Mariana de Austria
Soledad y orgullo

Un matrimonio desigual

Tras la muerte de Isabel de Borbón el 6 de octubre de 1644, Felipe IV tomó la decisión de no volver a casarse, ya que existía un heredero, el príncipe Baltasar Carlos, que pronto cumpliría los quince años y que ya estaba prometido en matrimonio con la archiduquesa Mariana, hija del emperador Fernando III y de María de Austria, hermana de Felipe IV y, por tanto, su prima. Desde hacía tiempo se venía practicando en Las cortes de Madrid y Viena, una reiterada política de enlaces matrimoniales consanguíneos. En 1646 Baltasar Carlos cayó enfermo y el 9 de octubre fallecía en Zaragoza. Su muerte planteó un angustioso problema sucesorio: Felipe IV, además de viudo, ya era un cuarentón envejecido prematuramente por causa de sus numerosos excesos que, por razón de Estado, debía contraer con urgencia un nuevo matrimonio.

Retrato de Don Felipe IV de Austria (1605-1665), Rey de las Españas de 1621 a 1665.

Las candidatas para este nuevo matrimonio eran escasas. En Madrid se tenía un alto concepto de la monarquía, por lo que quedaban excluidas todas las jóvenes de pequeñas casas reinantes o principescas; por otra parte, el hecho de que la monarquía española profesaba la religión católica, excluía a todas las princesas de religión protestante, con lo que la elección quedaba reducida a princesas francesas o de la otra rama de la casa de Austria. Por su enemistad con Francia, se acordó la celebración del matrimonio del monarca español con la novia de su difunto hijo, su sobrina.

Retrato adolescente de la Archiduquesa Mariana de Austria, Reina de España y segunda consorte de Don Felipe IV.

Mariana de Austria llegó a Navalcarnero el 7 de octubre de 1649, donde se ratificó la boda que se había celebrado en Viena meses atrás por poderes. El Rey tenía cuarenta y tres años y la Reina, quince. Era un matrimonio desigual y no solo por razones de edad. La imagen que ofrecería aquella juvenil reina contrasta con la que tomaría más tarde y que es la que ha llegado hasta nosotros: era graciosa, alegre y estaba llena de vida. Los españoles la recibieron con alegría desbordante, conscientes de que iba a sacrificar su juventud al lado de un hombre que le triplicaba en edad y de que tenía una misión de suma importancia: proporcionar un heredero a una corona en cuyos extensos dominios seguía sin ponerse el Sol. Esa imagen se deterioró con el paso del tiempo, hasta convertirse en una figura impopular. El transcurso de los años transformaría su alegría y vivacidad en actitudes adustas y sombrías.

Los embarazos de la Reina

La joven reina quedó muy pronto embarazada y dio a luz en julio de 1651. Sin embargo, hubo un decepción general cuando se supo que la criatura que había venido al mundo era una niña, la infanta Margarita. El problema de la sucesión, que había sido el móvil principal del matrimonio, no estaba resuelto. El posparto resultó complicado y la salud de la Reina quedó seriamente quebrantada. Por la corte corrió la voz de que su majestad no podría tener nuevos embarazos y el rumor pareció confirmarse cuando se observó que pasaban los meses y la Reina no quedaba nuevamente embarazada. Mariana de Austria entró en una fase de tristeza y melancolía, mientras Felipe IV mostraba una creciente preocupación al ver que no llegaba el heredero. Empezaron a organizarse frecuentes rogativas y otros actos religiosos implorando la sucesión.

Retrato de Doña Mariana de Austria, Reina de España; obra de Velázquez, fechada en 1655.

Felipe IV se mostraba solícito con la Reina y abundaron en él los detalles de ternura. Por fin llegó un embarazo y el 7 de diciembre de 1655 la Reina daba a luz por segunda vez. Las expectativas creadas sufrieron una nueva decepción porque otra vez nació una niña. Además, la recién nacida era epiléptica y solo vivió quince días.

Ante esta situación las Cortes elevaron al Rey una petición solicitándole que nombrase sucesora a su hija, habida de su anterior matrimonio, la infanta María Teresa, que contaba diecisiete años. Felipe IV se negó porque hubiera supuesto un duro golpe para su esposa que pronto quedó nuevamente embarazada. Todos albergaron la ilusión de que llegaría el ansiado heredero, pero el nuevo parto, que tuvo lugar en agosto de 1656, fue prematuro y se trataba de una niña, que murió el mismo día.

La corte madrileña se convirtió en un hervidero de comentarios, de rumores, de opiniones... Mientras se insistía en la necesidad de que el Rey nombrase heredero, muchos apuntaban maliciosamen que aquella situción era consecuencia del castigo divino por los pecados del soberano. Un nuevo embarazo acabó con los rumores y generó la consiguiente expectación. El parto se produjo el 20 de noviembre de 1657 y, por fin, nació un varón que fue bautizado como Felipe Próspero. Todo eran fiestas y celebraciones. El Rey estaba pletórico y su esposa sonreía por primera vez en mucho tiempo.

En los años siguientes Mariana de Austria tuvo nuevos alumbramientos. A finales de 1658 nació otro niño que fue bautizado con el nombre de Fernando, pero murió a los seis meses. Para más desgracia, cuando la Reina se encontraba otra vez a punto de dar a luz, el 1 de noviembre de 1661 fallecía el heredero a la corona. La general consternación se combinaba con la esperanza- mezclada inevitablemente con gran angustia- en el nuevo alumbramiento. Mariana de Austria dio a luz otro niño el 6 de aquel mismo mes. A pesar de que la propaganda oficial se deshacía en elogios acerca de la salud y hermosura del recién nacido, la verdad era que el heredero era una ruina física, a la que costaría mucho trabajo sacar adelante.

La Regente

A la muerte de Felipe IV, acaecida el 17 de septiembre de 1665, la descendencia de la monarquía pendía de un hilo tan débil como la precaria salud del Príncipe de Asturias, Carlos, que aún no había cumplido los cuatro años. Por primera vez desde la implantación de la Casa de Austria en España fue necesario que una regencia se hiciese cargo de los asuntos de gobierno hasta que el heredero alcanzase la mayoría de edad. El testamento del monarca difunto indicaba que la regencia sería asumida por su viuda hasta que el príncipe heredero alcanzase la mayoría de edad, fijada para los catorce años.

Retrato de Doña Mariana de Austria, Reina Viuda y Regente de España, con hábito de monja.

Ante la nueva situación la figura de Mariana de Austria cobraba un relieve del que hasta entonces había carecido. Había sido poco más que una pieza decorativa, cuya importancia había radicado exclusivamente en que se esperaba de ella un heredero a la corona. Por otro lado, no había sido preparada y nunca había mostrado interés por los asuntos de gobierno, actitud que algunos atribuían a la falta de formación y a una inteligencia mediocre. Era obstinada, orgullosa y profundamente religiosa, hasta llegar a la beatería, que resultaba incluso llamativa en la sociedad española de finales del siglo XVII. Tras la muerte de su marido adoptó en su trato y en su indumentaria la actitud severa de una viuda para quien los placeres de la vida habían concluido. Los retratos que nos han llegado de Claudio Coello o Carreño de Miranda la presentan, por un lado, con un aspecto monjil pero, a la vez, como mujer adusta, altiva e imbuida del papel de regente.

Retrato de Don Carlos II de Austria (1661-1700), Rey de las Españas de 1665 a 1700; único varón superviviente de Don Felipe IV habido con Doña Mariana, y último Austria español.

Como era inexperta en política, Felipe IV dejó constituida una Junta de Gobierno para que la asesorase. Su composición deparó algunas sorpresas como, por ejemplo, la ausencia del conde de Medina de las Torres: Mariana de Austria le odiaba porque había sido alcahuete y compañero inseparable del Rey en sus correrías amorosas y ejercido conocidos trabajos de celestinaje. Difícilmente hubiese podido tolerarlo en aquella Junta de Gobierno -donde estaban representados todos los poderes del Estado: la aristocracia, el ejército, la iglesia, la inquisición que se reuniría diariamente en las dependencias del Real Alcázar.

El valimiento del padre Nithard

Retrato de cuerpo entero de la Reina-Regente Mariana de Austria (1634-1696), según Juan Carreño de Miranda.

A pesar de que las previsiones del monarca difunto habían tratado de dejarlo todo bien dispuesto, muy pronto surgieron las primeras dificultades. Uno de los miembros de la Junta había fallecido antes de que la misma iniciase sus tareas. El finado era el arzobispo de Toledo Baltasar de Sandoval y Rojas. Esta circunstancia fue aprovechada por la Regente para introducir en aquel organismo al jesuita Everardo Nithard, que la había acompañado hasta la corte española en 1649 y que, desde entonces, ejercía el cargo de confesor. Por tanto, era una de las pocas personas en las que Mariana de Austria tenía depositada toda su confianza.

Retrato del Padre Juan Everardo Nithard (1607-1681), valido de la Reina-Regente.

No fue tarea fácil la incorporación del confesor a la Junta, porque ni representaba a ninguno de los poderes del Estado ni era español. Sin embargo, la reina logró que numerosas ciudades españolas manifestasen su deseo de naturalizar como vecino al jesuita y consiguió que Nithard fuese nombrado por Roma inquisidor general, con lo que quedaban salvados los obstáculos. Sin embargo, aquel nombramiento generó no poco malestar en los círculos cortesanos y aglutinó a los descontentos en torno a una figura que desde el primer momento capitalizó la oposición a la Reina viuda: Juan José de Austria, el único de los hijos bastardos reconocidos por Felipe IV. La campaña desatada por Juan José de Austria contra la Regente y su valido fue tremenda. Madrid se llenó de anónimos injuriosos contra ellos: en cada esquina y en cada plaza había un pasquín.

Busto de Don Juan José de Austria (1629-1679), hijo bastardo reconocido de Don Felipe IV y de la actriz María Calderón alias "La Calderona".

Mariana de Austria y el padre Nithard trataron de defenderse, pero la balanza se inclinó claramente a favor del bastardo. Cuando llegó la Navidad de 1668 Madrid bullía de agitación; por todas partes corría el mismo rumor: iba a producirse un golpe de Estad si la Regente seguía apoyando a su confesor. En esto, Juan José de Austria, al frente de una heterogénea tropa, marchaba sobre la corte y eran muy reducidas las posibilidades que la viuda de Felipe IV tenía de enfrentarse con éxito a su enemigo.

La Junta de Gobierno, vista la gravedad de la situación, hizo llegar a la Regente la recomendación de que pusiera al jesuita en la frontera. Mariana Austria no tuvo más remedio que ceder: Nithard marchó a Roma como embajador extraordinario de Madrid ante la Santa Sede y, poco después, su protectora le consiguió el capelo cardenalicio.

Texto de Arsinoe / in "Retratos de la Historia".