VICIOS & ENFERMEDADES REGIAS -3ª Parte-
el 7 jun En: Temas - 3 comentarios
Locuras

Rodolfo II de Austria, Emperador Romano Germánico (1552-1612)
En 1577, un año después de que se convirtiera en emperador del Sacro Santo Imperio Romano Germánico, Rodolfo II de Austria (1552-1612), sufrió su primera crisis. Cayó en una severa depresión y se encerró en palacio, negándose a salir. A lo largo de 4 años, estuvo de atar y perdió mucho peso, temiendo por su vida. Le obsesionaba la idea de que quisiesen matarle. Al año siguiente, abandonó Viena para instalarse en Praga, huyendo de las presiones vienesas.
Durante la década de 1590, sus ataques de ansiedad y sus depresiones fueron en aumento, y con gran frecuencia. Se iba convenciendo, gradualmente, de que su familia planeaba asesinarle, y aquella idea le convirtió en un auténtico paranoico. Rehusaba recibir a los embajadores extranjeros y, en una ocasión, acuchilló a uno de sus ministros con una daga.
El reinado de Rodolfo II se asemejaba a una montaña rusa en la que se alternaba momentos de lucidez e interés por los asuntos de Estado, con ataques de profunda y angustiosa melancolía, paranoias y ataques de rabia incontrolables, que le hacían tremendamente peligroso. Durante sus encierros, negándose a tratar cualquier asunto de Estado, era su primer ministro Wolfgang von Rumpf quien se encargaba de llevar el timón del Imperio y de la administración imperial, hasta que en 1599, el emperador se puso a sospechar de él y, en su paranoia, andaba convencido que actuaba en secreto contra él. En consecuencia, Rodolfo II obligó a Rumpf a dimitir... Luego Rumpf sería nuevamente llamado a asumir sus antiguas funciones, pasado el momento de locura.
En junio de 1600, Rodolfo II cazaba y participaba a todas las fiestas de la corte, alegremente, hasta que se produjo una nueva recaída en la que sufría de alucinaciones, clamando que intentaban envenenarle o embrujarle, e intentó en repetidas ocasiones suicidarse.
En septiembre del mismo año, Rodolfo II volvió a echar a Rumpf del Gobierno, negándose a delegar en otro ministro o a un consejo privado sus atribuciones. El resultado fue que se paralizó el Gobierno Imperial.
Las cosas se pusieron tan malas en 1611, que su hermano y heredero más inmediato, el archiduque Matías, se reunió con sus otros hermanos y primos Habsburgos en Viena para llegar a un acuerdo en el cual se le reconociera como nuevo jefe de la dinastía. Se avino con ellos para declarar a Rodolfo II mentalmente incapacitado para gobernar, convertirse en el nuevo jefe de la dinastía imperial y en proclamarse regente. Matías obligó a Rodolfo II a cederle las coronas de Hungría, Moravia y Bohemia, y el 11 de noviembre del mismo año, Rodolfo abdicaba en éste, conservando únicamente su título imperial. A cambio, Matías I le concedió una pensión y el castillo de Hradschin de Praga, como residencia. Allí, el ex-emperador vivió retirado entre sus animales exóticos y, cuando fallecieron su león favorito y sus dos águilas imperiales, se dió a la bebida hasta convertirse en un alcohólico. En diciembre sufría de hidropesía y, el 20 de enero de 1612, falleció.
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Cuando Luis XIV de Francia aceptó la corona española en nombre de su 2º nieto, legada por Carlos II de España, el príncipe Felipe de Francia, a la sazón duque de Anjou, contaba la edad de 17 años. Las consecuencias fueron tremendas: estalló la Guerra de Sucesión Española, enfrentando a dos pretendientes al trono. Sin embargo, en aquellos primeros años del reinado de Felipe V (1683-1746), el cambio dinástico fue acogido con alivio, más cuando los españoles se percataron de la energía y decisión de su nuevo monarca en defender su nuevo reino, a pesar de que media Europa andaba apoyando a su rival, el pretendiente Habsburgo Carlos de Austria. Su arrojo y terquedad le valieron el apodo de "el Rey Animoso".
Concluída la guerra, Felipe V se convirtió en un obseso sexual dominado por sus temores religiosos, que le impedían tomar amantes para apagar su fogosidad. No concebía acostarse con nadie más que con su esposa. Su primera mujer, Maria-Luisa Gabriela de Saboya, de entonces 14 años, supo muy bien dominarle desde el lecho y Felipe V se convirtió en su solícito esposo, amante y esclavo hasta su muerte. Desgraciadamente, la encantadora saboyana fallecería en 1714 después de darle dos herederos varones, los futuros reyes Luis I y Fernando VI.
A pesar del dolor por su pérdida, Felipe V andaba desorientado y conteniendo a duras penas su desaforada sexualidad. El problema se hizo tan patente que, siete meses después, le casaron nuevamente con otra princesa italiana: Isabel Farnese de Parma. Ésta reinó y gobernó desde la cama, teniendo a Felipe V a su merced, y asumiendo en la sombra las atribuciones de éste. Los reyes eran entonces inseparables... Cazaban juntos, dormían juntos, iban a las campañas militares juntos. Nunca jamás se separaban.
Las crisis del rey se hicieron cada vez más frecuentes: ataques de melancolía, depresión crónica, eran el pan de cada día para la corte española. Solo el castrato Farinelli, con su extraordinaria voz, conseguía mantenerle en el umbral que va de la cordura a la locura. En sus horas bajas quería abdicar la corona para retirarse con su mujer al palacio de La Granja de San Ildefonso, no lejos de Segovia.
Su primer intento de abdicación tuvo un éxito bastante fugaz cuando, en 1724, cedió la corona a su primogénito Luis I, aún demasiado joven como para estar preparado para sobrellevar semejante peso sobre sus delicados hombros. Pocos meses después, el joven monarca fallecía de viruelas y sin haber dejado preñada a la casquivana de su mujer. Como el otro príncipe era aún demasiado joven, Felipe V tuvo que retomar la corona y asumir de nuevo sus funciones, aunque persistía siempre en su decisión de volver a abdicar la corona... Su mujer Isabel acabó por prohibir a la servidumbre de palacio que dejaran al abasto de éste papel, pluma y tinta, para evitar una segunda abdicación.
Felipe V se convirtió paulatinamente en un maníaco-depresivo a partir de 1727. Durante meses se negaba a que le afeitasen, que le cortasen las uñas de pies y manos, por miedo a que le envenenasen. Tampoco consentía cambiar de traje, y en consecuencia, su aspecto dejaba mucho que desear... Hasta tal punto llegó, que andaba con el traje ajado y cayendo en girones que Isabel remendaba constantemente. A veces tenía ataques de locura en los que alucinaba, afirmando que estaba muerto y se mordía los antebrazos.
Llegó incluso a vivir de noche, obligando de paso a toda su corte en hacer lo mismo:
a las 8 de la mañana se acostaba, a las 12 de la noche se levantaba para tomar un frugal desayuno; a la 1 se vestía, iba a oír misa y recibía a los embajadores; a las 2 despachaba con sus ministros; a las 5 tomaba su cena con las ventanas cerradas; a las 6 de la mañana miraba por la ventana, jugaba con sus relojes y leía, cuando no se daban conciertos u obras de teatro para distraerle...
A veces caía en épocas de letargo, y en otras ocasiones era extremadamente nervioso, se irritaba por una nadería y era violento con sus médicos de cámara. En una ocasión, rehusó andar pues afirmaba que uno de sus pies era de menor tamaño que el otro. A esos momentos de locura, sucedían otros más apacibles recobrando lucidez y juicio. El peor año para él fue 1738. Sin embargo no fallecería hasta 1746, completamente desquiciado.
El futuro Nadir Shah de Persia (1688-1747), nació siendo campesino, fue esclavo hasta que escapó y se convirtió en un soldado rebelde, liderando un ejército que él mismo había formado gracias al apoyo de los Afganos, para atacar a los Persas. Luego se volvió contra sus antiguos aliados. En 1729 derrotó a los Afganos, sus aliados de ayer, restaurando en el trono persa al shah. Seis años después, realizó que era lo bastante poderoso como para convertirse él mismo en shah. Considerado uno de los más brillantes soldados (llegaron a concederle el apodo de "el 2º Alejandro") y un gobernante civilizado, pasó a ser un déspota inculto.
Al final de su vida, Nadir Shah mostró manifiestos signos de demencia, especialmente después de sufrir un atentado fallido. Acusó a su propio hijo, Reza Quili Mira, de conspirar contra él y mandó cegarle, e hizo ejecutar a todos los nobles que se atrevieron a acudir en defensa de éste. En el curso de su viaje desde Ispahan a Kirman, en enero de 1747, sembró el terror a su paso asesinando y torturando a cuantos pudo, y mandó construir torres con las calaveras de sus víctimas. Los que sobrevivieron a su ira, fueron soltados en pleno desierto donde murieron de hambre y de deshidratación.
Para acabar con aquella carnicería, un grupo de jefes tribales conspiraron para asesinarle mientras dormía. Aún así y sorprendido por sus asesinos, Nadir Shah se llevó a dos de ellos por delante antes de que le redujeran y le decapitaran...

Jorge IV, Rey de Gran-Bretaña e Irlanda, Rey de Hannover (1762-1830)
Jorge IV de Gran-Bretaña (1762-1830), que tanto hizo para echar a su padre del trono cuando éste empezó a sufrir seriamente de porfiria, era un hombre que se engañaba y creía en sus propias ilusiones. Aparte de contraer un matrimonio ilegal con una joven viuda católica, Mary Anne FitzHerbert, en 1785 (acto que le excluía automáticamente de la sucesión), atrayendose las furiosas reprimendas paternas, creía ganar todas las carreras de caballos celebradas en Goodwood, cuando en realidad le dejaban ganar, y se puso al frente de un batallón durante la decisiva batalla de Waterloo, atribuyéndose méritos que no le pertenecían.

Fernando I, Emperador de Austria (1793-1875)
Siendo niño, el emperador Fernando I de Austria (1793-1875), sufría ataques de epilepsia, por lo que su educación se vió seriamente mermada. En 1830, su padre le hizo coronar rey de Hungría sin por ello cederle ni un ápice de sus atribuciones. Al año siguiente le casaron con la hija del rey Victor-Manuel I de Cerdeña, pero dicha unión nunca produjo descendencia.
Cuando en 1835 el emperador Francisco I falleció, Fernando I le sucedió en el trono, pero su incapacidad era tan obvia que todos los asuntos del Gobierno fueron llevados por un consejo de Estado capitaneado por Metternich. El monarca era a menudo sujeto a crisis de demencia y, en sus momentos de lucidez, estaba siempre confuso y decía barbaridades. A pesar de su pobre estado mental, su popularidad era notable entre la gente sencilla, sobre todo por su trato amable y amigable.
El 17 de mayo de 1848, Fernando I tuvo que refugiarse en Innsbrück, para huír de la revolución vienesa que provocó la caída del Gobierno de Metternich. Volvería a la capital, saliendo otra vez por patas al sublevarse los universitarios y los obreros, que se hicieron con la ciudad. El 2 de diciembre abdicaría finalmente la corona en su sobrino el archiduque Francisco-José. A partir de entonces, se retiró a Praga, asistido por toda una pléyade de médicos hasta que murió 27 años más tarde...

Luis II, rey de Baviera (1845-1886), empezó a oír voces cuando tenía 14 años, 4 años antes de que subiera al trono. En 1870, el kronprinz Federico de Prusia anotó que el entonces rey bávaro de 25 años, era extremadamente nervioso, poco hablador y nunca esperaba a recibir una respuesta a sus preguntas, saltando de una conversación a otra indistintamente. El héroe por excelencia, el ídolo de Luis II fue el rey Luis XIV de Francia; intentaba emularle en todos los más nimios detalles, incluso en el andar. Levantó una auténtica y titanesca réplica del palacio de Versalles en la isla de Herrenchiemsee, hasta en sus más pequeños detalles.
Tal era su obsesión que pretendió un día haber cenado con Luis XIV, Luis XV, Madame de Pompadour y Madame de Maintenon.
Fue también el principal mecenas y protector de Richard Wagner, quien le llamaba "el dios de mi vida". Su derroche era tal, construyendo castillos de cuentos de hadas, que casi lleva a la bancarrota la hacienda real.
El 13 de junio de 1886, pocos días después de haber sido declarado incapaz de gobernar y apartado de sus funciones por su tío, el ya cuarentón Luis II encontró la muerte en un lago, falleciendo junto a él su médico-psiquiatra, el doctor Bernhard von Gudden. Aún hoy persiste la duda de si fue un suicidio o un asesinato...

Después de leer esto, francamente, un@ se da cuenta de que hasta hoy no nos han gobernado más que dementes en el más amplio sentido de la palabra. Entre locos, iluminados, excéntricos y esquizofrénicos, vamos apañaos!
Realmente exquisito la manera de utilizar la pluma, estoy de acuerdo en el comentario anterior finalmente los grandes hombres seran conocidos por sus grandes hechos pero tambien por sus desechos.
saludos a todos
Hombre Barbara, no todos los antiguos gobernantes eran dementes, tambien los hubo excelentes. Demencias las hay en todas las épocas. Es como decir que todos los jovenes de hoy son dementes drogados ¿como serán pues los gobernantes del mañana entre tanto colocado?