ROBERT KERR / CARR

VIZCONDE DE ROCHESTER

1er CONDE DE SOMERSET

1587 - 1645

Auge y Caída de un Gran Favorito

Robert Kerr (o Carr), era el último retoño de una eminente y noble familia de Escocia, los Kerr de Ferniehurst, que comenzó a hacerse un hueco entre lo más granado de la corte escocesa, en la que fue tristemente conocido por su tendencia a mutilar los discursos con su desastrosa pronunciación del latín. Huelga decir que, cuando la vieja reina Elizabeth I de Inglaterra falleció dejando la corona a su sucesor y pariente más próximo, el rey Jacobo VI de Escocia, y éste abandonó Edimburgo para trasladarse a Londres, el joven cortesano Sir Robert Kerr siguió al monarca hasta su nueva corte londinense (en 1603).



miniatura de Robert Kerr, 1er Conde de Somerset (1587-1645)


El solemne día de la coronación del monarca en la Abadía de Westminster, el joven Robert sufrió un percance que le costó la rotura de una pierna o de un brazo; el caso es que las varias versiones del incidente no se aclaran sobre qué miembro Robert Kerr se rompió. Trasladado al Charing Cross Hospital, atendido por los médicos de la Corte y siendo regularmente visitado por Jacobo I, quien se mostró demasiado solícito en sus atenciones que "[...] excedían las demandas de la cortesía común [...]", como observaba un cronista de la época, Robert Carr o Kerr se convirtió rápidamente en el centro de atención de los rumores y parloteos cortesanos. La Corte, siempre tan atenta a los aires cambiantes y a la aparición de nuevos astros, supo darse cuenta de que el camino más corto para lograr el favor del rey era preguntar por la evolución del estado de salud de Sir Robert Kerr... "Señor, es asombrosa la manera en que los grandes hombres se pelean para ir a visitar al convaleciente..." escribió Sir Anthony Weldon en una carta a un amigo.

Obviamente, los cortesanos, desde el más encumbrado hasta el más humilde se mostraron exageradamente interesados por el paciente de Charing Cross Hospital, con tal de despertar las reales gentilezas de Jacobo I y obtener algún que otro favor a cambio y ver aumentar su crédito en la Corte.



retrato del rey Jacobo I de Inglaterra e Irlanda, rey de Escocia (1566-1625), con el traje de coronación; obra del pintor Paul Van Somer.

Finalmente recuperado, Kerr empezó su rápido ascenso en el escenario cortesano. Nombrado caballero de recámara de Su Graciosa Majestad en 1607, se vió agraciado con el título de 1er Vizconde de Rochester en 1611, por carta patente del Rey, título que le elevaba automáticamente al rango de Lord (Par de Inglaterra) y le abría las puertas de la Cámara de los Lores, lo que le convirtió en el primer aristócrata escocés a ostentar semejante rango entre los pares británicos. Un año más tarde, en 1612, fue nombrado Consejero Privado y Secretario de Su Majestad, reemplazando en dichos cargos al fallecido Robert Cecil, Conde de Salisbury. En 1613, recibió el título de 1er Conde de Somerset y el cargo de Lord Tesorero de Escocia, amén de todo tipo de prebendas y honores que le convertían en un hombre rico y temido.

Claro está que, como casi todos los favoritos reales, Robert Kerr no era precisamente muy popular en algunos círculos. Cuando se supo que el Rey le enseñaba a pronunciar con exactitud el latín, lengua que en pasadas ocasiones había destrozado hasta el punto de echar a perder un acto regio, un ingenioso cortesano espetó que "...sería mejor si alguien le enseñara al escocés presumido a hablar apropiadamente el inglés."

Sus contemporáneos estaban de sobras de acuerdo en que su calidad más sobresaliente era la insolencia.

Respecto a su apariencia física, se le describió como un hombre más compacto que alto, y que era, más que hermoso, apuesto. Un historiador, McElwee, fue menos amable al respecto describiéndolo como un "atleta alto y estúpido, con ricitos rubios y con gestos ligeramente afeminados y calculados para atraer la atención del rey"... McElwee cita también que Jacobo I solía aparecer en público con Lord Somerset, y rodeándole el cuello con su brazo, prodigandole besos, caricias, pellizcos y acariciando su cabellera de manera constante.

No satisfecho con otorgarle títulos, oficios y beneficios, amén de su público cariño al joven Lord Somerset, Jacobo I también le colmó de obsequios caros, entre los cuales un lingote de oro cuajado de diamantes, un reloj de bolsillo de oro y plata grabado a sus armas, y un retrato real de cuerpo entero cuyo coste fue de 300 Libras.

Un error administrativo permitió al Rey entregar a Lord Somerset la propiedad de Sherborne Castle, que pertenecía legalmente a Sir Walter Raleigh, causando un tremendo desespero a la esposa de Raleigh, quien se quejó de tamaña injusticia alegando que provocaba la ruina de su marido. Pese a las súplicas y quejas elevadas al Rey, nadie se sorprendió cuando Jacobo I hizo caso omiso y repitió la misma injusticia cuando adjudicó las propiedades del escocés Lord Maxwell a su favorito.


Sir Robert Cecil, 1er Conde de Salisbury (1563-1612)

Desde luego, el ascenso meteórico de Robert Kerr no se vió libre de obstáculos, ya que el antiguo ministro de la difunta reina Elizabeth I, Robert Cecil, preocupado por el poder creciente del favorito, utilizó toda suerte de artimañas para frenarle. El mismísimo Príncipe de Gales, Enrique-Federico, hijo primogénito del Rey y supuesto heredero del trono anglo-escocés, comentó abiertamente su antipatía hacia el personaje, animosidad plenamente compartida con su madre la Reina Ana-Dagmar (nacida Princesa Real de Dinamarca), que le llevó a encabezar una poderosa facción cortesana que se alzaba contra Robert Kerr. Sin embargo, la Muerte pareció aliarse al favorito y le allanó el camino cuando, en 1612, desaparecieron del escenario Robert Cecil y el Príncipe de Gales, principales motores de la facción contraria al ascenso de Somerset. Muertos sus dos principales enemigos, Lord Somerset pudo conseguir, y de un modo absoluto, el favor del monarca.

En 1614, la situación en la Corte era tal que "... Ninguna habitación, ninguna petición, ningún negocio, ninguna cartera ministerial había en la que Robert Kerr dejase de meter mano."

Obviamente, Lord Somerset se convirtió en el personaje clave de la vida cortesana y a través del cual todo tenía que pasar, consultar y aprobar para que llegase a manos del Rey y obtuviera éxito. Se había convertido en el Gran Visir de Inglaterra. Los más encumbrados gentilhombres se veían forzosamente en la obligación de "incentivar" las buenas disposiciones de Lord Somerset para que sus peticiones, demandas y negocios lograsen el éxito y fueran llevados a cabo, mediante "grandes recompensas" (sobornos disfrazados en regalos o donaciones monetarias), ansiosos de logar cuestiones y favores importantes para ellos ante el Rey. El mismo año de 1614, Lord Somerset acumuló a sus otros cargos claves, el de Lord Chambelán y Jacobo I declaró sin ruborizarse que amaba a Somerset "por encima de todos los hombres"...

Pese a que Robert Carr o Kerr se viera sobradamente colmado con honores y prebendas, en realidad no tenía ambiciones políticas y su influencia en tal materia fue más bien nula por no decir inexistente, lo que no deja de sorprender. Un autor del siglo XVII, Michael Sparkes, dijo acerca del personaje: "... No se puede leer acerca de nadie que haya sido tan gran favorito como Lord Somerset, como tampoco hubo ninguno que tuviera tan imprevista e inesperada caída..."



Lord Robert Devereux, 3er Conde de Essex (1591-1646)

El error de Somerset se produjo por una causa de amoríos con una dama de muy alta cuna y, para colmo, casada. Semejante "affaire" provocó tal lodazal que salpicó a la mismísima Corona.
La dama en cuestión era Lady Frances Howard, esposa de Lord Robert Devereux, 3er conde de Essex, y al que fue desposada muy a su pesar por su familia a la tierna edad de 13 primaveras. Mimada, consentida, obstinada, impaciente, era considerada una beldad morena, cautivadora y sumamente atractiva entre tantas damas rubias y pelirrojizas... una hermosura tenebrosa hecha mujer, inquietante a la par que hipnotizante. Incluso entre sus enemigos, se le describió como "...una belleza de gran magnitud en el horizonte cortesano".

La joven dama de alta alcurnia y tenebrosa beldad puso sus ojos pardos sobre el Conde de Somerset, sin duda empujada por su personal ambición que, al parecer, no debía tener límites para conseguir lo que se le antojaba poseer y disfrutar. Al poco, el favorito cayó rendido y perdidamente enamorado de ella entre sus brazos. El hecho de que era una mujer casada era de por sí una contrariedad para ambos, así que la dama y su suspirante pretendiente empezaron a plantearse cuales serían sus planes y estrategias para conseguir la nulidad matrimonial. Existían dos modos para conseguir el resultado requerido: el primero era probar que su marido era sexualmente impotente hacia ella ("Maleficium"), el segundo consistía en probar que su marido era impotente con cualquier mujer ("Frigiditatem"). Lo más creíble y veraz era que el Conde de Essex nunca consumó el matrimonio por la falta de predisposición de su joven cónyuge, lo que en consecuencia se tuvo por "impotencia sexual". Para asegurar la correcta anulación matrimonial, Lady Frances alegó "Frigiditatem".

Lady Frances Howard, Condesa de Essex (1590-1633), posteriormente Condesa de Somerset; retrato según A. Lucas-Fauchon.

En la trama, los dos amantes se vieron inmediatamente respaldados por la familia Howard y por el Rey en persona, que se mostraba claramente a favor de esa alianza entre su favorito y el poderoso clan de los Howard. Para allanar el camino a los amantes, el Rey no vaciló en ordenar el encarcelamiento de Sir Thomas Overbury, abiertamente opuesto al divorcio de los Condes de Essex, en intimidar al Comité encargado de investigar el caso y, cuando el resultado amenazaba ser negativo en su veredicto, impuso la presencia de dos obispos en los debates. A su debido tiempo, la anulación matrimonial fue concedida por 7 votos a favor contra 5 contrarios, y Lord Somerset y Lady Essex se vieron libres para celebrar su matrimonio. En diciembre de 1613, los amantes se convirtieron en esposos en una ceremonia oficiada en la Capilla Real de palacio, y los gastos fueron asumidos por el Rey en persona, quien hizo acto de presencia.

La caída y el despertar amargo sobrevinieron dos años escasos después, en 1615.

(Continuará...)