La Reina impopular

Retrato de la Reina María I de Escocia, Reina Vda. de Francia (1542-1587), llevando el atuendo de las reinas viudas (Escuela Francesa, s.XVI).

Tras la parodia de juicio contra Lord Bothwell y su absolución, que suscitó la indignación de los Condes de Lennox y soliviantó a gran parte de la alta nobleza escocesa, la reputación de María I se desmoronó catastróficamente. Las sospechas, o mejor dicho, los rumores de que la soberana estuviese al tanto del asesinato de su difunto marido y que fuera éste orquestado por el Conde de Bothwell (su amante) junto con los hermanos Douglas, se tornaron en atronador clamor público. Peor aún, la acción de Bothwell y de los suyos de simular el rapto de la Reina y violentarla luego durante su supuesto cautiverio, del que María habría podido sustraerse de haberlo deseado, socabaron aún más el poco respeto que quedaba por su real persona al publicarse la noticia de su matrimonio con su secuestrador y suspirante.

Lejos de ser inocente, María no dudó en justificar sus actos con mentiras, blandiendo excusas de corte moral nada creíbles como la de tener que contraer forzosamente matrimonio con Bothwell al percatarse que se había quedado, supuestamente, preñada de éste tras ser violada.

Perpetrado con nocturnidad y alevosía, el rapto de la Reina fue orquestado por Lord Bothwell tras recibir éste el unánime apoyo de sus amigos y simpatizantes en el llamado "Pacto de Ainslie" (celebrado en la taberna del mismo nombre), que avalaban sus pretensiones de contraer matrimonio con María I. Queda pues patente que, como el juicio celebrado contra Lord Bothwell, el mal llamado rapto fue un golpe teatral para justificar la posterior acción de la Reina de cara a la galería.

Antes de que se llevase a cabo el simulacro de rapto, María I visitó por última vez a su hijo y único heredero el Príncipe Jacobo en Stirling Castle (24 de abril de 1567). De regreso a Edimburgo, la soberana fue "raptada" por Lord Bothwell y su pequeño ejército, y mantenida cautiva en el castillo de Dunbar y, como no, "violada" por su amantísimo secuestrador.

Fotografía de la fachada principal del Palacio Real de Holyrood, Edimburgo (Escocia).

Los amantes regresarían el 6 de mayo a la capital, argumentando la Reina que, al ser deshonrada y preñada por su captor, debía casarse cuanto antes con Bothwell. La ceremonia religiosa, según los ritos protestantes (ya que el contrayente era de la religión reformada), se celebraría en la capilla real de Holyrood el 15 de mayo siguiente.

Dibujo de la Batalla de Carberry Hill, que acabó por no librarse el 15 de junio de 1567, y que supuso la rendición de María I ante los nobles escoceses.

La arrogancia y desfachatez de la soberana y de su tercer marido, provocaron la sublevación de los lores escoceses y éstos levantaron un ejército con el claro objetivo de deponerla. María I y Bothwell, por su parte, contaban con un ejército en clara desventaja cuando decidieron enfrentarse a los grandes en Carberry Hill (15 de junio de 1567). No hubo batalla, ni siquiera escaramuza. Rindiéndose ante la evidencia de que la batalla estaba perdida de antemano, María I capituló ante los lores con la condición de que dejasen libre al Conde de Bothwell.

A merced de los nobles, María vio como todo lo acordado quedó en nada; bajo fuerte escolta, fue trasladada a Edimburgo y luego encerrada en el castillo de Loch Leven, en Kinross. Allí, entre el 18 y 14 de julio de 1567, María I sufrió un supuesto aborto de dos gemelos (fruto de su "violación"), y digo supuesto porque en aquella época era mucho afirmar que fuesen gemelos lo que ella perdió, al no existir medio médico-científico que pudiese determinar con exactitud si eran uno o dos fetos. Recordemos que el microscopio no se inventó hasta el siglo XVII.

Retrato juvenil del Rey Jacobo VI de Escocia (1566-1625), hijo y sucesor de María I y de su segundo marido Lord Darnley.

Finalmente, los lores forzaron a la Reina a abdicar la corona en favor de su hijo Jacobo VI, de apenas 1 año de edad, el 24 de julio.

Fuga, juicio y cautiverio

Dibujo del Castillo de Loch Leven, en Kinross, cárcel de la que escapó María I de Escocia, tal como era en la época.

Disfrazada de lavandera, María I consigue escapar del castillo de Loch Leven el 2 de mayo de 1568, y logra reunir a su paso un pequeño ejército de leales, con la idea de recuperar el trono que le han arrebatado a la fuerza. Pero su aventura militar fracasa estrepitosamente en la batalla de Langside once días después, y María, en un intento por escapar de sus antiguos carceleros escoceses, comete la imprudencia de adentrarse en territorio inglés. Apresada por los ingleses en la localidad de Carlisle (19 de mayo), la correría de la soberana es brutalmente interrumpida y, aunque es "saludada" con honores de reina por los oficiales enviados a su encuentro por su prima Elizabeth I, comprueba prontamente que la hospitalidad de ésta se asemeja mucho a su cautiverio escocés de Loch Leven.

Retrato de cuerpo entero de la Reina Elizabeth I de Inglaterra e Irlanda (1533-1603).

Elizabeth I dictaminará que María comparezca ante la justicia inglesa por el asesinato de Lord Darnley, tras un tiempo de dudas sobre la participación o el conocimiento de su prima en la conspiración supuestamente urdida por Lord Bothwell. El tribunal se reúne en York para tal fin entre octubre de 1568 y enero de 1569, ante el cual María deberá comparecer como acusada. Pero, a todas luces, se trata de una sórdida maniobra política fruto de una entente entre la Reina de Inglaterra y el Regente de Escocia, James Stuart, 2º Conde de Moray (hijo del 1er Conde de Moray, asesinado en Chaseabout), que pretende mantener alejada de Escocia a María y controlar a sus partidarios o simpatizantes.

Por su lado, María niega la potestad del tribunal de York, con el agravante de que los jueces eran ingleses, rehusando responder de sus actos amparándose en su condición de reina y soberana ungida que la hacían teóricamente intocable; una reina tan solo debía responder de sus actos ante Dios y de nadie más.

Retrato de James Douglas, 4º Conde de Morton (1516-1581).

El caso, sin embargo, se agravó con la aparición de ocho cartas presumiblemente escritas por María a Lord Bothwell, en las que aparentemente quedaba gravemente comprometida la inocencia de la Reina de Escocia en el complot y atentado contra su marido, Lord Darnley. Las famosas cartas habían sido enviadas por James Douglas, Conde de Morton (pariente de la Reina María), tras ser encontradas en un pequeño cofre de plata decorado con el monograma de Francisco II de Francia (deducción de la letra F), junto con otros documentos como el certificado de matrimonio entre María I y James Hepburn, Conde de Bothwell, firmado en el Palacio Real de Holyrood.

El tribunal negó la posibilidad a María de comprobar la autenticidad de las pruebas aportadas por Lord Morton, e incluso hacerse cargo de su propia defensa ante tamañas acusaciones. Rehusó, por su parte, escribir de su puño y letra una carta para defenderse si no recibía antes, de Elizabeth I, la garantía de un veredicto de absolución.

Retrato en miniatura de la Reina María I de Escocia ya cautiva de los ingleses en el castillo de Bolton.

Aquello no impidió que el tribunal aceptase como verídicas las cartas del cofre y las examinaran detenidamente para ser tomadas en cuenta en el proceso contra la Reina de Escocia, y utilizarlas como pruebas inculpatorias. María las denunció como viles falsificaciones, argumentando que su escritura era fácil de imitar y jurando que ella nunca las escribió. Auténticas o falsas, el tribunal concluyó finalmente que le era imposible verificar el origen de las cartas.

Perdidas las originales en 1584, las copias de las famosas ocho cartas inculpatorias que aún permanecen en diversas colecciones son incompletas. Huelga decir que las susodichas cartas han sido, desde entonces, fuente de mucha controversia entre los estudiosos del caso. Posteriores estudios sobre la caligrafía dedujeron que se trataban de falsificaciones fabricadas con antelación e insertadas como pruebas para incriminar a María I, cuentan algunos... Pero, claro, a mi modo de ver, aventurarse a sentenciar que las "copias" existentes de las dichosas cartas perdidas en 1584 sean una falsificación, no tiene porque ser concluyente. Permanece pues la duda.

En cualquier caso, para la reina Elizabeth I de Inglaterra, que fueran auténticas o falsas aquellas cartas aportadas como principal prueba inculpatoria, no era relevante. Lo único que le preocupaba seriamente, eran los derechos de María al trono que ocupaba y que las potencias católicas del Continente Europeo apoyaban (principalmente España, Austria y Roma). Por este principal motivo, y por los contínuos intentos de asesinato contra su persona, la protestante Elizabeth I pensaba tener un as en la manga al tener en su poder y estrechamente vigilada a su prima María I de Escocia. Obviamente, aquella circunstancia no evitó que los correligionarios simpatizantes de la Estuardo siguieran intrigando y maquinando atentados contra la última Tudor.

La Reina rehén

Tras la parodia de York, María I de Escocia tuvo su destino sellado. Se convirtió en la rehén y garantía de relativa tranquilidad para su prima Elizabeth I. Prisionera de hecho, la destronada y fugada soberana fue trasladada al castillo de Bolton el 16 de julio de 1568, bajo la responsabilidad de Lord Scrope hasta el 26 de enero de 1569, fecha de su traslado al castillo de Tutbury. De Tutbury Castle pasaría a Sheffield Manor, siendo su custodia encargada por la Reina de Inglaterra a George Talbot, 6º Conde de Shrewsbury y esposa, la famosa Lady Elizabeth "Bess" de Hardwick. La hija de esta última, habida de su primer matrimonio con Sir William Cavendish, Elizabeth Cavendish, casaría a la postre con el hermano del finado Lord Darnley: Charles Stuart, 14º Conde de Lennox, y dando a luz a una hija, Lady Arabella Stuart (futura Duquesa de Somerset), con derechos sucesorios sobre los tronos de Escocia e Inglaterra.

Retrato de Lady Elizabeth "Bess" de Hardwick (1527-1608), Condesa de Shrewsbury y "carcelera" de la Reina María I. Abajo, retrato de Lady Arabella Stuart-Lennox, Duquesa de Somerset (1575-1615), nieta de la anterior y sobrina de la Reina María I de Escocia y de Lord Darnley.

En 1570, una comitiva diplomática enviada a Londres por el rey Carlos IX de Francia, intentó convencer a Elizabeth I de que Francia ayudaría a María a recuperar su trono escocés. Como condición previa, la soberana inglesa exigió que María ratificase de su puño y letra el famoso Tratado de Edimburgo que ella siempre se había negado a firmar. Sir William Cecil, Lord Burghley, hizo entonces figura de negociador entre María y Elizabeth sin que llegaran a un acuerdo satisfactorio; las negociaciones fueron brutalmente interrumpidas en 1572, al hacerse pública una conspiración en favor de María.

Doble retrato de padre e hijo: Sir William Cecil, 1er Lord Burghley (1520-1598) y Sir Robert Cecil, 1er Conde de Salisbury (1563-1612) apodado "el Pigmeo" por Elizabeth I; ambos miembros influyentes del Consejo Privado y ministros de la Reina Elizabeth I, que intervinieron activamente en las negociaciones entre ambas reinas y en el juicio y la condena contra María I, tras destaparse la "Conspiración de Babington".

En cuanto al tercer marido de María I, James Hepburn, 4º Conde de Bothwell, éste se hizo a la mar y fue apresado en las costas de Noruega a instancias de una vengativa Anna Rustung*, hija de un relevante y noble almirante noruego-danés, Christoffer Trondsen Rustung (antigua novia suya despechada por haberla abandonado tras formular la vana de promesa de casarse con ella). Aquello no fue más que el principio de un peregrinaje por diversas prisiones, antes de caer en manos del rey Jacobo VI de Escocia quien, por intermediación de su cuñado el Rey de Dinamarca, hizo que lo trasladasen en una cárcel danesa, muriendo en ella totalmente trastornado en 1578.

Retrato oval de Sir Amyas Paulet, K.G. (1532-1588), último guardián y carcelero de la Reina María I de Escocia, y miembro del jurado que acabó por condenarla a muerte.

En el año de 1580, Lord y Lady Shrewsbury fueron relevados de su cargo de "carceleros" de la Reina de los Escoceses, para pasar el testigo a Sir Amias Paulet, designado a dedo por Elizabeth I para que se hiciera cargo de la ilustre presa en los siguientes siete años.

(*)_Anna Rustung, noble damisela de linaje noruego-danés, había sido prometida a James Hepburn, 4º Conde de Bothwell, a raíz de una visita de éste en Copenhague (1559); Bothwell se la llevaría a Flandes para luego ponerla ante la evidencia de que estaba sin dinero, rogándole que vendiera sus joyas y pertenencias para que pudiesen subsistir. Cuando el dinero de los empeños se agotó, Anna regresó a Copenhague para obtener más dinero de su familia. Se dio la circunstancia de que la hermana de Anna, Margaret, casó con el noble escocés John Stuart, 4º Conde de Atholl. Mientras, Bothwell dejó a su suerte a Anna en Flandes para viajar hasta París, encontrándose por vez primera con la Reina María I de Escocia (1560) y a su marido Francisco II de Francia. Siete años más tarde, Lord Bothwell, casado con María I a la que también abandonó a su suerte tras la rendición de ésta en Carberry Hill, se refugió ante las costas de Noruega y fue apresado en el puerto de Bergen por no tener los permisos necesarios de navegación en aguas danesas. Aprovechando la ocasión, Anna Rustung interpuso una demanda contra Bothwell por abandono con el respaldo de su poderosa familia y, por mediación de Erik Rosenkrantz (primo de Anna), su antiguo novio fue condenado al encarcelamiento de por vida, iniciandose así un peregrinaje que finalizaría en el siniestro castillo de Dragsholm por orden del rey Federico de Dinamarca.

Conspiraciones e intrigas

Retrato de la Reina María I de Escocia (1542-1587), realizado durante su cautiverio en 1578.

Una conspiración, la de Ridolfi (que pretendía casar a María con el católico Duque de Norfolk, y destronar y asesinar a la Reina de Inglaterra) dio serios motivos a Elizabeth I para sospechar de la buena fe de su prima. Convencida de que María llevaba un doble juego y que estaba al tanto de las intrigas de los católicos contra su persona, la reina Elizabeth I alentó que el Parlamento de Londres introdujera una ley que excluyera a la Reina de Escocia de la orden de sucesión al trono de Inglaterra (1572). Sin embargo, aunque la ley fuera elaborada a instancia suya, Elizabeth resolvió no firmarla para que nunca fuese efectiva.

Más adelante, en 1584, Elizabeth I volvería por senderos similares al promulgar el llamado "Pacto de la Asociación", dirigido a evitar que cualquier pretendiente al trono británico se beneficiase con su posible asesinato; y si el documento no implicaba a nadie legalmente, fue ratificado por miles de nobles y la mismísima María I.

Retrato de la Reina Elizabeth I de Inglaterra e Irlanda (1533-1603), realizado por John Bettes entre 1585 y 1590.

De cualquier forma, María se había convertido en una auténtica espina en el corazón de Elizabeth, de la que ya no estaba dispuesta a tolerar mucho más tiempo la molestia ante las sucesivas conspiraciones e intrigas que iban surgiendo contra ella. España, Francia y Roma no cesaban en alentar todo tipo de complots para obtener la liberación de María y alentar múltiples atentados contra Elizabeth, para que ocupase el trono inglés en su lugar. Si de algunos estuvo o no al tanto, María I se había convertido en un rehén demasiado peligroso para la seguridad del Estado y para la propia seguridad de la Reina de Inglaterra. El final, pues, estaba cantado.

Cuando estalló la Conspiración de Lord Babington, en la que se descubrió que María I habría dado vagamente su bendición a todo aquel que asesinase a su prima, se puede decir que firmó su sentencia de muerte. El escándalo fue tan sonado que el Consejo Privado obtuvo de Elizabeth I que María I fuese juzgada por un tribunal de más de 40 caballeros, declarándola unánimamente culpable de alta traición, tras presentarse pruebas inculpatorias recabadas por el Servicio Secreto Inglés dirigido por Walsingham (obtenidas casi todas ellas gracias a las torturas practicadas sobre los conspiradores).


Dibujo del Castillo de Fotheringay, en Northamptonshire (Inglaterra), última cárcel y lugar de ejecución capital de María I de Escocia, tal y como era en la época.

Juicio y muerte

Cuadro representando a la Reina María I de Escocia, asistida por Lady Jane Kennedy y Lady Elizabeth Curle, en la mañana previa a su ejecución.

Pese a las terribles pruebas presentadas, María I rehusó reconocer la potestad de la corte judicial reunida para juzgarla, y protestó airadamente contra las falsedades levantadas contra ella para que pareciera más culpable de lo que era en realidad. Reclamó en vano la presencia e intercesión de la Reina Elizabeth en su favor. Los jueces fueron implacables y emitieron su condena a muerte de forma inapelable (25 de octubre de 1586).

Dibujo recreando el juicio de María I de Escocia ante los 44 miembros del Tribunal reunido para juzgarla en el castillo de Fotheringay, y que dictaminó su culpabilidad el 25 de octubre de 1586.

Dubidativa, Elizabeth I rechazó acatar y firmar la sentencia contra su prima. Las presiones de sus consejeros para que firmase la condena, finalmente inclinaron la balanza y la Reina acabó firmándola, pero ordenando que no se ejecutase la sentencia hasta que ella lo permitiera. Interpretando de otra manera o haciendo caso omiso de la voluntad de la Reina, el Consejo procedió a que se ejecutase la sentencia.

El 8 de febrero de 1587, en el castillo de Fotheringay, donde había sido previamente trasladada la reina María I de Escocia, tuvo lugar la aplicación de la sentencia. María se presentó ante la asistencia allí reunida, enfundada en un vestido rojo, color de los mártires católicos. Pese a sus ruegos, ni siquiera le dejaron acabar sus últimas oraciones, despojándola de sus enseres y atuendo. Arrodillada ante el tajo, con un pañuelo sobre los ojos, María se dispuso a recibir el fatal golpe del verdugo que, dicho sea de paso, estaba borracho de buena mañana.

Dibujo de la época recreando el momento de la ejecución de María I de Escocia en el castillo de Fotheringay, el 8 de febrero de 1587. Abajo, otra ilustración contemporánea de la ejecución de la Reina de Escocia.

La ejecución no pudo ser más espantosa. El verdugo no atinó con su primer golpe y, arrancando un terrible y espeluznante quejido de su víctima, le propinó un sanguinolento tajo en el cuello. Al segundo y puede que al tercer golpe, pudo finalmente decapitarla. No contento con la carnicería, éste recogió la cabeza de María quedándose en la mano con la peluca que llevaba la rea, y cayendo rodando al suelo, en un sordo ruido, aquella testa de cabellos blancos a los pies de los testigos de la horrenda escena.

Máscara mortuoria de la Reina María I de Escocia, realizada tras su decapitación. Abajo, estátua yaciente de María I en la Real Abadía de Westminster, Londres.

María tenía 45 años. Su cadáver fue inicialmente sepultado en la catedral de Peterborough pero, en 1612, a petición de su hijo entonces ya rey de Inglaterra como Jacobo I, fue nuevamente sepultada en la londinense Abadía Real de Westminster, a diez o nueve metros de la tumba de la reina Elizabeth I, su eterna rival que tuvo el desgraciado "deber" de zanjar una insostenible situación política con su muerte.

Sin hijos, la corona inglesa de Elizabeth I pasaría a su deceso (en 1603), al único hijo varón habido de María I de Escocia con Lord Darnley: Jacobo VI de Escocia y Iº de Inglaterra e Irlanda, realizándose así el viejo sueño de Enrique VIII, la unión de los dos reinos en una sola persona heredera de las dos dinastías rivales. De este modo, María I pasó a ser la antepasada común de todos los siguientes reyes de las Islas Británicas.