El Encuentro


Busto de Maria-Antonieta de Austria-Lorena, Delfina de Francia, realizado por Lemoyne en 1770.

Durante mucho tiempo, ciertamente, tanto el Delfín Luis-Augusto como la Delfina Maria-Antonieta no harán más que entreverse. El martes 15 de mayo, la regia comitiva se traslada a Saint-Denis donde Madame Louise, Princesa de Francia, ha tomado el velo entre las carmelitas y se ha convertido en Sor Teresa-Agustina. Si esta Infanta de Francia no tiene otra ocupación que la de conseguir, como aseguran algunas, la conversión de su padre, Su Cristianísima Majestad no adopta entonces la vía más directa para hacer las paces con el Cielo. De entre las treinta y nueve damas invitadas a cenar en el castillo de caza de La Muette, Luis XV no olvida incluír a la Condesa du Barry. Desde Carlos VII hasta Luis XIV, ninguno de sus más notables predecesores en el trono habría actuado de otro modo; Enrique IV, el Vert-Galant, brillaba por su cinismo llano mientras que el Rey-Sol incendiaba de sus rayos solares a todos los que contaban sus pecados. El Bien-Amado usaba de su antojo con más naturalidad y elegancia sin tener en cuenta que Viena, siempre dispuesta a considerar Versailles como la nueva Babilonia, transformará aquella reunión de la favorita y de la esposa del heredero en un Asunto de Estado; el embajador austríaco, Conde de Mercy d'Argenteau, es consciente del empecinamiento moralista de su inflexible soberana y comparte las vistas, sosteniéndolas, del clan Choiseul. Poco le importa que el visir pelirrojo tenga fama de amar a una hermana que se había propuesto ofrecer al Rey; lo importante para él, es arruinar la posición de la puta regia. Llega incluso a prevenir la Corte Vienesa de un eventual escándalo y acaba por creer él mismo en ello.


La Condesa du Barry, retratada por F.H. Drouais.

Luis-Augusto ve inclinarse la condesa ante su futura mujer no sin ofuscarse. Rubio milagro de vaporosidad, magnífica en un sencillo vestido inmaculado, llevando con discreción diamantes que harían palidecer a los sátrapas orientales, la condesa ha saludado la pequeña austríaca. Se intercambian amables cumplidos. La hija del César, de un gesto de cabeza perfecto, ha devuelto el saludo a la hija de Vaucouleurs. El Delfín, instruído de todas las intrigas, se espera lo peor. Los maitres instalan a los comensales.

Madame du Barry, bastante alejada del soberano y de la archiduquesa, les sonríe. Luis XV cruza su mirada y se inclina hacia su nieta política:
-¿Cómo encontráis a esta dama?
La archiduquesa de título secular mira a la condesa de vísperas, sin molestarse aún por una belleza tan prodigiosa que eclipsa a todas las demás, y sentencia:
-Encantadora.

Continúa el desfile de bandejas y platos. El Delfín, como de costumbre, come bastante poco mientras que Luis XV, como siempre ha sido, da buena prueba de su apetito. Maria-Antonieta desea informarse y se dirige hacia la Condesa de Noailles para enterarse de cual es el papel de esa hermosa mujer en la corte, y de la cual parece preocuparse el Rey. La dama de honor marca un tiempo de dubitativo silencio, construye una perífrasis:
-Sus funciones...??? Divertir al Rey.
-En este caso, me declaro su rival! espeta la Delfina.

Madame de Noailles disimula mal su incomodidad. Algunos comensales lo han oído, van a repetir la respuesta de la ingénua. Maria-Antonieta no perdonará más que tardíamente a los demás el malentendido y jamás se repondrá. Si habla maravillosamente el francés, ignora totalmente los matices de la lengua de Marivaux...


La Archiduquesa Maria-Antonieta de Austria-Lorena, Delfina de Francia (1755-1793).

Pronto, los clanes envenenarán a placer la herida del amor-propio de la joven, haciéndole adoptar en el momento en que se convierte en alguien importante pero sin poder, un comportamiento desagradable para el Rey, irritante para su marido, odioso para la favorita.

Mañana Versailles.
Maria-Antonieta, tras aplaudir ante los presentes y fastuosos regalos de Luis XV, duerme su última noche de archiduquesa. Mañana finalizará el viaje de veintiseis días.
Luis-Augusto acaba una vida de joven soltero, tan breve como laboriosa, tan rústica entre las grandezas y tan sencilla entre las intrigas que habrá pasado como un sueño.

La Boda



Grabado reproduciendo la unión entre el Delfín Luis-Augusto de Francia y la Archiduquesa Maria-Antonieta de Austria-Lorena, el 16 de mayo de 1770 en Versailles.

La noche de aquel miércoles 16 de mayo de 1770, Monseñor el Delfín siente una satisfacción mediocre a la hora de evaluar su jornada. Juzgó de mal gusto la pequeña ceremonia de la que acaba de padecer los ritos trasnochados. Sonaba medianoche cuando, arrasados de cansancio, los jóvenes desposados, acabadas las solemnidades del acostar, tomaron plaza en la misma cama. Después, las cortinas fueron echadas y, al instante, reabiertas para que cada uno de los testigos pudiese asegurarse de las facultades acordadas al heredero del trono para perpetuar legitímamente la raza de San Luis.


Luis-Augusto, Delfín de Francia (1754-1793) y futuro rey Luis XVI, representado en un grabado perteneciente a una serie dedicada a los trajes de corte en Versailles.

Desde aquella mañana, Luis-Augusto no encontró ocasión para regocijarse. De madrugada, abandonaba los atlas en beneficio de la domesticidad, para interpretar su "despertar" con aquel ballet de caballeros ocupados en ejecutar con precisión su papel correspondiente; lavado, perfumado, no afeitado pues aún permanece imberbe, peinado, empolvado, revestía un pesado vestido hilado de oro. En días normales, le pasaban la banda azul de la Orden del Espíritu Santo entre el chaleco y la chaqueta, pero para aquella excepcional ocasión, y por orden del Rey, le ponían la ancha cinta de muaré por encima de aquel traje de mil fulgores.
En aquella corte de autómatas constituída por Enrique III, resucitada por Luis XIV con el fin de someter y mantenida por el Regente y por Luis XV, nada importaba excepto el porte. Era preciso, para triunfar, hablar a veces, saber perder en una mesa de juego, cruzar la espada de cuando en cuando, reirse en el momento oportuno, bailar con gracia y brillar en el arte de tomar todas las máscaras. Luis-Augusto las rehusaba todas, no bromeaba más que extrañamente al modo de los Estuardo, hundía en la aflicción a sus maestros de danza, apreciaba tan solo las cartas geográficas y únicamente conservaba del abanico versallesco un profundo conocimiento de la esgrima.




La Capilla Real de San-Luis, en el Palacio de Versailles.

Era la una cuando los dos jóvenes hicieron su entrada en la capilla real de San Luis de Versailles. Maria-Antonieta parecía tan ligera como los angelotes revoloteando bajo la bóveda; Luis-Augusto caminaba tan contundentemente como un dragón descuajeringado. Ella contestó con gracia. Él lo soltó con voz en falso a decir de los malintencionados. Sin embargo, cuando se tuvo que firmar en el registro parroquial, él paragrafó elegantemente mientras que ella dejó caer un pastelazo de tinta.


El Palacio de Versailles, fachada a los jardines y el parterre Norte.

A las tres, una tormenta había reventado el cielo plomizo. Versailles es el palacio menos preparado para las tempestades; dotado de tejados planos, privado de persianas, más decorado que habitabilidad, el templo, construído para un dios, es inhóspito para los humanos. Himno al Sol, se vuelve lúgubre cuando en las horas diurnas el astro rey se ausenta.

Ya en tiempos de Luis XIV, la Marquesa de Maintenon, echando de menos las persianas, exhaló una queja:
-Tendremos pues que morir en simetría!

La falta de respeto meteorológico no parece entonces pesar demasiado, igual que los años, a Su Cristianísima Majestad. El Rey juega ante una alfombrilla verde ribeteada de oro, una partida de "cavagnole" (juego de cartas), cuando llega la mala noticia: los fuegos artificiales son aplazados. Al Delfín le entristeció; adoraba los ramos, ramilletes y arabescos bordando de oro el manto de la noche.

El juego siguió su curso mientras fuera la lluvia se hacía más violenta. En el exterior, el gentío se calaba hasta los huesos, apartó las vallas, penetró en el palacio. Incluso desde aquel fallido atentado de Damiens, la guardia real seguía confiada. Curiosos con tricornios de alquiler, patosos en su marcha con aquella espada al costado, irrumpían en salones y galerías, mirando a los beneficiarios de las grandes entradas. A Luis XV le gustaban aquellos desórdenes bien templados.



El Teatro de la Opera de Versailles; vista al escenario.


El Teatro de la Opera de Versailles, vista desde la platea.



La cena sería servida en el suntuoso Teatro de la Ópera, milagro de oro y de azur, encendido por quince arañas de cristal y haciendo centellear de mil brillos aquellos ríos de diamantes sobre los bustos de las damas, demasiadas veces intercambiados por castillos y tierras, encendiendo chispas sobre los bordados y las pasamanerías de los uniformes que valían más de un año de sueldo de un teniente. A modo de espectáculo inaugural, sobre la tarima cubriendo la platea, se despliegan los fastos de la cena ofrecida por el monarca a su familia. El Protocolo toma la delantera a la usanza corriente y moliente; no hay alternancia entre príncipe y princesa. A la diestra de Su Majestad, el Delfín, a la izquierda, la Delfina, pero a la derecha del Delfín el Conde de Provenza. A la izquierda de la Delfina, el Conde de Artois. Al lado de Provenza, su hermana Clotilde, de once años. Del lado de Artois, ninguna hermana: Madame Elisabeth, con sus tiernos 6 años, no puede participar en el evento; a cambio, dos tías: Madame Adelaida, la intrépida sargento, y Madame Sofia, apenas repuesta del susto ocasionado por los truenos. Tras la enumeración de las ocho Altezas Reales, pasamos a las Altezas Serenísimas, poco serenas en verdad cuando tienen que franquear una puerta abierta a medias. Tras los Orléans, vienen los Condé, luego los Conti, finalmente el Duque de Penthièvre con su nuera, la Princesa de Lamballe, víuda de un mal sujeto devorado por la viruela.

¿Es en ese momento que la Delfina compadece la tristeza de la última de sus nuevas parientes? Pronto le concedería, con su amistad, la superintendencia de su casa.



La célebre Galería de los Espejos del Palacio de Versailles.

El teatro había sido largamente deseado y planeado por Luis XV, pero varias veces aplazada su instalación, dando así a su arquitecto el tiempo suficiente como para que pasaran de moda los excesos del rococó, y cediera a las gracias del neoclasicismo. Hasta entonces, Versailles no poseía teatro alguno como tampoco sala de fiestas. Para la comedia, el baile y el banquete, se utilizaba la Galería de los Espejos. A veces, se elevaban edificios efímeros no menos onerosos a destruir que a fabricar... El Rey, poco dado al derroche innecesario, había esperado a lo largo de quince años cuando se tuvo por seguro el matrimonio franco-austríaco. El arquitecto Gabriel, autor del Petit-Trianon y de la remodelación de las dos alas de Versailles (la del Rey y la de la Reina) que dan al Patio de Armas, se asustó por la brevedad de tiempo concedido pero mantuvo el compromiso; el teatro se construyó en un tiempo récord... y con qué resultado!

El Rey aconseja al Delfín:
-No os carguéis demasiado el estómago para esta noche.
El nieto, extrañado:
-¿Por qué? Siempre duermo mejor cuando he cenado bien.

Pero dos hechos reducen esta conversación anecdótica a simple mentira; el Delfin come poco, como de costumbre, y Luis XV sentado a ocho pies de su heredero (eso equivale a 2m. 44 cm. / 1 pie equivale a 0,305 cm.), no habría arriesgado en modo alguno semejante consejo en voz alta.

Tras la cena, la corte abandona el teatro para agolparse a las puertas de los Apartamentos de la planta baja. Allí, el Cardenal de La Roche-Aymon bendice la cama de los recién casados. La encantadora Duquesa de Chartres, nuera del Duque de Orléans, presenta el camisón a Maria-Antonieta; Luis-Augusto recibe el suyo de manos de un abuelo preocupado en darle los consejos de última hora. La Delfina, acostumbrada al tono rústico de las cortes alemanas, se divertía con esta ceremonia menos religiosa que campesina. El Delfin deja entrever su enervamiento. No es el primer príncipe de su raza en sufrir esos ritos menos favorables a la obra carnal que propicias al sueño o a la inhibición. Su padre había tomado a mal la indiscreta sesión tanto en su primer matrimonio, porque le consumían las ganas de yacer junto a su difunta Maria-Teresa, como en el segundo porque dudaba en ir a descubrir los encantos de Maria-Josefa. Más graves fueron las consecuencias de esa fiesta íntima sobre el padre del Rey-Sol; una iniciación brutal y prematura que heló a Luis XIII, acentuando sus recelos hacia las mujeres y estimulando lo que podía haber de anormal en sus instintos sexuales.

Piadoso y sumiso, Luis-Augusto permanece descontento de su jornada, y aunque Maria-Antonieta aparezca a sus ojos como un milagro de nácar y de rosa, la joven no corresponde en nada a la idea que un joven puede haberse hecho de la mujer. La Delfina permanece delicada, tan niña, que los juegos con ella permanecen prohibidos. Le desea las buenas noches y se diluye en los brazos de Morfeo...

(Continuará)