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Categoría: Temas

HISTORIA DE LA COSMETICA

Posteado por: retratosdelahistoria el 8 abr En: Temas - 3 comentarios

HISTORIA DE LA COSMÉTICA

desde la Prehistoria hasta la actualidad

Diseño de espejo para tocador llamado "Toilette de Vénus", realizado por la Real Manufactura de Porcelanas de Sèvres (Francia), en 1781, y destinado a la Gran Duquesa Maria Feodorovna de Rusia, consorte del futuro Zar Pablo I. 

Si acudimos a las primeras referencias de la historia cosmética nos encontramos que esta asociada con la medicina y las prácticas religiosas o simplemente a la higiene y el embellecimiento, finalidades actuales.

En tiempos prehistóricos los primeros humanos utilizaron materiales de plantas, animales o minerales, como lo demuestran los pequeños contenedores de huesos vaciados que han sido encontrados con pastas coloreadas hechas de grasas y óxidos de hierro o magnesio. Minerales rojos mezclados con grasa animal, pueden haber sido utilizados para proteger el cuerpo de los rayos del sol, es decir el primer protector solar.

En el Antiguo Egipto, cuna de la cosmética, la información de los cosméticos nos ha llegado de varias rutas: las narraciones de Herodotus (490-425/20 A.C.), de momias y su equipo mortuorio, de pinturas en tumbas reales y de rollos de papiros. También recientemente de la investigación llevada a cabo en Egipto y Francia por el grupo L´Oreal y Centro de Investigación y Restauración de los Museos de Francia que ha puesto de relieve la riqueza y la importancia de la cosmética y perfumes.

Tanto los hombres como las mujeres egipcios emplearon productos cosméticos, utilizaban pigmentos rojos en labios y mejillas, perfilaban sus cejas, coloreaban sus ojos y sus cabellos, así como aceites perfumados para mantener su piel flexible y tersa.

Se mencionan en las fuentes de información:

Productos para el cuidado personal. Se usaban pastas hechas con polvo de alabastro. Cleopatra empleo la leche de burra y miel para tener una piel sedosa. Caja y utensilios de maquillaje fueron encontrados en los equipos funerarios, grasas y aceites de animales o vegetales fueron utilizados, como aceite de oliva y aceite de almendras.

Productos para la higiene corporal. El jabón fue conocido por los Egipcios para la limpieza o baños rituales, se añadía al agua natron o cenizas vegetales.

Desodorantes. Se habla de bolas de incienso esenciado frotadas en el cuerpo.

Afeitado y depilación. Por razones religiosas el pelo era considerado impuro. En papiros se encontraron recetas para preparados depilatorios y en equipos funerarios pinzas para la depilación.

Cosméticos decorativos. Maquillajes fueron usados no solo para el embellecimiento si no también por razones rituales y de protección.

En los equipos funerarios se han descubierto sombras de párpados, pestañas y cejas. Los maquillajes de ojos eran negros realizados con kohl.

Maquillajes marrones utilizaban oxido de hierro en soporte de arcilla, verdes usaban malaquita, rojos hematita y óxidos de hierro mezclados con aceites.

Los ojos se protegían con el maquillaje para evitar las oftalmias provocadas por el viento, el polvo y los insectos.

Productos para el cuidado del pelo. Aceites de castor se usaban para el pelo gris o la pérdida del pelo. Peines y horquillas se han encontrado entre los materiales del equipo funerario.

La henna fue utilizada para dar al pelo un rojo brillante y la caspa fue también tratada y recogida en las recetas.

Perfumes y ungüentos perfumados. El equipo funerario de Tutankhamon incluía 350 litros de fragancia. Se conocen perfumes que utilizaban flores de lirios, mejorana y henna. La unción fue un ritual aplicado también a las estatuas de los dioses y momias.

Para los egipcios los maquillajes tenían una dimensión sagrada. Se consideraba un regalo de los dioses al hombre, según el libro de Henoc, "Azazel, Jefe de los ángeles rebeldes, fue quien se encargo de transmitir al hombre el arte de pintar el contorno de ojos con antimonio".

Según otro mito, "las lágrimas de los dioses se convertían en incienso y en abejas que fabricaban la cera necesaria para preparar el maquillaje". Para los antiguos egipcios, el hecho de llevar maquillaje expresaba la unión de los humanos con los dioses. Los sacerdotes agradecían todos los días a los dioses este regalo poniendo maquillaje en sus estatuas.

¿Por que había tantos productos?. Por su finalidad adquirieron una dimensión cosmogónica; unión de los humanos con los dioses que permitía que el mundo continuara existiendo, médica; propiedades de distintos cosméticos, y el interés diario por la imagen y el bienestar, remarcando los mejores rasgos del rostro, cuidando el cuerpo y el cabello y luchando contra los signos del envejecimiento.

"El símbolo de los perfumes era para purificar o disipar olores y apertura de la puerta al más allá".

"Los cosméticos eran un enlace con la otra vida. El libro de los Muertos, describe detalladamente los preparativos que debían efectuarse antes de que el difunto pudiera comparecer ante los dioses. Hay siete ungüentos diferentes que deben utilizarse en un orden específico para la purificación".

Los cosméticos dejados en las tumbas son esenciales para la otra vida.

Es conocido también el mito de Horus que dice que "Horus se hirió un ojo en una batalla, y utilizo Kohl para tratarlo". Existe una triple dimensión en este mito:

- médico (el khol curo el ojo del dios)
- cosmogónico (Horus sobrevivió, permitiendo que el mundo continuara existiendo)
- seducir (de belleza)

Los egipcios dominaron muchas técnicas que nadie se explica y siguen en uso actualmente:

Síntesis de los diferentes ingredientes. El khol utilizado en el maquillaje de los ojos estaba realizado con galena, sulfuro de plomo y sustancias blancas, ahora identificadas como cerusita, laurionita y fosgenita. Algunas de estas sustancias pueden encontrarse en estado natural, pero otras son el resultado de síntesis.

Formulación. Los granos de galena venían en diferentes tamaños y debieron ser cribados. Los granos grandes se usaban para jugar con el reflejo de la luz, así como efectos iridiscentes. Los granos más pequeños se utilizaban para productos negros y aceitosos.

Tratamiento técnico. El polvo de galena se calentaba con aceite en tejidos azules para conseguir un maquillaje de color diferente.

Envasado. Existían diferentes tipos de envase según los distintos productos y los usuarios (personas individuales o grupos, laicos o sacerdotes) y de etiquetas que indicaban el nombre y la naturaleza del producto.

Vasija griega para usos cosméticos del siglo VI A.C.

En Grecia la higiene corporal era una práctica habitual. Los ungüentos aparecen en la mitología griega con consideraciones sobrenaturales y propiedades mágicas. Así por ejemplo, la diosa Hera, para realzar su atractivo ante su esposo Zeus "Primero limpió con ambrosía toda la impureza de su cuerpo deseable y lo ungió con untuosos aceites, que exhalaban un delicioso olor (Homero, Iliada, XIV.170.173)".

En Roma, Galeno creo la fórmula de la primera crema que se utilizaría siglos más tarde como la cold cream.

Los ungüentos utilizados podían tener aplicación como medicamentos y cosméticos para la preservación y cuidado de la piel. Celso (S.I.D.C.) escribió que la consistencia de los ungüentos era blanda y se aplicaban sobre la piel intacta.

Se recomendaban ungüentos para ciertas patologías cutáneas y hay evidencias que también se ocupaban de los problemas cosméticos. Celso reconoce "Es casi una necesidad tratar de curar los barros, las pecas y las efélides, pero no se puede privar a las mujeres del cuidado de su persona (Celso, Lib VI, 5)".

En la Edad Media debido a la influencia del cristianismo, los ungüentos cosméticos caen en desuso, solo el mundo musulmán mantiene viva la cosmética, enriqueciéndola con esencias orientales de fuertes aromas.

En los conventos se guardaron fórmulas cosméticas como la Hildegarda de Bingen (S.XII) para embellecer la cara a base de tila, romero, serpol, tomillo e hinojo, o la de los monjes cartujos llamada acqua mirabilis, antecesora de la actual agua de colonia.

Hacia el año 1000, Avicena consiguió aislar los aceites esenciales de las plantas por medio de las destilaciones, lo que facilitó el comercio y el transporte de las sustancias cosméticas. Para mejorar el aroma se añadían algunas sustancias animales, estas en estado natural son malolientes, pero profundizan, mejoran y resaltan los aromas principales de un perfume, los más utilizados fueron el almizcle, el ámbar, la algalia y el aceite de castor.

Los hispanomusulmanes, eran amantes de la limpieza, probablemente por la obligación religiosa de lavarse antes de orar. Después del baño, la costumbre era perfumarse. Se cuenta que "el emir Omega Alhaken I, en medio de una batalla, pidió a un paje que lo perfumará con algalia, para que en caso de morir su cabeza se distinguiera de las de sus soldados".

Las mujeres se pintaban las uñas con alheña y mascaban goma perfumada para aromatizar el aliento.

En el siglo XIV Henri de Mondeville, médico normando escribió un tratado en el que separaba y distinguía el tratamiento médico de los problemas patológicos de la piel con los cosméticos de finalidades estéticas.

En el Renacimiento se volvió a la ostentación y lujo, aumentando el consumo de afeites y perfumes.

Retrato de Lady Frances Cotton de Boughton Castle, según el pintor Robert Peake.

En la corte de Elizabeth I de Inglaterra, fueron muy populares los tratamientos a base de agua de rosas para el cabello, el ungüento de flor de saúco, la salvia para blanquear los dientes, los baños en vino, las máscaras de clara de huevo y miel para alisar las arrugas y los pétalos de geranio como rojo de labios. También utilizaban productos peligrosos como el albayalde para blanquear sus caras y cuello, rojo de labios a base de sulfuro de mercurio, sublimado de mercurio para eliminar manchas y un tinte del cabello a base de sulfuro de plomo, cal viva y agua.

Recipiente de perfume en oro, esmaltes y piedras preciosas del siglo XVI (Museo del Renacimiento, Castillo de Ecouen, Francia), que se abre en gajos igual que una naranja.

Uno de los avances más notorios de esta época fue la popularización de los perfumes en solución alcohólica, siendo la primera receta la llamada "Agua de la Reina de Hungría".

La falta de higiene era muy grande y se usaban perfumes para ocultar el mal olor, ya que no se utilizaba jabón. La elaboración de éste, conocida desde épocas anteriores, seguía desarrollándose como un arte, de manera que su escasa producción encarecía su precio y debía pagar impuestos, por lo que constituía un lujo fuera del alcance del pueblo.

Dama del siglo XVII delante de su tocador en el momento de su "Petite Toilette" (pequeño aseo), asistida por su doncella. / Abajo, fotografía de un completo neceser de maquillaje y aseo personal de 1695, procedente de la ciudad alemana de Augsburgo.



El siglo XVII puso de moda la belleza femenina, rubia de largos cabellos, que simbolizaba la virginidad, por lo que muchas damas se aclaraban el pelo con lejía. Se pintaban las cejas con sulfuro de antimonio y se blanqueaban la cara, el escote y las manos con soliman (sublimado corrosivo).

Se aplicaban colorete con carmín en las mejillas, barbilla, punta de las orejas, hombros y manos.

En este siglo se inicia en Francia lo que se convirtió en la creación de los perfumes mezclando diversos ingredientes.

El siglo XVIII se destacó por el uso abusivo de cosméticos, las mujeres sufrían la llamada "fiebre del colorete" los labios se pintaban en forma de minúsculo corazón, polvos de harina de arroz esparcidos por cuello y hombros y lunares repartidos por cara y espalda.

Set de Tocador completo realizado en porcelana de Sèvres, en 1781, para la alcoba de gala de la Zarina Maria Feodorovna de Rusia (esposa del zar Pablo I), en el Palacio de Pavlovsk (Rusia). Fue un regalo de Luis XVI de Francia a los entonces Grandes Duques de Rusia de visita oficial en Versailles, bajo el nombre de "Condes del Norte".

Todo cambió con la Revolución Francesa. Los excesos estéticos desaparecieron y no se retomaron los tratamientos estéticos hasta la llegada de Napoleón por influencia de su esposa Josefina.

Se mencionan los llamados "remedios secretos" cuya composición se desconocía, tuvieron difusión a través de la propaganda de prensa, lo que hizo que su distribución y venta fuera regulada en algunos países, en un intento de cortar los frecuentes abusos.

Se inicio la fabricación de agua de colonia a gran escala, gracias a una casualidad.

En 1.792 el hijo del regidor de Colonia recibió como regalo de boda de un monasterio, un recipiente con una muestra y la fórmula del agua de colonia que fabricaban los monjes. Entusiasmado con el producto, decidió emprender su fabricación. La llegada de las tropas francesas a la ciudad, hizo que el uso del agua de colonia se extendiese y se conociera con este nombre.

El edificio donde se fabricaba tenía el número 4711, la denominación que recibe el agua de colonia más famosa.

En el siglo XIX se suceden los avances científicos y empieza en Paris un pequeño comercio. Estos nombres aún perduran: Roger & Gallet, Pinaud, Guerlain, Bourjois.

Hubo un nuevo cambio de costumbres higiénicas y el baño volvió a practicarse. El primer jabón fue desarrollado por Procter en 1.878, este producto producía abundante espuma.

Tres tipos de envases de perfume británicos del siglo XVIII; el último frasco procede de la célebre Manufactura Wedgwood.

En los últimos 100 años ha tenido lugar el auge de la cosmética que la Industria ha utilizado poniendo en el mercado productos nuevos y variados de calidad y eficacia que han modificado los hábitos de los usuarios.

Grandes científicos han estado al servicio de la cosmética, Otswald con la teoría de las dispersiones. Sörensen con la noción del pH, Wallach con la investigación en aceites esenciales y sustancias aromáticas, Harry con el amplio uso de ingredientes y formulaciones en cosmética. Zviak padre de la peluquería científica, Navarre con la química de la cosmética, Friberg desarrolló un nuevo concepto de estabilidad basado en estructuras de cristales líquidos.

Eventos sociales, políticos y de lanzamientos, han contribuido al desarrollo científico y utilización de cosméticos.

La aparición del cine de color, la creación del make up o fond de teint, por el maquillador de Hollywood Max Factor, el esmalte de uñas y lápiz de labios, el autobronceador, el serum ......

En 1.907 el químico Eugene Schüeller fundador de L´Oreal inventó el primer tinte sintético para el cabello y en 1.936 el primer filtro solar.

En 1.944 el farmacéutico de Florida, Benjamín Green, invento un aceite solar que convirtió en el famoso Copertone.

Los productos para el bronceado de la piel hicieron su aparición en los años 50, después de que Chanel pusiera de moda el bronceado.

La primera guerra mundial tuvo un impacto significativo y supone un paréntesis en esta floreciente industria, que se recupera en los años 50.

En 1.950, sale al mercado la primera línea de cosmética masculina "Gureli".

En el mundo de los perfumes, en 1.951 Coco Chanel, encargó el mítico Chanel nº 5 al perfumista Ernest Beaux. Actualmente la industria del perfume esta dominada por los diseñadores de moda.

Las primeras marcas del mercado cosmético Guerlain, Helena Rubinstein, Elizabeth Arden, Charles of the Ritz, Nívea, L´Oreal, Antonio Puig, Mirurgia, Jeanne Piaubert, Payot, Lancome, Revlon, Max Factor y Estee Lauder, amplían la lista con Orlane, Sisley, Roc, Biotherm, Vichy, Juvena, Yves Rocher, Clarins, Aramis, Clinique, Shiseido, Kanebo, Chanel, Dior, Rochas, La Prairie, Prescriptives, Valmont, The Body Shop. ........

En los años 80 aparece el colágeno en la cosmética aunque el precursor fue un farmacéutico desconocido, Pierre Nement que desde mediados de los años 70 fabricaba y vendía una crema artesanal con este ingrediente.

El año 1.986 pasará a la historia por el de los liposomas y otros grandes descubrimientos que se utilizan en la actualidad: función barrera y lípidos en la piel, ácido hialuronico, oligoelementos, alfahidroxiacidos, antioxidantes con el empleo de vitaminas A, C y E, que suponen un gran avance frente al envejecimiento.

En la actualidad los desarrollos a nivel científico son espectaculares, se han sintetizado ingredientes conocidos con anterioridad, aparecen nuevos sistemas de liberación, se han racionalizado los tratamientos por un más exhaustivo conocimiento histológico, bioquímico y galénico, y se han logrado nuevas moléculas con efectos cosméticos espectaculares.

La disponibilidad de técnicas más precisas permiten observar alteraciones en parámetros cutáneos dando como resultado productos cosméticos con mayor eficacia.

Los grandes retos actuales y de futuro de la cosmética van en la línea de la prevención y protección de las radiaciones, con el desarrollo de los filtros, la lucha contra los radicales libres que son moléculas reactivas que se forman por acción de las radiaciones, entre otras causas, y que alteran estructuras de la piel, y la reestructuración de la capa cornea, es decir la más externa, utilización de ingredientes de origen vegetal, empleo de medios de vehiculación que hacen más efectiva la cosmética y la implantación de la cosmetovigilancia para dar mayor seguridad a los usuarios.

También está de moda el mundo marino con la utilización del colágeno animal, algas ....., y técnicas que proceden del mundo del medicamento como la biotecnología permitiendo elaborar por medio de cultivos sustancias idénticas a ingredientes naturales.

 

Fuente: Extracto de un texto de Ana Aliaga Pérez, Vocal Nacional de Dermofarmacia del CGCOF (Consejo General del Colegio Oficial de Farmacéuticos).

 

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1793: EL COMPLOT DEL CLAVEL

Posteado por: retratosdelahistoria el 30 mar En: Temas Reyes de Francia - 2 comentarios

1793 : LA FRUSTRADA EVASION DE LA REINA

"EL COMPLOT DEL CLAVEL"

Retrato de Maria-Antonieta de Lorena-Austria, Reina de Francia (1755-1793), realizado por Kucharski en la prisión de La Torre del Temple, ca.1792.

El complot conocido como "del Clavel", tuvo lugar en la noche del 2 al 3 de septiembre de 1793, y fue organizado por el contrarrevolucionario Jean-Pierre de Batz, Barón de Sainte-Croix (1754-1822), el mismo que había prometido un millón de libras -que no tenía- a quien salvase a la reina Maria-Antonieta de Austria. Era la segunda vez que Batz intentaba un salvamento de última hora, a la desesperada... Ya el 21 de Enero de 1793, pretendió sin éxito "raptar" al rey Luis XVI, cuando éste iba camino del cadalso; varios realistas fueron muertos en la intentona y Batz consiguió escapar. 

Desgraciadamente para la Viuda Capeto, el plan fracasó. Aquella tentativa frustrada sería, posteriormente, reprochada a la reina durante su juicio.

PARIS, Cárcel del Palacio de La Conciergerie, 28 de Agosto de 1793

El miércoles 28 de agosto de 1793, Jean-Baptiste Michonis, inspector de cárceles y administrador de la policía, penetra en la celda de la reina Maria-Antonieta en compañía de un hombre de unos 36 años de edad, y de baja estatura (1m. 65). En la solapa de su casaca gris a rayas, el hombre luce dos magníficos claveles. Con solo ver al personaje, la reina le reconoce enseguida: es el caballero Alexandre Gonsse de Rougeville (1761-1814) -en el retrato contiguo-, el mismo que, durante la jornada del 20 de junio de 1792, la defendió del populacho.

El Caballero de Rougeville se inclina ante la viuda de Luis XVI y, fingiendo un despiste, deja caer a los pies de ésta uno de sus dos claveles, que contiene mensajes enrollados entre sus pétalos. El caballero, acompañado de Michonis, abandona poco después la celda y la reina puede leer estas palabras: "Tengo hombres y dinero."

Sin dudarlo un solo momento, contesta con ayuda de un alfiler y le responde sobre otro trocito de papel: "Estoy estrechamente vigilada, no hablo con nadie, confío en vos, vendré."

Un cuarto de hora después, Rougeville reaparece con Michonis. Una conversación se establece. El caballero informa a la reina que volverá pasado mañana y que llevará consigo el dinero necesario para sobornar a los guardias. Parece ser que, en ese momento, Maria-Antonieta se emplea a fondo para "comprar" la complicidad del gendarme Jean Gilbert, quien se encarga de hacer pasar su mensaje al caballero de Rougeville.

Palacio de La Conciergerie: 30 de Agosto de 1793

Retrato de Maria-Antonieta de Lorena-Austria, Reina Vda. de Francia y de Navarra (1755-1793), en su celda de la Cárcel de La Conciergerie, en París.

Como prometió, el 30 de agosto, el caballero de Rougeville reaparece con Michonis en La Conciergerie, y ambos se entretienen con la reina abordando los detalles del plan elaborado para su evasión, que debe efectuarse la noche del 2 al 3 de septiembre. El matrimonio Richard, conserjes de la cárcel y una tal Marie Harel forman parte del secreto y aseguran su plena colaboración. Rougeville, por su parte, lleva encima 400 Luises de oro y 10.000 libras en asignados destinados a comprar a los guardianes de La Conciergerie.

Recreación de la celda de la reina, en la cárcel de La Conciergerie, vigilada por un gendarme.

A pesar de la extrema debilidad que resiente la reina, agotada por sus contínuas pérdidas de sangre (sufría de un fibroma o mioma uterino), se ponen de acuerdo para que, cuando escape, se dirija al castillo de Livry dónde le espera escondida Madame de Jarjayes* y, desde allí, ambas partirán disfrazadas para refugiarse en territorio alemán.

(*)_Louise-Marguerite Émilie Henriette Quetpée de Laborde, Vda. Hinner y Condesa de Jarjayes tras casarse en segundas nupcias con François-Augustin Régnier de Jarjayes (1786), era una de las 12 doncellas de la reina Maria-Antonieta.

La Noche del 2 al 3 de Septiembre

El asunto parece estar destinado a ser todo un éxito. A la hora fijada, la reina sale de su celda, atraviesa la sala donde se encuentran los gendarmes encargados de custodiarla, penetra en la conserjería del matrimonio Richard y pasa por dos estafetas. Aún queda una reja por cruzar y saldrá al patio de Mai y, a la calle. Sin embargo, atenazado por el miedo o la codicia de hacer pagar más cara su complicidad, Jean Gilbert impide a la reina cruzar la última puerta que la lleva a la libertad. Pese a sus súplicas y a las promesas de sus dos salvadores, Gilbert rehusa con obstinación abrirle la reja. Maria-Antonieta ve, de este modo, frustrada su última oportunidad de escapar a sus verdugos. El caballero de Rougeville y Jean-Baptiste Michonis tendrán que irse y el gendarme Jean Gilbert conduce nuevamente a su celda a la reina.

Para colmo de males, Jean Gilbert no mantendrá el pico cerrado. Por temor a que la tentativa de evasión fuera soplada a sus jefes, el gendarme, preocupado por su posición y su cabeza, redacta y envía un informe harto embarazoso a su superior más inmediato, el teniente-coronel Dumesnil. En él, denuncia tardíamente las artimañas de Michonis y del caballero de Rougeville. Peor aún: desvela que la reina le confió un papel escrito a base de punciones de alfiler, para que lo entregara a Rougeville. Para acabar de ser aún más vil, protesta argumentando que entregó dicho mensaje al conserje Richard. A la vista del informe, el teniente-coronel Dumesnil alerta enseguida al Comité de Seguridad General. Éste encarga a Jean-Pierre André Amar, secundado por el diputado Sevestre, acudir a La Conciergerie sin más dilación. Una vez allí, los dos miembros del Comité se introducen en la celda de la reina y la interrogan. Asediada por multitud de preguntas inquisitivas, Maria-Antonieta responde con evasivas, intentando por todos los medios evitar revelar nada que pueda incriminar a sus cómplices.

El caballero de Rougeville ha conseguido huír de París por los pelos y desvanecerse, pero Jean-Baptiste Michonis es arrestado y enviado a prisión (sería posteriormente guillotinado el 17 de junio de 1794, pero por otras razones). En cuanto al matrimonio Richard, sospechoso de complicidad con la reina, serán cesados y encarcelados durante un tiempo.

El 16 de octubre de 1793, tras un ignominioso juicio, Maria-Antonieta de Lorena-Austria (como ella puntualizó ante sus jueces, y no como viuda de Luis Capeto), última reina de Francia y de Navarra, es sacada de su celda de La Conciergerie, las manos atadas a la espalda, subida a una inmunda carreta tirada por un jamelgo y conducida al lugar del suplicio, al otro lado del Sena; sube los peldaños del cadalso erigido en medio de lo que fue la hermosa Plaza de Luis XV, ahora Plaza de la Revolución, y es guillotinada a las 12 h. 15' del mediodía, ante una asistencia casi silenciosa pese a las procaces incitaciones de un comediante para que la cubran de insultos.

 

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LA CAIDA DE LA COMPAÑIA DE JESUS -3-

Posteado por: retratosdelahistoria el 7 mar En: Temas - sin comentarios

La logística de la expulsión

Busto de Pedro-Pablo Abarca de Bolea, 10º Conde de Aranda, G.E. y Presidente del Consejo de Castilla (1719-1798), procedente de la Manufactura de Porcelana de Alcora.

Los cerebros de la expulsión fueron Roda y Campomanes. La logística correspondió al presidente del Consejo de Castilla, el conde de Aranda. Por ello la historiografía del XIX le identificó equivocadamente como el artífice de la expulsión. Para que la expulsión se llevase a buen efecto Aranda debió de superar muchos obstáculos. Tuvo que organizar los pormenores del viaje de los puertos de embarque a Civitavecchia. El secretario de Marina era a quien correspondía esta operación. Pero a Julián de Abiaga se le consideraba projesuita. Por eso se le tuvo engañado hasta el momento de la expulsión (le contaron que se trataba de maniobras militares). Sin embargo Abiaga, por los preparativos, pudo suponer que no se trataba de maniobras.

Los jesuitas fueron repartidos en cajas o puertos para el viaje. Los de Castilla fueron a los puertos de Bilbao, Santander, Gijón. Y de allí se dirigieron a La Coruña, desde donde partirían a Italia. Los de Andalucía central, oriental y Extremadura iban a Cádiz, y de allí a Málaga. Los de Castilla-La Mancha embarcaban en Cartagena. Y los de la Corona de Aragón en Salou, bajo el mando del mitificado Barceló. Una vez llegados a los puertos de embarque, los Intendentes de Marina eran los encargados de fletar las naves y aprovisionarlas, con los recursos de los bienes confiscados. La mayor parte de los intendentes que intervinieron, tanto en tierra como por mar, desarrollaron una brillante carrera administrativa, accediendo incluso a los cargos nobiliarios.

El 13 de abril de 1767 llegó la carta de Carlos III a Clemente XIII comunicándole la decisión del gobierno español a través de Tomás de Azpuru -en el retrato contiguo como Arzobispo de Valencia-. El 15 de abril el Papa comunicó su tristeza por la medida y señaló que no estaba dispuesto a admitir a los jesuitas en los Estados Pontificios, pues ya había hecho bastante admitiendo a los portugueses con anterioridad. Clemente XIII temía que 4.000 nuevos jesuitas incrementaran la carestía existente. El 16 de abril Roma enviaba a Madrid un breve con su decisión. La carta del Papa no llegó a Carlos III hasta fines de abril, cuando ya estaban los jesuitas embarcados y preparados para el viaje. El Consejo extraordinario le comunicó al rey que ya no se podía dar marcha atrás. Los jesuitas salieron rumbo a Civitavecchia, incómodos, humillados, consternados y hacinados en los barcos. Pensaban que iban a los Estados Pontificios pero el gobierno ya sabía que no los iban a admitir. El gobierno intentaba encontrar un destino para los expulsados. Algunos pensaban llevarlos a Córcega, pero la medida preferida era dejarlos en un puerto de los Estados Pontificios. Entre finales de abril y los primeros cinco días de mayo apareció la idea de llevarlos a Córcega. Pero surgió un grave inconveniente: la situación política y la guerra iniciada en 1729. Los rebeldes acaudillados por Paoli habían adquirido fuerza. Córcega pertenecía a la República de Génova. La mitad de los corsos no querían depender del gobierno genovés y querían independizarse. La revuelta se había hecho muy larga y Génova no tenía los recursos militares suficientes para sofocar la revuelta. Pidieron ayuda militar a Francia. Los militares franceses se establecieron en Bastia, Calvi, San Florencio, Algaiola, Bonifacio, principales poblaciones de la costa. El centro de la isla estaba en manos de Paoli. El gobierno español tenía que negociar a tres bandas: con Génova para obtener el permiso, con Francia para que no pusieran inconvenientes, y con Paoli, por si los jesuitas iban al centro de la isla, pero con éste se debía utilizar una vía secreta. Además pensaban que Paoli aceptaría a los jesuitas porque éstos contaban con una pensión y podían fomentar la vida económica del interior. Además, los corsos habían creado una pequeña universidad en el centro de la isla y los jesuitas eran perfectos para ocupar puestos de enseñanza.

Retrato de Giovanni Giacomo Grimaldi, Dux de Génova entre 1756 y 1758, según el pintor Rossi. / Abajo, retrato grabado de Louis Charles René, Conde de Marbeuf y Marqués de Cargèse (1712-1786), General francés al mando de las tropas galas destinadas en la Isla de Córcega.

Las negociaciones con Génova llegaron a buen puerto, y se pasó a hablar con los franceses, con Choiseul. Los españoles decidieron hablar con el conde de Marbeuf, al mando de los presidios corsos.

El primer convoy (que había partido de Salou) llegó entre el 13 y el 14 de julio. Cuando intentaron desembarcar se encontraron con los cañones apuntándoles. En esos momentos Azpuru ya ha dicho en Roma que Génova les dejaba ir a Córcega. Faltaba que el gobierno francés mandara la orden a Marbeuf. Los jesuitas de Aragón marcharon a Córcega. Unos días después llegaron los de Andalucía, luego los de Toledo y los de La Coruña. Conforme llegaban iban dirigiéndose a Bastia, donde se hallaba Marbeuf. Éste les impidió la entrada hasta que recibiera la orden directa del gobierno francés. Alegaba que las ciudades estaban muy pobladas y surgirían problemas de abastecimiento. Las gestiones diplomáticas se agrian hasta que por fin Choiseul mandó la orden. Marbeuf, receloso, se negó a que desembarcaran en Bastia y pidió que dieran la vuelta por el norte a la isla y se instalaran en los presidios de la costa oeste (Ajaccio, Algaiola...). A finales de agosto desembarcaron los de Aragón. Los de Toledo no desembarcaron hasta finales de septiembre. Entre agosto y septiembre desembarcaron los jesuitas en Córcega donde llevan una vida terrible entre otoño de 1767 y otoño de 1768. Vivían hacinados y sin recursos. Además, desde el momento del desembarco apareció un rebrote de guerra civil y se produjeron enfrentamientos. El 15 de marzo de 1768 Francia y Génova firmaron un tratado: el de Compiègne. Génova vendía la soberanía de la isla a Francia. A partir de este momento los rebeldes corsos comenzaron una nueva oleada bélica que tuvo su momento culminante en el verano de 1768. Finalmente, los franceses aplastaron a los corsos y decidieron expulsar a los jesuitas de Córcega, mandándolos a Italia. Génova les permitió desembarcar en sus costas, siempre y cuando atravesaran el territorio genovés y se dirigieran hacia territorios pontificios. El Papa por fin decidió admitirlos. Entre otoño y los primeros meses de invierno de 1769 comenzaron a instalarse en los Estados Pontificios. Los jesuitas aragoneses fueron a Ferrara. Los de la Provincia de Toledo a Forli. Los de Andalucía se instalaron en Rímini y los de América se instalaron en Bolonia. Estaban controlados por la policía italiana y por vigilantes españoles. En Italia al menos llevaban una vida más cómoda que en Córcega.

Retrato de Pasquale Paoli (1725-1807), General y patriota Corso que encabezó las luchas contra la ocupación Genovesa y luego contra Francia, que compró la isla a la República de Génova.

En total fueron 5.000 los jesuitas que vivieron en Italia. No llevaron una vida fácil. No eran bien vistos y tampoco eran aceptados debido al influjo de la propaganda filojansenista. No obstante, los más preparados ocuparon cargos de confesores, fueron profesores y también fueron acogidos por familias nobles como preceptores. Los clérigos italianos no los veían con buenos ojos porque los jesuitas pretendían ganar dinero celebrando misas, en perjuicio de los clérigos italianos. Los propios jesuitas de los Estados Pontificios tenían miedo de aceptar a los españoles. Allí sólo fueron apoyados por los portugueses a los que antes habían ayudado.

Maqueta a escala de la Basílica de San Pedro de Roma, Ciudad del Vaticano. 

La extinción de la Compañía de Jesús

Vista del Palacio Real de Madrid, a orillas del Manzanares y con el puente de Segovia en primer término, en una pintura de la 2ª mitad del siglo XVIII, reinando Carlos III.

El gobierno de Madrid contactó con Lisboa, París, Nápoles y Parma para presionar al Papa y conseguir la extinción de la Compañía. Para los monarcas de la Casa de Borbón éste sería el golpe definitivo a los jesuitas. El aparato propagandístico debía extenderse por toda Europa, insistiendo en el carácter intrigante y perjudicial de los jesuitas; ello debía de estar avalado por una gran cantidad de firmas de eclesiásticos. En 1769 el gobierno comenzó una labor destinada a ganarse al alto clero. Se pensó en convocar un concilio nacional para obtener una declaración conjunta contra la Compañía. Pero la convocatoria y discusión podía dar lugar a dilaciones por lo que el rey optó por solicitar de modo personal y secreto el dictamen de cada uno de los obispos. La carta era una especie de intimidación, conociendo el sentir del monarca y el gobierno. Esto, unido al antijesuitismo de buena parte del alto clero español, dio el resultado de 46 obispos favorables a la extinción, 8 contrarios y 6 no respondieron al requerimiento real.

Retrato de José Moñino y Redondo, 1er Conde de Floridablanca (1728-1808), Embajador Plenipotenciario de España en la Corte Vaticana; obra del pintor italiano Pompeo Batoni.

Por otra parte, los distintos monarcas borbones dieron orden a sus embajadores para que presionaran diplomáticamente al Papa, llegando incluso a utilizar coacciones veladas (amenazando con cerrar la nunciatura en Madrid, con resolver los pleitos en los tribunales episcopales y no en la Curia romana...). Las medidas arreciaron en 1769 porque Clemente XIII falleció, siendo sustituido por Clemente XIV, que no era defensor de la Compañía. En España, Carlos III envió como embajador a Roma a un antijesuita, José Moñino, fiscal del Consejo de Castilla. Moñino, aconsejado por Roda, primero se ganó la confianza de Buontempi, confesor del Papa. También comenzó a buscar partidarios de la extinción en el colegio cardenalicio. Entre 1772 y 1773 las Audiencias de Moñino ante el Papa se hicieron más frecuentes, de modo que la voluntad del Papa comenzó a flojear. El 29 abril de 1773 la extinción estaba más cerca. El 27 de julio de 1773 el Papa hace público el breve Dominus ac redemptor ordenando la extinción de la Compañía; un documento que se hallaba muy inspirado por Carlos III a través de los buenos oficios de Moñino, y en el que el Papa decía que a fin de restablecer la paz suprimía la Compañía por haber perdido su finalidad y objetivos originales; los miembros podían ingresar en otras órdenes y se les asignaban unos subsidios. La Santa Sede recuperaba Avignon y Benevento y Moñino ganaba el título de conde de Floridablanca.

Teófanes Egido, relacionando el regalismo con las ideas ilustradas de reforma, ha llegado a afirmar de modo rotundo que la expulsión y posterior extinción formaban parte de un plan ambicioso que no llegó a fraguar: la eliminación de todas las órdenes religiosas. En este plan estarían involucrados Roda, Floridablanca, Aranda, Campomanes y otros. La reforma del clero regular se estaba proyectando desde los tiempos de Ensenada. Si esta reforma se detuvo durante el reinado de Carlos III bien pudo deberse a que el gobierno concentró su atención en los jesuitas, ya que para lograr la expulsión se necesitaba el apoyo del clero (muchos obispos eran regulares). Por eso el gobierno antes de 1767 defendió incluso las escuelas tomista y agustiniana contra la jesuítica. Pero tras 1773 los miembros del gobierno acosaron a tomistas y agustinos hasta el punto de que en 1783 Campomanes, cuando quiso reformar la Universidad de Orihuela, intentó apartarla de los dominicos (los dominicos sólo podían dar clase a los de su misma orden, y no a los laicos).

Muchos jesuitas marcharon a Rusia y Prusia donde se les acogió muy bien. Allí realizaron una obra importante de divulgación. Pero la mayor parte se quedó en Italia. En 1815, con la vuelta del absolutismo a España y en los inicios de la Restauración en Europa, se restituyó la Compañía gracias a las gestiones de Pignatelli. Durante el Trienio Liberal (1820-1823) fue de nuevo prohibida. Y también fue abolida en 1868. La Compañía de Jesús estaba lejos de continuar su trayectoria sin sobresaltos.

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LA CAIDA DE LA COMPAÑIA DE JESUS -2-

Posteado por: retratosdelahistoria el 4 mar En: Temas - sin comentarios

La expulsión de los jesuitas de Francia

En Francia, el ambiente respecto a la Compañía era hostil desde tiempo atrás. El motivo era la rivalidad existente entre los jesuitas y una facción «el tercer partido», que seguían a Jansenio y estaban infiltrados en altos puestos de la administración. Tras la muerte de Luis XIV la influencia jesuita había comenzado a declinar, mientras que los partidarios de Jansen habían iniciado una escalada. A partir del reinado de Luis XV -en la ilustración de la izq.- conocieron un gran auge, coincidiendo con la ocupación de Fleury del Confesionario Regio, desde donde se adueñó de la política. Los Parlamentos (cortes de justicia territoriales que se encargaban de la justicia y también de la administración local) tenían desde los tiempos de la Fronda cierta autonomía y también una gran influencia sobre su entorno. Los jueces que integraban estos Parlamentos eran miembros de la burguesía. Estos funcionarios eran también de ideas filojansenistas, es decir, defensores de los puntos jansenistas más relacionados con las ideas galicanas (independencia de la Iglesia francesa con respecto a Roma, independencia del poder temporal respecto al espiritual). Estos Parlamentos chocaron en casi todos los lugares con el jesuitismo ultramontano. La animosidad se convirtió en una lucha sorda, latente a lo largo de los años entre ambas facciones, con intermitencias en la primera mitad del XVIII.

Retrato del Cardenal André Hercule de Fleury, Obispo de Fréjus & Primer Limosnero del Rey (1653-1743), Preceptor de Luis XV en 1716 y Primer Ministro de 1726 a 1743.

En estas circunstancias, los jesuitas cometieron un error aprovechado por los Parlamentos. En las Antillas francesas, concretamente en la Martinica, se produjo la quiebra económica de una incipiente compañía mercantil presidida por un misionero jesuita llamado Lavalette. Lavalette que era el Superior de la Compañía en la zona de las Antillas y los acreedores inmediatamente pidieron recuperar sus acciones o que se les devolviese el dinero invertido.

Reunión del Parlamento de París convocada por el Rey Luis XV en 1715.

Ante la insolvencia de Lavalette, los acreedores se reunieron y acudieron a comprobar si las deudas podían ser pagadas por los jesuitas franceses. Éstos se negaron a pagar y cometieron la imprudencia de llevar el pleito al Parlamento de París. Éste, lógicamente, no dudó en dictar una sentencia que hacía responsable a toda la Compañía de la deuda de Lavalette. Estos incidentes ocurrieron en 1761, estando recientes los sucesos de Portugal. Meses más tarde, los enemigos de los jesuitas dieron una paso adelante solicitando al Parlamento de París que se reafirmara la sentencia y que revisara los estatutos de la Compañía en el momento de su instalación en Francia.

Los jueces instructores del Parlamento realizaron la investigación y el resultado fue sorprendente: los jesuitas no tenían legitimada su presencia en el país (no existía ninguna real orden que justificase su instalación en Francia). Un análisis más detallado de los estatutos ponía de relieve que los jesuitas resultaban incompatibles con la obediencia al rey. La existencia de la Compañía, que debía fidelidad a un poder extranjero (el Papa), resultaba inadmisible con la monarquía absoluta. Luis XV, que se mostraba favorable a la Compañía, junto con algunos obispos, intentaron legalizar el estado de la orden.

Se propuso al General en Roma que los jesuitas aceptasen jurar los principios galicanos de la Iglesia francesa. Ricci, el General, no aceptó el trato. En agosto de 1762, por real decreto y decreto del Parlamento de París fue abolida la Compañía en Francia y se confiscaron las propiedades jesuitas. La Compañía era considerada «perversa, destructora de todos los principios religiosos e incluso de la honestidad, injuriosa para la moralidad cristiana, perniciosa para la sociedad civil, sediciosa, hostil a los derechos de la nación y del poder del rey». El Parlamento se declaraba contra la moral laxista y el tiranicidio. Así, la Compañía de Jesús era expulsada de Francia, en un paso más para reforzar una monarquía basada en el derecho divino.

 

Los efectos de la expulsión

Los efectos del extrañamiento de la Compañía de Jesús deben medirse desde una perspectiva cualitativa más que desde un punto de vista cuantitativo. Y no sólo en el campo eclesiástico, sino también en el cultural o el económico.

Las cifras de expulsos fueron modestas. El cálculo del Padre Luengo arroja unas cifras de 2.746 jesuitas. Contando los de Ultramar, el número total rondaría los 5.500-6.000. No obstante, el ruido que causó la expulsión fue ensordecedor. Los números contrastan con la magnitud de la organización. No sólo estaba en juego el número de jesuitas, sino que se trataba del tema de la seguridad del Estado, el progreso de las reformas, el tema de la educación en España. En el campo de la espiritualidad la expulsión supuso el fin de la influencia poderosa de los jesuitas sobre las conciencias (sobre la familia real, sobre la nobleza -las clases acomodadas se favorecían de la facilidad vital que ofrecía el laxismo moral que proponía la concepción jesuita, contraria al rigorismo que propugnaban otras órdenes como la franciscana o la dominica-, y sobre el pueblo -por medio de los ejercicios espirituales-).

En el campo de la educación, se privó de profesores a más de un centenar de colegios. Se creó un vacío pedagógico difícil de solucionar a corto plazo, con severas consecuencias. No obstante, la rápida reacción del gobierno evitó que éstas fueran terribles. Convocó oposiciones a las cátedras y a las plazas de gramática, dotándolas con los bienes confiscados de los jesuitas. Además una cláusula impedía que los nuevos «beneficiados» fueran eclesiásticos, lo que contribuyó al proceso de laicización de la educación. A nivel universitario se acabó con la «escuela jesuítica», hecho deseado por las otras corrientes. Además se prohibió por ley que las universidades impartieran teología suarista, según el maestro Suárez; así creían que se terminaba con la infructuosa disputa teológica de escuelas. Se impuso una teología positiva y una moral de corte rigorista, duro, férreo. La Ilustración española manifestó así su componente regeneracionista (buscaba las fuentes del cambio en la España del Siglo de Oro, en Vives, Quevedo, Erasmo). Es posible que se produjera una pérdida en el nivel cultural por la sustitución del sistema y también en la enseñanza de las Humanidades. Pero no parece que existiera una gran nostalgia por la pérdida de los jesuitas. El área de la investigación también lo sintió muy notablemente, tanto en el campo de las Humanidades (Isla, Luengo) como en el de las Ciencias. España no podía permitirse el lujo de desprenderse de tales figuras.

 

Las causas de la expulsión

En primer lugar hay que hablar sobre el silencio que acompañó a la gestación del extrañamiento (que duró un año). Este silencio ha tenido una consecuencia nefasta para el estudio de los historiadores. Los apologetas de la Compañía contribuyeron a la confusión con sus escritos. Los historiadores del XIX de tendencia conservadora (Menéndez Pelayo, sobre todo) incrementaron la confusión. Tras el hallazgo de la Pesquisa secreta que realizó Campomanes tras los motines de 1766 y del Dictamen que el propio fiscal redactó a modo de conclusión de ésta, se confirmaron algunas de estas hipótesis. No obstante, éstos no dejaban de ser unos documentos excesivamente subjetivos pues mostraba las propias ideas del fiscal que cargaba las tintas sobre la participación de los jesuitas en los motines antes señalados. Estos motines eran, por tanto, una de las razones esgrimidas, pues a los jesuitas se les consideró artífices de ellos. Sobre las revueltas existieron también muchas explicaciones. Una tradicional es que se debieron a una crisis de subsistencias padecida en toda España, y especialmente en Madrid, donde la subida del precio del trigo amotinó al pueblo el Domingo de Ramos y el Lunes Santo de abril de 1766.

Esta hipótesis ha sido defendida por historiadores de tanto prestigio como Gonzalo Anes o Pierre Vilar. Sin embargo, otro historiador como Teófanes Egido desacredita esta razón.

Retrato de Pedro Pablo Abarca de Bolea y Ximénez de Urrea, 10º Conde de Aranda y G.E. (1719-1798); abajo, ilustración representando a Leopoldo de Gregorio, Marqués de Esquilache (c.1700-1785), y en trasfondo la famosa Casa de las Siete Chimeneas dónde residía en Madrid y que fue asaltada durante el motín de 1766.

Existe también otra tesis tradicional. El conde de Aranda atribuyó los motines a la xenofobia existente contra el marqués de Esquilache, junto a la carestía. Además Aranda afirmaba que los tumultos posteriores fueron motivados por las represiones reales. Para explicar los motines del 66 sobrarían estas razones. También entraría el tema de la iluminación de Madrid. Carlos III intentó solucionar el tema de la oscuridad, del miedo a la noche. Y el intento de Esquilache de acabar con el chambergo (sombrero de ala ancha) y con la capa alta.

Tras los motines, Campomanes encargó la realización de la Pesquisa secreta para reconocer a los culpables. Ya sabe que los tumultos no fueron provocados por el pueblo de Madrid. Movilizó por el país una red de espías a sueldo. Ordenó también una censura férrea del correo: se violó la correspondencia de los jesuitas. Y se crearon comisiones en todas las diócesis para que investigaran los sucesos en las poblaciones en las que ha habido motines. Estas informaciones, en lugar de pasar indiscriminadamente a los jueces y oidores del Consejo de Castilla, pasaron a unos cuantos, al llamado «Consejo extraordinario», que valoró el proceso contra los motines y después el de la expulsión de los jesuitas. Con la excusa de un tratamiento se formó esta comisión, en la que los componentes eran tomistas, contrarios a los jesuitas. Esta comisión indicó en junio de 1766 que habían sido privilegiados los incitadores del pueblo. Se escribió al embajador español en Francia que tras los motines estaba la mano de los jesuitas. En septiembre se decía que los motines habían sido articulados por el «cuerpo peligroso», es decir, los jesuitas. Con este material, Campomanes elaboró el Dictamen decisivo, en el que aparecían todas las acusaciones contra la Compañía que se convertirían en el tiempo en un tópico: formidable conspiración, trama, horrible movimiento instigado por manos ocultas; y tal conspiración sólo tiene una finalidad: mudar de gobierno en beneficio de los jesuitas. Incluso se afirmó que se quería atentar contra la vida de un hombre, el rey (la doctrina del tiranicidio). Se afirmó que los jesuitas habían preparado el ambiente, escribiendo las sátiras contra el gobierno. Se decía que uno de los motivos era la pérdida del confesionario real y que ridiculizaban al rey, que estaba amancebado con la mujer de Esquilache.

Retrato de Pedro Rodríguez de Campomanes, 1er Conde de Campomanes (1723-1802), Ministro de Hacienda a partir de 1760.

Los historiadores acusan al fiscal de hacer el Dictamen desde una postura de odio declarado a la Compañía, a partir de testimonios tendenciosos.

Los investigadores actuales buscan nuevas causas. Se habla de que pudo estar tras los motines el llamado «partido español». Una parte de la nobleza española que desde 1759, cuando llegó Carlos III a España, temía que el monarca acabara con sus privilegios, favoreciendo a una cohorte de ministros extranjeros que llegaron con él. Y algo de razón tenía el partido pues vino acompañado de Grimaldi, de Esquilache, y se dejó influir mucho por su mentor Tanucci.

Retrato de Fernando de Silva y Alvarez de Toledo, 12º Duque de Alba y G.E. (1714-1776), obra de Anton Raphael Mengs (Colección Duques de Alba, Palacio de Liria, Madrid).

Encabezaban el partido el duque de Alburquerque y el duque de Alba. Ambos habían tenido influencia política durante el reinado de Fernando VI, y a la llegada de Carlos III perdieron sus prebendas. Alba fue apartado del muy bien remunerado cargo de mayordomo mayor de la reina. Pero esto no era nada comparado con la aplicación del Concordato de 1753, pues implicaba la pérdida de muchos privilegios que tenían desde el siglo XVI, como el derecho a presentar y proveer los beneficios eclesiásticos en sus estados. Esta tesis la apoya un trabajo de Jacinta Maciá Delgado: El motín de Esquilache a la luz de los documentos. En él expone la participación indirecta de la nobleza, ante la amenaza de sus inmemoriales privilegios. Esta acusación no libera en modo alguno a los jesuitas de su participación. Es más, sabemos de la buena relación entre jesuitas y nobles. Se puede descartar al duque de Alba porque felicitó efusivamente a Carlos III a raíz de la expulsión de la Compañía. El hecho de la implicación de los jesuitas no nos permite generalizar que toda la Compañía deseara la caída del gobierno. Para Campomanes no existía ninguna duda en este aspecto; inculpaba a toda la Compañía del complot, amparándose en la unidad de los jesuitas, propiciada por su rígida obediencia, en su comportamiento monolítico. Y el efecto del Dictamen fue completamente exitoso, dando origen a la Pragmática Sanción que conllevaría la expulsión de la Compañía de España.

 

El papel del clero en la expulsión

Cuando se habla de la expulsión siempre aparecen como causantes, a nivel propagandístico, los jansenistas y los regalistas. Ambos términos aparecen contrarios al jesuitismo. Estos encarnizados enemigos contribuyeron a crear una mala imagen de la Compañía.

El jansenismo era una corriente espiritual que apareció en Francia y que tras desarrollarse en este país comenzó a extenderse por Europa. En España y Portugal el éxito del jansenismo fue menor y el movimiento, además, sufrió una evolución desde posturas claramente dogmáticas y teológicas a otra vertiente más práctica. Así, el «jansenismo español» se mostraba claramente diferenciado del francés del siglo XVII.

La doctrina recibe el nombre del flamenco Cornelius Jansen, Jansenio, obispo de Ypres (1585-1638). Vivió las discusiones teológicas de agustinos y jesuitas que tenían como origen el tema de la gracia y de la predestinación. Estas cuestiones no habían sido resueltas de modo satisfactorio por el Concilio de Trento. Los dominicos secundaban a los agustinos. Éstos defendían que Dios predestinaba a los hombres a la salvación por un decreto absoluto de su omnipotencia, por medio de la «gracia eficaz». Los jesuitas mantenían una opinión contraria; daban mayor libertad al hombre en el tema de la salvación. Dios conoce al hombre, sabe si el hombre se salvará o se condenará; por ello, con el nacimiento, Dios concede una gracia suficiente para salvarse; el hombre que aprovechaba la gracia y vivía con buenas obras, se salvaba.

Esta polémica dio lugar al odio de escuelas, el «odius teologicus».

Jansenio se decantó por las ideas de los agustinos. Pero en su doctrina radicalizó estos postulados. En primer lugar, exageró el papel de la gracia eficaz. Ésta era un regalo de Dios, y sólo Dios sabía a quién se lo tenía que dar. El hombre no sabía si tenía esta gracia o no. Por tanto, el hombre estaba indefenso ante la salvación y debía llevar una vida muy rígida desde el punto de vista moral para hallarse entre los elegidos. Se excluía toda cooperación personal de la voluntad humana y entrañaba una disciplina de penitencia rígida.

Estas ideas las plasmó en una obra el Augustinus, que fue condenada por la Iglesia por la bula In eminenti (1642) y por la bula Cum occasionem (1653). La condena se llevó a cabo por una delación de los jesuitas franceses, apoyados por los jesuitas de los demás países de la Cristiandad.

A pesar de su condena, la doctrina se desarrolló en Francia gracias a los seguidores de Jansenio (abate Saint-Cyran, Jean de Hauranne). Éstos impusieron un modelo de vida religiosa de extremo rigor y de humildad. Fundaron centros de espiritualidad muy rigoristas, solidarios y dedicados al estudio. El foco difusor fue la antigua abadía cisterciense de Port-Royal; una abadía protegida por una familia nobiliaria e influyente, los Arnauld.

El jansenismo se extendió entre las clases privilegiadas de Francia dando lugar a conflictos de todo tipo, sobre todo durante el reinado de Luis XIV. Irrumpió en Francia como un movimiento espiritual de profundas raíces teológicas, con implicaciones morales, proponiendo un nuevo modelo de vida cristiana.

A este jansenismo se le sumaron también unos componentes de tipo político, regalista, porque acabó defendiendo la supremacía del poder temporal sobre el espiritual, convirtiéndose en enemigo de toda posición ultramontana. Una de sus principales características fue por tanto un marcado antijesuitismo.

El jansenismo español del XVIII no tiene nada que ver con el jansenismo dogmático de Jansenio. Menéndez Pelayo, al buscar con lupa a los heterodoxos españoles del XVIII tropezó con un gran obstáculo a la hora de hallar jansensitas. Si entendía como tales a los que defendían las cinco proposiciones de Jansenio sobre la gracia, condenadas por la bula Unigenitus, no hallaba ningún jansenista. Este autor concluía que el XVIII no había sido un siglo teológico. Las preocupaciones se creaban por cuestiones canónicas y las leyes de la Iglesia; también surgieron polémicas por la primacía entre papas y obispos, y entre papas y concilios, sobre cuáles eran los límites de la potestad eclesiástica y el poder secular. Pero Menéndez Pelayo, a pesar de la inexactitud del término, decía que en España no existieron los jansenistas dogmáticos. En cambio, hablaba de otros «jansenistas» que se parecían a los solitarios de Port-Royal.

Partidarios de un fuerte rigorismo moral, los puntos en común versaban sobre su deseo de vivir con gran austeridad. También defendían la idea de volver a la antigua disciplina de la Iglesia primitiva. Otro punto general era la postura crítica contra los excesos de la Curia Romana y el poder omnímodo del Papa. Junto a todo esto, el aborrecimiento hacia la Compañía de Jesús y la necesidad de la creación de una Iglesia de corte nacional definían sus rasgos. Menéndez Pelayo advertía lo que otros historiadores han corroborado: la imposibilidad de hablar de un jansenismo dogmático y la existencia de un jansenismo histórico. Mestre o Appolis han descubierto nuevos rasgos de este jansenismo español. Le definía la preferencia por una religiosidad interiorizada, no gestual, que en España adquiría una peculiaridad pues conectaba con el erasmismo y con la filosofía Christi (defendida por Erasmo). Además, el biblismo (la necesidad de beber en lo que se llama la teología no especulativa, consagrando las Sagradas Escrituras como fuente única) era otra de sus características. Y a todos estos rasgos se sumaba la adscripción a las corrientes de la crítica histórica para fundamentar, recopilar y ordenar los cánones de la Iglesia y contraponerlos a las leyes civiles, para que así saliera a la luz la verdad de las leyes.

Este jansenismo español no estuvo integrado por un grupo uniforme de personas con un cuerpo ideológico determinado. A lo sumo, el jansenismo implicó una serie de actitudes o rasgos que a veces fueron asumidos globalmente por intelectuales españoles (ej. Mayans), y otros que asumieron unos rasgos determinados (ej. Roda). No existió un grupo, sino gente que conectaba con estas ideas. Pensaban que la defensa de estas ideas podía servir para sacar a España del marasmo en que se encontraba. Jansenismo equivale a una postura regeneracionista, regenerar España, en el sentido de volver atrás, a los modelos antiguos, a la Iglesia primitiva. Buscaban sus modelos de actuación en españoles de la época clásica (s. XVI) no contaminados por el Barroco. Esto no quiere decir que no existieran jansenistas con matices extranjerizantes. Pero otro de los rasgos comunes a estos jansenistas históricos es su posición antijesuita.

Junto al jansenista, aparecía como enemigo del jesuita, el regalista, con sus dos facies. Por un lado, la facies beneficial (control de los nombramientos y rentas de la Iglesia) y por otro, la facies episcopalista (que tendía a dar mucho peso a la institución del episcopado, resaltando su origen divino para contrarrestar el poder del Papa). El regalista no podía observar con buenos ojos la existencia de la Compañía, obediente a Roma, un poder extranjero. Los consideraban, por tanto, como enemigos de la monarquía, pues limitaban su campo de actuación.

Retrato del Cardenal Domenico Silvio Passionei (1682-1761), simpatizante de los jansenistas que luchó abiertamente contra los jesuitas y se opuso firmemente a la beatificación del Cardenal Roberto Bellarmino, teólogo jesuita, apologista e inquisidor que vivió entre 1542 y 1621, y que introdujo la teología tomista.

En el siglo XVIII se puede hablar de obispos filojansenistas, gracias a los trabajos de Mestre. Éstos aparecieron en la escena política española a comienzos del reinado de Carlos III. Con la llegada de éste al poder, el grupo de obispos de tendencia jansenista se hizo más numeroso y vio crecer su poder al estrechar sus relaciones con determinadas figuras del gobierno. En la época de Carlos III en Valencia apareció un círculo de futuros obispos que se educaban bajo la tutela del arzobispo de la ciudad, Andrés Mayoral (1737-1769). En su corte protegía y animaba a una serie de eclesiásticos que fueron nombrados obispos por Carlos III. Así, aparecieron una serie de obispos filojansenistas: Felipe Beltrán (en Salamanca, que estuvo detrás de la reforma de los Colegios mayores), José Climent (en Barcelona, antijesuita convencido), Pedro Albornoz y Tàpies (en Orihuela, dominico, tomista, y no tanto filojansenista como antijesuita), José Tormo y Juliá (en la ciudad anterior, tomista, jansenita, reformó el Seminario eliminando las cátedras de doctrina jesuítica), Francisco Armanyà (en Lugo y Tarragona, manifestó abiertamente su favor por la expulsión) y Rafael Lasala (obispo auxiliar de Valencia).

Otro grupo lo constituyeron los toledanos. Eran tomistas y antijesuitas. Destacaban Francisco Antonio Lorenzana, Francisco Fabián y Fuero, José Javier Rodríguez de Arellano (que escribió la pastoral al Papa para que extinguiera la Compañía). Buruaga (en Zaragoza) y Rubín de Celis (en Murcia) también se incluirían en esta categoría.

Pero la Compañía también contaba con sus partidarios entre los propios obispos, como José Carvajal y Lancaster (Cuenca), Irigoyen (Pamplona), etc. Eran de avanzada edad y debían su ascenso a la mitra, a la influencia de los Padres Confesores. Simpatizaban con Roma y eran partidarios de la autoridad incontestable del papa. Estos prelados filojesuitas recelaban del gobierno español y de su política regalista.

Los filojansenistas eran episcopalistas, es decir, partidarios de una mayor autonomía del episcopado español respecto a la Santa Sede. Consideraban que los obispos tenían autoridad para poder convocar Concilios provinciales y sínodos diocesanos para llevar a cabo la reforma en España. Deseaban además ampliar sus competencias jurisdiccionales, competencias que acababan donde empezaban las inmunidades del clero regular, por lo que querían tenerlo bajo sus órdenes. Se inclinaron con mayor o menor intensidad hacia las posturas regalistas, porque con el apoyo del monarca creían más fácil lograr sus objetivos.

Los obispos conservadores, desde el punto de vista moral, se decantaban más hacia el laxismo o probabilismo. En cambio, los filojansenistas eran partidarios del rigorismo o probabiliorismo, que les servía para reformar la Iglesia española y para acabar con la espiritualidad exterior. Este rigorismo conectaba con el programa ilustrado, de ahí que el gobierno simpatizase con este grupo de obispos.

Las relaciones entre ambos grupos se fueron agriando con el transcurso del XVIII. Fueron importantes las polémicas entre ambos grupos de obispos, casi siempre por algún motivo relacionado con los jesuitas. Ejemplo de esto fue el caso del cardenal Noris. Era una cardenal agustino, que había vivido a fines del XVII, gran teólogo. Debido a las afinidades de agustinismo y jansenismo, Noris aplicaba las ideas de San Agustín a Jansenio, alejándose del jansenismo doctrinal. El Papa había visto la obra de Noris con buenos ojos. Pero en España los jesuitas presionaron a Fernando VI a través de Rávago para que el inquisidor Pérez Prado incluyese el libro de Noris en el Índice. Pérez Prado lo incluyó en el Índice en 1747. El tema levantó gran polvareda en los círculos intelectuales. Y no se apaciguó con la caída de Rávago.

En 1771 aparece una nueva polémica que avivó aún más el enfrentamiento en el seno de la jerarquía eclesiástica española: el caso del catecismo de Mesenguy. Este catecismo fue publicado en Francia con gran éxito. Era de corte claramente jansenista. Negaba la infalibilidad del Papa y pretendía el poder de un concilio para contrarrestar esa falibilidad. Era por tanto marcadamente antijesuita. Clemente XIII condenó el catecismo y envió un breve a España con la condena.

Carlos III, en principio, pensó obedecer al Papa. Pero el nuncio en España, junto al inquisidor general, Quintano Bonifaz, se adelantó y publicó el breve sin la aprobación real. El rey entró en cólera y aprovechó la ocasión para imponer el exequatur. Se enfrentó a Roma y expulsó al inquisidor de la Corte. Estas medidas regalistas significaron un duro golpe para los jesuitas y el clero ultramontano.

Otra cuestión va a agravar la situación ganando partidarios para el antijesuitismo. Es el asunto del proceso de beatificación de Juan Palafox y Mendoza, obispo de Puebla de los Ángeles en Méjico (1756). Palafox se había caracterizado por sus simpatías hacia los jansenistas y su repulsa por la Compañía de Jesús. En Italia luchaban los jansenistas por su beatificación, oponiéndose con contundencia los jesuitas. En España no se hablaba del tema. Los intelectuales jansenistas italianos escribieron a España para recabar apoyo para su propósito, especialmente en círculos cercanos al gobierno. Con la llegada de Carlos III al trono y la subida al poder de los manteístas (y sobre todo, Roda). la situación iba a cambiar totalmente. El Confesor Real era el Padre Eleta (que era de Osma, como Palafox) -en la ilustración de la izq.- . Roda comentó al confesor que los italianos iban a beatificar a un obispo nacido en Osma. Eleta se convirtió en el máximo defensor de la beatificación de Palafox, ganándose la enemistad de los jesuitas. Los ánimos se enconaron de nuevo. Es cierto que la beatificación no se llevó a cabo pero levantó tal polvareda que algún autor ha visto en esta polémica una causa de la expulsión (Blanco-White dice que Eleta se hizo antijesuita sólo por la cuestión de Palafox, y se lo transmitió a Carlos III).

El ambiente siguió siendo intranquilo por otra polémica: la que giró en torno al culto del Corazón de Jesús. Este nació a finales del siglo XVII en Francia y había sido promocionado por San Juan Eudes y por Santa Margarita. Se difundió con gran rapidez a comienzos del XVIII. Se fundaron congregaciones con el nombre de Hermanos del Sagrado Corazón de Jesús. En España, los jesuitas introdujeron la devoción. El P. Hoyos se encargó de propagar el culto por el país. Felipe V influido por el Confesor jesuita se hizo muy devoto del Sagrado Corazón de Jesús; incluso solicitó un oficio en favor del Sagrado Corazón de Jesús. Roma no veía este culto con malos ojos, pero no quería oficializarlo. Por ello paralizó los trámites. Aunque no concedió la misa, en España siguió extendiéndose el culto. Pronto aparecen también sus detractores: los obispos de corte rigorista y filojansenistas no lo consideraban algo serio y lo veían propio del fanatismo religioso y supersticioso que alejaba a los cristianos de la religión interiorizada. Hacia 1765 los partidarios del Sagrado Corazón, sabiendo del projesuitismo de Clemente XIII, volvieron a escribirle para solicitar la gracia de la misa de oficio que había demandado Felipe V. Pero el gobierno español había cambiado con respecto a los tiempos de ese monarca. El gobierno informó a la Santa Sede que el único que podía solicitar tal acción era el rey Carlos III y que no hiciese caso a los obispos. El asunto se paralizó.

Pero todavía la oposición entre clero jesuita y clero antijesuita se va a acentuar más a partir de 1758 por la aparición del libro «Fray Gerundio de Campazas», escrito por el jesuita P. Isla. La aparición del libro incrementó la discordia. Sobre el P. Isla se ha escrito infinidad de trabajos. Hay un breve artículo de R. Olaechea: «Perfil sociológico del escritor José Francisco de Isla» en El Padre Isla, su obra, su tiempo, León, 1983. Se trata de la transcripción de una conferencia que dio en esta ciudad en 1981 con motivo del segundo centenario de la muerte del jesuita. Isla era un hombre de gran brillantez, ingenioso, dicharachero y con gracejo singular. Ingresó tempranamente en la orden: a los 15 años. Se le despertó una vocación literaria que se manifestó en el género de la polémica literaria. Utilizó el género epistolar, que es el que más se adaptaba a su voracidad crítica. La Compañía no le encargó la labor pastoral sino que le permitió escribir. En Villagarcía concibió la idea de escribir un nuevo Quijote inventando un personaje fustigador de uno de los males más extendidos en la Iglesia: los sermones, que habían degenerado de manera terrible desde la época barroca. Habían dejado de ser piezas útiles para convertirse en largos discursos enrevesados, ininteligibles, que sólo resaltaban la figura del predicador.

El P. Isla fue afortunado en criticar estos aspectos. Ridiculizó al predicador presuntuoso e ignorante: Fray Gerundio de Campazas. La novela alcanzó un éxito increíble. Se publicó entre el 22 y 23 de febrero de 1758. Se editaron 1.500 ejemplares, una gran tirada para la época. El primer día se vendieron 800 ejemplares. Pronto se acabaron. A Fernando VI, al duque de Alba, Mayans, incluso al papa, a todos ellos, les gustó la obra. Pero los enemigos de Isla lograron que la Inquisición retirara la obra. La Inquisición interrumpió la segunda edición entre el 17 y el 24 de marzo de 1758 y no dejaron salir la segunda parte manuscrita. Después el libro fue prohibido y no se volvió a imprimir más que clandestinamente (ediciones furtivas en los años posteriores yen italiano, francés, inglés, alemán...). El libro apareció en un momento político poco adecuado pues los jesuitas tenían ya muchos enemigos. El Fray Gerundio contribuyó a incrementar el odio a los jesuitas porque creían que el libro proclamaba la superioridad de los jesuitas sobre otras órdenes. Fray era el título que se daban los clérigos dominicos, agustinos, etc. Se acentuó el odio contra la Compañía. El carácter crítico de Isla también incrementó este sentimiento.

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LA CAIDA DE LA COMPAÑIA DE JESUS -1-

Posteado por: retratosdelahistoria el 2 mar En: Temas - sin comentarios

La expulsión de los jesuitas de Portugal

En Portugal se desencadenó una lucha ideológica y publicística contra los jesuitas. Al hablar de este país, no se puede dejar de tratar la figura de Sebastián José de Carvalho e Melo, marqués de Pombal, que ejerció un poder absoluto hasta la muerte de José I en 1777.

Los jesuitas portugueses (sobre todo el Padre Malagrida) hicieron creer al pueblo que los terremotos y las desgracias que habían asolado el país eran un castigo divino por el mal gobierno. El gobierno de José I se encarga de propagar ante el pueblo la resistencia de los jesuitas a dos monarcas europeos (Carlos III y José I). En este contexto agitado se nombró primer ministro al Marqués de Pombal, partidario de una reforma radical y de espíritu ilustrado, que fomentó la economía y que asimismo consiguió la abolición de la esclavitud y la reconstrucción y modernización de Lisboa. Pombal, al ascender al poder en 1750, quiso acabar con los jesuitas. En 1754 y 1755 éstos habían ofrecido resistencia armada a la decisión de España de ceder siete de sus misiones a cambio de la colonia de Sacramento. Habían mostrado su hostilidad a la Compañía comercial creada por Pombal para Maranho y Grao-Pará. La primera advertencia fue la destitución del confesor real, cargo que como en otras cortes europeas, ocupaba un jesuita.

Pombal se apoyó en un consejero, el P. Pereira de Figuereidoa. En 1758 y tras muchas quejas a Benedicto XIV, consigue un breve para que el cardenal Saldanha visite y reforme la Compañía en los dominios portugueses. Saldanha lamentaba que los jesuitas tuviesen independencia respecto al clero secular porque deseaba que los indios fueran catequizados por clérigos seculares y no regulares. Se consiguió paralizar las actividades económicas de los jesuitas y se les prohibió predicar y confesar. Entonces, un hecho casual puso en manos de Pombal el pretexto para eliminar a la Compañía: un atentado que sufrió el monarca la noche de 3 de septiembre de 1758. El rey volvía de ver a su amante y tres hombres a caballo le dispararon, hiriéndole en un brazo. Existen otras versiones del atentado, lo que demostraría la existencia de ciertas manipulaciones. El incidente se silenció y se investigó. El 13 de diciembre de 1758 se apresó a los instigadores del atentado. El duque de Aveiro fue apresado como autor material del atentado. En los días siguientes fueron encarcelados miembros de la nobleza, implicados en el asunto, incluso la condesa de Tavora, amante del rey. Incluso el P. Malagrida fue encarcelado. Esa noche, las casas y colegios de jesuitas fueron cercados por el ejército, se recogieron los archivos de estas casas y se confinó a los religiosos en los recintos. Se explicó al pueblo la existencia de un complot por una parte de la nobleza, en connivencia con los jesuitas, para dar un golpe de Estado asesinando al rey. Se decía que la marquesa de Tavora se hallaba bajo la instigación de su padre espiritual, el jesuita Malagrida. Y detrás de todo se hallaba la Compañía, por ser defensora del tiranicidio. El 12 de enero de 1759 ya se había dictado sentencia. El duque de Aveiro y sus hijos fueron condenados a ser descuartizados y quemados, siendo sus bienes requisados y sus títulos borrados de la heráldica. Igual suerte corrió el marqués de Tavora. Pombal encontró así la excusa para actuar sobre los jesuitas. El 19 de enero se expide un real decreto confiscando todos los bienes de la Compañía de los dominios portugueses de Portugal, Asia y América, y se encarceló a los jesuitas.

Retrato del Papa Benedicto XIV junto con el Cardenal Silvio Valentino Gonzaga / en la imagen inferior, retrato del Papa Clemente XIII, sucesor del anterior.

El 20 de abril gestionó con Clemente XIII la obtención de un breve para proceder contra los jesuitas, acusados de lesa majestad. El Papa (inclinado hacia los jesuitas) no accedió, porque Pombal quería extenderlo a toda la Compañía en Portugal, y no sólo para los jesuitas involucrados. Pombal llenó el país de propaganda antijesuítica. Un año justo después del atentado (1759) se decretaba la expulsión de los jesuitas de Portugal. Salían en embarcaciones con rumbo a los Estados Pontificios. Desembarcaban en Civita Vecchia donde debían procurarse un sustento, pues Pombal no les dio ninguna pensión. El Papa se vio obligado a aceptarlos, sentando un precedente que Carlos III no olvidaría. A partir de este momento los jesuitas marchaban a Italia sin dinero. En Italia, los jesuitas italianos se veían ante una difícil posición: no sabían si acogerles o desentenderse de ellos. Los jesuitas españoles enviaron dinero a Roma para ayudar a sus correligionarios portugueses.

Pero en Portugal, Pombal pretendía lograr que el gobierno del rey tuviera menos obstáculos. Logró expulsar al nuncio apostólico y controlar la Inquisición portuguesa, a la que entregó a Malagrida (en el retrato grabado de la izq.), que fue ejecutado. Pombal consiguió que el monarca diera poderes al metropolitano de Lisboa para que confirmara y consagrara a los obispos sin tener en cuenta al Papa. A partir de estos momentos se persigue todo lo que huela a jesuitismo. Cuando más adelante el Papa intentó reconciliarse con Portugal, obtuvo la respuesta de que las relaciones se recuperarían cuando se suprimiese la Compañía en todo el orbe. Tanucci estaba de acuerdo con Pombal sobre la extinción. En España también Roda comulgaba con estas ideas. Pombal mientras tanto promovía la publicación de obras regalistas (escritas por Pereira). La Universidad de Coimbra se abrió a las ideas enciclopedistas. Pero Pombal no tuvo un final feliz. En 1777, cuando ya había conseguido todos sus logros, a la muerte de José I le sucedió su hija Dª. María I de Portugal, la Piadosa, que dio un giro a la situación: la nobleza más reaccionaria de Portugal pidió la rehabilitación de la casa de Tavora, lo que se consiguió en 1781. Las cárceles se abrieron y se dio libertad a los inculpados en 1759. Pombal cayó en desgracia y fue desterrado de la Corte. En 1782, moría ante la consternación de los personajes ilustrados de Europa.

La expulsión de la Compañía en España

La Compañía de Jesús fue expulsada de España a principios de abril de 1767, entre la noche del 31 de marzo y la mañana del 2 de abril. Fue una operación tan secreta, rápida y eficaz -o más- que la de extrañamiento de los moriscos en 1609.

La práctica totalidad de los historiadores están de acuerdo en afirmar el carácter sorpresivo y drástico de la expulsión. Pese a que corrían malos tiempos para la Compañía -recordemos que los jesuitas fueron acusados de instigar la oleada de motines del año anterior-, nadie en su seno podía imaginar que iba a producirse tamaño acontecimiento.

Los jesuitas eran conscientes del acoso que venían sufriendo pero no tuvieron noticia alguna de la medida que Carlos III se disponía a tomar hasta el momento mismo de su aplicación. Aunque a lo largo del año el gobierno realizó una pesquisa reservadísima entre gran parte de los obispos españoles, no hubo filtraciones al respecto de su contenido. Tampoco tuvieron ninguna noticia del decreto de expulsión, dictaminado por el fiscal Campomanes y aprobado por una Sala reducidísima y previamente seleccionada de consejeros el 29 de enero de 1767. Ni de la ratificación real de dicho decreto el 20 de febrero siguiente. Es curioso que no se filtrase ni un solo rumor de las altas jerarquías al pueblo. Tampoco trascendió el contenido de un pliego cerrado (impreso en la Imprenta Real, perfectamente incomunicada) que el conde de Aranda remitió a los jueces ordinarios y tribunales superiores de todas las poblaciones en las que había establecimientos jesuitas (más de 120), en el que se hallaban las instrucciones reservadas para la expulsión, y que no podía ser abierto hasta la misma noche del primero de abril.

El secreto estaba motivado por la intención de paralizar cualquier maniobra de protesta por parte de los numerosos simpatizantes de la Compañía, sobre todo, dentro del estamento nobiliario y de las clases populares. También se quería evitar que los jesuitas pudiesen huir, enajenar sus bienes, deshacerse de sus archivos, de sus papeles comprometedores, puesto que las órdenes reales incluían la confiscación de los bienes, de las «temporalidades» de la Compañía.

La noche del 31 de marzo en Madrid, y al amanecer del 2 de abril en el resto de España, todas las casas jesuitas fueron clausuradas y sus miembros incomunicados. Según relatan las crónicas de la época, la operación fue perfecta. Ello explica la sorpresa y el miedo que sintieron los jesuitas (como manifestaba en sus escritos el Padre Isla), en especial, los jóvenes novicios.

Las medidas se llevaron a cabo en toda España del mismo modo, siguiendo instrucciones minuciosamente precisas. Los comisarios, asistidos por notarios y testigos, ordenaron reunir a todos los miembros de las comunidades en las salas capitulares. Allí, procedieron a pasar lista a los concurrentes, y tras comprobar la presencia de los censados, mandaron a los notarios que procediesen a la lectura del real decreto de extrañamiento.

El contenido de la Pragmática no aclara los motivos por los cuales Carlos III decidió decretar la expulsión. El texto es premeditadamente poco preciso. El monarca justificaba la medida afirmando que la adoptaba «por gravísimas causas relativas a la obligación en que me hallo constituido de mantener en subordinación, tranquilidad y justicia mis pueblos, y otras urgentes, justas y necesarias que reservo en mi real ánimo; usando de la suprema autoridad económica que el Todopoderoso ha depositado en mis manos para la protección de mis vasallos y respeto de mi corona...»

Pese a la imprecisión, el decreto parece acusar a los jesuitas de perturbar el orden público, de manera que aparecen condenados como enemigos políticos. El primer artículo refuerza esta idea cuando el monarca tranquiliza al resto de órdenes religiosas, en las que pone su confianza, y muestra su satisfacción y aprecio por su fidelidad, su doctrina, su observancia de las reglas y, sobre todo, por su abstracción de los negocios de gobierno.

Por el contrario, el edicto dejó bien claro cuál iba a ser el destino de los expulsos, y qué iba a ocurrir con sus bienes y temporalidades (artículos 3-12). En lo que respecta al patrimonio apuntaba que todos los bienes pasarían a manos del Estado, para ser dedicados a obras pías (dotación de parroquias pobres, fundación de seminarios conciliares, creación de casas de misericordia) de acuerdo con el parecer de los respectivos obispos.

Retrato de Manuel de Roda y Arrieta, 1er Marqués de Roda (1708-1782), Embajador Plenipotenciario de España en Roma a partir de 1760 y Secretario de Gracia y Justicia a partir de 1765. Fue la "Eminencia Gris" de Carlos III, y el principal inspirador de la expulsión de los Jesuitas junto con el Conde de Campomanes, tras el "Motín de Esquilache".

Por otra parte, en cuanto a los jesuitas, el articulado es en general bastante severo. Pese a ello, contiene algunas concesiones de orden humanitario, algo que no había ocurrido en Portugal o Francia. Entre ellas destaca el hecho de que una parte de las temporalidades confiscadas sería dedicada a componer pensiones individuales que los expulsos recibirían de modo vitalicio para su manutención. Esta porción sería de 100 pesos anuales para los sacerdotes y de 90 para los coadjutores. El gobierno decidió no pasar estipendio alguno ni a los novicios ni a los estudiantes con la intención de que decidiesen dejar la Compañía y abjurar de su jesuitismo, de modo que pudiesen permanecer en España. En el exilio no percibirían un solo peso hasta que se ordenasen sacerdotes. Las pensiones habrían de ser entregadas en dos pagas semestrales, por medio del Banco del Giro, a través del Embajador español en Roma.

El resto del articulado (13-19) hacía referencia explícita a la cuestión que más inquietaba a la Monarquía, una vez expulsada la Compañía: el deseo de borrar su memoria. Y para conseguir tal pretensión, acallar la voz de los simpatizantes y eliminar todo tipo de objeción pública al decreto, Carlos III fijó duros castigos que serían aplicables a cuantos mantuviesen correspondencia con los jesuitas, y a todos los que hablasen o escribiesen públicamente contra la decisión real o sobre la Compañía (a favor o en contra).

Volviendo a la cuestión de las instrucciones de los comisionados, éstas preveían con detalle todas las medidas que habían de adoptar para acometer con éxito el desalojo. Y según dichas directrices pasaron a la acción.

Tras conocer la misión que tenían que llevar a cabo, los comisarios se dirigieron hacia los diferentes establecimientos jesuitas. Una vez allí, irrumpieron en sus dependencias y ordenaron a los superiores que convocasen a todos los moradores de las casas en las salas capitulares. Después, ordenaron a los notarios que diesen lectura del decreto de expulsión. Tras dicho acto, tomaron las medidas oportunas para conseguir controlar las casas. Acto seguido, comprobaron los nombres de los concurrentes, para comprobar si había algún jesuita ausente. Luego, procedieron a requisar los caudales y a inventariar los diferentes bienes. A continuación, dispusieron los medios necesarios para el traslado de los jesuitas a las distintas «cajas» o puertos de embarque, y antes de que hubiesen transcurrido 24 horas desde el momento de la presentación del decreto, las diferentes comitivas partieron. Los jesuitas de la Provincia de Castilla fueron a Santiago de Compostela; los de la de Aragón a Salou; los de la de Toledo a Cartagena; y, por último, los de la de Andalucía fueron dirigidos hasta el Puerto de Santa María. La tropa los acompañó durante el trayecto. En las ciudades por la que pasaron, las autoridades civiles se encargaron de mantener el orden y de evitar cualquier manifestación popular en contra del extrañamiento. La incomunicación de los jesuitas a lo largo del viaje fue total. Únicamente quedaron en España los procuradores de las diferentes casas de la Compañía, a fin de que finalizaran los inventarios ante los agentes del fisco. Una vez acabada esta labor partieron inmediatamente al exilio.

Al no ser suficientes los barcos españoles para trasladar a los expulsos, el gobierno se vio obligado a contratar naves extranjeras. Todos los barcos fueron acondicionados para el viaje, habilitándose en ellos lugares para dormir y hornillos para preparar las comidas.

A pesar de que los historiadores han trazado paralelismos más o menos trágicos entre las expulsiones de los moriscos y de los jesuitas, hay diferencias considerables entre ambas. La de los jesuitas no fue un hecho celebrado indiscriminadamente por todos los españoles. Un amplio sector del pueblo -las capas más bajas- lamentaron el suceso, porque eran conscientes de que no había motivos religiosos tras la expulsión. Además, Carlos III trató con bastante respeto a sus enemigos políticos; les dio pensiones vitalicias, aunque la inflación las hiciera poco valiosas. Asimismo, permitió a los jesuitas llevarse sus efectos personales y el dinero que tuvieran (aunque la premura con que se efectuó la operación hizo que los jesuitas casi no pudiesen coger siquiera lo imprescindible). No les permitió, en cambio, llevar libros.

Pese a que se vivieron escenas no exentas de dramatismo, durante el trayecto terrestre los jesuitas no sufrieron ni perpetraron actos violentos. Los profesos salieron desde el primer momento, por solidaridad. Partieron incluso jesuitas muy ancianos, de salud muy quebrantada (como el Padre Isla o el Padre Idiáquez). También marcharon profesos muy próximos a la nobleza -como los hermanos Pignatelli-. No obstante, la cohesión del grupo fue perdiéndose progresivamente, durante la estancia en Córcega, sobre todo, ante unas condiciones que se asemejaban a las de un campo de concentración.

Retrato de Ramón Pignatelli de Aragón y Moncayo (1734-1793), Rector de la Universidad de Zaragoza y Canónigo del Cabildo Catedralicio de Zaragoza.

Carlos III actuó en un plan de plena legalidad, tirando de la regalía de derecho, ante la inexorable amenaza jesuita sobre las tierras españolas. El rey actuó sin contar con el permiso de Clemente XIII. Sí tuvo la delicadeza de avisar al pontífice de la decisión tomada, inmediatamente después de ejecutarla. El monarca se cuidó mucho de indicarle que los exiliaba a los Estados Pontificios. Tampoco lo sabían los jesuitas. Clemente XIII respondió diplomáticamente, y fue muy poco piadoso ante quienes habían sido durante siglos sus más acérrimos defensores (recordemos el cuarto voto). Ahora bien, cuando el papa supo que los expulsos iban a los Estados Pontificios contestó con dureza a Carlos III mediante una bula (con la frase de César al morir a manos de Bruto), diciendo que no los iba a recibir en sus territorios.

Retrato del Padre Lorenzo Ricci, 18º General de la Compañía de Jesús, que falleció encarcelado en el Castillo de Sant' Angelo (Roma) en noviembre de 1775.

Cuando los expulsos llegaron a Civitavecchia, esperando ser recibidos con los brazos abiertos, vieron como eran recibidos por los cañones del papa, negándoles la entrada. El papa arguyó argumentos razonables, pero de corte materialista: los Estados Pontificios atravesaban momentos de aguda carestía, y no podían soportar la presencia de los jesuitas. Temía alteraciones de orden público. El papa también estaba harto de los jesuitas portugueses y franceses que malvivían a expensas del erario pontificio.

A pesar de que esta negativa trastornó seriamente a la diplomacia española, ésta actuó raudamente para encontrar un lugar donde dejarlos. Grimaldi planteó dejarlos por la fuerza en los Estados Pontificios. Pero el rey se negó. Entonces, se planteó la posibilidad de descargar a los jesuitas en la Isla de Elba. Pero apareció la opción de dejarlos en la isla de Córcega. En ella había un ambiente de gran tensión. Córcega pertenecía a la soberanía de la República de Génova, y se había levantado por la independencia, encabezada por el rebelde Paoli, que respondía a las características del despotismo ilustrado. Francia apoyaba a Génova, que no tenía fuerzas suficientes para hacer frente al levantamiento. En todas las ciudades porteñas de Córcega había una guarnición francesa. Por lo tanto, la situación era una especie de polvorín, pues el interior de la isla ya era dominado por los rebeldes.

La diplomacia española tenía que pactar con Francia, con Génova o con Paoli si Génova se negaba a admitirlos (lo que enfrentaría a los españoles con el rey francés).

Entre los jesuitas comenzó a extenderse la desesperación tras el fracaso del desembarco en Civitavecchia. Además, los patronos de los barcos sólo habían sido contratados para el viaje al citado puerto, y tenían compromisos comerciales posteriores. Muchos jesuitas pasaron a otros barcos, en los que se hacinaron aún más. Marcharon finalmente hacia Córcega. Llegaron a Bastia, donde las tropas francesas les impidieron el desembarco. Los barcos estuvieron rodeando la costa corsa durante varios meses, afrontando el calor del verano y las frecuentes tormentas.

Una vez llegaron a buen puerto las negociaciones, los jesuitas pudieron desembarcar en los distintos «presidios» de Córcega, hecho que se produjo entre julio y septiembre de 1767. Allí pasaron poco más de un año, en unas condiciones lamentables.

Entre octubre y noviembre de 1768 fueron expulsados por los franceses, siendo llevados de nuevo hacia Italia. Aunque la situación era dramática, renovaron sus esperanzas ante la posibilidad de recalar finalmente en Roma.

Sin embargo, las conversaciones entre Carlos III y Clemente XIII se agriaron. Tras duras discusiones, el papa accedió a que desembarcaran en Italia. Allí, los jesuitas se desperdigaron por poblaciones como Bolonia, Ravena, Forli o Ferrara. En estas legaciones vivieron hasta 1773-74.

Retrato del Sumo Pontífice Clemente XIV (1705-1774), 249º Papa de Roma entre 1769 y 1774. Fue él quien sentenció la supresión de la Compañía de Jesús y quien declaró que, al firmarla, se sentenciaba él mismo a muerte. Poco después murió envenenado... El Cardenal de Bernis, embajador francés en el Vaticano, escribió en su informe a Versailles que tenía pruebas innegables de que los jesuitas estaban tras el envenenamiento del Pontífice.

No obstante, aún les quedaba por vivir un último y atroz varapalo. A la muerte de Clemente XIII le sucedió en el solio pontificio Clemente XIV, un declarado antijesuita. El nuevo pontífice firmó la extinción canónica de la Compañía de Jesús.

Los jesuitas españoles, sobre todo los más cultos, al dejar de existir la Compañía se trasladaron a Roma y en la Ciudad Eterna encontraron trabajo como empleados de los obispos o como preceptores de los hijos de los miembros de la nobleza. Su aportación a la cultura italiana fue muy importante. Los italianos se beneficiaron de sus altísimos conocimientos.

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DENDERA, el Templo de la Dama del Cielo

Posteado por: retratosdelahistoria el 1 mar En: Temas Curiosidades Misterios - sin comentarios

DÉNDERA

la conexión con los dioses

Grandes eminencias y anónimos personajes del pasado se unieron para ponderar lo que consideraban como solemne y en tal propósito gastaron sus riquezas y sus fatigas. En los yacimientos encontramos monumentos a las grandes gestas guerreras, a la exaltación de los dioses o al desconcierto de la muerte. Atendiendo a estas construcciones podríamos considerar que nuestros ancestros se pasaron su existencia peleando, rezando o muriendo. Y poco más. El resto de sus vidas, en la mayoría de los casos, queda absolutamente desconocida para la Historia. Cosas de humanos, a fin de cuentas. El problema surge cuando nuestras impresiones, y también algunas pistas, rompen la barrera de lo académicamente correcto y notamos que no todo es tan humano, ni que los dioses son tan abstractos y que ese llamado mundo del más allá pudiera estar más cercano de lo que suponemos. En el templo de Dendera, al sur de Egipto, la presencia de esos dioses se palpa como en ningún otro lugar.

Una historia llena de historias

Hace exactamente 200 años sucedía un hecho singular que ha pasado a considerarse como un desastre militar aunque, por otro lado, un éxito científico. La conocida como "Campaña de Egipto" llevó a orillas del Nilo a 35.000 soldados y a 500 civiles que componían la élite científica francesa de aquella época. 167 sabios y especialistas entre los que se encontraban 21 matemáticos, 3 astrónomos, 17 ingenieros, 13 naturalistas e ingenieros de minas, 4 arquitectos, 8 dibujantes, 10 filólogos y 22 expertos en caracteres latinos, griegos y árabes desempolvaron una civilización perdida y misteriosa. Todo empezó a estar sistemáticamente consignado y reproducido a las órdenes del recién creado l'Institut d'Egypte.

El 21 de julio de 1798 Napoleón arengaba a sus tropas formadas frente a la meseta de Giza con su famosa frase: "Soldados, desde lo alto de estas pirámides, cuarenta siglos os contemplan". Como antaño hicieran César o Alejandro Magno, Bonaparte llegó a considerarse dueño de ese territorio. Efímera sensación cuando se contempla la Historia en su más amplia perspectiva porque al final los emperadores pasan y las pirámides siguen en su sitio. El enfrentamiento se llamó "La Batalla de las Pirámides", y los franceses asolaron el entusiasmo guerrero de 10.000 jinetes mamelucos que tiñeron de rojo con su sangre las doradas arenas de la meseta de Giza. Aquél día los científicos fueron rodeados por un ejército tan ocupado en atacar al enemigo como en defender a tan ilustres personalidades. Pero estos privilegios fueron debilitándose a medida que el ejército, tan lejano de su país, sucumbía ante el olvido de su pueblo.

El almirante inglés Nelson hundió en Abukir los 200 navíos que transportaron al cuerpo expedicionario francés. Desatendidos por Francia y abandonados por el propio Napoleón, que regresó a París para preparar su coronación como Emperador, las tropas empezaron a sufrir todo tipo de escaseces. Sin municiones con las que defenderse, diezmados por la disentería y las epidemias y arrinconados sin futuro en el delta del Nilo la expedición francesa fue presa fácil de los ingleses que retomaron el territorio. Al desastre militar hubo que añadir la pérdida de los tesoros obtenidos. La famosa piedra Rosetta, sólo fue uno de los miles de objetos que cambiaron de destino y en lugar de llegar al Louvre terminaron en las vitrinas del British Museum.

Pese a todo, a los científicos franceses les quedaba el honor de haber realizado uno de los mejores trabajos de estudio y recopilación de datos. Y el verdadero triunfo de Napoleón en tierras egipcias no vino por sus fusiles sino por la pluma de sus eruditos. La recompensa a sus penurias y a sus interminables horas de trabajo bajo el sol abrasador del desierto fue la publicación en febrero de 1802 de la obra titulada "Description de l'Egypte", compuesta por diez volúmenes donde se reproducían íntegramente las 837 planchas de cuero grabadas y que contenían las más de 3.000 ilustraciones realizadas a lo largo de las riberas del Nilo. Datos geográficos, etnográficos, zoológicos, botánicos y arqueológicos surgieron a occidente. Había nacido la egiptología.

Enterrado bajo las arenas

Los franceses de Bonaparte tuvieron la satisfacción de ser los primeros en medir la Gran Pirámide o descubrir el Valle de los Reyes. Las arenas empezaron a ser retiradas y los relieves volvieron a ver la luz de Ra. Y aquellos dioses que fueron venerados, viejos ya cuando los nuestros no habían nacido, se asomaron tímidamente a los investigadores que se atrevían a contemplarlos. Los europeos del siglo XIX se enteraron de lugares arqueológicos hasta entonces desconocidos. Uno de ellos fue Dendera. En el volumen IV de la Descripción de Egipto, en las planchas 2 a la 34, los dibujantes plasmaron el estado de uno de los templos más bellos que existe. Empezó con ello un estudio que aún hoy no ha concluido y lleno, como no podía ser de otra forma, de enigmas y polémicas.

Ruinas del Templo de Hathor en Déndera, Egipto.

Dendera es un pequeño pueblo situado en la ribera occidental del Nilo a 60 km. al norte de Luxor. Su nombre proviene del de "Tentyra" o "Tentyris", que fue utilizado en la época greco-romana, y que a su vez provenía del original egipcio "Enet-te-ntr". El templo de Dendera, conocido también como "El Castillo del Sistro" o "La Casa de Hathor" está dedicado a Hathor, la diosa del amor, de la alegría y de la belleza, que los griegos asimilaron con su Afrodita.

Las inscripciones indican que el edificio original fue construido por aquellos reyes legendarios conocidos como "los discípulos de Horus". El faraón Keops ordenó construir un templo sobre el mismo sitio utilizado por sus míticos predecesores. Bajo el reinado de Pepi I el templo fue reconstruido ya que era un lugar religioso de gran importancia. Durante la dinastía XI, fue famoso por su gran biblioteca de papiros. Volvió a restaurarse en tiempos del faraón Tutmosis III, y podemos encontrar en las paredes los nombres de otros faraones que quisieron unir su cartucho a la importancia del templo, como Tutmosis IV, Ramsés II y Ramsés III. La última reconstrucción la hizo Ptolomeo VIII, trabajos que fueron ampliados por los Ptolomeos X, XI y XII, Cleopatra VII, Julio César "Cesarion", y los emperadores Augusto y Tiberio. En las decoraciones del edificio principal también pueden leerse los nombres de Calígula, Nerón, Claudio, Domiciano, Nerva y Trajano. En resumen, mientras la disposición del templo actual puede datarse entre los años 116 a.C y 34 d.C, su origen debe remontarse quizás a la época predinástica.

Conocimientos astronómicos sorprendentes

Cuando las tropas de Napoleón llegaron a Dendera en 1798 el templo luchaba por emerger sobre el mar de arena que se empeñaba en hundirlo. Su entrada tan solo se adivinaba. Y mientras que los científicos se armaban de paciencia y de trabajo para despejar el conjunto, los militares se armaron en el techo del templo para defender la posición desde tan estratégica atalaya. Cuentan que una caja de municiones colocada sobre la arena que también cubría la terraza se deslizó por un tragaluz hacia el interior. Cuando bajaron a buscarla vieron que había abierto un camino hacia las salas superiores del templo. Y en una de ellas realizaron un descubrimiento espectacular cuando las teas encendidas iluminaron un monolito que medía 3,60 metros de largo por 2,40 de ancho, y un grosor de casi un metro. Ocho metros cúbicos de roca que llegaba a pesar 16.000 kg. y que se encontraba colgado del techo. Para la Historia el descubrimiento fue realizado en 1799 por el general Louis Desaix y por sus representaciones astronómicas se le conoció a partir de entonces como el Zodiaco de Dendera.

Estudios posteriores comprobaron que no sólo esa sala, sino todo el templo estaba dedicado al firmamento. Albert Slosman, doctor en matemáticas y en informática y colaborador de la NASA en los proyectos Pioneer sobre Júpiter y Saturno, indicó que todos los fundamentos de astronomía y de astrología del antiguo Egipto partían de Dendera. Según Slosman existe un papiro del escriba del faraón Keops que se conserva en el Museo de El Cairo y en el que se precisa que,

"...por orden de Khufu, el templo de la Dama del Cielo de Dendera será reconstruído por tercera vez, sobre el mismo emplazamiento y según los planos establecidos por los "sucesores de Horus" sobre pieles de gacela y salvaguardados en los archivos del Rey...".

Algunos estudiosos como E.C. Krupp indican que el zodiaco se realizó en el año 30 a.C. y que fue importado de Mesopotamia. Por su parte Sir Norman Lockyer, el famoso astrónomo estudioso de Stonehenge, mantenía que Dendera era mucho más antiguo y que se había construido en alineación con Sirio. Para el filósofo alsaciano R.A. Schwaller, el zodiaco de Dendera encierra indicios internos de una vetustez remota. Giorgio de Santillana y Herta von Dechend señalan que el movimiento de precesión se conocía desde la más remota antigüedad y que controlaba la actividad celestre y la terrestre. Efectivamente, una marca en el zodiaco de Dendera indica el polo eclíptico norte que, junto a otros jeroglíficos del borde del disco, indica las posiciones de los equinoccios en una época muy anterior a la que es fechado. El gran problema que se planteaba era el mencionado por Otto Neugebauer y R.A. Parker, quienes afirmaban que "un amplio conocimiento de la precesión no es compatible con una descripción no matemática de la astronomía". Para ellos los egipcios expresaron en términos alegóricos los conceptos astronómicos. La paradoja es que acertaron de pleno. Y si no poseían instrumentos apropiados, ¿de dónde les vino tal conocimiento?.

Un conocimiento que no fue adquirido por evolución sino que aparecía ya desde el principio de su civilización aunque aludiendo, eso sí, a la presencia de unos dioses que mediaban en la hazaña y eran los destinatarios de tal ofrenda. La ceremonia del "estiramiento de la cuerda" se asociaba con la fundación del templo, ya que consistía en colocar su eje paralelo a una cuerda que unía dos estacas. En las inscripciones de Dendera se indica que el rey tenía su ojo puesto en una estrella de la constelación de la Pata delantera del Toro (Osa Mayor). I.E.S. Edwards indica que ese rito del estiramiento de la cuerda es antiquísimo y menciona el relieve encontrado en el templo solar del faraón Niuserre (V dinastía). Si las alineaciones astronómicas y el estudio de los ciclos precesionales eran anacrónicos para griegos y romanos, ¿cómo es posible que los egipcios del Imperio Antiguo ya lo conocieran?

Los dioses atlantes

Albert Slosman publicó en París en 1976 su libro titulado "El Gran Cataclismo", donde documenta con todas las pruebas que ha podido obtener el hundimiento de la Atlántida hace 12.500 años y el éxodo de los atlantes hasta su llegada a Egipto. Esta fecha aparece en el zodiaco de Dendera al ser la constelación de Leo la que sobre una barca parece guiar a todo el conjunto. Fecha tan arcana fue también mencionada por el grupo de astrónomos de Charles Dupuis que estudiaron el zodiaco a su llegada al Museo Imperial de París (futuro Museo del Louvre) en 1822.

Aparte de la interpretación del zodiaco, apunta la posibilidad de que la conexión de Egipto con la Atlántida se corresponda con el carácter fonético del país del Nilo. Según Slosman la antigua Atlántida se llamaba AHA-MEN-PTAH (Amenta para los griegos y Amenti en español) cuya traducción sería el "primer corazón de Ptah o corazón primogénito de Ptah", siendo Ptah el dios principal atlante. Los supervivientes fundaron tras el cataclismo otro país llamado ATH-KA-PTAH, que significa el "segundo corazón de Ptah", que los griegos fonetizaron en la palabra Aegyptos. Por ello la palabra EGIPTO sería el nuevo nombre del país atlante.

Los sacerdotes atlantes, sabedores del peligro que se avecinaba, hicieron construir unas barcas para salvar a su pueblo. Serían las "barcas sagradas" que aparecen en todos los grandes templos. Un dato curioso es que nosotros llamamos ahora al norte de África Magreb, siendo los países de Marruecos, Túnez y Argelia llamados magrebíes. Esta palabra proviene de la antigua "Moghreb" que significa "Tierra de Poniente o del oeste". No existe tierra ni civilización que desde el este pudieran llamar así a África, a no ser aquellos que alguna vez habitaron la Atlántida, porque sólo desde allí podría verse Africa al oeste. Dicha palabra, por tanto sería otra aportación atlante.

El techo de la sala hipóstila de Dendera sería una escenificación del cataclismo atlante. En la interpretación ideográfica de los jeroglíficos una línea quebrada significa "agua"; dos líneas señalarían en plural "aguas"; tres líneas apuntarían "la crecida del Nilo"; y el "diluvio" estaría representado por cinco líneas. Pues bien, tanto en el techo del templo como en el zodiaco aparecen ocho líneas quebradas, el superdiluvio o gran cataclismo que produjo el hundimiento de la Atlántida y que fue descrito por Platón en Timeo y Critias.

Para un gran número de estudiosos la civilización antigua egipcia debe sus extraordinarios conocimientos a los atlantes. Para Slosman, además, le deben también sus dioses. Sostiene que el capítulo XVII del Libro de los Muertos "recoge la teología original del mundo de la cual todas han derivado... El Antiguo Testamento no es sino una copia de esta Teología original, en la que Moisés era Príncipe de Egipto y, por tanto, había sido elevado a Gran Sacerdote". El nombre de Moshe, Moisés, no significaría "salvado de las aguas" sino "nacido de las aguas" por lo que tiene una connotación con los "nacidos de las aguas del cataclismo", los "primogénitos" descendientes de Osiris y sucesores de Horus en Egipto. Moisés, por tanto, no sería un príncipe cualquiera sino que aprendió la cosmogonía egipcia y también la tecnología de los dioses.

Dioses extraterrestres

Los dioses atlantes aparecen en procesión subiendo la escalera principal que conduce a la terraza del templo de Dendera. La comitiva está compuesta por todos aquellos dioses primigenios, sucesores de Horus, cuya representación pictórica en el Antiguo Egipto muestra una clara diferenciación con el resto de los mortales... son verdes. El caso es que si la teología atlante es idéntica a la de Abraham y a la de Moisés, y por ende el Antiguo Testamento proviene de ella, ¿dónde estarían esos hijos de dios que se unían a las hijas de los hombres y ellas les daban hijos que fueron los héroes de la antigüedad? (Génesis, 6-1)

Moisés debería estar al tanto de los grandes conocimientos tecnológicos de los que encontramos gran profusión en el templo de Dendera. Porque a parte de las famosas "bombillas de Dendera", el templo guarda un secreto mucho más importante relacionado con la energía y su utilización. Es lógico encontrar a los dioses como protagonistas de todo tipo de escenas litúrgicas, pero su procesión hacia la terraza del templo es una incógnita. ¿Qué se quiso representar con ello?.

Una escalera de caracol desde el piso principal desemboca en la zona superior del templo. Allí se encuentran varias capillas dedicadas al misterio de la muerte y resurrección de Osiris, y la habitación que alberga el zodiaco. En un nivel superior, al que se accede por una escalera exterior, se encuentra la terraza. Existe otra escalera de caracol simétrica a la de subida y que está destinada a la bajada. Ambas escaleras están decoradas prácticamente con los mismos motivos aunque contrarios. Por una, la comitiva de grandes sacerdotes se encaminaba hacia la terraza llevando ofrendas y otros objetos. Por la otra, los sacerdotes bajaban después de haber realizado sus ritos en la terraza. Ya no bajaban las ofrendas, aunque transportaban el mismo objeto misterioso que habían subido anteriormente. Este objeto, rectangular, llevado con sumo cuidado por varios sacerdotes especialistas, mantiene una clara diferencia cuando sube y cuando baja. Cuando es transportado en la subida está repleto de serpientes cobra, símbolo de energía en el antiguo Egipto. Pero cuando baja las cobras han desaparecido, ya no tiene energía. ¿Qué pudo haber pasado en la terraza?.

Aterrizajes en Déndera ?

El techo del templo, salvo unas vistas estupendas, no tiene nada más. Es una gran explanada de piedra rodeada de un pequeño muro que no motiva, aparentemente, la procesión ni de dioses ni de sacerdotes. Pero un estudio de la superficie de la terraza nos ofrece otras pistas de increíble naturaleza. Por todo el suelo, en una superficie pétrea que sería capaz de albergar una cancha de baloncesto, se distribuyen unos orificios dispuestos en líneas enigmáticas.

Un primer examen ocular indica que sobre las líneas se volcaron metales derretidos pues la presencia de cobre y zinc (o plomo) parece confirmar la idea. Las placas metálicas se colocarían bajo un plan preciso, donde los metales funcionarían según los propósitos de un ingeniero electrónico, porque una placa electrónica es lo que parece la terraza superior del templo de Dendera. Tanto por el pedestal que rodea el conjunto, como por unos orificios que podrían utilizarse como desagües, podemos pensar que incluso la terraza podría llenarse con algún tipo de líquido para producir efectos de electrolisis, una técnica conocida en Egipto desde tiempos remotos. Pese a que nosotros sólo hemos podido conocer esa técnica desde 1831 (Faraday), el Museo de El Cairo está lleno de joyas donde la soldadura entre oro y plata se produjo por este procedimiento.

La energía que pudiera obtenerse de esta disposición electrónica debería ser utilizada por algo, o por alguien. Y sólo así entenderíamos por qué el techo del templo era tan importante para los sacerdotes. Esa plataforma tenía que ver con los dioses. El que los sacerdotes bajasen de la azotea sin ofrendas puede interpretarse como que las dejaban arriba para que se pudrieran o que algún listillo las recolectará con posterioridad. Pero el hecho más significativo es precisamente la operatividad de un objeto que, según aparece esculpido, es una copia exacta de otro muy especial, el Arca de la Alianza. La conexión entre el Arca y Egipto no ofrece dudas, ni los conocimientos de Moisés tampoco.

El Arca de la Alianza poseía unas características electromagnéticas que la hicieron peligrosa ante cualquier manejo erróneo. Solo los sacerdotes especialistas podían manipularla. Lo que apreciamos en Dendera es similar. Si ciertas naves aterrizaron en el techo del templo, o los sacerdotes imitaran con esa liturgia contactos producidos en tiempos más remotos, sería lógico suponer que los dioses aportarían a los mortales su sabiduría y su tecnología. Pero no es así, los dioses bajaron en sus naves para hacerse cargo de una pila cargada en el sancta sanctorum del templo, por unas energías que desconocemos pero que muchos sensitivos han logrado captar. Los dioses habían obtenido su ofrenda en forma de electricidad. Dioses que recorrían el cielo de Egipto y que descendían precisamente en el templo dedicado a la Dama del Cielo, tal y como fue descrito por Berosso o por Demetrio de Falera, director de la Biblioteca de Alejandría y autor de la obra titulada "Acerca de las luces que se ven en el cielo, puntos luminosos que se ven ocasionalmente en el cielo y que nada tiene que ver con las estrellas".

Para los que creen que la cultura faraónica surgió del caos más primitivo, los antiguos egipcios adoraron a vulgares vacas, cocodrilos, carneros o escarabajos. Pero algunas pistas, como las encontradas en el templo de Dendera, nos permiten vislumbrar que aquellos sacerdotes no eran tan simples.

in www.bibliotecapleyades.net

 

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HAITI: un recorrido por su trágica historia -2-

Posteado por: retratosdelahistoria el 25 ene En: Temas - sin comentarios

Período de Inestabilidad

Aprovechando el exilio de Boyer, una insurrección dominicana estallará expulsando a los ocupantes militares haitianos de Santo Domingo el 27 de febrero de 1844, proclamando de nuevo su independencia con República Dominicana después de 22 años de ocupación.

Durante 75 años, Haití se hundió en la inestabilidad y la violencia política, desgarrada entre las élites mulatas del Sur y las élites negras del Norte. Para colmo, los dirigentes que sucedieron a Boyer no se preocuparon del pueblo como tampoco de su economía.

El que había sido el artífice de la caída de Boyer, Rivière Hérard, sería derrocado a los cuatro meses de tomar el poder. El senado se propuso entonces elegir a hombres mayores y débiles que pudieran manejar a su antojo. Tres viejos borrachos y analfabetos se sucedieron de esta forma mientras estallaban regularmente revueltas populares... hasta que el 1 de marzo de 1847, el senado eligió a Faustin Soulouque, negro analfabeto que ni siquiera se había presentado como candidato. Rápidamente, Faustin Soulouque se reveló como un personaje ambicioso y determinado en conseguir sus propósitos. El 25 de agosto de 1849, emplazó al Parlamento a que le proclamasen emperador de Haití. Fue cosa hecha y, el 18 de abril de 1852, en medio de unos fastos onerosos para una nación tan pobre, se hizo coronar a imagen y semejanza de Napoleón como Faustino I. Hubo tanto despliegue de lujo y boato que fue menester suspender el pago de la deuda nacional, al no poder hacer frente a los gastos generados por el nuevo monarca. Peor aún, emprendió una severa represión contra los mulatos y reinó despóticamente sobre el país a lo largo de una década. Intentó por dos veces reocupar la República Dominicana, fracasando una y otra vez.

El 15 de enero de 1859, fue finalmente destronado por el general mulato Nicolas Geffrard quien restauró la república.

Con Geffrard al frente de Haití, hubo un período relativamente tranquilo. Negoció un concordato con el Vaticano, que sería firmado el 28 de marzo de 1860 en Roma, y consiguió que Haití fuera reconocida por los Estados Unidos de Abraham Lincoln en 1862. Desarrolló una política de educación pública primaria y superior y mediante su código rural de 1863, instauró la "corvée" para crear una nueva red de carreteras y caminos, canales y fuentes. Impulsó la exportación de algodón y redujo a la mitad el ejército nacional. Pese a sus acertadas medidas, las finanzas de Haití seguían siendo frágiles, y tuvo que reprimir varias conspiraciones. Finalmente, Geffrard dimitiría el 13 de marzo de 1867, tras producirse la sublevación de toda la región de Artibonita.

Tras la marcha de Geffrard, el caos volvió a regir la isla y el autoritarismo brutal volvió a instituirse, produciéndose paralelamente motines, revueltas y rebeliones armadas que se convirtieron en la espada de Damocles de todos los sucesivos dirigentes haitianos. Se produjo una nueva secesión en 1868 y se sucedieron los golpes de Estado. Alemania tendría que intervenir militarmente en 1872 para conseguir que el Estado Haitiano satisfaciera sus deudas con algunos ciudadanos alemanes.

Haití fue tan menospreciada por los demás que a finales de 1897, al producirse el encarcelamiento de un residente alemán llamado Lüders, Alemania enviará dos buques de guerra para exigir a punta de cañón una indemnización exorbitante de 20.000 dólares y las disculpas oficiales del Jefe de Estado Haitiano, Tirésias Simon Sam, que no tuvo más opción que la de satisfacer todas las exigencias teutonas.

La Ocupación Norteamericana

A partir de 1908, las compañías americanas negociaron concesiones exorbitantes para construír vías de ferrocarril y desarrollar las plantaciones bananeras expropiando a los campesinos. En 1910, el banco americano National City se hace con una parte importante del Banco de la República de Haití, que era a su vez tesorero del país y disponía del monopolio sobre la emisión de billetes.

Temiendo los posibles efectos de la Gran Guerra de 1914-1918 sobre Haití, los Estados Unidos con el presidente Woodrow Wilson al frente, decidieron ocupar militarmente la isla para defender los intereses de la banca americana. El 28 de julio de 1915, los Marines desembarcaban en Port-au-Prince y ocupaban el país hasta 1934. Aquello supuso la sumisión del Estado Haitiano, la supresión de su ejército, el control de sus instituciones, aduanas y administraciones provinciales, y que el 40 % de su recaudación en impuestos fuera a parar a manos de Washington. Es más, los norteamericanos se caracterizaban por su alto grado de racismo, rasgo que consternó particularmente a la élite mulata, que era francófona y culta. La indignación engendró un nuevo orgullo racial que encontró su expresión en las obras de una nueva generación de historiadores, escritores y artistas haitianos.

En 1918 estallaría una insurrección a nivel general con 40.000 campesinos armados conocidos como los "cacos", que hicieron la vida difícil al ocupante yankee. Dos años fueron necesarios a los norteamericanos para acabar con ellos, perdiendo a más de 2.000 soldados.

Ciertamente avergonzados ante la opinión pública por esa sangrienta represión, los Estados Unidos ya no se beneficiaron de la vieja justificación de la guerra contra Alemania, y Washington cambió su proceder ofreciendo su ayuda político-financiera a cambio de su ocupación. La administración y el ejército fueron profesionalizados y la corrupción suprimida, mientras que la educación pública fue redinamizada después de un período de abandono. Se instauró una sanidad pública con hospitales y ambulatorios, se crearon 1.700 km. de carreteras, se impuso el uso generalizado del teléfono automatizado y se dotaron los puertos con faros y muelles en condición, impulsando además las exportaciones de azúcar y de algodón. Sin embargo, se denunciaron las prácticas desleales de la National City Bank, como su rechazo a pagar al gobierno de Haití los intereses del dinero depositado sobre sus cuentas, que eran transferidas a Nueva York. Tan solo cedió a partir de 1922, aunque tan solo pagando un 2 % en vez del 3,5 % acordado a otros; aquello supuso una pérdida de un millón de dólares en intereses.

En cualquier caso, esas marchas forzadas hacia la modernidad se hicieron a expensas de la democracia puesto que el senado fue disuelto y suprimido.

En 1929, con la crisis económica mundial, se produjo una reducción de las exportaciones agrícolas al tiempo que aumentaban las tasas y nuevas normativas eran aplicadas al campesinado. La protesta de los campesinos no se hizo esperar y fue sangrientamente reprimida en la localidad de Marchaterre por los Marines, causando más de 10 muertes. Aquello levantó muchas críticas y el presidente americano, Herbert Hoover, propuso al Congreso el envío de una comisión para operar un retiro de sus tropas fuera de Haití. Finalmente, el 21 de agosto de 1934, los norteamericanos abandonarían la isla aunque no cederían el control de las aduanas hasta 1946.

La Dictadura de los Duvallier

Hubo un retorno al viejo autoritarismo. Por dos veces, en 1946 y 1950, una junta militar aseguró la transición de poder: la primera vez en provecho de Dumarsais Estimé, que desarrolló los derechos de los negros y organizó la exposición internacional en diciembre de 1949; la segunda fue en octubre de 1950, cuando el ejército organizó las primeras elecciones con el sufragio universal, saliendo elegido el coronel Paul Magloire con un 99 % de los sufragios. Al término de su mandato, en diciembre de 1956, tuvo que exiliarse ante la amplitud de las huelgas.

El año de 1957 se caracterizó por una serie de golpes, atentados y escándalos. El presidente provisional Daniel Fignolé fue derrocado por el jefe del ejército que él mismo había nombrado un mes antes. En septiembre de 1957, el ejército volvió a organizar unas elecciones saliendo elegido el médico François Duvallier apodado "Papa Doc", gracias al apoyo de los negros que vieron en él el medio de poner fin al reinado de los mulatos.

Ya en funciones, Duvallier impuso una política represiva y alejó los oficiales que eran poco fiables del ejército, prohibiendo de paso los partidos de oposición e instaurando el "estado de sitio" permanente, al mismo tiempo que exigía del Parlamento la autorización para gobernar a golpe de decreto (31 julio 1958). El 8 de abril de 1961, pronunciaba la disolución del Parlamento.

François Duvallier consiguió capear dos intentonas golpistas contra él, uno en 1958 y otro en 1959. Temiendo una oposición por parte de la Iglesia Católica, decidió expulsar a varios sacerdotes y dos obispos que desaprobaban su despotismo. Fue, en consecuencia, excomulgado en 1961, y el contacto entre Port-au-Prince y el Vaticano no se retomó hasta cinco años después (1966).

El régimen de Duvallier se apoyó principalmente sobre una milicia paramilitar, los voluntarios de la seguridad nacional apodados los "Tontons Macoutes". Con esta guardia pretoriana personal, neutralizó al ejército, sembró el terror en todo el país y consiguió ahogar cualquier brote de resistencia. Tras rumores de complot en el seno del ejército, redobló la represión y las persecuciones proclamándose presidente vitalicio el 1 de abril de 1964. El mismo año, ordenó varias masacres contra las poblaciones campesinas, siendo la más famosa la "Masacre de las Vísperas Jeremianas". Hasta su muerte, ejerció una implacable dictadura salpicada por ejecuciones y masacres arbitrarias... En tan solo un año como 1967, se registraron nada menos que 2.000 ejecuciones.

En febrero de 1971, organizó un plebiscito para designar a su hijo, Jean-Claude, como su sucesor en el poder.

Numerosos haitianos tomaron la ruta del exilio, principalmente a Estados Unidos, Québec, La Martinica, La Guadeloupe y sobretodo La Guyana francesa.

A la muerte de "Papa Doc", el 21 de abril de 1971, Jean-Claude Duvallier alias "Baby Doc" que tan solo contaba 19 años de edad, accedió a la presidencia. Inició una tímida liberalización del régimen y se alienó una parte de la clase negra que había sostenido a su padre, al casarse con una mulata en 1980. Su régimen se hundió en la corrupción y la incompetencia. En enero de 1986, una sublevación popular le derrocó forzándole a exiliarse en Francia, y se procedió a una purga contra las personalidades comprometidas con el régimen anterior.

Sin embargo, la caída de los Duvallier no significó el fin de la dictadura. Una junta militar dirigida por el general Henri Namphy, tomó el poder. El ejército y los antiguos milicianos reprimieron sangrientamente todas las manifestaciones populares e intentaron asesinar a un sacerdote activista: el padre Jean-Bertrand Aristide. Las elecciones del 29 de noviembre de 1987 fueron interrumpidas por un grupo armado y organizaron unas nuevas elecciones en 1988 que fueron boicoteadas. El presidente Manigat disgustó a los golpistas y tuvo que exiliarse a los dos meses de ser elegido. Un nuevo golpe en septiembre de 1988, llevó al poder al general Avril. Gracias a las presiones internacionales y sobretodo a las exigencias de Estados Unidos, el general Avril tuvo que abandonar el poder en 1990 y exiliarse para dar paso a unas elecciones controladas por las Naciones Unidas.

Democracia y Populismo

El ex-sacerdote Jean-Bertrand Aristide, que se había convertido en el abanderado de la causa de los pobres, ganó las elecciones del 16 de diciembre de 1990 con un 67 % de los sufragios. Su llegada a la presidencia de la república haitiana devolvió algo de esperanza a los haitianos hasta que, el 29 de septiembre de 1991, es derrocado por una junta militar dirigida por el general Raoul Cédras, ayudado por la CIA y el gobierno de George Bush Sr. Aristide tuvo que refugiarse en EE.UU. mientras se producían masacres y exilios masivos, y las Naciones Unidas decretaban el embargo contra Haití.

Con Bill Clinton en la Casa Blanca, los EE.UU. y el consejo de seguridad de la O.N.U. intervinieron con el desembarco de 20.000 soldados americanos en Haití, el 19 de septiembre de 1994. El 15 de octubre siguiente, el presidente Aristide es restablecido en sus funciones de Jefe de Estado hasta que pasa el testigo a su sucesor René Préval, elegido presidente el 17 de diciembre de 1995.

El gobierno de Préval tendrá que hacer frente a una oposición constituida por sus antiguos aliados, y su mandato se verá salpicado por varios asesinatos políticos. En mayo de 2000, unas elecciones legislativas son organizadas, siendo vencedor Aristide como candidato a la presidencia con un 91 % de los sufragios, pero el escrutinio está lleno de irregularidades y boicoteado por la oposición. El país vuelve a sumirse en una situación más que confusa: el tráfico de drogas rebasa los récords señalados bajo la junta militar y la clase media no aprecia en absoluto al "pequeño sacerdote", reprochándole su carácter imprevisible y su influencia sobre las masas. A partir de 2001, grupúsculos sin constitución oficial atacan a los partidarios del gobierno de Aristide y éstos reaccionarán del mismo modo. La policía acabará por reprimir salvajemente a ambos partidos.

En 2003, la oposición se organiza bajo el nombre de "Grupo de los 184" y, con el apoyo de los estudiantes y pese a la represión de sus simpatizantes, Jean-Bertrand Aristide acaba por dimitir el 29 de febrero de 2004, bajo la presión militar franco-americana que constituye la vanguardia de una fuerza internacional enviada por la ONU, con la finalidad de restablecer el orden en la capital, y llamada la MINUSTAH.

Poco después de la marcha de Aristide, el presidente de la Corte de Casaciones de Haití, Boniface Alexandre, asume el intermedio en virtud de la Constitución. Aristide será acusado por los haitianos de todos los males del país, amén de un escandaloso enriquecimiento personal y de estar detrás de una serie de crímenes políticos, y se verá forzado a exiliarse en Sudáfrica.

Las elecciones convocadas el 7 de febrero de 2006, supervisadas por la ONU, darán nuevamente la presidencia a René Préval, vencedor en la primera vuelta. Del mismo partido que Aristide, Préval es designado como su sucesor, y varios fraudes son destapados favoreciendo la oposición, como las urnas favorables a Préval que fueron secuestradas y tiradas. Investido con los poderes presidenciales, Préval hará un llamamiento a la unidad nacional (13 de junio de 2006).

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HAITI: un recorrido por su trágica historia -1-

Posteado por: retratosdelahistoria el 24 ene En: Temas - 1 comentario

HAITÍ

Historia de una colonia que fue reino y república

Descubrimiento y colonización española

En su orígen, la isla de Ayití -Tierra de Altas Montañas- estuvo poblada por los Taïnos o Arawaks, pueblo semi-sedentario y pacífico. Cuando Cristóbal Colón se aproximó ante sus costas por vez primera, el 5 de diciembre de 1492, la isla contaba probablemente con un centenar de miles de habitantes.

Setenta días después de una travesía llena de peripecias, la indomable tenacidad de Cristóbal Colón fue finalmente recompensada: el 12 de octubre de 1492, abordaba una de las islas Bahamas llamada Guanahani y que bautizó como San Salvador. El 26 de octubre, descubría la isla de Cuba; el 6 de diciembre, echó el ancla en una bahía que llamó de San Nicolás descubriendo lo que más tarde se conocería como Haití.

Conquistado por el paisaje, la bautizó La Española. En su segundo viaje de 1493, fundó allí la primera ciudad europea del Nuevo Mundo, La Isabela, y se instaló en ella. Tras haber vencido a los cinco caciques que dirigían el país, los españoles sometieron a los autóctonos para emplearlos en trabajos forzados con la finalidad de extraer oro de las minas. En menos de 25 años, las poblaciones indígenas fueron diezmadas gracias a la brutalidad de la esclavitud y de las enfermedades importadas por los conquistadores.

A partir de 1503, el nuevo gobernador de la isla, Nicolás de Ovando, inició la importación de negros africanos esclavizados para reemplazar a los autóctonos, principalmente procedentes del reino de Dahomey. La trata de esclavos fue oficialmente autorizada por el rey-emperador Carlos I de España en 1517. Santo Domingo, ciudad del Sur de la isla, se convirtió en el puerto de salida de la colonización del Nuevo Mundo y los españoles importaron masivamente caballos, bovinos y cerdos que soltaron en plena naturaleza, no teniendo más interés que en el oro que podían econtrar. Ya en 1530, las minas parecieron agotarse y los colonos concentraron sus esfuerzos en la parte oriental de la isla, abandonando la zona Oeste.

Colonia Francesa

Es entonces cuando los franceses se interesaron por la parte occidental de la isla. A finales del siglo XVI, filibusteros galos se establecieron en la célebre isla de Tortuga, situada en el Norte, haciendo periódicas incursiones en la gran isla. Hacia 1625, los franceses ocuparon la zona Noroeste y ganaron progresivamente terreno hacia el Sur. Esos bucaneros se dedicaban a cazar a los animales asilvestrados para vender su carne y sus pieles.

Retrato del ministro Jean-Baptiste Colbert (1619-1693), según Mignard c.1667. / Abajo, retrato del Rey Luis XIV de Francia y de Navarra (1638-1715).

Bajo el impulso del ministro Colbert desde la metrópoli, y con su primer administrador Bertrand d'Ogeron nombrado en 1665, la colonia empezó a florecer, fundándose su primera capital en 1670: Cap-Français. Tras el Tratado de Ryswick (1697) y la subida al trono español del nieto de Luis XIV de Francia, Felipe V (1700), España abandonó sus pretensiones sobre la posesión del conjunto de Haití, tolerando la presencia francesa en la parte occidental. Ésta se convirtió, en primera instancia, en la colonia de Saint-Domingue. Sin embargo, hubo que esperar al Tratado de Aranjuez (1777) para que se oficializara la soberanía francesa sobre ese territorio.

En la colonia se cultivaba principalmente el tabaco y el índigo. Puesto que las explotaciones reclamaban mano de obra sobre pequeñas superficies, muchos franceses huyendo de la miseria se enrolaban por un plazo de 3 años a trabajar los campos sin percibir salario y, posteriormente, se instalaban sobre nuevas parcelas de tierra. A medida que fue aumentando la llegada de franceses desde la metrópoli, se desarrolló la trata de negros y se institucionalizó hasta el punto que, en 1685, se redactó el Código Negro (Code Noir), ordenanza de Luis XIV destinada a regularizar el régimen de esclavitud precisando los deberes de señores y esclavos. Las disposiciones siendo ya de por si severas, fueron ampliadas por los colonos, dueños de las plantaciones. La obligación de evangelización de los negros fue oportunamente menospreciada, asi como suprimido el descanso dominical obligatorio. A las penas capitales previstas en ciertos casos, los colonos añadieron la represión y las mutilaciones. El esclavo negro era marcado como el ganado, al hierro candente, cambiaba de nombre, abandonaba sus tradicionales vestimentas y hasta su lengua.

Retrato de una Negra, por la artista francesa Marie-Guillemine Benoist.

Pronto, la colonia de Saint-Domingue se convirtió en la más rica de las Antillas. A finales del siglo XVIII, el valor de sus exportaciones sobrepasaba el de los Estados Unidos (las 13 colonias británicas). Su prosperidad descansaba principalmente sobre la explotación de la caña de azúcar y del café que habían reemplazado el tabaco y el índigo, creándose las grandes plantaciones. A mediados de siglo, Saint-Domingue computaba unos 200.000 esclavos. En las vísperas de la Revolución Francesa de 1789, se empleaban cerca de medio millón de esclavos negros para servir a 32.000 blancos, añadiéndose a éstos 28.000 mulatos liberados.

Abolición de la Esclavitud e Independencia

Retrato del Ciudadano Belley, representante de las Colonias Francesas ante la Convención de París, en un cuadro fechado en 1797.

Los efectos de la Revolución Francesa se hicieron sentir prontamente en Saint-Domingue (Haití). Se produjeron estallidos de violencia mientras los colonos reclamaban una autonomía para la colonia y los mulatos perseguían la igualdad civil con los blancos.

En agosto de 1791, estalló la revuelta de los negros en la llanura del Norte: más de 1.000 blancos fueron degollados y sus viviendas incendiadas. Bajo el mando de sus jefes, entre ellos Toussaint Louverture, los negros pasaron de la revuelta a la guerra de liberación aliándose en primera instancia con los españoles de Santo Domingo, en guerra contra la nueva república francesa. Numerosos blancos, monárquicos, sostuvieron a británicos o españoles. Los comisarios de la Convención, guiados por su ideal y su necesidad de encontrar aliados, proclamaron entonces la libertad de los esclavos que sería refrendada el 4 de febrero de 1794 por la metrópoli, que extendió la abolición de la esclavitud a todas las colonias francesas.

Grabado representando al General François-Dominique Toussaint-Louverture (1743-1803).

Conciente de que solo la República era la que perseguía y garantizaba la liberación de los esclavos, Toussaint Louverture se alió a los republicanos en 1794. En cuestión de meses, encabezando un ejército de 20.000 negros, consiguió volcar la situación y liberó la mitad del territorio. En recompensa, fue nombrado general de división y vice-gobernador de la isla en 1796. En 1798, actuando como un gobernador, negoció directamente con los británicos la liberación de los puertos que aún ocupaban, demostrando así que él era el único jefe de la colonia. Impuso la supremacía de los negros sobre los mulatos en el curso de una guerra civil en 1800. Un año después (1801), extendió su autoridad sobre el conjunto de la isla al invadir la parte oriental española y al promulgar una constitución. Puso nuevamente en pie la economía de las plantaciones, instaurando los trabajos forzados y sin dudar en recurrir a los antiguos colonos, reprimiendo por la fuerza las protestas y sublevaciones de los negros.

Al hacerse nombrar gobernador vitalicio por la constitución del 12 de julio de 1801, Toussaint Louverture desafió a Bonaparte. Éste último respondió con el envío de la expedición de Saint-Domingue, con el pretexto de restablecer el orden. Sin embargo, al tiempo que los miembros de la expedición mandaban escribir sobre sus banderas "Valerosos negros, solo Francia reconoce vuestros derechos y vuestra libertad", el cuerpo legislativo se disponía a decretar la reanudación de la esclavitud en todas las colonias francesas. De hecho, Bonaparte, mediante un decreto secreto anterior a la expedición (25 de diciembre de 1800), había enviado a tres comisionados para restablecer el antiguo orden colonial con todo lo que ello implicaba.

La Independencia de Haití

La expedición de Saint-Domingue, compuesta por 30.000 hombres y dirigida por el General Leclerc -cuñado de Bonaparte-, llega a su destino el 29 de enero de 1802. A bordo de sus 86 navíos se encuentran los generales André Rigaud, Alexandre Pétion y Jean-Pierre Boyer, todos hombres de color oriundos de la isla.

Toussaint Louverture, que estaba al tanto de los proyectos de Bonaparte, dio orden a sus lugartenientes de llevar a cabo una guerra de exterminio contra los franceses. Las ciudades son incendiadas, los ríos envenenados desde sus fuentes. El 17 de febrero, el comandante del ejército galo desembarcado declaraba "fuera de la ley" a todos los jefes negros de la isla.

Ya desde su desembarco, los miembros de la expedición se habían presentado ante las puertas del puerto de Cap-Français (4 de febrero), que estaba al cargo de Henry Christophe. Éste rehusó cederles los fuertes y la plaza confiadas a su comandamiento sin previo permiso de Toussaint Louverture, escribiendo al general Leclerc: "Si tenéis la fuerza con la que vos nos amenazáis, os ofreceré toda la resistencia que caracteriza a un general; y si la suerte de las armas os es favorable, uds. no entrarán en la ciudad del Cap más que cuando esté reducida a cenizas, e incluso sobre sus cenizas seguiré combatiéndoos."

Cuando Leclerc desembarca, pese a la resistencia que oponen los habitantes y la milicia, Henry Christophe da la orden de incendiar la ciudad, la plaza fuerte y todos los edificios públicos.

Retrato del General Henry I Christophe (1767-1820), Rey de Haití entre 1811 y 1820.

Los negros resistirán pero tendrán que ceder ante el imparable avance de las tropas de Leclerc. A finales de abril, al precio de 5.000 bajas y de otros tantos heridos y enfermos, los franceses consiguen hacerse con toda la franja costera.

Los dos generales de Toussaint Louverture, Henry Christophe y Jacques Dessalines se rinden a Leclerc en abril y marzo respectivamente, forzando al primero a reconocer su derrota y firmar su rendición en mayo de 1802. En el trato, obtiene la autorización de retirarse en una de sus plantaciones situadas al Oeste de la isla, no lejos de la costa. Sin embargo, el 7 de junio es arrestado y deportado hacia la metrópoli, donde se cursará contra él orden de internamiento en el Fuerte de Joux, en la región del Jura, dónde moriría por culpa de los rigores del clima y de desnutrición el 7 de abril de 1803, tras haber profetizado la victoria de los negros.

Toussaint Louverture neutralizado, Leclerc decreta el desarme de la población e impone el nuevo orden a base de ejecuciones sumarias. Es entonces cuando los tres generales de color se distancian progresivamente de la expedición para acabar en el bando de los insurgentes, tomando conciencia que toda la operación francesa no tenía otro objetivo importante que el de restablecer al esclavitud en la isla.

Retrato del General Alexandre Pétion (1770-1818).

La revuelta estallaría de nuevo el 13 de octubre de 1802, liderada por Alexandre Pétion desde La Guadeloupe. Al mando de 550 hombres, consigue hacerse con el fuerte del Haut-Cap, desarma a sus soldados y salva a catorce cañoneros de ser degollados por sus hombres... El Ejército de los "independientes" se forma entonces. Los generales Geffrard, Clervaux y Christophe no tardarían en unirse a Pétion quien, curiosamente, cede a Henry Christophe el mando de la insurrección. Dessalines sería el último en unirse a los insurgentes y en el curso del congreso de L'Arcahaye (15-18 de mayo de 1803), éste dirige en su provecho la unidad del mando. Fruto de ese congreso nacería la primera bandera haitiana bicolor azul y roja inspirada en la francesa.

Retrato del General Conde Donatien Marie-Joseph de Vimeur de Rochambeau (1755-1813).

El 19 de noviembre de 1803, a la cabeza del ejército de indígenas y flanqueado por Henry Christophe, Dessalines impone al Conde de Rochambeau -cruel sucesor de Leclerc fallecido de fiebre amarilla en noviembre de 1802-, que utilizaba a toda una jauría de fieros perros cubanos entrenados para dar caza y comerse a los negros, la capitulación del Cap tras la derrota de los ejércitos franceses el día anterior, en la batalla de Vertières. Rochambeau no tendrá más opciones que ordenar la evacuación de la isla.

Tras la marcha de los franceses, Dessalines provocará casi de inmediato el linchamiento de la población blanca, salvando tan solo a sacerdotes, médicos, técnicos y algún que otro simpatizante de los negros. Devuelve a Saint-Domingue su nombre indio de Haití (Ayití) y proclama la República el 1 de enero de 1804.

De este modo nace la primera república negra y libre del mundo.

Sin embargo, y apenas creada, la república Haitiana se vio gravemente endeudada: Francia no estaba dispuesta a reconocer su independencia si a cambio no se le pagaba una indemnización de 150 millones de Francos-oro!

El Imperio de Dessalines

Temiendo el regreso de los franceses a la isla, Dessalines mandó construir cantidad de plazas fuertes. En octubre de 1804, tomó el título de emperador con el nombre y ordinal de Jacques I (Jaime I). Paralelamente, instituyó el francés como lengua oficial del Estado, a pesar de que la gran mayoría de la población no hablaba otra lengua que la criolla. Confiscó las tierras de los antiguos colonos, entregando las mejores a sus oficiales y su Constitución del 20 de mayo de 1805 prohibía terminantemente a los blancos tener propiedades. Deseando redinamizar la economía de la isla, instauró el trabajo obligatorio de los cultivadores con un reglamento mucho más duro que el de Toussaint Louverture, lo que provocó que el pueblo se sublevara de nuevo contra esa dictadura.

Jacques I es sorprendido por la noticia de la revuelta cuando se encontraba en Marchand, el 16 de octubre de 1806. Ignorando que Henry Christophe había sido proclamado jefe de la insurrección, le mandó una misiva para que se preparase a entrar en campaña. En otra misiva dirigida a Pétion, también implicado en la insurrección, ordenó que se marchase sobre los cayos con las tropas de la segunda división del Oeste.

El emperador de Haití, trahicionado por uno de sus jefes de batallón, caería en una emboscada en el Pont-Rouge, a la entrada de Port-au-Prince (Puerto Príncipe), y sería asesinado por uno de los generales a las órdenes de Alexandre Pétion el 17 de octubre.

Secesión y Nacimiento de la República Dominicana

Mientras reinaba la confusión en la parte occidental de la isla y se respiraban aires de secesión, los franceses que aún permanecían en la parte oriental de la isla fueron derrotados por los habitantes criollos hispanos dirigidos por Juan Sánchez Ramírez, en la batalla de Palo Hincado el 7 de noviembre de 1808.

La capitulación francesa se produjo en Santo Domingo el 9 de julio de 1809, y las autoridades reinstauraron la colonia apodándola "La España Boba" porque, después de haberse rebelado se había sometido nuevamente a la autoridad de España. Doce años después tuvo lugar la ruptura definitiva con la metrópoli y se proclamó independiente en 1821, como República Dominicana.

La Unidad Nacional

Tras el asesinato del emperador Jacques I Dessalines, el país se escindió en dos bajo la autoridad de sus antiguos generales: el negro Henry Christophe, elegido presidente con poderes limitados, intentó imponerse pero chocó frontalmente con el mulato Alexandre Pétion, que defendía la capital Port-au-Prince. Fracasado el intento, Christophe tuvo que retirarse al Cap-Haitiano, al Norte, dónde se autoproclamó presidente vitalicio mientras que en el Sur Pétion era elegido por el senado.

En 1810, Christophe impuso su autoridad por las armas a la región del Noroeste y, el 26 de marzo de 1811, se autoproclamaba "Rey de Haití" bajo el nombre y ordinal de Henry I (Enrique I). En consecuencia, creó una nobleza y mandó edificar varios palacios como el de Sans-Souci, asi como la ciudadela Laferrière no lejos de su capital. Retomó el sistema de las plantaciones distribuyendo las tierras a sus amigos cercanos e instaurando un "caporalismo agrario" para obligar a los campesinos a trabajar en ellas. En 1812, tuvo que reprimir un motín. El 15 de agosto de 1820, Henry I sufrió un ataque de apoplejía que le dejó parcialmente paralítico...

En cuestión de meses, estalló una nueva rebelión y, el 7 de octubre de 1820, abandonado por su guardia, el rey Henry I Christophe se suicidó disparándose una bala de plata.

En cuanto a Pétion, éste procedió a la redistribución de parcelas de tierra a un mayor número de personas, asegurándose asi una gran popularidad, y sostuvo en vano la rebelión del Noroeste contra Henry I Christophe.

Regresado del exilio, el general André Rigaud creó un estado en la península del Sur el 3 de noviembre de 1810 que Pétion, tras haberla reconocida durante un tiempo, consiguió derrocar tras suscitar una revuelta local el 7 de marzo de 1812.

En diciembre de 1815, Pétion dio asilo a Simón Bolívar, entonces convertido en fugitivo. Le proporcionó armamento a cambio de la promesa de abolir la esclavitud en el continente americano, cosa que haría el 6 de julio de 1816.

El 2 de junio de 1816, Pétion consiguió convertirse en presidente vitalicio tras cambiar la constitución pero, enfermo, pensó dimitir y retirarse. No hubo tiempo: el 29 de marzo de 1818 fallecía.

Pétion sería sucedido por el comandante de su guardia, Jean-Pierre Boyer, quien se impuso al senado y se hizo elegir presidente. Aprovechando la insurrección contra el rey Henry I Christophe en octubre de 1820, Boyer aprovecha la ocasión para invadir el Norte y anexionar el reino haitiano a la República (26 de octubre).

En 1821, habiendo la parte oriental de la isla vuelto a su estatus de colonia española, se sublevó para proclamar su independencia como República Dominicana el 1 de diciembre. Aprovechando la oportunidad y la llamada de algunos insurgentes, Boyer invadió el país nueve semanas después de que se proclamase independiente, entró en Santo Domingo el 9 de febrero de 1822 y anexionó el Este de la isla a la República de Haití.

La ocupación militar haitiana duró 22 años, hasta la caída de Boyer, y permanece a ojos de la historia dominicana como un período de brutalidad, aunque en verdad su realidad era mucho más compleja. Durante esos 22 años, se hicieron masivas expropiaciones y reformas agrarias para poder exportar sus productos, se instauró el servicio militar obligatorio, se restringió el uso de la lengua española y se eliminaron costumbres tradicionales como las peleas de gallos. Con la represión, la brutalidad y la imposición de Boyer, se reforzó el sentimiento nacional de los dominicanos que, paulatinamente, empezaron a desmarcarse de los haitianos en cuestión de lengua, de raza, religión y costumbres. Ese período sirvió sin embargo para eliminar definitivamente la esclavitud en esa parte de la isla.

El Reconocimiento de Independencia de Haití

En 1814, el rey Luis XVIII de Francia envió a tres emisarios a Saint-Domingue: la misión Dauxion-Lavaysse, Draverman ante Pétion y Franco de Medina ante Henry I Christophe para que reconocieran su autoridad y soberanía. Para algunos, esas misiones tenían el objetivo de restablecer la esclavitud, lo cual escandalizaba, mientras que para otros tan solo se trataban de misiones de espionaje. La intentona francesa se tradujo en la condena a muerte de Franco de Medina.

Una segunda misión en 1816, propondrá a Pétion el título de gobernador de la isla bajo protectorado francés. La propuesta no agradó y los emisarios Fontanges y Esmangard fueron expulsados. Las infructuosas intentonas se sucedieron hasta un total de 10 misiones oficiales entre 1816 y 1823.

Boyer propuso una indemnización a los antiguos colonos a cambio del reconocimiento de la independencia de Haití. Las negociaciones se arrastraron sin llegar a un acuerdo. El nuevo rey Carlos X utilizó entonces la fuerza: el 17 de abril de 1825, firmaba un decreto que "concedía" a la isla su independencia a cambio del pago de una indemnización a Francia de 150 millones de Francos en oro. Al mismo tiempo, mandaba a la isla una flota de guerra de 14 navíos para amedrentar al haitiano.

El pago exigido por Francia suponía una década de recaudamiento fiscal del país, pero Boyer aceptó el trato. Desde 1826, Haití fue reconocida como nación independiente por casi todos los países a excepción de Estados Unidos. Boyer tuvo que crear un impuesto especial que le convirtió en impopular, y negoció un préstamo de 30 millones al tiempo que reclamaba una reducción de la deuda nacional. Ésta fue finalmente reducida a 90 millones y con un plazo de 30 años, en febrero de 1838.

Gran legislador, Boyer hizo ratificar un código rural el 1 de mayo de 1826 que instauraba un "caporalismo agrario" y "la corvée" que servía para el mantenimiento de carreteras y caminos, y a los que estaban obligados todos los haitianos sin percepción de una remuneración por ello.

En enero de 1843, el Sur de Haití se sublevó. Derrotado por los rebeldes, Boyer abdicó y se exilió el 13 de febrero de 1843.

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