8ª Parte

Paz y Optimismo

Concluída su peligrosa empresa en Extremo Oriente, Nicolás II reanudó con su sueño de Constantinopla o el de la dominación de los Balcanes, que venía a ser lo mismo. Sin embargo, su sueño chocaba contra un obstáculo insalvable: el Imperio Austro-Húngaro. Para salvar aquella infranqueable barrera, Nicolás se permitió el lujo de jugar a un juego peligroso: dejar que sus oficiales y agentes sembrasen la agitación en el Imperio Austríaco, particularmente en Bosnia y Herzegovina dónde florecían infinidad de sociedades secretas. Incluso permitió la creación de una Liga Balcánica que, según el presidente francés Raymond Poincaré, contenía en sí el germen de la guerra contra Turquía y contra Austria, estableciendo la hegemonía rusa sobre todos los reinos Eslavos.


Nicolás II, Zar y Emperador de Rusia de 1894 a 1917

La Liga Balcánica declaró entonces la guerra a Turquía y sus inesperadas victorias fueron ampliamente celebradas en San Petersburgo. El aumento territorial de Serbia y su creciente arrogancia empezaron a preocupar seriamente a la diplomacia británica. El embajador de Gran-Bretaña en Viena, Sir Fairfax Cartwright escribiría a Londres: "Serbia puede algún día sembrar la discordia en Europa y provocar un conflicto mundial en el Continente. No puedo describiros en qué grado se está exasperando aquí la gente por la contínua preocupación que ese pequeño país, animado por Rusia, está ocasionando a Austria..."

A muchos de los consejeros del zar les había decepcionado que Nicolás no hubiese llevado a Rusia a la guerra de los Balcanes. A punto, sin embargo, estuvo de sucumbir a sus insinuaciones, pero la intervención de Raspútin con su sempiterna advertencia a la zarina ("Temed la guerra"), echó al traste con el asunto. La emperatriz se cuidó de disuadir a su marido y la anécdota llegó a ser incluso de dominio público. En diciembre de 1913, el periódico del Santo Sínodo aludía sarcásticamente al papel político de Raspútin con esta reseña: "El que el año pasado escapásemos a la guerra, se debe al santo starets que dirige nuestra política exterior, por lo cual debemos de estarle profundamente agradecidos..."


Vladimir Ilyich Ulianov Lenin (1870-1924)

Había otros, aparte de los Paneslavistas, que sufrieron una terrible decepción por el mantenimiento de la paz: Lenin y sus amigos revolucionarios. Escribió a su amigo Gorki, que se encontraba dirigiendo una escuela para revolucionarios en la Isla de Capri: "Una guerra entre Rusia y Austria sería algo muy provechoso para la revolución (...) pero no es probable que Francisco-José y Nikolasha quieran hacernos este favor."

No iban bien las cosas para los revolucionarios bolcheviques en 1913, porque la industria rusa gozaba de una gran prosperidad. La producción iba creciendo, se desarrollaba el comercio, las reservas de oro crecían. También las huelgas se multiplicaban, pero los patronos las desdeñaban con optimismo, atribuyendolas a achaques previsibles del desarrollo industrial. Un historiador soviético, recordando aquella época de florecimiento, decía que Rusia estaba entonces progresando rápidamente a tenor del desarrollo capitalista, alcanzando el nivel de otros países capitalistas más antiguos. Incluso la agricultura se estaba extendiendo como consecuencia del cambio de la política del Gobierno. Antes, ese mismo Gobierno se había servido de multitud de artimañas para conservar las posesiones de los terratenientes; ahora había empezado seriamente a estimular las cesiones de tierras a los campesinos para que se trabajaran y producieran. Entre 1906 y 1913, el Banco Rural del Estado había comprado a los terratenientes y revendido a los campesinos más de 20 millones de acres de terreno. Incluso León Trotski admitió que en los años anteriores a la guerra, se había observado un gigantesco progreso; la agricultura, según él, había entrado en una fase de indudable auge capitalista, y la exportación de productos agrícolas de Rusia subió entre los años 1908 y 1912, de un billón a un billón y medio de rublos.

En 1912 fue elegida la IVª Duma. En ella había tan sólo un puñado de extremistas marxistas, ocho mencheviques y seis bolcheviques dirigidos por Lenin desde su refugio de Austria. Los mencheviques eran entonces el partido de la mayoría, y Lenin era tan pobre que le resultaba difícil sobrevivir. Su principal medio de vida era el exiguo sueldo que el partido podía pagarle y que a veces distaba mucho de ser suficiente, de modo que en 1913 incluso había barajado la conveniencia de abandonar su labor en Austria, emigrar a Inglaterra y buscar algún medio para ganarse el sustento.


Josef V. Stalin (1879-1953); fotografía de 1894.

El hombre de Lenin en San Petersburgo fue Josef Stalin, quien fundó en 1912 el diario "Pravda". Aunque este periódico prosperó a lo largo de dos años y logró una tirada de 40.000 ejemplares, Stalin fue detenido por la policía en 1914 y deportado a Siberia.
Las filas iban haciéndose menos compactas. Según Kerensky, diputado laborista recientemente elegido para la IVª Duma, ya no había necesidad de ninguna actividad clandestina. El público se había acostumbrado a la libertad de prensa, a las reuniones políticas, a partidos y a clubs políticos. En la Duma, se podía expresar las opiniones de todas las clases sociales al existir una total libertad de palabra para los diputados. Los antiguos métodos clandestinos de conspiración, propios de la actividad revolucionaria, habían pasado a la historia.

Con todo, la inquietud en el ámbito industrial iba en aumento. En 1910, hubo 222 huelgas; en 1914, entre los meses de enero y julio, más de 4.000.

Guerra

En los primeros meses de 1914, muchos estadistas europeos creían que el peligro de una conflagración a escala mundial había pasado. David Lloyd George incluso se permitió escribir con optimismo que "Jamás ha estado el cielo con un azul más perfecto". Seis meses después, un grupo revolucionario de Bosnia, adiestrados y alentados por el jefe serbio de la oficina de Información, estimulado a su vez por el agregado militar de la embajada rusa en Belgrado (que operaba con el beneplácito de San Petersburgo), dispararon sobre el archiduque Francisco-Fernando de Austria y su esposa morganática Sofía Chotek, duquesa de Hohenberg.


el Archiduque Francisco-Fernando de Austria, Kronprinz de Austria y de Hungría (1863-1914).

Austria, ultrajada y plenamente consciente de que las organizaciones paneslavistas serbias, comprometidas en actividades terroristas dentro del Imperio Austrohúngaro, venían siendo subvencionadas por Rusia, decidió cortar de raíz el conflicto ocupando Belgrado. Rusia reaccionó, como era de esperar y ansiaba, erigiéndose en la protectora y defensora de los eslavos. Viena, en su acción contra Serbia, se lanzaba por aquella única salida que creía tener para poder conservar su supervivencia como Estado; por contra, San Petersburgo, al aspirar a proteger Serbia y a practicar una especie de apoyo paternalista a los eslavos balcánicos, no ponía en juego un interés vital ya que como Estado no estaba en peligro. El interés de Rusia estribaba tan solo en conservar y aumentar su prestigio de cara a la galería europea. La acción de Austria pretendía una guerra localizada, mientras que la acción de Rusia hacía inevitable una guerra europea.

Alemania no tenía otra opción que la de respaldar a su aliada, Austria, y Francia no tuvo más remedio que hacer causa común con Rusia. Durante unos días, Gran-Bretaña se mantuvo al margen esperando ver cómo se desarrollaban los acontecimientos; pero cuando Alemania violó la neutralidad belga e invadió Bélgica, Gran-Bretaña se puso inmediatamente al lado de Francia. Así empezaba el más terrible holocausto de la Historia Moderna.

Durante las cinco semanas de febril actividad diplomática que precedieron a la declaración formal de las hostilidades, Raspútin hizo cuanto pudo para impedir el conflicto. Se encontraba entonces en su pueblo natal de Pokrovski, en Siberia, convaleciente de una herida infligida por una antigua prostituta que atentó contra su vida. Telegrafió al Zar: "Abandonad, patushka (papá) todo proyecto de guerra, porque con ella vendrá el fin de Rusia y el vuestro, y perderéis hasta el último hombre."

La Zarina consideró como profética aquella advertencia y, según Anna Vyrubova, suplicó a Nicolás que se opusiese a los belicistas que querían que Rusia entrase en guerra. Cuando se enteró que Nicolás había dado su consentimiento para declarar la guerra, la emperatriz estalló en lloros lamentándose: "¡Esto es el fin de todo!"

Al día siguiente, cuando la pareja imperial acudió a San Petersburgo para asistir a la lectura del Manifiesto en el Palacio de Invierno, la desolación de Alexandra Feodorovna saltaba a la vista, aunque fue injustamente atribuida a su germanofilia.

Mientras, el Pueblo Ruso veleidoso que aguardaba fuera del Palacio de Invierno, arrinconó sus resentimientos para aplaudir la declaración de guerra contra los odiados alemanes. El entusiasmo por la guerra era tan grande, que había cerrado el abismo que separaba los gobernantes de los gobernados, como en los mejores días de la invasión napoleónica. Cuando Nicolás II y Alexandra Feodorovna salieron al balcón del Palacio de Invierno, millares de personas hincaron las rodillas en el suelo en un general saludo de respeto y veneración. Nicolás levantó la mano e intentó dirigirles la palabra, pero un espontáneo comenzó a entonar el himno nacional y pronto se convirtió en un canto ensordecedor que retumbaba por toda la esplanada del Palacio de Invierno y recorría las avenidas y calles adyacentes de la capital. San Petersburgo dejó de llamarse así para rusificarse y rebautizarse en Petrogrado.

"Para aquellas miles de personas arrodilladas -escribió Maurice Paléologue, diplomático francés-, en aquel momento el zar era realmente el autócrata, el director militar, político y religioso de su pueblo, el dueño absoluto de cuerpos y almas."


Nicolás II de Rusia (1868-1918); retrato ecuestre según Makovsky.

Dieciocho meses atrás, en 1912, el entonces ministro de la Guerra, Sukhomlinov, había escrito un artículo para el manual del Ejército de San Petersburgo, con el rimbombante título de "Estamos Preparados"; al ministro no le faltaba entusiasmo y tampoco optimismo pero, en realidad, era lo único que le faltaba a Rusia, estar preparada para una guerra contra la organización perseverante y meticulosa de Alemania.

A los pocos meses de iniciarse las hostilidades, la artillería rusa fue aniquilada, barrida por la alemana. El desastre fue tal que se llegó a amenazar a los artilleros con un consejo de guerra si disparaban más de tres obuses al día... Con todo, el desastre ruso no puede atribuirse a la falta de munición. Era tradicional en los Romanov ir a la guerra en medio de una oleada incontenible de ineficacia y corrupción, verter mares de sangre, soportar la humillación de la derrota y, sin embargo, debido a su enorme dimensión, permanecer sólidamente intactos.

En 1914, el Ejército Ruso fue aplastado en Prusia Oriental; en 1915, perdió Polonia, Lituania y Curlandia a manos de los alemanes; y antes de terminar el año, sufrió en Galitzia desastres sin precedentes. Durante los doce primeros meses de la guerra, entre muertos, heridos y prisioneros, el número ascendió a la exorbitante cifra de 3.800.000 soldados.


el Gran Duque Nicolás Nicolaievich de Rusia, Generalísimo de los Ejércitos de Su Majestad Imperial (1856-1929); era el marido de la Princesa Anastasia de Montenegro, una de las patrocinadoras e introductoras de Raspútin en la corte junto con su hermana Militza, esposa del gran duque Pedro Nicolaievich de Rusia, hermano de Nicolás.

Durante gran parte de aquel terrible año, el emperador vivió en los cuarteles del ejército, a cuyo frente estaba su primo el Gran Duque Nicolás Nicolaievich de Rusia, con su recortada barba blanca y aquellos ojos azules de intenso fulgor. La emperatriz y sus hijas las grandes duquesas se vistieron el uniforme de la Cruz Roja y pasaban el tiempo en los hospitales cuidando a los heridos.

A finales de 1914, Raspútin volvió a Petrogrado y, unos meses después, obró un "milagro". Anna Vyrubova, la íntima amiga y confidente de la zarina, yacía moribunda a consecuencia de un accidente ferroviario. Había sufrido graves heridas en la cabeza, en la espina dorsal y tenía las piernas destrozadas. El cirujano había abandonado toda esperanza, pero cuando acudió Raspútin a su dormitorio y le ordenó que abriese los ojos y hablase, ella reaccionó. El starets sancionó: "Se restablecerá, pero quedará tullida." El pronóstico resultó ser verídico; la Vyrubova se restableció pero se vió obligada a utilizar muletas para poder desplazarse. Si la zarina Alexandra necesitaba otra prueba para creer que Raspútin era un hombre de Dios, que poseía poderes sobrenaturales, este episodio se lo proporcionó de manera convincente. A partir de ese detalle clave, la emperatriz puso toda su confianza ciega en las manos del starets siberiano.

Esto marcó el principio de una de las más peregrinas, patéticas y grotescas tragicomedias de la Historia. Alexandra y Nicolás se enviaban, en mutua correspondencia, apasionadas cartas de amor, cada vez que se separaban; pero ahora las cartas de la zarina contenían algo más que frases de cariño e incondicional amor. Se refería a Raspútin como a "Nuestro Amigo" y juzgaba de la bondad e inteligencia de los demás por su actitud frente al starets. Aquellos que lo criticaban o desdeñaban, se granjeaban la implacable enemistad de la emperatriz como en el caso del Príncipe Félix Sumarokov-Elston Yusupov y de su esposa la Princesa Zenaida Yusupova; el primero fue cesado en sus funciones militares y degradado públicamente por criticarlo abiertamente, mientras que la segunda fue expulsada de la Corte por haberse atrevido a solicitar el alejamiento del starets por juzgar perniciosa su influencia.


El Conde Félix Sumarokov-Elston y su esposa la Princesa Zenaida Yusupova, ataviados con trajes rusos del siglo XVII para aquel baile de disfraces de 1903...

Peor aún; Raspútin solicitó visitar, al gran duque Nicolás Nicolaievich, los cuarteles generales del Ejército en el frente. "Si, venid -fue la respuesta-. Mandaré que os ahorquen". Alexandra se encolerizó, e inmediatamente intentó persuadir a Nicolás para que destituyera a su primo del cargo de generalísimo escribiendo: "No tengo en absoluto confianza alguna en N., sé que dista mucho de ser inteligente, y al ir en contra de un hombre de Dios, su obra no puede ser bendecida ni pueden ser buenos sus consejos..." (16 de julio de 1915). Las siguientes cartas no son mejores; la zarina vierte en ella toda su bilis para ennegrecer al gran duque. Esta descarga contínua de críticas no cesó hasta que, en agosto, el emperador decidió relevar a su primo de sus funciones y asumir él mismo el mando del Ejército en el frente.


Alexandra Feodorovna, Zarina y Emperatriz de Rusia (1872-1918); retratada por Bodarevsky en 1907.

El Consejo de Estado estaba aterrado. Ocho de sus trece ministros firmaron una carta conjunta presentando su dimisión formal, pero el emperador simplemente les ordenó que permaneciesen en sus puestos. "El comportamiento de algunos de mis ministros me asombra...", escribió Nicolás a Alexandra.
Pero ahora los ministros ya no dependían del zar. En realidad, se encontraban bajo la férula de Alexandra, ya que, al encontrarse Nicolás II permanentemente en el frente, Alexandra era la regente en todo, salvo en el nombre. Su mente estaba obsesionada con la idea de desembarazarse de los ocho ministros que habían osado desafiar la autoridad del autócrata y lo consiguió plenamente. La implacable "barrida" de la zarina no se paró con la destitución de los insolentes ministros; continuó fomentando y defendiendo las recomendaciones del inefable patán Raspútin, que siempre llegaban con asombrosa celeridad. El starets tenía su propia corte de aduladores y afines, y castigaba al que le ofendía o recompensaba al que le agradaba; interfería en todo y metía mano en cualquier asunto, por muy trivial que fuera. Gracias a él, Rusia vio desfilar ante sus narices a cuatro primeros ministros diferentes, a cinco ministros del Interior, a cuatro ministros de la Agricultura y a tres ministros de la Guerra en un espacio de dieciocho meses. En algunas ocasiones, hasta Nicolás II protestó por carta a su mujer: "Debéis convenir conmigo que las ideas de nuestro Amigo son a veces muy extrañas (...) Nos llegan quejas de todas partes"; "la opinión que nuestro Amigo tiene de las personas es, en ocasiones, muy rara (...) Deberíamos andar con cuidado (...) Todos estos cambios no son buenos para el país".

Sin embargo, Nicolás II siempre acababa doblegándose a la voluntad de su consorte.

"Después de mediados de 1915 -escribe entonces el historiador Mikhail Florinski- , el honrado y eficiente grupo que formaba el vértice de la pirámide burocrática degeneró en una rápida sucesión de sujetos nombrados a dedo por Rasputin. Fue aquello un espectáculo extravagante y lastimoso, hasta entonces nunca visto..."


Victoria "Vicky" de Gran-Bretaña e Irlanda, Emperatriz Vda. de Alemania y Reina de Prusia (1840-1901); hija mayor de la reina Victoria I de Gran-Bretaña y esposa del efímero emperador Federico III de Alemania, fue la madre del kaiser Guillermo II de Alemania.

La hija mayor de la reina Victoria I de Gran-Bretaña, la entonces emperatriz Victoria de Alemania (esposa de Federico III) escribió a ésta, mucho antes de que Alexandra contrajese matrimonio con Nicolás, diciéndole que "Alix es muy dominante, y siempre querrá salirse con la suya; nunca cederá un ápice del poder que imagina tener en sus manos...". Pocas veces una frase tan corta puede describir tan fidedignamente al personaje que fue la emperatriz Alexandra Feodorovna.

La emperatriz siempre había albergado una feroz animosidad contra la Duma, y Raspútin alentaba esta antipatía de la zarina, hasta el punto de que ya no hablaba ella de esta institución sino con el más profundo desdén. No se cansaba de recordar a su marido "...querido, prohibid esa asamblea... Vos sois señor y dueño de Rusia, autócrata, recordadlo." Y por si el zar no se daba por enterado, volvía a la carga: "No somos un país constitucional, y así es mejor; nuestro pueblo no está educado para ello, a Dios gracias, nuestro emperador es un autócrata, y debe aferrarse a esto como vos lo hacéis... sólo que debeis manifestar más energía y decisión. Pronto me habría yo desembarazado de aquellos que no me interesan."

Enseguida nos viene la imagen de un Nicolás II, sentado en el trono, mudo o titubeante, y a una Alexandra Feodorovna detrás de él, apenas escondida tras los cortinajes, aconsejarle con sus finos y desdeñosos labios qué hacer, qué decir, qué sentenciar.

El zar se había convertido en la marioneta de una mujer insensata y ésta, a su vez, convertida en la marioneta de un ser inquietante y oscuro, nefasto, que se llamaba Raspútin. Cómo un campesino simplón, borracho y mujeriego, con crisis místicas rayanas en la demencia, había conseguido alzarse hasta el último peldaño del trono de todas las Rusias es todo un misterio, o mejor dicho, un milagro desquiciante.

Las cartas iban haciéndose cada vez más insensatas. Llegó a aconsejar a Nicolás peinarse con un peine perteneciente al starets, antes de entrevistarse con sus ministros; el colmo de la superstición. No contenta con formular recomendaciones de cómo dirigir las tropas, se ceba duramente con la emperatriz viuda Maria Feodorovna: "Cuando veáis a nuestra pobrecita madre, deberíais decirle claramente lo mucho que os hace sufrir que ella preste oídos a las calumnias y no cese de escucharlas, ya que con ello hace daño, y otras personas se alegrarían, estoy segura, de que ella se volviese contra mí. La gente es tan mezquina..."

A medida que iban empeorando las circunstancias, hasta los miembros de la Familia Imperial podían darse cuenta de la creciente impopularidad de la autocracia. Uno tras otro, los parientes de Nicolás II fueron a verlo y le rogaron que concediese a Rusia un gobierno constitucional. Llegaron incluso a decirle que su esposa era detestada y públicamente insultada. Alexandra reaccionaba como una fiera herida, redoblando en sus cartas con afirmaciones de este tipo: "Mostrad a todo el mundo que sois el amo... ¿Por qué me odia la gente? Porque saben que tengo una firme voluntad, y que cuando estoy convencida de que una cosa está bien, no cambio de parecer (...) Sed el amo, y todo se doblegará ante vos. Hemos sido puestos por Dios en un trono, y debemos mantenerlo firme y transmitirlo intacto a nuestro hijo..."

Cuando escribió esas insensatas líneas, corría el mes de diciembre de 1916. Por entonces, el ejército ruso se enfrentaba a un fracaso total. En los dos años y medio transcurridos desde que estallara el conflicto, 15 millones de hombres habían sido llamados a filas. Las bajas, entre muertos, heridos y prisioneros, llegaban a casi 8 millones, más de la mitad del total. La corrupción, la incompetencia y la espantosa falta de dirección eran responsables de un gran porcentaje de estas devastadoras cifras.


el Zar Nicolás II mostrando un icono a las tropas del frente en 1915.

La fatal escasez de material significaba que muchos soldados carecían de armas en absoluto, y veíanse obligados a revolver entre montones de cadáveres en busca de rifles y bayonetas. Balas y granadas de mano eran racionadas y los hospitales militares tan escasos, que muchas veces los heridos yacían en los campos de batalla sin ser retirados. Los campesinos, que proporcionaban la carne de cañón, habían perdido toda su confianza en el buen hacer del zar, al cual, como generalísimo, se había identificado completamente con los desastres del ejército.

La situación en las grandes urbes no era mucho más boyante. La subida de los precios, la escasez de los alimentos y la disminución de los salarios reales contribuía a propagar la desmoralización. La clase proletaria se encontraba al borde de la desesperación y se convertía en tierra más que abonada para cometer los más violentos excesos empujados por el hambre. La policía lo advertía en sus informes y Lenin y Trotski se frotaban las manos, bendeciendo al incauto zar por haberles allanado el camino hacia el poder.

(Continuará...)