LAS POSEÍDAS DE LOUDUN

FRANCIA, 1634

Presas de una verdadera histeria, las diecisiete hermanas del convento de las Ursulinas de Loudun gritan que están poseídas por el diablo. Nombran al que hizo entrar en ellas al demonio: Urbain Grandier, sacerdote de una parroquia de la ciudad, en conflicto con la burguesía local.

Después de dos años de acusaciones, Urbain Grandier es juzgado culpable de brujería y quemado en la hoguera. Sin embargo, los casos de posesión de las hermanas ursulinas no acaban ahí.

Apariciones y posesiones

En 1632, la pequeña ciudad de Loudun, en la provincia de Touraine, tiene más de 14.000 habitantes. Entre mayo y septiembre, una tremenda epidemia de peste mata a más de 3.700 personas. La población de la ciudad está desesperada y traumatizada. La calamidad es interpretada como signo de la cólera divina: en esta atmósfera de fin del mundo, aparecen los primeros casos de posesión.
Durante la noche del 21 de septiembre, en un convento que cobija a diecisiete hermanas ursulinas, la madre superiora Juana de los Ángeles y dos hermanas ven aparecer el espíritu de su difunto confesor, el prior Moussaut, que falleció víctima de la peste algunas semanas antes. En los días siguientes, extraños fenómenos se manifiestan: una bola negra vuela a través del refectorio, un fantasma se pasea por los pasillos... A principios de octubre, varias hermanas dan señales de demencia, gritan y ruedan por el suelo. Las contorsiones se generalizan, y pronto el convento entero se ve afectado. Los sacerdotes acuden y la conclusión no se hace esperar mucho: las ursulinas están poseídas, víctimas del maligno. Siguiendo la lógica de los sacerdotes, Lucifer no puede aparecer si no ha sido previamente invocado por un brujo. Por lo tanto, en alguna parte hay alguien culpable de este acto demoníaco.

De toda la región, y luego de toda Francia, empiezan a llegar sacerdotes. Realizan sesiones de exorcismo, acorralando al diablo y buscando al hombre que lo hizo venir. El 11 de octubre, una religiosa poseída, según dice, por el demonio Astaroth, suelta un nombre: el de Urbain Grandier, sacerdote de la iglesia de Saint-Pierre-du-Marché (San Pedro del Mercado), situada en el centro de la ciudad de Loudun. Una vez surgido el culpable, otras hermanas lo acusan a su vez y, en la ciudad, los rumores se extienden con prontitud cual un reguero de pólvora: Urbain Grandier es un brujo. El pueblo ya ha juzgado y condenado.

Grandier, un sacerdote modesto

Urbain Grandier es un hombre alto y bien parecido, vivaz e inteligente. Cautiva a su auditorio cuando sube al púlpito, aunque se le reprocha su libertinaje y, muy especialmente, su pronunciado gusto por las parroquianas. El asunto, hasta entonces religioso, se convierte paulatinamente en un asunto político. El hombre en cuestión nunca ha entrado en el convento de las ursulinas, pero la ciudad entera habla de él, y las monjas lo saben, se obsesionan y empiezan a soñar (o a fantasear) con él. Los burgueses de Loudun critican su arrogancia y su extrema ambición. Los capuchinos, también instalados en Loudun, aprovechan la causa contra Grandier para denunciarlo como autor de un violento panfleto en contra del Cardenal de Richelieu. Da la casualidad de que el Barón de Laubardemont, comisario del primer ministro y cardenal, llega a la ciudad en septiembre de 1633, para desempeñar una misión sin relación con el asunto. Ahí sólo escucha hablar de las sucesivas crisis de las religiosas ursulinas, de los exorcistas que acuden y de las sospechas contra el párroco de Saint-Pierre-du-Marché. De regreso a París, se hace asignar el caso para llevar a cabo una investigación. El 8 de diciembre está de vuelta en Loudun con plenos poderes, encargado por el Cardenal de Richelieu de instruir el proceso judicial contra Urbain Grandier.

Retrato de Urbain Grandier (1590-1634)

Un proceso ejemplar

Al día siguiente de su llegada, Jean Martin de La Rocque, barón de Laubardemont, manda arrestar a Grandier. Hará registrar la casa de éste, sin encontrar nada comprometedor y, durante el mes de enero de 1634, se dedica a recoger declaraciones y testimonios. Del 4 al 11 de febrero, interroga a Grandier. El sacerdote niega las acusaciones de brujería y rehúsa contestar las preguntas de Laubardemont. En su convento, sometidas a exorcismos periódicos, las poseídas aún no son liberadas. La gente acude en masa a verlas contorsionarse, gritar el nombre de su demonio e injuriar a los sacerdotes. Laubardemont decide entonces separarlas para examinar cada caso, lo que no impide al público asistir a los exorcismos. Los médicos entregan rápidamente sus conclusiones: "Encontramos que en todas estas cosas las fuerzas de la naturaleza son sobrepasadas...". El caso está concluído: las religiosas son víctimas de lo sobrenatural.
El proceso se abre el 8 de julio de 1634. Se designan doce jueces, que proceden de pequeños tribunales de la región. Leen los informes del sumario realizado por Laubardemont, interrogan a las poseídas y buscan en Grandier pruebas extraordinarias. Así, una cicatriz en el pulgar indica una antigua herida que se habría infligido para firmar con su sangre un pacto con el diablo. La insensibilidad de un hombro se convierte en la prueba de que el maligno la hizo escapar a las leyes de la naturaleza. Estas pruebas son consideradas decisivas. El 18 de agosto, a las cinco de la mañana, los jueces pronuncian la sentencia. Dos horas más tarde, Laubardemont recoge a Grandier en la prisión. Es torturado; luego, hacia el mediodía, es llevado a la plaza del mercado, donde le espera la hoguera. La histeria de algunas monjas le cuesta la vida a un hombre culpable de haber sido solamente el objeto de sus fantasías.
Las poseídas se han convertido en una atracción que la gente viene a ver de todas partes de Francia: las crisis, todavía espectaculares, continúan varios años después de la muerte de Grandier, hasta el día en que la más virulenta de las poseídas, Juana de los Ángeles, cambia de personaje y se convierte en una visionaria habitada por Dios!

Suplicio de Urbain Grandier en 1634

Atestado de una posesión

Acta establecida por el Barón de Laubardemont, encargado del sumario del proceso Grandier:
"Lo que es francamente admirable, habiéndosele ordenado en latín (al diablo) que le permitiese (a Juana de los Angeles) juntar las manos, es que se observaba una obediencia forzada, y las manos se juntaban temblando. Y el Santo Sacramento recibido en la boca, quería, soplando y rugiendo como un león, devolverlo.
Cuando se le ordenaba no cometer ninguna irreverencia, se veían cesar (las manifestaciones) y el Santo Sacramento descender al estómago. Se provocaba arcadas para vomitar y, siéndole prohibido hacerlo, acababa por ceder. (...) Y conminado (el diablo) a decir el nombre del tercero (la poseída) se convulsionaba todavía más, hundiendo la cabeza, sacando la lengua con movimientos indecentes, soplando y escupiendo, y levantándose muy alto. (...) El cuerpo de la hermana, acostado sobre el vientre y con los brazos hacia atrás, tuvo grandes y violentas contorsiones, como también sus pies y manos, que se hallaban tan unidos, e incluso las plantas de los pies, que parecián pegados y amarrados por unos fuertes lazos. Varias personas trataron de separarlos, pero fue completamente en vano."

El siglo demoníaco

En 1598, el rey Enrique IV de Francia promulga el Edicto de Nantes y pone fin a las guerras de religión. Rápidamente, la intolerancia encuentra otras vías para expresarse: el siglo que comienza es más abundante en casos de brujería y de posesión que ningún otro.
La brujería se extiende en el campo y afecta a los pobres; la posesión se concentra en las ciudades y toca a los burgueses. A principios del siglo XVII, decenas de casos se instruyen en Bretaña, Franco-Condado, Lorena, Alsacia, Poitou, Béarn, Provenza,... Los poseídos son más frecuentemente mujeres que hombres. Algunas adquieren gran notoriedad, véase celebridad: Nicole Aubry, Jeanne Féry, Marthe Brossier.
Pero el caso que causa más revuelo es el proceso de Gaufridy, que se desarrolla en Aix-en-Provence y que dura más de dos años, entre 1609 y 1611. El año siguiente se publica un libro que relata detalladamente los hechos: no puede excluirse que su lectura haya influido en los casos posteriores, especialmente en los de Faubourg Saint-Jacques (1621-1622), Loudun (1632-1640), Louviers (1642-1647) y Auxonne (1658-1663).

Depravaciones conventuales

Las reglas conventuales, cuanto más severas eran, peores eran las perversiones, y digo perversiones porque a todas luces no era cuestión de posesiones demoníacas, sino de incontrolables estallidos de histeria sexual que llevaban a las monjas a los peores excesos que uno se pueda imaginar.

En el caso del convento de Auxonne, entre los años de 1658 y 1663, un informe ratificado por cuatro obispos dice así: "Las religiosas vomitan tremendas blasfemias durante las santas misas y los ritos efectuados para liberarlas de la posesión diabólica. Sus cuerpos están marcados por signos de una naturaleza sobrenatural, hechos por los demonios. Las hermanas toman, durante los exorcismos, posiciones que necesitarían de una fuerza sobrehumana, como la de prostrarse en el suelo apoyando tan solo el vientre mientras el resto del cuerpo se curva en el aire, o bien dobladas en círculo hasta el punto de que la cabeza toca la punta de los pies."

En el convento de Nazareth, en la ciudad alemana de Colonia, las monjas se echaban al suelo y, como si tuvieran a un hombre encima de ellas, repetían los movimientos del coito.
En Bélgica, en el convento de La Louvière, las orgías colectivas se consumaban en una alternancia de éxtasis, durante los cuales las hermanas ofrecían su trasero desnudo al demonio que solicitaba poseerlas en esta postura.

Después de repasar superficialmente los delirios psíquicos, de los cuales la Iglesia se desentendió a consecuencia de su forzada imposición a la abstinencia, atribuyéndoles a las acciones del Diablo, podemos hacer hincapie sobre aquellas personas que, en el colmo de una desfachatez sin límites, transformaron sus ataques de epilepsia en éxtasis santificados...
Tomemos, por ejemplo, a Santa Margarita Maria Alacoque quien, tras pronunciar el voto de castidad a la edad de 4 años y tras entrar en el convento a los 8, comienza a tener sus primeros contactos o "éxtasis" con Jesús, su "novio", a la edad de 15 años. De su asombrosa a la par que asquerosa biografía, encontramos detalles que valen la pena:
"Cuando estaba frente a Jesús, me consumía como una vela al contacto amoroso que tenía con él (...) Era de una naturaleza tan delicada que la menor suciedad me provocaba arcadas. Jesús me reprimió tan duramente por mi debilidad que reaccioné contra ella con una férrea voluntad: un día limpié con mi lengua el suelo ensuciado por el vómito de una enferma. Sentí tanta delicia durante aquella acción que habría deseado tener la oportunidad de poder hacerlo cada día." Esto, en la actualidad y según estudios psiquiátricos, se denomina "masoquismo de delirio histérico". (...)"Una vez mostré repugnancia en el momento de servir a una enferma de disentería y Jesús se enfadó tan severamente que, con propósito de corregir mi debilidad, me llené la boca con los excrementos de la enferma; los habría tragado si la Regla no me prohibiese comer entre horas. (...) Un día en que Jesús se posó sobre mi con todo su peso, respondió de esta manera a mis protestas: "deja que pueda usar de ti según mi placer, pues cada cosa ha de hacerse a su debido tiempo. Ahora deseo que seas objeto de mi amor, abandonada a mi voluntad, sin resistencia por tu parte, con el fin de que pueda gozar de ti."
A esto se le puede tachar de "coito vivido físicamente por medio de la imaginación". La repetición de actos masoquistas alternados con éxtasis durante los cuales Margarita Maria Alacoque vivía carnalmente los acoplamientos con Jesús, su "novio", fueron tan frecuentes que, según los psicólogos, ésta resulta ser un clásico caso de erotomanía histérica.

La Iglesia, aprovechándose de la credulidad y de la ignorancia humana, dió orígen al apostolado del Sagrado Corazón basándose en afirmaciones de una ninfómana cuyos reveladores éxtasis no son otra cosa que crisis catalépticas provocadas por una devastadora represión sexual.

Y como ésto acontecía a otras santas místicas, la "Madonna" aparecía contínuamente a Margarita Maria Alacoque: "La Santa Virgen se me aparecía a menudo y me cubría de inexplicables caricias, al mismo tiempo que me prometía su protección."

Esta intromisión de la Virgen María en las relaciones amorosas entre las santas y Jesús encuentran justificación en su necesidad del consentimiento de la madre de aquel al que amaban de manera clandestina. La relación amorosa, con sus rasgos sexuales y obviamente culpables, les daba un complejo de culpabilidad del que intentaban liberarse, con el fin de poder gozar plenamente de los acoplamientos, no tan solo obteniendo el consentimiento de la madre de su amante, también haciéndolo público mediante sus autobiografías. Esas biografías eran su catársis, o sea, la liberación de su sentimiento de culpa, que utilizarán como una confesión liberadora en la cual describen con todo detalle sus orgasmos, haciendo de éstas auténticos tratados de pornografía.

Uno no puede entonces extrañarse de lo que pasó en el convento de las Ursulinas de Loudun. Un cronista de la época, dejó constancia de que: "Todas las religiosas del convento de las Ursulinas de Loudun, del cual era madre superiora Juana de los Angeles, se pusieron a gritar, a babear, a desnudarse y a exhibirse en la más completa desnudez." Otro dejó escrito que: "Sor Clara cayó al suelo y, en un estado de trance absoluto, continuó masturbándose al tiempo que profería gritos de: folladme, folladme..., hasta el momento en que se hizo con un crucifijo y lo utilizó de una manera que mi pudor me impide describir aqui..."
Encargado por el obispado de practicar los exorcismos en el convento, un tal padre confesor llamado Surin, fue casi de inmediato implicado en las orgías de las ursulinas. Él mismo dejó escrito que: "...mi lengua saboreaba a Dios como cuando bebo vino de Moscatel o cuando como albaricoques...". Huelga dar explicaciones para comprender dónde buscaba este personaje a Dios con su lengua!
El Padre Surin fue prontamente sustituido por otro sacerdote exorcista llamado Ressés, el cual, resistiendo a toda tentación, consiguió liberar el convento de sus demonios. Como prueba del exitoso exorcismo, se tomó la interrupción del embarazo de la mismísima madre superiora (Juana de los Angeles), pretendiendo haberla hecho abortar al liberarla del demonio con agua bendita.

Algunas monjas místicas como Santa Rosa de Lima, con el fin de poder vivir los placeres sexuales lo más libremente posible de cualquier sentimiento de culpa, como si el hecho de sufrir su pena pudiera autorizarla a cometer el posterior delito, castigaba su cuerpo antes de sus éxtasis con remedios que dan escalofríos: pese a las advertencias de su confesor de que no exagerase, consiguió propinarse ella misma nada menos que 5.000 latigazos en tan solo cuatro días.
Santa Angela de Foligno, consciente de los placeres netamente sexuales que sentía durante sus éxtasis, intentaba librarse metiéndose carbón ardiente sobre la vagina para apagar... sus ardores.