima dignidad, sin permitirse un solo instante de flaqueza.

Retrato de Luis XIV "el Grande" (1638-1715), Rey de Francia y de Navarra de 1643 a 1715 (Taller de Rigaud).
El reino de Francia se encuentra entonces a imagen y semejanza de su monarca: usado y debilitado. El tiempo de las victorias militares ha pasado. El país se enfrenta a un conflicto que no parece tener visos de acabar bien. La Guerra de Sucesión Española (1701-1714), iniciada siete años atrás, amenaza con acabar en desastre. La Europa coaligada se encuentra a las puertas de sus fronteras. Esta vez ya no se trata de batirse para satisfacer la sed de conquistas y laureles del soberano; hay que desplegar toda la energía posible para preservar lo esencial: la integridad del territorio.
Las interminables campañas de Luis XIV han costado muy caro a las arcas galas. Las clases populares se arruinan abonando impuestos que no paran de incrementarse. El campesinado se hunde en una atroz miseria pese a las medidas caritativas, que no consiguen aliviar su situación.
Los caprichos del clima se suman a las miserias sufridas: veranos lluviosos o demasiado secos, inviernos rigurosos destruyen las cosechas. La hambruna nunca tarda en aparecer en época de escasez. Los trágicos recuerdos de la gran crísis agrícola de 1661-1662 y de 1692-1693, aún perduran en la memoria popular. Los más ancianos no olvidan la gran mortandad, las epidemias fulminantes, las revueltas alentadas por el desespero y el hambre.
En ese mes de diciembre de 1708, las temperaturas particularmente clementes suavizan brevemente la difícil existencia de los franceses. En París, el termómetro indica 10º c. Para la estación, esta situación no es nada habitual, demasiado extraña... ¿el invierno habría decidido dejar en paz al reino agotado?
La catástrofe que nadie pudo preveer, se produjo durante la noche del 5 al 6 de enero de 1709. Una terrible ola de frío, desconocida hasta entonces por el hombre moderno, recubre todo el país. En París, en pocas horas, las temperaturas se desmoronan: -30ºc. dentro de las casas. En la ciudad de Montpellier están a -17ºc., mientras que en Bordeaux (Burdeos) marca -20ºc.
El río Sena se hiela repentinamente; toda la navegación fluvial es interrumpida hasta Rouen (Ruán). En las localidades costeras, el Atlántico se petrifica hasta mar adentro.
En el campo, el desastre es total. La tierra se hiela hasta un metro de profundidad. Las siembras del otoño se pierden: no habrán cosechas para este año. Los árboles frutales y las viñas se congelan, se pudren casi de inmediato. En los bosques, el frío llega incluso a hacer estallar las cortezas de los robles más robustos en medio de siniestros crujidos. Testigos visuales dejaron escrito en sus "memorias" y cartas que los cuervos se helaban en pleno vuelo para caer más tiesos que una estátua, que los troncos de los árboles se partían en dos como bajo el hacha invisible de un leñador...
Las gentes son sorprendidas en su falta de previsión. Nadie se lo esperaba, y menos en una sola noche. Del más rico al más miserable de los súbditos de Su Cristianísima Majestad, el frío, cual Parca, siega sin contemplaciones como una maldición bíblica.
En Versailles, las chimeneas, mal concebidas en un palacio dedicado al astro solar, no consiguen calentar los aposentos reales. Los "chicos azules"*, criados de la Casa Real, dejaron escrito que "el vino y los licores del Rey se congelaba en las botellas de cristal tallado" y que "al exponerlas al calor de las llamas para poder beberlas, estallaban violentamente". Las cañerías de las fuentes revientan y Luis XIV, que nunca ha dejado de hacer sus largos paseos por los jardines, se ve obligado a encerrarse a cal y canto en sus aposentos. Para el monarca, que adora vivir al aire libre y abrir todas las ventanas, el suplicio es insufrible.
El Duque de Berry, nieto del Rey, hermano del Delfín y del Rey Felipe V de España, ni siquiera tiene el cuidado de imitar a su abuelo. Pese al riguroso frío, sale de cacería en el bosque de Versailles. Uno de sus ayudantes, portador de los fusiles, regresará a palacio con los dedos en tan mal estado que el cirujano real tendrá que amputárselos con urgencia...
Las gentes más humildes serán las grandes víctimas de la catástrofe. Cada mañana, en las calles de la capital del Sena, decenas de cuerpos sin vida serán encontrados totalmente congelados. En los hogares campesinos, a menudo mal protegidos, las temperaturas no consiguen rebasar los -10ºc. En semejantes condiciones, los más débiles no consiguen sobrevivir más de una semana.
En el mes de mayo, sigue helando. Con la llegada del verano, el clima se suaviza, pero los que han tenido la fortuna de sobrevivir no van a ver acabar sus sufrimientos. El recalentamiento brutal de la estación provoca las peores inundaciones del siglo. El Sena sufre una terrible crecida. Con sus aguas embravecidas, todas las embarcaciones son arrastradas y violentamente estrelladas contra los pilares de los puentes que cruzan el río.
La situación de los campesinos es desesperada: el frío ha aniquilado todas las cosechas. Los precios del pan suben hasta niveles delirantes y una atroz hambruna se apodera de todas las provincias del reino. Testigos de entonces dejan constancia de que los más miserables se ven abocados a consumir hierba, raíces o plantas de todo tipo. Se declaran prontamente epidemias de fiebres, de tifus, de paludismo que se llevan por delante a miles de personas desnutridas. Los ancianos y los niños pagan con sus vidas el más pesado tributo a las infecciones.
Casi de manera generalizada, estallan focos de rebelión. Bandas de campesinos hambrientos se dedican a atacar convoyes de trigo y las panaderías donde esperan encontrar pan. La situación llega a ser tan alarmante que Luis XIV empieza a inquietarse seriamente: los desórdenes amenazan con extenderse a todo el reino si no se actúa rápidamente. En París, ordena la distribución gratuita de víveres y la apertura de comedores populares. En provincia, ordena que los precios del pan sean paralizados, rebajados, con el fin de que todo el mundo pueda aprovisionarse. Irá aún más lejos: ordenará que su vajilla en oro sea enviada a la fundición en provecho de los más necesitados. Algunos cortesanos imitarán su gesto.
Las consecuencias del Gran Invierno de 1709 son incalculables. En algunas regiones, harán falta una década entera para reemplazar los viñedos y los árboles frutales que no han sobrevivido a la congelación. Es más, el Rey ordenará que se reconstituyan los bosques diezmados por la helada.
Las consecuencias del frío, de la hambruna y de las epidemias serán duras: han muerto más de un millón de personas, mayormente niños y ancianos.
Agotado por las interminables guerras y las crisis agrícolas anteriores, el reino galo sufre lo indecible en su intento de sobreponerse a tan terrible prueba meteorológica.
El larguísimo reinado de Luis "el Grande", empezado bajo inmejorables auspicios sesenta años atrás, se termina en medio del sufrimiento y desespero de un país cansado...
(*)_Se les llamaba comúnmente "Chicos Azules" a los servidores del Rey de Francia (Garçons Bleus), por el color predominante de su librea, casacas azules ribeteadas de oro, plata, azul y rojo.
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