LA MARQUESA DE ALORNA
Leonor de Almeida Portugal Lorena y Lancastre
Condesa von Oeynhausen-Gravenburg
1750-1839


La marquesa de Alorna fue una célebre escritora de cartas pre-románticas portuguesa que Alessandro Herculano comparaba a Madame de Staël, con la que tenía muchos puntos en común.


Doña Leonor de Almeida Portugal Lorena y Lancastre, Condesa von Oeynhausen-Gravenburg (1750-1839), futura 4ª Marquesa de Alorna y 7ª Condesa de Assumar, retratada en Viena por Pitschmann en 1780 (Colección de los Marqueses de Fronteira, Portugal).

Doña Leonor de Almeida (1750-1839), ha dejado una obra poética (Oferenda aos Mortos) y epistolar considerable aún en gran parte inédita. Su correspondencia será en breve publicada, más concretamente sus cartas a la Condesa de Vimioso, Doña Teresa de Mello Breyner apodada "Tirce", durante su reclusión en el convento de San Félix de Chelas, en Lisboa. Tenía 9 años de edad en 1759, cuando se produjo la exterminación de su familia materna, los Távora, de manos del Marqués de Pombal, primer ministro de José I, en un sangriento ajuste de cuentas que provocó una honda impresión en toda Europa y marcó durante décadas la memoria de las gentes.

Enclaustrada a lo largo de dieciocho años, como su madre y su hermana María, futura Condesa de Ribeira Grande, y los próximos de la Casa de Távora, en el convento empleará su tiempo en leer, escribir y tener su propio salón de poesía, cosa que conservará una vez recobrada su libertad en su residencia de Bemfica. Adquiere una cultura enciclopédica y se adhiere a las ideas ilustradas. Corresponde bajo el seudónimo arcadiano de "Alcipe" y adquiere renombre en el mundo de las Letras como "Outeiros de Chelas" (Eminencias de Chelas).

Tras haber casado con el conde Karl von Oeynhausen-Gravenburg (1739-1793), caballero de la Orden de Cristo y embajador plenipotenciario de la corte portuguesa en Viena, nuestra protagonista se instala en la capital austríaca donde sería objeto de la gran estima de la emperatriz Maria-Teresa I.
Su enorme bagaje cultural, su carácter amable y sus múltiples talentos artísticos le abren por igual las puertas de las cortes de Madrid, Versailles y Londres.

Ella y su marido, tras su brillante embajada en Viena, regresaron a Lisboa a finales de la década de 1780. Por entonces, la bella condesa de Oeynhausen-Gravenburg, cuyo marido había sido nombrado gobernador de los Algarves y falleció el 3 de marzo de 1793, teniendo apenas 54 años, gozaba de gran fama. Muy apenada, la viuda se retiró con sus hijos en sus propiedades de Almeirim y de Almada. Entregada a la educación de su prole, se vió prontamente estimada por todos gracias a sus obras benéficas para con los pobres, y por financiar una pequeña escuela para que enseñara a las niñas de familias humildes a coser, leer, escribir y a hacer las tareas domésticas propias de una mujer.

Muy considerada y respetada por la Familia Real, no tardó en ser nombrada dama de honor de la Princesa de Beira y de BrasilDoña Carlota Joaquina de Borbón, esposa del heredero del trono; se le encargó entonces elaborar los diseños para la decoración interior del Palacio de Ajuda pero que nunca llegó a ejecutar.

Tras la muerte de su padre en 1802, partió para Madrid y de allí a Londres, donde se demoró más de lo que tenía planeado al recibir inquietantes noticias de la invasión francesa y de la marcha al exilio brasileño de la Familia Real Portuguesa. En la ciudad del Támesis, frecuentó asiduamente los salones aristocráticos y elegantes de la alta sociedad, como también la casa del embajador luso Domingo de Sousa Couthino, conde de Funchal.


Don Pedro de Almeida, 3er Marqués de Alorna (1754-1813)

Pese a todo, la dama regresó a Portugal en 1809, encontrándose en una situación crítica: su hermano, el 3er Marqués de Alorna, Don Pedro, había marchado a Francia comandando la Legión Portuguesa tras haber mandado a Rio de Janeiro a sus hijos (fallecerían en la adolescencia). A instancias de los gobernadores del reino, la condesa vda. de Oeynhausen-Gravenburg fue invitada a abandonar sine die la ciudad del Tajo, por lo que se trasladó nuevamente a Londres, ciudad que no debía abandonar hasta 1813, cuando recibió por fin el permiso para regresar a su patria y se enteró del fallecimiento de su hermano. De vuelta a Portugal, residió en casa de su nieto el Marqués de Fronteira (Don José Trazimundo de Mascarenhas Barreto), en Benfica. Se dedicó entonces en rehabilitar la memoria de su difunto hermano, condenado como traidor a la patria por haber servido en el ejército napoleónico. Su lucha duró un decenio, harto difícil pero constante en su empeño, la condesa consiguió que el nombre de su hermano fuera borrado de la lista negra de los traidores y fue solamente en aquella época que nuestra dama pasó a ostentar públicamente el título de 4ª Marquesa de Alorna y 6ª Condesa de Assumar, como heredera de su hermano, último representante masculino de su linaje.

En 1822, su hijo el Conde Don Carlos-Ulrico de Oeynhausen-Gravenburg (14 de agosto), fallecía sin descendencia y la dejaba en la más absoluta tristeza. El título condal, heredado de su padre, era alemán y la titularidad acabó perdiéndose.

Su hija primogénita, Doña Leonor Benedita, había casado con el Marqués de Fronteira quien, andando el tiempo, pasaría a heredar del marquesado de Alorna por Real Decreto del 22 de octubre de 1839 y Real Carta de Julio de 1844. En cuanto al condado de Assumar, se declaró extinto y revirtió a la Corona.

Otras de sus hijas: Juliana, casaría sucesivamente con el 2º Conde de Ega, y con el ruso Conde Strogonov; Henriqueta sería dama de honor de la reina Maria II; Luisa contraería matrimonio con Heliodoro Jacinto Carneiro de Araújo, gentilhombre de la Casa Real y consejero privado del rey Juan VI.

En 1826, la Marquesa de Alorna acude a la solemne apertura de las Cortes, en calidad de camarera mayor , y en 1828 como dama de honor de la Infanta Isabel Maria, en cuya sesión la infanta entregaba el Gobierno a su hermano, el Infante Don Miguel. Asistió al Te-Deum celebrado en honor de Don Pedro IV y Doña María II, cuando éstos entraron en Lisboa; presente en las exequias de Don Pedro IV, en la boda de María II con el Príncipe Augusto de Beauharnais-Leuchtenberg, no pudo hacer acto de presencia en el segundo enlace de la soberana con Don Fernando de Sajonia-Coburgo-Gotha, por su avanzada edad; aquello no impidió que los reyes fueran luego a visitarla en su residencia de Benfica.
La reina Maria II le concedió la banda de la Orden de Santa Isabel. La Marquesa de Alorna fue también dama de la Orden de la Cruz Estrellada (Alemania).

Fallecería a sus 89 años.

Las obras de la Marquesa de Alorna serían publicadas póstumamente, al menos en parte.

La Abuela

Su abuela, Doña Leonor Tomásia de Távora, condesa de Sao Joao da Pesqueira y marquesa de Távora (15-III-1700 / 13-I-1759), pertenecía a la más alta nobleza de espada lusa y de sus años como virreina de la India, había contraído la mala costumbre de verse tratada como una reina. Dotada de un carácter varonil, altiva, imbuída de su posición y de su persona, tenía fama de poseer un extraordinario a la par que difícil carácter.

Totalmente influenciada por su confesor y director espiritual, el Padre Malagrida (al que se tachaba de iluminado), como todas las damas de su casa, se convirtió en la musa y cabeza de proa del cenáculo de los reaccionarios portugueses, que se oponían a todo aquél que manifestaba el deseo de reformar el país. El palacio de los Távora pasaba entonces por ser el centro neurálgico de la oposición nobiliaria tanto en la corte lisboeta como en todo el reino.

La Marquesa de Távora era de aquellas que fustigaban el espíritu de la Ilustración que, muy a su pesar, ganaba adeptos y terreno en el Portugal de aquella época.


el Marqués de Pombal y Conde de Oeiras, Primer Ministro de Portugal.

El hecho de que el Rey José I -que tan solo tenía4 hijas-, delegase sus responsabilidades en su ministro Pombal, al cual la Távora no perdonaba su ambición, sus maneras de arrivista ni su procedencia hidalga, y que le daba carta blanca para hacer y deshacer todo lo imaginable en el país y en las colonias, recurriendo a las reformas más audaces sin consultar con la alta nobleza, resultaba inadmisible para aquellos encumbrados aristócratas a los que pertenecían ella, su marido y el duque de Aveiro. En consecuencia, nunca perdían la ocasión de ostentar públicamente el mayor de los desprecios hacia la figura del Marqués de Pombal.


Don José I, Rey de Portugal y de los Algarves (1714-1777)

No se imaginaban hasta qué punto el Rey estaba molesto y cansado de sus actitudes desafiantes. El mismo duque de Aveiro había abusado demasiado de la paciencia del monarca con sus sucesivas fechorías: tras raptar a una dama de ilustre cuna pero ya casada, se entregó a las peores bajezas para hacerse con los bienes y títulos del viejo y riquísimo duque de Aveiro, Don Gabriel Ponce de León y Lancastre, fallecido en 1745 sin herederos directos, y del cual no era más que un pariente lejano.

Pombal esperaba pacientemente su hora bajo la máscara de la discreta paciencia... hasta que la copa rebasó la del Rey y éste le instó a que se deshiciera de los Távora de la manera más expeditiva que cabe imaginarse. Cuando fue cosa hecha, José I le recompensó con el condado de Oeiras.

Pero Pombal no debía frenarse en tan buen camino y, de un tiro, derribó a dos: dictó la expulsión de los Jesuitas en 1758, acusados de connivencia en el atentado contra el Rey, y los deportó a Civitavecchia a modo de "regalo" para Su Santidad el Papa Clemente XIII; ordenó la marcha sine die del nuncio apostólico y llamó a Lisboa al embajador luso en el Vaticano.

El 12 de enero de 1759, la 3ª Marquesa de Távora y 6ª Condesa de Sao Joao da Pesqueira, Doña Leonor Tomásia de Távora (casada desde el 21 de febrero de 1718 con su primo-hermano Don Francisco de Asís de Távora, virrey de la India e hijo y heredero del 2º conde de Avor), inculpada como principal instigadora del atentado contra la vida del rey José I, apresada en su palacio la noche del 13 de diciembre de 1758 con su familia, trasladada y encarcelada en el palacio de Belém, recibió sentencia de muerte al encontrarse culpable de crimen de lesa-majestad; a la condena se unía la decisión del Tribunal a la confiscación de todos sus bienes muebles e inmuebles a favor de la Corona. A la mañana siguiente, 13 de enero, la infeliz dama subió al cadalso y fue decapitada la primera, siendo luego ejecutados su marido el Marqués de Távora y 3er Conde de Avor, Don José Mascarenhas, 8º duque de Aveiro y demás parientes tras sufrir lo indecible: atados a unas ruedas, les partieron brazos y piernas a golpes de palo, los despellejaron y los quemaron vivos hasta darles muerte.


13 de Enero de 1759: la bestial y pública ejecución de toda la familia Távora y de los duques de Aveiro, acusados de haber atentado contra el rey.

Nota:

Leonor de Almeida, Condesa de Oeynhausen-Gravenburg, 7ª Condesa de Assumar, Condesa de Alorna y 4ª Marquesa de Alorna, fue la hija primogénita del 2º Marqués de Alorna y 4º Conde de Assumar, Don Joao de Almeida Portugal y de Doña Leonor de Lorena y Távora. Mientras fue encarcelada junto con su madre y su hermana en el convento de Chelas, su padre fue preso en la Torre de Belém y luego trasladado a la fortaleza de Junqueira, como sospechoso de haber tenido conocimiento de la conspiración de los Távora-Aveiro. Dieciocho años después, y tras el fallecimiento del rey José I y el advenimiento de María I, todos los presos de Estado fueron liberados por orden de la nueva soberana, aunque muchos de aquellos rehusaron la libertad si no eran públicamente exculpados e inocentados. De entre ellos, nótese al Marqués de Alorna, cuyo único crimen fue estar emparentado con los Távora.


Don Joao de Almeida Portugal, 4º Conde de Assumar y 2º Marqués de Alorna (1726-1802)

Muchos de aquellos presos fallecieron antes de verse nuevamente en libertad; las duras condiciones en las que fueron encarcelados son por lo menos escalofriantes: malos tratos, hambruna, suciedad, parásitos, enfermedades derivadas de la insalubridad de aquellas infectas celdas acabaron con gran parte de esos presos políticos. El propio marqués de Alorna correspondía secretamente con su mujer e hijas escribiendo mensajes con su propia sangre, al carecer de tinta y de pluma.