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Categoría: Zares de Rusia

LA REVOLUCIÓN RUSA : documental

LA REVOLUCIÓN RUSA / DOCUMENTAL DE ÉPOCA

Se trata de una serie de películas documentales tituladas "Les Grands Jours du Siècle" (Los Grandes Días del Siglo) pertenecientes a la cinemateca francesa GAUMONT, que ilustran perfectamente el desarrollo de la Revolución Rusa y la evolución de sus principales actores, encontrado casualmente en You Tube.

Creo que es una excelente herramienta complementaria para hacerse una idea más concreta de aquella Rusia Imperial de Nicolás II que pasó a ser la U.RR.SS. (Unión de Repúblicas Soviéticas) bajo la férrea dirección de Lénin y Stalin, después de sufrir una desastrosa Guerra Mundial.

Consta de 5 partes y está en versión española.

LA REVOLUCIÓN RUSA / PARTE 1:

LA REVOLUCIÓN RUSA / PARTE 2:

LA REVOLUCIÓN RUSA / PARTE 3:

LA REVOLUCIÓN RUSA / PARTE 4:

 

LA REVOLUCIÓN RUSA / PARTE 5:

 

LAS ALHAJAS RUSAS DE MARY DE TECK

MARY DE TECK & LAS JOYAS RUSAS

Un turbio asunto de estafa familiar en Buckingham Palace

La reina Mary de Teck (1867-1953), consorte del rey Jorge V de Gran-Bretaña e Irlanda, tuvo una infancia marcada por grandes estrecheces pecuniarias gracias a un padre frívolo y a una madre manirrota que dilapidaron su fortuna.

De aquellos años como "pariente pobre" del Gotha Europeo, la reina Mary había adquirido una fobia enfermiza a la pobreza (Peniafobia). Incluso casada con Jorge V, su nuevo estatus de reina consorte y la fortuna de aquél no consiguieron vencer su miedo. Para ella, todos los medios eran válidos con tal de hacerse aún más rica y, a ese comportamiento obsesivo se unió una cualidad muy fea: la racanería.

A lo largo de su vida como soberana consorte, se dedicó a acumular todo tipo de tesoros que pudiesen salvaguardarla de la pobreza: servicios de plata, cuadros, obras de arte y, sobretodo, joyas.

Cuando en ciertas ocasiones era recibida por las familias de la rancia aristocracia británica, éstos se veían en la obligación de esconder todos los objetos valiosos que pudieran atraer su atención o provocar su admiración. Y es que ya estaba en boca de toda la alta sociedad el estiloso modo que tenía la reina Mary para conseguir que, aquello que le agradaba, le fuera ofrecido amablemente. Sabía cómo hacerse con cuadros, joyas u objetos: se pasmaba, se extasiaba de tal manera ante éstos que sus propietarios, entre presionados y queriendo congraciarse a la reina, se veían casi obligados a regalárselos (aunque fuera a regañadientes).

Las Joyas Rusas & la Reina Cleptómana

Retrato de la Zarina Maria Feodorovna (1847-1928) Emperatriz consorte de Todas las Rusias y viuda del Zar Alejandro III, padres ambos del último Zar Nicolás II. Nacida Princesa Maria Dagmar de Dinamarca, era la hermana de Alexandra, Reina consorte de Gran-Bretaña e Irlanda y cuñada del rey Eduardo VII, lo que la convertía en la tía carnal del rey Jorge V... Fue de los pocos miembros de la Familia Imperial Rusa que consiguió escapar de la masacre de los Bolcheviques. / Abajo, fotografía de la Gran Duquesa Xenia Aleksandrovna de Rusia (1875-1960) -derecha- y de su hermana la Gran Duquesa Olga Aleksandrovna de Rusia (1882-1960) -izquierda-.

A la muerte de la Emperatriz Viuda Maria Feodorovna de Rusia (1928), su importante colección de joyas fue puesta en venta por sus hijas las grandes duquesas Xenia y Olga Aleksandrovna. Éstas, que tenían la reputación de no saberse manejar muy bien en los negocios, cometieron el craso error de dejar que su pariente la reina Mary se ofreciese, como quien no quiere la cosa, de intermediaria en las transacciones.

Una estimación de 350,000 Libras Esterlinas fue presentada por entonces, pero el resultado que habría permitido a las dos hermanas vivir holgadamente hasta el final de sus vidas no pareció concretarse. Tan solo se les dio un tercio de la cantidad estimada!

Ante la extrañeza de las grandes duquesas en el momento de percibir la irrisoria suma de dinero, la reina Mary les explicó que la venta de las alhajas había ido mal. Más extrañadas estuvieron cuando, al poco tiempo, vieron a la reina Mary lucir ostentosamente las mejores y más preciadas alhajas de la Emperatriz Vda. Maria Feodorovna en los actos oficiales de la corte británica. Olga y Xenia, aprovechando un encuentro con la reina, le hicieron notar su malestar con elegancia, y Mary de Teck les replicó sin florituras que debían estar agradecidas por los esfuerzos que había hecho el rey para darles techo y comodidades que, por cierto, suponían una carga para el real bolsillo. Pese al disgusto, las grandes duquesas callaron su indignación por no hacerle un feo al rey Jorge V, que había tenido la gentileza de acogerlas en Londres y proporcionarles alojamiento gratis en la finca real de Hampton Court.

La Reina Mary de Teck (1867-1953), consorte del rey Jorge V de Gran-Bretaña e Irlanda. En la fotografía, posa con la famosa diadema de la Gran Duquesa Maria Pavlovna de Rusia, que pasó a la Emperatriz Vda. Maria Feodorovna y de ésta a sus hijas Xenia & Olga. / Fotografía -abajo- de la diadema de la Gran Duquesa María Pavlovna, actualmente en la colección privada de la reina Elizabeth II.

Tras el deceso de la reina Mary en 1953, el grueso de sus joyas personales fueron legadas a su nieta la reina Elizabeth II, su principal heredera. Otras pocas fueron a parar a la hermana de la soberana, la Princesa Margaret, Condesa de Snowdon que, posteriormente fueron vendidas por sus hijos tras su fallecimiento.

Al producirse la muerte de la gran duquesa Olga de Rusia (1960), sus hijos descubrieron finalmente la verdad. La reina Mary de Teck había metido mano en aquellas suntuosas alhajas imperiales y escogido las piezas que más le gustaban. Dicho de otro modo, la esposa de Jorge V se había servido y apropiado indebidamente de aquellas alhajas pagando un precio irrisorio!

Entre aquel botín que representaban las alhajas de la penúltima zarina de Todas las Rusias, destacaba una hermosa diadema de diamantes y perlas que había pertenecido a la gran duquesa Maria Pavlovna (1854-1920), esposa del gran duque Vladimir Aleksandrovich de Rusia, nacida princesa de Mecklenburg-Schwerin ( en la fotografía de la izq.).

Tihon y Guri Kulikovsky, los hijos de la gran duquesa Olga que descubrieron el pastel, no se quedaron de brazos cruzados y se dirigieron directamente a la reina Elizabeth II para que saldara la deuda de su abuela usurera. El escándalo estaba servido...

Tras consultar con sus abogados, Elizabeth II satisfizo rápidamente la cuantía exigida por los hijos de las grandes duquesas estafadas.

Habían pasado 33 años desde la defunción de la gran duquesa Olga, pero Elizabeth II no quería separarse de su diadema preferida, y prefirió pagar las alhajas al precio actualizado de 1993 antes que devolverlas a sus hijos. Por fortuna, los trapos sucios fueron lavados en privado y no tuvieron que ser aireados ante los tribunales.

La Reina Elizabeth II de Gran-Bretaña e Irlanda del Norte, posando con la diadema de la Gran Duquesa Maria Pavlovna de Rusia, heredada de su abuela la Reina Mary de Teck, en una foto oficial como soberana de Canadá.

CRONOLOGIA DE LOS ZARES & EMPERADORES DE RUSIA

 

ZARES & EMPERADORES DE RUSIA

Cronología de los reinados de los Zares y Emperadores de Rusia

Dinastía de los Rurikidas / Casa de Dolgoruki de Kiev

Grandes-Duques de Vladimir y de Moscovia

-Alejandro I Nevski "el Santo", 1220-1263, Gran-Duque de Vladimir de 1252 a 1263

-Iaroslav III, ob.1271, Gran-Duque de Vladimir de 1264 a 1271

-Vasili I, 1241-1277, Gran-Duque de Vladimir de 1272 a 1277

-Dimitri I, ob.1294, Gran-Duque de Vladimir de 1276 a 1281, y en 1283-1294

-Andrés III, ob.1304, Gran-Duque de Vladimir de 1281 a 1283, y en 1294-1304

-Miguel II, ob.1318, Gran-Duque de Vladimir de 1305 a 1318 (asesinado)

-Yuri III, c.1281-1325, Gran-Duque de Vladimir de 1318 a 1322 (destronado / asesinado)

-Dimitri II, 1299-1326, Gran-Duque de Vladimir de 1322 a 1326 (asesinado)

-Alejandro II, 1301-1339, Gran-Duque de Vladimir de 1326 a 1327 (destronado / asesinado)

-Iván I Kalita, 1304-1340, Gran-Duque de Novgorod y de Moscovia de 1328 a 1340

-Simeón I, 1316-1353, Gran-Duque de Moscovia de 1340 a 1353

-Iván II, 1326-1359, Gran-Duque de Moscovia de 1353 a 1359

-Dimitri III, 1323-1383, Gran-Duque de Moscovia de 1360 a 1362

-Dimitri IV Donskoï, 1350-1389, Gran-Duque de Moscovia de 1362 a 1389

-Vasili I, 1371-1425, Gran-Duque de Moscovia de 1389 a 1425

-Vasili II, 1415-1462, Gran-Duque de Moscovia de 1425 a 1462

-Yuri IV, 1374-1434, Gran-Duque de Moscovia de 1433 a 1434

-Iván III, 1440-1505, Gran-Duque de Moscovia de 1462 a 1505

-Vasili III, 1479-1533, Gran-Duque de Moscovia de 1505 a 1533

-Iván IV "el Terrible", 1530-1584, Gran-Duque de Moscovia en 1533, Zar de Rusia en 1547

-Feodor I, 1557-1598, Zar de Rusia de 1584 a 1598

Dinastía Godunov

-Boris I Godunov, c.1551-1605, Zar de Rusia de 1598 a 1605

-Feodor II, 1589-1605, Zar de Rusia en 1605 (asesinado)

-Dimitri V "el Falso Dimitri" o "el Impostor", Zar de Rusia de 1605 a 1606 (destronado)

Dinastía de los Rurikidas / Casa de Chuiski

-Vasili IV, c.1550-1612, Zar de Rusia de 1606 a 1610 (destronado)

Guerra Civil Rusa 1610-1612 / Ocupación Polaca / Reinado del Impostor Dimitri VI

Dinastía de Romanov

-Miguel III Romanov, 1596-1645, Zar de Rusia de 1613 a 1645

-Alexis I, 1620-1676, Zar de Rusia de 1645 a 1676

-Feodor III, 1661-1682, Zar de Rusia de 1676 a 1682

-Iván V, 1666-1696, Zar de Rusia de 1682 a 1689 (destronado)

-Pedro I "el Grande", 1672-1725, Zar de Rusia en 1689, Emperador de Rusia de 1721 a 1725

-Catalina I Skavronskaïa, 1684-1727, Emperatriz de Rusia de 1725 a 1727

-Pedro II, 1715-1730, Emperador de Rusia de 1727 a 1730

-Ana I, 1693-1740, Emperatriz de Rusia de 1730 a 1740

Dinastía de Brünswick-Wolfenbüttel-Romanov

-Iván VI, 1740-1764, Emperador de Rusia de 1740 a 1741 (destronado / asesinado)

Dinastía de Romanov

-Elisabeth I, 1709-1762, Emperatriz de Rusia de 1741 a 1762

Dinastía de Romanov-Holstein-Gottorp

-Pedro III, Duque de Holstein-Gottorp, 1728-1762, Emperador de Rusia en 1762 (destronado / asesinado)

-Catalina II "la Grande", Princesa de Anhalt-Zerbst, 1729-1796, Emperatriz de Rusia de 1762 a 1796

-Pablo I, 1754-1801, Emperador de Rusia de 1796 a 1801 (asesinado)

-Alejandro I, 1777-1825, Emperador de Rusia de 1801 a 1825, Rey de Polonia en 1815

-Nicolás I, 1796-1855, Emperador de Rusia de 1825 a 1855

-Alejandro II, 1818-1881, Emperador de Rusia de 1855 a 1881 (asesinado)

-Alejandro III, 1845-1894, Emperador de Rusia de 1881 a 1894

-Nicolás II, 1868-1918, Emperador de Rusia de 1894 a 1917 (abdica / ejecutado)

-Miguel IV, 1878-1918, Emperador de Rusia en 1917 (renuncia / abdica / ejecutado)


Iª Guerra Mundial 1914-1918 / Revolución Rusa 1917 / Caída de la Monarquía Imperial

República Rusa 1917-1918 / Gobierno de Kerenski / Gobierno Bolchevique de Lenin 1918

La Familia Imperial masacrada en Ekaterinburg en 1918

Creación de la U.R.S.S. / IIª Guerra Mundial 1939-1945 / Invasión Alemana

la U.R.S.S. entra en la Alianza con EE.UU. & Gran-Bretaña contra el IIIer Reich Alemán

Periodo de la "Guerra Fría" de 1945 a 1980

Aperturismo Soviético "Glasnost" en 1989 / Desmoronamiento del Comunismo de Europa del Este

Caída del Muro de Berlín, diciembre de 1989 / Disolución de la Unión de las Repúblicas Soviéticas

 


 

HIMNO IMPERIAL RUSO:

 

LA PRINCESA TARAKANOVA

LA PRINCESA TARAKANOVA

El Caso Tarakanova o el Crimen de Estado

París, 1772

Turbio asunto el de la Princesa Tarakanova que sacude los cimientos del trono de la emperatriz rusa Catalina II "la Grande" a lo largo de dos años, pero no el único aunque si el menos conocido de todos.

En 1772, aparece en París una hermosa y misteriosa mujer que se presenta entonces en sociedad con el nombre y el título de Aly Emetey, princesa Vladimir. De ella nada se sabe apenas, solo que afirma no haber conocido a sus padres, que fue raptada en Alemania y luego enviada a Persia. Siempre según esta mujer aparecida de la nada, en Ispahan, un príncipe le revela su identidad noble y la convence para que regrese a Europa a fin de conquistar su destino.

Rodeada de personajes sospechosos e intrigantes, lleva una vida extremadamente lujosa en París, Londres y Berlín, lugares donde se encargará de propagar el rumor de que ella es la hija de la difunta emperatriz Elisabeth I Petrovna de Rusia, muerta diez años atrás (en 1762) y de su favorito cosaco con el que se casó en secreto, el conde Alexei Razumovski.

Retrato de Elisabeth I Petrovna (1709-1762), Zarina y Emperatriz de Rusia entre 1741 y 1762; obra de Virgilius Erichsen, c.1757.

Su hermosura y gran atractivo seducen y conquistan a un gran número de personalidades que acabarán por unirse a su causa, entre ellos el príncipe polaco Oginski y el conde francés de Rochefort-Valcourt, ambos perdidamente enamorados de ésta.

Sorprendentemente, y a causa de un sonado escándalo, la princesa Vladimir abandona Francia para instalarse en Alemania, donde conoce al príncipe de Limburg-Stirum, el cual se enamora y le propone en vano unirse a él en matrimonio. Intrigante o mujer de legítimas razones, su objetivo es nada menos el de pretender abiertamente al trono de todas las Rusias. Afirma con vehemencia que es hija de la difunta emperatriz Elisabeth I Petrovna y del conde cosaco Alexei Razumovski -su esposo morganático desde 1742-, y de cuyo matrimonio habrían nacido dos hijas según algunos, y según otros un hijo y una hija a los que se les impusieron los títulos de príncipe y princesa de Tarakanov. La emperatriz Elisabeth, supuesta madre de la pretendiente, está muerta desde 1762, y su marido morganático Alexei Razumovski se reunió con ella en 1771... y ella se hace llamar Tarakanova, aunque en verdad adoptó ese título después de hacerse pasar por la señorita Franck o la señorita Scholl. Sea como fuere, la supuesta princesa Tarakanova cuenta con numerosos partidarios prestos a ayudarla por odio a la zarina reinante Catalina II, y tiene la suerte de encontrarse en una situación que le favorece, puesto que desde 1773 un campesino llamado Pugatchev provoca levantamientos populares en las provincias y suscita el entusiasmo de muchas ciudades rusas al pretender ser nada menos que Pedro III, el asesinado esposo de Catalina II. Semejante asunto desestabiliza seriamente el gobierno de la emperatriz y, en ese ambiente de júbilo que rodea el ascenso del impostor, una mujer joven que se declara hija de la zarina Elisabeth tiene todas las posibilidades de ser creída. A contar también con los magnates polacos exiliados desde la partición del reino de Polonia en 1772 que, por legítimos resentimientos, intrigan contra Rusia y ven en la princesa Tarakanova, un excelente medio para destituir a Catalina II, a la cual odian profundamente por gobernar con mano de hierro una parte del territorio polaco. Mejor que urdir un asesinato a través del cual se desacreditarían ante el resto de Europa, optan por apoyar a una pretendiente al trono ruso. Uno de esos magnates polacos, el principe Karol Stanislaw Radziwill, será encargado de entrar en contacto con la Tarakanova...

Las Intrigas, 1774

A principios del año 1774, la supuesta pretendiente Tarakanova se traslada a Venecia, en cuyos aristocráticos salones es tratada como una personalidad de gran importancia, por no decir como si fuera una auténtica zarina rusa.

Catalina II "la Grande" (1729-1796), Emperatriz de Rusia entre 1762 y 1796; retrato al óleo según A. Lucas-Fauchon.

Desde el principio bien informada sobre la célebre "impostora Tarakanova", Catalina II acaba por perder paciencia ante semejante afrenta y decide hacerla traer a Rusia por cualquier medio. Empezará entonces a anudar, con el conde Alexis Orlov (Aleksei Orlov), los hilos de una trama ingeniosa para que la Tarakanova se meta en la boca del lobo y caiga en sus redes. Orlov es entonces comandante de la flota rusa en el Mediterráneo.

Alexis Orlov se encargará entonces de hacer correr el rumor de que ha caído en desgracia en San Petersburgo. La pretendiente, al oír la noticia y siempre en busca de nuevos y más numerosos apoyos, le envía entonces una misiva donde le relata sus orígenes imperiales...

Retrato del Conde Aleksei Grigorievich Orlov (1737-1808), Comandante de la Flota Rusa en el Mediterráneo, en un lienzo fechado en 1779.

La princesa Tarakanova ha enviado un correo al conde Orlov, comandante de la Flota Rusa en el Mediterráneo, tras enterarse de que éste ha caído en desgracia en San Petersburgo. En aquella carta, la Tarakanova le relata sus orígenes imperiales y le deja entrever que, si Orlov, persona non grata en Rusia, le ofrece su apoyo (que no es poco, sabiendo la influencia de los hermanos Orlov en San Petersburgo) en sus pretensiones de reclamar su herencia imperial, ella a cambio, le colmará de honores y prebendas. La pretendiente ha caído en la trampa de Orlov y Catalina II, y de una manera tan ingénua que sorprende...

Dado que la flota rusa se encuentra anclada en el puerto de Livorno y la supuesta princesa en Pisa, Orlov le propone que se conozcan. Fijan entonces un lugar neutro para una cita. En el momento del encuentro, el asunto adquiere proporciones de un flechazo recíproco; el conde parece caer rendido ante las hermosas prendas de la pretendiente. Orlov jurará defender y apoyar su causa, ofreciéndole el trono de Catalina II y, ni corto ni perezoso, con el corazón ardiente de pasión por ella, le pide su mano. Sorprendentemente, la Tarakanova parece estar prendida del conde, y accede gustosamente a contraer matrimonio con él, del mismo modo en que da su visto bueno para que la unión se celebre días más tarde en el buque de Orlov, es decir, en territorio ruso. Todo parece ir a pedir de boca... pero, es demasiado bonito para que sea real.

Apenas sube la princesa Tarakanova, vestida de novia con sus mejores galas, a bordo del buque insignia, el encantador y ardiente semblante de enamorado del conde Orlov se torna en una mueca cruel que, con sequedad, ordena que la arresten en nombre de Su Majestad Imperial Catalina II. Apresada por los soldados, es encerrada en un camarote y Orlov, que ya lo tenía todo minuciosamente planeado, ordena levar anclas y fijar rumbo a San Petersburgo.

La prisionera de la Fortaleza de San Pedro y San Pablo

Efigie en relieve de la Princesa Yelizaveta Alekseyevna Tarakanova (1753-1775), único retrato contemporáneo de la pretendiente que ha llegado hasta nuestros días.

La princesa Tarakanova es llevada pues, hasta la desembocadura del Neva y de allí trasladada en bote, bajo una fuerte escolta, a la fortaleza de San Pedro y San Pablo, erigida en medio del río que divide la capital de los zares desde Pedro I "el Grande", de manos del conde Orlov y siguiendo al dedillo las instrucciones dictadas por la propia emperatriz Catalina.

Retrato del Príncipe Dmitri Galitzin (1738-1803), Canciller de Rusia, en un lienzo firmado por Levitzky, 1774. / Abajo, cuadro del pintor Flavitsky, representando a la Princesa Tarakanova languideciendo en su celda de la Fortaleza de San Pedro y San Pablo, inundada por las aguas del Neva.

Encarcelada en una lúgubre celda de la fortaleza de San Petersburgo, Catalina II nombrará al Canciller Imperial, Príncipe Dimitri Galitzin (o Golitsyn), para presidir los interrogatorios de la prisionera, con el fin de sonsacarle toda la verdad. Pero la Tarakanova no hará más que darle la misma versión de los hechos, hechos que siempre sostuvo desde que se declaró hija de la difunta zarina Elisabeth I y del conde Razumovski. Vive en la vana esperanza de que, al final, sus carceleros la liberarán convencidos de su buena fe. Se equivoca. Su obstinación en repetir una y otra vez la misma historia le resultará nefasta. Como los interrogatorios no aportan pruebas concluyentes y no convencen a la emperatriz, ésta ordena que sea encerrada de por vida en la fortaleza. Su confinamiento es casi un emparedamiento: su celda, húmeda y lúgubre, con apenas luz exterior, contribuyen lentamente al empeoramiento de su estado de salud, y se declara la tuberculosis pocos meses después.

La Fortaleza de San Pedro y San Pablo, situado en medio de las aguas del Neva, en San Petersburgo (Grabado del siglo XVIII).

Ante tamaña crueldad, el propio Galitzin, conmovido por las horrendas condiciones de la Tarakanova, pide a Catalina II que suavice la pena de la prisionera, dando cuenta de que, si sigue así, morirá. La soberana se negará y la misteriosa princesa Tarakanova muere finalmente el 4 de diciembre de 1775, escupiendo su sangre.

Retrato de la Zarina Catalina II Alekseyevna (1729-1796), Emperatriz de Rusia entre 1762 y 1796, realizado por el pintor sueco Alexandre Roslin, c.1765.

Los diversos informes entregados a Catalina II, en base a los interrogatorios, no harán más que repetir la misma versión, una y otra vez, de la prisionera sobre su verdadera identidad: sostiene ser la hija de Elisabeth I Petrovna. Otros informes, éstos proporcionados por espías, darán otras versiones sobre la Tarakanova: uno afirmando que sería la supuesta hija del dueño de un cabaret de Praga, otro que lo sería de un panadero alemán, e incluso una judía polaca. Ninguna de esas hipótesis parece probable. Como no se puede excluír que los hijos secretos de la fallecida emperatriz Elisabeth con Razumovski, hayan existido, nadie puede hoy día afirmar que la Tarakanova no haya sido quien pretenda ser. Si se diera en efecto el caso, entonces Catalina II habría dejado morir expresamente a la legítima heredera del trono de Pedro I "el Grande".

Siempre quedará la duda...


 Yelizaveta Alekseyevna Tarakanova

Yelizaveta o Elisabeth Alekseyevna nació en 1753 y falleció el 4 de diciembre de 1775 en San Petersburgo. Se dio a conocer como pretendiente al trono de Rusia bajo el título de Knyaginya Vladimirskaya (Princesa Vladimir o Vlodomir), y bajo los seudónimos de Fräulein Frank, Fräulein Scholl o Madamoiselle Trémouille dependiendo de su ubicación del momento, como hija del conde Aleksei Grigorievich Razumovski y de Elisabeth I Petrovna Romanova, Emperatriz y Zarina de Rusia, que contrajeron matrimonio secreto en 1742.

Según el testimonio del Conde Waliszewski "...es joven, graciosa y muy bella; tiene los cabellos color ceniza, como Elisabeth (se refiere a la zarina Elisabeth I Petrovna), y los ojos de un color negroazules como los suyos..." . La breve descripción nos da a entender que la princesa es entonces una hermosa joven de cabellos rubio-ceniza y de mirada azul oscura, y que guarda cierto parecido físico con su supuesta progenitora imperial, de rasgos circasianos y veinteañera. Otros testimonios de personas que la conocieron, alabaron su cultura, su educación y sus gustos refinados propios de una persona de alta cuna. Hablaba con soltura el francés, el alemán, y conocía perfectamente el inglés, el italiano, el árabe y la lengua persa, que era mucho más de lo que solían conocer altos personajes contemporáneos.

Su "padrino" en la alta sociedad cosmopolita europea fue un anciano aristócrata, el Barón von Embs, al que la Tarakanova solía presentar como su pariente, sin especificar demasiado el grado. Por medio de ese barón, la supuesta princesa entró en contacto con importantes aristócratas polacos, prusianos, austríacos, italianos y franceses, entre los cuales caben destacar al príncipe Michal Kazimierz Oginski (1728-1800) -en el retrato de la izquierda-, "jefe" de aquellos magnates polacos exiliados que estaban abiertamente enfrentados a Catalina II de Rusia y a su "criatura", Estanislao II Augusto Poniatowski, rey electo de Polonia gracias a la imposición rusa.

Cuando el Príncipe Karol Stanislaw Radziwill entró en contacto con la princesa Tarakanova, ésta le mostró un documento que suponía acreditar sus orígenes imperiales. Se trataba, según se sabe, del supuesto testamento de Elisabeth I Petrovna, Emperatriz de Rusia, designando como heredera suya a Yelizaveta Alekseyevna, hija nacida de sus esponsales con Razumovski. Testamento que, por cierto, chocaba frontalmente con las disposiciones tomadas con anterioridad sobre la sucesión al trono ruso, en las que se designaba como zarevich a Pedro III de Holstein-Gottorp, sobrino carnal de la soberana y desposado con la princesa von Anhalt-Zerbst, más conocida como Catalina Alekseyevna (Catalina II).

Retrato oval del Príncipe Karol II Stanislaw Radziwill (1734-1790), apodado "Panie Kochanku" -bienamado señor-, fue el magnate lituano-polaco más rico de su país y una de las primeras fortunas de Europa, teniendo en su haber 16 ciudades, 683 pueblos y 25 principados (voivodas). Fue el primer promocionado en la Orden del Aguila Blanco en 1757. Tras exiliarse en 1772, regresó a Polonia en 1777 tras obtener el perdón del rey Estanislao II Augusto, recuperando todos sus cargos militares. Gran patriota, su fama de héroe nacional sigue intacta después de 300 años de su desaparición.

Radziwill, pese a su fama de hombre desengañado y astuto, gran conocedor de las enmarañadas intrigas de todas las grandes cortes europeas, pareció no dudar un solo instante de la buena fe y sinceridad de la supuesta hija de la difunta emperatriz de Todas las Rusias. Como no, Radziwill, igual que Oginski y otros magnates polacos exiliados, creyó ver en aquella mujer un guiño de la Providencia para favorecer la causa polaca anti-rusa. La Tarakanova les proporcionaba el medio para matar dos pájaros de un tiro: intentar derrocar a la usurpadora Catalina II, reivindicando los derechos de la princesa al trono de los Romanov y, por otro lado, destronar al rey impuesto por ésta, Estanislao II Augusto Poniatowski y proclamar la república aristocrática en Varsovia.

EL CONDE RAZUMOVSKY

Aleksei Grigorievich Razumovski

el esposo morganático de Elisabeth I Petrovna

Nacido el 17 de marzo de 1709, cerca de Tchernigov y muerto el 6 de julio de 1771, en San Petersburgo, Aleksei Grigorievich Razumovski (o Razumovsky) era un joven pastor, hijo de un humilde granjero cosaco. Empezó cantando en el coro de la iglesia de su localidad, donde fue descubierto por un cortesano de la emperatriz Ana I que estaba de paso en una misión diplomática a Hungría, el coronel Vichnevsky, al que le encantaron sus capacidades vocales y le propuso que se trasladara con él a San Petersburgo. Dado que era guapo y ambicioso, Razumovski no dudó en marcharse con él para ampliar sus horizontes (1731), y fue prontamente colocado en el coro ucraniano de la capilla palatina de San Petersburgo.

Su prestanza, talento y gran belleza física impactarían a la gran-duquesa Elisabeth Petrovna, hija del zar Pedro I "el Grande", quien le daría un puesto en la corte en 1732. Tras la deportación del favorito de Elisabeth, Aleksei Shubin, Razumovski reemplazó a éste en sus funciones de alcoba. Al perder su hermosa voz, fue nombrado para el puesto de intérprete de bandurria en la corte imperial, además de ser el supervisor de las residencias de la gran-duquesa. Durante el periodo de la regencia de Ana Leopoldovna, sería nombrado kammerjunker (ayuda de cámara).

Importante sería el papel desempeñado por Razumovski durante la revolución palaciega del 25 al 26 de noviembre (6-7 de diciembre) de 1741, que elevaría hasta el trono a la gran-duquesa Elisabeth Petrovna con el consiguiente derrocamiento del niño-zar Iván VI y de su madre la regente. Tras el golpe de Estado, Elisabeth I Petrovna le nombraría teniente-general, y el mismo día de su coronación, firmaría su nombramiento de mariscal de la corte imperial. Entre otros honores y prebendas que le llovieron, Razumovski sería armado caballero de las ordenes de San Andrés y de San Alejandro Nevski, y dotado con numerosas fincas señoriales en las cercanías de Moscú principalmente. Todo aquello sirvió, sin duda, para colmar sus ansias de fortuna y honores, y aplacar cualquier ambición política latente.

Retrato de la Zarina Elisabeth I Petrovna Romanova (1709-1762), Emperatriz de Rusia de 1741 a 1762.

Según las especulaciones de los historiadores, Razumovski se casaría secretamente con la emperatriz en una iglesia rural de Perovo (hoy localidad que forma parte de Moscú), en otoño de 1742. Dos años más tarde, sería elevado al rango condal por el Emperador del Sacro Santo Imperio Romano y Germánico Carlos VII Alberto de Baviera (Reichsgraf), y hecho conde ruso el mismo año. En 1745-1748-1756, siguieron los sucesivos nombramientos: capitán de la Guardia-de-Corps, teniente-coronel y mariscal de campo (general de brigada).

Durante el reinado de Elisabeth I, Razumovski tendría una posición privilegiada en el seno de la corte pese a la creciente rivalidad del joven conde Ivan Shuvalov, en los últimos años. Sus aposentos en el Palacio de Verano comunicaban directamente con los de Elisabeth I, lo que le otorgaba el privilegio de tener acceso a ella a cualquier hora. Bajo su batuta, la vida de la corte imperial siempre estuvo amenizada con un sinfin de eventos musicales. En 1744, la emperatriz visitaría el pueblo natal de su marido, que convertiría en finca solariega de la familia Razumovski.

Retrato del Conde Kyril Grigorievich Razumovsky (1728-1803), hermano menor de Aleksei y cuñado de la Emperatriz Elisabeth I Petrovna, Presidente de la Academia Rusa de Ciencias y Hetman de los Cosacos de Ucrania; obra de Pompeo Batoni, 1766 (Colección Razumovsky, Viena, Austria).

Aunque nunca estuvo interesado en los asuntos del Gobierno, Razumovski fue el principal apoyo y valedor del canciller Bestuchev-Rjumin y, a instancias suyas, se restauró el cargo de hetman de Ucrania del cual fue beneficiario su hermano Kyril Razumovski, entonces presidente de la Academia Rusa de Ciencias con solo 18 años de edad.

El Palacio Anichkov, en San Petersburgo, según una pintura del siglo XVIII, residencia del Conde Razumovsky.

Antes de fallecer, la emperatriz hizo prometer a su sobrino y sucesor, Pedro III, que no exiliara o deportara a sus favoritos y amigos del momento. Tras expirar Elisabeth I Petrovna, Razumovski renunció a todos sus cargos y se mudó del Palacio de Invierno a su residencia privada del Palacio Anichkov, regalo de su difunta esposa y soberana, llevando una vida discreta y retirado de la vida social.

Al acceder al poder Catalina II en 1762 -en el retrato ejecutado por Virgilius Erichsen-, tras el destronamiento y posterior asesinato de Pedro III, Razumovski recibió la oferta de ésta de verse titulado "Alteza Imperial", distinción que rehusó. Sin embargo, si accedió al requerimiento de Catalina de que destruyera todos los documentos que probasen su unión matrimonial con la emperatriz Elisabeth. ¿Cuales eran las razones de tal requerimiento imperial? y ¿por qué accedió Razumovski a complacerlo?

Razumovski fallecería tranquilamente en su palacio Anichkov el 17 de julio de 1771, recibiendo sepultura en la catedral de la Anunciación de Aleksandro-Nevskaya Lavra.

La cuestión sobre la posteridad habida entre Razumovski y Elisabeth I Petrovna sigue abierta. Actualmente, se sabe que hubieron dos niñas ( y no un niño y una niña) conocidas bajo el nombre de Tarakanova. Una de ellas, Augusta Alekseyevna Tarakanova, se hizo monja y llevó el nombre de Dosifeya, siendo posteriormente sepultada en la cripta familiar de los Romanov, mientras que la otra, Yelizaveta Alekseyevna Tarakanova, sería secuestrada en Livorno por el conde Aleksei Grigorievich Orlov, y encarcelada en San Petersburgo en febrero de 1775.

ORDEN IMPERIAL & MILITAR DE SAN-JORGE

LA ORDEN IMPERIAL & MILITAR DE SAN JORGE

Retrato de la Emperatriz Catalina II "la Grande" (1729-1796), ante su escritorio, condecorada con las Ordenes Imperiales de San Andrés (banda de muaré azul & estrella de 8 puntas) y de San Jorge (banda de muaré negro y amarillo de cinco rayas alternas & estrella de 4 puntas); obra de Virgilius Erikssen, c.1769-1770.

Entre algunas órdenes de caballería fundadas por la Zarina Catalina II "la Grande", Emperatriz de Todas las Rusias de 1762 a 1796 -alemana de orígen pero más rusa de corazón que algunos eminentes personajes rusos contemporáneos, incluso que algunos monarcas que la precedieron en el trono-, cabe destacar la Orden Militar de San Jorge "el Mártir y Vencedor" fundada por ella en el séptimo año de su reinado, es decir en 1769. Dicha orden de caballería, como estipulaba en sus estatutos, era concedida a las más eminentes figuras militares rusas que se habían distinguido por sus servicios, demostrando lealtad y valor en el combate. La Gran Maestría recaía evidentemente en la persona de la soberana y sucesores en el trono, contemplándose 4 clases (o rangos) para sus miembros, desde el comendador, el caballero gran-cruz hasta el simple caballero de 4ª clase.

El lema de la orden que figuraba grabado en oro en la placa y la cruz era el siguiente: "Por el Servicio y el Valor" .

Las condecoraciones de la orden constaban de la banda de muaré negro y naranja alternados (3 rayas negras y 2 amarillas), anudada por la cruz de San Jorge, de 4 puntas en oro y esmalte blanco, y la estrella o placa de 4 puntas (como los 4 puntos cardenales) con sus rayos de oro, con la figura central de San Jorge abatiendo al dragón en esmalte. Las cruces de 4 puntas esmaltadas en blanco, solían corresponder a los caballeros de 3ª y 4ª clase, quienes las llevaban anudadas con su respectiva cinta en las solapas o en sotuer (anudadas al cuello).

Catalina II "La Grande" (1729-1796), Zarina y Emperatriz de Rusia de 1762 a 1796, representada como la diosa Minerva por el artista Levitzky, y llevando la banda de la Orden Imperial y Militar de San-Jorge.

En 1778, en conmemoración del 9º aniversario de la Orden de San Jorge, Catalina II ofreció un banquete a sus caballeros en una fina y delicada vajilla de porcelana, especialmente encargada y decorada con los motivos de la congregación militar, que aún figura entre los innumerables tesoros de la Rusia Imperial conservados en el Museo del Hermitage de San Petersburgo.

Retrato oval del Zar Nicolás I Pavlovich (1796-1855), Emperador de Rusia de 1825 a 1855.

En 1833, Nicolás I, nieto de Catalina "la Grande", revisó y reformó los estatutos de la orden aunque nunca se estipuló uniforme o manera de vestir propia de los caballeros de San Jorge.

La Orden de San Jorge siguió siendo concedida hasta 1917, fecha en la que se abolieron todas las órdenes de caballería de la Rusia Imperial al abolirse la monarquía tras las abdicaciones de Nicolás II y de su hermano y heredero el Gran-Duque Miguel (Miguel IV por unas horas...).

NICOLÁS II & SU FAMILIA REHABILITADOS

Noventa años después de que hayan sido, sin previo juicio, sumariamente ejecutados el Zar Nicolás II de Rusia, su esposa la Zarina Alexandra Feodorovna, sus cuatro hijas las Gran Duquesas Olga, Tatiana, María y Anastasia, así como el Zarevich Alexis, en el sótano de la Villa Ipatiev de la localidad rusa de Yekaterinburg (en la región de los Montes Urales), el 17 de julio de 1918, el Tribunal Supremo Ruso rehabilita a todos y cada uno de los componentes de la asesinada Familia Imperial.

Recordemos que, en 1979, se descubrieron los restos de los zares con tres de sus hijos, desenterrados en una mina cercana al bosque de Yekaterinburg. Identificados, gracias a los análisis comparativos del ADN con miembros cercanos de la Familia Imperial (entre ellos el Príncipe Felipe, duque de Edimburgo, consorte de la reina Elizabeth II de Gran-Bretaña), los cuerpos fueron oficialmente sepultados con todos los honores en la iglesia de la Fortaleza de los Santos Pedro y Pablo de San-Petersburgo, en 1998.

En el año 2000, la Iglesia Ortodoxa Rusa canonizó a la Familia Imperial.

El año pasado, en 2007, se pudo dar con los restos de otros dos cadáveres a unos 70 m. de distancia de donde se encontraron a los primeros en 1979; fueron identificados este mismo año como siendo los restos del zarevich Alexis y de su hermana la gran duquesa María.

Con el último hallazgo y teniendo los restos de la Familia Imperial al completo, se puede decir que se cierra un largo capítulo sobre el enigma de los últimos Romanov-Holstein-Gottorp, y sobre sus leyendas de supuesta supervivencia de algunos de sus componentes (Anastasia / Anna Anderson, María,...), al menos oficialmente.

Obviamente, la sentencia del Tribunal Supremo Ruso no tiene otra consecuencia que la simbólica: condena el asesinato de Nicolás II y de su familia, calificándolo de asesinato y culpando claramente a los bolcheviques, autores de la masacre. Por tanto, dictamina que la Familia Imperial Rusa fue víctima de una represión injustificada y que su sumaria ejecución fue a todas luces ilegal, tal y como venía reclamando desde hace años los descendientes de la Casa Imperial representados por el abogado G. Lukianov.

De la sentencia se deriva que los parientes supervivientes de la Familia Imperial pueden reclamar una irrisoria indemnización de 10.000 rublos (poco más de 3.000 €) en el caso de pérdida de propiedades inmobiliarias durante el período soviético.

Por otro lado, también se rehabilitan históricamente a unas 700.000 víctimas de la Revolución Rusa y del período Soviético, no así a los que lucharon contra el régimen comunista totalitario como tampoco a los que estuvieron en el bando del Ejército Blanco.

El proceso de rehabilitación se inició con Krushev y prosiguió con Mikhail Gorbachov, bajo cuyo mandato se interrumpió momentáneamente al caer el régimen soviético, para luego reanudarse bajo la presidencia de Boris Yeltsin y de su sucesor Vladimir Putin. Se trata, sin duda alguna, de recuperar la memoria histórica del pasado pre-soviético y de poner las cosas en su sitio, desautorizando en cierto modo toda la mentira oficial construída bajo Lenin y Stalin.

NICOLAS II & LENIN

Hélène Carrère d'Encausse es la primera mujer miembro de la Academia francesa, de la que se ha convertido pronto en secretaria perpétua. Su nombre figura por derecho propio en un elenco de expertos franceses en el comunismo en general y en la antigua Unión Soviética en particular Alain Besançon, Stéphane Courtois, Nicolas Wert, Marc Ferro, Jean Ellenstein... junto a los ya desaparecidos Annie Kriegel y François Furet.

De origen ucraniano, pero francesa por su matrimonio, Carrère d'Encausse lo es sobre todo por la claridad de su estilo, la sencillez e incisividad de su argumentación, la ambición por proporcionar al lector una interpretación de conjunto de la no pocas veces escalofriante historia de la Rusia imperial y de la comunista, y por el modo, en 1/2n, cómo la cortesía de su argumentación ni oculta sus opiniones ni disimula con vaciedades la ausencia de argumentos.

Carrère d'Encausse es autora de al menos dieciocho libros en los últimos treinta y tres años, la mayoría de ellos dedicados a la historia de la Rusia soviética y al análisis de sus últimos decenios. Destaca en esta obra su gran dominio del complicado asunto de las nacionalidades. De la lucidez de esta trayectoria investigadora da cuenta que la historiadora francesa figure entre quienes pronosticaron la implosión de la URSS, en lugar de considerarla anticipación del futuro luminoso de la humanidad o, al menos, bastión inconmovible del progreso social. Tan sólo una de estas obras, La Gloire des nations (Fayard, 1990) ha sido traducida al español (Rialp, 1991) y al catalán. Pueden citarse, no obstante, otros trabajos suyos inéditos en español también de gran interés como Lénine, la révolution et le pouvoir (Flammarion, 1979), base de su biografía del primer dictador comunista aparecida el año pasado y traducida ahora por la editorial Espasa y, sobre todo, Le Malheur russe. Essai sur le meurtre politique (Fayard, 1988), un análisis del papel de la violencia y del asesinato político a lo largo de la historia rusa. Incluye un perspicaz examen del papel de la monarquía en las principales encrucijadas por las que atravesó Rusia, y el modo en que los avances del principio de legalidad logrados a lo largo de la segunda mitad del siglo xix se vinieron abajo ante el renovado maridaje de la violencia y la política, ahora por iniciativa de los revolucionarios y su recurso al terrorismo. Un entrelazamiento que llegó al clímax y a lo patológico con Lenin y Stalin.

El Zar Nicolás II junto con la Familia Imperial.

Ha sido en los dos últimos años cuando Carrère d'Encausse se ha dedicado a la biografía, y fruto de este trabajo ha sido una especie de vidas paralelas o, mejor, una reflexión convergente sobre la occidentalización de Rusia hecha desde la figura del último zar, Nicolás II, cuya biografía apareció en 1997, y la ya mencionada de Lenin. Se trata de dos biografías intensamente contextualizadas. Las circunstancias políticas del personaje importan mucho más que su psicología personal o su vida privada, inexistente en el caso de Lenin. El resultado es mucho mejor con Nicolás II que con este último. El principal elogio que puede hacerse del retrato del último zar por Carrère d'Encausse es que da una visión muy perspicaz y al tiempo apasionada de un reinado -más que del propio personaje- que la autora subtitula "la transición interrumpida" (se entiende, la de Rusia hacia la occidentalización). Ese balance positivo no impide que, con los datos que nos proporciona, el lector pueda llegar a una conclusión negativa de la ejecutoria de Nicolás II.1 Por el contrario, en el caso de Lenin, el peso del contexto disuelve casi al personaje, concretamente desde el golpe bolchevique de 1917 hasta su muerte en 1924. Este desequilibrio obedece, con toda probabilidad, a que Carrère d'Encausse no puede ofrecer el tipo de revelaciones que el acceso a los archivos secretos del Kremlin ha proporcionado al general Dimitri Volkogonov, nombrado por Eltsin responsable máximo de aquellos, y que ha sabido utilizarlos para escribir su estremecedora biografía de un Lenin oculto,2 obra que Carrère d'Encausse conoce perfectamente. Incluye también en el distinto resultado de ambas biografías la diferente actitud de la autora ante uno y otro personaje. Esa diferencia tiene que ver con la aportación de cada uno a la occidentalización de Rusia, por más que sea imposible olvidar que la relación más importante consistió y consiste en que Lenin fue el verdugo de Nicolás II y toda su familia. Este balance opuesto tiene también una dimensión personal y moral. Para Carrère d'Encausse -muy sensible a la importancia de la institución monárquica para Rusia- Nicolás Romanov era un ser humano con principios a los que procuró ser fiel. El zar demostró una gran dignidad en las durísimas pruebas que pasó tras su abdicación hasta su asesinato en la matanza de Ekaterimburgo.

En el caso de Lenin, Carrère d'Encausse (y los documentos ahora accesibles lo acreditan) se las ve con un personaje de una inteligencia y tenacidad fuera de lo común, pero sin escrúpulos y de una crueldad obsesiva, impasible ante el sufrimiento humano que gustaba provocar. Aunque no lo cita, Carrère d'Encausse coincidiría con el juicio de Bertrand Russell, que conoció a Lenin en 1920, y dijo de él que era la persona más malvada que había conocido nunca.

Nicolás II no tuvo una educación esmerada y su padre Alejandro III, que lo consideraba un niño (también Rasputín), lo mantuvo por ese motivo permanentemente alejado de los asuntos de Estado. Nicolás fue una persona dócil y esforzada que no mostró nunca especial interés por problemas intelectuales ni tuvo gustos artísticos definidos. Esa falta de curiosidad se manifestó también en una concepción un tanto chovinista de lo ruso que le jugó malas pasadas con relación a los méritos de otros pueblos, especialmente en el caso de Japón, país ante el que Rusia sufrió entre 1904 y 1905 derrotas aplastantes, que fueron directa responsabilidad del zar. La principal limitación de Nicolás II consistió, no obstante, en que no tenía vocación para su oficio imperial. La política le agobiaba (único punto en el que de verdad se parecía a Luis XVI de Francia) y ese sentimiento de carga bloqueaba la intuición y la imaginación que tanta falta le hacían en las condiciones de intenso cambio en que debió reinar. Creyente sincero, la ausencia de vocación lo llevó a adoptar una postura fatalista de sometimiento a la voluntad de Dios como solución última y modo de encajar cuanto le ocurría.

Carrère d'Encausse subraya con fuerza que de las consideraciones anteriores no puede deducirse que Nicolás II careciera de una concepción de Rusia ni de un proyecto para su país y para su reinado. En cuanto a su modo de entender Rusia, el zar era tradicionalista, incluso arcaizante. Consideraba al campesino, al mujik, la encarnación verdadera de lo genuinamente ruso y, en su versión religiosa de trabajo duro, penalidades, resignación y una fe sincera en Dios, sentía por él una profunda simpatía. Así se explica en parte el encumbramiento de un personaje como Rasputín cerca de la pareja imperial. Este amor al mujik iba unido al convencimiento de que existía un vínculo indisoluble entre el verdadero pueblo ruso y el zar. Su principal convicción política estaba estrechamente conectada con la anterior y consistía en la preservación del carácter autocrático de la monarquía que debía transmitir intacta a su sucesor. La autocracia se justificaba a ojos del zar como decantación de la experiencia histórica del país en el plano político, y junto al mujik y la ortodoxia integraban la esencia de Rusia.

Retrato del Zar Alejandro III (1845-1894), Emperador de Rusia.

Estas convicciones de Nicolás II eran simples y arcaicas, pero coherentes. Ahora bien, pese a lo mucho que lo anuló Alejandro III, su proyecto de reinado no se limitaba a preservar la tradición. También quería continuar la empresa modernizadora de su padre y de su abuelo, Alejandro II, quienes intentaron convertir a Rusia en un gran estado industrial en el que la técnica moderna fuera la base de un poderío militar renovado. Alejandro II (en la ilustración), el emancipador de los siervos en 1861, trató de combinar modernización económica con gobierno por la ley, al tiempo que avanzaba hacia un régimen constitucional. Al ver a su padre despedazado por los terroristas, Alejandro III optó por el autoritarismo sin contemplaciones y acentuó el ritmo de la industrialización. El ritmo se aceleró todavía más con Nicolás II, y su profunda incoherencia consistió en tratar de preservar una esencia espiritual rusa falsa y mitificada, foco de barbarie en realidad, al tiempo que estimulaba la inversión de capital exterior y la alianza militar con las potencias occidentales, especialmente Francia, política a la que se mantuvo siempre fiel. Nicolás II no fue capaz de en ningún momento de resolver el dilema que esa doble lealtad implicaba.

Nicolás II seleccionó como jefes de gobierno a los dos mejores estadistas rusos del siglo xx: el conde Witte y Stolypin (en la ilustración). El primero protagonizó la estabilización monetaria y el conjunto de políticas que imprimieron el máximo ritmo al proceso de industrialización a lo largo de las dos primeras décadas del reinado de Nicolás entre 1894 y 1905. También obtuvo una excelente paz tras las derrotas rusas en la guerra contra Japón, y persuadió al zar que permitiera la elección de una Duma o parlamento tras la revolución de 1905. Stolypin, que vino a continuación, demostró tener una mano muy dura con la marea terrorista que asoló Rusia una vez terminada la revolución de 1905 hasta 1909. Pero además, y al contrario que su señor, paralizado por los escrúpulos autocráticos, otorgó carta de naturaleza a la Duma, la trató como un auténtico parlamento del que no se podría ya prescindir, y puso en marcha una reforma agraria dirigida a extirpar el corazón mismo de la barbarie rusa, el mir, la propiedad comunal campesina. La relación de Nicolás II con ambos grandes ministros fue tormentosa y, en el caso de Stolypin, basada en una desconfianza creciente. Los dos ministros comprendían con claridad que el desarrollo industrial de Rusia terminaría por eliminar lo que el zar consideraba su esencia campesina y también la autocracia, desbaratando así el proyecto de compatibilizar dos realidades incompatibles.

Retrato fotográfico de Alix de Hessen-Darmstadt und bei Rhin, aka Alexandra Feodorovna (1872-1918), esposa del Zar Nicolás II.

Ahora bien, si es cierto que Nicolás II designó algunos grandes ministros, también lo es que la elección de su esposa no pudo ser más desgraciada. Alix de Hesse Darmstadt era una mujer de pocas luces, con inclinación a la histeria y al misticismo, y bien dotada para atraerse la antipatía generalizada de la gente. La detestaron tanto el pueblo ruso como el conjunto de los parientes del zar. De las ideas de su marido compartía de forma exaltada la parte arcaizante y reaccionaria, pero era virulentamente hostil y por completo inepta en todo lo relacionado con la modernización. Creía que el problema de Rusia consistía en infundir valor e intransigencia a "su Niki", cuyas decisiones mediatizaba siempre que podía.

Los Zares Nicolás II y Alexandra Feodorovna, con el Zarevich Alexis.

Aunque Nicolás y Alejandra (su nombre ruso) formaron un matrimonio y una familia feliz y unida (lo cual sirvió también para alejar al zar de su pueblo y de todo ambiente que no fuera el estrecho círculo familiar), lo cierto es que la zarina transmitía la hemofilia y la tragedia para Nicolás II fue que su hijo y heredero contrajera esta grave dolencia en un grado agudo. Hay un aspecto en este asunto que muestra cómo, para Carrère d'Encausse, lo privado y lo público, lo arcaizante y lo moderno chocaban de forma dramática en la vida del zar. Para aliviar los dolores del pequeño zarevich (el carácter de cuya enfermedad nunca se hizo oficial) se le administraba lo que era entonces el analgésico más moderno, la aspirina, sin saber que el remedio propiciaba las hemorragias. Rasputín, independientemente de sus poderes hipnóticos, despreciaba toda la farmacopea moderna y al eliminar la aspirina alivió los sufrimientos del heredero. Un efecto curativo casual que, de paso, venía a arraigar los prejuicios y la cerrazón tradicionalista de los padres.

Gregori Yefimovich Raspútin (1872-1916)

Hay que apuntar que tras una breve estancia en 1903, Rasputín apareció en San Petersburgo el año de la revolución de 1905, pero su influencia política no se volvió intolerable hasta una década después. De ella da testimonio el bombardeo incesante de cartas y notas de la zarina a su marido, transmitiéndole las opiniones y los deseos de "nuestro Amigo", con mayúscula.

La hora de Rasputín sólo llegó cuando las tensiones tremendas que puso en marcha la Iª Guerra mundial hicieron inaplazable la colaboración leal del zar con la Duma y de ésta con el zar, sin que hubiera acuerdo por ninguna de las dos partes. Nicolás II, bloqueado por la tensión, abandonó San Petersburgo y se recluyó en el Cuartel General del Estado Mayor en Mogilev, entregando así el poder político a la zarina contra la opinión de todos sus parientes, que buscaron la forma de hacerle abdicar. El monje, favorecido por los ministros ineptos que promocionaba la emperatriz, apareció como el genio maléfico detrás del trono, y a las derrotas militares y sus costes se añadió la desorganización creciente de un gobierno y de una administración en manos de mediocres, por no hablar de la total ausencia de una dirección política responsable. Fue en aquellas circunstancias cuando tuvo lugar el asesinato desesperado de Rasputín por el príncipe Félix Yusupov y un sobrino del zar. Por aquella pendiente de desorden ya no dejaría de resbalar el Estado y la sociedad rusos hasta entrar directamente en el infierno con el golpe de estado de Lenin y su partido.

León Trotski (1877-1940)

Los bolcheviques, en especial Trotski, se deleitaron con la posibilidad de juzgar públicamente a Nicolás II. Pero Lenin había pensado de antiguo en la alternativa del exterminio de los Romanov, temiendo que ese tipo de juicio beneficiara al zar como ya había ocurrido con Luis XVI. Como siempre que tomaba decisiones sangrientas o poco escrupulosas respecto al dinero, Lenin se cuidaba mucho de borrar sus huellas. La responsabilidad del asesinato de la familia imperial se atribuyó al soviet de Ekaterimburgo y se justificó con la proximidad de tropas de los ejércitos blancos. Sólo se confesó el asesinato del zar y se ocultó la suerte del resto de la familia durante un año. Pero cuando Trotski pidió información a Sverdlov, presidente del Comité ejecutivo central del Congreso panruso de los soviets y mano derecha de Lenin, aquél le dijo que "Ilitch", es decir Lenin, había tomado la decisión para evitar riesgos. No consta que Trotski tuviera nada que alegar. En realidad no estaba quedando vivo ningún Romanov al alcance de los bolcheviques.

Miguel IV Aleksandrovich Romanov-Holstein-Gottorp, Gran Duque de Rusia (1878-1918), sucesor de su hermano Nicolás II y último Zar de Rusia, asesinado en Perm por los Bolcheviques.

Días antes de su hermano el zar, a principios de julio de 1918, corrió la misma suerte el Gran duque Miguel Alejandrovich, en el que Nicolás había abdicado. Se simuló un intento de secuestro y una huida, pero el hecho es que fue fusilado sin más a las afueras de la ciudad de Perm. Lenin recibió a los asesinos y les tranquilizó diciéndoles que habían cumplido con su deber. Por las mismas fechas que la familia imperial fueron asesinados otros seis Romanov en el poblado industrial de Alapaevsk, cercano a Ekaterimburgo, donde habían sido internados. No en vano los bolcheviques, en su primer año de dictadura, mataron (sin juicio) de dos a tres veces más que todos los condenados políticos (no todos ejecutados) por el zarismo en los cien años anteriores, que rondaron los seis mil trescientos.

Fríamente, con distanciamiento, Carrère d'Encausse reconstruye e inserta en su biografía de Lenin este lado del personaje. Facetas cuidadosamente ocultadas no ya por la apologética oficial del Estado soviético que sepultó miles de documentos que pudieran descubrirlas y corroborarlas en los archivos secretos y a los que se refiere la autora, sino también ignoradas por la historiografía progresista que simpatizaba con el héroe del "acontecimiento más importante del siglo XX", como denominaba con fe y emoción gran parte de la izquierda el golpe bolchevique de octubre de 1917.

No es que Carrère d'Encausse ignore la vertiente doctrinal de Lenin, fundamento esencial de su poder. Todo lo contrario. Se detiene ampliamente en la contradicción fragrante que enfrenta la doctrina semianarquista de El Estado y la revolución, escrito en vísperas del golpe, y la teoría y práctica leninistas del partido de revolucionarios profesionales. Reconstruye también cuidadosamente el oportunismo y la demagogia que impregnan los análisis de Lenin sobre la política agraria a seguir y, sobre todo, su política de las nacionalidades y su utilización entusiasta y destructiva del principio de autodeterminación. Todo valía para derrumbar el zarismo y el capitalismo ruso e internacional. Los métodos más implacables se justificaban en no menor medida para apuntalar a continuación el poder recién conquistado, aunque con ellos perecieran los obreros, los campesinos y las nacionalidades que el bolchevismo estaba convencido de emancipar.

Las dos biografías de Carrère d'Encausse ponen de esta forma en evidencia la profunda equivocación de aquellas metodologías históricas, predominantes hasta hace una década, que descalificaban la historia de las ideas, el papel de los "grandes hombres", de los aparatos y de las instituciones políticas y la "espuma de los acontecimientos", con el argumento de la determinación por la economía "en última instancia" y afirmando que lo importante era estudiar a la gente común y no a las elites. Pocos períodos como el siglo XX han conocido, no ya el papel decisivo de las ideas sino el de las ideologías, el de los partidos y de los Estados para imponer esquemas doctrinales a pueblos enteros, al precio de millones de vidas. El trabajo biográfico de Carrère d'Encausse permite calibrar perfectamente estas cuestiones con el ejemplo insuperable de Lenin.

Pero volvamos sobre algunas de esas facetas poco edificantes y cuidadosamente ocultas en los pliegues de la bandera roja, con la hoz y el martillo, que solían envolver al camarada por excelencia. Lenin no era de origen humilde. Aunque su bisabuelo paterno era siervo, su padre era noble por el cargo burocrático que desempeñaba, de inspector de escuelas en la provincia de Samara. Esa promoción da una idea sugestiva de la movilidad social que existía en el Imperio zarista. También era noble su abuelo materno. Pese a la pretensión oficial soviética de que Lenin encarnaba al ruso puro, por sus venas corría sangre alemana, sueca, judía y kalmuka.

Por lo demás, no tuvo nunca en mucho aprecio a sus compatriotas y confiaba preferentemente en los bálticos (los letones componían sus tropas más seguras ) y los judíos. A estos últimos, por cierto, la negativa de Nicolás II a reconocerles la igualdad legal, además de fuente de emigración masiva a causa también de frecuentes pogromos, los convirtió en cantera de revolucionarios especialmente resueltos, lo que no impidió la pervivencia del antisemitismo entre los bolcheviques.

Aunque Lenin, como Marx, no se ganó nunca la vida desempeñando un trabajo regular, al ruso no le faltó nunca el dinero hasta llegar al poder e incluso lo manejó en gran cantidad para el partido bolchevique. Las cuestiones económicas le apasionaban y las llevó siempre con meticulosidad. El dinero era uno de los temas preferidos de correspondencia con su madre y hermanas, ya que la primera le pagó los gastos hasta su muerte en 1916, del mismo modo que su mujer, la siempre fiel e indispensable Nadezda Krupskaia, y su suegra cuidaron de la comodidad de su vida doméstica donde no solía faltar el mínimo servicio. Parecerá sorprendente, pero Lenin percibió parte de la renta de una finca familiar alquilada a un kulak o campesino rico. En definitiva, Lenin no pasó privaciones y pudo ir al teatro o de vacaciones siempre que lo necesitó. Tuvo también una relación amorosa con Inessa Armand desde 1910 hasta la muerte de ésta diez años después, amor que Kruspkaia acabó aceptando, haciéndose amiga de Inessa Armand. El mundo privado de Lenin careció, significativamente, de toda estridencia y radicalidad revolucionarias.

De otro lado, es bien conocido, por su interminable pugna con los mencheviques, que Lenin carecía de escrúpulos en las relaciones políticas. La nueva documentación disponible deja claro que esa agresividad y ausencia de límites se extendía a las cuestiones económicas. Fue, por ejemplo, un firme defensor de las "expropiaciones revolucionarias", o sea, del robo a mano armada de bancos y correos en las que destacó el joven Stalin. Cuidadoso siempre de evitar rastros que lo involucraran directamente, a Lenin no le importó dejarse utilizar por el Ministerio de Asuntos Exteriores del Káiser, a través de contactos indirectos con el socialpatriota alemán Parvus, de modo que fondos alemanes financiaron la propaganda y la acción subversiva de los bolcheviques con el doble objetivo de desmoronar el incipiente gobierno democrático surgido de la revolución de febrero de 1917 y sacar a Rusia de la Entente, lo que libraba a Alemania del enemigo a la espalda. A un defensor a ultranza como Lenin de la guerra civil como ingrediente esencial de la revolución y, por lo tanto, dispuesto a emprenderla en Rusia como así hizo, poco podía importarle esa instrumentalización alemana, convencido como estaba de que Berlín sería el siguiente lugar después de Petrogrado donde ondearía la bandera roja.

Lenin en un óleo de Brodski.

Lenin merece, si no el reconocimiento de la Humanidad, al menos el recuerdo de ésta por realizaciones tales como la aplicación creadora del marxismo a las condiciones específicas de Rusia, la fundación del partido bolchevique, de la Internacional Comunista y de la Unión Soviética misma. Pero conviene no perder de vista otras conquistas igualmente importantes. Desde los jacobinos, nadie como él había quebrado el principio de legalidad como forma de gobierno ni erigido el estado de excepción más radical en situación de normalidad. Implantó así una especie de racismo social por el que la adscripción ideológica a grupos definidos como contrarrevolucionarios justificaba la expropiación, la deportación o la muerte de las personas, con independencia de que hubieran o no delinquido. Sencillamente, en la Rusia bolchevique no había ley. Si los jacobinos cazaron sobre todo aristócratas -muchos de ellos de condición sorprendentemente popular-, Lenin acuñó el concepto no menos fantástico de kulak o campesino rico, un auténtico chiste en el campo ruso de 1917 y 1918. Gracias a esa joya de la praxis revolucionaria y la consiguiente persecución implacable a que los sometió, Lenin pudo convertirse en el padre de las terroríficas hambrunas políticas como la que devastó Rusia entre 1921 y 1922 y que sólo pudo paliarse con ayuda del capitalismo internacional, principalmente norteamericano.

No es de extrañar su predicación continua de la toma de rehenes como forma de intimidar y sojuzgar a grupos políticos y sociales enteros, y que también le corresponda la gloria de la creación de la Cheka, a la que apoyó sin desmayo, y la creación de los primeros campos de concentración que terminarían configurando el universo concentracionario del Gulag. Su ofensiva contra el campesinado bajo el Comunismo de guerra, mucho más dura que la guerra civil contra los blancos, dejó perfectamente pergeñada la posterior colectivización de Stalin.

Lenin y Josef Stalin.

Lenin tenía el sistema nervioso frágil y padecía crisis de agotamiento que se convirtieron en ataques cerebrales cada vez más graves entre 1921 y 1924. En los últimos meses de vida quedó reducido a un estado infantil, si es que algo así era posible en su caso. Entre ataque y ataque, estuvo atenazado por preocupaciones muy conocidas: su sucesión y el enfrentamiento a última hora con Stalin a causa de su brutalidad y por discrepancias con él sobre la aplicación de la política de nacionalidades. Le agobiaban también los temores sobre si el desmantelamiento del catastrófico Comunismo de Guerra y su sustitución por el capitalismo vergonzante y ultracontrolado de la Nueva Política Económica terminarían amenazando o no la dictadura del proletariado y el objetivo del comunismo, es decir, el régimen de partido único que impuso a sangre y fuego con la represión del levantamiento de Kronstadt en 1921. Una represión implacable que puso fin a la muy deteriorada alianza golpista de obreros, marinos, soldados y bolcheviques que había derrocado en 1917 al gobierno provisional de los demás partidos de la izquierda.

No resulta sin embargo tan conocido, y esto deshace la pretensión de que Lenin se hubiera replanteado a última hora la naturaleza del régimen que había implantado, su celo obsesivo en dos asuntos. El primero la destrucción de la Iglesia ortodoxa rusa, que con la revolución de febrero había conseguido su emancipación del Estado con el restablecimiento del patriarcado, como había solicitado sin éxito a Nicolás II. Una destrucción de personas y propiedades a la que Lenin añadió el robo de los objetos valiosos destinados al culto. Y, en segundo lugar, el exilio forzoso de una larga lista de profesores universitarios a los que el autor de ese monumento al pensamiento dialéctico que es Materialismo y Empirocriticismo consideraba indeseables.

Lenin era una de esas personas afortunadas que sólo cometen pequeños errores, mientras que parte no pequeña del género humano a su alcance incurría continuamente en crímenes tales que merecían la ejecución sin que eso le produjera el menor cargo de conciencia. No existe constancia de que se arrepintiera nunca de nada, ni en su vida privada ni en la política.

Muy distinta fue la situación de Nicolás II, que preguntó a distintas personas en vísperas de su abdicación si todas las decisiones de su reinado habían estado equivocadas. Y sin duda, acontecimientos como los del Domingo sangriento de 1905, cuando la manifestación pacífica que se encaminaba con iconos y retratos suyos al Palacio de Invierno en San Petersburgo fue repelida a tiros, cuando el zar y su familia se encontraban fuera de la capital, eran para que pesaran sobre su conciencia. El contraste en lo físico tampoco podía ser mayor. El zar era un hombre guapo al que la distinción de sus rasgos le hacía parecer más alto de lo que era en realidad. Nadie discutía ni su gentileza y excelentes modales ni su valor físico. Lenin era bajito, pelirrojo, calvo prematuro, con unos ojos astutos y penetrantes que la gente recordaba para siempre. Sencillo y accesible, también era agresivo e intolerante en extremo en la relación política. No se preocupó nunca en disimular que en situaciones de peligro, él sería siempre el primero en ponerse a salvo.

Karl Popper ha puesto de relieve el peso de las consecuencias no queridas en la explicación de los procesos sociales e históricos. Ese argumento resulta especialmente pertinente para cerrar este recuerdo. Lo que nos muestra Carrère d'Encausse es que alguien con tan poca vocación política como Nicolás II, dominado por la contradicción entre las exigencias de la modernidad y la tradición autocrática e incapaz de optar entre una y otra, en parte por timidez, también por sentido del deber y porque la mujer que le hacía feliz contribuía decisivamente a bloquearlo en el impasse, reinaba a la altura de 1913 sobre una sociedad civil cada vez más articulada en un país que se industrializaba rápidamente con la ayuda decisiva del capital extranjero. La agricultura estaba en plena transformación, aunque muy lastrada todavía por un primitivismo secular. Desde los años setenta del siglo XIX, Rusia contó con la generación literaria y artística más brillante de su historia, lo único que verdaderamente ha ayudado al país a sobrevivir hasta ahora. Incluso el sistema constitucional, con todas las limitaciones que se quiera, había tomado carta de naturaleza con la existencia de la Duma y en torno a ella había germinado un embrión de sistema de partidos susceptible de organizar el pluralismo político del futuro. Las peores sombras en el horizonte eran la confusa y titubeante obstinación autocrática del zar, una política exterior en la que él tenía gran peso, inadecuada a la exigencia de paz para el desarrollo del país como entendió muy bien el conde Witte, y la debilidad y demagogia de las fuerzas democráticas.

Nadie puede negar, por el contrario, la excepcional capacidad política de Lenin ni su voluntad de hierro a la hora de perseguir los objetivos políticos que se había marcado. Pero sin perjuicio de su liderazgo excepcional sino a consecuencia de éste, la Rusia en la que él agonizaba una década después carecía de instituciones, salvo el partido comunista, la Cheka y el Ejército Rojo. Tampoco tenía sistema legal. La industria había perecido, la moneda yacía sin valor por una inflación desbocada. El hambre, resultado de la política agraria bolchevique, había llegado a tales extremos que en algunos puntos del país se había desatado el canibalismo. Rusia estaba aislada del exterior, salvo para la desestabilización revolucionaria de las democracias burguesas y la mentira ideológica y el terror se habían convertido en instrumentos imprescindibles de la dictadura del proletariado. La capacidad de decisión de los individuos, sus posibilidades de elegir su propia vida, se habían reducido drásticamente respecto a 1913, no ya en lo político, donde habían desaparecido, sino también en lo particular. ¿Por qué había tenido lugar este desenlace? La respuesta de Carrère d'Encausse a esta cuestión clave reviste un particular interés. En su opinión, el triunfo bolchevique no tuvo nada de inevitable. Para ella, tuvo decisivamente que ver con el prejuicio del ningún enemigo a la izquierda que inspiró a los demócratas constitucionales (los kadets) y, sobre todo, a los mencheviques y socialistas revolucionarios. Al igual que el zar no acababa de entender que la Duma podía ser el mejor aliado de su poder, como sí lo hicieron Witte y Stolypin, los partidos de la democracia rusa, inermes sin el apoyo de la monarquía y con una administración desorganizada en plena guerra mundial, no concebían mayor peligro que la vuelta de la autocracia o la dictadura militar. Preferían no plantearse que Lenin era algo más y algo peor que la extrema izquierda demagógica, aunque los mencheviques y demócratas constitucionales como Piotr Struve lo sabían bien. Pero designar a Lenin como el enemigo principal de la democracia naciente en Rusia hubiera significado cuestionarse el valor de la revolución y del socialismo como elementos fundadores de la libertad política y social y ese, que era uno de motivos del zar para rechazar la libertad misma, era un paso que los partidos beneficiarios de la revolución de febrero, sin poder real sobre los obreros y soldados que inmediatamente organizaron los soviets, no podían dar sin suicidarse. Fue así como los rusos descubrieron la transición de la autocracia al totalitarismo y ahí sigue todavía el mausoleo de Lenin con su momia dentro para conmemorarlo, mientras otros rusos buscaron, desenterraron y dieron solemne sepultura recientemente a los huesos penosamente hallados y comprobados de Nicolás II y de su familia.

por Luis Arranz Notario / in La Ilustración Liberal.