Arsénico y Encajes

Un amigo del Conde de Bussy le escribió, al enterarse de los casos de envenenamiento que salpicaban a altos personajes de la aristocracia: "A pesar de la vida mundana e insensible que he llevado, no puedo sobreponerme al horror de lo que me contáis."

La alta sociedad parisiense estaba conmocionada por los rumores, al constatar que el "Caso de la Brinvilliers" no había sido otra cosa que la punta del iceberg.

Entre los otros crímenes de Madame Voisin, al parecer, figuraban los de haber practicado por lo menos 2.000 abortos y la eliminación de muchas criaturas indeseadas. Se habían sacrificado al Diablo niños vivos secuestrados en los barrios más pobres de la urbe, desapariciones que ya habían sido registradas por la policía al recibir aluviones de denuncias. Hasta la propia hija de La Voisin había ocultado a su hijo por miedo a que fuera sacrificado en aras de un pacto diabólico. Si La Voisin mencionó una nutrida lista de nombres importantes, nunca y aún bajo tortura, citó el de la Marquesa de Montespan. Esta omisión tiene entonces dos explicaciones: o bien la marquesa tan solo participó a unos cuantos hechizos inofensivos o bien la bruja, aterrorizada por la espantosa muerte reservada a cualquiera que cometiese el menor atentado contra la vida del Rey, no quiso que se viera implicada con persona tan allegada al monarca.

Las tres brujas, La Voisin, Bosse y Vigoureux, fueron sentenciadas a muerte. La última, Vigoureux, falleció bajo tortura, mientras que las dos otras, tras sobrevivir a los tremendos tormentos, fueron quemadas vivas. Madame de Poulaillon, Madame Dreux y Madame Leféron, salvaron el pellejo: fueron encerradas de por vida en tres conventos distintos de Bélgica, para expiar sus crímenes. El tribunal de la Cámara Ardiente se había mostrado tan pusilánime cuando se trató de amigas y parientes, como lo hubiera sido el Parlamento en similares circunstancias. No hay duda que el señor d'Ormesson, olvidándose de la justicia ciega y ecuánime, distinguió a sus parientes y amigas de las tres brujas a la hora de dar su veredicto.

La Reynie llevaba haciendo investigaciones cosa de un año ya cuando, en 1680, en los círculos de la corte estalló la verdadera bomba y corrió la increíble noticia de que se habían dictado órdenes de arresto contra la Condesa de Soissons por el asesinato de su difunto marido, muerto en 1673; contra la duquesa de Bouillon por envenenar a un lacayo que sabía de sus amores y por intento de envenenamiento de su marido el duque; contra la marquesa d'Alluye por envenenar a su suegro; contra la princesa de Tingry, dama de la reina Maria-Teresa de Austria, de quién se decía que había envenenado a su propio hijo recién nacido; contra el poderoso y popular duque de Luxemburgo-Piney, mariscal de Francia, y contra otras varias personas más de la misma clase social.

Cuando la policía fue a por la Condesa de Soissons, no la hallaron en ninguna parte; se había esfumado de su domicilio del Marais (barrio aristocrático de París). El mismísimo Luis XIV, contra su propia opinión de acabar con las envenenadoras fuesen quienes fuesen, había enviado un recado a la condesa diciéndole que podía optar por ir a la Bastilla y ser procesada, o desterrarse permanentemente del reino. La condesa huyó llevandose cuanto pudo en joyas y dinero, recalando en Bruselas, bajo protección española, llevando consigo a su amiga íntima la marquesa d'Alluye. Una vez a salvo en suelo español, la condesa se puso a negociar con el Rey las condiciones de su rendición. Su principal condición era que no fuera encarcelada en la Bastilla mientras se abriera e instruyera su juicio, sino que se efectuara el proceso judicial de forma inmediata. Luis XIV le replicó que tendría que ir a la cárcel como todas las demás y que no podía garantizarle ninguna rapidez en la instrucción de su juicio. Las negociaciones se rompieron y la condesa de Soissons nunca volvió a pisar suelo francés, por lo que no cabe duda alguna de que era tan culpable como se sospechaba.

El Rey dijo entonces a su prima la condesa viuda de Soissons, suegra de Olimpia, que por haberle permitido escapar de la Justicia tendría que rendir cuentas a Dios y a su pueblo... Un lamento que bien parece tardío.

Otros dos implicados de la lista de La Reynie, el conde de Cessac y la vizcondesa de Polignac, lograron escurrir el bulto y escaparse al extranjero; los demás fueron detenidos a tiempo y encarcelados en la Bastilla.

La Flor y Nata de la Aristocracia en el banquillo

La Condesa de Soissons, Olimpia Mancini, refugiada en Bruselas y gozando de la protección española (sin duda porque supo hábilmente seducir al gobernador), no volvió a pisar suelo francés. Es más, viajó a Inglaterra y a España de donde fue expulsada al ser acusada (sin pruebas) de haber envenenado a la reina Maria-Luisa de Orléans, consorte del rey Carlos II... Definitivamente retirada en Bruselas, moriría allí sola y olvidada. En cuanto a su amiga y comparsa, la marquesa d'Alluye, después de expiar sus crímenes en el exilio, conseguiría obtener su rehabilitación, mientras el conde de Cessac y la vizcondesa de Polignac proseguían con sus peregrinajes por el extranjero, intentando hacerse olvidar.

Mientras, en París, los juicios contra los "importantes" hacían las delicias de la opinión pública y despertaban gran interés...

Maria-Ana Mancini, Duquesa de Bouillon y Princesa de Sedan (1640-1715).

La duquesa de Bouillon comparecía en la sala del tribunal con sus mejores galas, encantadora, optimista, sonriente, rodeada de admiradores, con su marido a un lado y con su amante al otro, el duque de Vendôme (primo del rey), a causa del cual se alegaba que la duquesa había intentado asesinar al primero. Para colmo, el duque de Bouillon idolatraba a su esposa a pesar de que sus hermanos le instaran en reiteradas ocasiones que la mandara encerrar, por los escándalos que daba con sus múltiples aventuras amorosas. El duque, desoyendo los ruegos de su familia, siempre respondía que mientras no le faltase su parte, su mujer era libre de hacer lo que quisiera.

Al ser interrogada la duquesa de Bouillon por los jueces, ésta admitió haber visitado reiteradas veces a Madame Monvoisin "La Voisin" (en realidad se llamaba Catherine Deshayes y se había desposado con un tal señor Monvoisin), del brazo del duque de Vendôme "para ver las Sibilas"... Cuando uno de los jueces insinuó que había intentado envenenar a su marido, ella soltó con mofa: "preguntádselo a él!"

Godefroy Maurice de La Tour d'Auvergne, 3er Duque de Bouillon y Príncipe de Sedan (1641-1721)

La Reynie inquirió entonces a la duquesa si había visto al Diablo y, si lo había visto, cómo era, replicándole ella: "Pequeño, negro y feo, exactamente como vos!" ; y se desencadenaron las carcajadas entre la asistencia. Haciendo gala de su ingenio y natural gracia, la duquesa se pasó el resto del juicio exasperando a sus jueces con sus ocurrencias, recibiendo los aplausos de una asistencia presta a reírle todas sus gracias. Como no se pudo probar nada, fue finalmente absuelta y puesta en libertad.

Con aire ufano y triunfador, se le ocurrió entonces publicar sus ingeniosas ocurrencias dando a entender que había derrotado a los jueces y ahí cometió un grave error. El rey, que no estaba dispuesto a tolerar esta clase de dislates, la desterró por rebeldía. El "esprit d'escalier" de la duquesa le costó varios años de mortal hastío en provincias, lejos del mundanal ruido.

François-Henri de Montmorency-Bouteville, Duque de Luxemburgo-Piney, Mariscal de Francia (1625-1695)

nota:François Henri de Montmorency-Bouteville, Duque de Luxemburgo y de Piney, Conde de Bouteville, Mariscal de Francia (1625-1695); su padre, célebre duelista, fue ajusticiado por el cardenal de Richelieu por haber desafiado la prohibición de batirse en duelo, batiéndose con el conde des Chapelles en plena calle y en hora punta. Pertenecía a una de las más antiguas y reverenciadas familias de la aristocracia francesa, muy ligada a los reyes desde la Edad Media. Gran general y siempre victorioso en la guerra, era apodado "el tapicero de Notre-Dame" tal era la cantidad de estandartes arrancados al enemigo en el curso de sus batallas, y que ofrecía siempre a la catedral de París...

Más largo fue el juicio del duque de Luxemburgo-Piney, mariscal de Francia: duró 14 meses!!! Fue acusado, no de envenenar, pero sí de emplear hechizos para librarse del administrador de una rica viuda con la que planeaba casarse; de causar la muerte de su propia mujer; de hacer que su cuñada, la princesa de Tingry, se enamorase de él y le proporcionase victorias en el campo de batalla. Aunque no fue un testigo astuto y habló más de la cuenta, fue exculpado de todos los cargos y desterrado a sus dominios durante una semana... En compensación, mandaron a su secretario a galeras! Cuando el duque volvió a la corte, Luis XIV le recibió sin mencionar una sola vez el juicio, le concedió importantes mandos y éste obtuvo a su vez grandes triunfos en los campos de batalla.

Ridículo...

Las otras personalidades implicadas fueron igualmente absueltas. Todos dijeron con entera franqueza que habían sido clientes de Madame "La Voisin", pero en cambio no había pruebas de que ninguno de ellos fuera envenenador; la siniestra cuadrilla de Vincennes se reveló poco digna de confianza como testigo... Todo el mundo, en general, opinó que la impopular Cámara Ardiente se había cubierto de ridículo.

(Continuará...)