LUIS XV DE FRANCIA "El Bien Amado" 1710-1774 (3)
el 28 may En: Biografías Reyes de Francia - sin comentarios
La Vida cotidiana de un monarca

Luis XV de Francia (1710-1774); retrato al pastel según Quentin de La Tour.
El régimen alimenticio de Luis XV se hallaba infinitamente por debajo del pantagruélico apetito de su bisabuelo y predecesor, Luis XIV. A pesar del interminable desfile de platos y bandejas, Luis XV se contentaba con un potaje, carne de ave como perdices y pichones, capones o pavo, viniendo luego algo de cordero, buey o ternera. Nada de legumbres y casi nada de postres. Tan solo gusta de compotas, frutas y alguna que otra galleta. El almuerzo de Su Majestad suele concluír antes de una hora. Se sentaba a una mesa cuadrada (no podía ser redonda, ovalada ni rectangular), que simbolizaba la unidad del Estado y la perfección alegórica de la Monarquía Francesa, hacia la una del mediodía. A las dos menos cuarto se levantaba de la mesa, yéndose a su vestidor para endosar su traje de caza y calzar las botas de cuero negro bien engrasadas y abrillantadas, para montar su caballo y cazar el ciervo (de tres a cuatro veces a la semana), cuando no optaba por ir en carroza abierta, fusil en mano, a cazar algunas perdices en el parque de Versailles. En un día llegaría a abatir 440 piezas.

El Castillo de La Muette, en las cercanías de París y colindante al Bosque de Boulogne, donde Luis XV solía reunirse con su séquito para las partidas de caza o para retirarse de la corte con sus amigos.
En otra ocasión, llegaría a recoger 105 piezas cazadas en menos de dos horas. Caza en sus reales sitios de Compiègne, Fontainebleau, Choisy y La Muette. La partida de caza suele concluír alrededor de las 5 de la tarde, regresando el rey a palacio para tomar una merienda o refrigerio amenizado con conciertos y un baile tres veces por semana, cuando no hay teatro, que entusiasma al monarca. Dos días de la semana son consagrados a los juegos de mesa. Tres veces a la semana, el rey y la reina almuerzan o cenan en "Gran Cubierto", que se dispone y se sirve en la antecámara de la Sala de Guardias del Apartamento de la Reina, sentándose juntos los reyes, de espaldas a la chimenea, acompañados por sus parientes y primos, los príncipes y princesas de la Sangre: los príncipes de Condé, de Conti, los duques de Orléans, de Maine y de Penthièvre-Toulouse, que son invitados a compartir mesa sentados según el riguroso orden de sucesión y primogenitura. La "Etiqueta" o protocolo regio rige de manera inflexible la vida cotidiana de palacio. En ciertas ocasiones, como en 1727, los reyes comen tanto que sufren de indigestión al mismo tiempo. Resumiendo, Luis XV ha respetado hasta en sus más nimios detalles las costumbres de su bisabuelo. Todo se desarrolla como hace sesenta años atrás, los mismos días y a las mismas horas.

El Palacio de Versailles (panorámica a vista de pájaro), con su gran patio de honor y plaza de armas.
Palacio de Versailles: el Patio de Mármol; las ventanas centrales de la planta noble corresponden a las de la alcoba real, con su largo balcón descansando sobre 8 columnas de mármol rosa del Languedoc. El reloj del ático, se detuvo el día en que Luis XVI y la Familia Real abandonó el palacio para trasladarse a París...
El Palacio de Versailles, obra magna del anterior reinado y tantas veces emulada por los demás soberanos europeos, rebosa de cortesanos, príncipes y servidumbre; son más de 2.000 los que allí viven, y se contabilizan unos 4.000 que suelen pasar el día por sus obligaciones, teniendo residencia propia en las cercanías de palacio. Cada una de estas personas que pueblan las estancias, galerías, pasillos, escaleras y golfas de Versailles, tienen un cargo remunerado y una tarea concreta que cumplir. Se sabe que Luis XV es tan estricto y puntilloso en todo cuanto se refiere al protocolo, que no tolera ni sufre infracción alguna. Si un cortesano, sea civil, militar o clérigo, va más allá de sus atribuciones y de lo que le es permitido por su rango, Su Majestad no duda en admonestar al imprudente con dureza. Fuera de la vida pública, el rey es sencillo en sus costumbres y ciertamente de trato campechano.
La alcoba de gala de Luis XIV en Versailles, tal y como era en su época.
Hasta el año 1738, Luis XV dormirá en la lujosa y pomposa habitación de gala de su bisabuelo, auténtico corazón de Versailles y de Francia, pero francamente gélida en invierno. Tras las deslumbrantes apariencias de sus estancias, el asunto de la calefacción, en lo más crudo del invierno, se convierte en un problema y una molestia para el real inquilino, familiares y cortesanos: las chimeneas tiran mal y ahuman. Cambiará entonces la solemnidad de aquel cuarto dorado por un dormitorio más acogedor y mejor calentado, instalado en el antiguo gabinete de pelucas y la sala de billar de Luis XIV; para tal fin, mandará a sus arquitectos abatir la pared que separa esas dos estancias para convertirlas en una sola, en su alcoba privada. Sin embargo, siempre fiel a la tradición, sea en invierno o en verano, Luis XV fingirá acostarse y levantarse en la alcoba de gala para las pomposas ceremonias del "despertar" y del "acostar" con la asistencia de los grandes dignatarios de su corte, yendo y viniendo de su alcoba privada, arropado en su albornoz, atravesando el gran salón azul y oro del "Gran Consejo", que separa las dos alcobas.
Por las mañanas, apenas levantado, enciende él mismo la chimenea de su alcoba sin despertar a su ayuda de cámara, que duerme al pie de su cama acomodado en una pequeña litera, y se traslada acto seguido a la alcoba de gala. Una vez acostado de nuevo, da la orden de que pasen sus pajes y criados, luego entran los príncipes de la Sangre y los Oficiales de la Corona y, después, los cortesanos que hayan recibido el derecho de "gran entrada", que llevan esperando en la antecámara del "Ojo de Buey" desde el alba. En presencia de todos, el rey reza sus oraciones matutinas para luego incorporarse y dejarse afeitar, lavar, peinar y vestir. Antes de enfundar su traje previamente escogido, toma su desayuno que, según el día, varía: una taza de café o de caldo de pollo; si tiene hambre, come patés y algo de fruta acompañada de una copa de vino tinto. Su predecesor era más frugal en ese aspecto.

Luis XV, Rey de Francia y de Navarra (1710-1774); retratado por F.H. Drouais, en la década de 1770 (Museo de Versailles y de Trianon).
Luego se traslada a la capilla real para oír misa junto con la reina y, después, se dirige al gabinete del "Consejo", recibiendo uno por uno a sus ministros. Cada ministro o secretario de Estado tiene programado su día de entrevista con el monarca: al rey le gusta estar al corriente de todos los asuntos llevados por cada uno de sus ministerios. Nunca falta a las celebraciones de los consejos: consejo de Estado el miércoles, consejo de Finanzas el lunes y el viernes, consejo de Despachos el jueves. Los días en que no se reúne con sus ministros, Luis XV se sienta en su despacho donde pone al día su numerosa correspondencia. Escribe y mucho: a sus amigos íntimos, a sus parientes, a las personas de confianza.
Con frecuencia, los fines de semana están reservados a las ceremonias públicas que suelen celebrarse, dependiendo de la importancia, o en su gabinete de trabajo o en su alcoba de gala: recepciones de embajadores o de enviados especiales de distintas cancillerías europeas (llamados "embajadores extraordinarios"), incluso de soberanos en visita "oficial" o "privada" en Francia; audiencias a los miembros del Parlamento, de la Universidad de París, juras de los nuevos mariscales, firma de contratos matrimoniales y, sobretodo, presentaciones de gentes de alcurnia admitidas a "los Honores de la Corte" (que se llamaban "Nobleza Presentada").
Cada domingo, el rey recibía a puerta cerrada al Intendente de Correos, el Señor Jannel. Éste ponía al corriente a Su Cristianísima Majestad del secreto de las correspondencias que habían sido abiertas durante la semana. Ninguno de los "Grandes" del reino escapaba de la estrecha vigilancia del Rey. Seis especialistas se encargaban de despegar cuidadosamente los sellos lacrados de las cartas sospechosas, para copiar sus contenidos y volverlas a pegar con una maestría inigualable y de manera tan hábil, que resultaba imposible que el destinatario o el remitente se percatasen de lo ocurrido. Pese a que hoy en día se mire este "espionaje" como una violación de la privacidad de las cartas personales, la operación resultaba tremendamente necesaria...
Muchos altos cargos, ministros y secretarios de Estado, persiguiendo una política personal, escribían al extranjero poniendo en peligro la seguridad del país en muchos aspectos. Ciertamente, la seguridad del Estado requería e imponía la existencia del "Gabinete Negro" (despacho secreto interior, vecino al despacho del rey, al que se accedía por una puerta secreta hábilmente disimulada en uno de los paneles de madera tallada de una de las paredes). Pese a esa censurable práctica, Luis XV tenía el gran mérito de nunca emitir un juicio sobre alguien que andaba siendo vigilado tras leer su correo, ni condicionarse para concederle un cargo importante en su Gobierno. A lo peor, esas lecturas contribuían en acrecentar su escepticismo o su indiferencia hacia los cortesanos y ministros.
Luis XV de Francia en uniforme militar, en 1726; retrato según Jean-Baptiste Van Loo (Museo de Versailles y de Trianon).
En cuanto a la vida itinerante de la corte de Luis XV, hay similitud con los anteriores monarcas. Pese a que Versailles era la "capital de la corte y del Gobierno de Francia", el verdadero centro neurálgico del reino, el rey y sus cortesanos hacían y deshacían sus equipajes con regularidad dependiendo de las estaciones y fechas señaladas. Así, en 1728, el monarca abandonaba Versailles para una estancia en el Real Sitio de Marly del 2 al 31 de enero. Del 2 al 13 de febrero, se trasladaba otra vez a Marly. El 1er día de abril, se alojaba en el castillo de Rambouillet, residencia de la Condesa Viuda de Toulouse (su prima política), pernoctando allí 30 noches en total. Del 4 al 30 de junio, la corte dejaba Versailles para instalarse en el Real Sitio de Compiègne. De vuelta a Versailles, Luis XV volvió a Rambouillet del 9 al 12 de julio para cazar. Vuelto a Versailles, volvía a marchar para una estancia en el Real Sitio de Fontainebleau del 18 de agosto hasta el 17 de septiembre: allí se celebraba la festividad de San Huberto, patrón de los cazadores. Durante aquel año de 1728, se contabilizó que el rey había pernoctado un total de 207 noches en el Palacio de Versailles... Evidentemente, las estancias en los distintos reales sitios variaban de un año a otro, como en 1730: 52 días en Marly, 50 en Fontainebleau, 17 en Marly, 46 en Compiègne, 33 en Rambouillet, 17 en Marly y 52 en La Muette, dando un balance de 267 días fuera de Versailles y 98 días restantes que sí los pasó en Versailles.

El Castillo Real de Compiègne, a 80 Km. al Noroeste de París; de un antiguo castillo medieval de proporciones muy modestas, utilizado como coto de caza por los reyes, Luis XV ordenó la construcción y ampliación actual en 1751; las obras finalizaron en 1786, reinando su nieto Luis XVI.

El Castillo Real de Fontainebleau, al sur de París; la residencia real renacentista se debía a Francisco I, en el siglo XVI. Los sucesivos monarcas contribuyeron a su ampliación: Luis XIV y Luis XV fueron los últimos que llevaron a proporciones gigantescas la residencia real considerada la más hermosa de todas.
Un abogado chismoso parisino, J.F. Barbier, siempre enterado de todos los cotilleos de la alta sociedad, afirmó erróneamente que las razones por las que Luis XV pasaba gran parte del año fuera de Versailles, era porque detestaba aquel palacio. En parte no es cierto: Luis XV no huía del palacio en sí, sino de la rigidez protocolaria que implicaba el vivir en una residencia oficial como Versailles, auténtico templo de la Monarquía Gala. Fuera de Versailles, fuese en Fontainebleau o en Compiègne, el protocolo se suavizaba y, tanto el rey como los cortesanos dejaban a un lado el hieratismo y la pomposidad glacial. En su castillo de caza de La Muette, por ejemplo, allí el monarca se rodeaba tan solo de sus más íntimos amigos y viviendo como un simple particular. En su palacio de Marly, el soberano se rodea de cortesanos designados a dedo, apreciados por él, y con los que puede dar rienda suelta a su pasión por los juegos de mesa y las veladas animadas. El hermoso palacio renacentista de Fontainebleau, la " verdadera residencia de reyes" tal y como lo bautizó el propio emperador Napoleón I un siglo más tarde, servía para acoger en su totalidad a la numerosa corte durante casi todo el otoño. De hecho, durante el reinado anterior, se había ampliado la superficie del real sitio con alas añadidas, cosa que también haría Luis XV ante la demanda de más espacio. Era allí donde toda la Familia Real celebraba la festividad de San Luis IX de Francia (25 de agosto), santo del Rey, y la festividad de San Huberto (3 de noviembre), patrón de los cazadores como antes hemos señalado. Ambas fechas eran muy importantes en el calendario real y suponían días festivos para todos los franceses.

Aspecto general del Castillo Real de Fontainebleau (recreación del real sitio).
Compiégne y su palacio eran como Fontainebleau, un enorme coto de caza, que se podía comparar al Real Sitio de Chambord (convertido en residencia oficial de los padres de la reina María, el rey Estanislao I y la reina Catalina de Polonia). Gustaba al monarca, pero las constantes obras que había encargado a sus arquitectos para ampliar el palacio y rehacer las fachadas de manera uniforme, le impedían usar con comodidad sus aposentos y alojar a toda la corte.
Rey constructor, Luis mandará erigir dos pabellones de caza sobre sus rutas habituales: Le Butard y Fausses-Reposes. El castillo de La Muette era el más importante "rendez-vous" de caza del soberano y de sus amigos, sin duda por la proximidad al Real Sitio de Saint-Germain-en-Laye, entonces residencia oficial del príncipe Jacobo III Estuardo, duque de Albany (hijo del destronado rey Jacobo II de Inglaterra), pretendiente legítimo al trono de Gran-Bretaña.

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