Un personaje difuminado
José Francisco Antonio Ignácio Norberto Agustín de Braganza, José I, apodado "el Reformador" y 25º rey de Portugal, nació en el Palacio Real da Ribeira de Lisboa el 6 de junio de 1714 y falleció el 24 de Febrero de 1777. Su reinado, largo de 26 años, se desarrolló entre julio de 1750 y febrero de 1777. Su figura aparece, ante la posteridad, íntimamente ligada a la de su primer ministro el Marqués de Pombal, ejecutor de un vasto programa de reformas que tenía por objetivo reflotar el prestigio internacional de Portugal y devolverle su antiguo rango entre las potencias europeas. Es curioso observar que, en este particular caso, exista cierto paralelismo con Luis XIII de Francia y el Cardenal de Richelieu; el primer ministro se come al rey y difumina su figura hasta el punto en que no se puede contar la historia de uno sin el otro.
Juan V "el Magnánimo" (1689-1750), Rey de Portugal y de Los Algarves de 1706 a 1750.
Tercer hijo de los reyes Juan V y Maria-Ana Josefa de Austria, le precedían en el orden sucesorio a la corona la Infanta Maria-Bárbara (nacida en 1711) y el Infante Don Pedro, Príncipe de Brasil y de Beira (nacido en 1712). Pero la repentina muerte de su hermano en 1714, le dejaron el paso libre hacia el trono luso; es más, su hermana Maria-Bárbara sería finalmente entregada en matrimonio al heredero del rey Felipe V de España, Fernando de Borbón, Príncipe de Asturias.

Fernando de Borbón y Saboya (1713-1759), Príncipe de Asturias y futuro Rey Fernando VI de España; retrato según Jean Ranc.
La Infanta Maria-Barbara de Portugal (1711-1758), Princesa de Asturias y futura Reina consorte de España entre 1746 y 1758.
Tras él, venían tres infantes más: Carlos (1716-1736), Pedro (1717-1786) y Alexandre (1723-1728), sin contar con los cuatro medio-hermanos nacidos de los amores extramatrimoniales de su padre con diferentes damas, que serían legitimados tardíamente por un avergonzado Juan V.
El Príncipe de Brasil y de Beira
Estandarte de los Príncipes de Brasil.
Siendo ya oficialmente Príncipe de Brasil y de Beira (título de los herederos del Trono Portugués), sus padres concertaron su matrimonio al mismo tiempo que el de su hermana Maria-Bárbara en un doble enlace hispano-luso que servía para reanudar la alianza dinástica entre las Casas Reinantes de Borbón y de Braganza. De este modo, aún pubertoso, el príncipe Don José casaba con una chiquilla, la Infanta de España Maria-Ana-Victoria de Borbón (1718-1781), hija del rey Felipe V y de Isabel de Parma, el 19 de enero de 1729; él contaba 14 años y ella apenas 11.
No hubo noche de bodas. La flamante princesa siendo aún una niña, se les separó convenientemente hasta que alcanzase ésta la edad apropiada y le viniese la primera regla, auténtico pistoletazo de salida para que empezase a ser núbil y en disposición de engendrar algún heredero.

Maria-Ana Victoria de Borbón y Parma, Infanta de España (1718-1781), Princesa de Brasil y de Beira, y futura Reina consorte de Portugal; retrato según Largillière.
Maria-Ana Victoria de Borbón y Parma (Madrid, 31-III-1718 / Lisboa, 15-I-1781), había pasado por un trauma a la ya temprana edad de 4 años. Sus padres la habían comprometido con el entonces rey-niño Luis XV de Francia, que tenía 11 años, para sellar una paz entre España y Francia. Pero al fallecer el Duque Felipe II de Orléans, a la sazón regente de Francia y artífice del enlace hispano-francés (1723), y al asumir el poder el Duque de Borbón, el compromiso se convirtió en un engorro para la seguridad de la dinastía gala: Luis XV, en plena crisis de crecimiento y casi siempre enfermo, no podía engendrar heredero alguno que asegurase la continuidad de la rama primogénita que representaba con una infanta de 6 años. Al existir la amenaza de que la rama de los Borbón-Orléans acabasen accediendo al trono galo, el Duque de Borbón (enemigo de los duques de Orléans) decidió romper el compromiso de Luis XV y buscarle una princesa en edad de parir un delfín. Por ello, en 1725, la Infanta Maria-Ana Victoria, entonces instalada en el parisiense Palacio de Las Tulerías, tuvo que hacer sus baúles y regresar a Madrid para mayor escándalo de la corte española. Recibida la decisión del Duque de Borbón como un insulto, se abrió una grave crisis diplomática entre Madrid y Versailles.
La Corte Lisboeta tuvo que esperar hasta que la Princesa de Brasil y de Beira alcanzara los 15 años, momento en que se la declaró núbil (1733), para permitir al príncipe José el acceso a su alcoba.
El primer vástago nacería en 1734: una niña llamada María Francisca, seguida en 1736 de otra, María-Ana; en 1739, una tercera, Dorotea-Francisca y, tardíamente, en 1746, una cuarta y última hija, Maria-Benedicta.

Maria-Ana Victoria de Borbón y su esposo José I, Reyes de Portugal y de Los Algarves (detalle de un cuadro alegórico de la Monarquía Lusa).
Tras esos cuatro nacimientos exasperantes, Maria-Ana Victoria dejó de interesar a su marido porque se había revelado incapaz de proporcionarle el tan ansiado hijo varón.
Dícese de Maria-Ana Victoria que fue una mujer tremendamente seria, amante de la música y de la cinegética (como todos los Borbones), y poco dada a interesarse por los asuntos de su marido, cosa públicamente sabida ya que no se andaba con complejos en el momento de manifestar su desagrado ante propios y extraños.
José, como sus padres y predecesores, era remarcadamente devoto y un entusiasta de la ópera italiana, recientemente introducida en la corte lusa. Su madre la reina Maria-Ana Josefa tenía gran influencia sobre él. También gustaba de la caza y de levantar faldas ajenas.
Gobierno por persona interpuesta
Cuando en julio de 1750 el rey inválido Juan V "el Magnánimo" fallece, deja a su hijo una herencia con entuertos y muchas cuestiones de Estado por resolver. Los últimos años del reinado anterior han sido caóticos: el paulatino centralismo gubernamental y la política absolutista de un Juan V preso de serias dificultades físicas y mentales, paralizaron la buena marcha de los asuntos que dependían enteramente de sus decisiones.

José I "el Reformador" (1714-1777), Rey de Portugal y de Los Algarves de 1750 a 1777.
Sabiamente aconsejado por su madre, la reina viuda, que había tenido que hacerse cargo de las riendas del gobierno en nombre de Juan V, José I, tras verse aclamado vigésimo quinto soberano de Portugal y de los Algarves (8 de septiembre de 1750), optó por escoger a sus nuevos ministros entre los que se opusieron al gobierno anterior.
A pesar de los progresos económicos realizados en el país, en esa primera mitad del siglo XVIII, José I tenía a su disposición los mismos medios de acción que sus antecesores del siglo XVII. La inadaptación de la maquinaria administrativa, de las estructuras jurídicas y políticas, forzaron al nuevo monarca de 36 años a emprender cambios en sus ministerios. Así Diego de Mendonça e Corte Real, Pedro da Mota e Silva y Sebastiao José de Carvalho e Melo pasaron a ser los tres pro-hombres de la primera etapa del reinado de José I (1750-1755), que trabajaron juntos para obtener la consolidación política del poder central. En ese quinquenio, la figura de Sebastiao José de Carvalho e Melo, entonces Ministro de Asuntos Exteriores, tomaría especial relieve y fuerza en detrimento de los demás ministros del rey.
El tremendo terremoto del 1 de noviembre de 1755, que arrasaría Lisboa, marcó un punto de inflexión en la buena marcha de los asuntos lusos. La tragedia humanitaria y las pérdidas económicas causadas por un seísmo de 9º en la escala de Richter, frenaron en seco los planes de desarrollo y expansión programados en las colonias de ultramar.
La segunda fase del reinado abarcaría de 1756 a 1764, sobretodo marcada por la implicación de una Portugal neutral en la Guerra de los Siete Años, acosada por su aliada Gran-Bretaña, contra Francia, España, Austria y Rusia. Pero, en cualquier caso, la intervención portuguesa se ciñó estrictamente al ámbito atlántico y de las colonias de ultramar.
En un aspecto interno, el rey y su primer ministro Pombal tuvieron que afrontar una tenaz oposición nobiliaria y clerical (expulsión de la Compañía de Jesús, reforma de la Inquisición y ajusticiamiento de conspiradores como los duques de Aveiro y los marqueses de Távora).
Por otro lado, aquella segunda fase ve crearse grandes compañías monopolistas como la de Grao-Pará, Maranhao...
Una tercera fase, de 1765 a 1777, se vería marcada en 1772 por una gran crisis económica, y por una política de fomento industrial y colonial, amen del auge de las compañías monopolistas brasileñas.
Podemos decir que todo el reinado de José I se caracteriza por la creación de instituciones, especialmente en los campos económicos y educativos, con el objetivo de adaptar Portugal a las grandes transformaciones que se están operando. Se fundan la Real Junta de Comercio, la Real Hacienda; se reforma la enseñanza superior, se crea la enseñanza secundaria (Colegio de Nobles, Cámara del Comercio) y primaria; se reforma el ejército.
En materia de política exterior, José I siguió las directrices de su antecesor y padre: neutralidad en los conflictos europeos y mucha diplomacia.
Hubo, sin embargo, un incidente en el campo diplomático a raíz de la expulsión de los Jesuitas: la corte lusa rompió sus relaciones con la Santa Sede durante un decenio, tras expulsar al nuncio apostólico.
José I & el Marqués de Pombal
Fue a instancias de su madre, la reina viuda, que José I nombró a Sebastiao José de Carvalho e Melo, ministro de Asuntos Exteriores en 1750 y que, finalmente, convertiría en su primer ministro en 1755. Reconociendo el potencial y gran valor de aquel hidalgo de modesta cuna que había eficazmente servido los intereses de Portugal en sus embajadas de Londres y de Viena bajo el reinado de su padre, le llamó a su lado haciéndole depositario de su máxima confianza y confiándole la gerencia de la administración del reino.

Sebastiao José de Carvalho e Melo, Conde de Oeiras y 1er Marqués de Pombal (1699-1782), Ministro de Asuntos Exteriores y de la Guerra y Primer Ministro entre 1755 y 1777.
La distinción y favor del que fue entonces objeto el futuro Conde de Oeiras y 1er Marqués de Pombal, levantaron no pocas ampollas en la corte lusa, acarreándole la enemistad de la alta nobleza y de la poderosa Compañía de Jesús, enemistad que, por otro lado, ya venía de lejos.
1 de Noviembre de 1755: tragedia humana y era pombalina
Tras el terremoto del 1 de noviembre de 1755, Pombal se convirtió en el auténtico hombre fuerte del reino por su rápida actuación para combatir, solucionar y suavizar los efectos de la tragedia, impidiendo que la devastación degenerase en epidemia y caos. Su extraordinaria actividad, su sangre fría y sus acertadas decisiones en aquella crisis humanitaria, resultaron altamente benéficas para los lisboetas y reforzó la alta estima en la que le tenía el rey.

Aspecto de Lisboa antes de que sufriera el terremoto y el tsunami que arrasó el 85% de su extensión urbana.
El Marqués de Pombal consiguió, con su enérgica actuación, atajar una situación que amenazaba desbocarse y sembrar, más aún si cabe, el pánico. A la pregunta del "¿Y ahora qué hacemos?", Pombal soltó: "¿Ahora? enterremos a los muertos y cuidemos de los vivos!".
Para combatir saqueos y pillajes, mandó levantar varios patíbulos por la ciudad en ruinas; se colgaron a casi cuarenta saqueadores y ladrones que intentaron aprovecharse del caos. Los cadáveres rescatados de las ruinas fueron en su mayoría apilados, por un lado, en barcazas y conducidas hasta la desembocadura del Tajo para que éstas fueran llevadas por las corrientes a alta mar; otros fueron enterrados deprisa y corriendo, pese a la protesta de curas y obispos. Los incendios fueron combatidos por los bomberos. Los malheridos y supervivientes fueron atendidos en campos abiertos por los médicos que se habían podido reunir.

Lisboa quedó arrasada. Se derrumbaron los mayores tesoros arquitectónicos de la época Manuelina, muchas de las más importantes iglesias y templos de la capital, muchos palacios, hospitales, conventos y sedes institucionales derribadas. No vale siquiera comentar la destrucción de las viviendas más humildes. El viejo Palacio Real da Ribeira, residencia oficial del rey y de su corte desde la época del rey Sebastián, con su biblioteca de 70.000 volúmenes y su valiosa pinacoteca de grandes maestros europeos (Tiziano, Rubens, Correggio) fue completamente destruído; todos sus tesoros artísticos perdidos... Las ruinas del Palacio Real darían, a la postre, paso a la famosa Plaza del Comercio con la estátua ecuestre de José I en su centro.
Pombal aprovechó la ocasión para rehacer de nuevo la ciudad de Lisboa con un equipo de arquitectos, rediseñando calles y plazas, salpicandolas de nuevos y bellos edificios, siempre según el deseo del rey. A la recriminación del por qué calles tan anchas contestó: "Un día serán estrechas!".
La Familia Real se había salvado milagrosamente de aquella hecatombe lisboeta gracias al capricho de las hijas del rey, en pasar aquel día festivo del 1 de noviembre, fuera de palacio después de asistir al alba a una misa palatina. José I y su familia se encontraba paseando en Santa María de Belém, en la zona oriental de Lisboa, donde los efectos del terremoto no se hicieron sentir con tanta intensidad. Sin embargo, la tragedia causó tan honda impresión en José I, que éste sufrió de claustrofobia para el resto de sus días; le era imposible vivir encerrado entre cuatro paredes, perseguido por el incontrolable miedo a verse sorprendido por un nuevo terremoto y morir aplastado por las piedras de su palacio.
Dada la circunstancia, se decidió, por indicaciones del monarca, construir un complejo de tiendas en las alturas del monte de Ajuda, de Lisboa, que servirían de residencia para la Familia Real y la corte lusa. El lujoso complejo, bautizado como Real Barraca o palacio de madera, se concluiría en 1761, y su construcción obedecía a dos principios: resistencia a los seísmos y ausencia total de material pesado como la piedra. Sus interiores fueron decorados con gran suntuosidad, con ricos tapices y preciosos muebles, cuadros, espejos y paneles de madera esculpida y dorada. La estructura llegó a hacerse tan grande que llegó a sobrepasar el área del palacio existente en su emplazamiento hoy día (Palacio Real da Ajuda).

Palacio Real de Ajuda (Lisboa), construído a finales del siglo XVIII y principios del XIX por encargo del rey Juan VI, sobre el emplazamiento del complejo de la Real Barraca que fue destruído por un incendio accidental en la década de 1790.
A lo largo de tres décadas, la Real Barraca fue la sede y residencia oficial de la corte lusa y de la Familia Real, en una lujosa atmósfera muchas veces descrita por los maravillados visitantes extranjeros y testigos de aquella época.
El balance de la tragedia del día de Todos los Santos (1-XI-1755), acontecida a las 9 horas y 20 minutos de la mañana fue éste: destrucción del 85 % de la ciudad de Lisboa y de su puerto, así como de la flota allí amarrada o anclada, y arrasamiento de gran parte del litoral del Algarve. Más de 10.000 muertos entre los lisboetas, según estimación de la época, pero muchos historiadores hablan de muchos más. El seísmo, estimado en 9º en la Escala de Richter, provocó un tsunami que se cree alcanzó una altura de 20 metros y engulló toda la barriada baja de Lisboa, y fue finalmente coronado por múltiples incendios.

Esquema geográfico del impacto del maremotosobre Portugal.
Fue uno de los seísmos más mortíferos de la Historia Moderna, marcando lo que algunos historiadores llaman la pré-historia de la Europa Moderna.
El terremoto de Lisboa tuvo un enorme impacto socio-económico y político en la sociedad lusa del siglo XVIII, dando origen a los primeros estudios científicos del efecto de un terremoto en una área extensa y alargada, marcando así el nacimiento de la moderna Sismología.
Los acontecimientos serían largamente discutidos por los filósofos ilustrados, mayormente por Voltaire, inspirando desarrollos significativos en la filosofía de lo sublime.
El epicentro del terremoto se localizó, posteriormente, a 150 o 500 km. al suroeste de Lisboa, en plena alta mar. Según testimonios de entonces, los temblores duraron entre 6 minutos y 2 horas y media dependiendo de la proximidad o lejanía de éstos. Decenas de minutos después, llegó el tsunami que acabó de arrasar gran parte de Lisboa, sobretodo su centro y el puerto. Las áreas más lejanas de la urbe, que no fueron alcanzadas por la ola de 20 metros, sufrieron grandes incendios que tardaron cinco días en apagarse. Los supervivientes habían huído hacia las alturas y no había nadie que los apagase.

El maremoto originado por el choque de las placas tectónicas y los temblores, se hicieron sentir por toda Europa Occidental (llegando hasta Finlandia) y al norte de África, sin obviar el Atlántico, llegando a tocar las Islas Barbados y de La Martinica.
De una población de 275.000 habitantes en Lisboa, se cree que 90.000 perecieron aplastados, ahogados o quemados. Se contabilizaron aproximadamente 10.000 víctimas en Marruecos.

Grabado del "Antes & Después" del 1-XI-1755, de la ciudad de Lisboa, destruida por el terremoto y el tsunami...
Como se dijo antes, el 85 % de los edificios lisboetas fueron destruídos. El recientemente inaugurado Teatro Real de la Ópera, apenas seis meses atrás, fue reducido a cenizas. El Palacio Real da Ribeira, situado en el margen del Tajo, donde hoy se yergue la Plaza del Comercio o Terreiro do Paço, se derrumbó por el seísmo y posteriormente engullido por el tsunami. El Archivo Real, con sus preciosos documentos relativos a las exploraciones oceánicas y otros documentos antiguos se perdieron. Se destruyeron también la Catedral de Santa-María de Lisboa, las Basílicas de Sao Paulo, de Santa Catarina, de Sao Vicente de Fora (necrópolis de los reyes) y de La Misericordia. Las ruinas del Convento del Carmen aún hoy siguen en pie para recordar aquella destrucción. El Real Hospital de Todos los Santos fue consumido por el fuego y sus centenares de pacientes murieron quemados vivos. Los registros históricos de los viajes marinos de Vasco de Gama y de Cristóbal Colón se perdieron también irremediablemente...
Menos de un año después del fatal acontecimiento, Lisboa era reconstruída en su gran mayoría. José I deseaba una nueva capital ordenada, con grandes plazas y largas y rectilíneas avenidas. El reconstruído centro de la ciudad, hoy conocido como Baixa Pombalina, és una de las zonas nobles de la capital; sus edificios iban a ser los primeros construídos con protección anti-sísmica en el Mundo, tras ser testados en modelos de madera, utilizando tropas para simular las vibraciones sísmicas.
En cuanto a las implicaciones sociales, se puede decir que fueron graves ya que el terremoto hizo mucho más que destruir la ciudad y sus edificios. Lisboa era la capital de un país católico, con gran tradición en la construcción de conventos e iglesias, y empeñada en evangelizar sus colonias de ultramar. El hecho de que el seísmo ocurriera en fecha tan señalada como el día de Todos los Santos, y destruyera tantos templos emblemáticos e importantes, levantó muchas cuestiones y preguntas religiosas en toda Europa. Para la mentalidad religiosa del siglo XVIII, fue una manifestación de la ira divina de difícil explicación.
En el ámbito político, el terremoto también fue devastador. El ministro de Asuntos Exteriores y de la Guerra, el Marqués de Pombal, era entonces el favorito en alza del rey, que competía para hacerse con el poder y el favor del monarca. Después del 1 de noviembre, la eficacia de las medidas de Pombal, le garantizaron un mayor poder e influencia sobre el rey quien también aprovechó para reforzar su poder y consolidar la política absolutista iniciada por su padre. Esto llevó a un progresivo descontento de la aristocracia que culminaría en una tentativa de regicidio y en la consiguiente eliminación de los Távora. Las tensiones políticas se agravaron con aquella tragedia sísmica, frustrando además muchas ambiciones coloniales del Imperio Portugués.
Atentado contra el Rey
Después de la hecatombe de 1755, José I y su familia se instalaron en el complejo de tiendas llamado Real Barraca da Ajuda, en los altos de Ajuda, a las afueras de Lisboa, dada la pronunciada claustrofobia del rey desde aquel terremoto que arrasó y destruyó la capital, incluyendo el viejo Palacio Real da Ribeira. La Real Barraca da Ajuda se convirtió, de este modo, en el centro neurálgico del Gobierno y de la Corte Lusa; allí el Rey despachaba con sus ministros, recibía a los embajadores acreditados, organizaba banquetes y bailes para sus cortesanos, gozando del boato y del lujo aunque en un marco de "palacio prefabricado" que se nos puede antojar curioso y sorprendente.

Las desavenencias, tensiones y fricciones entre su primer ministro Pombal y algunas facciones conservadoras de la corte, capitaneadas por los Marqueses de Távora y los Duques de Aveiro (representantes de dos de las más prestigiosas casas de la alta aristocracia lusa, junto con los Marqueses de Alorna y los Duques de Cadaval), y que se oponían a sus reformas, eran medianamente toleradas por el Rey quien confiaba en el liderazgo y alta competencia de su ministro.
La vida familiar de José I se podría calificar de alegre: el soberano adoraba a sus cuatro hijas, y según testimonios contemporáneos, era todo un padrazo. Por otro lado, tenía una amante que era lejos de ser una cualquiera: Teresa Leonor, esposa de Luis Bernardo, heredero de la Casa de Távora.
La Marquesa Leonor de Távora y su esposo Francisco de Asís de Távora, 3er Conde de Alvor (y antiguo virrey de la India), eran las cabezas de una de las familias más poderosas del reino, emparentada con las casas de Aveiro, Cadaval, Sao Vicente y de Alorna. Eran, a su vez, acérrimos enemigos del Marqués de Pombal por cuestiones socio-políticas. La marquesa no soportaba ver a ese hidalgo de provincias gobernar, y promulgar reforma tras reforma sin consultar o contar con la alta nobleza tan acostumbrada a intervenir y a ostentar los primeros cargos en el Gobierno. También habían tintes religiosos en ese odio: la Távora, fuertemente influenciada por el Padre Malagrida, un jesuita italiano que hacía a la vez de confesor y de guía espiritual, rechazaba de plano el espíritu ilustrado europeísta del primer ministro.

3 de Septiembre de 1758, el rey José I es interceptado por tres jinetes y tiroteado (grabado de la época).
La noche del 3 de septiembre de 1758, José I iba de incógnito en un carruaje que recorría una calle secundaria de los alrededores de la capital. El monarca regresaba a la Real Barraca da Ajuda, tras pasar unas horas con su amante Doña Teresa de Távora y Lorena, hermana del 3er Conde de Alvor y Marqués consorte de Távora, y casada con su sobrino carnal Luis Bernardo de Távora. Por el camino, su carruaje fue interceptado por tres hombres que, sin previo aviso, dispararon sobre Don José I y su cochero; hirieron en un brazo al rey y el cochero se llevó la peor parte, aunque ambos sobrevivieron y pudieron llegar a Ajuda.
Una vez en la entrada de la Real Barraca, la Guardia, los pajes y criados atendieron de inmediato al Rey y al cochero llevándoles en volandas para dentro, despertando al primer médico del monarca para que los curase.
Advertido el primero, Sebastiao José de Carvalho tomó el control de la situación de inmediato. Instó a toda la servidumbre del Rey y a la Guardia a que guardase silencio sobre lo acontecido al soberano, y ordenó a la policía que iniciasen inmediatamente las pesquisas e indagaciones necesarias para encontrar a los autores del atentado.
Pocos días después, dos hombres fueron apresados, interrogados y torturados; confesaron su culpa y, de paso, indicaron que el encargo había venido de la familia de Távora, de mecha con el Duque de Aveiro, que andaba conspirando contra el trono. Las confesiones hechas y transcritas en documentos que ahora se convertían en secreto de Estado, los dos esbirros fueron ahorcados al día siguiente, y justo un día antes de que se hiciera público el atentado fallido contra el Rey. El levantamiento del secreto de sumario se produjo el 13 de septiembre.
El estupor fue general.
En las semanas siguientes, la Marquesa de Távora, su marido el Conde de Alvor, todos sus hijos, hijas y nietos fueron arrestados con alevosía y nocturnidad, y encarcelados en la Torre de Belém en espera de un juicio. Los supuestos conspiradores, el Duque de Aveiro y los yernos de los Távoras, el Marqués de Alorna y el Conde de Atouguia fueron también apresados junto con sus familias, así como el Padre Malagrida, confesor de la Marquesa de Távora.

La Torre de Belém, en Lisboa, antigua cárcel de Estado y donde se pudrieron varios grandes aristócratas acusados de conspiración...
Fueron todos acusados de alta trahición y de intento de regicidio, crímenes dificilmente superables al ser los más graves que se podían cometer.
Las pruebas que se presentaron por parte de la acusación en el Tribunal eran sencillas:
-Las confesiones firmadas por los dos esbirros ejecutados.
-Las armas del crimen, pertenecientes al Duque de Aveiro.
-El hecho de que los Marqueses de Távora estaban al corriente de la relación adulterina existente entre Teresa de Távora y el Rey, y de cuando, cómo y dónde se citaban para sus amoríos y en qué circunstancias.
Los Marqueses de Távora negaron sistemáticamente todas las acusaciones vertidas por el fiscal, protestando airadamente, sin embargo fueron condenados a la pena capital. A esa sentencia, se unían otras peores como la confiscación de todos sus bienes a favor de la Corona, la eliminación de su ilustre nombre del Registro de la Nobleza Portuguesa y de sus blasones familiares, cuyas representaciones quedaban prohibidas. Es más, el mayorazgo y grandeza de los Távora iba a ser transferido a la Casa de los Condes de Sao Vicente.
La sentencia del tribunal ordenó la ejecución de todos, incluyendo mujeres y niños. A duras penas las intervenciones de la reina Maria-Ana Victoria y de la Princesa de Brasil y de Beira, heredera del trono, en favor de aquellos, consiguió salvar a la mayoría del patíbulo. La Marquesa Leonor de Távora, no consiguió escapar a la pena capital. Ella y otros acusados que fueron sentenciados a muerte, fueron torturados y ejecutados públicamente el 13 de enero de 1759, en un descampado de Lisboa.

La ejecución fue juzgada, incluso para aquella época, violenta, inhumana y brutal; los reos sufrieron lo indecible: sus brazos, manos y piernas fueron molidas a bastonazos, luego decapitados y después sus cuerpos incinerados en piras, siendo las cenizas tiradas a las aguas del Tajo.
La bestial ejecución fue presidida por el mismo rey Don José I, la reina, la Princesa de Brasil y de Beira y las infantas, y toda la corte aterrada y horrorizada por semejante carnicería.
Aunque los Távora eran sus semejantes, el Rey quiso que la lección fuese aprendida por todos y que nunca más a la nobleza le viniese la mala idea de rebelarse contra la autoridad de la Corona.
El palacio del Duque de Aveiro, en Belém (Lisboa), fue demolido a martillazos y el solar sembrado de sal para que nunca volviese a crecer nada allí. Las armas de la familia Távora fueron destruídas a martillazos y citar su nombre fue terminantemente prohibido.
El Padre Gabriele Malagrida fue a su vez quemado vivo algunos días después y la Orden de los Jesuitas declarada ilegal en todo el Imperio Portugués. Todas sus propiedades fueron confiscadas y los Jesuitas expulsados tanto de Portugal como de Europa y de las colonias de ultramar.
La familia de Alorna, cuyo cabeza de familia se pudría en una insalubre celda de la Torre de Belém, y las hijas del ejecutado Duque de Aveiro fueron condenadas a prisión perpétua y repartidas en distintos monasterios y conventos.
Porque Sebastiao José de Carvalho e Melo demostró celeridad y gran competencia en el caso, y porque de este modo descabezó a la oposición nobiliaria, el Rey le recompensó con el título de Conde de Oeiras y, posteriormente (en 1770), le concedió el título de 1er Marqués de Pombal, nombre con el cual es universalmente conocido hoy día.
La culpa o inocencia de los Távora es aún tema de debate entre los historiadores portugueses de hoy día. Por un lado, las malas relaciones entre la alta nobleza y el Rey están bien documentadas. La falta de un heredero varón al trono portugués era motivo de desagrado para muchos, y el Duque de Aveiro era de hecho una opción para reemplazar en el trono al rey José I y a sus cuatro hijas.
Por otro lado, algunos se refieren a una coincidencia: la condena de los Távora y de los Jesuitas hacían desaparecer a los enemigos del Marqués de Pombal, y la nobleza era amilanada cuando no domada.
Adicionalmente, los acusados Távora argumentaron en el juicio, que la tentativa de asesinato de Don José I era más bien fruto de un asalto común por salteadores de caminos, teniendo en cuenta que el Rey viajaba sin escolta ni guardia, y sin distintivo alguno en una calle de mala fama de la capital.
Otro indicio de la supuesta inocencia de los Távora y de sus familiares es que, en los días siguientes en que se hizo público el fallido atentado contra el Rey, éstos no intentaron escapar de Portugal.

Maria Francisca de Braganza, Infanta de Portugal, Princesa de Brasil y de Beira (1734-1816), heredera del trono y futura Reina María I de Portugal.
La Princesa de Brasil, María Francisca (futura reina María I), estuvo tan impresionada por la ejecución de los Távora y de los Aveiro, a la que estuvo obligada a asistir junto con su madre y sus hermanas, que nunca pudo perdonar a Pombal semejante inhumanidad. A raíz de aquel fatídico 13 de enero de 1759, la heredera del trono sintió un hondo desprecio por el primer ministro de su padre, prometiéndose que, una vez reina, se desharía de él y haría todo lo posible para fulminarle. Dieciocho años después, María I iba a cesarle apenas proclamada reina, y a mover todos los hilos posibles para arrastrarle ante los tribunales; frustrada en sus intentos, le expulsó de la corte y por real decreto, prohibió su presencia a una distancia inferior a 20 millas.
¿Y la amante del Rey?
Doña Teresa de Távora y Lorena, conocida como "A Marquesa Nova" (nacida en 1723) era una de las tres hermanas de Don Francisco de Asís de Távora, 3er Conde de Alvor (1703-1759), 45º Virrey de la India entre 1750 y 1754, marido de Doña Leonor de Távora y Lorena, 3ª Marquesa de Távora y 6ª Condesa de Sao Joao da Pesqueira (1700-1759); con el hijo y heredero de ambos, que era a su vez su sobrino carnal, Don Luis Bernardo de Távora, 4º Marqués de Távora, 7º Conde de Sao Joao da Pesqueira y 4º Conde de Alvor (1723-1759), contrajo matrimonio.
Sus dos otras hermanas eran:
-Leonor Tomásia (1719-1761), casada con Don José de Mascarenhas da Silva e Lancastre, 8º Duque de Aveiro, 5º Marqués de Gouveia y 7º Conde de Santa-Cruz (1708-1759), y padres de Don Martinho de Mascarenhas, 6º Marqués de Gouveia (1740-1804).
-Margarida Francisca (1707- ? ), casada con Don José da Câmara, 4º Conde da Ribeira Grande (1712-1757), padres de una hija, Joana Tomásia da Cámara, 5ª Condesa da Ribeira Grande.
Sus cuñadas fueron:
-Doña Leonor de Távora-Lorena (1729-1790), 2ª Marquesa de Alorna y 4ª Condesa de Assumar, madre de dos hijos.
-Doña Mariana Bernarda de Távora-Lorena (1722- ? ), 11ª Condesa de Atouguia.
Tras el fallido atentado contra el Rey su amante, Pombal mandó apresarla días después y encerrarla en Belém, para luego trasladarla a un convento de clausura. Se le acusaba de connivencia con los conspiradores pero, sin duda por benevolencia del Rey, se evitó que compareciera ante el tribunal que juzgaba a su marido, a sus cuñados y a sus suegros. Rechazada por su real amante, fue encerrada de por vida y se le obligó a profesar como muchas de sus parientes. Se desconoce la suerte que posteriormente corrió y la fecha en que murió.
Acontecimientos posteriores
Después del penoso proceso de los Távora y de los Aveiro, las cábalas nobiliarias cesaron al constatar la alta aristocracia que Pombal era un enemigo implacable e imposible de tumbar. Pombal era, desde 1759, el hombre fuerte de Portugal que gobernó con mano de hierro y llevó los asuntos del reino sin ceder un solo ápice de su poder, ampliamente avalado por el Rey. Las reformas ilustradas se llevaron a cabo sin más obstáculos y el absolutismo real consolidado.
José I, Rey de Portugal y de Los Algarves (Grabado de la época).
Amante del boato y de la pomposidad ceremonial cortesana, José I inauguró el 6 de junio de 1775 su estátua ecuestre erigida en el centro de la nueva Plaza del Comercio, vulgarmente conocida como Terreiro do Paço (antiguo emplazamiento del destruido Palacio Real), como remate de la grandiosa obra de reconstrucción de la capital después del terrible terremoto de 1755.
Se había consumado la expulsión de la Compañía de Jesús, tanto de Portugal como de sus colonias de ultramar; se habían confiscado sus bienes para beneficio de la Corona y se había expulsado al nuncio apostólico, el Cardenal Acciaioli, eminentemente reacio a la supresión de la orden de los jesuitas. Las relaciones diplomáticas con la Santa Sede se degradaron cuando los portugueses desembarcaron a los padres jesuitas en Civitavecchia, en Italia, pese a que el Papa había pedido que no se les exiliara.
Pombal se deshizo, de este modo, de la sempiterna oposición de la Compañía de Jesús que dificultaba cualquier proceso reformador y ponía demasiada resistencia en las colonias americanas, donde se había hecho tremendamente fuerte.
Por un incidente entre el marqués de Pombal y los hermanos bastardos del Rey, entre los cuales se encontraba el Inquisidor Mayor del Reino, los conocidos "Meninos de Palhava" fueron exiliados y desterrados a Buçaco. El incidente consistía en un asunto de censura de libros que levantó la indignación del primer ministro y provocó su ira.
Para mantener la seguridad y la paz pública, Pombal procedió a la creación de la Intendencia de La Policía, y reformó la legislación civil mientras se instaba a la Santa Sede a suprimir de una vez por todas la orden jesuita, conjuntamente con las cortes de Versailles, de Madrid, de Nápoles y de Parma, que también habían procedido a la expulsión de los padres tras sufrir atentados, conspiraciones o motines. Las cancillerías europeas asediaron a Clemente XIII y a su sucesor en el Trono de San Pedro, Clemente XIV, hasta que consiguieron lo que pretendían: la supresión de la Compañía de Jesús en 1773.
Solucionado el espinoso tema con Roma, Pombal se dedicó a reformar un Ejército Luso en plena decadencia, donde los casos de insubordinación y las rencillas eran demasiado frecuentes. Para ello, llamó a dos de los mejores oficiales del rey Federico II de Prusia: el Conde de Lippe y el Príncipe de Mecklemburg-Strelitz, que se encargaron gustosamente de reorganizar el ejército y restablecer una disciplina férrea en su seno. Se crearon campos de maniobra y entrenamiento, y se construyeron cuarteles militares.
Sería la rigurosa disciplina introducida por Lippe, la que en 1762, salvaría una campaña mal iniciada por los portugueses.

Wilhelm, Conde zu Schaumburg-Lippe-Bückeburg (1724-1777), más conocido como el Conde de Lippe, oficial alemán que reformó el Ejército Portugués.
Hay que subrayar que los loables esfuerzos de Pombal en mantener la neutralidad portuguesa durante la Guerra de los Siete Años, se debieron en parte a que el primer ministro rechazó las presiones inglesas, a imagen y semejanza de España, siempre acosada por Francia y Gran-Bretaña para que se decidiera por un bando u otro.
Los diez años que transcurrieron entre 1763, con el Tratado de Fontainebleau, y 1772 con la reforma de la Universidad, fueron tal vez los más fecundos y brillantes de la administración pombalina, asociada al glorioso e ilustrado reinado de José I de Portugal.
Más tarde, Pombal, siempre tan eficaz en sus gestiones, empañó su figura con misteriosas venganzas: José de Seabra, que fue su mano derecha en la lucha contra los jesuitas, fue súbitamente desterrado a Angola sin motivo aparente. En octubre de 1775, moría descuartizado un súbdito genovés llamado Juan-Bautista Pele, acusado de intento de asesinato contra el Marqués de Pombal.
Peor aún, el 23 de enero de 1777 mandaría incendiar un poblado pesquero que servía de refugio de algunos rebeldes a su política, lo que aterró en sus últimos días de existencia al propio rey José I, pues falleció el 24 de febrero siguiente.
Más complicaciones sucederían en el panorama político internacional: España rompería su relación con Portugal por un incidente de fronteras entre colonias americanas. Francia se prepararía en auxiliar a España en el conflicto, mediante otro Pacto de Familia entre Versailles y Madrid, e Inglaterra se desentendía del asunto dejando sola Portugal. Pombal tuvo que prepararse para una guerra inminente, aún sabiendo que no tenía los suficientes medios como para sostenerla contra Francia y España. Pero la sangre no llegó al río.
Al morir en febrero de 1777 el rey, Pombal era fulminado por la sucesora de José I, María I que, con ánimo de revancha, totalmente devota y dominada por las cábalas nobiliarias, depuso al marqués de todos sus cargos y lo exilió de facto.
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