VENENO: el escabroso "Asunto de los Venenos" -2-
el 14 ene En: Temas - sin comentarios
De la Marquesa de Brinvilliers a La Reynie
Ya desde la extraña muerte de su cuñada la duquesa de Orléans, Luis XIV había ordenado una investigación secreta a Nicolás Gabriel de La Reynie. No sería hasta el sonado escándalo del caso de la Marquesa de Brinvilliers, en 1676, que Francia empezaría a estremecerse conociendo los tenebrosos negocios que se iban cociendo entre la corte y los bajos fondos de París.
Marie Madeleine d'Aubray (1630-1676), Marquesa de Brinvilliers, era hija nada menos que de un secretario de Estado al que había envenenado durante 8 meses seguidos administrándole unas 30 dosis de arsénico hasta matarle. El móbil era la venganza: su padre había conseguido hacer encerrar a su amante, Gaudin de Sainte-Croix, un apuesto caballero iniciado en el arte de la alquimia y del veneno.
No contenta con deshacerse de su odiado padre, arremetió contra sus dos hermanos con los que había mantenido relaciones incestuosas desde los 7 años de edad!
De pasada, intentó envenenar a su propia hija por considerarla una idiota insoportable, y deshacerse de un marido engorroso. Gracias a los antídotos de Gaudin de Sainte-Croix, el marqués de Brinvilliers pudo sobrevivir al paulatino envenenamiento del cual era víctima, despertando en él dudas razonables sobre las intenciones de su esposa. Aunque sospechaba, el marqués no pudo probar nada y no fue hasta la muerte accidental del amante de su mujer, tras un peligroso experimento de laboratorio, que las sospechas tomaron realmente cuerpo: la policía registró la casa de Sainte-Croix y puso los sellados. En las pesquisas, encontraron numerosas botellitas con arsénico y una extraña carta de éste rogando que se entregara una caja sellada a la marquesa de Brinvilliers si muriera antes que ella.
Al reunirse tantas pruebas implicando a la marquesa, el marido decidió denunciarla, pero ésta huyó a Inglaterra y luego a los Países-Bajos, consiguiendo cobijo en un convento. Luis XIV no dudó entonces lanzar una orden de búsqueda y captura contra ella: fue finalmente hallada, secuestrada y puesta a disposición de la Justicia. A pesar de las pruebas incriminatorias, la marquesa lo negó todo, incluso bajo tortura, soportando los interrogatorios estoicamente. Ante la resistencia de ésta, los jueces intentaron ablandarla introduciendo en su celda a un cura... entonces se derrumbó y confesó.
Ante el inevitable desenlace de su juicio, y a pesar de sus intentos de corromper hasta el propio comisario para tapar el asunto, denunció a sus dos lacayos como cómplices de envenenamiento creyendo que así evitaría la pena capital. Ambos criados acabaron colgados y ella escuchó, sin desfallecer y con gran entereza, la lectura de su condena:
primero debía expiar públicamente su crimen llevando una camisa de tela blanca, un crucifijo y un cirio en ambas manos, para luego ser llevada al patíbulo donde sería decapitada con espada (privilegio reservado a la aristocracia) y su cuerpo quemado en la hoguera. Sus cenizas serían lanzadas al Sena al día siguiente.
En el momento de ser decapitada, el tajo fue tan rápido y ágil que su cabeza permaneció durante unos segundos inmóbil sobre sus hombros, para luego caer al suelo.
La marquesa de Brinvilliers era la primera víctima del caso de los venenos...

Grabado de 1660, ilustrando la decapitación de una dama
Pero antes del caso Brinvilliers, un cura de Notre-Dame advirtió a La Reynie que cada día había más personas que confesaban asesinatos por envenenamiento. El sacerdote había vacilado antes de revelar secretos de confesionario, aún sin citar ningún nombre, pero le preocupaba aquel horrible estado de cosas: para él era un cargo de conciencia. La Reynie trató de averiguar más, pero fue en vano. Solo las últimas palabras de la marquesa de Brinvilliers parecían confirmar lo que el sacerdote le había confiado, y convino en que se cocían siniestros asuntos en París. Arrestó a uno o dos tipos sospechosos pero sus indagaciones no prosperaron hasta que un joven abogado, por casualidad, fue a comer a casa de una tal Madame Vigoureux. Nunca se aclaró cómo ese hombre al parecer respetable tenía tal amistad, pues era obvio que el más ligero trato con ella descubría que Madame Vigoureux era lo peor de París. Ocurrió pues, que una de las invitadas de aquella cena, una tal Madame Bosse, se embriagó durante la velada y declaró repentinamente:
"¡Qué comercio tan encantador!¡Qué clientes!¡Duquesas y Príncipes! Tres envenenamientos más y haré una fortuna: podré retirarme."
De no haber observado una expresión de contrariedad y alarma en el rostro de la anfitriona, el abogado bien pudo haber creído que aquella mujer bromeaba. Le faltó entonces tiempo para ir a ver a La Reynie y contarle la curiosa historia.
El jefe de policía envió entonces a una mujer como "gancho" a Madame Bosse, la cual obtuvo fácilmente de ésta un frasco de veneno con que despachar a un imaginario marido cruel.
Con semejante prueba, La Reynie hizo detener a Bosse y Vigoureux en plena noche, encarcelándolos en el castillo de Vincennes.
La caja de Pandora quedó entonces abierta......
La Caja de Pandora
En plena noche, La Reynie mandó detener a Madame Bosse, Madame Vigoureux, el hijo y dos hijas de ésta última, mientras dormían todos en la misma cama, y llevados prestamente a la prisión medieval del Castillo de Vincennes, entonces a las afueras de la capital francesa.
Se abrió la caja de Pandora: Bosse y Vigoureux fueron muy locuaces, deseosas de sacudirse parte de culpabilidad ayudando en todo lo posible a la policía. Declararon ser adivinas y admitieron que había por lo menos 4.000 personas practicando ese tenebroso oficio en París y a la sombra de la Corte con fácil acceso a las residencias del Rey Luis XIV. Dieron nombres, muchos, y entre ellos, el de una tal Madame Voisin, apodada "La Voisin", y que había experimentado con ellas dos los efectos letales de un sinfín de productos químicos. Una de las clientes más adeptas de La Voisin y a la cual le había adivinado en repetidas ocasiones el futuro, era Madame de Poulaillon.

Catherine Deshayes, Madame Voisin (1632-1680), apodada "La Voisin", era ocultista, abortista, quiromántica y envenenadora.
Los nombres de La Voisin y de Madame de Poulaillon así revelados, dejaron entrever a La Reynie que estaba precisamente sobre la pista de un negocio tan complicado como siniestro, con ramificaciones harto comprometedoras. De hecho, el nombre de La Voisin era conocido por todos.... Todo el mundo sabía de ella y de sus clientes de las más altas esferas. En cuanto a Madame de Poulaillon, era nada menos que una bonita dama perteneciente a un ilustre linaje de la nobleza de toga de Burdeos (alta magistratura); su marido la había hecho encerrar en un convento tras constatar que había ella intentado repetidas veces envenenarlo.

François-Michel Le Tellier, Marqués de Louvois (1641-1691)
Con semejante informe, La Reynie acudió a informar al ministro Louvois del resultado de sus pesquisas, y Louvois, a su vez, informó debidamente al Rey. Los tres celebraron consulta y decidieron unanimamente que más valía no pasar el asunto al Parlamento (la suprema asamblea judicial del reino) por dos razones muy concretas y comprensibles:
1º-Cuanta menos publicidad se diera al caso, mejor y eso desde todos los puntos de vista.
2º-El Parlamento, siempre dispuesto a castigar con rigor a la gente humilde, se mostraba siempre reacio a castigar a las personas de alcurnia, más si éstas eran del sexo femenino. ¿Por qué? sencillamente era porque muchas damas y grandes señores se encontraban emparentados con lo más granado de la magistratura parisina y provincial.
Si el procedimiento de envenenar estaba realmente tan extendido en París, como La Reynie empezaba a temer, debía de extirparse a toda costa entre la nobleza, no sólo la de Espada (nobles terratenientes y miembros del Ejército) sino también la de Toga (magistratura y miembros del Parlamento). Ambas clases se habían casado tanto entre sí desde que "los Franceses habían dejado de preferir la cuna al dinero" que empezaban a estar inextricablemente emparentadas y mezcladas.
Así pues, se recreó un tribunal especial llamado "Chambre Ardente" o Cámara Ardiente, bajo la presidencia del respetado Monsieur de Compans, futuro canciller de Francia. Digo "recreó", ya que dicha cámara judicial ya había sido formada en el siglo XVI por la Corona Francesa en tiempos de la Contrarreforma durante el reinado de Francisco I, para contrarrestar el avance del protestantismo.
Compans eligió a sus auxiliares, dos magistrados muy conocidos: el barón de Breteuil y el señor d'Ormesson. El 10 de abril de 1679, se reunía por vez primera la Cámara Ardiente, en sesión secreta para que no se difundieran los detalles de las investigaciones...
(Continuará...)

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