EL CASO BERTHIER: asesinato o suicidio?
el 14 ago En: Biografías Misterios - sin comentarios
Quién fue Berthier?
Retrato de Louis-Alexandre Berthier, en su juventud revolucionaria y pre-imperial (1753-1815).
Louis-Alexandre Berthier, nacido en Versailles el 20 de septiembre de 1753, era hijo del Sr. Jean-Baptiste Berthier, teniente reformado en el regimiento Royal-Comtois, ingeniero ordinario de campamentos y ejércitos del Rey, y de dama Marie-Françoise Lhuillier de La Serre, su legítima esposa. Louis-Alexandre y sus hermanos entraron en el ejército en 1770, sirvieron en América bajo el mando del conde de Rochambeau y del marqués de Lafayette, y Louis-Alexandre fue ascendido a coronel de la guardia nacional de Versailles en 1789. Sus ascensos se suceden rápidamente hasta conseguir el grado de general de brigada el 22 de mayo de 1792, aunque durante un breve tiempo es suspendido por su ascendencia aristocrática pero sobretodo por su estrecha colaboración con las autoridades reales (septiembre de 1792) y reintegrado en el año II (1795). Promovido general de división en el año IV, se convierte en el jefe del Estado Mayor del ejército de Italia y encargado por Bonaparte de llevar al Directorio el Tratado de Campo-Formio. Pasó luego a ser comandante general del ejército de Italia sustituyendo a Bonaparte con el grado de jefe de Estado Mayor del ejército. Cuando regresó a Francia, fue el mejor apoyo del general Bonaparte para su golpe de Estado, valiéndole su nominación para la cartera de la guerra, y volvería a Italia en calidad de general-jefe para luego recuperar el ministerio de la guerra.
Retrato del Mariscal Louis-Alexandre Berthier, Príncipe de Neuchâtel y de Wagram.
Retrato de la Marquesa de Visconti, amante de Berthier, según el pintor Gérard.
Tras proclamarse el Primer Imperio de Francia, Berthier fue ascendido a mariscal y gran-cruz de la Legión de Honor, Montero Mayor y mayor general de la gran armada. El 31 de marzo de 1806, fue creado príncipe soberano de Neuchâtel, y el 30 de diciembre de 1809, creado príncipe de Wagram y presidente del colegio electoral del Po (10-I-1812). Está en el zenit de su carrera y goza de la entera confianza de Napoleón I... Sin embargo, el Emperador le obligará a renunciar a su antigua amante, la Marquesa de Visconti, para casarse por la fuerza con una princesa de Baviera que desconoce totalmente. La casualidad hará que, quince días después de su boda, el viejo Marqués de Visconti (marido de su amante) fallezca. Berthier, que no se conforma con su mala suerte, instala de inmediato a su amante en una casa contigua a su palacete, organizando un curioso ménage-a-trois del que, al parecer, su esposa se acomoda bastante bien; las dos mujeres llegan incluso a hacerse amigas.
Al producirse la debacle imperial tras el estrepitoso fracaso de la campaña de Rusia, en la que Berthier participó, abandona al Emperador (que se prepara para su exilio a la Isla de Elba) para unirse a Luis XVIII, que estaba del lado de los aliados y vencedores y se convertía en el sucesor de Napoleón I, que había finalmente abdicado presionado por sus mariscales.
Los Hechos
El Mariscal Berthier, Príncipe de Wagram, se había unido sinceramente y sin reservas, en 1814, a los Borbones y éstos le recompensaron. Luis XVIII le hizo comendador de la Orden de San-Luis, Par de Francia y capitán de una compañía de guardias de corps, la Compañía Wagram, como la llamaban los realistas, la Compañía de San-Pedro, como la tildó el pueblo y que apodaba "Compañía de Judas" a la comandada por Marmont.
Retrato de Luis XVIII (1755-1824), Rey de Francia y de Navarra de 1814 a 1824.
Cuando Napoleón I abandonó la Isla de Elba y marchó sobre París, Berthier no abandonó a los Borbones. Igual que MacDonald y Mortier, acompañó en la huída a Luis XVIII hasta la frontera franco-belga. Pero, como decía entonces Jaucourt, los mariscales fieles y devotos habían hecho todo cuanto tenían que hacer; el Rey dejaba de estar bajo su responsabilidad al cruzar la frontera y ellos buscaron su propia salvación para salvaguardar su cabeza y su fortuna. MacDonald y Mortier pidieron permiso a Luis XVIII para permanecer en territorio francés, asegurándole que le serían más útil que en otra parte. Berthier, ciertamente, no se atrevió a solicitar el mismo favor. Estaba, en ese momento, de servicio como capitán de guardias y, según su costumbre, se mordía nerviosamente las uñas mientras que los dos mariscales se despedían de Luis XVIII. Sin embargo, al salir de la audiencia real, Berthier confió a MacDonald que, una vez en Bélgica, enviaría su dimisión y que se trasladaría a Bamberg para ir a buscar a su mujer y sus hijos, para luego regresar a Francia con ellos porque temía ser considerado un emigrado, y rogó a MacDonald que anunciase aquella resolución a su familia y amigos por medio de la prensa.
Retrato del Mariscal Adolphe-Edouard Mortier, Duque de Trevise (1768-1835).
Retrato del Mariscal Etienne-Jacques MacDonald, Duque de Tarento (1765-1840).
Pretendía hacer lo mismo que hicieron MacDonald, Oudinot, Moncey y Castellane: permanecer en Francia sin tomar parte en los acontecimientos. Moncey pidió al Emperador la autorización de retirarse en sus tierras del Franco-Condado y, el 23 de marzo, Napoleón I aprobó su proyecto. Oudinot declaraba que se retiraba definitivamente del servicio activo para jubilarse. MacDonald regresaba a París y se quedaba encerrado en su residencia, atormentado por la gota, sin recibir a nadie. El coronel De Castellane rehusaba reintegrar su regimiento y pasaba los Cien-Días en provincias. Berthier habría querido seguir el ejemplo de sus colegas, y en una carta dirigida a un general (puede que a su propio hermano César), afirmaba que ante todo era Francés, que no quería emigrar y que se encomendaba a la generosidad del Emperador. ¿Escribió Berthier al Emperador, como lo dejó constar en sus memorias el General Savary? ¿Le respondió Napoleón? Parece que no. Sea como fuere, su deber cumplido ante el Rey, Berthier contaba regresar a Francia y vivir tranquilamente de las rentas de sus bienes.
Grabado representando al Mariscal Louis-Alexandre Berthier en Bamberg.
Desde el momento en que estuvo en Ostende, y su servicio de capitán de guardias terminado, abandonó a Luis XVIII. El 29 de marzo de 1814, ya estaba en Bamberg junto a su esposa e hijos, en casa de su suegro el Duque Guillermo de Baviera-Birkenfeld, y el 2 de abril pidió al ministro bávaro Conde de Montgelas un pasaporte para regresar a Francia, e instalarse en sus dominios, fuera en su castillo de Grosbois o en Chambord. El 5 de abril reitera su petición a Montgelas: "la fortuna de mi familia exige que nos retiremos de inmediato en nuestras tierras, donde deseo vivir."
Retrato del rey Maximiliano I José de Baviera (1756-1825).
Retrato del Conde Maximilian Carl Joseph von Montgelas (1759-1838), principal ministro de Baviera entre 1799 y 1817. En la fotografía inferior, el Palacio Ducal de Bamberg, residencia de los Duques de Baviera-Birkenfeld, suegros del mariscal Berthier y desde cuyo tercer piso cayó al vacío...
El 10 de abril escribe al rey Maximiliano I José de Baviera que el honor sigue guiando su conducta, que desea volver a Francia y permanecer retirado, únicamente ocupado por su esposa e hijos, fiel a sus juramentos y buenos deseos para Francia. El 11, su ayuda de campo, el coronel Barón Pernet, de vuelta de Viena, pasa la jornada con él en el castillo de Bamberg, y Berthier dolido, le enseña los periódicos parisinos: pretenden falsamente que el mariscal Berthier había llegado a Viena el 5 de abril... Berthier rogó a Pernet, que tenía planeado volver a París, que desmintiera oficialmente semejante noticia y obligase a los periodistas a anunciar su próximo regreso a Francia, que su viaje a Bamberg se debía a su voluntad de recoger a su mujer e hijos para regresar con ellos y que estaban en la espera de que les fueran entregados los pasaportes para poder cruzar la frontera.
El 23 del mismo mes, el Diario del Imperio publica una carta particular procedente de Gante y fechada a 17 de abril; confirma las afirmaciones de Pernet: "Se anuncia cada día la próxima llegada del Mariscal Berthier, pero personas bien informadas aseguran que no podrá venir aunque desee regresar a Francia."
Retrato oficial de Napoleón I, Emperador de los Franceses (1769-1821), según Gérard en 1805.
Napoleón no albergaba rencor alguno contra Berthier. El hermano del mariscal, el general César Berthier, le aseguraba en sus cartas que si regresaba a Francia no tendría nada que temer. "Volverá, decía Napoleón a Rapp, le perdono todo, a condición que se presente ante mi revistiendo su uniforme de guardia de corps". Y, en sus conversaciones con Mollien, el Emperador repetía, sin acompañar sus disgustos con reproches ni quejas, que necesitaba de un Berthier, que el príncipe de Wagram era el más inteligente y el más hábil de sus generales, el que mejor sabía captar más que otros sus pensamientos y sus planes, que sabía transmitirlos y redactarlos de manera clara y concisa, fácil de comprender. Sin embargo, en su fuero interno, Napoleón sospechaba que Berthier jamás volvería a servirle: "... me ha traicionado, suspiró en su exilio de Santa-Elena, porque era un hombre de Versailles." Puso los bienes de Berthier, el 26 de marzo, bajo secuestro y le borró, el 10 de abril, de la lista de los mariscales. Pero, de haber vuelto Berthier a Francia, Napoleón habría seguramente levantado el embargo que pesaba sobre sus bienes, y quizá es por esta razón que el príncipe de Wagram solicitó al rey de Baviera el permiso para partir.
Maximiliano I José de Baviera y su ministro Montgelas no se atrevieron a librarle el pasaporte sin antes consultarlo con los aliados, y el enviado bávaro a Viena, el conde von Techberg, compartió la opinión del canciller Metternich. El canciller austríaco vetó el pasaporte: creía que Berthier, una vez en Francia, sería de nuevo el teniente de Napoleón y, el 15 de abril, Montgelas respondía al príncipe de Wagram: "Las potencias aliadas me han invitado a aconsejaros de que no os retiréis en Francia, y os ruego que permanezcais cerca del duque, vuestro suegro, hasta que las circunstancias os permitan regresar a vuestra patria."
El gobierno bávaro ejerció, desde ese mismo instante, una discreta vigilancia del mariscal Berthier. El 14 de abril, sin dudas al respecto tras haber recibido la carta de Metternich, Montgelas ordenaba al director de la policía de Bamberg de emplear todos los medios "para observar al Príncipe de Wagram y enterarse bajo mano de todos los movimientos que tuvieran relación con la marcha."
Berthier se enteró de que sus más nimios movimientos eran espiados; supo que sus cartas eran enviadas directamente a Munich; se vio como un prisionero en Bamberg y se entristeció, se desesperó. Escribió al duque de Feltre y al duque de Havré que estaba cansado, avejentado, triste, incapaz de cualquier trabajo sea cual fuere, y que sufría indeciblemente de la gota, "esa enfermedad sobre la cual las afecciones morales actúan siempre."
Retrato del General y Mariscal Henri-Jacques-Guillaume Clarke, Duque de Feltre y Conde de Hunebourg (1765-1818), Ministro de la Guerra de Luis XVIII de Francia.
Por dos veces, había enviado su dimisión al duque de Feltre: "Mi estado de salud, afirmaba, me obliga a retirarme de todas las funciones militares o civiles." El duque de Feltre respondió que Berthier debía entregar personalmente a Luis XVIII su dimisión de capitán de guardias, puesto que ese cargo emanaba directamente del Rey, y rogó al príncipe de Wagram personarse sin más tardanza en Gante, si su salud se lo permitía, ya que todos los demás capitanes de guardias se encontraban, en ese momento tan crítico, reunidos alrededor del Rey. Luis XVIII escribió personalmente al mariscal. El 22 de mayo, en una carta dirigida al soberano, Berthier insistía en su dimisión.
Un grave incidente acabaría por ensombrecerle y llevarle a una clara depresión nerviosa. Su esposa obtuvo del rey de Baviera, así como para sus hijos y sirvientes, el permiso de volver a Francia. Fue arrestada, el día mismo de su marcha, el 30 de abril, en Stockach por las autoridades wurttemburguesas, y obligada a volver sobre sus pasos, bajo el pretexto que su pasaporte no estaba firmado por el príncipe de Schwarzenberg.
Vista parcial del Palacio Ducal de Bamberg desde su patio de armas.
Ya, desde el sorprendente e inesperado desembarco de Napoleón, Berthier, que no tenía mucha fortaleza moral, parecía irreconocible. Se lamentaba en la corte de Las Tulerías, que su mujer se había ido a Alemania para refugiarse en casa de sus padres, y Castellane juzgó que no mantenía un comportamiento adecuado y que le faltaba carácter. Otro testigo, Reiset, encontró que de todas las gentes era el más afectado por los acontecimientos, que su semblante se había resentido y que su estado daba miedo. Durante el mes de abril y el siguiente, Berthier no se repuso de aquel hundimiento y que parecía deprimido. Permanecía triste, absolutamente desmoralizado, encerrado sobre si mismo. No hablaba más que para lamentarse del mortal aburrimiento que le consumía, y los médicos constataban que en su persona se manifestaban todos los síntomas de una "hipocondría melancólica", la falta de apetito, la sensación de amargura en la boca. El 31 de mayo, el general ruso Sacken que cenaba con él en casa del duque Guillermo de Baviera-Birkenfeld, le felicitó por ser parte de ese pequeño número de militares que no habían traicionado al legítimo rey; Berthier no supo responder más que con frases entrecortadas, sintiéndose como avergonzado y desplazado.
Al día siguiente, primer día del mes de junio de 1815, en el palacio de Bamberg, cayó por una ventana del tercer piso y se reventó la cabeza en el pavimento.
Del asesinato al suicidio
Busto en mármol del Mariscal Berthier, colección del Castillo de Blois.
Los rumores más extraños, más inauditos corrieron entonces como reguero de pólvora. Emisarios del Tungendbund, se decía entonces, parientes del librero Palm que Berthier había ordenado fusilar en 1806, amigos de Staps también ejecutado en 1809, habían penetrado disfrazados en el palacio ducal y defenestrado al mariscal. ¿No se pretendió acaso, y de manera muy seria, que Berthier había sido asesinado sobre una orden salida de Gante por esbirros, emigrados o chuanes, porque los realistas temían que se uniera al Emperador para ser de nuevo su general del Estado Mayor?
Otros, con más acierto, han sostenido que Berthier había muerto de una congestión cerebral o accidentalmente: para ver mejor las tropas rusas que desfilaban delante del palacio, se subió a una silla y, repentinamente fulminado por el vértigo o un coagulo al cerebro, perdió el equilibrio, cayó al vacío y vino a estrellarse sobre el pavimento de la calle. El General Thiébault, que defiende esta teoría y que jamás le faltaron los buenos argumentos, afirma que la apoplejía parecía ser un mal endémico en los Berthier; que César Berthier y Madame de Haugeranville habían muerto como su hermano el mariscal, fulminados por una apoplejía; que uno, subiendo en barca sobre el lago de Grosbois, cayó al agua; que la otra, estando de pie delante de la chimenea de su dormitorio, cayó en el fuego y, porque otro hermano, Léopold, falleció de una especie de malaria en Hannover, Thiébault concluye ingeniosa, sino sutilmente, que esos cuatro Berthier han perecido por los cuatro elementos y que la naturaleza les ha concedido el honor de desplegar contra ellos los más nobles medios de destrucción: la tierra, el aire, el agua y el fuego.
Pues no! Berthier se dio muerte, y de manera conciente.
Lo que prueba su suicidio es esa frase de un empleado del ministerio bávaro, que escribió a lápiz sobre una carta del director de la policía de Bamberg: "El príncipe ha puesto fin él mismo a su vigilancia."
Es la misiva del Barón von Seckendorf, presidente del tribunal de apelación de Bamberg, quien manda el 5 de junio a Montgelas: "... estaba desayunando cuando dos mensajeros, exhaustos y sin aliento, vinieron uno tras otro a anunciarme que el príncipe Berthier se había tirado desde lo alto de una ventana que daba a la calle y que había muerto allí mismo. La opinión que prevalece aqui, cree que ha sido una muerte premeditada. Las gentes de la corte quieren explicar la desgracia argumentando el vértigo que habría provocado el repentino retorno de la gota."
Es la carta enviada desde Gante por Sir Charles Stuart, el 9 de junio a Lord Castlereagh y así concebida: "... cartas de Bamberg anuncian que el mariscal Berthier ha puesto recientemente fin a su vida tirándose por la ventana, en el momento en que una columna rusa pasaba por la ciudad."
Es el informe que el tribunal de apelación de Bamberg envió el 21 de junio al rey de Baviera: "El Príncipe de Wagram entró, entre las doce y la una del mediodía, en la habitación de sus hijos, situados en el tercer piso del palacio. Se entretuvo con la aya francesa Mademoiselle Gallien; dijo que se encontraba mal, que tenía la lengua amarilla, e iba por la habitación de un lado a otro, absorbido por sus pensamientos y mordiéndose las uñas. Las tropas rusas no paraban de desfilar. Las vio desde la ventana y, suspirando, dijo: "Es que este desfile no acabará nunca? Pobre Francia, que va a ser de ti? Y yo, que estoy aqui!". Luego, alejandose de la ventana, preguntó a la señorita Gallien si iba a salir para hacer un paseo en coche con los niños. La aya dijo que no podría salir hasta que el príncipe abandonase la habitación. Entonces quiso saber dónde estaban los retretes. Abrió la puerta, entró y la cerró tras él. De repente se produjo un ruido. La Srta. Gallien acudió, creyendo el príncipe indispuesto; no le vio, pero la silla-retrete entre la cómoda y la ventana ha caído y aún vacila; mientras que la gobernanta oía el ruido de la silla contra el suelo, tenía lugar la desgraciada caída."
La palabra suicidio no es pronunciada en el informe traducido. Pero es informe decisivo nos revela el estado de ánimo de Berthier, y anotaremos que antes de entrar en el gabinete del retrete, intentó en vano alejar a la srta. Gallien y que ella no quiso dejarle solo en la habitación de los niños.
Retrato de la esposa de Berthier, la Princesa Maria-Elisabeth de Baviera-Birkenfeld (1784-1849), Princesa de Wagram y de Neuchâtel; la obra data de 1832.
Una carta confidencial, escrita en Munich el 13 de junio por el consejero de legación, Barón Strampfer, al príncipe von Hardenberg, confirma el informe del tribunal de apelación de Bamberg. El consejero Strampfer asegura que la princesa de Wagram temía una catástrofe y que había encargado a sus criados que vigilaran a su marido, pero que el príncipe supo esquivarles, que se trasladó, para ejecutar su proyecto, a la habitación de sus hijos donde hay retretes, y que desde allí, bajo el pretexto de una necesidad física, encontró el tiempo suficiente para poner contra la ventana una silla-retrete, y se tiró al vacío. "La corte de Bamberg, añade Strampfer, presenta esta muerte como accidental; pero sabemos que Berthier se ha quitado la vida, y que ha escogido este tipo de muerte para dar a la cosa un tono accidental."
Así están las cosas. Ya no ignoramos el cómo y el por qué de la muerte de Berthier. Asqueado de la vida, asiste al espectáculo del interminable desfile de las tropas rusas en varias columnas que parecen no tener fin. ¿Cómo? Van a invadir y arrasar Francia, y él, Berthier, condenado a permanecer prisionero en Bamberg, ¡mejor morir!... y muere.
Se dijo que ese suicidio era imposible porque era vulgar, que un soldado, un mariscal de Francia habría escogido otros medios. Berthier debió dispararse un pistoletazo en la sien, o envenenarse como intentó hacerlo Napoleón en la noche del 11 al 12 de abril de 1814... Sin embargo, Berthier no pensaba morir con tanta elegancia. Cuando uno se quiere morir, se muere como buenamente puede o le dejan.

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