Afirmaciones contrarias a la verdad histórica

La edificante confrontación del acto de acusación y del testimonio de los hechos nos ha permitido acallar la mayoría de las afirmaciones contrarias a la verdad histórica proferidas. Todavía tenemos que hacer volar en pedazos las últimas.

Retrato del Príncipe Luis VII Antonio Enrique de Borbón-Condé, Duque de Enghien (1772-1804).

- Absurdidad de la tesis del crimen por sacrificio
Barramos primero con el dorso de la mano esta extravagancia que afecta seriamente el crédito del historiador que la lanzó. De este modo, la muerte del duque de Enghien correspondería a la inmolación de un capeto en el altar del Imperio, con el fin de consagrar en la sangre el bautizo de la nueva dinastía. Esta asombrosa divagación desconoce totalmente la naturaleza fundamental de Napoleón. Hombre de las luces por excelencia, este rito pagano y bárbaro estaba en las antípodas de su filosofía. El crimen, se trate del que se trate, siempre le repugnó a su conciencia, como lo expresó en Santa Elena, al hablar de los Borbones: "Más de una vez me ofrecieron sus destinos. Me propusieron sus cabezas, desde el primero hasta el último. Lo rechacé con horror. Lo habría visto como una cobardía baja y gratuita."

Para subir, Napoleón no tenía ninguna necesidad ni del crimen de sacrificio ni siquiera del crimen político…

- Contrasentido de la tesis del crimen político
Se sigue sosteniendo que el asunto del duque de Enghien fue montado totalmente por Napoleón para usarlo como trampolín hacia el Imperio. Absolutamente le hacía falta un acto fundador de ruptura con la realeza, como garantía de la intangibilidad republicana del próximo régimen. Este designio trastornó de verdad a algunas cabezas jacobinas como veremos más tarde, pero fue totalmente extraño a Napoleón. ¿Tenía aún necesidad de administrar la prueba de su afecto indefectible hacia la República? Desde 1789 lo había manifestado en todos sus actos. Ni el pueblo, ni los Borbones, ni las realezas europeas lo dudaban en absoluto desde hacía mucho. ¿No había acaso respondido a las ofertas oficiales del conde de Provenza que "para llegar al trono, el Pretendiente tenía que marchar sobre cien mil cadáveres"?

Retrato del Príncipe Luis Estanislao de Francia, Conde de Provenza (1755-1824) -futuro rey Luis XVIII "el Deseado"-; hermano menor del guillotinado Luis XVI y sucesor de su sobrino Luis XVII muerto prisionero en el Temple, era el pretendiente legítimo al trono francés en el exilio...

Los complots criminales cuyo objetivo era Napoleón fueron los que innegablemente constituyeron la causa determinante del cambio de régimen. Pero cuando se presentó el asunto del duque de Enghien, la causa ya se había entendido. La gente pensante estaba preparada desde hacía meses. Se ponían al punto los textos constitucionales. Y menos de dos meses después, se proclamaba el Imperio en la euforia general de la Nación.

La acusación de venganza personal en contra de los Borbones tampoco tiene sustento. A pesar de algunos bufidos espontáneos, Napoleón era demasiado inteligente políticamente hablando para subordinar su acción a un resentimiento personal cualquiera.

"La Distribución de las águilas", cuadro de David que representa al emperador Napoleón I rodeado de los mariscales del Imperio recién nombrados y vitoreado por las tropas que le rinden homenaje...

La política interior del Primer Cónsul habría sido la perdedora si se hubieran revivido los odios civiles engendrados por las convulsiones revolucionarias. Desde la llegada al poder del Consulado, más de tres años atrás, la reconciliación de los franceses constituía hasta la obsesión el corazón y el eje de la gran obra interior del Primer Cónsul: paz con los chuanes, amnistía de los emigrados, Concordato, etc… En 1804 está a punto de concluir esta hazaña. Habría sido insensato tomar el riesgo suicida de ponerlo todo en duda de una sola vez. Por el contrario, había una carta política principal que había que jugar. En su mayoría, los realistas hacían oídos sordos a las ofertas de pacificación de Napoleón. La clemencia de Augusto, manifestada por una gracia generosa acordada al duque, habría podido, quién sabe, atraer a un gran número…

Para acabar de dañar a Napoleón, sólo faltaba poner en duda su conciencia.

- Incongruencia de un pseudo remordimiento de Napoleón
Varios escritores de Historia dejan entender insidiosamente que toda su vida Napoleón estuvo lacerado por el remordimiento. Su fundamento es la necesidad que él habría sentido de justificarse hasta en su testamento.

Mala voluntad, de nuevo, pues le hacen decir al testamento lo que no dice. En seguida, a título de ejemplo, veamos lo que escriben todavía las enciclopedias Universalis y Hachette, y probablemente una copia a la otra: "Era un sacrificio necesario para mi seguridad y mi grandeza". Comparemos con el texto auténtico, en el octavo párrafo el testamento: "(…) Hice arrestar y juzgar al duque de Enghien porque era necesario para la seguridad, el interés y el honor del pueblo francés, en el momento en que el conde de Artois mantenía, según su confesión, a sesenta asesinos en París. En una situación similar, actuaría todavía de la misma manera." La comparación de los pasajes subrayados sorprende a los redactores en flagrante delirio de falsedad en la escritura.

En su lecho de muerte, Napoleón procede a una última aclaración. Asume la entera responsabilidad del arresto del duque y de su presentación ante la justicia como una decisión legítima. Por el contrario, no se siente culpable en absoluto de la orden de ejecución. Por lo tanto, no tiene ninguna razón de sentir remordimientos, como mucho sólo la frustración de no haber podido ejercer su derecho de gracia. Pero siente como una profunda injusticia la acusación de crimen.

El Emperador no tenía ninguna razón de sentirse deprimido. Como hemos visto, sus grandes colaboradores no sólo aprobaron sus decisiones sino que lo impulsaron con fuerza, por razones poco claras, es cierto.
Y lo que se intenta escondernos es la aprobación general de la opinión.

- Aprobación en Francia y en Europa
El impacto de una mentira es más devastador si el evento de que se trata es importante. Se ha inflado a voluntad la emoción y la desaprobación que según esto levantó la muerte del duque de Enghien.

Para culpabilizar mejor a Napoleón, existe una literatura completa que presenta una proliferación de consejos de moderación que según esto se le prodigó al Primer Cónsul por parte de sus colaboradores y de su círculo próximo al comienzo del asunto. La verdad es todo lo contrario. Démosle de nuevo la palabra a Napoleón en Santa Elena: "En cuanto a las oposiciones diversas que encontraba, a las numerosas solicitudes que se me hicieron, que en la época se expandieron, no hay nada más falso. Sólo las imaginaron para hacerme parecer más odioso."

Retrato de Josefina de Beauharnais (1763-1814), esposa de Napoleón y emperatriz de los Franceses.

Si no son totalmente inventados, se exageran los desahogos lacrimosos de su círculo privado ante el anuncio de la muerte del duque, particularmente de Josefina. Esa misma noche, ella lo acompaña a la Ópera sin manifestar la menor reticencia, y ahí se les aplaude ¡como nunca antes!

Puesto que la opinión pública aprueba abiertamente esta aplicación del principio de igualdad ante la Ley, ante ella, la piel de un príncipe de sangre real no debe valer más que la de un simple plebeyo.

En el curso de los días que siguen a la ejecución, le llegan al Primer Cónsul muchas misivas entusiastas del Gran Ejército, reunido en el Campo de Boloña. Pasa lo mismo con todas las regiones del país. En resumen, Francia entera aprueba al Primer Cónsul, con excepción de la oposición realista. Es cierto que Chateaubriand presenta su renuncia a su puesto diplomático en Italia, pero ¿qué representa este acto aislado, llevado a cabo bajo el impacto de la emoción y sin el conocimiento real del expediente?

Alejandro I Pavlovich (1777-1825), Zar y Emperador de Rusia desde 1801 hasta 1825.

En el extranjero, es la misma historia. Solamente Suecia (por poco tiempo), Inglaterra y sobre todo Rusia, manifiestan su hostilidad. El zar Alejandro I tiene demasiado que reprocharse como para dispensar a Napoleón una lección de moral. Se sospecha de él, no sin fundamento, de complicidad en el asesinato de su padre Pablo I hace poco tiempo, y eso por instigación del gabinete inglés debido a que es "napoleófilo". En cuanto a las demás monarquías europeas no hay ninguna reacción digna de mención.

Las cartas de protesta del conde de Provenza, futuro Luis XVIII, le fueron devueltas sin siquiera ser abiertas.

Extraño, verdaderamente extraño, los Borbones de España, Nápoles y Florencia, ¡ni siquiera se visten de luto! La reina de Etruria llega incluso a alegrarse del evento con su personal estilo: "Si alguna cosa podía darle a la Reina el consuelo al enterarse de la muerte de ese príncipe, fue la manera delicada en que el Primer Cónsul se tomó la molestia de darle a conocer el evento." ¡Sin comentarios!

Retrato en miniatura de la Infanta Maria-Luisa de España, Reina de Etruria (1782-1824).

En resumen, la muerte del duque de Enghien se percibió en todas partes como un asunto político judicial normal. En verdad, nadie de buena fe pensó en incriminar a Napoleón, a parte de sus enemigos jurados, con una mala fe inagotable.
La última afirmación contraria a la verdad nos va a proporcionar la clave del deplorable desenlace del asunto.

Un complot que ocultó a otro

Los verdaderos responsables de la ejecución expeditiva del duque de Enghien se deben buscar en el clan de los regicidas y de sus cómplices, los Fouché, Talleyrand, Savary y compinches.

Desde la llegada al poder del Consulado, la perspectiva de un regreso de los Borbones al trono de Francia les da escalofríos en la espalda debido al ineluctable arreglo de cuentas que implica. Los atrapa el síndrome del general inglés Monck.

Retrato del General George Monck, 1er Duque de Albemarle (1608-1670), artífice de la Restauración de la Monarquía en Inglaterra.

La Revolución francesa de 1789 presenta una analogía con la Revolución inglesa de la mitad del siglo XVII. En ambas se condenó a muerte al monarca reinante. Vencedor de la guerra civil inglesa, el general Cromwell proclama la República después de la decapitación de Carlos I en 1649. Después de su muerte en 1658, la anarquía se instala en el país. Su sucesor, el general Monck, acaba por restablecer en el trono a Carlos II Estuardo en 1660.

En este principio de la era napoleónica, los jacobinos saben que el pretendiente al trono de Francia, el futuro Luis XVIII, hace ofertas atractivas y repetidas al Primer Cónsul. Por más que este último las rechaza con desprecio como lo vimos anteriormente, permanecen inquietos de que Napoleón vaya a terminar inspirándose en el ejemplo de Monck.
Con el asunto del duque de Enghien, se les presenta una ocasión inesperada de sembrar la discordia irremediablemente entre Napoleón y los realistas. Los regicidas y sus compinches lo exhortan desde el principio a mostrarse despiadado. Manifiestan un celo sospechoso, como testimonia Napoleón en el Memorial de Las Cases: "(…) Todo se había previsto con anterioridad. Las piezas se encontraron totalmente listas, sólo había que firmar. Y la suerte del príncipe ya estaba decidida." Sentimos que a Napoleón le gustaría extenderse sobre la cuestión. Pero, en la situación de prisionero perseguido en la cual se encuentra entonces, no se puede permitir acusaciones más graves sin parecer que sacrifica a sus antiguos colaboradores para mejorar su suerte. Sigue asumiendo la responsabilidad del crimen de los otros.

La condena a muerte no se ponía en duda, pero les hacía falta a estos jacobinos integristas impedir a cualquier precio la eventualidad de una gracia de Napoleón. Es entonces cuando intervino, como sabemos, el miserable Savary, ejecutor de las obras bajas de la pandilla de los regicidas.
Se han levantado dudas sobre el papel de Real, cuya presencia en el proceso habría evitado el drama. Parece difícil poder creer las razones que dio para estar ausente. Pero, a falta de pruebas, no podemos sospechar de su complicidad.

Aún queda la cuestión central. ¿Por qué Napoleón no rompió la solidaridad con Savary y sus comanditarios? Al enterarse de la tragedia por parte del mismo Savary, comprende de inmediato que acaba de caer en una trampa diabólica que le tendieron algunos de sus allegados. Lo pusieron delante de un terrible hecho consumado. Se encuentra enfrentado al terrible dilema entre su moral interior y los intereses superiores del país. En estos casos, nunca tambaleó, y en varias ocasiones en el curso de su carrera se responsabilizó de los errores de sus subordinados.
Para limitar los daños políticos, se impone el realismo. Si desaprueba a Savary, se le acusará de desquitarse de modo cobarde sobre un subordinado devoto, chivo expiatorio de su "crimen". Su popularidad podría sufrir un golpe fatal. La desconfianza se podría instalar en el corazón mismo del poder, y rompería su cohesión. En esos tiempos inciertos de transición institucional, esta actitud podría resultar más devastadora que el daño hecho, si se toma en cuenta la perennidad del régimen. Mientras tanto, no hay nada mejor que una buena espada de Damocles sobre la cabeza de un colaborador comprometido para asegurarse su fidelidad a toda prueba… por lo menos, mientras se está en vida. Es así que Savary prosiguió una muy brillante carrera al lado del Emperador, antes de apuñalarlo por la espalda post-mortem en sus Memorias…

A lo hecho, pecho. De todo mal hay que esforzarse en sacar lo rescatable. Se le impuso al Primer Cónsul una ruptura sangrienta con la realeza. Puesto que es irreversible, ¿por qué rechazar el provecho político? Todo mundo ya sabe que la realeza no será restaurada mientras Napoleón esté en el poder. En el momento en que ya se perfila la amenaza de una invasión militar, es la garantía de un sostén poderoso para todos aquellos, muy numerosos, que tienen mucho que perder con una Restauración. Las capas populares más humildes no van a esconder más su adoración hacia el "pequeño caporal". Los beneficiarios de la venta de los bienes nacionales bajo la Revolución van a dejar de temer que ésta se ponga en duda.
Pero, por supuesto, Napoleón conoce perfectamente la sucia trampa que se le tendió. Acordémonos aquí del asombro fingido que le hace expresar el conde de Las Casas en Santa Elena a propósito de la no transmisión de la petición de audiencia del duque. Su "Dios sabe por qué" es más elocuente que un largo discurso…

De hecho, la sombra funesta de Talleyrand y de Fouché no ha dejado de planear sobre todo el asunto desde el principio. Podemos afirmar que estos siniestros personajes inauguraron en ese momento su traición hacia Napoleón la cual sólo irá acentuándose en el curso del tiempo.

Retrato de Luis-Felipe I de Orléans (1773-1850), Rey de los Franceses entre 1830 y 1848; obra de F.X. Winterhalter.

El rey Luis-Felipe I tampoco se dejó engañar. Si hubiera percibido a Napoleón como un ogro sediento de sangre real, ¿habría enviado en 1840 a su hijo, el príncipe de Joinville, a recoger en su nombre a Santa Elena los restos del Emperador? ¿Habría organizado un regreso de cenizas digno de un Dios?

Algunos se creen siempre obligados a ser "¡más realistas que el Rey! "…

CONCLUSIÓN

Al término de nuestra demostración, es necesario constatar que la presentación frente a la Historia del caso del duque de Enghien constituye un monumento a la desinformación, principalmente en Francia.

Los detractores incondicionales de Napoleón han usado este hecho como el caballito de batalla en la empresa de demolición de su imagen. Pero resulta al final de cuentas que sólo se trata de una vulgar falacia, que acabamos de desmentir con facilidad...

El asunto del duque de Enghien cobra entonces un valor general. Ilustra elocuentemente la grave desviación de la historiografía. Es un testimonio de la falta de vergüenza monstruosa y de la impunidad perfecta de los falsificadores asalariados de la Historia. Nos hacen desear un hipotético comité de ética guardián del templo…

Terminaremos con una nota optimista. La mala voluntad llevada hasta la histeria acaba por regresarse contra sus autores como un bumerang. Tiene como consecuencia que se eche la duda sobre todas las demás aserciones mentirosas sobre Napoleón. Es una excelente noticia para sus admiradores…

Texto del General Michel Franceschi, 2005./ Traducción Alain Arnaud Bobadilla / Instituto Napoleónico México-Francia / Correcciones Arnau Lucas.