Enrique II, Duque de Lorena (1563-1624)

Enrique II, apodado "el Bueno", nació en la ciudad de Nancy, capital del ducado de Lorena, el 8 de noviembre de 1563, y falleció en la misma localidad el 31 de julio de 1624. En su juventud llevó el título de marqués de Pont-à-Mousson, luego el de duque de Bar (en calidad de heredero de Lorena) y, finalmente, al asumir la herencia paterna, duque soberano de Lorena entre 1608 y 1624. Era hijo del duque Carlos III y de la princesa Claudia de Francia.

Contrariamente a su padre y a su abuelo, no fue educado en la corte de Francia, porque en aquella época las guerras de religión (guerra civil francesa) no ofrecían una seguridad que pudiera preservar la integridad de las personas, fueran príncipes o humildes siervos. Tampoco recibió la formación adecuada para asumir la gestión del país que iba a heredar, ya que su padre prefirió remitir los asuntos de Estado a su hermano, el cardenal Carlos de Lorena, obispo de Metz. Desde luego, lo que sí hizo Enrique fue abrazar de lleno la vida militar y entrar activamente en los combates que oponían a católicos y hugonotes, obviamente del lado católico.

Retrato de Catalina de Borbón, Infanta de Navarra (1558-1604), Marquesa de Pont-à-Mousson y Duquesa de Bar, primera consorte de Enrique II de Lorena.

Titulado Marqués de Pont-à-Mousson, desposa en 1599 a la Infanta de Navarra, Catalina de Borbón y de Albret (1559-1604) -hermana del rey Enrique IV de Francia y de Navarra-, para sellar así el Tratado de Saint-Germain-en-Laye; sin embargo, el matrimonio no fue en absoluto feliz. Profundamente católico, Enrique se había casado con una convencida, inflexible y acérrima calvinista.

Retrato de Margarita de Gonzaga, Princesa de Mantúa (1591-1632), Duquesa consorte de Lorena; obra atribuida a Pourbus.

Viudo en 1604, volvió a contraer matrimonio con una sobrina de María de Médicis, reina de Francia: la princesa Margarita de Gonzaga (1591-1632), hija del Duque Vincenzo II de Mantúa y de la princesa Eleonora de Médicis. Desgraciadamente, la princesa italiana tan solo pudo darle dos hijas:

-Nicole de Lorena (1608-1657), duquesa de Bar y futura duquesa de Lorena, que casaría en 1631 con el príncipe Carlos de Lorena-Vaudémont (1604-1675), futuro Carlos IV, duque de Lorena.

-Claudia de Lorena (1612-1648), que casaría con el hermano de su cuñado y primo-hermano, el ex-cardenal Nicolás II Francisco de Lorena, a la postre duque de Lorena.

Convertido y proclamado duque soberano de Lorena en 1608, a la edad de 45 años, y sin una real experiencia política, Enrique II cae fácilmente bajo la influencia de sus favoritos. Al interior del reino, fue un ardiente defensor de la contra-reforma y tomó importantes medidas contra los protestantes, publicando numerosos edictos que sentenciaban a calvinistas y luteranos a abandonar sus Estados.

El 23 de mayo de 1618, los nobles bohemios arrojaron por las ventanas del Palacio Real de Praga a dos gobernadores imperiales y a un escriba, que aterrizaron sobre un montón de estiércol sin graves daños físicos... Se la conoce como la "Segunda Defenestración de Praga".

En 1618, se produjo la famosa "defenestración de Praga", incidente que degeneró prontamente en la conocida "Guerra de los Treinta Años" que incendió toda Europa. Frente al conflicto europeo, Enrique II guardó una postura neutral y buscó jugar un papel de príncipe conciliador entre los enemigos de ambos bandos.

En cuanto al problema sucesorio ocasionado por su falta de herederos varones, Enrique II lo arregla con un matrimonio de conveniencia; deseoso de legar su trono a su hija mayor Nicole, entró en conflicto con las disposiciones dinásticas estipuladas en el testamento de uno de sus predecesores, el duque Renato II, que recalcaban que el ducado tan solo era transmisible de varón a varón. Tras difíciles y agrias negociaciones, concedió la mano de su hija y heredera Nicole al príncipe Carlos de Lorena-Vaudémont, primogénito de su hermano menor Francisco, conde de Vaudémont, imponiendo condiciones en las que relegaba a su yerno al papel de mero príncipe-consorte, mientras que el poder efectivo quedaba en manos de su hija.

Al final de su vida, para proteger sus Estados de los mercenarios que los atravesaban, recrutó soldados, levó nuevas tropas y reforzó las fortificaciones lo que, junto con las pensiones concedidas a sus favoritos, malmetieron los recursos y la liquidez financiera del Tesoro Ducal.