VENENO: el escabroso "Asunto de los Venenos" -6-
el 28 ene En: Temas - 1 comentario

el Príncipe Eugenio de Saboya-Carignano (1663-1736)
Consecuencias funestas
El asunto de los venenos tuvo varias repercusiones, la más seria de las cuales fue que el rey, furioso con la Condesa de Soissons, refugiada en Bruselas, se negó a admitir al príncipe Eugenio de Saboya-Carignano en el ejército francés. Estimaba necesario prescindir de un muchacho que le miraba como un gallito insolente, y que arrastraba la fama de sodomita de sus calaveradas en los tugurios parisinos; en cualquier caso, su mala reputación estaba indudablemente justificada. De haberse quedado la condesa de Soissons en la corte, a Luis XIV le habría resultado difícil rechazar a su hijo para cualquier empleo militar, teniendo en cuenta la gran amistad que les había unido durante tantos años. Al arrojar al principe Eugenio en brazos del emperador Leopoldo I de Austria, Luis XIV cometió uno de sus mayores errores. El prestigio de su ministro Colbert sufrió a causa del asunto, ya que toda la gente encumbrada, incluída Madame de Montespan, eran amigos suyos. Colbert murió en 1683, desengañado, agotado y triste.
A pesar de todas las precauciones tomadas para evitar la publicidad, el escándalo entero acabó por trascender a todo el reino, hasta tal punto que la gente se volvió más suspicaz que nunca sobre los envenenamientos y les atribuyó toda muerte misteriosa. La paranoia triunfó.
Sin embargo, se llegó a un resultado positivo: se reguló de manera muy estricta la venta de venenos en toda Francia con el Real Decreto del 31 de agosto de 1682. Los laboratorios privados fueron prohibidos terminantemente, del mismo modo en que se penalizaban las artes ocultas y las prácticas supersticiosas.
Epílogo
¿Era pues culpable la Marquesa de Montespan? George Mongrédien, cuyo libro sobre el asunto es con mucho el mejor, cree era inocente de los cargos criminales, o sea del intento de envenenar al rey y a la duquesa de Fontanges, y de consentir al sacrificio de niños en las misas negras. La Reynie, en conjunto, parece que fue de esta opinión; el rey y la marquesa de Maintenon, que la conocían a fondo, ciertamente lo fueron. Sus testigos de cargo fueron hombres y mujeres de la peor calaña; mientras estuvieron encerrados en la prisión de Vincennes, se cometió la imprudencia de tenerlos hacinados, y lo más probable es que se conjurasen para acusarla, con la idea de que, si se creía que ella estaba envuelta en el asunto, nunca serían ellos llevados a juicio; y en efecto, así fue.
Françoise-Athénaïs de Rochechouart-Mortemart, Marquesa de Montespan (1641-1707)
Mongrédien señala también que a Madame de Montespan nunca se le dió la oportunidad de defenderse. Pero no hay duda de que jugó con fuego. Todos los envenenadores y curas privados de su ministerio que más vociferaban al acusarla, dijeron que habían estado en tratos con su camarera, Mademoiselle des Oeillets. Interrogada por La Reynie, Mademoiselle des Oeillets negó tajantemente haber visto a ninguno de ellos y pidió un careo. Sin embargo, cuando La Reynie la llevó a Vincennes para el careo, todos, del modo más desconcertante, la reconocieron y dijeron su nombre. Cayó entonces sobre ella la sombra de la sospecha, aunque sin consecuencias. La bella Athénaïs ciertamente había intentado hechizos, con los excelentes resultados que se habían notado; y el rey todavía recordaba aquellas horribles jaquecas que había sufrido en la época que ella le había estado administrando los polvos proporcionados por Galet.
Si eso era bastante negativo para la marquesa, no era, obviamente, un crímen. Por fortuna para ella, el rey siempre estaba dispuesto a perdonar a las mujeres, porque las consideraba seres inferiores tan encantadores como irresponsables. La Marquesa de Montespan no era solo la madre de sus hijos sino uno de los mejores ornamentos de su corte. Deslumbraba a los embajadores. Cuando no le exasperaba, le divertía de maravilla. Quemó todos los papeles relativos al asunto, sin darse cuenta de que las anotaciones de La Reynie se guardaban en los archivos de la Policía (hoy se conservan en la Biblioteca Nacional de Francia) y lo arrinconó todo. Tal vez creyera que, si Athénaïs hubiese sido envenenadora, por lo menos una de sus rivales habría muerto o enfermado de modo misterioso, y que habría envenenado haría mucho tiempo a la Marquesa de Maintenon, a quien aborrecía en el fondo de su alma por arrebatarle al rey.
La prueba de que el rey creía en su inocencia fue que la conservó en Versalles durante 10 años más, aunque la mandó del primer piso al de abajo (una alegoría de su descenso a los "infiernos"). Nada podía haber sido más fácil para él que enviarla a un convento, destino habitual de las favoritas depuestas. Los historiadores que atribuyen el fin de la mutua aventura amorosa al papel que a ella se le atribuyó en el caso de los envenenamientos, no han examinado las pruebas; el rey se había distanciado por completo de ella después del nacimiento del Conde de Toulouse, casi un año antes del arresto de La Voisin. Voltaire, con su gran conocimiento de la naturaleza humana, resumió la cuestión en pocas palabras: "El Rey se había reprochado su unión con una mujer casada, y cuando dejó de estar enamorado, su conciencia se lo hizo sentir más agudamente."
En cuanto a la pobrecilla duquesa de Fontanges... Athénaïs tenía razón al creerla demasiado estúpida para retener a un hombre a quien sólo gustaban las personas inteligentes e ingeniosas, una vez su deseo físico se había extinguido. Esto ocurrió antes de lo que podía esperarse al perder ella la salud. Al año de iniciarse el idilio, tuvo un niño que murió. Los médicos se hicieron un lío con ella; nunca dejó de perder sangre, se tornó achacosa y no hacía más que llorar y quejarse. El rey, que no podía sufrir a los enfermos, la mandó a un convento del cual era abadesa la hermana de la duquesita. No se llevó nada excepto una pieza de encaje veneciano, en recuerdo de sus pocos meses de gloria. El rey la visitaba cuando salía de caza por los alrededores; y cuando vió lo que había hecho, se dignó llorar. Al poco, murió ella en marzo de 1681, diciendo que abandonaba feliz este valle de lágrimas por haber visto al rey llorar arrepentido. Tenía 20 años.
Tal vez los rumores de envenenamientos llegaron hasta el convento, pues su hermana la abadesa, mandó exhumar su cadáver para practicarle una autopsia en presencia de 7 médicos: tenía el hígado enfermo y los pulmones en muy mal estado, pero los intestinos, el estómago y la matriz estaban perfectamente sanos. Los galenos dictaminaron que había fallecido de neumonía originada por la cuantiosa pérdida de sangre.
NOTAS
-Enriqueta Ana de Inglaterra, Duquesa de Orléans (1644-1670). La cuñada del rey Luis XIV, falleció en extrañas circunstancias en 1670, después de beber una jarra de agua con chicórea tras bañarse en el Sena con sus damas. Faltó tiempo para que los rumores de su envenenamiento corrieran por las calles de la capital...
-Nicolas Gabriel de La Reynie (1625-1709), Jefe y Teniente de Policía de París. Durante sus 30 años en el cargo, supo sanear una capital en la cual el crimen y el vicio reinaban a sus anchas. Fue él quien abrió la caja de Pandora al investigar los casos de envenenamiento cada vez más frecuentes...
-Maria-Magdalena d'Aubray, Marquesa de Brinvilliers (1630-1676). Fue la primera víctima de las investigaciones de la Justicia en el asunto de los venenos.
-Louis Le Tonnelier, Barón de Breteuil (1648-1728), fue uno de los jueces auxiliares del tribunal especial formado para investigar el asunto de los venenos, junto con el señor d'Ormesson. A raíz de sus brillantes servicios a la Corona, Luis XIV le nombraría Controlador General de las Finanzas del Reino, un cargo muy lucrativo y de mucho peso...
-Françoise Athénaïs de Rochechouart de Mortemart, "Mademoiselle de Tonnay-Charente", Marquesa de Montespan (1641-1707). Hija de Gabriel de Rochechouart, 1er duque de Mortemart, y hermana del duque de Vivonne, pertenecía a uno de los más antiguos linajes galos. Casada con el marqués de Montespan, heredero de la ilustre Casa de Antin y pariente del mariscal-duque de Albret, la marquesa fue admitida como dama de honor de la reina Maria-Teresa de Austria y, poco después, en la cama de Luis XIV como sucesora en la sombra de la duquesa de La Vallière, entonces favorita oficial del Rey. Pero, aparte de su temible ascensión en la corte de Versalles, la marquesa se vió envuelta en el asunto de los venenos...

-Príncipe Mauricio Eugenio de Saboya-Carignano, Conde de Soissons (1633-1673). Hijo del príncipe Francisco Tomás de Saboya-Carignano y de la princesa Margarita de Borbón-Soissons, Condesa de Soissons, fue tempranamente destinado a la carrera clerical pero, por decisión suya opta por abrazar la militar. Casado en 1657 con Olimpia Mancini, sobrina del cardenal Mazarino, el conde recibiría el grado de coronel-general de los Suizos y el gobierno militar de Champaña. Distinguiéndose en la batalla de las Dunas (1658), donde consigue derrotar a la infantería española, sobresale por su intrépida valentía y determinación durante la campaña de Flandes y en el Franco-Condado, al lado del rey Luis XIV. Sus gloriosos hechos de armas le valdrán su promoción como teniente general en 1672. Tras participar en el pasaje del Rhin, se disponía a reunirse con el ejército de Turenne cuando muere repentinamente en su cuartel general de Champaña en 1673. Los galenos, al examinar su cadáver, determinaron un posible envenenamiento sin que se aclararan las circunstancias... De Olimpia Mancini había tenido 8 hijos, uno de ellos siendo el célebre príncipe Eugenio de Saboya-Carignano, el general tránsfuga que pasaría al servicio de Austria.
-Marie Angélique de Scorailles de Roussilles, Duquesa de Fontanges (1661-1681). Nacida en el castillo de Cropières, cerca de Raulhac en Auvernia, era hija del conde de Roussilles, teniente del rey para la provincia, y pertenecía a una de las más eminentes familias de la región. Su primo el barón de Peyre, teniente general del Languedoc, reparó en la extraordinaria belleza de la muchacha y la introdujo en la corte de Versailles el 17 de octubre de 1678, siendo admitida como dama de honor de la princesa Palatina, cuñada del rey y esposa del duque de Orléans. Luis XIV se enamoró de ella al poco de aparecer en la corte, manteniendo en secreto su amor hasta abril de 1679, provocando la ira de la marquesa de Montespan. A pesar de la "guerra de favoritas", Luis XIV la mostró públicamente como su nueva amante; el mismo año daba a luz un niño sietemesino que murió poco después. En abril de 1680 era obsequiada con el título de duquesa de Fontanges con 80.000 Libras de pensión anual. Mal repuesta de su embarazo, su salud se fue deteriorando paulatinamente con hemorragias cada vez más frecuentes, declarándose un mal pulmonar que degeneraría en pleuresía galopante, escupiendo sangre y pus. Moría la noche del 27 al 28 de junio de 1681 a la edad de 20 años... Extraños rumores de envenenamiento empezaron entonces a correr, acusando a la marquesa de Montespan, su gran rival y enemiga.
-Jean Racine (1639-1699), este dramaturgo fue el autor de las más admiradas tragedias teatrales de la corte de Versailles, pero sus "conexiones" sospechosas con La Voisin levantaron rumores que hicieron peligrar su exitosa carrera...
-Luis XIV, Rey de Francia y de Navarra (1638-1715); el monarca se vió salpicado por el asunto de los venenos hasta tal punto que, como víctima, sopesó las consecuencias negativas para su prestigio y decidió tapar el escándalo que amenazaba con cubrirle de ridículo...
-El Príncipe Eugenio de Saboya-Carignano (1663-1736); el hijo de Olimpia Mancini, Condesa de Soissons, pagó las consecuencias derivadas de la huída de ésta al verse acusada de la muerte de su esposo. Tachado de insolente y sodomita, Luis XIV le negó la posibilidad de hacer carrera en el ejército, condenándole al más absoluto ostracismo...

Los venenos......dicen continuan haciendo estragos,lo que sucede es que los disfrazan muy bien.
Gracias por recordarme tantas anecdotas interesantes.
Un abrazo y que Dios los bendiga!