Nacido en Lisboa el 22 de octubre de 1689 y fallecido el 31 de julio de 1750 en la misma localidad, Joao (Juan) Francisco Antonio José Bento Bernardo de Braganza fue el vigésimo cuarto rey de Portugal tras la muerte de su padre Pedro II, en diciembre de 1706 y consagrado como nuevo monarca luso el 1 de enero de 1707.
Don Pedro II "el Pacífico" (1648-1706), Rey de Portugal y de los Algarves de 1683 a 1706, después de ser Regente en nombre de su hermano Alfonso VI entre 1668 y 1683.

Maria-Sofia Isabel de Baviera-Neoburgo (1666-1699), Reina de Portugal y de los Algarves; consorte de Pedro II y madre de Juan V.
Hijo de Don Pedro II, rey de Portugal, y de María-Sofía de Baviera-Neoburgo, princesa alemana hermana de la Reina de España y de la Duquesa de Parma, recibió los apodos de "El Magnánimo" y de "Rey-Sol Portugués", amén del más popular de "O Freirático" por su obsesión sexual por las monjas, de las que algunas llegaron a darle varios hijos bastardos conocidos como los "Meninos de Palhava", como en el caso de la Madre Paula, que engendró a José de Braganza.

Don Juan V "el Magnánimo", Rey de Portugal y de los Algarves (1689-1750).
Jurado Príncipe de Beira como nuevo heredero del trono el 1 de diciembre de 1697, tras el fallecimiento de su hermano mayor el 30 de agosto de 1688, con apenas 8 años de edad, había sido armado caballero de la Orden de Cristo por su padre con 7 en 1696.
Príncipe y Rey
Objeto de una cuidada educación por parte de los Padres Jesuitas y de su propia madre, se dice que era un príncipe de vasta cultura, que hablaba varias lenguas, conocedor de autores clásicos y modernos, muy versado en la literatura y curioso de ciencias, y amante de la música. A su madre debía sobretodo su formación religiosa, que se tradujo en una marcada devoción, y literaria.
Según los diplomáticos franceses enviados a la corte lusa, a sus 19 años y siendo ya rey de Portugal desde hacía un año, Juan V parecía tener cierta admiración por Francia y afición a todo lo francés, chocando frontalmente con su confesor el Padre Luis Gonçalves, jesuita y perteneciente al Partido Austríaco. De natural dócil y extremadamente devoto, le describían como un joven bien formado de cuerpo, de fisionomía poco animada, tímido e influenciable por las primeras impresiones.
Boda Austro-Lusa: una bocanada de aire fresco
El 9 de julio de 1708, casó por poderes en Viena con la archiduquesa Maria-Ana Josefa Antonia de Austria (1683-1754), tercera hija del Emperador Leopoldo I y de su tercera esposa la Princesa Eleonora Magdalena Teresa de Baviera-Neuburg, Condesa Palatina de Neoburgo, hermana por tanto de los emperadores José I y Carlos VI. La nueva reina consorte de Portugal llegaría a su nueva patria por vía marítima, en una armada compuesta de 14 naves dirigidas por el 3er Conde de Vilar Maior, embajador extraordinario del rey en Viena. La unión entre Juan V y Maria-Ana Josefa servía, obviamente, a reafirmar la alianza austro-lusa.

la Archiduquesa Maria-Ana Josefa de Austria (1683-1754), Reina de Portugal y de los Algarves.
Recibida con gran boato y grandes festejos, dijeron los testigos contemporáneos que Maria-Ana de Austria llegó a Lisboa "con sus jesuitas, sus perros, su fealdad y sus clavicordios holandeses"...
Ciertamente, la llegada de la nueva reina transfiguró repentinamente el ambiente cortesano, apagado, austero, silencioso, aburrido cual un monasterio. La corte pronto se dividió en dos bandos: la alegre, jovial y frívola generación de mano del Conde de Ericeira se alzaba ante la vieja, enmohecida, enrarecida, formalista y devota del Conde de Vimioso.
Los partidarios de Ericeira ganaron la partida a Vimioso y a su caterva de meapilas monacales el 28 de octubre de 1708, cuando las grandes estancias del palacio real fueron desempolvadas, sus ventanas abiertas de par en par y engalanadas para los festejos del real enlace, y se invitaron a damas y caballeros a mezclarse, a bailar y cantar en presencia de los soberanos desposados. Desde aquel momento, dice un testigo, "hubo una profunda modificación en la moral de la Corte lusa: seducción, gracia, elegancia, intriga..."
Dos años pasaron sin que la Reina quedase embarazada, por lo que Juan V hizo votos a San Antonio, pidiendo descendencia y prometiendo al santo y a su esposa que, a cambio, mandaría construir el mayor palacio-monasterio y basílica jamás concebidos en su reino.
Mafra: la obra magna del reinado.
Cuando en 1711 nació la primera hija, la Infanta María-Bárbara (futura Princesa de Asturias y a la postre Reina consorte de España), Juan V ordenó que se iniciasen las primeras obras del Real Sitio y Monasterio de Mafra el 17 de noviembre de 1717. Aquella obra magna de su reinado iba a inaugurarse en 1730 para su 41 cumpleaños, tras varias modificaciones del proyecto original y gracias a la llegada de ingentes cantidades de oro de las minas de Brasil.

Plano del Palacio Real y Monasterio de Mafra (ilustración superior) y aspecto general del real sitio a vista de pájaro (abajo).

Inicialmente destinado a ser un monasterio o convento que debía albergar a una pequeña comunidad de la orden franciscana, con 13 frailes, y de construcción modesta, la llegada masiva del oro brasileño supuso un cambio de planes radical para la edificación. Por orden de Juan V, el arquitecto Johann Friedrich Ludwig anunció el replanteamiento para convertir el edificio conventual en un soberbio palacio-monasterio con basílica incluída inspirada sin duda del Real Sitio de El Escorial en España, que mobilizó a más de 52.000 trabajadores de todo el país, y que tuvieron que trabajar día y noche en las obras.

Lo que iba a convertirse en una de las joyas de la arquitectura barroca portuguesa y en uno de los mayores monumentos del Mundo Occidental, abarcaba nada menos que 40.000 m2 de espacio habitable repartidos entre el palacio de los reyes, el convento franciscano con sus 330 frailes y una basílica, y con una fachada principal de no menos de 200 metros de largo. El palacio se construyó a través de 6 ejes simétricos, con dos torres de 68 m. de altura y una basílica central, incluyendo una vasta biblioteca con un impresionante fondo de más de 36.000 libros, gran parte de ellos incunables del siglo XV y en varios idiomas, con sus encuardenaciones en piel y doradas al oro. Quizá merecería mencionar que aquella titanesca biblioteca tenía un ingenioso sistema de ventanas y espejos combinados que mantenían y siguen manteniendo estable la temperatura ambiente, necesaria para la conservación de los libros, y un sistema de saneamiento ecológico curioso gracias a un grupo de murciélagos que devoran todos los insectos y parásitos que suelen deteriorar las hojas de papel.

La titanesca Biblioteca del Real Sitio de Mafra...
El vasto edificio contiene más de 880 salas, 300 celdas monacales, 4.500 puertas y ventanas, 154 escaleras, 29 patios, 92 campanas para el carillón de la basílica dedicada a la Virgen y a San Antonio (sumadas entre las dos torres), bordeado por un parque de 819 hectáreas que, en su tiempo, era el coto de caza de los reyes, habitado por gamos, jabalíes, lobos ibéricos, jinetas, hurones y águilas.

El Palacio Real y Monasterio de Mafra fue solemnemente inaugurado por Juan V y su esposa, en compañía de toda la corte, en el día de su cuadregésimo primer cumpleaños, el 22 de octubre de 1730. Los festejos duraron nada menos que 8 días. Mafra iba a convertirse en el Real Sitio estival de la Familia Real Portuguesa de manera casi ininterrumpida hasta 1910 (en 1807, la Familia Real huye a Brasil llevándose la mayor parte de los tesoros artísticos y más bellos muebles y enseres del palacio, y no vuelve hasta después de 1820), fecha en que se instaura la república y el rey Manuel II abandona su país pasando, precisamente, su última noche en él. El mismo año en que el rey Manuel II iniciaba su exilio en Londres, Mafra era declarado monumento nacional.
El Reinado: guerra, paz, reformas y alianzas.
Cuando sube al trono Juan V, hereda de su predecesor Pedro II una situación política y militar comprometida. Portugal, al lado de Gran-Bretaña, los Países-Bajos y Austria, está en guerra contra Francia y España: es la Guerra de Sucesión Española, que opone al sucesor de Carlos II de España, Felipe V de Borbón, nieto del rey Luis XIV de Francia, al pretendiente Habsburgo, el archiduque Carlos de Austria, hijo del emperador Leopoldo I y hermano menor de José I.

Retrato oficial del Rey Juan V de Portugal, revistiendo una armadura y ostentando una bengala de mando y adornado por los símbolos de su soberanía: la corona y el manto de armiño.
Por razones que son obvias, Portugal ha entrado en guerra contra una España que ha operado un cambio de dinastía: al último Austria español, le ha sucedido un Borbón francés. Por miedo a que Portugal se viera atrapada en la órbita de la hegemonía gala, ésta le declara la guerra defendiendo la candidatura del archiduque Carlos.
En aquel momento, tropas portuguesas mandadas por el marqués das Minas se encuentran apostadas en Cataluña junto con tropas británicas y neerlandesas, para hacer frente a las tropas hispano-francesas del duque de Berwick. La intervención lusa en semejante conflicto se tradujo en un sonado fracaso de graves consecuencias cuando, tras la victoria de Berwick en la batalla de Almansa el 24 de abril de 1707, los ejércitos de Felipe V arremetieron contra Portugal conquistando Alcántara, y el duque de Osuna atacó la frontera lusa de Alentejo, conquistando Serpa y Moura.

Don Felipe V de Borbón "el Animoso", Rey de España (1683-1746).
Con el Tesoro exhausto y ante la amenaza de una inminente incursión española, las tropas lusas se concentraron en defender sus fronteras, devolviendo sus conquistas a España. A esto se sumaban las serias disensiones entre el marqués de Fronteira y el inglés Lord Galloway, y el hastío por una guerra que no aportaba nada. Para colmo Luis XIV, lejos de admitir una paz que fuera en perjuicio de su nieto Felipe V y desmembrase su herencia, rehusaba entablar conversaciones de paz.
La repentina muerte del emperador José I de Austria, en abril de 1711, supuso un vuelco en el conflicto europeo. Fallecido sin hijo varón que pudiera asumir la corona imperial, fue su hermano menor y entonces pretendiente al trono español, el archiduque Carlos, quien fue llamado a sucederle en el trono de Carlomagno.

Carlos VI de Austria (1685-1740), Emperador Romano Germánico de 1711 a 1740, y pretendiente al trono español...
Convertido en el nuevo emperador Carlos VI, se desinteresó por la guerra y la alianza entre los enemigos de Luis XIV y Felipe V dejó de tener sentido. Gran-Bretaña, que veía con desconfianza que Carlos VI asumiese la corona imperial y la corona española, resucitando el predominio de los Habsburgo en el Continente Europeo, prefirió ceder el paso al Borbón con la condición que en ningún caso se operase una unión entre las coronas de Francia y de España a través de una sola persona. La Pérfida Albión, más preocupada por salvaguardar sus intereses, se desentendió de sus aliados.
Por su lado, constatando que los ingleses se retiraban del conflicto, los portugueses firmaron la paz con Francia el 11 de abril de 1713, y con España el 6 de febrero de 1715. Portugal restituía a España las plazas de Puebla y de Alburquerque, obteniendo reconocimiento de sus derechos sobre las tierras amazónicas y la restitución de la colonia de Sacramento.
El Conde de Tarouca escribió "Inglaterra solo se preocupa de su paz, sin considerar un solo momento los intereses de los demás aliados".
Juan V aprendió con aquella guerra a no conceder demasiada importancia a las cuestiones europeas y a la sinceridad de los acuerdos. De ahora en adelante, permaneció fiel a sus intereses atlánticos, comerciales y políticos, reafirmando su alianza con Gran-Bretaña por puro interés táctico. En relación al Brasil, que siempre fue el centro de su principal preocupación, no pudo impedir el enorme flujo de emigrantes al haberse descubierto las minas de oro. Amplió los cuadros administrativos, militares y técnicos, todo con vista a evitar la mengua de los quintos, creó un impuesto sobre el oro, reformó el sistema fiscal y dio aliento al desarrollo de la producción de azúcar.
Jaime Alvares Pereira de Melo, 3er Duque de Cadaval (1684-1749)
El Duque de Cadaval escribió, cuando procuró y consiguió impedir el proyectado viaje del rey al continente americano, temiendo una sublevación en Brasil: "...pues de Brasil depende hoy absolutamente gran parte la conservación de Portugal".
A pesar de aquello, Portugal entró en una fase de dificultades económicas, debidas sobretodo al contrabando de oro y a las dificultades del Imperio Colonial Luso en Oriente.
A ese estado de cosas procuró el rey responder fomentando la indústria nacional, pero otros problemas surgieron y de carácter social: insubordinación de la nobleza, incumplimiento de las normas conventuales en monasterios y conventos, conflictos laborales en los gremios, intensificación del odio social hacia la comunidad judía,... Por otra parte, el hecho de que la pesada maquinaria burocrática, administrativa y política del absolutismo no estaba preparada para solucionar las complejidades crecientes de la vida de la nación lusa, se vieron agravados los problemas citados.
En 1715, aceptando la invitación del papa Clemente XI, Juan V hizo armar una flota para defender Corfú de los Turcos. Mandada por el Conde del Rio Grande, el socorro naval se tradujo en un fracaso al no llegar a tiempo por culpa de las inclemencias meteorológicas. Obtuvo sin embargo una gran victoria al año siguiente en el cabo de Matapao.
La creación de la basílica patriarcal en Lisboa en 1717, se debe sobretodo a aquel éxito naval. Además, Portugal seguía siendo un país europeo en el que Estado e Iglesia formaban aún un bloque homogéneo. Pese a un cierto conflicto de intereses y falta de entendimiento entre la Santa Sede y Lisboa en 1720, la situación mejoró diplomáticamente en 1730 con la elección del pontífice Clemente XII. Años después, fruto de una mejor relación entre el papa y Juan V, éste se vió recompensado con el título de "Fidelísimo" por la Curia Vaticana (1747).

el Papa Benedicto XIV, Sumo Pontífice de 1740 a 1758; fue él quien concedió al rey Juan V de Portugal el título de "Rey Fidelísimo" amen del reconocimiento de Portugal como nación soberana e independiente.
En cuanto a las relaciones hispano-lusas, éstas fueron óptimas gracias a las gestiones diplomáticas de Don Luis da Cunha, embajador de Portugal en Madrid entre 1719 y 1720. Ya en 1725, la Corte Española de Felipe V veía en la persona del heredero de la Corona Lusa, Don José de Braganza, Príncipe de Beira (1714-1777), al novio ideal para la Infanta Maria-Ana Victoria de Borbón, que había sido devuelta por Versailles tras un infructuoso noviazgo con el joven rey Luis XV de Francia, a cuyo primer ministro, el Duque de Borbón, le apremiaba que tuviese descendencia cuanto antes dada su precaria salud de adolescente.

Maria-Ana Victoria de Borbón, Infanta de España (1718-1781), Princesa de Beira y de Brasil al convertirse en la esposa del futuro rey José I de Portugal; retratada por Alexis-Simon Belle.
Tras las primeras discusiones entre las dos cancillerías, el proyecto de enlace entre la infanta española y el heredero portugués se convirtió en un doble consorcio, al ofrecer Don Juan V la mano de su primera hija la Infanta Maria-Bárbara a Don Fernando de Borbón, Príncipe de Asturias, creándose asi unas excepcionales condiciones para la unidad peninsular.

la Infanta Maria-Bárbara de Portugal (1711-1758), Princesa de Asturias y luego Reina de España al convertirse en la consorte del que fuera rey Fernando VI; retrato según Jean Ranc.
El intercambio de infantas iba finalmente a producirse en Caia, el 19 de enero de 1729.
Perfectas también fueron las relaciones entre Londres y Lisboa, pues "era en la fuerza marítima de los ingleses que Portugal encontraba el apoyo contra las ambiciones continentales franco-españolas (...). Londres fue, para nuestra diplomacia, el terreno ideal para contrarrestar las pretensiones francesas en los territorios de las Amazonas y de Maranhao." Escribió Veríssimo Serrao.
Como embajador de Portugal a la corte británica fue nombrado entonces Don Sebastiao José de Carvalho e Melo, futuro Conde de Oeiras y 1er Marqués de Pombal (1739).
Juan V, patrón de las artes.
Culturalmente, el reinado de Juan V tiene aspectos de interés. El barroco se manifestó en su arquitectura civil y religiosa, en el mobiliario, en las esculturas, en los azulejos y en otros muchos aspectos artísticos con gran riqueza.
En el campo filosófico se puede citar a Luis Antonio Verney y en el campo literario a Antonio José da Silva.
Durante su reinado, Juan V fundó la Real Academia Portuguesa de Historia, e introdujo, como buen amante de la música, la ópera italiana.
El nombre del monarca se encuentra ligado a la creación del Acueducto de las Aguas Libres, para regular y asegurar el abastecimiento de agua a la capital. Iniciado en 1731, no sería completamente acabado bajo el reinado siguiente.
Los últimos años
Juan V siempre fue un monarca de salud precaria y delicada. Sus primeros problemas surgieron en 1709. En 1711, estuvo aquejado de flatos. En 1716, tuvo que retirarse a su palacio de Vila Viçosa por una crisis de melancolía (depresión). Lo peor se produciría el 10 de mayo de 1742; sufrió una embolia que le privó inicialmente de los sentidos y le paralizó la mitad izquierda del cuerpo, dejándole la boca torcida. Sin embargo, mejoró con el paso de las semanas posteriores al ataque, yendo a tomar baños en el balneario de Caldas y luego al santuario de Nazaré. Volvió a los Asuntos de Estado, pero como un hombre físicamente disminuido.
Surgió entonces la figura clave de Alexandre de Gusmao, brasileño de nacimiento, que presidió el Consejo de Ministros de Su Fidelísima Majestad en los últimos años del reinado. Gusmao fue, sobretodo, responsable de un gran tratado internacional: el Tratado de Madrid, firmado el 13 de enero de 1750. A través de aquel tratado clave, Portugal obtuvo el reconocimiento europeo de las fronteras de Brasil, mal definidas en aquel tratado del siglo XV realizado en Tordesillas y que tantos quebraderos de cabeza habían originado. Restableció así el principio de equilibrio geográfico, otorgando a Portugal el río del Amazonas y a España el río de Plata.
Don Juan V fallecería el 31 de julio de 1750, tras un reinado largo de 44 años. Sus restos recibirían sepultura en el Panteón de los Braganza, al lado de su esposa, en el Monasterio de San Vicente de Fora, en Lisboa.
Descendencia legítima e ilegítima:
De su esposa la reina Maria-Ana Josefa de Austria (1683-1754), Juan V tuvo los siguientes hijos:
-Maria-Bárbara, Infanta de Portugal, Princesa de Beira y de Brasil (1711-1758), Princesa de Asturias y luego Reina de España.
-Pedro, Infante de Portugal, Príncipe de Brasil y de Beira (1712-1714).
-José I, Infante de Portugal, Príncipe de Brasil y de Beira (1714-1777), Rey de Portugal y de los Algarves.
-Carlos, Infante de Portugal, Señor del Infantado (1716-1736).
-Pedro, Infante de Portugal (1717-1786), Señor del Infantado, Duque de Beja, Gran Prior de Crato; luego rey consorte de Portugal -Pedro III-.
-Alexandre, Infante de Portugal (1723-1728).
Juan V fue también padre de tres hijos naturales conocidos como los "Meninos de Palhava" y una hija:
De una dama francesa desconocida:
-Don Antonio de Braganza (1704-1800), Doctorado en Teología y Caballero de la Orden de Cristo.
De Madalena Máxima da Silva Miranda Henriques:
-Don Gaspar de Braganza (1716-1789), arzobispo primado de Braga.
De la Madre Paula de Odivelas (Paula Teresa da Silva), monja:
-Don José de Braganza (1720-1801) Inquisidor General.
De Luisa Clara de Portugal:
-Maria Rita de Braganza.
Preocupado por la suerte de sus tres hijos naturales, a los que reconoció mediante un documento firmado en 1742, y publicado póstumamente en 1752, Juan V encomendaba a su sucesor que cuidara de ellos.
Conocidos popularmente como los "Meninos de Palhava", fueron alojados en el palacio del Marqués de Louriçal, en la localidad de Palhava próxima a Lisboa (y hoy integrada en la capital), y educados en Santa Cruz de Coimbra, bajo la supervisión del preceptor Fray Gaspar da Encarnaçao, para destinarles a la carrera eclesiástica.
A consecuencia de una sonada disputa con el Marqués de Pombal, Antonio y José de Braganza fueron desterrados a Buçaco en 1760, cesando su destierro a la muerte del rey José I en 1777.
La Reina también gobierna
La que fue archiduquesa de Austria y princesa Imperial, Maria-Ana Josefa (7-IX-1683 / 14-VIII-1754), convertida en reina de Portugal y de los Algarves al casarse por poderes en Viena con Don Juan V, fue fastuosamente recibida por sus nuevos súbditos el 27 de octubre de 1708, en Lisboa, y con unos festejos que duraron tres días.
Maria-Ana Josefa de Austria, Reina de Portugal (1683-1754); retrato según Jean Ranc, pintor de cámara de los Reyes de España.
Definida como una mujer muy devota, hermosa y culta, adquirió orondas formas y un aspecto nada favorable en su madurez tras los sucesivos partos; sus últimos retratos recuerdan demasiado a su primera hija la Infanta Maria-Bárbara, reina de España.
Por culpa de las enfermedades de su marido, se vio obligada a asumir la dirección del gobierno en dos ocasiones en calidad de regente: en 1716 y en 1750.
Tenida por muy virtuosa, se sabe que nunca fue feliz en su vida matrimonial. Si amaba sinceramente a su esposo, sufría con las infidelidades del rey, que siempre andaba persiguiendo damas y religiosas para satisfacer sus caprichos sexuales. Su inicial y aparente esterilidad tiene bastante que ver en aquella situación, antes de que engendrara a seis hijos.
Fundó el convento de San Juan Nepomuceno en Lisboa, para una orden de carmelitas alemanas, y donde deseaba ser sepultada (habiéndose construído un magnífico mausoleo para ella). Toda su vida conservó la nostalgia de su tierra natal, asi que no ha de extrañar que en su testamento pidiese, una vez fallecida, que su corazón fuera enviado junto a los restos de sus antepasados, sepultados en la Cripta de los Capuchinos de Viena.
A ella se debe el gradual ascenso del Marqués de Pombal en la administración gubernamental, y con cuya esposa tenía gran amistad al ser austríaca como ella; de embajador en Londres, pasó a ostentar la cartera de Asuntos Exteriores y luego la presidencia del gobierno del rey José I a lo largo de 22 años, como primer ministro.
Viuda en julio de 1750, dirigió los primeros pasos de su hijo José I en los asuntos de Estado hasta su muerte, acontecida el 14 de agosto de 1754.
De las épocas en que fue regente de Portugal, se la recuerda como una gobernante de gran capacidad, prudencia y justicia.
Epílogo para un reinado

Su largo reinado, de más de 40 años, estuvo caracterizado por el aumento del poder personal del rey gracias a la llegada masiva del oro extraído de las minas brasileñas. De hecho, la mitad de cada tonelada de oro y plata obtenidos en esa rica colonia sudamericana correspondía por derecho a la Corona Lusa; el resto, se repartía entre los propietarios y la administración pública. Aquello permitió al monarca prescindir de las Cortes, convirtiéndose en un rey con poder absoluto. Pero, por culpa de su política centralista, Juan V tuvo que lidiar con la oposición sistemática de los dos principales estamentos sociales del reino: la alta nobleza y el alto clero.
Con los recursos auríferos de Brasil, Juan V alentó el desarrollo de la débil economía nacional, en patrocinar y proteger las artes y las letras, procurando restaurar un prestigio perdido ante las demás naciones europeas.
En materia política, siguió dos directrices sencillas a la par que inalterables: la neutralidad lusa en todo conflicto europeo y la obtención del reconocimiento de su poder ante la Curia Vaticana.
No sería hasta 1748, y con el papa Benedicto XIV, que Juan V recibiría el reconocimiento de Portugal como reino soberano e independiente.
En 1742, Juan V fue víctima de una grave embolia que le dejó medio cuerpo paralizado e incapacitado para intervenir activamente en los asuntos de Estado, lo que paralizó muchas de sus reformas que, por otro lado, eran muy criticadas por la aristocracia lusa a la que había relegado a un segundo plano y privado de su poder.
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