ANASTASIA
GRAN DUQUESA DE RUSIA
1901 - 1918 ?

6ª Parte

El desgobierno

Entre tanto, el zar Nicolás gobernaba por bruscos impulsos, a menudo contradictorios. Un historiador inglés y contemporáneo, que vivió muchos años en Rusia, dejó dicho: "Nicolás II carecía por completo de voluntad. Alejandro fue él mismo su propio primer ministro. Nicolás nunca tuvo primer ministro. No le faltaba en modo alguno valor personal, pero era el valor de un fatalista."


el Zar Nicolás II, Emperador de Rusia (1868-1918); retratado enla sala del trono del Palacio de Invierno,por Repin.

Los altos funcionarios del zar eran menos aduladores aún: "Recordad lo que os digo -advertía M. Durnovo, Ministro del Interior- ; llegará a ser un nuevo Pablo I." De boca del general Cherevin cayó este comentario: "No es más que un trapo imposible de lavar!" . El gran ministro Sergei Witte escribió: "Un gobernante en quien no se puede confiar, que aprueba hoy lo que rechazará mañana, es incapaz de dirigir la nave del Estado."

Con todo, el soñador emperador no carecía de ambición. Aunque su mente oscilaba como un péndulo entre un impulso y otro, él se imaginaba que la nave del Estado estaba haciendo progresos en un viaje de alta aventura. Grandiosos proyectos no le faltaban: conquistar Manchuria y anexionar Corea; soñaba también con adueñarse del Tibet, ocupar Persia y apoderarse no sólo del Bósforo, sino también de los Dardanelos.

Desconcertante, el zar maquinó golpear militarmente a Turquía para vengar una matanza de armenios, con 30.000 soldados, y llevar a cabo la anexión del Bósforo. Menos mal que Witte consiguió convencerle de que aquello podría causar una guerra europea en la que entrarían Gran-Bretaña y Austria como aliadas de Turquía. Tres años después, Nicolás II alejaba de su mente toda idea belicista para proponer una conferencia de paz en La Haya, en la que se discutiese la limitación de armamentos. Veinte potencias europeas aceptaron la invitación, porque ninguna de ellas quería ser tachada de belicista, pero secretamente denunciaron la conferencia y dieron la razón al entonces Príncipe de Gales -Eduardo VII de Gran-Bretaña-, quien la calificó de "mayor absurdo y la cosa más tonta que he oído en toda mi vida."


Eduardo VII , Rey de Gran-Bretaña e Irlanda, Emperador de la India (1841-1910); familiarmente conocido como "el tío Bertie", ascendió al trono británico a la edad de 59 años, sucediendo a su longeva madre la reina Victoria I. Retrato según Sir Luke Fildes.

A la idea de La Haya le sucedió otra, esta vez contra China y Corea, provocando tensiones con Japón que, en 1904 se traduciría en una guerra. En señal de protesta contra la penetración rusa en Corea, el ministro Witte presentó su dimisión. Creyendo los rusos ganar, fueron efectivamente derrotados en 1905.

Terrorismo, política y una revolución fallida

Entre tanto, los terroristas habían resucitado repentinamente. En 1902, asesinaron al ministro del Interior, Sipiagin, y dos años después a su sucesor, Plehve. El terrorismo había dejado de ser una industria casera; ya la nueva generación de revolucionarios no miraba con incertidumbre el camino que tenía por delante. Dos importantes y resueltos partidos dominaban el escenario: los Socialdemócratas y los Social-Revolucionarios.

El primero abrazó el marxismo e introdujo su propagando entre los obreros de las fábricas de los núcleos urbanos. En 1903, su jefe Plenkhanov, se enemistó con uno de sus lugartenientes, Vladimir Ilich Ulianov, y el partido se escindió en dos: mencheviques y bolcheviques.

Vladimir Ilyich Ulianov "Lenin" (1870-1924), miembro del Partido Socialdemócrata inicialmente, y luego jefe del Partido Bolchevique al separarse de Plenkhanov.

El segundo partido nació en 1900 y trató de provocar un levantamiento entre el campesinado, abogando por una sociedad socialista basada en la comuna rural. Los social-revolucionarios se cobijaban bajo el lema de "País y Libertad", estableciendo una organización de lucha terrorista para poner en obra la "Voluntad del Pueblo", el grupo que había asesinado al zar Alejandro II. Estos mismos fueron responsables de la mayoría de los asesinatos cometidos entre 1900 y 1909.

Aunque la propaganda de ambos partidos preparó el escenario para la revolución de 1905, la chispa fue provocada por un hombre que no tenía nada que ver con ellos. En el mes de enero se declaró una huelga en las fábricas de ingeniería de Putilov, de San Petersburgo, y se propagó rápidamente a otras. El pope Gapón, clérigo de pocas luces, que dirigía un sindicato autorizado por la policía, se vio ante el dilema de abandonar su empleo o emprender una acción positiva. Decidió dirigir una manifestación pacífica de trabajadores hacia el Palacio de Invierno y presentar una petición al zar. El documento en cuestión pedía una asamblea constituyente, una jornada laboral de 8 horas, libertad de palabra y de religión, amnistía para los presos políticos, etc... Se habían recogido nada menos que 135.000 firmas.

Nicolás II fue puntualmente informado acerca de la manifestación convocada la noche anterior, pero jamás cruzó por su mente la idea de desplazarse de Tsarskoie Selo a San Petersburgo (a 22 km. de distancia) para recibir personalmente el documento. Y, al parecer, tampoco sus ministros tenían pensado suplirle y recibir la petición del pope. En cambio, el mantenimiento del orden fue dejado en manos de la policía de la capital, la cual pidió ayuda al ejército. Cuando la muchedumbre se encaminaba hacia el Palacio de Invierno, llevando iconos y estandartes religiosos, las tropas abrieron fuego, y entre dos y cuatro mil personas resultaron muertas y heridas; cuando todo hubo pasado, la inmensa esplanada que precede al Palacio quedó sembrada de cadáveres que tiñó la nieve de sangre. El Domingo Sangriento propagó una ola de cólera, indignación y de terror a través el país entero.

La esplanada del Palacio de Invierno, con la columna de Alejandro I.

En realidad nadie supo cuántas víctimas hubieron ese día, porque las cifras entre los testigos oscilan; la zarina afirmó en una carta escrita a su hermana, que tan solo hubo 92 muertos y 300 heridos a lo sumo. De todos modos, la mayoría de los historiadores disienten de su evaluación, y elevan la cifra muy por encima de las apreciaciones de la emperatriz Alexandra.

Al zar sus ministros le aconsejaron que se desentendiese de la matanza. En lugar de eso, decidió recibir a una pequeña delegación de obreros, a quienes sermoneó sobre los peligros que entrañaba el prestar oídos a los consejos de pérfidos revolucionarios.

A la matanza del Domingo Rojo, sucedió la noticia de la derrota del ejército ruso frente a Japón tras perder la batalla de Tsushima. No hubo más remedio que firmar la paz y Nicolás II recurrió a Witte, que había dimitido dos años antes, rogándole que negociase las condiciones para el armisticio ruso-nipón. Cundió el descontento en toda Rusia. En febrero había sido asesinado el odiado tío de Nicolás, el gran duque Sergio Alexandrovich, marido de Elisabeth Feodorovna, la hermana mayor de la zarina Alexandra; y a medida que iban pasando los meses, la violencia iba extendiéndose por todos los rincones del Imperio. "Me da asco leer las noticias -escribió el zar a su hermano-. Huelgas en escuelas y fábricas, policías, cosacos asesinados, motines. Pero los ministros, en vez de actuar con decisiones rápidas, se limitan a reunirse en consejos como gallinas asustadas y cacarean pidiendo una acción ministerial conjunta."

A mediados de octubre, las condiciones habían empeorado, y el país se vio paralizado por una huelga general. Las fábricas cerraban, los trenes dejaban de circular y en San Petersburgo las luces eléctricas se apagaron, y se interrumpieron los suministros de alimentos. En el campo, los labradores asaltaban las fincas, incendiando casas y robando ganado. En el Mar Negro se amotinó la tripulación del Potemkin. En las calles de Odesa, Kharkov y Ekaterinoslav se levantaban barricadas...

León Trotski (1879-1940), Jefe del Partido Menchevique.

De la noche a la mañana surgió un nuevo cabecilla de los mencheviques, León Trotski, anunciando la formación de un soviet o consejo representando cada uno a un millar de obreros. El consejo amenazó con destruir todas las fábricas que no cerrasen, obligando a Nicolás II a tomar represalias, enviando tropas a los grandes centros urbanos. La guerra civil era inminente. En ese momento tan tenso, el ministro Sergei Witte, que acababa de ser distinguido con el título de conde en reconocimiento a sus hábiles negociaciones con los japoneses, suplicó entonces al zar que concediese a los rusos una Constitución. Esta y solo esta, era la única prerrogativa que atraería a los elementos liberales, que peligraban con pasar al bando de los extremistas. Tras angustiosas cavilaciones y al cabo de 3 días, Nicolás II accedió a dar el paso decisivo y Witte fue invitado a aceptar la presidencia del Consejo Imperial.

Sergei Witte, Conde Witte (1849-1915), Ministro de Nicolás II y Presidente del Consejo Imperial.

Asi pues, el manifiesto imperial de octubre de 1905 transformó la Rusia de una monarquía autócrata en una monarquía semiconstitucional. Prometía: "libertad de conciencia, de palabra, de reunión y de asociación"; otorgaba un parlamento elegido, la Duma, y se comprometía a que ninguna ley sería obligatoria sin el consentimiento de la Duma del Estado. Pese a todo, esa declaración de buenas intenciones no calmó los ánimos, como el conde Witte esperaba. Los extremistas estaban furiosos porque veían que la revolución se les escapaba de las manos y redoblaron sus actividades, mientras que los extremistas de derechas volvíanse contra los Judíos y suscitaban terribles persecuciones.

(Continuará...)