UN LOCO FURIOSO EN EL TRONO

Pablo I Petrovich (1754-1801), Zar y Emperador Autócrata de Todas las Rusias de 1796 a 1801; retrato según Argunov.

Cuando Nicolás Zubov, hermano del favorito de Catalina II "la Grande", se dirigió apresuradamente a Gatchina, la vasta hacienda campestre del gran-duque heredero Pablo Petrovich de Rusia, a 80 km. de San-Petersburgo, para dar la noticia de que la emperatriz se estaba muriendo, el gran-duque interpretó mal las intenciones de su visitante y gritó a su mujer:

-"¡Estamos perdidos!"

Pensaba que su madre había enviado a Zubov para que lo arrestase. Al contrario, casi a las 24 horas, era ya emperador de Todas las Rusias.

El sobresalto acabó de desconcertar el ya desbaratado juicio de Pablo. Histérico y vengativo, inauguró su reinado con el macabro intento de empequeñecer a su madre y predecesora evocando la imagen de su padre Pedro III, un progenitor que apenas había conocido.

En el espacio de 48 horas después de la muerte de Catalina II, Pablo I convocó al abad y a los monjes del convento de San Alejandro Nevski, donde había sido enterrado el esposo asesinado de la difunta. Les ordenó que sacasen el féretro de la cripta y lo llevasen a la iglesia. Luego, nombró una comisión imperial para que organizase un ceremonial "para las exequias conjuntas de Sus Majestades Imperiales". A esto se sumó el duelo nacional por el difunto emperador y la difunta emperatriz, que duró nada menos que doce meses.

El público ruso, aunque acostumbrado a sucesos extraños, se quedó asombrado al pedírsele que llorase por un hombre que llevaba 34 años muerto. Pablo confiaba en que, al honrar la memoria de su padre, induciría a su pueblo a compartir el desprecio que él sentía por su madre.

Efigie en cera del Zar Pedro III de Rusia (1728-1762) en la imagen superior, y efigie de cera de la Zarina Catalina II "la Grande" (1729-1796) en la imagen inferior, que figuran en el Museo de Cera de San-Petersburgo.

El 19 de noviembre de 1796, mandó el nuevo soberano que el cuerpo embalsamado de Pedro III fuese sacado de su ataúd de plomo y depositado en otro de oro forrado de brocado. Envió a buscar la corona imperial, la llevó al altar mayor y él mismo la colocó sobre la cabeza sin vida de su padre. Pocos días después, unos heraldos ataviados con brillantes y lustrosos ropajes, cabalgaron por las calles de la capital dando la noticia que se iban a trasladar los augustos restos al día siguiente.

La Corona Imperial Rusa, ejecutada expresamente para Catalina II por el orfebre y joyero de la corte Jeremia Posier, en 1762.

Trono Imperial de Pablo I de Rusia (Museo del Hermitage, San-Petersburgo).

Pabro I tenía reservada otra sorpresa al público. Decidió que aquellos que habían tomado parte en el asesinato de su padre llevasen las insignias y ornamentos reales a través de las calles. Al conde Alexei Orlov se le ordenó que llevase la corona. Poco después, yacía Pedro III sepultado con gran pompa junto a Catalina II en la catedral de los Santos Pedro y Pablo. Los sacerdotes incensaron los dos cuerpos inertes y los enterraron en la misma tumba. La inscripción que Catalina II había redactado para la posteridad no fue colocada sobre su sepulcro.

Pablo estaba decidido a echar por tierra todo lo que su madre había hecho. Interrumpió la guerra con Persia y se disculpó ante los Polacos por las particiones efectuadas por su madre, aunque añadió cínicamente que era demasiado tarde para reparar la ofensa. En otras palabras, se quedaba con lo que su augusta predecesora había anexionado a su corona.

Pablo I Petrovich, Zar y Emperador de Rusia (1754-1801), ataviado con el tabardo de Gran-Maestre de la Orden de Malta, el manto imperial, corona, cetro y orbe rusos, por el artista Borovikovsky en 1800.

Concertó una alianza con Turquía a expensas de Austria y ofendió al rey de Prusia traicionando su confianza. Finalmente, ante el asombro de todos, se inventó unos derechos sobre la Isla de Malta, que se había rendido a los franceses, convirtiéndose en gran maestre de la Soberana Orden Militar de Malta, cargo generalmente desempeñado por un soltero y bajo jurisdicción del Pontífice Romano. El único de los sentimientos que parecía compartir con su madre era el del odio y enemistamiento con la Francia republicana. De hecho, envió soldados rusos a Italia para apoyar a los austríacos contra Napoleón Bonaparte, cónsul de Francia.

El General Napoleón Bonaparte (1769-1821), Cónsul vitalicio de la República Francesa y, a la postre, autoproclamado Emperador de los Franceses en 1804 (esbozo de David).

De la manera más simple, esta directriz política se trastornó en poco tiempo, porque la inseguridad de Pablo le convertía en presa fácil de los aventureros. Un caballero suizo llamado Gruber, que se sospechaba a sueldo de Napoleón Bonaparte, le convenció de que en Francia estaba a punto de restaurarse la monarquía. No los Borbones, naturalmente, sino una nueva línea escogida por el Primer Cónsul. Ante tamaña noticia, Pablo I retiró de inmediato sus tropas de Italia y, cuando Gran-Bretaña, enemiga de Francia, se apoderó de la Isla de Malta, se valió de ello como pretexto para romper las relaciones con Londres.

Luis XVIII de Francia (1755-1824), Conde de Provenza y "Rey titular de Francia" tras la desaparición de su sobrino Luis XVII en el Temple; el pretendiente Borbón, refugiado en Curlandia gracias a Catalina II, se vió repentinamente expulsado por Pablo I a instancias de Napoleón Bonaparte.

Luis XVIII de Francia, el rey Borbón en el exilio (hermano del guillotinado Luis XVI y tío del delfín Luis XVII), a quien se le había concedido permiso para residir en un castillo de Curlandia y una generosa pensión, fue expulsado de la noche a la mañana por Pablo I. En cuanto a los "realistas" franceses (monárquicos legitimistas) refugiados en Rusia, fueron arbitrariamente encarcelados y tachadas de personas indeseables.

La locura del emperador parecía aumentar gradualmente día a día. Sus arrebatos de mal genio solían ser terribles. Bastaba una pequeña molestia, una palabra fuera de lugar, una ironía, el paso apresurado de un correo o la marcha lenta de un cochero para que estallase iracundo, hecho un basilisco. A veces increpaba a voz en grito y pataleando al que, supuestamente, le ofendía; otras veces agredía con los puños o con la ayuda de una fusta a su desdichado interlocutor.

Lord Charles Whitworth (1752-1825), Embajador de Gran-Bretaña en la Corte Imperial Rusa y ocasional amante de Catalina II. Sus correos al Foreign Office de Londres, son un precioso testimonio de los desatinos de Pablo I de Rusia...(retrato según Lawrence).

"El caso es ... que el emperador no está precisamente en sus cabales" informó a Londres el embajador británico Lord Charles Whitworth.

Durante las primeras 24 horas de su reinado, Pablo I de Rusia estuvo sentado toda la noche dictando "ukases" (edictos imperiales) que acabaron sucesivamente con casi todas las libertades individuales de sus súbditos. Prohibía el uso de chalecos, tildándolos de atavíos revolucionarios franceses; establecía la forma de los sombreros y de las corbatas que habían de llevarse, la compostura de una reverencia, hasta el número de personas que había que invitar a una fiesta. Prohibió, de paso, la importación de libros extranjeros por ser, a su modo de ver, perniciosos para la moral nacional, dando instrucciones a las bibliotecas para que no prestasen ediciones extranjeras.

Pablo I Petrovich, Zar-Emperador de Rusia (1754-1801); en uniforme militar, como era costumbre en él, retratado por Shchukin.

"Debéis comprender, señor, que la única persona importante de mi Imperio es aquella con quien yo me encuentro hablando..." , le soltó un día el emperador a uno de sus cortesanos.

Incluso las damas que iban en carrozas se veían obligadas a detenerse y hacerle una reverencia. De lo contrario, las rebeldes u olvidadizas eran azotadas con una rama de abedul.

Los viajes al extranjero estaban terminantemente prohibidos y la censura de las cartas se hizo tan rigurosa, que las alusiones a las últimas modas de París se interpretaban como señales inequívocas de "culpable descontento".

Al historiador Karamzin, Pablo I le dirigió una áspera reprimenda por haber traducido las obras de Cicerón en lengua rusa, recordándole que ese autor, como muchos otros, estaban proscritos a causa de sus ideas republicanas, y sus escritos no podían tener valor alguno para el Imperio.

El Palacio de Invierno tal y como fue concebido durante el reinado de Pedro I "el Grande", representado entre los años 1755-1760, a orillas del Neva (imagen superior), y el aspecto que tenía bajo los reinados de las zarinas Ana I Ivanovna y Elisabeth I Petrovna (imagen inferior), en un grabado de 1750.

El Palacio de Invierno de San Petersburgo, tal y como era en 1840, reinando ya el zar Nicolás I y reconstruído tras el fatal incendio del 17 de diciembre de 1837 (reconstrucción virtual).

De la noche a la mañana, Pablo I convirtió el Palacio de Invierno en un inmenso cuartel. Fuera del imperial edificio se dispusieron, cada pocos metros, garitas de centinelas, y la vigilancia corría a cargo de batallones procedentes de su hacienda de Gatchina, vestidos con... ¡uniformes prusianos!

Quienquiera que le irritase, era enviado al destierro o, en el mejor de los casos, se le ordenaba que abandonase la corte y la capital. Pronto, el número de estas personas pasó del centenar al millar. Algunos desdichados fueron castigados por llevar en demasía o demasiado pocos polvos en el cabello; otros, por desobedecer órdenes recientes ignoradas por todo el mundo, salvo por los secretarios del emperador y la policía imperial.

Pablo I Petrovich (1754-1801), Emperador de Rusia; anuló el Acta de Sucesión de Pedro I "el Grande" para establecer la Orden de Sucesión por primogenitura, copia de la Ley Sálica en la que solamente podían asumir la corona los miembros varones de la dinastía, apartando así a las mujeres del trono ruso.

Aunque Pablo I abolió el Acta de Sucesión de Pedro I "el Grande", en virtud de la cual el soberano podía escoger libremente a su sucesor, y decretó que la soberanía fuese transferida al hijo varón mayor viviente (orden de primogenitura), trató a su heredero Alejandro con sorprendente acritud. Uno tras otro, fue despidiendo de la corte a todos los amigos íntimos del gran-duque heredero: al conde Golovin, a la mujer de éste, al conde Pedro Tolstoï, al príncipe Victor Kochubei, al príncipe Volkonski, a Alejandro Golitsin, al conde Pablo Strogonov, a Novosiltsov, a los hermanos Adán y Constantino Czartoriski, etc...

Redujo a Alejandro a la simple categoría de soldado raso, teniéndole ocupado de la mañana a la noche en deberes militares de los más triviales.

El Gran-Duque Alejandro Pavlovich (1777-1825), Zarevich de Rusia entre 1796 y 1801, como presunto heredero del Zar Pablo I; retratado a finales del siglo XVIII por Borovikovsky, junto a un busto de su amada abuela Catalina II, quien deseó que le sucediera en el trono...

La Princesa Elisabeth de Baden (1779-1826), aka la Gran-Duquesa Elizaveta Alexeievna, Zarevina de Rusia y esposa de Alejandro Pavlovich, cuya unión fue obra de Catalina II. Los años de Elisabeth en la corte rusa bajo el férreo control de su suegro Pablo I, fueron una sucesión de disgustos, contrariedades e humillaciones principalmente infligidas por su suegra la zarina Maria Feodorovna.../ Retrato según Elisabeth Vigée-Lebrun.

Durante estos años difíciles, el mayor consuelo de Alejandro fue su esposa Elisabeth de Baden. Aunque ésta era considerada una beldad, no interesó a su esposo por su físico. Se había casado con ella por imposición de su abuela cuando la princesa alemana contaba entonces 14 años de edad y él solo computaba 15. Sin embargo, se sintió estrechamente ligado a ella al ver que su madre la emperatriz, ansiosa siempre de ganarse el favor de su demente esposo Pablo, sometía a la pobre muchacha a contínuas humillaciones. Con motivo de la coronación de Pablo I, en 1797, la gran-duquesa Elisabeth decidió prender en las hebillas de diamantes de su ceñidor unos hermosos capullos de color rosa pálido. Pero, cuando se dirigió a la emperatriz para que le diera el visto bueno, ésta la miró fríamente y, sin mediar palabra, le arrancó bruscamente las rosas tirándolas al suelo, añadiendo con aspereza: "Cela ne convient pas!" (esto no conviene!).

La Emperatriz Maria Feodorovna de Rusia (1759-1828), nacida Princesa Maria-Sofía-Dorotea de Württemberg, segunda mujer de Pablo I Petrovich. Amargada por el maltrato psicológico dispensado por su esposo, lo pagaba con su nuera humillándola en cualquier ocasión que se le presentaba, como en un afán de reafirmarse ante los demás...

A pesar de los intentos de la emperatriz por conservar algún dominio sobre Pablo I, fracasó estrepitosamente gracias a la maligna influencia del favorito de éste, Kutajsov, un ex-prisionero de guerra turco que servía al emperador en calidad de barbero. Este ambicioso logró envenenar la mente del monarca de tal modo, que éste pronto tomó en aversión a su esposa sintiendo recelos por las consideraciones de los cortesanos hacia ella. No contento con ello, extendió sus resentimientos hacia su amante de muchos años, Catalina Nelidova. De la noche a la mañana, Pablo se negó de plano a dirigir una sola palabra a la una y a la otra. Nelidova optó entonces por hacer sus baúles y dejar la capital, mientras que la emperatriz seguía a su esposo por los aposentos de palacio, con la cara descompuesta y llena de lágrimas, percatándose de los preparativos de éste para instalar a su nueva amante en unas suntuosas habitaciones.

ANTECEDENTES

Pablo I Petrovich, Emperador de Rusia (1754-1801)

El Gran-Duque Pablo Petrovich de Rusia (1754-1801), retratado en su niñez y en vida de su tía-abuela la emperatriz Elisabeth I Petrovna; Escuela Rusa del siglo XVIII.

Nació el 20 de septiembre de 1754, único hijo legítimo habido del entonces gran-duque Pedro de Rusia (duque de Holstein-Gottorp), presunto heredero de la emperatriz Elisabeth I de Rusia, y de la entonces gran-duquesa Catalina de Rusia, nacida princesa Sofía Augusta Federica von Anhalt-Zerbst. Recién nacido, fue entregado al cuidado de la emperatriz quien le confió al conde Nikita Panin en 1761, brutalmente arrancado de las faldas de sus nodrizas, para pasar a manos de los hombres. Su educación fue extraña y triste, como era costumbre en el seno de la Familia Imperial Rusa, y sus profesores fueron franceses y alemanes que despreciaban abiertamente todo lo ruso. Estudió la lengua y la literatura francesa, recibió lecciones de baile y de protocolo, siendo prontamente sometido al tedioso ceremonial de recepciones de embajadores extranjeros y a la cotidiana pomposidad cortesana. Su preceptor Panin se limitaba a asistir a sus comidas diarias, a sus despertares y a revisar superficialmente sus progresos en los estudios. Se procedió con él, a un auténtico lavado de cerebro destinado a que profesase una ciega admiración hacia la figura paterna, lo que en consecuencia produjo en el príncipe una actitud de odio y desconfianza hacia la figura materna.

En 1762, su padre Pedro III subía al trono de Rusia y, meses después, era brutalmente asesinado, asumiendo el Gobierno su madre, a la sazón proclamada y coronada emperatriz bajo el nombre de Catalina II. Pablo, eventual heredero de su padre, fue apartado y postergado en su papel de gran-duque heredero a lo largo de 34 años. Ya en esa época, uno de sus profesores advirtió que Pablo daba señales de un evidente desequilibrio mental y que su cordura pendía de un hilo que, si por ventura se rompiese, provocaría en él toda suerte de desarreglos.

Considerado psicológicamente inestable, Pablo pasaba de la euforia más exagerada al abatimiento más negro (lo que hoy conocemos como "trastorno bipolar"). Se le tachaba de misántropo, de desconfiado, de paranoico hasta la demencia, lleno de complejos y depresivo, además de cruel a la par que magnánimo, brutal y considerado, agresivo... Catalina II hizo titanescos esfuerzos para domar a su hijo y reconducir su educación hacia algo más constructivo, en pocas palabras, hacerlo más ductil y dócil. Pero, obviamente, fracasó en su intento. Pablo se asemejaba a su progenitor tanto física como anímicamente, la misma demencia despuntando en su carácter, la misma acritud, la misma paranoia. Cuando en 1796 accedía al trono, ya era un hombre totalmente desquiciado...

Pablo Petrovich, Zarevich de Rusia (1754-1801), retratado en 1777 por el pintor sueco Alexandre Roslin.

En 1769, Catalina II encontró una novia ideal para su heredero entre el Gotha Europeo: se trataba de la princesa Wilhelmina de Hessen-Darmstadt (1755-1776), hija del Landgrave Luis IX de Hessen-Darmstadt.

En 1773, Pablo desposó a la novia que fue rebautizada previamente en la Fe Ortodoxa con el nombre de "Natalia Alexeievna". Desgraciadamente, la gran-duquesa Natalia falleció al cabo de tres años de feliz matrimonio (1776), sin dejar hijos, causando su pérdida una experiencia chocante en el ánimo de Pablo.

La Gran Duquesa Natalia Alexeievna, Zarevina de Rusia (1755-1776), nacida Princesa Wilhelmina de Hessen-Darmstadt y primera esposa del zarevich Pablo Petrovich; la feliz vida conyugal no rebasó los tres años... / Retrato según Alexandre Roslin.

En 1776, apenas enterrada su primera esposa, Catalina II se propuso volver a casarle, escogiendo esta vez entre las hijas del duque Federico-Eugenio de Württemberg: la princesa Sofía Dorotea de Württemberg (1759-1828), una joven de trato amable, dulce, sencilla, enamoradiza e ingénua que, sorprendentemente sintió una viva pasión por Pablo, al que le profesaba adoración. Como de costumbre, la nueva novia fue rebautizada con el nombre de "María Feodorovna" y casaron el mismo año.

La Gran Duquesa Maria Feodorovna, Zarevina de Rusia (1759-1828), nacida Princesa Maria-Sofia-Dorotea de Württemberg y segunda consorte del zarevich Pablo Petrovich; retratada en los jardines de Pavlovsk en 1777, por Alexandre Roslin.

Desgraciadamente, las relaciones entre la nueva gran-duquesa María y la suegra fueron por lo menos desastrosas. No existía un buen entendimiento entre las dos, lo que reforzó en Pablo el sentimiento de crítica hacia la figura materna, con su ya conocida tendencia a reprocharle todo tipo de cosas.

La joven pareja hizo su gira europea visitando, bajo el nombre de "Condes del Norte", Austria, Italia, Francia, Países-Bajos y Suiza. Tras esas semanas de euforia, Pablo recayó en sus pasajeros ataques de melancolía, a su desconfianza, a sus fúnebres presentimientos y a sus inquietantes crisis nerviosas... La única alegría se produjo en 1777, con el nacimiento del primer hijo varón de la pareja: Alejandro, seguido en 1779 con el de Constantino, de las princesas Elena, María, Ana, y de los últimos hijos Nicolás y Miguel.

La Familia Imperial Rusa: Pablo I rodeado por su esposa, Maria Feodorovna, y de todos sus hijos e hijas; a la extrema izquierda del cuadro, se encuentran los grandes duques Alejandro y Constantino.

Una de las damas de honor de la esposa de Pablo, Catalina Nelidova, se convirtió en la amante de éste. A raíz de esa primera infidelidad, la gran-duquesa María Feodorovna iba a vivir un inacabable rosario de disgustos matrimoniales, perdiendo la batalla en el intento de recuperar a su marido.

En 1800, Alejandro y Constantino estaban desesperados: "Mi padre ha roto con el sentido común, firmemente resuelto a no dar treguas a su insensatez..." , confió este último a un amigo. Alejandro, por su lado, envió fraudulentamente un correo a su antiguo preceptor La Harpe, que entonces se había retirado en Suiza, diciéndole que la desventurada Rusia se encontraba en una situación caótica, y que él mismo se veía reducido a obligaciones "tan fáciles como para ser desempeñadas por un simple sargento".

"Cuando llegue mi oportunidad, si llega, voy a consagrarme a mi país y no permitiré que vuelva jamás a convertirse en un juguete en manos de un loco..." añadía a su carta dirigida a La Harpe.

Peores cosas estaban por llegar. El odio de Pablo I hacia Gran-Bretaña fue en aumento, hasta que al final del año 1800, decidió conquistar la India. Envió instrucciones al General Orlov, jefe de los cosacos del Don: "Sé que los británicos van a atacarnos (...) Por lo tanto hay que sorprenderlos en el momento más inesperado (...) La India es nuestro mejor objetivo."

Un segundo mensaje recordaba a Orlov que "...vuestra obligación estriba exclusivamente en luchar contra los británicos y... (...) debéis asegurar (a los nativos) que Rusia abriga con respecto a ellos intenciones amistosas (...) Dirigíos al Indo y al Ganges..."

Aunque el General Orlov obedeció las órdenes de su soberano y partió del Don con 20.000 cosacos, 40.000 caballos y 24 cañones, no llegó muy lejos. Las inundaciones primaverales y la falta de organización adecuada en los abastecimientos, pusieron término a la desastrosa expedición. Pocos cosacos volvieron con vida a su tierra natal.

El Palacio de San Miguel o Mikhailovsky, en San Petersburgo, residencia-fortaleza construída por orden del Zar Pablo I (maqueta), sobre el antiguo solar del desaparecido Palacio de Verano peterburgués.

Entre tanto, Pablo I se había trasladado a su nueva residencia edificada en el terreno del antiguo Palacio de Verano. Detestaba el Palacio de Invierno por el recuerdo que guardaba de su madre, y se complacía con el descomunal edificio expresamente diseñado para él, conocido con el nombre de Palacio de San Miguel. Tenía un profundo foso en derredor, cinco puentes levadizos accionados, día y noche, por hombres procedentes de su regimiento de Gatchina.

Pedro Alekseievich, Conde von der Pahlen (1745-1826), Gobernador General de San Petersburgo y cerebro de la conspiración contra el Zar Pablo I.

Bien hacía Pablo en tomar precauciones, ya que se estaba fraguando contra él una conspiración acaudillada por el conde Pedro von der Pahlen, gobernador general de San-Petersburgo. Su mal disimulado objetivo era obligar a Pablo a abdicar la corona en favor de su hijo Alejandro. Pahlen tenía a su cargo la dirección de la policía Imperial, y Pablo confiaba en él sin reserva alguna.

"Yo sé que puedo confiar plenamente en vos" , solía decirle.

Pahlen no tropezó con grandes dificultades para convencer al joven Alejandro de que su padre tenía que abandonar el trono, aunque hay que decir que para ello usó de un miserable subterfugio: le inculcó el temor de que su vida peligraba mientras viviera el emperador.

-"Pero, ¿podéis jurarme que se le respectará la vida a mi padre?" dicen que preguntó Alejandro a Pahlen, y éste respondió afirmativamente.

Pahlen procedió entonces a reclutar conspiradores, todos los cuales fueron escogidos de entre la Guardia Semenovski, regimiento profundamente leal a Alejandro. El emperador había cometido el mismo error que algunos de sus infortunados predecesores. Aunque había intentado aliviar la suerte del campesinado, limitando a 6 días su semana laboral, había, en cambio, pasado por alto los peligros que entrañaba el indisponerse con las clases altas, entre las que eran elegidos por norma los oficiales de sus regimientos. Había anulado la inmunidad de que gozaban en cuanto a castigos corporales, impuso además contribuciones a sus haciendas y les prohibió tajantemente retirarse del servicio del Gobierno. Para más INRI, había ofendido particularmente a los regimientos de la Guardia, negándose a que sirvieran como su guardia personal, mofándose de sus colores y diciendo que le recordaban las enaguas de su madre.

Retrato del Zar Pablo I Petrovich de Rusia (1754-1801), según J.H. Benner.

Pahlen reclutó a 60 oficiales. Como era responsable de la protección del Palacio de San-Miguel, proyectó poner en servicio el batallón Semenovski en lugar del Regimiento de Gatchina, cuando llegase el momento oportuno. Sin embargo, días antes de que los hechos llegasen a su punto culminante, Pablo I llamó a Pahlen y le preguntó sin rodeos si se estaba tramando una conspiración en su contra. Demasiado perspicaz para cometer un error, Pahlen se percató de que alguien había informado al emperador y, sin deshacerse de su tono irónico y cínico le respondió tranquilamente:

-"Es totalmente cierto, señor, y yo me he unido a los conspiradores con objeto de atrapar hasta el último de ellos y descubrirlos a todos."

Pablo I comenzó entonces a gritarle que le diera nombres, pero Pahlen, muy respetuosamente y sin reír, le rogó que aguardase 48 horas hasta que tuviese completa la lista. El emperador preguntó entonces si sus dos hijos mayores, Alejandro y Constantino, estaban implicados en el asunto. Pahlen lo negó con un gesto de cabeza, pero el monarca no le creyó y ordenó, a la noche siguiente, que ambos fuesen puestos bajo arresto domiciliario.

Retrato del Príncipe Platón Aleksandrovich Zubov (1767-1822), último amante y favorito de Catalina II "la Grande" y miembro de la conspiración que acabaría con el reinado y la vida de Pablo I ; cuadro según Lampi.

El Príncipe Andrei Viazemski (1750-1807), retratado a sus 24 años de edad por el artista francés J.L. Voille, en 1774, fue otro de los eminentes oficiales de Catalina II que participó activamente en la conspiración contra el Zar Pablo I.

Aquella misma noche del 23 al 24 de marzo de 1801, los siete miembros principales de la conspiración cenaron juntos con el fin de cobrar ánimos para la empresa que les aguardaba. El grupo estaba integrado por el príncipe Platón Zubov -último favorito y amante de Catalina II de Rusia-, el general Benningsen, Skariatin, Gordanov, Tatarinov y los príncipes Yashvili y Viazemski. Al tiempo de brindar mutuamente en tono acalorado, el emperador se percató de que el regimiento Semenovski se había adueñado de la Guardia de Palacio. Mandó buscar a Pahlen y le dijo encolerizado que los oficiales de este regimiento particular eran todos ellos revolucionarios de corazón. Ordenó que partieran a las 6 de la mañana y se relevase la guardia a las 4.

El Conde Levin August von Benningsen (1745-1826), General del Ejército Imperial Ruso desde que se puso al servicio de Catalina II, caído en desgracia con Pablo I, tenía sobrados motivos para unirse a los conspiradores reclutados por el Conde von der Pahlen...

Hacia la medianoche, los siete conspiradores salieron con dirección al palacio de San-Miguel. Zubov y Benningsen juzgaron que sus cinco compañeros estaban tan borrachos que lo mejor sería dejarlos junto al puente levadizo y continuar ellos solos. Conocían el camino hacia la escalera secreta que daba acceso al dormitorio del emperador. A su paso, se deshicieron de dos centinelas y de un criado, atravesaron la biblioteca, alumbrada por la única luz de una vela, y abrieron la puerta de la alcoba imperial. Entre tanto, Pablo I había oído el ruido de la refriega y había saltado de la cama para agarrar su espada. Se quedó de pie junto a su escritorio, descalzo, la cabeza tocada con un gorro de dormir, pálido de terror. Irrumpió el general Benningsen en la alcoba y, sin mencionar la palabra "abdicación", le dijo que venía a arrestarle en nombre del "emperador Alejandro". Pablo I permanecía en pie, inmóvil, petrificado por el miedo, expectante ante el peor y más horrendo momento de su vida, el que tanto presintió y temía, hecho realidad.

El príncipe Zubov oyó un ruido y salió del dormitorio. De pronto, abrióse la puerta de par en par y los cinco conspiradores borrachos entraron precipitadamente, dirigiéndose hacia Pablo I. Éste empezó a correr alrededor del escritorio, pero tropezó y todos se le echaron encima. Uno de ellos echó mano de su fajín y trató de estrangularle, pero la tela se desgarró. Otro cogió el pisapapeles de malaquita, que estaba encima del escritorio...

-"¡Caballeros, en nombre del Cielo, perdonadme!... ¡Dadme tiempo para rezar mis oraciones!" -suplicó el monarca.

Pero el pisapapeles apretaba fuertemente sobre el cuello de Pablo, quien se debatía con todas sus fuerzas intentando deshacerse de sus agresores. Inexorablemente hundían el pisapapeles contra su cuello, más y más fuerte aún, hasta que las sacudidas y las boqueadas cesaron.

Un detalle atroz: Pablo, al no reconocer a sus agresores, creyó que su hijo Constantino estaba entre ellos y que le estrangulaba, y gritó desesperado:

-"¡Os lo ruego, Alteza, no me ahoguéis así!¡Dejadme respirar!"

El general Benningsen le remató, pataleando su cuerpo hasta que dejó de dar señales de vida.

Constantino Pavlovich, Gran Duque de Rusia (1779-1831), el segundogénito de Pablo I, de quién había heredado un gran parecido...

Lo cierto es que el gran-duque Constantino, entonces bajo arresto domiciliario, como su hermano Alejandro, no pudo estar presente en la horrible escena del crimen. De hecho, ignoró todo lo que se fraguó contra su padre y que fueran a asesinarle. Lo que sí se sabe ciertamente, es que fue Alejandro quien fijó la fecha del golpe para destronar a su padre con el conde von der Pahlen, rogando ingénuamente que no le matasen pero, ¿creía realmente que Pablo saldría indemne de sus agresores?

Napoleón I, en sus memorias redactadas por el conde de Las Cases, comentó el incidente: "...fuera como fuera, este terrible hecho heló Europa, que estuvo sobretodo escandalizada por la horrenda franqueza de la que hacían gala los Rusos al dar detalles en todas las cortes. Este acontecimiento cambió la posición de Inglaterra y los asuntos del Mundo..."

El zar loco Pablo I estaba muerto y era menester para Rusia un nuevo zar. Aún "caliente" y emocionado por el asesinato, el conde von der Pahlen, sin esperar un momento más, se dirigió a la residencia del zarevich Alejandro y penetró en su alcoba. Lo encontró revestido con el gran uniforme, abrazado a su esposa y llorando como un crío. Olvidándose del protocolo y del respeto debido a un príncipe, Pahlen, todo excitado, zarandeó enérgicamente a Alejandro:

-"¡Ya basta de niñerías!¡Venid a reinar!"

Por la mañana, se le dijo al pueblo Ruso que el emperador Pablo I había fallecido repentinamente de una apoplejía, a la edad de 47 años.

Cuando Alejandro I, joven de 24 años, alto y rubio, cabalgaba para ser coronado emperador y zar de Todas las Rusias, a fines del año 1801, la fantasía popular propagó el rumor de que iba precedido por los hombres que habían asesinado a su abuelo Pedro III, escoltado por los hombres que acababan de asesinar a su padre Pablo I, y seguido por hombres que no se lo pensarían dos veces si llegara el caso de matarlo a traición.

Alejandro I Pavlovich (1777-1825), Zar y Emperador de Rusia de 1801 a 1825; retrato fechado en 1801, realizado por la pintora francesa Elisabeth Vigée-Lebrun.

En 1801, la mayoría de los europeos consideraban el gobierno ruso como "una monarquía absoluta moderada por el asesinato". Aunque los hechos acaecidos la noche de la muerte de Pablo fueron ocultados bajo una rígida censura, nadie, fuera de Rusia, creyó que Pablo I hubiese fallecido de apoplejía, como tampoco creyeron que Pedro III muriera de un cólico en 1762. Relatos del asesinato comenzaron a aparecer en los periódicos extranjeros durante el primer año de reinado de Alejandro I, y casi todos los informes acusaban al apuesto emperador, quien parecía poseer todas las gracias de la civilización occidental.

Varvara Nicolaievna Golitsyna, Condesa Golovina (1766-1821); dama de honor de Catalina II y amiga de la zarina Elisabeth Alexeievna, consorte del zar Alejandro I, y cuyo marido el conde Golovin era mariscal de la corte y senador. Abandonó Rusia cuando en 1796 subió al trono Pablo I, estableciéndose en París hasta que regresó a San Petersburgo, en el momento en que Napoleón Bonaparte tomó el poder. / Retrato según E. Vigée-Lebrun.

Posteriormente, algunos historiadores rusos trataron de justificar a Alejandro I, aduciendo que él tan sólo había buscado la abdicación de su padre. La condesa Golovina escribió en su diario que, cuando Alejandro se enteró de la cruel muerte de su padre, rompió a llorar y que dijo, sollozando, que no podía soportarlo y que no se sentía con fuerzas para reinar...

Sin embargo, en los intentos de probar la inocencia de Alejandro, una embarazosa pregunta quedaba sin respuesta: ¿qué le habría sucedido a Pablo si se hubiera negado a abdicar?

Otro punto sombrío brotaba sobre la cuestión: dado que ningún soberano ruso, una vez destronado, se le había permitido vivir, ¿se hubiera podido dar una excepción en el caso de Pablo I?

Aleksandr Sergeievich Pushkin (1799-1837).

Observadores contemporáneos juzgan que el colapso emocional de Alejandro I procedía más bien de su sentimiento de culpa más que de una conmoción. Incluso el gran poeta Pushkin, que se había propuesto escribir la biografía del monarca, dejó notas que revelaban que, por lo que a él se refería, se sentía incapaz de exonerar de complicidad a su héroe.

No hay duda que la visión del golpeado cuerpo de Pablo obsesionó a Alejandro toda su vida. Su coronación resultó tan dolorosa para él, que su visible tristeza deslució la brillante ceremonia que tenía que despertar en él la ambición y la vanidad.

De hecho, Alejandro I fue el primer monarca de su dinastía a deshacerse de toda la pompa y ceremonia reales. Se negó a tener séquito, a lucir joyas y a permitir que la gente se apeara de sus carruajes al cruzarse en su camino. Se había convertido en la sombra de si mismo..., perseguido por el fantasma de su padre.

NOTA:

La Emperatriz Catalina II "la Grande" (1729-1796), retratada en 1794 por Borovikovsky.

Fue en 1796 cuando la emperatriz Catalina II, consciente del desequilibrio mental de su hijo Pablo, zarevich de Rusia, decidió descartarle de la sucesión imperial para designar como heredero suyo a su nieto preferido, el gran-duque Alejandro, de entonces 19 años de edad. El "Acta de Sucesión" de Pedro I "el Grande", promulgado en 1722, confería a Catalina II el derecho de nombrar a quien ella quisiera o considerase apto a sucederla en el trono ruso. No era sólo porque Pablo odiase a su madre y hablase mal de su política, sino que, durante la última década, los cortesanos de Pablo solían susurrar que se estaba volviendo loco, y Catalina estaba al tanto de todo cuanto se decía o hacía dentro y fuera de su corte. El gran-duque, entonces de mediana edad, aterrorizado, no podía vencer el miedo de ser asesinado que venía obsesionándole desde niño. Siempre en busca de tranquilidad, para encontrar la seguridad que su madre le había negado, durante 4 años atendió a la fortificación de su palacio de Gatchina, ex-propriedad del Conde Orlov.

A medida que pasaban los años, Pablo prorrumpía en invectivas contra su madre con creciente amargura. Denunciaba cualquier aspecto de su política exterior y, proclamaba, convulso, que, cuando él subiese al trono, echaría por el suelo todo cuanto ella había levantado. En cierta ocasión se volvió contra sus hijos Alejandro y Constantino, acusándoles de tramar su ruina. Siempre solía despertar a medianoche gritando como un poseso. Algunas veces, con la mirada extraviada, hablaba con su esposa del asesinato de su padre Pedro III; otras veces comentaba sobre el asesinato del zarevich Alexis, hijo de Pedro I "el Grande", o de Iván VI, e incluso de Julio César.

Una vez confió a su mujer que Pedro I "el Grande" le había estado siguiendo por las calles de San-Petersburgo, una noche de verano, a la luz de la luna:

-Os digo que era Pedro el Grande. Yo estaba tan asustado que temblaba de pies a cabeza, y, aunque era una noche calurosa, yo estaba helado. Entonces me habló.

-¿Y qué os dijo? - inquirió su mujer con tono amable.

-Nada más que tres palabras: "Pablo, pobre Pablo".

En el verano de 1796, según se opina, Catalina II confió a su nieto Alejandro sus proyectos referentes a la sucesión imperial. En octubre llamó a la gran-duquesa María Feodorovna para que firmase un documento en el que se rogaba a Pablo que renunciase a sus derechos al trono. La gran-duquesa, aún cuando conocía muy bien la incapacidad de su marido para gobernar, rehusó indignada y no comentó el incidente a Pablo. Antes de que Catalina II llevara a cabo sus proyectos, falleció inesperadamente tras sufrir un síncope en su trasalcoba tras beberse 5 tazas de café y lavarse la cara con hielo desmenuzado.