LA BARONESA VON KRUDENER
el 4 sep En: Biografías - sin comentarios
LA BARONESA VON KRÜDENER
de dama ilustrada a beata y profeta
La baronesa Beate Barbara Juliane von Krüdener, más conocida como Juliana de Krüdener, nacida von Vietinghoff, vio la luz el 22 de noviembre de 1764 en Riga, falleciendo el 25 de diciembre de 1824 en Karasubazar (Crimea), fue una escritora germano-balta, de nacionalidad rusa y de expresión francesa.
Juliana von Vietinghoff nació en el seno de una familia aristocrática balta, de raíces germanas, pero afincada en los países bálticos y ocupando importantes funciones en Livonia y dentro del Imperio Ruso.
Juliana no es el único personaje célebre de la familia Von Vietinghoff, quien cuenta con numerosos intelectuales y oficiales de alto rango, en diferentes paises y a lo largo de varios siglos. El primer Von Vietinghoff conocido fue Arnold von Vitinghove, en el siglo XIV, y que fue Gran Maestre de la Orden Teutónica entre 1360 y 1364. Sin embargo, tras las victorias rusas, la familia sufre una grave decadencia económica y una pérdida de poder notable, hasta que el padre de nuestra protagonista consigue devolverle su antiguo prestigio socio-económico.
Retrato del Conde Burckhardt Christoph von Munnich (1683-1767), Mariscal y Primer Ministro de Rusia; fue el bisabuelo materno de Juliana.
Del lado materno, es la bisnieta del mariscal y primer ministro ruso Burckhardt von Munnich, y la nieta de Ernst von Munnich, ministro y fundador del Museo del Hermitage de San Petersburgo. Su madre, la condesa Anna Ulrika von Munnich, acogería al bisabuelo de Juliana a su regreso de un exilio forzoso en Siberia. Los Von Munnich tenían fortuna y tierras en Livonia.
Busto del Barón Otto Hermann von Vietinghoff (1722-1792), padre de Juliana.
El padre de Juliana, el Barón Otto Hermann von Vietinghoff, antiguo coronel, es primer consejero de Estado, senador, gobernador de Riga y director general del Colegio de Médicos de Rusia. Figura también como uno de los dos consejeros para los asuntos de Livonia. Es un hombre rico y poderoso que posee un palacio en San-Petersburgo, otro en Riga, dueño de las tierras y señoríos de Kosse, de Jungfernhof y de Marienburg, una de las más hermosas residencias de Rusia.
Juliana sería educada severamente por su madre, una luterana muy tradicionalista. Mientras que su padre es uno de los responsables del movimiento francomasón ruso y un racionalista convencido adepto de la Ilustración. El Barón von Vietinghoff mantiene estrechas relaciones con el Conde de Buffon, Denis Diderot, D'Alembert y el Barón Melchior von Grimm. La figura paterna se nos antoja más benevolente que la materna.
La niñez y primer época de adolescencia de Juliana von Vietinghoff se desarrolla en Riga y en la finca solariega de Kosse, en Viitinaen (Livonia), en medio de parajes pintorescos y salvajes, salpicado de lagos y frondosos bosques de abetos... La alta nobleza balta acudía entonces en tropel a París, hacia aquella Atenas de las artes y de los placeres, ejerciendo sobre ella una irresistible atracción. Los príncipes y reyes pasaban algunas temporadas en la capital del Sena para ganarse, como se decía entonces, sus grados de perfecto cosmopolita.
En ese ambiente europeísta donde ser políglota es esencial, Juliana estudia el alemán y el francés. Viaja con sus padres, haciendo repetidas estancias en París y Estrasburgo, recibiendo a su mesa a multitud de sabios y grandes señores de la Corte de Versailles.
Sus padres intentarán casarla con un gran terrateniente, pero enferma y delira. En medio de sus subidas de fiebre, se le escapan comentarios poco halagadores para el novio. Dolido, el caballero retira su palabra y rompe el compromiso.
Un tiempo escaso después, Juliana von Vietinghoff conoce al Barón Burchard Alexis Konstantin von Krüdener (1744-1802), diplomático y embajador de Rusia en Curlandia, de veinte años mayor que ella. El anuncio del compromiso no se hace esperar demasiado y se celebra la boda religiosa en 1782, en el castillo de la suegra, en Ramkau. Juliana cuenta tan solo 17 primaveras, mientras que su flamante marido computa 38... Es considerado, por sus antiguos camaradas de universidad, como un sabio. Destinado a la embajada rusa en París, pronto entabla amistad con Rousseau. Nombrado embajador en Curlandia por Catalina II de Rusia, ésta le encarga preparar el terreno para la anexión del ducado a la corona rusa.
El 31 de enero de 1784, la pareja tiene su primer hijo, Paul von Krüdener, en Mittau, capital de Curlandia. Le apadrina nada menos que el zarevich Pablo Petrovich de Rusia (futuro zar Pablo I).
Tras el feliz alumbramiento, Juliana empieza a redactar en francés sus diarios íntimos. Escribir le brinda una vía de escape ante un matrimonio de conveniencia carente de afecto. El Barón von Krüdener es un personaje reservado y frío, mientras que Juliana es dada a la frivolidad propia de sus 20 años, afectuosa y que necesita que se interesen por ella. Su extravagancia no tiene límites en esa época.
Sin embargo, cumple con su deber de esposa y acompaña a su marido a Venecia (1786), a Munich y a Copenhague (1787), y escribe a Bernardin de Saint-Pierre: "Estoy unida al hombre más estimable de este mundo, el más preocupado de mi felicidad y el más digno de vuestra amistad..." Y se comporta como una mujer muy enamorada, antes de cansarse definitivamente de la faceta reservada y exenta de sentimentalismos del personaje.
Retrato de Juliana von Vietinghoff, Baronesa von Krüdener (1764-1824), junto con su hijo Paul von Krüdener (1784-1858), obra de Angelica Kauffmann, c.1786.
Es durante su estancia en Dinamarca cuando nace su hija Julieta von Krüdener. Tras el parto, la salud de Juliana se resiente y le ocasiona problemas; tanto es así que decide ir hacia el Sur en compañía de su hija, con la idea de restablecerse. Con esa excusa, Juliana podrá separarse de su marido en 1787, e ir a París. Su estancia en Francia duraría nada menos que 20 años.
Se encuentra precisamente en París cuando los Estados Generales se reúnen en Versailles (1789). Sin hacerse eco de los acontecimientos revolucionarios, llega incluso a abrir una cuenta de hasta 20.000 francos en el establecimiento de la modista de la Reina de Francia, Madame Bertin. Un año después, hace una estancia en Montpellier, luego en Nimes donde sufre un gran susto: el gentío tomó por inglesa a su nuera y casi la linchan en plena calle...
Se produce entonces su encuentro con un joven capitán de caballería, el futuro general y marqués Charles-Louis-Joseph de Gau de Frégeville. Caen pérdidamente enamorados el uno del otro y los dos amantes abandonan la Francia revolucionaria que se ha vuelto insegura. Él tuvo que disfrazarse de lacayo para poder pasar la frontera con ella, dirección Dinamarca. Una vez en Copenhague, la baronesa pone las cartas sobre la mesa y solicita el divorcio a su marido. El embajador rehúsa cualquier propuesta de divorcio e intenta llegar con ella a un arreglo amistoso, un nuevo modus vivendi que sería facilitado por la marcha del marqués de Frégeville a la guerra. Sin embargo, Juliana no se aviene a permanecer en Copenhague y vuelve a hacer sus baúles para viajar hasta Riga primero y a San-Petersburgo luego, donde su padre el Barón von Vietinghoff es senador imperial. El reencuentro entre padre e hija será brutalmente interrumpido por el deceso de éste en julio de 1792. La muerte de su padre, que hacía figura de protector benevolente, resulta chocante para ella y la sume en una profunda depresión.
Al poco de enterrar a su padre, Juliana hace una estancia en la finca familiar de Kosse, donde le asombra y entristece la situación miserable de los campesinos. Decidida a corregir la suerte de la pobre gente de Kosse, y para sacarla de la miseria, crea escuelas, dispensarios y todo tipo de ayudas necesarias para atajar la hambruna y la falta de higiene de las familias campesinas, gracias a la fortuna que le ha legado su padre.
Retrato de Suzanne Curchod, "Madame Necker", Baronesa de Coppet (1737-1794); la esposa del célebre financiero suizo Jacques Necker, ministro de Hacienda de Luis XVI de Francia, era la madre de la no menos famosa escritora Germaine Necker, Baronesa de Staël-Holstein, y anfitriona de un salón intelectual frecuentado por la flor y nata de la sociedad francesa...
Tras asegurarse de que todas sus disposiciones humanitarias serían debidamente aplicadas en Kosse, se traslada a Leipzig y luego inicia una estancia en Suiza. Allí frecuentará la residencia de Madame Necker y a eminentes emigrantes franceses que aún no han perdido su optimismo vital anterior a 1789. Es en Suiza, entre 1796 y 1798, que Juliana von Krüdener redacta sus primeros manuscritos... "Pensamientos de una Dama Extranjera o Pensamientos Inéditos de Madame de Krüdener", sería el primer producto de aquellos manuscritos, prontamente publicado en diversos países europeos.
Retrato del Rey Federico-Guillermo III de Prusia (1770-1840), que reinó entre 1797 y 1840.
En 1799, Juliana von Krüdener se reúne con su marido en Berlín, quien ha sido recientemente destinado a la capital prusiana para desempeñar el papel de embajador de Rusia por cuenta del zar Pablo I. Su negligencia, su falta de puntualidad en las ceremonias oficiales, sus quejas constantes del protocolo de la Corte de Prusia (demasiado marcial y envarado), del gélido clima que reina en ella y del carácter grisáceo de los berlineses, no la hacen muy popular... El Rey de Prusia, la Reina o la Princesa Luisa Radziwill no aprecian en absoluto su ingenio, su bel-esprit versallesco.
Retrato de la Princesa Luisa de Prusia, Princesa Radziwill (nacida en 1770); sobrina de Federico II "el Grande", prima-hermana de Federico-Guillermo II y prima del rey Federico-Guillermo III de Prusia. Obra de la pintora francesa Elisabeth Vigée-Lebrun.
El asesinato del zar Pablo I de Rusia, en 1801, protector del Barón von Krüdener, pone a la pareja en una situación delicada; su puesto de embajador peligra. Sin embargo, el buen hacer del diplomático como el haber evitado una inminente declaración de guerra entre Prusia y Rusia, da sus frutos y el nuevo zar Alejandro I le confirma en su puesto berlinés. La baronesa, huyendo de las contrariedades, coge al vuelo la ocasión para trasladarse a Teplitz, estación balnearia mundana, donde frecuenta a un buen número de príncipes rusos y alemanes que la tratan con cortesía y le brindan amistad... Aquello la cambia radicalmente de la opresiva atmósfera berlinesa, donde hasta su cocinero la miraba con desprecio. Habiéndole sus médicos aconsejado que pasase el invierno en el Sur de Europa, Juliana escribe a su marido para darle parte. Marido y mujer no volverán a verse. El 14 de junio de 1802, el Barón von Krüdener fallece en Berlín cubierto de deudas.
Pese a las convulsiones revolucionarias de 1789, a las masacres de septiembre y al régimen de Terror en Francia, Juliana von Krüdener no parece haber dejado de ver en París el punto de referencia de la cultura y mundanidad de la Europa Occidental. Hija del Siglo de las Luces, y sobretodo de Jean-Jacques Rousseau, la baronesa aborda los albores del siglo XIX con una sensibilidad romántica antes de que existiera el término. En septiembre de 1801, en el curso de uno de sus viajes por Europa, Juliana conoce a la Baronesa de Staël-Holstein en el castillo de Coppet, residencia de la familia Necker en Suiza. Al enviudar en junio de 1802, vuelve a París para reencontrarse con Madame de Staël, en cuya compañía y sociedad conoce al vizconde de Châteaubriand, a Benjamin Constant, a Alexandre de Tilly y a un buen número de escritores franceses que se convertirán en sus amigos. En aquel momento, la capital gala conoce un período de paz y de brillante renacimiento de la sociedad, de las artes y de las letras.
Retrato de Anne Louise Germaine Necker, Baronesa de Staël-Holstein (1766-1817), más conocida como "Madame de Staël", tras casarse con un barón y diplomático sueco.
En 1802, Sainte-Beuve es presentado a la Baronesa von Krüdener y deja constancia de su encuentro con la dama: "(...) es aún bastante joven y hermosa, desbordante de delicada gracia; menuda, de cutis blanco, rubia de cabellos de ese rubio ceniza que tan bien sientan a Valérie, con ojos de un azul sombrío, un hablar lleno de dulzura cantarina, como corresponde al encanto de las mujeres livonianas..."
Retrato del Vizconde François-René de Châteaubriand (1768-1848), según Girodet-Trioson.
Memorias y Pensamientos, escritos por Juliana, son publicados en el Mercure de France (1802), con prefacio de Châteaubriand. Valérie sería publicada en el año XII (1804), anónimamente, en París gracias a la ayuda de Châteaubriand; sería su más famosa obra, una novela epistolar autobiográfica que le supondría un éxito inmediato en los círculos literarios parisienses. Sin embargo, el movimiento teutónico de reacción contra Francia, pronto iba a ganar a la baronesa y llevarla, gradualmente, hasta el posicionamiento donde se la vería finalmente. Ya en su obra Valérie, emergen sutilmente ideas contra el Primer Cónsul Bonaparte, y que se verían agravadas con el asesinato del Duque de Enghien...
Detalle de un retrato del Zar Alejandro I Pavlovich (1777-1825), Emperador de Rusia entre 1801 y 1825.
En esa misma época, el zar Alejandro I de Rusia asume personalmente el pago de las deudas del finado Barón von Krüdener, y de paso dona a su viuda unas tierras que, junto con las heredadas de su padre, conformarán una considerable fortuna a disposición de Juliana von Krüdener.
De vuelta a Riga en 1804, Juliana, hasta entonces muy orgullosa de su rango y posición social, sufre una crisis mística que la acerca al movimiento pietista. Una de sus amistades muere súbitamente y cae fulminada a sus pies, al producirse el reencuentro entre ambos. La experiencia le resulta tan chocante, al ser de naturaleza tan frágil y emotiva, que la crisis se produce en ella. Consigue encontrar la paz interior en compañía de su zapatero, un ardiente discípulo de los hermanos moravos.
Retrato de Luisa von Mecklemburg-Strelitz, Reina de Prusia (1776-1810), esposa del rey Federico-Guillermo III.
Juliana abandona entonces Riga para hacer una cura termal en el balneario de Wiesbaden. En la ciudad de Königsberg, se produce un largo encuentro de la baronesa con la reina Luisa de Prusia, y un campesino de rústicas maneras, Adam Müller, a quien "Dios había mandado transmitir una profecía al Rey Federico-Guillermo III de Prusia". La derrota prusiana frente a la Francia Napoleónica ha transformado a la reina Luisa. Con Juliana von Krüdener, ambas pasan sus jornadas con los enfermos, los pobres y sobretodo con los innumerables heridos de guerra. Y es que la Reina acoge con alivio los consejos espirituales de la baronesa.
Para los pietistas, Napoleón representa el anti-Cristo, y el fin del mundo no tardará en producirse. Ese credo irá expandiéndose progresivamente tanto entre los campesinos alemanes como en las cortes principescas germanas. Una profecía pietista dicta que un hombre procedente del Norte expulsará al anti-Cristo y que Cristo volverá a la tierra para reinar sobre ella durante mil años. Sus entrevistas en Königsberg le han determinado para llevar a cabo ese combate para salvar el mundo. Esa conversión espiritual la llevarán a predicar por el Sur de Alemania, en el Norte de Suiza y en Alsacia, seguida por millares de discípulos...
Retrato del Pastor Johann Heinrich Jung Stilling.
La Baronesa von Krüdener pasa esos años de transición visitando a hermanos moravos y escuchando, en Karlsruhe, a un exaltado pastor llamado Jung Stilling. En ese ambiente mesiánico, Juliana entra en contacto con numerosos aristócratas, como la Princesa von Reuss, tía de la Reina Luisa de Prusia, que rehuyen los honores y el lujo de su modo de vida tradicional buscando la felicidad para ellos y los pobres, e ir al encuentro de Dios. Pero Juliana se preocupa mucho más de la suerte de los pobres que salen a su encuentro, y a los que saca de la miseria gracias a las donaciones de sus aristócraticas amistades. Su principal amigo y protector, el gran-duque Carlos I Federico de Baden, la subvenciona generosamente y acoge en su corte de Karlsruhe, donde cortesanos y habitantes se enorgullecen de tener entre ellos a la autora de Valérie.
Retrato del Gran-Duque Carlos I Federico de Baden (1728-1811), amigo y protector de Juliana von Krüdener.
Al otro lado de la frontera, en el reino de Württemberg, su fama no parece atraer simpatías... Sus correos dirigidos a las comunidades de los hermanos moravos son confiscados y quemados. Eso no impide a Juliana acudir a los lugares más infectos para prodigar sus cuidados a los enfermos más repugnantes. Entre tanto ajetreo, encuentra tiempo suficiente para terminar sus Cartas de algunas gentes del mundo, y escribir Othilde o el subterráneo.
Retrato de Hortensia de Beauharnais, Reina de Holanda (1783-1837) junto con su hijo el Príncipe Napoleón-Carlos Bonaparte (1802-1807).
La Reina de Holanda, Hortensia de Beauharnais (esposa de Luis I Bonaparte), la recibe en audiencia y se entretienen de religión, y de su famosa Valérie. Pese a la oferta de la Reina Hortensia, Juliana rehusará entrar a su servicio, lo que no le impedirá hablar con entusiasmo de la Reina de Holanda a la Reina Luisa de Prusia.
El pastor Jung Stilling transmitiría a Juliana su admiración y sus conocimientos de las ideas de Emanuel Swedenborg. Por otro lado, partiría hacia los Vosgos en compañía de su hija Julieta y de un lacayo ruso, para escuchar las profecías de un tal Jean-Frédéric Fontaines, autor, según parece, de un milagro. Fontaines, bastante charlatán y estafador, le presentaría a una supuesta profeta llamada Marie Gottliebin Kummer, cuyas visiones, sabiamente calculadas para sus intereses económicos, serían tomadas como milagrosas manifestaciones por Juliana, quien peca de credulidad.
Su rango, sus donaciones a los pobres y su exuberante elocuencia tienen gran impacto sobre la gente sencilla de pueblos y aldeas. Y, cuando en 1809 los pastores deciden crear una comunidad de elegidos para saludar la llegada del Señor, muchos campesinos miserables venden o donan sus pocos bienes y siguen a la Baronesa von Krüdener y al pastor Fontaines hacia Württemberg. Serían inmediatamente expulsados del reino por orden del soberano Federico I. La suerte de Juliana von Krüdener sería otra: acusada de estafa, sería condenada a tres años de cárcel después de sufrir un día y una noche en la picota. Pese a los reveses, no renuncia a sus buenas obras y malgasta toda su fortuna para convertir a los pobres.
Retrato del Rey Federico I de Württemberg (1754-1816), primer monarca wurttemburgués desde 1805, gracias al Emperador de los Franceses Napoleón I Bonaparte.
En cuanto a la reacción del Rey Federico I de Württemberg, es fácilmente explicable: no hay que olvidar que el monarca le debe su trono a Napoleón, ya que él hizo del ducado de Württemberg un flamante reino y un buen aliado de Francia. Predicar, en 1809, que el Emperador de los Franceses es la bestia del Apocalipsis en territorio afin a los intereses galos no era de recibo.
Puesta en libertad antes de hora y expulsada de Württemberg como persona non grata, Juliana von Krüdener reanuda con sus existencia errante; de Lichtenthal a Karlsruhe, decide volver a Riga gracias a la ayuda de un negociante judío de Baden, quien paga sus deudas y los gastos de su viaje. Llega a Riga en el justo momento en que su madre fallece, el 24 de enero de 1811.
Al cabo de un año, vuelve a Karlsruhe y devuelve el préstamo de 10.000 escudos que adeudaba, gracias a la herencia de su madre, pero se queda sin dinero. La influencia de Fontaines se disiparía para ser sustituida por la de Johann Kaspar Wegelin, un místico marchante de paños de Estrasburgo. Las gentes, a partir de aquel momento, acuden en masa para verla procedentes de todas partes, en medio de un delirante ambiente de visiones proféticas. En 1811, la visión de un cometa les lleva a pensar que el final está próximo. En 1812, Juliana se encuentra en Estrasburgo donde rinde sucesivas visitas a un tal Jean-Frédéric Oberlin. Consigue convertir a Adrien de Lezay-Marnésia, prefecto del Bajo-Rhin, quien entrega la suma de 30.000 francos a Oberlin para los pobres de su parroquia.
En 1813, se traslada a Ginebra donde crea una comunidad dirigida por Henri-Louis Empeytaz. En una de sus visiones proféticas, Juliana predice el retorno de Napoleón desde la Isla de Elba.
En septiembre de 1814, se traslada a Waldersbach precedida por Empeytaz. En Estrasburgo, son ambos recibidos por el Barón Franz Karl von Berckheim. En Karlsruhe, frecuenta a Désirée Clary, reina consorte de Suecia, a la ex-Reina de Holanda, Hortensia de Beauharnais y al hermano de ésta, Eugenio de Beauharnais, duque de Leuchtenberg. Acude a su encuentro la mismísima Emperatriz de Rusia, Elisabeth de Baden; ésta y sus damas ponen todas sus esperanzas en que el Emperador Alejandro I encontrará finalmente la paz interior cuando conozco a la Baronesa von Krüdener; paz, por cierto, que en una entrevista con Jung Stilling no ha encontrado. Juliana, por su lado, ha escrito varias cartas a Roxandra de Sturdza, hermana del secretario rumano del zar, rogándole una entrevista con el monarca ruso.
Retrato de Elisabeth Alekseievna de Baden, Emperatriz de Rusia (1779-1826).
En la primavera de 1815, la baronesa se instala en Schlüchtern, enclave del gran-ducado de Baden en Württemberg. Allí, intenta persuadir a los campesinos de vender sus bienes para unirse con ella. Otros marchan hacia el Cáucaso, al predicar algunos pastores que los judíos volverán a Tierra Santa, y con ese traslado pretenden estar cerca de Jerusalén.
Cerca de su residencia, en Heilbronn, el Emperador Alejandro I de Rusia establece su cuartel general el 4 de junio. Se produce el tan esperado encuentro entre ellos tarde en la noche. El zar la recibe, una bíblia abierta sobre una mesa; la súbita llegada de la baronesa parece ser la respuesta a sus plegarias. A lo largo de 3 horas, la iluminada le predica su extraño evangelio. El zar se desmorona como un niño en un mar de lágrimas; declara que, finalmente, ha encontrado la paz interior que buscaba.
Juliana ejerce también una fuerte influencia espiritual sobre la Reina Luisa de Prusia, Hortensia de Beauharnais y la Gran-Duquesa Estefanía de Baden.
En el momento clave de los Cien-Días, pide al zar Alejandro, su soberano, que asuma su papel de elegido de Dios y, como tal, de tomar la dirección de una nueva Iglesia cristiana regenerada y limpia de las atrocidades de la Revolución y del Imperio Napoleónico.
Retrato ecuestre del Zar-Emperador Alejandro I Pavlovich de Rusia (1777-1825).
Por expresa petición de Alejandro I, Juliana le sigue hasta Heidelberg, asistiendo en primera fila a la gran revista del ejército ruso en la llanura de las Virtudes, en Champaña, y luego en París. En la capital del Sena, es alojada en el palacete de Montchenu, vecino al Palacio del Elíseo, sede del cuartel general imperial. Un pasadizo privado facilita la comunicación entre las dos mansiones, permitiendo al emperador participar a las reuniones religiosas conducidas por la baronesa y Empeytaz. En todas las decisiones europeas, la Baronesa von Krüdener parece haber jugado un papel político importante.
Simultáneamente, la baronesa abre un salón literario de gran fama en el parisiense y elegante barrio de Saint-Honoré, y al que acuden la flor y nata de las Letras: el Vizconde de Châteaubriand, Madame de Staël-Holstein, Juliette Récamier, el músico Pierre Garat, Suard, Benjamin Constant, Bérenger, Bernardin de Saint-Pierre y hasta la Duquesa de Borbón...
Retrato del Vizconde François-René de Châteaubriand (1768-1848), escritor, diplomático y Par de Francia.
Châteaubriand se desligará rápidamente de ese cenáculo y escribe en sus Memorias de Ultra-Tumba: "Madame de Krüdener me había invitado a una de sus brujerías celestes. Yo, hombre de todas las quimeras, tengo el odio de la sinrazón, la abominación de lo nebuloso y el desdén de los malabarismos. La escena me aburrió: cuanto más quería rezar, más percibía la sequedad de mi alma. No encontraba nada que decir a Dios y el Demonio me incitaba a reír."
Juliana convencerá al zar de la necesidad de aplicar los preceptos cristianos a la política, y le incita a formar una Santa-Alianza, a la que ella misma bautiza con ese nombre (1815), aunque sus objetivos son la defensa de la paz a cualquier precio y el sostenimiento de los imperios multinacionales frente al derecho de los pueblos a vivir libres.
Retrato grabado de la Baronesa Juliana von Krüdener (1764-1824), circa 1820.
La baronesa mesiánica volvería al Sur de Alemania, a Suiza y a Alsacia para intentar de nuevo convertir a las masas mediante sopas populares. Siendo la parte Norte de Suiza muy pobre, Madame de Krüdener se persona allí para intentar aliviar la miseria de tantísimos hambrientos. Recorre Alemania con 300 pastores y fieles, pero su piadosa misión es denunciada por el canciller austríaco von Metternich y los cantones suizos como "el instrumento de revolucionarios muy peligrosos". Juliana es nuevamente detenida y empieza su peregrinaje de comisaría en comisaría hasta llegar a Rusia.
De vuelta a Riga en 1818, se instala en San-Petersburgo poco después. Su influencia política y religiosa sobre la aristocracia rusa es grande. Sin embargo, el zar rehusa volver a verla y rechaza todas sus peticiones de audiencia.
Durante la Guerra de Independencia Griega, predica la cruzada contra los Turcos Otomanos, pero Alejandro I se opone a sus opiniones y le pide, mediante una larga carta, que abandone San-Petersburgo lo antes posible. El 12 de mayo de 1821, la Santa-Alianza publica un manifiesto recordando a las pueblos que "debían esperar reformas y justicia de sus soberanos legítimos, y no obtenerlas por las armas".
En mayo de 1824, la Baronesa von Krüdener marcha a Crimea, donde se multiplican las colonias alemanas. Según diversas fuentes, Juliana acude a Crimea para una cura termal en compañía de su hija y de su yerno, el Barón von Berckheim, y de la Princesa Anna Golitsyna (o Galitzina). Rechazada por las autoridades imperiales rusas, arruinada por sus donaciones a los pobres, caída en desgracia por ser una molesta voz "revolucionaria" con sus predicaciones pacifistas, Juliana von Krüdener fallece el 25 de diciembre de 1824 en Karasubazar, a la edad de cincuenta años, en medio de una colonia de suizos establecidos en Crimea.
Retrato de la Princesa Anna Aleksandrovna Gruzinska, Princesa Golitsyna (1763-1842), según E. Vigée-Lebrun.
Tras su muerte, algunos la harán santa, otros la tacharán de loca. La Duquesa de Abrantes, esposa del mariscal Junot, no se interesará tan solo por su faceta mística y escribirá: "Madame de Krüdener fue una de las mujeres más eminentes por su talante." En cualquier caso, en una época en que las mujeres estaban sometidas a sus maridos, Juliana fue una mujer que tuvo gran influencia sobre los hombres.
La Princesa Golitsyna, durante un tiempo influenciada por la baronesa, regresará a las ideas de Voltaire, y sería el caso de muchos de sus allegados.
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