LA MUY NOBLE ORDEN DE LA JARRETERA

Fundación de la orden más antigua de Europa

Lo cierto es que se sabe que dicha orden de caballería fue fundada en el año de 1348, por el rey Eduardo III de Inglaterra, que contaba entonces alrededor de 36 años y llevaba 21 en el trono. Era hijo y sucesor del controvertido Eduardo II, depuesto y bestialmente asesinado en 1327, con el beneplácito de su consorte, Isabel de Francia, y nacido en el castillo real de Windsor el 13 de Noviembre de 1312. Fue en esa misma residencia regia donde procedió a la fundación de la orden de los Caballeros de La Jarretera. Luego la leyenda se encarga de "adornar" el por qué y el cómo de su fundación... Cuenta ésta que en recuerdo de un baile, durante el cual el soberano bailó con la condesa de Salisbury y ésta perdió su jarretera azul, prontamente recogida y devuelta por Eduardo III, quien se apresuró galantemente en anudarle la liga (o jarretera) a su pierna. Para cortar en seco las malintencionadas murmuraciones de sus cortesanos, el rey habría exclamado en aquel momento: "Honi soit qui mal y pense" (Maldito sea quien mal piense), frase que se convirtió entonces en el lema o divisa de dicha orden, la octava más antigua de Europa. Y no tiene porque sorprender que fuera dicha en francés, ya que era la lengua oficial de la época en Inglaterra.

Pero la verdad es supuestamente otra: Eduardo III albergaba la secreta intención de reclamar para sí el trono de Francia -de ahí la frase-, intención que se haría oficialmente palpable en 1337 cuando lo reclamó abiertamente al extinguirse la rama primogénita de la Casa Real Francesa, de la cual descendía por su madre Isabel, sin contar con el rechazo de los franceses a ser gobernados por un rey extranjero por muy nieto de rey francés que fuera, y bien escudados tras la legalidad de la "Ley Sálica" que prohibía tajantemente que la corona gala se transmitiera a través de las mujeres. Evidentemente, Eduardo III hizo caso omiso de la Ley Sálica y siguió en su empeño,... empeño que provocaría el inicio de la "Guerra de los Cien Años".

Lo que está bien claro es que la fundación de la orden era un calculado gesto político muy bien pensado. Con ello, Eduardo se fijaba el objetivo de rodearse de los más importantes barones ingleses (y sus ejércitos), para llevar a cabo su invasión en tierra gala y sentarse victorioso en el trono vecino, dándoles a cambio el privilegio de formar parte de una congregación de guerreros que formarían la flor y nata de la élite caballeresca próxima al soberano, algo así como el mejor ornamento de la Corona de Inglaterra. Pertenecer a la Orden de La Jarretera llevaba en sí mismo el reconocimiento público del mérito adquirido a través del valor en el campo de batalla, de la lealtad hacia el rey, amén de una lluvia de títulos, prebendas y rentas con las que sentar las bases de una fortuna. La idea, claro está, triunfó. Con inteligencia, Eduardo III había apostado sobre la codicia y la vanidad de los hombres, para llevar exitosamente a cabo sus planes de conquista. No se equivocó. Ni siquiera dejó al azar reglas y estatutos, como tampoco se olvidó de dedicar la orden al santo patrón de Inglaterra: San Jorge quien, además, era patrón por partida doble de los hombres de armas (militares).

La Primera Orden del Reino Británico

Las estrictas reglas que regían la Orden de La Jarretera (también conocida como "de San Jorge") dejaban claras en sus inicios que los llamados a ser caballeros debían tener más de 30 años de edad -edad madura para la época-, aunque se cuentan con 4 excepciones de ciertos personajes que fueron admitidos estando por debajo de los 20, todos casos extraordinarios. Inicialmente, todos los caballeros "fundadores" eran veteranos de la 1ª campaña francesa llevada a cabo por Eduardo III, habiendose la mayoría ilustrado en la batalla de Crécy. El número exacto de caballeros no rebasaba los 25, incluído el Príncipe de Gales, más el rey que era su Gran Maestre Soberano. Se exigía a cada uno de ellos que aportaran su escudo de armas y yelmos con sus crestas correspondientes, amén del estandarte, para colgarlos por encima de cada asiento designado en la sillería del coro de la Capilla de San Jorge, lugar espiritual y de reunión de los caballeros en el castillo real de Windsor. A la muerte de uno de ellos, se procedía a descolgar su escudo de armas, estandarte y yelmo, para instalar los del nuevo miembro nombrado por el rey.

Inicialmente, los caballeros de La Jarretera se distinguían únicamente por llevar la jarretera azul oscura, bordada con el lema "Honi Soit Qui Mal Y Pense", anudada por debajo de la rodilla izquierda, al cuello la insignia en metal representando a San Jorge abatiendo al dragón y el manto o larga capa de terciopelo azul marino, doblado de satén blanco, con el escudo de plata guarnecido de la cruz de gules de San Jorge, cosido a la altura del hombro izquierdo.

Condecoraciones de la Orden de La Jarretera (Order of the Garter): liga o jarretera; collar con el colgante de San Jorge matando al dragón; medalla de la banda; placa o estrella de ocho puntas de la Orden.

No fue hasta el siglo XVI, bajo Enrique VIII, cuando se añadió el famoso collar de oro y esmaltes de la orden, en el cual se prohibía expresamente la fantasía de añadirle piedras preciosas, excepto en la figura-colgante representando a San Jorge, en cuyo apartado se dejaba libremente añadirle gemas engastadas, perlas y diamantes, dependiendo claro está del poder adquisitivo de cada uno de los caballeros con deseos de ostentación... como el rey Carlos I que, en 1649, al subir al patíbulo donde iban a decapitarle, se presentó con el medallón de San Jorge, colgando de una cinta azul marino de su cuello, y engastado con más de 400 diamantes.

Colgante de San Jorge matando al dragón, en oro, brillantes, rubíes y zafiros (Colección del Rey Jorge III de Gran-Bretaña)

Placa, Estrella o Gran-Cruz de la Orden de La Jarretera cuajada de diamantes, rubíes,oro y esmalte,y que perteneció al Rey Jorge III de Gran-Bretaña (1760-1820).

Un siglo más tarde (s.XVII), se introdujo la placa-estrella de la orden, para llevarla cosida en el manto o colgada en la chaqueta, a la altura del corazón, amén de la banda azul oscura anudada por el medallón en oro con la figura de San Jorge con el dragón, rodeada de la divisa de la orden. La banda, que en un principio se llevaba alrededor del cuello, dispuesta en sotuer (reinados de Isabel I, Jacobo I y Carlos I) debía llevarse cruzada en el torso, de izquierda a derecha, siempre y cuando el caballero no llevara el vestido ceremonial requerido para las celebraciones de la orden.

Jacobo I Stuart, Rey de Inglaterra, Escocia e Irlanda (1566-1625), retratado como Gran Maestre de la Orden de la Jarretera por Mytens.

Carlos I Stuart (1600-1649), Duque de York luego Príncipe de Gales y, finalmente, Rey de Inglaterra, Escocia e Irlanda en 1625; retrato infantil según Robert Peake, con el traje de los Caballeros de la Orden de La Jarretera.

En casos de crímenes de herejía, traición o cobardía, los caballeros eran degradados por sus compañeros, ante el rey, y privados de cualquier símbolo (collar, manto, placa-estrella, banda,...) de la orden. Su escudo de armas era además borrado de la bóveda o paredes de la gran "Galería de los Caballeros" de Windsor, del mismo modo que era arrancado de la sillería de la capilla de San Jorge.

Jorge III, Elector de Hannover, Rey de Gran-Bretaña e Irlanda (1738-1820); retrato según Alan Ramsay c.1760.

Con el reinado de Jorge III (1760-1820), el número de caballeros aumentó sensiblemente en la orden, cuando expresó el deseo de conceder la condecoración a cada uno de sus numerosos hijos, a excepción de las hijas, y que se convirtieron en "caballeros supernumerarios" y a título honorífico para algunos parientes cercanos.

Lady Margaret Beaufort (1443-1509), Dama de la Orden de la Jarretera.

Pocas mujeres tuvieron el privilegio de ser "Damas de La Jarretera", como Lady Margaret Beaufort, madre del rey Enrique VII y abuela de Enrique VIII, última mujer de esos tiempos medievales en gozar de esa distinción caballeresca. A su muerte en 1509, la orden se restringió exclusivamente para los miembros varones, con excepciones muy concretas para las reinas María I, Isabel I, María II, Ana I y Victoria I que, aparte de ser soberanas en ejercicio, eran por derecho Gran Maestres Soberanas de la Orden de La Jarretera. Se tuvo que esperar hasta 1901 para que Eduardo VII concediera la orden a su esposa, Alexandra de Dinamarca, y en ese mismo gesto se puede citar a Jorge V nombrando "Dama de la Jarretera" a su esposa Mary de Teck, en los Años 20.

Mary de Teck (1867-1953), Reina de Gran-Bretaña e Irlanda, consorte del rey Jorge V, ataviada como Dama de la Orden de La Jarretera; retrato según Llewellyn.

Es a partir del siglo XVIII y hasta 1946, cuando la concesión de condecoraciones y nombramientos dependen exclusivamente del Gobierno, aunque el soberano siga desempeñando su papel tradicional de Gran Maestre. En 1947, volvía a ser el soberano quien decidía a quien se concedía la orden.

En 1947, Jorge VI nombraba a su heredera la Princesa Elizabeth, "Dama de la Orden" conjuntamente con su esposo el Duque de Edimburgo. Cinco años más tarde, en 1952, ésta se convertía a su vez en la reina Isabel II de Gran-Bretaña y, de hecho, en la sexta soberana inglesa que ostentaba la Gran Maestría de la orden, aunque se tuvo que esperar hasta 1987 para que decidiera abrir nuevamente las puertas de la congegación al sexo femenino, con igualdad de derechos y oportunidades, como en el caso de Margareth Thatcher.

Elizabeth II, Reina de Gran-Bretaña e Irlanda del Norte, Gran Maestre de la Orden de La Jarretera.

El 23 de abril de cada año, por ser el señalado día de San Jorge, se procede a dar pública notificación del nuevo caballero o dama llamados a formar parte de la orden, celebrándose, el mes de Junio, en gran pompa y ceremonial en Windsor, la admisión de los nuevos miembros como caballeros o damas de la Orden de La Jarretera, con una misa en la capilla de San Jorge tras el nombramiento y la investidura, y un banquete ofrecido a los 24 miembros en la sala de banquetes de Waterloo, junto con la Familia Real.

La orden se concede únicamente por expreso deseo de la reina a personas que se hayan distinguido por su valor, sus servicios públicos o personales a la corona o a la patria, y siempre con lealtad y desinterés, y en raras ocasiones a algunos jefes de Estado extranjeros, como fue en el caso del Shah de Persia en 1902, del difunto Presidente de la República Francesa, François Mitterrand, o de los actuales reyes Juan-Carlos I de España y Carlos XVI Gustavo de Suecia.