LUIS XVI DE FRANCIA 1754-1793 (9)
el 25 oct En: Biografías Reyes de Francia - sin comentarios
Festejos & Truculencias Cortesanas

La Condesa de Brionne entre el Duque de Choiseul (a la izquierda) y el Abad Barthélémy (a la derecha).
Louise Julie Constance de Rohan-Rochefort, Condesa Vda. de Brionne, unía a la más viril de las energías un orgullo desafiando la razón. Su esposo, desaparecido en 1761, tenía de un tío-abuelo, el Príncipe Charles de Lorena, el cargo de Caballerizo Mayor de Francia, ilustrado antaño por ese galán y putero de Roger II de Saint-Lary, duque de Bellegarde, cuya valentía y prestanza habían elevado a las más altas cotas de la fortuna y por aquel Antinoo de Cinq-Mars caído por los mismos dones. Madame de Brionne ni siquiera tomó tiempo para llorar a un marido demasiado preocupado en ensillar a las mujeres como a los caballos. Una sola preocupación la tenía en vilo: asegurar la supervivencia del cargo para su primogénito, Charles-Eugène de Lorena, Príncipe de Lambesc, entonces con 9 añitos de edad. Por ello, importaba apartar a todo intermediario y sobretodo a Monsieur el Primer Caballerizo, Marqués de Beringhen, adversario tradicional de Monsieur el Grande. El duelo entre la Gran y Pequeña Caballeriza duraba desde su instalación en los dos edificios vecinos, separados por la gran avenida, y que se elevaban frente a la Plaza de Armas del Palacio de Versailles.

La Gran Caballeriza, alzándose frente a la Plaza de Armas del Palacio de Versailles, en un detalle pictórico del Real Sitio en 1715. El Gran Caballerizo de Francia dirigía y supervisaba las grandes caballerizas del Rey, con sus monturas de mano reservadas para el monarca y los príncipes exclusivamente, especialmente dedicadas a la guerra y a las reales cacerías,así como los pajes y los músicos. Mientras que el Primer Caballerizo dirigía la flotilla de carruajes, calesas, berlinas y trineos del Rey, y a los más de 700 caballos que debían tirar de ellos, en el edificio opuesto pero de idéntica construcción y amplitud.
El Príncipe Charles-Louis de Lorena-Harcourt-Armagnac, Conde de Brionne (1725-1761), Caballerizo Mayor de Francia.
Entonces, Louise se ofreció a llevar ella misma la Gran Caballeriza en espera de la mayoría de edad de su lobezno. Divertido, el Rey consintió. La Condesa velaba, de sus ojos de un azul profundo, sobre las monturas de Su Majestad como a la educación de sus pajes. El historiador Jacques Levron descubrió notas de la amazona y permaneció confundido por su gusto por el trabajo y la pertinencia de sus juicios; amaestra con firmeza a los caballos y a los jinetes sin omitir abandonarse a algunos señores. La lista de sus acompañantes, para ese último ejercicio, muestra menos originalidad que espíritu de familia; duerme con Su Eminencia Édouard de Rohan, su primo, cuando no se acuesta con Su Señoría el Duque de Choiseul, aliado del difunto Conde de Brionne.

Louise-Julie-Constance de Rohan-Rochefort (1734-1815), Princesa de Lorena, Condesa de Brionne; busto esculpido por Houdon en 1771. Tercera esposa del Conde de Brionne, fallecido en 1761, engendró dos hijos y dos hijas: Charles-Eugène, Príncipe de Lambesc (1751-1825), Maria-Josefa Teresa de Lorena, Princesa de Saboya-Carignano (1753-1797), Ana-Carlota de Lorena, Abadesa de Remiremont (1755-1786) y José-María de Lorena, Príncipe de Vaudémont (1759-1812).
Se le admira dirigiendo los carruseles de Su Cristianísima Majestad cuando se celebra el final de la pesadilla de la Guerra de los Siete Años, cuando escolta los restos del padre de Luis-Augusto de Francia y luego los de la bondadosa Leszczynska.
El Príncipe de Lambesc, llegada su mayoría de edad, recogería de manos de su inigualable madre el testigo para capitanear ese feudo ecuestre de gran prestigio. La condesa ha formado tan bien a ese joven señor, que repudiará siempre las nuevas ideas insufladas por los filósofos. El disgusto de Madame de Brionne sería breve; aparte del benjamín, Príncipe de Vaudémont, tiene a una hija y pretende casarla muy decentemente, y lo conseguirá, dando su mano a un Príncipe de Saboya-Carignano cuyo hijo sería el punto de partida de la Casa Real Italiana (Carlos-Alberto I de Saboya, rey de Cerdeña).

La Princesa Maria-Josefa "Josefina" Teresa de Lorena (1753-1797), Princesa de Saboya-Carignano; la hija de la altiva Condesa de Brionne contrajo matrimonio con el Príncipe Víctor-Manuel de Saboya-Carignano, duque de Carignano, en 1768 y fue la madre del rey Carlos-Alberto I de Cerdeña y Piamonte, padre a su vez de Victor-Manuel II, 1er rey de Italia...
"Los grandes caballos de Lorena están hartos de ceder el paso a los pequeños duques de Francia". Si admiten, no sin pena, la supremacía capetiana, les gusta recordar a quien quiera oirlo, que no existe más que a través de algunas alianzas carolingias. Unida a Felipe-Augusto, Isabel de Henao, descendiente del infortunado competidor de Hugo Capeto, Carlos de la Baja-Lorena, ¿no fue ésta madre de Luis VIII el León? La Casa de Francia no cesa en ser la usurpadora con el plenipotenciario del Tratado de Vaucouleurs, el vencedor de La Roche-aux-Moines perdido por la inoportunidad de sus campañas sobre las tierras arrasadas por los "Saint-Gilles". Es una gran desgracia que el duque Enrique I de Guisa no consiguiera destronar a Enrique III para recobrar los derechos de Carlomagno...
Madame la Grande alimenta semejantes amarguras? Las atribuirán, erróneamente, a los Príncipes de Lambesc y de Vaudémont que permanecerán en Viena cuando el Conde de Provenza reencontrará los palacios de sus padres. Sin embargo, no todos los "Caballos de Lorena" rechinan de dientes y la Condesa de Marsan, también nacida princesa de Rohan, prodiga los cuidados más bienintencionados a Mesdames Clotilde y Elisabeth de Francia, sigue sintiendo gran afecto por los tres hermanos.
La Condesa de Brionne, segura de su posición gracias a su relación con Choiseul, va al encuentro del Conde de Mercy d'Argenteau; sería, afirma ésta, llegar al colmo de la delicadeza que el honrar a Madame la Delfina a través de sus primos de Lorena, haciéndoles bailar justo después de los Príncipes de La Sangre. El embajador encuentra la sugerencia feliz, la hace suya y obtiene de Luis XV, preocupado por mimar a su querida nieta política y por distinguir una provincia recién adquirida, que el Caballerizo Mayor y su hermana den los primeros pasos en cadencia antes que los duques y pares franceses. La decisión del Rey es apenas conocida que la cólera empieza a tronar bajo las coronas de hojas de acanto, se infla bajo los mantos de armiño, silba entre las once áureas rejas de los yelmos de plata. Algunas damas aseguran que no volverán a ocupar su taburete, que dejarán Versailles antes que tragar semejante afrenta. Los árboles genealógicos gimen y se tuercen bajo la tempestad. En su sepulcro de La Ferté-Vidame, Su Señoría el Duque de Saint-Simon da un vuelco de horror...
El baile precediendo los fuegos artificiales, postpuesto ante el furor de los elementos, deberá darse el sábado. ¿El nuevo Azincourt de la nobleza francesa tendrá lugar? Mientras crepitan los fuegos del despecho, empiezan a propagarse malintencionados comentarios sobre la intimidad, demasiado relativa, entre Monseñor y la joven archiduquesa que recibía todos los sufragios excepto los de su esposo.

Sophie Arnould, soprano (1740-1802); la cantante de la Opera de París y su más brillante estrella, destacó a los 13 años cantando en un coro y de tal manera que la reina Maria Leszczýsnka quiso que se la contratase para su disfrute. Aparte de tener una voz celestial, que conquistó y enloqueció al público, se hizo célebre sobretodo por su gran y vivaz ingenio, y su agitada a la par que apasionante vida social y privada; entre sus amantes, se cuentan a los Duques de Brancas y de Chartres... Se retiró de los escenarios en 1778, con apenas 38 años de edad.
Luis-Augusto y Maria-Antonieta han disfrazado su aburrimiento cuando, la noche del jueves 17 de mayo, han vuelto a aquel marco de oro y de azul para asistir a la representación de la cual Quinault, genial plagiario, hizo el libreto y Lulli, rufián de sublimes armonías, la música. Dos rivales, Sophie Arnould y Mademoiselle Guimard, generosamente apodada "El Esqueleto de las Gracias" por su competidora, se oponen en esta versión de Perseo reducida de cinco a cuatro actos por un tal Joliveau. En el heróico recital de las aventuras del hijo de Zeus y de Danae, cómo omitir conjurar la frase del gran sacerdote:
"Oh dulce hymen, sé propicio a nuestros deseos!"
Al día siguiente, se extrañaron que Luis-Augusto partiera de madrugada a cazar; algunas cortesanas exclamaron:
-Es abandonar de muy temprana hora!
El Rey no se alarmaba:
-Son muy jóvenes aún!

Luis XV, rey de Francia y de Navarra (1710-1774); retrato según A. Lucas-Fauchon.
A decir verdad, tenía otros problemas: reconducir a la obediencia a los duques erizados por el favor otorgado a los Lorena. El más laborioso burócrata del Reino era también el primer gentilhombre; entre dos instrucciones a sus ministros, tomó el tiempo de mandar a los amotinados una carta cuya cortesía disfrazaba apenas una orden de requisición:
"La danza en el baile, escribía el Rey, es la única cosa que no puede traer consecuencia ya que la elección de los bailarines no depende más que de mi voluntad sin distinción de plazas, rangos o dignidades (...) Cuento con que los Grandes y la nobleza de mi reino, en virtud de la fidelidad, sumisión, afecto y hasta amistad que siempre me han demostrado, y a mis predecesores, no ocasionarán jamás nada que pudiera disgustarme sobretodo en esta circunstancia."
Todo era político; jamás había tomado tan profundamente sentido una exclamación del extasiado maestro Marcel:
-¡Qué de cosas en un minueto!
El viento de la rebelión parece entonces remitir. Ya no se arriesgaba a desertar la corte; algunos, por haber antaño jugado a ese juego, habían en provincia sucumbido al mortal aburrimiento. Algunas damas, sin embargo, iban a subrayar su mal humor llegando tarde. El baile se celebra en el Teatro Real de la Opera, joya de Versailles.
Luis-Augusto, Delfín de Francia (1754-1793) -futuro Luis XVI-.
Luis-Augusto y su mujer se inclinan ante el abuelo y rey e inauguran el baile, ella con una ignorancia de la cadencia no menos soberana que su gracia, él sin otra preocupación que la de acabar lo más rápidamente posible con aquella faena tediosa. El Conde de Provenza, en su afán de parecer desenvuelto, parecerá forzado y calculado. El Conde de Artois, demasiado natural y espontáneo, se desenvuelve con facilidad. Llegan luego los tristes minutos para las familias ducales; los minuetos acordados a los príncipes de Lorena, a los lobeznos de Madame La Grande. Para repararlo, el benjamín de los príncipes de Francia saca a la Duquesa de Duras y la nobleza titulada puede invadir la pista de baile. Maria-Antonieta no osa aún mezclarse pero acaba uniéndose con una "alemana" galantemente propuesta por el Duque de Chartres.

Maria-Antonieta de Austria-Lorena, Delfina de Francia (1755-1793)
A las diez de la noche, el Rey, toda la Familia Real al completo, el embajador de Austria Conde de Mercy d'Argenteau, abandonan el teatro para instalarse en la ventana central de la Galería de los Espejos, preparada como un palco. La Delfina tendrá el honor de encender la primera mecha de unos fuegos artificiales que maravillarán al Delfín a lo largo de una hora que parecerá demasiado corta, como todos los placeres de la vida. Los cielos se iluminan de mil fuegos, el trueno de los hombres se desencadena y Dios se abstiene aquella noche de aguarles la fiesta. Una fortuna se disipará en humareda espesa, acre, que satura la garganta de los espectadores. Pero a aquel estruendoso espectáculo le sucede las iluminaciones del parque de Versailles, con sus decorados paradisíacos, con teatrillos y palacios de las Mil y Una Noches.
Barcas cargadas de músicos, se deslizan sobre las aguas del Gran Canal mientras las fuentes inician sus coreografías acuáticas. Comediantes, acróbatas, bailarinas rivalizan para el deleite de unas trescientas mil personas.
Madame la Delfina quiere entonces descender y ver de más cerca aquellas maravillas. Luis XV le autoriza a recorrer el inmenso parque encantado a bordo de una calesa. Por todas partes la aclaman...
(Continuará)

Escribe un comentario