La Reina Francesa

Don Carlos II de Austria (1661-1700), Rey de las Españas; obra de Carreño de Miranda.

Desde 1673, contando Carlos II 12 años de edad, se venía planeando su matrimonio con alguna princesa europea. El embajador de la Corte Imperial, Conde de Harrach, había llegado a Madrid con una prioridad diplomática : concretar el enlace del rey de España con la archiduquesa María-Antonia de Austria, hija del Emperador Leopoldo I y de la Infanta española Margarita de Austria, hermana mayor de Carlos II. Se trataba pues, de repetir un matrimonio entre tío y sobrina carnal como el de Felipe IV con Mariana de Austria. El Conde de Peñaranda dió una tajante negativa al proyecto, mientras que el Almirante de Castilla votaba por celebrar sin tardanza el compromiso ; los restantes miembros de la Junta de Gobierno manifestaron opiniones diversas como el Duque de Pastrana, que solicitaba consultar previamente al interesado, o sea al Rey, frente al Duque de Alba que votó en contra por tener 6 años la novia. En consecuencia, la corte se dividió en dos bandos contrarios, los que estaban a favor y los que estaban en contra. La entonces reina-regente impuso su criterio y designó a su nieta de Viena como futura reina de España, sin contar con la opinión del novio, quien rechazó el compromiso por habérsele adjudicado una novia tan pequeña. Se barajó como alternativa, casarle con la archiduquesa María-Ana-Josefa, pero tenía 20 años. El asunto quedó en suspenso con los sucesos que acaecieron con la proclamación de mayoría de edad de Carlos II y el Conde de Harrach regresó a Viena, sucedido en el cargo por el Conde de Trautson. Con Don Juan José de Austria en el poder, el nuevo diplomático vio cómo éste desbarataba sus planes de boda por enemistad con la Reina-Madre.

Leopoldo I de Austria (1640-1705), Emperador Romano Germánico, Rey de Hungría y de Bohemia; retrato según Block, c.1672.

Luis XIV "el Grande" (1638-1715), Rey de Francia y de Navarra; según Henri Testelin.

En 1677, el Consejo votaba por mayoría a favor de un enlace hispano-francés, tras descartar a muchas princesas, unas por feas y otras por causas religiosas. La novia francesa era la Princesa María Luisa de Orléans, hija del primer matrimonio de Felipe de Francia, Duque de Orléans, hermano de Luis XIV, con la Princesa Enriqueta María de Inglaterra. La prometida era nieta de Luis XIII y de Ana de Austria, hermana de Felipe IV, así como de Carlos I de Inglaterra y de Enriqueta de Francia. La sobrina del todopoderoso monarca francés pasaba por ser la princesa más linda de Europa, no porque fuera de una belleza excepcional sino porque las demás en edad de merecer eran feísimas.

La Princesa Maria-Luisa de Orléans (1662-1689), en una miniatura francesa obra de Mignard.

Nacida en el palacio de Saint-Cloud, el 26.IV.1662, contaba entonces 17 años María Luisa de Orléans cuando el enviado español Don Pablo de Spínola-Doria, Marqués de Los Balbases llegó a París junto al Duque de Pastrana, embajador de Carlos II, en el verano de 1679. Firmadas las capitulaciones matrimoniales el 9 de julio, se celebraba la boda por poderes el 31 de agosto, en el palacio de Fontainebleau, representando al Rey de España el Príncipe de Contí, asistiendo los reyes Luis XIV y María-Teresa de Austria, tíos de la novia.

Carlos II de Austria (1661-1700) y su esposa, Maria-Luisa de Orléans (1662-1689), Reyes de las Españas, en un grabado contemporáneo que celebraba su unión.

Entre tanto, en Madrid, Doña Mariana de Austria, diametralmente opuesta a semejante unión, se enfrenta agriamente a su hijo hasta el punto de abandonar el Real Alcázar para mudarse a otro palacio cercano. Por su lado, Carlos II ha nombrado ya a los palatinos que van a servir a la nueva reina : el Marqués de Astorga en calidad de Mayordomo Mayor, la Duquesa de Terranova como Camarera Mayor y el Vº Duque de Osuna como Caballerizo Mayor. Arreglados los detalles, el Rey los manda a Irún para acoger a la soberana, trasladándose él mismo a Burgos, ansioso por conocer cuanto antes a su esposa. Llega pues la nueva reina a tierra española, encontrándose con Carlos II en Quintanapalla, pueblo próximo a la ciudad burgalesa (19.XI.1679), celebrándose allí la misa de velaciones en casa de una acomodado hidalgo del lugar.

Retrato ecuestre de Don Carlos II de Austria (1661-1700), Rey de las Españas, obra de Francesco Rizi y fechada en 1679.

Es entonces Don Carlos II un joven monarca de 18 años y de desagradable físico ; de estatura menos que mediana, menudo y paticojo, de voz atiplada, tiene los ojos azules y linfáticos, saltones y apagados, el pelo de un rubio olivino y lacio, muy largo y casi siempre echado por atrás, descubriendo sus grandes orejas. Su rostro era muy alargado y con rasgos desmesurados. Una nariz grande y larga, los labios carnosos y el prognatismo de la mandíbula inferior tan típicamente Habsburguesa, le daban un aspecto grotesco tal y como lo atestiguan los retratos pintados por Carreño de Miranda, Claudio Coello y Luca Giordano.

El Real Alcázar de los Austrias en Madrid, visto desde el Patio de Armas y presentando su fachada principal, según un grabado de finales del siglo XVII.

Detalle del cuadro "Auto de Fe" celebrado en la Plaza Mayor de Madrid, en 1680, en presencia de los reyes Carlos II y Maria-Luisa de Orléans, acompañados por la Reina-Viuda Mariana de Austria y su corte.

Llega pues la Real Pareja, en secreto, a Madrid el 2 de diciembre ; María-Luisa de Orléans se instala en el Buen Retiro mientras Carlos II vuelve al vetusto Alcázar, no produciéndose hasta el 13.I.1680 la solemne entrada de la nueva Reina de España en la Villa y Corte. Tras el desfile de la soberana a caballo, bajo palio y seguida por los miembros de su Casa, el Te Deum en la iglesia de Sta. María, María-Luisa entra en el Real Alcázar acogida por su esposo y su suegra. Durante los festejos ofrecidos en honor al real enlace al pueblo y corte de Madrid, la Reina gusta de las corridas de toros, donde se lucen el Duque de Medinasidonia, el Marqués de Camarasa y el Conde de Ribadavia. Pero pronto se aburre en la sombría corte española, tan pomposa, solemne y repleta de enanos y monjas. Y a pesar de haber aprendido el castellano con rapidez y hablarlo con soltura sin apenas acento, no entiende el lenguaje teatral de Calderón de La Barca y de Moreto, cuyas obras suelen representarse asiduamente en la corte. Por si fuera poco, su afición a montar a caballo se ve frustrada por un desgraciado accidente en el cual fallece una de sus damas. Para matar el tiempo aprende a tocar la guitarra, visita conventos y acude de tarde en tarde a visitar a su suegra. Su única alegría reside en sus escapadas de palacio, para recorrer Madrid y dar limosna a los necesitados, lo cual provoca airadas protestas por parte de las encopetadas damas españolas que juzgan escandalosas sus excursiones.

Maria-Luisa de Orléans, Reina consorte de España (1662-1689), vestida a la Española.

Su vida en palacio empeora cuando Carlos II anuncia a toda la corte, con las más soeces descripciones, que el matrimonio se ha consumado. Vive pues estrechamente vigilada por sus cortesanos, pendientes de su posible embarazo, y se encuentra condenada al aburrimiento. Más la Reina no se queda encinta y empiezan los rumores sobre su posible esterilidad y, en consecuencia, los intentos de la Reina-Madre en sugerir a su hijo que la devuelva a Francia, y no reparó en esfuerzos por calumniarla urdiendo una maquinación en la que implicaba a la Reina en un turbio asunto de amores con un caballero francés, el Conde de Saint-Chamans, mediante falsas cartas de amor. Sin embargo, los intentos para que Carlos II repudie a María-Luisa fracasan, debido a su firme creencia en la inocencia de ésta.

Carlos II de Austria, Rey de las Españas en un lienzo de Carreño de Miranda, fechado en 1685.

Doña Maria-Luisa de Orléans, Reina de las Españas.

Carlos II multiplica sus visitas a la alcoba de su reina, en su empeño de preñarla con su torpeza habitual. Desgraciadamente, el Rey padece eyaculación precoz y, por mucho que lo intente, siempre eyacula antes de tocarla. Y como ninguno de los dos confiesa el problema del por qué no queda preñada la real consorte, María-Luisa deja que le administren continuamente brebajes y potingues contra la supuesta esterilidad que padece, logrando quebrantar por completo su salud. Padeciendo toda clase de cólicos y trastornos intestinales, el estado de salud de María-Luisa se agrava a principio del año 1689, hasta tal punto que Carlos II se acomoda en un sillón cerca de la cabecera del lecho de su esposa enferma, sin consentir apartarse de allí ni de día ni de noche. La situación dura casi dos semanas y, finalmente, María-Luisa de Orléans muere el 12.II.1689 ; al comprobar el Rey que su esposa es cadáver, se levanta del sillón y echa a correr despavorido, gritando y mesándose los cabellos por salones y corredores del Alcázar. La pobre reina ha muerto a la edad de 26 años.

La Reina Arpía

Diez días después de la inhumación de los restos de María-Luisa en el Panteón de los Infantes de El Escorial, los miembros del Consejo de Estado elevan un escrito al rey poniendo en su consideración la conveniencia de que contraiga nuevas nupcias. Tras las iniciales resistencias del dolido monarca, se empieza la selección de las princesas aptas al trono español. Se escoge finalmente a la Princesa María-Ana de Neoburgo, hija del Duque Felipe Guillermo I, Elector Palatino del Rhin y de Isabel-Amalia de Hessen-Darmstadt, a la sazón padres de 24 retoños, de los cuales sobrevivieron 14. Dos hermanas de la elegida han sido ya desposadas por el Rey Pedro II de Portugal y el Emperador Leopoldo I de Alemania. La afortunada princesa tiene ciertos atractivos físicos : es alta, metidita en carnes, robusta y de busto opulento, los ojos azules y un poco saltones, la nariz larga, el rostro pecoso y el pelo rojizo...sin embargo, la superstición tachaba a la pelirrojas de gafes, pero el hecho de que su familia es numerosa, es decisivo para su elección como nueva esposa del enclenque Carlos II.

La Princesa Electriz María-Ana del Palatinado-Neoburgo (1667-1740), hija del Elector Palatino del Rhin y Duque de Neoburgo, de Juliers y de Clèves Felipe-Guillermo I y de la Landgravina Elisabeth-Amalie von Hessen-Darmstadt.

Felipe-Guillermo I de Baviera (1615-1690), Príncipe-Elector del Palatinado-Rhin, Duque de Neoburgo, de Juliers y de Clèves, según un autor anónimo alemán. El nuevo suegro de Carlos II de España tenía nada menos que 17 hijos de su segundo matrimonio con Elisabeth-Amalie de Hessen-Darmstadt. Había heredado el Electorado del Palatinado en 1685, tras fallecer el último representante de la rama mayor de la dinastía bávara-palatina  Carlos II.

El 15 de mayo de 1689, Carlos II hace público su compromiso con la Princesa María-Ana de Neoburgo ; el 28 de julio se firman las capitulaciones matrimoniales en Viena y el 28 de agosto se celebra en Düsseldorf la boda por poderes de la nueva reina con Carlos II representado por su embajador en Viena, el Marqués de Este. La nueva consorte tarda casi tres meses en ir desde la capital palatina hasta el puerto inglés de Portsmouth, cruzando el Canal de la Mancha. Escoltada por una escuadra inglesa, la Reina pisa finalmente tierra española el 6 de abril de 1690, en El Ferrol, y desde las costas gallegas inicia su lento camino hacia Valladolid, punto de encuentro con su esposo, llegando el 4 de mayo. Allí se ratifica el enlace ante el Arzobispo de Toledo, y una vez en Madrid, María-Ana de Neoburgo hace su entrada oficial el 20 de mayo, con un nutrido séquito de damas y caballeros alemanes.

Desde el primer momento, María-Ana se atrae la antipatía de los madrileños y de los cortesanos por favorecer descaradamente a sus gentes. Los roces entre la recién llegada y la Reina-Madre Mariana de Austria, empiezan tempranamente por una cuestión de nombramiento : la del cargo de gobernador de los Países Bajos españoles ; la madre del Rey lo quiere para el Duque Elector Maximiliano II Manuel de Baviera, mientras que la consorte lo desea para su hermano el Duque Juan-Guillermo de Neoburgo. Sale ganando la primera, pero desde entonces, suegra y nuera se enfrentan continuamente, llegando incluso a insultarse en público, aunque por decoro lo hacen en alemán.

También se percata Carlos II de la personalidad de su nueva esposa. Demuestra ser propensa a accesos de cólera rayanos en la histeria ; sometida a frecuentes cambios de humor, pasa de la euforia más intensa al abatimiento más profundo. Autoritaria, intenta imponer siempre sus criterios, llegando a protagonizar escenas inapropiadas a su rango cuando se le contradice, sin importarle quien esté presente. Hay ocasiones en que patalea, se araña y tira de los pelos, tirando al suelo cualquier objeto puesto a su alcance. El corto espíritu del Rey y su debilidad de carácter quedan profundamente impresionados ante aquellas actuaciones, y con tal de no presenciarlas, el horrorizado Carlos II transige en todos sus caprichos. Para colmo, María-Ana utiliza el lecho conyugal para conseguir cualquier cosa de su esposo y fingirá 12 embarazos, gracias a la complicidad de sus servidores alemanes. Frustrada en sus aspiraciones femeninas, casada con un hombre físicamente repulsivo y de costumbres vulgares y groseras, se mete de lleno en las intrigas políticas, ennegreciendo al Gobierno presidido por el Conde de Oropesa, da rienda suelta a su ambición y a su codicia, siempre rodeada de sus dos compinches, la Baronesa von Berlipsch y el Barón Heinrich von Wisser, dos aventureros de mala calaña y respectivamente apodados "la Perdiz" y "el Cojo", por tener éste una pierna mareada, dedicados a expoliar al Real Alcázar de sus tesoros artísticos en su provecho.

La Sucesión Dinástica de Carlos II

Pronto corren los rumores de que si el Rey no engendra, es porque pesa sobre él un maleficio : está hechizado. De este modo empieza la tragicomedia de los exorcismos para expulsar a los demonios que poseen a Carlos II, tras el supuesto 12º aborto de Doña Ana-María en 1695. Tanto dentro como fuera de España, todo el mundo está convencido de que Carlos II nunca tendrá descendencia, y las cancillerías extranjeras empiezan a especular sobre el futuro del imperio español. En la corte madrileña, muy pronto se forman tres partidos debidamente encabezados por altos personajes supeditados a las pretensiones dinásticas de tres príncipes : Felipe de Francia, Duque de Anjou y nieto segundo de Luis XIV de Francia y de María-Teresa de Austria, hija mayor de Felipe IV ; el Príncipe José Fernando Leopoldo de Baviera, hijo del Elector Maximiliano II Manuel de Baviera y de la archiduquesa María Antonia de Austria, nieto de la Infanta Margarita de España, hermana mayor de Carlos II, y del Emperador Leopoldo I ; y el archiduque Carlos de Austria, nieto del Emperador Fernando III y de la Infanta María, tía carnal de Carlos II. Los tres basan sus derechos sucesorios a la Corona por ser nietos de tres Infantas de España.

En Madrid, la Reina-Madre Doña Mariana apoya la candidatura de José Fernando Leopoldo de Baviera, pues es éste su bisnieto, frente al apoyo que otorga la Reina Doña María-Ana de Neoburgo a su sobrino el archiduque Carlos de Austria, hijo de su hermana Leonora, 3ª esposa del Emperador Leopoldo I. Por otro lado, la nobleza castellana agrupada entorno al Cardenal Portocarrero, apoyan la causa de Felipe de Francia defendida por el Marqués de Harcourt, embajador de Luis XIV en Madrid.

En 1696, Carlos II zanja la cuestión sucesoria al designar a José Fernando Leopoldo de Baviera, de entonces 4 años de edad, como su heredero legítimo (en la ilustración). Desgraciadamente, el pequeño príncipe bávaro, que cuenta con el más débil apoyo en la corte española, fallece repentinamente el 8.II.1699, en Bruselas, a los 8 años y supuestamente envenenado por un agente de Leopoldo I de Austria, según el Elector de Baviera.

Así las cosas, Carlos II se encuentra ante un nuevo dilema. Su madre y su esposa, por una vez de acuerdas en una cosa, apoyan la candidatura del archiduque, cuyos intereses son defendidos por el embajador alemán Harrach, seguidos del embajador francés Harcourt y del Cardenal Portocarrero, respaldados por la aristocracia, que defiendan la candidatura del Duque de Anjou. Entre tanto, se suceden los macabros exorcismos, sin los esperados resultados, y los diplomáticos siguen captando adeptos a sus partidos entre los cortesanos.

Retrato del Archiduque Carlos de Austria (1685-1740), segundo hijo del Emperador Leopoldo I y hermano del futuro Emperador José I de Austria, y pretendiente al trono de las Españas con el ordinal de "Carlos III".

Finalmente, el monarca reúne a los más eminentes juristas del Reino para que le asesoren en su elección. Éstos se inclinan por el candidato francés, subrayando que las renuncias de las difuntas Infantas Ana y María-Teresa, reinas de Francia, al momento de desposarse, quedaron invalidadas al haber faltado España en su promesa de una compensación por la pérdida de los derechos sucesorios. Resistiéndose Carlos II a inclinarse ante el dictamen, consulta al Cardenal Portocarrero, para encargarle que comunique el caso al Papa Inocencio XII con toda urgencia. Y con toda urgencia responde el Sumo Pontífice, diciendo al Rey de España que siendo los descendientes de su hermana mayor, María-Teresa, sus herederos más lógicos, a ellos debe de pasar la Corona siempre y cuando se tomen medidas para que no concurran la herencia española y la francesa en una misma persona, que es lo que se debe interpretar como verdadera esencia de la renuncia de la Infanta. Carlos II no discute la respuesta del Papa y hace su elección : Felipe de Francia, Duque de Anjou, -en la ilustración- será su heredero legítimo y futuro Rey de las Españas. Sin embargo, su decisión será secreta hasta su muerte.

En el verano de 1700, la salud del soberano mengua y la Reina ya planea casarse con el Rey de Hungría José de Austria, hijo de Leopoldo I. El 3 de octubre, Carlos II dicta testamento al secretario del Despacho Universal, Don Antonio de Ubilla, en presencia del Cardenal Portocarrero y del ministro Don Manuel Arias Mon. Seguidamente, nombra a la futura Junta de Gobierno que tendrá que encargarse del país cuando él muera y mientras no llegue el nuevo monarca a tierras españolas, formada por los tres ya citados y por el Duque de Montalto, los Condes de Benavente y de Frigiliana, el Inquisidor General Mendoza y la Reina Doña María-Ana de Neoburgo.

Retrato de Carlos II de Austria "el Hechizado" (1661-1700), Rey de las Españas entre 1665 y 1700; obra de Claudio Coello.

A mediados del octubre de 1700, la pobre vida del último Austria español se apaga lentamente. Pasa sus días confesándose, comulgando y siguiendo con devoción las innumerables misas que se van celebrando en su propia alcoba, pues ya no se levanta de su lecho de enfermo. Le atormentan las pesadillas y cree que los frailes y cortesanos que le cuidan y le secan el sudor de su demacrada frente son demonios y brujas que le habían atormentando tanto tiempo, y que salían de debajo de su cama. Por fin, entre las dos y las tres de la tarde del 1 de noviembre, el Rey Carlos II de España expira tras sufrir una terrible agonía, faltándole solamente cinco días para cumplir los 39 años. Cuando los galenos le hacen la autopsia, descubren que no le queda una sola gota de sangre (seguramente por el abusivo remedio de las sanguijuelas) y que tiene un testículo completamente negro.

Maria-Ana del Palatinado-Neoburgo, Reina de las Españas (1667-1740).

La Reina Viuda no le llora. Por testamento del finado, recibe una pensión de 400.000 ducados anuales y la plena jurisdicción y gobierno de cualquier villa o ciudad española que no fuese Madrid. El vacío a su alrededor es inmediato, incluso el embajador de la Corte Imperial omite, por despecho, darle el pésame.

Al expirar Carlos II, los Grandes y el cuerpo diplomático se encuentran reunidos en unas salas contiguas a la cámara real, y esperan allí durante un buen rato. Finalmente se abren las puertas apareciendo el Duque de Abrantes, provocando un gran silencio entre la asistencia, pendiente de saber a quién ha elegido el difunto Rey como sucesor legítimo. Los embajadores de Francia y de Austria , Blécourt y Harrach, están de pie cerca de la puerta. Blécourt se adelanta con la confianza de un hombre que espera recibir una declaración favorable a su partido, el del Duque de Anjou, pero Abrantes, sin prestarle atención, se acerca a Harrach y le abraza con gran emoción, lo que parece ser un buen augurio para la candidatura del archiduque Carlos de Austria. Tras repetir los cumplidos de rigor al diplomático austríaco, el Duque de Abrantes le dice : "Señor, es con el mayor placer y con la mayor satisfacción que me despido de por vida de la ilustre Casa de Austria."

De este modo sabe la corte de Madrid y España entera, que Carlos II ha entregado su corona al Príncipe Felipe de Francia, duque de Anjou, convertido de inmediato en el nuevo Rey Don Felipe V.

La noticia del fallecimiento del último Austria llega el 8.XI.1700, a la corte francesa y a su rey Luis XIV que se encuentran en Fontainebleau, pasando allí la temporada de otoño. Se comunica al monarca francés el contenido del testamento del finado, en el que designa como sucesor suyo en el trono español al segundo hijo del Gran Delfín Luis de Francia, y nieto de la difunta reina María Teresa de Austria, su hermana mayor. La sorpresa es total para Luis XIV, quien ya no confiaba en ver su más viejo sueño cumplirse de esta manera. Ante el dilema de aceptar o renunciar a la herencia española, Luis XIV sopesa los por y los contra : si acepta, Francia se verá envuelta en una nueva conflagración con la esperada coalición de Inglaterra, Holanda y Austria en su contra ; y si renuncia, en virtud del testamento de Carlos II, el segundo pretendiente al trono es el archiduque Carlos de Austria, segundo hijo del Emperador Leopoldo I, situación inadmisible para Francia pues se vería otra vez obligada a declarar la guerra a Austria y a España sin beneficiarse como antaño de la diversión turca, pues Leopoldo I había firmado la paz con el Sultán. El Consejo de Ministros se reúne alrededor del monarca galo para discutirlo, y se pronuncia a favor de una renuncia en toda regla del Duque de Anjou, pero el hecho de que el Gran Delfín Luis tenga asiento en dicho consejo y que en él defienda los derechos dinásticos de su segundo hijo, por ser depositario de la herencia de su abuela María Teresa de Austria, inclina la balanza a favor de un sí a la entronización del Duque de Anjou. Luis XIV no se decide hasta el 11 de noviembre y el 16 del mismo mes, en Versalles, el soberano presenta oficialmente a su nieto como el Rey Felipe V de España, ante toda la corte reunida y el embajador español, Marqués de Castelldosríus, quien se echa a los pies de su nuevo monarca. Al dirigirse a su nieto, Luis XIV le aconseja : "Sed un buen español, es ahora vuestro primer deber, pero acordaros de que habéis nacido francés para mantener la unión entre las dos naciones".

El 16 de Noviembre de 1700, en el Castillo Real de Fontainebleau, Luis XIV de Francia presenta a su nieto el Duque de Anjou como el nuevo Rey Felipe V de España ante el embajador español y su corte.

Las palabras del Rey de Francia a su nieto Felipe V de España, demuestran pues la falsedad de la legendaria frase de "Ya no hay Pirineos" que muchos historiadores pusieron en su boca, pretendiendo que ésta fuera la causante de la Guerra de Sucesión Española.