HELIOGÁBALO: la Transgresión al poder (1)
el 8 ene En: Temas - sin comentarios
1. INTRODUCCIÓN
Antes de empezar a desvelar la fascinante vida del emperador Heliogábalo, permítanme que les explique una serie de conocimientos que son necesarios para los que no están versados en las ciencias de la Antigüedad, para así poder comprender mejor qué ocurrió realmente en el mundo romano con la "homosexualidad".
Entrecomillamos el término "homosexualidad", pues a nuestro entender absolutiza una categoría que, aun siendo importante, no es ni definitoria ni fundamental en la configuración de la personalidad de un individuo (no negamos por ello que es de una gran transcendencia, sobre todo en su relación con los demás); por ello optamos por eludir la sexualidad como elemento diferenciador o utilizar el adjetivo "sexual" para referirnos a las múltiples opciones que tiene ante sí toda persona.
Pero... y en la Antigüedad, ¿se planteaban las mismas dudas, o no? Mucho se ha hablado de la naturaleza bisexual de los antiguos griegos y romanos (Cantarella, 1988), así como del escaso prejuicio que éstos presentaban ante las manifestaciones sexuales de sus paisanos. ¿Cómo es nuestra forma de aproximarnos a esta realidad? ¿Trasladamos nuestros métodos y formas de pensar a más de 2.000 6 2.500 años atrás? La respuesta creemos que es obvia. La primera lección que aprenden nuestros alumnos de Historia es la siguiente: nunca se puede pretender comprender el pasado con la óptica del siglo XX, y por lo tanto, ocurre lo mismo para la sexualidad.
Desde principios de la década de los 90, en Estados Unidos empezó a surgir una corriente que se cuestionaba la adecuación de nuestras modernas categorias sexuales a las de la Antigüedad. Hay que destacar los trabajos de Halperin (1990) y Vinkler (1990). Estos dos autores llegaron a la conclusión de que los clásicos nunca dividieron el deseo en "hetero" u "homo" sino que la dicotomía -que la hubo, pero en otra escala- consistía fundamentalmente en ser más o menos "hombre", es decir, si se era Masculino o femenino, dicho en otros términos: si se era: sujeto activo o pasivo.
Esto no quiere decir que no encontremos en el mundo clásico algo que podamos llamar "sexualidad"; al contrario, los clásicos tenían distintas formas para referirse al "sexo", como concepto abstracto, pero de ahí a conseguir una definición de la sexualidad como una parte permanente y constitutiva del individuo, en el sentido en el que hoy damos como "hetero", "homo" o "bisexual", es una labor difícil, por no decir imposible, de percibir en la Antigüedad.
De este modo, Carnes (1) señala que denominaciones tales como "hacer el amor" o "el amor por los muchachos" se refieren realmente a actos homosexuales, y gracias a las fuentes podemos deducir que algunas personas preferían a los muchachos antes que a las mujeres, y al contrario; pero de ahí a decir que esta faceta cubre un aspecto significante de la personalidad de cada individuo -o incluso, como mencionábamos al principio, "el aspecto" por antonomasia definitorio- va un abismo.
El que sea tan controvertido hablar de "gays" en la Antigüedad va ligado al hecho de que, en principio, la mayoría de los hombres adultos encontraban a las mujeres y a los muchachos como potenciales compañeros/as sexuales (lo cual nos aleja no sólo de nuestro concepto social que distingue entre "homos" y "heteros", sino incluso de nuestro moderno concepto de "bisexualidad" -pues para ello hay ser consciente de que existen ya dos tipos reales de sexualidad-).
Por otro lado, y con mayor o menor dificultad, hoy día nuestra sociedad acepta las relaciones entre hombres y mujeres de igual estatus social, de edades similares e incluso con el puro objeto del goce sexual. Pues bien, nada de todo esto se puede transportar al mundo griego y ni mucho menos al romano, pues en ambos universos los hombres mantenían relaciones sexuales con sus inferiores (cualquiera que fuese su edad o estatus social), relaciones en las que no se esperaba particularmente que el/la joven disfrutara (al ser objeto de deseo poco importaba si disfrutaba o no, sólo tenía que prestarse a satisfacer a su amante). Aunque, como bien sabemos, sobre todo gracias a la iconografía de los vasos griegos y a los ejemplos tan significativos de los graffiti pompeyanos, hay honrosas excepciones que nos aproximan a nuestro ideal moderno de reciprocidad.
Bien, creo que con lo que hemos expuesto queda por lo menos claro que no todo el mundo cientifíco está dispuesto a utilizar las mismas modernas categorías sexuales para conocer este interesante aspecto de la vida cotidiana en la Antigüedad. Aun así, ya hemos dejado entrever que las funciones sexuales son bastante distintas de las actuales, pero de ello nos ocuparemos dentro de un momento; antes permítanme que les muestre de dónde extraemos nuestros datos para poder proceder a la reflexión.
Para aquél que no conozca bien la antigüedad clásica, diré que las fuentes con las que podemos contar para aproximarnos a este interesante y "oscuro", universo (digo "oscuro", porque aún somos muy pocos los que nos dedicamos a estudiar esta "pornografía" como la llaman algunos), son dos exclusivamente: las literarias y las arqueológicas. Dentro de las primeras ocupan un lugar privilegiado los textos que nos han llegado de los autores clásicos, y, concretamente, por lo que respecta a sus informaciones sobre el deseo homosexual, señalo a Hesíodo, Platón, Lisias, Aristófanes, Estratón de Sardes, Jenofonte, Aristóteles, Esquines, Catulo, Tibulo, Propercio, Ovidio, Petronio, Plinio, Lactancio, Valerio Máximo, Polibio, Tácito, Estacio, Herodiano, Tito Livio, etc... Entre ellos contamos con escritores que ocupan un espectro desde el siglo VIII ane hasta el IV dne, con multitud de oficios: agricultores, filósofos, comediógrafos, poetas, novelistas, historiadores, juristas, etc... En ellos tenemos recogidos desde expresiones sobre la belleza de hombres hasta descripciones de actos sexuales, pasando por el comportamiento de pareja o los celos.
En cuanto al segundo tipo de fuentes, diremos que hemos de centrarnos exclusivamente casi en las representaciones artísticas (o sea, ,desechamos la numismática, la epigrafía, etc ... ) para centrarnos en las producciones materiales, como la cerámica (los vasos griegos, y algunos romanos, son auténticas enciclopedias visuales), la orfebrería, las pinturas al fresco, algún mosaico que otro, y alguna que otra escultura.
De este segundo tipo de fuentes hemos podido extraer unas conclusiones tan interesantes como las que ya antes Carnes mencionaba sobre la ausencia o no de placer en los "muchachitos", como el sexo en grupo, o las distintas habilidades eróticas de nuestros antepasados.
Existe un tercer tipo que engloba la religión. Me refiero concretamente a ciertos rituales que detentan una carga hornoerótica muy importante. Fundamentalmente son los ritos iniciáticos o de transición, como los llamó el gran estudioso Van Gennep (198l), pues por medio de una ceremonia se pretende subrayar la transición de estatus de los mas Jóvenes a la edad adulta (bien por mutilación o iniciación sexual, bien por disciplinas no urbanas en las que exponen fundamentalmente el aspecto selvático de la civilización, y por lo tanto, del hombre o la mujer).
Para completar el estudio, es decir, para hacernos una idea exacta del fenómeno "homosexual", en la antigüedad, no debemos olvidar la figura de la mujer y los roles sexuales. De la primera tengo que advertir que desgraciadamente, dado que en éstas civilizaciones no detentaban un rango especial, su participación activa y su huella es mínima; más aun cuando nos referimos al terreno sexual que se adentra en la parcela de lo privado. Queremos decir con esto que si el mundo greco-romano era un mundo de hombres, lógicamente se hablaba, se dramatizaba, se componia y se procuraba diversión sólo para los hombres; luego, lo que hacían las mujeres a nadie interesaba (salvo si no respondían a las expectativas que de ellas se tenían: tener hijos, ser esposas dignas, llevar la economía doméstica, lo que incluía controlar a la servidumbre de la casa, ofrecer placer al amo y señor cuando lo pidiera, no frecuentar los lugares públicos, etc... ). Esta es la razón de que desgraciadamente sólo conozcamos un nombre femenino protagonista del amor "homosexual", entre mujeres, la griega de tan bello nombre: Safo.
Lo cual quiere decir, en primer lugar, que un auténtico estudio sobre el lesbianismo está aún por hacer (un buen comienzo sería rastrear los ritos iniciáticos femeninos). En segundo lugar, que todo aquello que podamos hablar sobre lesbianas debemos hacerlo en torno a conjeturas, pues no hay datos o hechos que corroboren nuestras hipótesis (esto no quiere decir que no podamos pensar que ellas también impondrían el modelo de sumisión a sus esclavas y, en consecuencia, también podrían obtener placer de ellas en el recinto cerrado del hogar, o incluso acceder a otros encuentros como en aquellas manifestaciones festivas que se celebraban exclusivamente para mujeres en Grecia y en Roma; pero repito, todo esto, aunque yo lo comparto, corre el peligro de derrumbarse si no se demuestra fehacientemente). Y en cuanto al segundo y último punto de esta reflexión introductoria -que ya se extiende más de lo que deseara-, el de los roles sexuales, tenemos que decir muchas cosas, y muy importantes todas ellas:
En Grecia como en Roma las relaciones "homosexuales" se realizaban según unos patrones delimitados y fijos que no slempre se cumplían, pero que debían seguirse. Tales patrones proponían inexcusablemente que estas relaciones, al quedar delimitadas por el ámbito de la educación (paideia), tenían que mantenerse entre un adulto (pedagogo-erastés) y un jovencito (paidés), de donde procede la archiconocida palabra "pederastia", resultado de la unión de paidés (chico) y erastés (amante adulto). Quiere esto decir que en el mundo griego un hombre adulto y casado podía (y debía) encargarse de la educación de un joven, al cual debía iniciar en todos los aspectos de la vida, incluido el sexual; ahora b'eii, tal iniciación se debía producir adquiriendo el adulto el papel activo ("el que penetra") y el jovencito, el pasivo o ("el penetrado"). Se hablaba incluso de que a través del semen del maestro la sabiduría llegaba al neófito.
Ahora bien, a la edad de 16 años o cuando al joven le empezara a despuntar la barba, debía absolutamente dejar ese papel (ya no era, pues, un niño, un "paidés") y pasaba a desempeñar el papel de amante activo en sus amoríos educativos con otros jóvenes. Sin embargo, los griegos nos han dejado constancia de términos muy sabrosos que nos indican que hubo adultos que optaron voluntariamente por el papel pasivo en sus relaciones afectivas con otros muchachos o incluso con gente de su misma edad; a éstos los griegos los llamaron eromenoi (como también inventaron un término ligado al color: leikóproptos que significaba lo mismo que erómenos, salvo que aquí la etimología es más rica, pues como he dicho va ligado al color blanco, que era el color de la piel de las mujeres y no de los hombres, que estaban siempre fuera de casa, trabajando en el campo o en el ágora discutiendo de política, pero siempre en áreas públicas a cielo abierto).
En Roma, las relaciones "homosexuales" no están ligadas para nada a la educación, es más, las consideran abominables y las denominan (los bienpensantes romanos y padres de la patria) como el vicio griego. Sin embargo, se toleran y se permiten siempre y cuando no pongan en tela de juicio su sistema de valores y la estabilidad del Derecho. ¿Qué quiere decir esto? Muy sencillo: en primer lugar, que en Roma un joven podía mantener relaciones "homosexuales" durante su adolescencia; en segundo lugar que ello no procuraba daño alguno a nadie (Espejo 1984) (salvo que adorara tal conducta y se prostituyera), pero cuando llegara la hora del matrimonio tenía que dejar de lado esas costumbres y dedicarse a procrear, que es uno de los pilares fundamentales de la ideología esclavista (se llama el status familiae). Tercero, que si una vez casado este muchacho podía y quería mantener ese tipo de relaciones, no habría problema si ias desarrollaba con inferiores, o sea, con esclavos o con muchachos (que no fueran de noble cuna), pero siempre y cuando él fuera el sujeto activo de la acción. El problema venía si no le gustaba tanto ese rol como el contario, pues aquí sí se descargaba contra él todo el aparato del estado, pues su mal consistía en que anulaba su condición jurídica y se asimilaba a lo más bajo de la sociedad romana -y tal desequilibrio social no lo toleraría jamás una sociedad tan estratificada y tan arcaica como la romana-. Quiero decir con esto que su actitud se enfrenta directamente al status civiltatis y al status libertatís, pues al someterse a otro varón, lo que se está haciendo no es otra cosa que adoptar el papel que no le queda mas remedio que protagonizar al esclavo, luego, está anulando su vocación de libertad (principio, no lo olvidemos, excluyente en un sistema de producción esclavista); y en segundo lugar, al anular su vocación de libertad, se está negando el principio que otorga mayores ventajas en el mundo romano: la ciudadanía (pues no se puede ser ciudadano si no se reúnen los dos anteriores requisitos: ser libre y ser miembro de una familia en la que se respeten y veneren los antepasados, que al fin y al cabo forjan la memoria histórica de un pueblo).
En consecuencia, podemos decir que hay un denominador común en la Antigüedad a la hora de estudiar las relaciones "homosexuales", y éste es: la imposición de roles y su consiguiente negativa a la elección libre del placer (lo interesante del siglo xx, aparte de los movimientos de liberación gay-lesbianos y bisexuales, es que nuestro sistema, al ser "utópicamente", más igualitario, ha permitido que la sumisión obligatoria se desestime, que no imperen pues los modelos pederásticos, y sí la promiscuidad o la libertad absoluta en los contactos). (2)
Siguiendo con Roma, tenemos que decir que en esta cultura la "homosexualidad" se manifiesta no de forma distinta, pero sí se analiza y se observa bajo un prisma eminentemente romano. Me explico. Ya he dicho que las relaciones pederásticas se conciben en Roma como el "vicio griego"; pues bien, según vaya asentándose Roma como poder político y militar se va a ir produciendo una escisión en su organigrama ideológico, dando espacio por un lado a los que siempre han mantenido el vigor militar, religioso y tradicional del alma romana, y por otro a los que cada vez más se sienten atraídos por aires nuevos, más frescos y más refinados, que proceden de Grecia, Asia Menor o el cercano Oriente. Estos últimos van a ir implantando en Roma las modas, las costumbres y los cultos de esos pueblos, entre cuyos hábitos estaba la pederastia. Ante tal hecho, la vertiente más purista romana, lógicamente, va a reaccionar en contra de todas esas modas, costumbres y cultos, aferrándose a la ruda y gloriosa realidad romana y, atacando a la "homosexualidad" no por lo que era sino por lo que representaba (entre otras cosas porque algunos de los protagonistas de ese sector conservador y puritano habían mantenido relaciones "homosexuales" sin ningún tipo de prejuicio, dentro de las "normas", establecidas para "ese" amor, que nunca les supuso obstáculo alguno en su conciencia). Junto a esta reacción encontramos justamente la contraria, la de aquéllos que hacen abuso de todas estas nuevas modas y escandalizan al resto de los romanos con sus actitudes y provocaciones, por ejemplo: saliendo a las calles ataviados con velos transparentes del color preferido por las prostitutas (el azafrán), con andares y movimientos oscilantes, adornados con pedrería, colgantes Y collares, así como con la cabeza llena de bucles simétricamente dispuestos (tras horas de peluquería) y embadurnados de perfumes (Herod. Hist., V.3-6). Y en este segundo bando es en el que encontramos a nuestro querido emperador Heliogábalo.

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