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Categoría: Reyes de España

Carlos I-V de Austria: grandezas y miserias de un rey-emperador

Posteado por: retratosdelahistoria el 29 abr En: Reyes de España Apuntes Austria - sin comentarios

CARLOS I DE ESPAÑA & V DE ALEMANIA, 1500 - 1558

"las pequeñas miserias de un gran monarca"

Carlos I de Austria (1500-1558), Rey de las Españas, de las Indias y Emperador del Sacro Santo Imperio Romano Germánico, que en Alemania llevaba el ordinal de Carlos V y era comúnmente llamado "Carlos Quinto", tuvo por progenitores al archiduque Felipe "el Hermoso" de Austria y a la Infanta Juana "la Loca" de Aragón y de Castilla que, a la larga, también fueron reyes de Castilla-León... que no de Aragón y de sus reinos del Mediterráneo, ya que aún vivía y coleaba el abuelo materno Don Fernando II de Aragón, viudo de la catolicísima abuela Doña Isabel I de Castilla.

La familia Imperial de Austria: el Emperador Maximiliano I junto con su heredero el archiduque Felipe I "el Hermoso", su nuera la Infanta Juana de Aragón y de Castilla, y los hijos de éstos entre los que se distingue claramente al joven archiduque Carlos de Austria.

Nació pues la noche del 24 de febrero de 1500, en medio de nauseabundos y pestilenciales perfumes, ya que su augusta y esquizofrénica madre lo parió en un retrete cuando se celebraba una fiesta en el palacio de Gante. Sus padres se llevaban a matar: Felipe "el Hermoso" era un putero incorregible que andaba ya amargado por los enfermizos ataques de celos de Juana, haciéndole ésta la vida imposible con sus ataques de histeria y sus reproches en público.

Educado por su tía paterna la archiduquesa Margarita de Austria, viuda por dos veces, y por el cardenal Adriano de Utrecht -que a la postre se convertiría en papa-, Carlos de Austria creció como un adolescente inicialmente apático, bonachón, maleable, preso de iniciales ataques epilépticos, mentalmente retardado, inútil en idiomas y pésimo en matemáticas. Se dijo también que era de carácter grave, flemático, algo indeciso, pacífico, aparentemente frío, de alma templada y religiosa, que gustaba de la soledad, poco amigo de la risa, bastante avaro y rencoroso, y siempre reacio a conceder favores. A esas apreciaciones se unen un defecto físico embarazoso: una mandíbula inferior salida, un prognatismo heredado del lado paterno que, a la hora de comer, transforma el placer de deglutir en trabajo tedioso y enervante, incapaz de masticar correctamente, por lo que las indigestiones y las indisposiciones se convierten en su pan de cada día. El caso es que, al tener la mandíbula tan salida, su manera de hablar adquiría tintes duros, secos... Le era difícil cerrar la boca, y siempre andaba abierta dándole un aspecto alelado. Sin embargo, dicho defecto no impidió al personaje darse unos atracones de órdago en la mesa a lo largo de sus 58 años de vida.

Tenía dos fobias incontrolables: hacia las arañas y los ratones. Ver arácnidos y roedores le producía auténtico terror.

Busto del archiduque Carlos I de Austria realizado en Flandes en 1518, cuando tenía entre 17 y 18 años.

Aunque su aprendizaje fue lento, Carlos consiguió expresarse en perfecto francés, además de hablar el flamenco, su lengua natal. En cuanto al castellano y el alemán, los aprendió sobre la marcha y tardíamente. Sintió pronta afición por la música (su gran pasión), la lectura y los relojes, asi como por el arte (prueba de ello son su amistad con los pintores Tiziano y Lucas Granach), la historia... y en menor medida por la cartografía y los instrumentos científicos de su tiempo, la filosofía y la astronomía.

Su principal entretenimiento era la caza que, con la edad, fue en aumento. Y por lo que se refiere a los juegos de salón o de azar, los detestaba.

Retrato del rey-emperador Carlos I de España y V de Alemania en 1533.

A diferencia de su padre, Carlos supo dominar muy bien sus impulsos sexuales. En su época de juventud tan solo se le conoce una aventura con la noble flamenca Margrethe Van Geist, cuando tenía 21 años y se encontraba en Flandes. De ese escarceo juvenil nació en 1522 Margarita de Austria, su única hija bastarda a la que reconoció enseguida y que, llegado el día, sería la progenitora del célebre Alejandro Farnesio. Más tardía fue su aventura con la joven y bella Barbara Blomberg, siendo ya viudo de la bellísima reina-emperatriz Isabel de Portugal (desde 1539), naciendo de aquellos otoñales amores un hijo bastardo llamado Don Juan de Austria (1547).

Cuando murió su abuelo materno el rey Fernando II de Aragón, Carlos se convirtió en el nuevo rey de las Españas con el ordinal de Carlos I y con tan solo 16 años, aunque en realidad se vio asociado al trono de su madre la reina Juana I "la Loca", auténtica reina propietaria que, por entonces, ya no se dominaba y andaba recluída. Sus inicios como soberano inexperto rodeado de una cohorte de nobles flamencos ambiciosos, no mejoró en nada su imagen en sus nuevos reinos ibéricos. Que fuera en Castilla, en Aragón o en Cataluña, la impresión que dio a sus súbditos fue nefasta y no sólo porque no supiera ni una palabra de castellano o de catalán.

En febrero de 1525, cuando resulta vencedor en la batalla de Pavía y es derrotado y hecho prisionero el rey Francisco I de Francia (la noticia llega a la corte española en mayo), Carlos I se enfrenta a un acuciante problema pecuniario: debe 14 meses de paga a los 6.000 lansquenetes de la guarnición de Pavía, 5 meses a los 25.000 soldados reclutados por el Condestable de Borbón, 7 meses a los soldados de infantería españoles y 2 años a los caballeros!!! ¿el oro de las Américas? Había servido en parte para sobornar a los electores alemanes para que le concedieran la corona imperial en 1520 y, por otro lado, para ir a parar a los cofres de los banqueros flamencos a los que ya se les adeudaba mucho. La falta de liquidez fue una constante para el gobierno del rey-emperador y el oro de las minas Americanas tan solo servía para tapar agujeros, agujeros que no paraban de multiplicarse y agrandarse por culpa de las interminables campañas bélicas europeas y porque en el imperio donde no se ponía el sol siempre habían múltiples frentes que atender y mantener. Por eso, durante todo su reinado, Carlos I-V tuvo que lidiar con las cortes de sus reinos como un insistente pedigüeño, para obtener los fondos necesarios para cubrir gastos.

El rey-emperador Carlos I-V junto con su primogénito Felipe II, en el que abdicó las coronas castellano-aragonesas cediéndole todas las colonias de ultramar y parte de sus posesiones europeas.

Hasta los 28 años, Carlos I-V de Austria gozó, relativamente, de buena salud. Después de esa edad, empezaron las molestias: ataques de asma y de gota que llegó incluso ésta a inmovilizarle durante semanas. A esos males se unieron las hemorroides, las hernias, las ictericias... El rey-emperador envejeció prematuramente, por lo que a sus 48 años ya parecía un sesentón desilusionado y derrotado por tantas contrariedades. Su sueño de crear un imperio unido y en paz se vio truncado por la Reforma de Lutero, las intrigas de los papas y los nacionalismos de un Enrique VIII y de un Francisco I. Con la espalda arqueada, la respiración entrecortada, teniendo que echar mano de un bastón para ir de un cuarto a otro, sufría con demasiada frecuencia de esa gota que era capaz de arrancarle los alaridos más terroríficos, hasta el punto de oír sus espeluznantes gritos en las habitaciones que se encontraban debajo de las suyas. Cuando empeoraban sus ataques, se le hinchaba la lengua, escupía flemas viscosas y se le atrofiaba el paladar, y las recetas supuestamente curativas de los médicos no contribuían a una mejoría, como tampoco su desmedido amor a la comida.


Retirado en Yuste tras abdicar en su primogénito Felipe II, Carlos I-V pasó sus últimos años viviendo en un palacio de 8 habitaciones adosado al monasterio, cuyos interiores fueron austeramente decorados y donde predominaba el negro en cortinajes y paños. Desde que había enviudado, el rey-emperador no había vestido otra cosa que trajes de luto en seda, a menudo ribeteados de armiño o de pelo de cabrito. Para desplazarse de una estancia a otra, utilizaba una silla con ruedas y, para descansar, otra fija cubierta de almohadones y con alargos para descansar en alto las piernas. Aunque aquejado de mil males y con las extremidades muy deformadas por la gota y los reumatismos, murió de fiebre palúdica el 21 de septiembre de 1558, a las 2 de la madrugada
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LOS 3 ERUCTOS DE LA PRINCESA DE ASTURIAS

Posteado por: retratosdelahistoria el 24 abr En: Citas Reyes de España Apuntes - sin comentarios

TRES ERUCTOS POR RESPUESTA

El Duque de Saint-Simon, embajador extraordinario de Francia en la corte española, se despedía de la entonces Princesa de Asturias, Luisa Isabel de Orléans, a la que había acompañado hasta Madrid para casarla con Don Luis, primogénito y heredero del rey Felipe V, en una solemne ceremonia. La flamante esposa del heredero del trono estaba entonces en pie, engalanada bajo un dosel, las damas a un lado y los Grandes de España al otro. El duque hizo sus tres reverencias de rigor, dijo un cumplido a la princesa y calló, esperando en vano una respuesta de ésta. Al ver que no decía nada y para romper un silencio incómodo, Saint-Simon le preguntó a Luisa Isabel si deseaba transmitir algún mensaje al rey de Francia, a la Infanta Mariana Victoria y a sus padres los Duques de Orléans. La Princesa de Asturias le miró y, por toda respuesta, le soltó un sonoro eructo dejando confundido al duque. Toda la corte enmudeció, atónita. Al primero le sucedió un segundo, igual de ruidoso provocando la risa floja entre toda la asistencia. Finalmente, la princesa soltó un tercer y estruendoso eructo, más fuerte que los dos anteriores, dando lugar a que todos los cortesanos, incluído el duque, estallasen en sonoras carcajadas y salieran corriendo de la estancia mientras se desternillaban, sin que la nuera del rey de España perdiera ni un ápice de su serenidad.

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LOS BORBONES: LUIS I, 1707-1724

Posteado por: retratosdelahistoria el 17 mar En: Biografías Reyes de España - sin comentarios

Luis I, el Bien Amado, 1707-1724

Rey a los 16 años por la abdicación de su padre, Luis I tuvo una infancia triste y bastante solitaria y una constitución física endeble y enfermiza. Lo casaron con una indeseable y murió de viruela, a los 17 años.

 Fue el primogénito de Felipe V y de su primera esposa, María Luisa Gabriela de Saboya. Recibió el nombre de Luis en homenaje a su bisabuelo, el Rey Sol.

Siguiendo la tradición, fue educado hasta los siete años por mujeres. A esa edad su padre le puso su propio cuarto para que fuera servido únicamente por hombres. El rey también ordenó que empezara a ser tratado como Príncipe de Asturias aunque era sistemáticamente ninguneado por su madrastra, Isabel de Farnesio.

La reina odiaba a los hijos mayores de su marido tanto como quería proteger a los suyos; de ahí que hiciera correr el rumor de que tanto Luis como Fernando eran unos chicos débiles y enfermizos, que no vivirían mucho.

 Retrato de Luis de Borbón y Saboya, Príncipe de Asturias (1707-1724), como novicio de la Orden del Espíritu Santo, según el pintor A.R. Houasse.

Luis permanecía semiencerrado en el palacio del Buen Retiro. El pueblo, que apenas lo veía, se preguntaba qué motivos le impedían mantener contacto con sus súbditos. Como las noticias que les llegaban sobre él estaban relacionadas con su afición a la caza, les preocupaba que, siendo un chico enfermizo, le permitieran que anduviese de cacería por las heladas montañas de la sierra madrileña. Uno de los pasatiempos del infante cuando salía de excursión era matar culebras,por las que Isabel de Farnesio sentía auténtica aversión y por lo único que le felicitaba.

Sus otras diversiones consistían en asistir a representaciones teatrales hechas siempre por hombres, que se celebraban con motivo de la onomástica de algún miembro de la Familia Real, y salir por la noche con sus criados disfrazado de chulapón.

Estas escapadas no eran del todo inocentes, pues las aprovechaba para robar fruta y calar melones de las huertas aledañas al Buen Retiro, con el consiguiente disgusto de los hortelanos, y ya en plena pubertad para visitar casas de prostitutas situadas en los arrabales madrileños.

Físicamente, Luis se parecía a los Habsburgo, y de carácter era exageradamente tímido. Para demostrar a su hermano Fernando lo mucho que lo quería le regaló la Casa de Campo de Madrid para que pudiera cazar a sus anchas. Los infantes eran conscientes de que estaban muy solos. Isabel de Farnesio, que llevaba las riendas de la familia y la política, les hacia el vacío impidiéndoles el contacto con su padre.

Retrato de la Princesa Luisa-Isabel de Orléans (1709-1742), Princesa de Asturias y posteriormente Reina de España y de las Indias, según el pintor Jean Ranc.

El 20 de enero de 1722, a los 15 años, el Príncipe de Asturias se casó con Luisa Isabel de Orleans. en el castillo del duque del Infantado, en Lerma. La novia fue elegida según los intereses de Isabel de Farnesio y como cabía esperar, el matrimonio fue un auténtico fracaso.

Para conocer los motivos del desastre hay que retrotraerse a lo que era la Corte francesa, la más depravada y corrompida del siglo XVIII. El regente, Felipe II de Orleans (1674-1723) -en el retrato contiguo debido a Santerre-, fue un libertino y abyecto personaje que se había casado, contra la voluntad de su madre, con la bastarda de Luis XIV mademoiselle de Blois. La pareja tuvo cuatro hijas y un hijo, Louis de Orleans, que, sin ser un santo no llegó a ser tan pervertido como su famoso padre.

Las hijas del regente eran la duquesa de Berry, con quien el duque de Orleans mantenía supuestamente relaciones incestuosas. Le seguía Luisa Adelaida, lujuriosa abadesa de Chelles. La tercera, mademoiselle de Valois, se fugó con el duque de Richelieu estando prometida al príncipe del Piamonte. Después de la escapada la casaron con un primo segundo del duque de Módena, a quien abandonó, siguiendo los consejos de su hermana mayor, para regresar a París y seguir divirtiéndose.

La menor, Luisa Isabel, tratada como mademoiselle de Montpensier, llegó a España con apenas 12 años. Según su abuela, la joven "tenía los ojos bonitos, la piel blanca y fina, la nariz bien hecha y la boca pequeña; sin embargo, es la persona más desagradable que he visto en mi vida" matizaba finalmente.

Como Luis y Luisa Isabel eran unos niños se esperó un tiempo prudencial para que consumaran el matrimonio, permitiendo que en su primera noche de casados, validos y confesores los vieran juntos en la cama.

El 10 de enero de 1724, el Príncipe de Asturias fue proclamado rey por la abdicación de Felipe V. Al nuevo monarca, de 16 años, le faltaba adquirir una formación adecuada. Quienes lo conocían proclamaban sus buenas cualidades, pero a su vez eran públicas su timidez, su lentitud y su pereza, heredada de su padre. Su primera decisión consistió en restablecer la etiqueta de los Austria, que había sido suprimida por su progenitor. Por lo demás, se dedicaba a hacer las mismas travesuras que cuando era Príncipe de Asturias.

En cuanto a Luisa Isabel, su templanza desapareció el mismo día que se vio convertida en reina. Desde ese momento su desenfreno no conoció límite. La Soberana trataba a su marido con desdén, desoía los consejos que le daba y sentía un desprecio total y sistemático hacia la etiqueta y el sentir de los españoles.

Luisa Isabel apenas se aseaba, paseaba por palacio, en bata o camisón, exponiendo su desnudez a servidores y visitas. Su mayor entretenimiento era lavar ropa en público y limpiar los cristales y azulejos de las galerías del Buen Retiro. Coqueteaba sin reparo con los miembros de la guardia y los cortesanos. Actuaba tan escandalosamente que el rey no permitía que lo acompañara a ningún sitio.

Luis llegó a sentir tal aversión por su esposa que se alejó de ella. Además, le llegaron comentarios de la íntima amistad que la reina mantenía con Lady Kilmarnock, una de sus damas, mujer intrigante y ambiciosa, a quien culpaban del proceder de la soberana. Lady Kilmarnock aconsejaba a su señora a tenor de su propio beneficio y era la causante de que la reina abusara habitualmente del alcohol.

Retrato de Luis I, Rey de España y de las Indias (1707-1724), según J. Ranc.

El malestar del monarca ha quedado reflejado en las cartas que dirigía a su padre. "La reina, como de costumbre, no tiene sobre su cuerpo más que el camisón. Anoche, cuando fui a cenar con ella, estaba tan alegre que me pareció que se encontraba borracha". En otra misiva le dice: "Esta mañana la reina ha acudido a San Pablo en bata y después de almorzar bastantes tonterías -se alimentaba de ensaladas- se ha ido a lavar pañuelos".

Más ejemplos sobre lo mismo: "Después de comer, la reina se ha puesto la bata y de esta forma se ha asomado a la gran galería de cristales desde donde la veían de todas partes lavando azulejos. No veo otro remedio que encerrarla y destinar a su servicio las personas que yo considere. Estoy desolado porque no sé lo que me espera".

Como las etapas de lucidez de Felipe V eran efímeras, Isabel de Farnesio se ocupaba de responderle. "Espera y da un tiempo a la reina para ver si entra en razón". Luis terminó por prohibir a su mujer que saliera de sus habitaciones, a las que sólo tenía acceso el personal de servicio designado por él. Luisa Isabel lloraba y gritaba como una niña consentida cuando no le dan un capricho, pero el rey se mantuvo firme y se planteó pedir al Papa que anulara su matrimonio.

La viruela, una de las enfermedades más temidas, puso fin a la vida del joven Luis I. En carta a su padre, el 19 de agosto de 1724, escribía: "Voy a acostarme porque estoy ronco. Esta mañana he tenido un pequeño desvanecimiento, pero ya estoy mejor".

Isabel de Farnesio, frotándose las manos, pidió al doctor Huyghens un informe sobre el mal que aquejaba el rey. El médico le aseguró que se trataba de un fuerte constipado, pero el 21, en el cuerpo del monarca afloraron granos y pintas. El diagnóstico fue viruela benigna, por lo que lo aislaron. Luisa Isabel, que tan mal se había comportado, permaneció al lado de su marido hasta el 31 de agosto de 1724, cuando el corazón le dejó de latir. Había cumplido 17 años el 25 del mismo mes.

A su muerte, el monarca fue enterrado vestido de gala, con casaca y calzones de raso y oro, con vueltas escaroladas, corbata y sombrero, bastón y espada. Sobre su pecho descansaba el Toison de Oro y el cordón del Espíritu Santo.

Luisa Isabel de Orleans, contagiada de viruela, pasó los primeros días de viudez totalmente sola. Tenía al pueblo en contra y se llevaba a matar con sus suegros. Dadas las circunstancias y sumándose a éstas un conflicto diplomático entre las cortes de Madrid y Versailles, Felipe V (presionado por la reina Isabel) decidió buenamente devolver a la joven reina-viuda a la frontera para que regresara a casa de sus padres. Una vez en territorio francés, la reina-viuda decidió instalarse en un convento de París y de ahí pasó a instalarse espléndidamente en el palacio de Luxemburgo, donde llevó una vida de desenfreno y murió en 1742, alcoholizada y cubierta de deudas.

LUISA ISABEL DE ORLÉANS,

LA REINA EXHIBICIONISTA

De Alejandra Vallejo-Nagera in "Locos de la Historia"

Luisa Isabel de Orleáns y Borbón se despide de Francia cuando la obligan a casarse con su sobrino Luis, por entonces Príncipe de Asturias y aspirante al trono de España. Al poco de llegar la princesa, que todavía es una niña, se dedica a eructar y ventosear en público, se niega a hablar, presenta una peculiar tendencia a comer a escondidas dulces y también rábanos que flotan en gran cantidad de vinagre. Al principio los españoles piensan que sus extravagancias acaso estén à la mode en Versalles o en el Palais Royal, donde ella se ha educado y donde se estilan conductas harto antojadizas; por eso, en los primeros meses, la recién llegada es observada igual que si fuese un mono de feria. Pero a medida que pasa el tiempo Luisa Isabel pinta maneras cada vez más estrafalarias, con persistente inestabilidad psíquica, abandono personal y descontrol de los impulsos. (....)

Sin embargo, al apreciar el escenario desde una perspectiva más amplia no cabe más remedio que entregar a Luisa Isabel la condescendencia que merece y que jamás obtuvo. De entrada, por su organismo corre el mejor pasaporte al país de la locura: endogamia galopante, carencia afectiva, ambiente educativo incoherente, entorno excéntrico y, lo peor, una grave psicosis con la que algunos parientes contaminan a otros. A esto se añade que, siendo todavía una niña, se ve empujada a asumir el papel de reina. Desde tiempo inmemorial llevan casándose entre sí los ancestros de Luisa Isabel, sus abuelos (varones) son hermanos, sus padres son primos hermanos, cada célula de su cuerpo podría ser considerada prima carnal de la contigua.

PERTURBACIONES FAMILIARES

Todo ello da lugar a los desarreglos característicos de la endogamia perseverante, pero en el caso de la reina Luisa Isabel, además, tales desórdenes genéticos se acompañan del entorno menos propicio para una princesa destinada a reinar. En su abuelo materno, Luis XIV, se mezclan gigantescas virtudes con un perfeccionismo obsesivo e indudables síntomas de trastorno narcisista. La rama paterna (padre, abuela y abuelo) también exhibe un abigarrado escaparate de perturbaciones; el muestrario no tiene desperdicio: desconexión social, impulsividad, hipercompensación narcisista, intolerancia, crueldad, alcoholismo, depravación sexual, violación de normas, excentricidad, histrionismo y falta de empatía. (...)

Cuando Luisa Isabel visita a Felipe V en su retiro de La Granja, se dedica a corretear por los jardines en fino camisón, buscando que el viento lo levante y muestre la carne interior a los ojos de cualquiera que esté mirando. Felipe V tiene la mala suerte de ser uno de estos espectadores, ni que decir tiene el soponcio que se lleva y cómo le azota la conciencia de pecado mientras, en la cámara contigua, la reina Isabel se da golpes en el pecho y exclama: «Hemos hecho una terrible adquisición».

Una de las características del síndrome psíquico que padece Luisa Isabel [trastorno límite de personalidad] es la intolerancia a estar sola o a sentirse abandonada por las personas de las que depende afectivamente; en el caso de la joven soberana ocurre al fallecer su padre en Francia. En situaciones de orfandad emocional estos enfermos se precipitan a vengarse, a cometer actos destructivos y a sentirse en permanente confusión consigo mismos; exhiben verdaderas dificultades para controlarse.

En líneas generales, estos pacientes desconocen los límites; por ejemplo, Luisa Isabel es sorprendida en repetidas ocasiones con tres de sus camaristas, todas desnudas, embebidas en un juego conocido con el grosero nombre de broche-en-cul, lo cual significa, en una traducción libre, «palo en el culo». La distracción en discordia consiste en agredirse con un bastón, teniendo las manos y los pies atados, hasta hacer rodar al contrincante y reírse luego con lo complicado que le resulta recuperar de nuevo la verticalidad. Los testigos han de taparse el rostro para no ver las partes pudendas de la reina revolcándose por el pavimento junto a las de otras tres individuas de hechura parecida. (...)

Sin embargo, en sus vaivenes emocionales drásticos, Luisa Isabel pasa de la afrenta a un pavoroso arrepentimiento, con terribles sentimientos de culpa y lesión a su autoimagen; se ve malvada o profundamente desgraciada, en especial cuando vislumbra la amenaza del abandono; en momentos así se aferra a quien la regaña, estableciendo una relación de sumisión y compulsiva dependencia. Por ejemplo, el día en que el rey Luis la reprende severamente «haciéndole leer una lista escrita de todas sus excentricidades y anunciando que su paciencia se había agotado», ella inmediatamente se hinca de rodillas y suplica perdón y ayuda. Jura un propósito de enmienda, asegura que a partir de ese momento será una buena reina. (...) Pero como todos los que padecen su mismo trastorno, la reina no es consciente de lo que hace ni por qué lo hace, no controla las consecuencias de sus actos, lo único que sabe es que no puede evitar transgredir permanentemente las reglas. En el aseo personal, en la higiene alimenticia o en el decoro al vestirse encuentra campos disponibles para sus misiles personales. Igual que le sucediese a su padre, aunque por razones distintas, Luisa Isabel se echa en los brazos del escándalo. De este modo los españoles ven a su soberana salir al pasillo en camisón y atravesar a galope corredores y jardines llevando solamente una camisa de fina tela que deja entrever sus formas.

UNA FINA ENAGUA

Se presenta ante toda la corte sucia y maloliente, se niega a utilizar ropa interior e intenta provocar al personal exponiendo sus partes vergonzantes de un modo sibilino. Una de las anécdotas que más ceban su maltrecha fama ocurre en el jardín de palacio.La Reina lleva puesta nada más que una fina enagua cuando, de pronto, se le ocurre encaramarse en lo alto de una escalera de mano que apoya sobre el tronco de un manzano. Desde allí arriba pide socorro a grandes voces. Uno de los mayordomos acude en su auxilio, encontrándose de bruces con las posaderas de su majestad. El mariscal Tessé manda un informe detallado a Francia: «Estaba subida en lo alto de una escalera y nos mostraba su trasero, por no decir otra cosa. Creyó caerse y pidió ayuda; Magny [el mayordomo] la ayudó a bajar delante de todas las damas, pero, a menos de estar ciego, es evidente que vio lo que no buscaba ver y que ella tiene por costumbre mostrar libremente».

Como es habitual en estos enfermos, ella también oscila de un extremo a otro en sus relaciones interpersonales, incluso varias veces al día, pasando de la euforia a la depresión, de la credulidad a la desconfianza paranoide, del amor al odio, del apego al desdén. Los espías franceses cuentan que el matrimonio se las apaña bien a veces: «Nuestro amor aumenta de día en día y yo procuro satisfacerla», escribe el candoroso príncipe, pero simultáneamente y sin aviso previo se matan entre sí. (...)

Es habitual en los enfermos como Luisa Isabel la adicción a sustancias que alteran la conciencia. La reina de España se niega a tocar la comida en la mesa, pero luego se esconde y engulle de modo compulsivo todo lo que encuentra a mano, sea o no comestible. Riega su bulimia con vino, cerveza y aguardiente, modificadores del estado anímico a los que se vincula casi a diario. El personal de palacio se ha acostumbrado a verla borracha y tiene orden de vigilar de cerca lo que ingiere; se registra que, en una única sentada, engulle un potaje con guarnición y su caldo, dos clases de carne de cuatro libras cada una, dos huevos frescos, dos platos de asado con su correspondiente ensalada y, como colofón, se zampa cuatro clases de dulces. Por todos lados llueven los comentarios: «Se ha llenado de rábanos y de ensalada con vinagre, que no sé cómo no revienta, pero por comer se pierde tanto que hasta come el lacre de los sobres», declara el marqués de Santa Cruz a Felipe V.

La vorágine psicológica en la que Luisa Isabel se halla inmersa se agrava en semanas. Nadie a su alrededor sabe ayudarla; todo el mundo la observa, cuchichea o se ríe de ella. Las murmuraciones circulan con anécdotas picantes, cada día se presenta con una fechoría más grave aún que la anterior. A la desnudez en público se suma, de la noche a la mañana, una nueva y extraña obsesión por la limpieza; la Corte ve a su soberana afanarse en el lavado de pañuelos, cristales, baldosas, azulejos y tejidos de toda índole. La comezón limpiadora la empuja a pedir una bañera en la que pasa dos horas frotando ropa con manchas inexistentes.(...)

El punto álgido de su desequilibrio mental tiene lugar en una recepción pública. Los súbditos allí presentes ven atónitos cómo la soberana se desnuda, agarra su vestido y se afana en limpiar con él los cristales del salón. El bochorno es general y la chismografía vuela por los pasillos y atraviesa los jardines; ya nadie tiene duda de que la soberana de España ha perdido el juicio. El rey Luis, destrozado, escribe a su padre: «De suerte que no veo otro remedio que encerrarla lo más pronto posible, pues su desarreglo va en aumento».

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EL INFANTE DON LUIS -2-

Posteado por: retratosdelahistoria el 22 nov En: Biografías Reyes de España - sin comentarios

EL INFANTE DON LUÍS DE BORBÓN

1727-1785

-IIª Parte-

El Cuarto del Infante Don Luis

El infante tenía a su servicio, desde los 7 años, lo que se conocía como "el Cuarto del Infante", pequeña corte dotada de una numerosa servidumbre nombrada por el rey o directamente por don Luis, y en la que habían capellanes, médicos, sangradores, cirujanos, tapiceros, sastres, pintores, escultores, relojeros, arcabuceros, cerrajeros, etc., así como un buen número de personal para proveer de todo lo necesario para la caza de Su Alteza Real.

Desde 1757, el pintor genovés Francesco Sasso fue profesor de dibujo del Infante Dn. Luis en el Palacio de La Granja de San Ildefonso (Segovia). Tras la muerte de la reina viuda Isabel de Parma, Sasso pasó al servicio de Don Luis como su pintor de cámara. También gozaron de su protección Jacinto Gómez Pastor, Manuel de La Cruz, Antonio Giovanni Barbazza, Charles J. Flipart, Antonio Ponz Piquer o las pintoras Ana Mª Mengs y Francisca Menéndez.

A partir de 1774, el pintor Paret, además de granjearse la protección de don Luis, el cual le pagó sus estudios en Roma, ganó también su amistad y confianza en asuntos más intimos; por lo visto le organizaba las correrías amorosas haciendo función de alcahuete, no sin escándalo pues el asunto trascendió hasta oídos de Carlos III. En represalia, el rey desterró a Paret a Puerto Rico en 1775, y alejó al infante de la corte de Madrid. La enemistad del severo y desagradable Padre Eleta (apodado "el Alpargatilla"), confesor de Carlos III, determinó la condena con más ensañamiento.

El embajador francés en Madrid relata: "el Infante don Luis tiene una predilección muy violenta por las mujeres. Hace tres o cuatro años que el rey, su hermano, informado de estas citas secretas, trató de poner fin a ello sin escándalos; el infante se hizo curar de una cierta enfermedad muy común en España y todo pasó bien; pero este príncipe, impulsado por su temperamento, se había buscado los medios para disponer de tres chicas a las que veía alternativamente durante los días de caza en el bosque, en los momentos en que estaba alejado del rey, a quien acompañaba siempre (....) en cuanto a las chicas y sus parientes, han sido echados y perseguidos."

Don Luis pidió disculpas al rey y volvió a pedirle permiso para contraer matrimonio.

Matrimonio y Destierro

Retrato de la Infanta Maria-Josefa de Borbón (1744-1801), hija de Carlos III y de Maria-Amalia de Sajonia, según Mengs / Abajo, retrato en miniatura del Infante Don Luis de Borbón, XIIIº Conde de Chinchón, en la década de 1770.

El rey se vió finalmente en la obligación moral de proporcionar matrimonio a su hermano Luis, aunque sin por ello dejar de proteger los intereses de sus herederos. Así pues, y para asombro del Infante, le propuso matrimonio con su propia hija la Infanta Mª Josefa, suponiendo el rey que por ser pequeña y contrahecha, seguramente su hermano no obtendría descendencia. Aunque en un principio la infanta aceptó, se echó atrás por temor a que su tío no estuviese del todo curado de su enfermedad venérea.

En 1776, abortado el proyecto de boda con su propia hija y ante la urgencia de su hermano, Carlos III accedió por fin a su boda pero, como no deseaba dejar el menor detalle al azar que pudiese aprovechar don Luis o sus futuros hijos para reclamar el trono, dictó una pragmática mediante la cual se apartaba del trono a todo infante que se casara con persona que no fuera de sangre real o cuyo matrimonio no fuere consentido por el rey. Y en el caso de que tal matrimonio se produjera, los hijos habidos no heredarían ni el apellido ni las armas de los Borbones españoles.

Carlos III pudo maniobrar a sus anchas ya que su hermano no discutió los términos de la pragmática, dado su falta de carácter y su escasa ambición; se limitó a solicitar al rey la licencia real para su matrimonio. Le corría prisa y firmó conforme su renuncia y lo que hubiere hecho falta.

Luis Antonio no estaba enamorado de dama alguna y la tan deseada esposa fue buscada entre las más idóneas. Inmediatamente muchas familias nobles propusieron a sus hijas, como una del duque de Parque o una sobrina del marqués de Campo Real. La elección recayó finalmente en una modesta sobrina del marqués de San Leonardo, que vivía recogida en la casa de éste en el Real Sitio de La Granja, siendo su tía la marquesa quien, velando por los intereses de la joven, había aireado su candidatura. El tío de la muchacha la definió "de buena cara, buena índole, sumo recogimiento, mucho entendimiento, mucha inocencia y gran educación."

Retrato de Maria-Teresa de Vallabriga y Rozas, XIIIª Condesa de Chinchón (1759-1820), según Goya en 1783.

Se llamaba María Teresa de Vallabriga y Rozas, nacida el 6 de noviembre de 1759 en Zaragoza (era pues 32 años más joven que el infante), y pertenecía a una buena familia de la nobleza aragonesa: era hija de un coronel del ejército de voluntarios de a caballo y de la condesa viuda de Torresecas; quedó huérfana en 1773. Los novios solo se habían visto fugazmente en los jardines de La Granja, y al infante pareció gustarle la tierna pollita maña.

Como regalo de compromiso, don Luis le ofreció muchas y valiosas joyas, entre ellas un hermoso collar de 1.114 diamantes por valor de 143.410 reales.

La boda se celebró en la capilla del palacio de los duques de Fernandina en Olías del Rey, el 27 de junio de 1776. Como único festejo añadido al ceremonial hubo una serenata especialmente compuesta por Luigi Boccherini. Por lo demás, todo transcurrió en la más estricta intimidad. La luna de miel se pasó en el palacio de los condes de Altamira, en Velada, donde llegaron el 3 de julio, y tomaron residencia en una finca cercana mientras el rey les buscaba una residencia fija y bien alejada de la corte.

De allí partieron a Cadalso de Los Vidrios, hospedándose en el palacio de Villena. Fue allí donde les nació el 1er retoño, un varón llamado Luis María el 22 de mayo de 1777...

Pero la estancia se acortó inesperadamente: los servidores de palacio trataron de modo tan altanero a los vecinos del pueblo, que éstos acabaron apedreando el palacio y forzando a la familia a buscar nueva residencia. Y fueron a parar a Arenas de San Pedro, lugar que ya gustó al infante por ser un excelente paraje de caza, cuando pernoctó anteriormente en la casa de los señores Lletget, en el curso de una de sus cacerías. En 1778 fijaron definitivamente su residencia en Arenas, ocupando el palacio viejo de los duques de Frías, mientras su séquito era alojado en muchas casonas y corrales del lugar. Allí nació su 2º hijo varón, Antonio Mª el 6 de marzo de 1779. Desgraciadamente, el niño falleció en diciembre del mismo año.

El ayuntamiento de Arenas de San Pedro les cedió algunas tierras para la edificación de un nuevo palacio a cambio de la financiación de ciertas obras públicas necesarias en el pueblo, como la fuente de la Regala, la canalización del arroyo Guisete, etc. Y en 1780 se empezaron las obras para levantar el Palacio de La Mosquera.

El mismo año, la hermana del infante, Maria-Ana-Victoria de Borbón, reina de Portugal, le rinde visita en Arenas encontrándole triste y abatido. El 25 de agosto de 1780, don Luis redactó su testamento y se lo comunica a su amigo don José Moñino y Redondo, Conde de Floridablanca; sin embargo, y dos años después, el infante lo actualizó y añadió nuevas cláusulas porque su esposa había parido el 26 de noviembre de 1780 a una niña, Mª Teresa Josefa, y el 6 de junio de 1783 a otra, Mª Luisa Fernanda, ambas en el Palacio de Velada, pues parece ser que a Dña. Mª Teresa de Vallabriga, Condesa de Chinchón, le daba miedo volver a alumbrar en Arenas de San Pedro.

El matrimonio de los Condes de Chinchón

"La Familia del Infante Don Luis de Borbón", lienzo en el cual el pintor Goya inmortalizó a la pequeña familia del hermano de Carlos III y su servidumbre entre 1783 y 1784. El artista se encuentra en la penumbra y de cuclillas frente a su lienzo, a la extrema izquierda del cuadro. 

En 1783, el Infante don Luis y su esposa, Maria-Teresa de Vallabriga, XIIIº Condes de Chinchón, e hijos, se trasladaron al nuevo palacio, aún en construcción, de Boadilla del Monte. Ventura Rodríguez dotó el palacio de jardines, escalinata, torreones, oratorio, etc. El Infante pasaba sus horas entre la caza y una gran dedicación a sus preciados libros, sus colecciones de arte y aficiones artísticas y científicas. Fuera de su vida familiar, don Luis seguía acudiendo a la corte madrileña de su hermano el rey Carlos III, donde no podían ser recibidos ni su esposa ni sus hijos.

Parece ser que fue Ventura Rodríguez, o puede que el propio conde de Floridablanca, quien llevó a Francisco de Goya a conocer al Infante don Luis, con el que al parecer mantuvo cordiales relaciones. En la pequeña corte del Infante, el pintor gozó de sus primeros triunfos y éxitos. Durante el año de 1783, realizó varios retratos al matrimonio y a sus hijos. Entre 1783 y 1784, Goya llegó a pintar no menos de 17 cuadros, cuadros que decorarían las paredes del palacio de Boadilla del Monte. A partir de entonces, y gracias al patronato del Infante don Luis, los personajes ilustrados de la corte descubren el talento de Goya y comienzan a encargarle retratos.

Goya recuerda con agrado su estancia en Arenas, y conmovido cuenta por carta a su amigo Martín Zapater sobre sus cacerías con don Luis: "He salido dos veces a cazar con Su Alteza y tira muy bien, y la última tarde me dijo sobre tirar a un conejo; este piamontés aún es más aficionado que yo."

Con el tiempo, el ambiente familiar fue enrareciéndose y acabó en interminables altercados domésticos. Se llegó a rumorear que la Condesa de Chinchón mantenía relaciones con cierto sirviente llamado Francisco del Campo, que fue trasladado a Madrid. La casa del infante había caído en el mayor desorden, del que se culpaba a su esposa, tachándola de orgullosa, altanera y maleducada. El Infante vivía intimidado por ella quien llegaba al insulto público más descarado. El confesor de don Luis, fray Urbano de Arcos, escribió al ministro Floridablanca:

"...es muy regular que a S.A. le haya precisado a hacer las vajezas, que acostumbra, como pedir perdón de rodillas, con los demás, que con harto dolor mío, he presenciado otras veces."

Enfermedad y muerte

En 1785, el Infante acudió a la Corte para la doble celebración de las bodas de los Infantes Carlota-Joaquina y Gabriel con príncipes portugueses. Volvió muy enfermo y resentido al conocer la consideración desigual de que siempre había sido objeto por parte del rey su hermano.

Goya comenta el 30 de marzo de 1785, por carta a su amigo Zapater:

"Ayer fue el Rey con su familia a Atocha, el pobre Infante Don Luis no pudo salir a despedirles, pues se encontraba en el Palacio, está muy malo. Hoy le he besado la mano por despedida, que se marchaba a su casa de Arenas, le he visto a menudo estos días y creo que no saldrá de ésta..."

Los síntomas eran de neumonía o de cáncer del aparato digestivo, según parece.

El rey le escribe el día 5 de agosto:

"...hermano de mi vida y de mi corazón: he recibido con el mayor gusto tu carta... pero siento más infinito lo que me dices que a veces no puedes llegar al cazadero por lo débil que estás..."

La enfermedad empeoraba y se pidió permiso al rey para trasladar al Infante al clima más fresco de Boadilla, pero concedida la autorización, se negó Don Luis a viajar por no poder hacerlo con su familia. A fines de junio, no pudo escribir a su hermana, la reina de Cerdeña, por encontrarse muy débil. El 5 de agosto recibía la extrema unción y escribe su última carta al rey:

"Hermano de mi alma, me acavan de sacramentar, te pido por el lance en que estoi que cuides de mi muger y de mis Hijos y de mis pobres criados y a Dios."

La muerte le sobrevino el 7 de agosto de 1785, a las 05 h. 45 de la mañana.

Dió orden en su testamento de que se diesen 2.000 misas por su alma y ser enterrado en la capilla de su palacio de Boadilla y, si no era posible, en la de Chinchón. Sin embargo, Carlos III ordenó que se le diese sepultura en la Capilla Real del Santuario de San Pedro de Alcántara, centro de espiritualidad de toda la comarca.

También decretó el monarca, que se guardara luto por 3 meses en la corte, el primero de ellos riguroso. El cadáver del Infante permaneció 5 días de cuerpo presente, por voluntad del mismo y en pleno mes de agosto, como queriendo que su hermano se desplazara a Arenas, cosa que no hizo Carlos III.

Le dieron sepultura el 11 de agosto, el féretro se cerró con 3 cerraduras, una de plata y dos de bronce, una permaneció en el convento y las dos otras se las dieron al rey.

De su familia también dispuso el rey. La altanera Maria-Teresa quedó confinada en su palacio de Arenas hasta 1792, y la educación de sus hijos fue encomendada al arzobispo de Toledo, trasladando a Luis María al palacio arzobispal y a sus hermanas al monasterio cisterciense de las Bernardas de Toledo. Los tres hermanos iban, posteriormente, a participar activamente en los acontecimientos liberales de principios del siglo XIX.

El Infante Don Luis dejó una sustanciosa herencia a su hijo Luis María. Quedaban las fincas de Velada y de Arenas, el condado de Chinchón, el señorío de Boadilla del Monte, una importante colección de animales disecados, un diminuto zoológico, el gabinete de ciencias con instrumentos físico-matemáticos, un incipiente laboratorio de física y astronomía, la enorme biblioteca (acrecentada con la colección del marqués de Gamoneda) y una muy notable pinacoteca y galería de arte con obras de Da Vinci, Guido Reni, Anton Raphael Mengs, Andrea del Sarto, Coello, Durero, etc.

El Infante, junto a su sobrino el Infante Don Gabriel, fue el más culto e interesado por las artes del siglo XVIII.

En 1800, los restos del Infante Don Luis fueron trasladados, con todos los honores de príncipe real, al Panteón de los Infantes de El Escorial, por orden expresa del rey Carlos IV. De este modo, se reparó la injusticia cometida por Carlos III.

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EL INFANTE DON LUIS -1-

Posteado por: retratosdelahistoria el 20 nov En: Biografías Reyes de España - sin comentarios

EL INFANTE DON LUÍS DE BORBÓN

1727-1785

Don Luis Antonio Jaime de Borbón y Farnesio, Infante de España, Cardenal-Primado, Arzobispo de Toledo y de Sevilla, XIIIº Conde de Chinchón, nació en Madrid en 1727 y falleció en Arenas de San Pedro en 1785.

Fue el menor de los hijos varones de Don Felipe V de Borbón y Baviera (1683-1746) y de Doña Isabel de Farnesio, Princesa de Parma (1692-1766), Reyes de España y de las Indias. Tuvo por hermanos a los reyes Luis I (1707-1724), Fernando VI (1713-1759), Carlos III (1716-1788) e infantes María-Ana (1718-1781) reina de Portugal, Felipe I (1720-1765) duque de Parma, de Plasencia y de Guastalla, María-Teresa (1726-1746) Delfina de Francia, y de María-Antonia (1729-1785) reina de Cerdeña y Piamonte.

La Infancia de un Infante de España

El 25 de Julio de 1727 nació Don Luis Antonio Jaime de Borbón y Farnesio, Infante de España, en el Palacio del Buen Retiro de Madrid. Su primer nombre de pila le fue impuesto en honor y en memoria de su ya fallecido medio-hermano mayor Luis I, rey de España en 1724, siendo apadrinado por su otro medio-hermano Don Fernando, Príncipe de Asturias (y futuro rey Fernando VI en 1746). Fue criado y amamantado por 3 nodrizas manchegas a lo largo de dos años.

En 1728 su padre no estando muy en sus cabales y pasando por momentos de crisis, intentó en repetidas ocasiones renunciar formalmente a la corona en favor de su heredero Fernando, gestos sucesivamente evitados "in extremis" por Isabel de Farnesio, la cual tuvo a bien hacer desaparecer del alcance de su marido tinteros, plumas y papeles para que no llegara a redactar su abdicación.

Retrato del Rey Felipe V de España, según Jean Ranc, c.1723.

En 1729, la corte de Madrid celebraba el doble enlace de la infanta María-Ana con Don José de Portugal, Príncipe de Beira (futuro rey José I de Portugal), y de la hermana de éste, la infanta María Bárbara de Portugal con el Príncipe de Asturias Don Fernando. Ese doble enlace hizo menguar el entorno familiar ya que la infanta española, convertida en Princesa de Beira, pasó a la corte lisboeta y los Príncipes de Asturias fijaron su residencia en el vetusto Alcázar de Madrid.

El 27 de Enero de 1729, con objeto de mejorar la depresión crónica del rey Felipe V, la Familia Real se traslada con toda la corte a Sevilla, donde poco a poco se hizo notable la mejoría del soberano. De allí se trasladó en 1731, el Infante Don Carlos a Italia para hacerse cargo de los ducados de Parma, Plasencia y de Toscana. Ese año, el Infante Don Luis contaba con 4 años de edad y no volvería a ver a su hermano hasta pasado 28 años, y como Carlos III, rey de España.

Retrato del Infante Don Carlos I de Borbón, Duque de Parma (1716-1788), en un lienzo de 1733.

A principios de 1733 estalla la guerra de sucesión polaca, provocando el regreso de la Familia Real a Madrid, ante la posibilidad de aprovechar el conflicto en beneficio de la Corona Española y recuperar los reinos de Nápoles y de Sicilia. El mismo año, la Familia Real se instala en el Real Sitio de Aranjuez, donde el infante Don Luis pasaría el resto de su infancia en compañía de su madre y hermanos/as.

En 1734, en plena guerra, el Infante Don Carlos, entonces duque de Parma, conquista los reinos de Nápoles y de Sicilia, con la consiguiente pérdida de sus ducados del Norte de Italia. Ese mismo año, en Noche Buena, arde el viejo Alcázar de Madrid y los Príncipes de Asturias tienen que trasladar su residencia al Palacio del Buen Retiro, dándose a conocer la imposibilidad física del heredero del trono de engendrar hijo alguno.

De Infante a Cardenal-Primado

Don Luis había pasado sus primeros 7 años al cuidado de las mujeres, conforme a lo que estipulaban las costumbres de la Casa Real Española. Al cumplir los 7 años de edad, el Infante pasó a depender del cuidado de los hombres de su cámara, siendo nombrado como ayo suyo el marqués Aníbal Scotti. En esos años de aprendizaje, estudió geografía, historia, religión, música, dibujo, francés, italiano, castellano y todo cuanto un príncipe debía saber.

En el ámbito familiar, el Príncipe de Asturias se preparaba para suceder en el trono a Felipe V, el Infante Don Carlos se había hizado hasta los tronos de Nápoles y de Sicilia con el nombre de Carlos VII, y aún se albergaban esperanzas de recuperar los ducados italianos de Parma y de Toscana para el Infante Don Felipe, puesto que la reina Doña Isabel era la heredera legal de los Farnesio de Parma y de los Médicis de Toscana. Para el Infante Don Luis no parecía quedar otra vía que la carrera eclesiástica... En 1734 había fallecido el cardenal-primado de España Don Diego de Astorga y Céspedes, arzobispo de Toledo, lo que atrajo la atención de la reina Isabel, la cual pensó oportuno que su último vástago por colocar obtuviera una mitra que simbolizaba la máxima autoridad eclesiástica del reino. Fue dicho y hecho: Felipe V cursó petición al Vaticano mostrándose deseoso de que Toledo fuera para su último retoño varón y, aunque el Papa Clemente XII tuvo reparos en conceder semejante petición (más que nada por la tierna edad del príncipe postulante), y ya molesto por la creciente influencia de los Borbones en Italia, se acabó por cerrar el asunto a favor del joven infante español. El 10 de Noviembre de 1735, es nombrado administrador perpétuo en lo temporal de la diócesis de Toledo y, el 9 de diciembre siguiente, se le concede el capelo cardenalício contando los escasos 8 años de edad, como cardenal-diácono de la Santa Romana Iglesia de Sta. María della Scala.

Doble retrato de Don Felipe V & Doña Isabel de Parma, Reyes de España, según L.M. Van Loo en 1743.

Al concluír en 1736 la guerra de sucesión polaca, la corte española pareció entrar en una época pacifista, pero ante el temor de una recaída en la salud del rey Felipe V, la reina multiplica las actividades de la corte: conciertos, bailes, cacerías... El 13 de marzo del mismo año, el Infante Don Luis toma oficialmente posesión de su diócesis toledana y, el 26 de Noviembre de 1737, el Papa Clemente XII le otorga la administración espiritual de la misma.

En esa época recae gravemente el rey y la reina manda traer al castrato Farinelli, cuyo canto calmaba en los momentos críticos al soberano. El 25 de agosto, en el Real Sitio de La Granja de San Ildefonso, el canto de Farinelli produce la milagrosa recuperación de Felipe V... Se convierte entonces el cantante en el "inseparable" compañero de sus majestades, cuya voz parece mantener al rey dentro de los límites de la razón, alejándole de la locura y de la melancolía.

El bullício y las actividades culturales de la corte española están entonces en su auge. 1738 y 1739 son fechas que marcan reales enlaces en el seno de la Casa Real: Carlos VII de Nápoles y de Sicilia casa con la princesa Maria-Amalia de Sajonia, hija del rey Augusto III de Polonia, y el Infante Felipe, duque de Parma, desposa a la primogénita del rey Luis XV de Francia.

Retrato del Infante Don Felipe de Borbón, Duque de Parma (1720-1765), según Jean Ranc.

En 1740, al fallecer en Viena el último representante varón de la Casa Imperial de Habsburgo, el emperador Carlos VI de Austria, se abre de nuevo la veda para una guerra a escala europea: es la Guerra de Sucesión Austríaca. Un año más tarde, el Infante Don Luis es investido arzobispo de Sevilla y administrador temporal el 19 de noviembre de 1741. En febrero de 1742, su hermano Felipe marcha a Parma para posesionarse de sus ducados italianos. No se volverían a ver jamás.

Retrato del Cardenal-Infante Don Luis de Borbón, fechado en 1742-1743 y según el pintor González Ruiz.

Del 12 al 14 de febrero de 1743, se celebró en Madrid la concesión del capelo cardenalicio al Infante Don Luis, con gran solemnidad. Al poco, es su hermana la Infanta María-Teresa la que abandona España para casarse con el Delfín de Francia, heredero del rey Luis XV. Ésta fallecería 3 años después y tras dar a luz a dos hijas muertas en la cuna.

Durante la minoría de edad del cardenal-Infante, las sedes arzobispales estuvieron a manos de administradores, y durante su estancia en la corte, el príncipe mostró su poca inclinación por la vida monástica, albergando serias dudas sobre su carrera en el seno de la Iglesia. No llegaría nunca a ser ordenado sacerdote. Sin ser especialmente un príncipe brillante y de grandes prendas, Don Luis sufría de una madre absorbente y muy posesiva, amén de una pobre educación, pareciendo irresponsable, callado y distante. Su único interés radicaba en la cinegética, la gran pasión de todos los Borbones.

La Renuncia

Retrato del Rey Fernando VI de España (1713-1759), según Jean Ranc.

En 1746 muere su padre Felipe V y su madre Isabel de Parma es recluída en el Real Sitio de La Granja de San Ildefonso, en Segovia, por orden de su hijastro el nuevo monarca Fernando VI. La incurable propensión de la reina viuda por las intrigas y el entrometimiento en asuntos de Estado, molestan en la corte. Pero a esa molestia, se suma que la nueva reina Bárbara de Portugal no se lleva nada bien con su suegra y viceversa, y como una de las dos sobraba en la corte ya que reina solo puede haber una, la suegra tuvo que hacer sus baúles y alejarse de Madrid. A su retiro se añadieron sus hijos los infantes Luis Antonio y María Antonia, y la esposa de su hijo Felipe, Luisa Isabel de Francia.

A sus 24 años, Don Luis aún estaba bajo la tutela de su anciano ayo italiano el marqués Aníbal Scotti, encontrándose su propia casa en el mayor caos y desorden administrativo. Como el rey Fernando VI le tenía en gran estima, permitió que Luis frecuentara la corte de Madrid con cierta asiduidad, y así aprovechaba para mantener puntualmente informada a su madre de todo lo que ocurría en ella.

Cuando en 1748 ya se da por terminado el conflicto europeo de la Guerra de Sucesión Austríaca, en la que España metió baza para recuperar sus reinos italianos, se consigue a través del Tratado de Aquisgrán que los ducados de Parma, Piacenza y Guastalla sean adjudicados al Infante Don Felipe de Borbón, sucediendo a su hermano Carlos en esos Estados del Norte de Italia, su mujer Luisa Isabel abandona definitivamente el Palacio de La Granja de San Ildefonso para tomar rumbo a Parma y reunirse con Felipe.

En diciembre de 1749, la Infanta María Antonia es desposada con el Príncipe Heredero de Cerdeña, Víctor-Amadeo de Saboya, y se afianzaron los tronos de los Infantes Felipe y Carlos en Parma y en Nápoles respectivamente. El único hermano que se queda en España es, evidentemente, Don Luis que permanece junto a su madre.

Soltero y Emancipado

En 1756 se sabe que los reyes Fernando VI y Bárbara iban con frecuencia a cazar en los alrededores del castillo de Villaviciosa de Odón, junto con el Infante Don Luis. Pero, dos años más tarde, el 27 de agosto de 1758, la reina Bárbara murió de un cáncer de útero tras horrendos sufrimientos. Aquella muerte sumió en una irreversible depresión al rey Fernando que, paulatinamente le arrastraría a un estado de desequilibrio mental.

Ya el mismo día de la muerte de su amantísima esposa, el rey abandonó apesadumbrado Madrid en compañía de su hermanastro Don Luis, retirándose al palacio de Villaviciosa de Odón. Allí iba a pasar sus últimos meses de vida, hablando contínuamente de ella, y negándose a ver a nadie excepto a Don Luis y a unos escogidos amigos cercanos. Su estado mental empeoró en los últimos meses, volviéndose muy violento; cuentan testigos que dormía el rey en un sucio jergón de paja, que no se mudaba de ropa y se hacía encima las necesidades, preso de alucinaciones durante el día, y padeciendo pesadillas por la noche. Obligarle a asearse era toda una aventura, pues estaba convencido que querían envenenarle y no dejaba que nadie le tocara.

Sin herederos, Fernando VI testó a favor de su medio-hermano Don Carlos VII, entonces rey de Nápoles y de Sicilia, nombrándole sucesor suyo en el trono de España. El 10 de agosto de 1759, casi un año después de enviudar, el rey rindió el alma y la regencia fue inmediatamente asumida por la reina viuda Isabel de Parma, afligida por una catarata que la deja casi ciega.

Desde Villaviciosa partió Don Luis a Guadalajara, siguiendo las directrices maternas, a recibir a su hermano Carlos, el cual no llegaría hasta el mes de diciembre. De cualquier modo, madre e hijo asumieron la regencia en su ausencia y esperaron a que llegara Don Carlos para posesionarse del trono... Conforme al tratado de Aquisgrán, Carlos debía renunciar al trono napolitano para heredar el español, abdicando en su hermano el Duque Felipe I de Parma, aunque él deseaba hacerlo a favor de uno de sus hijos mayores, cosa que hizo con grandes dificultades: siendo su primogénito Felipe aquejado de imbecilidad, abdicó en su 3er hijo varón menor de edad, Fernando IV, pues el 2º Carlos estaba destinado a ser el próximo príncipe de Asturias y sucesor suyo en España.

Al heredar Carlos la corona española de su difunto medio-hermano Fernando VI, conforme al Tratado de Aquisgrán, debía dejar el reino de Nápoles a su hermano Felipe, duque de Parma y éste, debía devolver sus ducados a Austria y a Cerdeña. No obstante, Carlos VII de Nápoles-Sicilia consiguió que estos, en plena guerra con Prusia y Gran-Bretaña, aceptaran en su defecto una indemnización y consintieran que cediese los tronos napolitano y siciliano a su 3er hijo varón, don Fernando, aún menor de edad. El 1º, don Felipe, por ser retrasado mental fue apartado de sus derechos sucesorios tanto en Nápoles como en España, y el 2º, don Carlos fue designado como apto a la sucesión española y destinado a posesionarse del título de los herederos, el de príncipe de Asturias.

El 19 de julio de 1759, Carlos III fue investido rey de España y su hijo de 11 años, Carlos, jurado príncipe de Asturias. No obstante, el propio Carlos III sabía que ninguno de sus hijos tenía derecho a ser su heredero, por haber nacido y sido educados fuera de España, conforme a la Ley de Sucesión de Felipe V y su subordinación a la Ley de Toro. Eso, en la práctica, quería decir que en realidad el infante que tenía que heredar por ley la corona española después de Carlos III, era el mismísimo Infante Don Luis Antonio de Borbón, puesto que él si había nacido en territorio español.

Desde luego, no hay constancia de la opinión del interesado en ese asunto sucesorio, aunque está bien clara la sumisión del infante ante su hermano mayor Carlos III, por su acatamiento de las órdenes y disposiciones de éste.

En un principio los dos hermanos se alegraron del reencuentro y compartieron, desde entonces, cacerías y entretenimientos, más aún cuando en 1760 falleció repentinamente la reina Maria-Amalia de Sajonia, al poco de instalarse en Madrid. Pero a pesar del afecto fraternal, don Luis Antonio pronto comenzó a verse forzado al celibato, pues su hermano y rey le cerraba el paso a cualquier proyecto matrimonial con princesas extranjeras, para evitarse problemas sucesorios, evidentemente.

El Patrimonio del Infante

Don Luis no contaba con bienes propios que poder dejar a sus futuros descendientes, aunque recibía importantes rentas de muchas encomiendas militares, que le suponían el control de extensísimas propiedades rurales por toda la mitad sur de la península, ya que había sido investido, desde niño, con los habitos de las 4 órdenes militares. Procedió entonces a hacerse con su propio patrimonio.

En 1761, don Luis compró el señorío de Boadilla del Monte a la señora de Mirabel, por la suma de un millón doscientos mil reales, que aumentó con compras a los concejos de Boadilla y Pozuelo de Alarcón, a los premonstratenses de San Joaquín de Madrid y a las monjas de Sta. Clara de Boadilla, y el mismo año compró a su hermano don Felipe I de Parma, por 14 millones de maravedís, el extenso condado de Chinchón, lindante al señorío de Boadilla y de Madrid.

Realizadas las compras, emprendió obras de mejora en todos sus estados y ordenó al arquitecto Ventura Rodríguez la construcción en Boadilla de un palacio de estilo neoclásico entre 1763-1765. Allí empezaría a reunir una rica pinacoteca y una amplia colección de libros, relojes, muebles y varios objetos de valor artístico. En los siguientes 15 años, Boadilla se convirtió en la sede de una pequeña corte ilustrada con la presencia de gran número de artistas y grandes festejos.

Vista parcial del Palacio de Boadilla del Monte, recientemente restaurado, con su fachada principal precedida por una amplia explanada.

Herencia, Soltería y Líos de Faldas

Retrato ecuestre del Rey Carlos III de España (1716-1788).

En 1766, tras el motín de Esquilache, Carlos III se retira al Palacio de Aranjuez, donde fallece su madre Isabel de Parma, viuda de Felipe V. Por testamento, Isabel había dejado a su hijo Luis cantidad de objetos de gran valor, además de una extensa y valiosísima colección de pinturas, que fueron a parar al palacio de Boadilla del Monte. Pero la desaparición de su madre hizo, si cabe, más obvia la falta de familia del infante llevándole a meditar seriamente sobre la posibilidad de contraer matrimonio. Sin embargo, Carlos III seguía empecinado en que Luis se mantuviera célibe para evitar problemas sucesorios. Cualquier intento de abordar el tema, acababa con un "No" rotundo de su hermano el rey. En consecuencia, y dada la líbido del príncipe, éste tuvo que desahogarse y buscar amor y sexo lejos de la corte, y lo encontró en el vivero femenino del pueblo llano para que no pusiese en peligro su alta posición.

La primera de la lista fue una tal Mariquita García que, al quedarse preñada del infante, fue desterrada a Palencia por el presidente del Consejo de Castilla. Dió a luz a un hijo varón sobre cuya paternidad no existen dudas.

Le sucedió Antoñita María Rodríguez, que a su vez dió a luz en 1769, otro hijo ilegítimo al infante llamado José de Flores... Y la lista sigue imparable. A la postre, los devaneos de don Luis le pasaron factura: contrajo una enfermedad venérea, posiblemente la sífilis.

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EULALIA DE BORBON, LA INFANTA INCOMODA -4-

Posteado por: retratosdelahistoria el 25 abr En: Biografías Reyes de España - 2 comentarios

MARIA-EULALIA DE BORBÓN

INFANTA DE ESPAÑA & DUQUESA DE GALLIERA,

1864 - 1958

LA INFANTA INCÓMODA -4ª Parte-

Los Frutos de Eulalia: la Virtud y el Vicio

Don Alfonso, la Virtud

El primogénito de los infantes Eulalia y Antonio de Orléans, duques de Galliera, nació el 12 de noviembre de 1886 y recibió los nombres de Alfonso María Francisco Antonio Diego de Orléans y Borbón, con rango de infante de España y presunto heredero del título ducal de su padre, y caballero gran cruz de la Orden de Carlos III.

Antes de que sus padres se separasen oficialmente, él y su hermano menor fueron enviados a Inglaterra para recibir una formación adecuada en un colegio privado regentado por padres jesuitas, no volviendo a España hasta cinco años después. Con vocación militar, Alfonso entró en la Academia Militar de Toledo (1906) y, tres años más tarde (1909), contrajo matrimonio con la hija del Duque de Edimburgo y de Sajonia-Coburgo-Gotha, la princesa Beatriz (nieta de la reina Victoria I de Gran-Bretaña y del zar Alejandro II de Rusia), en medio de cierta controversia familiar... Apasionado de la aviación, se trasladó luego a Francia (1910) para convertirse en un consumado piloto que, una vez regresado a España, le convirtió en uno de los más destacados militares.

Don Alfonso y Beatriz se conocieron en el curso de la boda real que se celebró en 1906, entre el rey Alfonso XIII y la princesa Victoria-Eugenia de Battenberg. Tres años después, el 15 de julio de 1909, Beatriz y Alfonso se daban el "si quiero" en una doble ceremonia católica y luterana en la ciudad alemana de Coburgo, residencia de los padres de la novia. De ahí surgió entonces la controversia. Don Alfonso era entonces menor de edad, olvidó oportunamente consultar con sus padres y pedir el doble permiso a su primo el rey Alfonso XIII, asi como al Gobierno Español (obligado por su condición de infante de España), y para colmo, la novia era protestante. En consecuencia, don Alfonso fue privado de su tratamiento, suspendido en su oficio militar y la flamante pareja fue desterrada a Coburgo hasta que, en 1912, Alfonso XIII les permitió regresar, rehabilitándoles en sus títulos y otorgándoles una nada despreciable posición en la Corte. Los hijos habidos de la pareja serían, a su vez, reconocidos como altezas reales.

Retrato del Rey Alfonso XIII de España (1886-1941), con uniforme de Capitán-General de Infantería, según Menéndez Pidal.

En 1916, en plena Iª Guerra Mundial, una intriga palaciega provoca el destierro del infante don Alfonso y de su esposa Beatriz, acusados de germanofilia. El exilio les lleva a Suiza, país neutral en medio de la hecatombe bélica, donde tendrán que permanecer durante 8 años. Alfonso XIII, por motivos oscuros y personales que no dicen mucho a su favor, arremete contra la pareja y la exilia argumentando su germanofilia (la princesa Beatriz, aparte de ser princesa británica es duquesa de Sajonia-Coburgo-Gotha), y el supuesto manifiesto de éstos y de la infanta Eulalia a favor del bando alemán, lo que comprometía gravemente la neutralidad española y sus óptimas relaciones comerciales con el bando aliado (Francia, Gran-Bretaña, Italia, EE.UU. y Rusia). Pese a los desmentidos de Eulalia, de su hijo Alfonso y de su nuera Beatriz, junto con las notificaciones de los embajadores del bando aliado de que sus gobiernos no tenían queja alguna al respecto, Alfonso XIII les conminó a dejar Madrid y mudarse a Suiza, disfrazando el destierro con una falsa misión de estudiar el ejército helvético.

Retrato de Victoria-Eugenia de Battenberg (1887-1969), Reina de España, según Menéndez Pidal en 1909.

Las auténticas razones del rey venían por distintos motivos, todos personales :

1/-La gran amistad que unía a los infantes Alfonso y Beatriz con la reina Victoria-Eugenia, que venía siendo arrinconada por su marido y a la que responsabilizaba de la tragedia familiar al transmitir la hemofilia a algunos de sus hijos, era motivo suficiente para atraerse la antipatía y el recelo de Alfonso XIII.

2/-La malsana envidia que sentía el rey hacia su primo carnal Alfonso de Orléans, por su intachable carrera militar, su gran popularidad en el ejército, su fama de gran aviador y su feliz vida matrimonial con la princesa Beatriz, con la que tenía tres hijos varones fuertes y sanos.

3/-La vieja enemistad que sentía Alfonso XIII respecto a su tía la infanta Eulalia, por haber publicado su famoso "Au fil de la vie" en respuesta a la escandalosa y fraudulenta rehabilitación del vizcondado de Térmens, por parte del monarca, a favor de la amante cordobesa del duque de Galliera.

4/-La más que probable atracción física que sintió Alfonso XIII por la princesa Beatriz, prima de Victoria-Eugenia. Al ser rechazado por la mujer de su primo, parece ser que el rey decidió vengarse de ella a través de su marido y propagó malintencionados rumores para descalificarla a ojos de la Corte, acusándola de manipuladora, de querer controlar a la reina y convertirse en su amante para ejercer sobre él una influencia germanófila.

Durante aquellos 8 años de exilio forzoso, la pareja asistió impotente a la merma de gran parte de su patrimonio español...

Pasados los años de destierro, Alfonso XIII les autorizó volver a España aunque no a la Corte de Madrid; se les permitió instalarse en sus propiedades de Sanlúcar de Barrameda. El infante don Alfonso tuvo entonces diversos destinos en el cuerpo de aviadores militares españoles hasta que, en 1931, se proclama la IIª República y la familia real se exilia a París. Brillante fue en particular su papel como jefe de las operaciones aéreas llevadas a cabo durante el desembarco de Alhucemas (1925).

En 1930, al fallecer su padre completamente arruinado, don Alfonso se convierte en el 5º duque de Galliera, título que el 4º duque se encargó de vaciar de significado al vender las vastas tierras y propiedades ligadas a éste en Italia, para subvencionar su extravagante tren de vida en París.

Fotografía de los tres hijos del Infante don Alfonso de Orléans y de la Princesa Beatriz de Edimburgo: de izq. a derecha, los príncipes Ataúlfo, Alvaro y Alfonso de Orléans y Sajonia-Coburgo-Gotha.

Tras la proclamación de la república española, el 14 de abril de 1931, el infante don Alfonso, la princesa Beatriz y sus tres hijos varones (Alvaro, Alfonso y Ataúlfo, nacidos en 1910, 1912 y 1913 respectivamente) tienen que exiliarse al igual que toda la familia real, afincándose momentáneamente en Londres. Poco después, el gobierno republicano confisca el patrimonio de los duques de Galliera.

Al estallar la Guerra Civil Española, don Alfonso decide regresar a su país en 1937, para ofrecer sus servicios como piloto en el bando nacional, pensando ingénuamente en una próxima restauración de la monarquía. Junto a él se alistaría su segundo hijo, Alfonso, que moriría en acto de servicio. Finalizada la contienda, el General Francisco Franco Bahamonde le ascendió a general de división, otorgándole la jefatura de la IIª Región Aérea en 1940. En 1943, fue nuevamente promocionado al rango de general de brigada. Pero, tras la publicación del "Manifiesto de Estoril" (1945) por el Jefe de la Casa Real Española Don Juan de Borbón y Battenberg, Conde de Barcelona -tercer hijo y presunto heredero de Alfonso XIII, ya muerto éste en Roma desde 1941-, que instaba a todos sus partidarios a renunciar a sus cargos dentro del régimen franquista (al constatarse que Franco no iba a renunciar al poder y proceder a una restauración de la monarquía borbónica), el infante don Alfonso dimitió de su puesto poniendo un término a su carrera militar, sin por ello renunciar a seguir pilotando aviones civiles.

La duquesa e infanta Beatriz fallecería en Sanlúcar de Barrameda el 13 de julio de 1966, mientras que su marido le sobreviviría nueve años, muriendo a su vez el 6 de agosto de 1975, también en su residencia de Sanlúcar (Cádiz).

Fotografía de los tres hermanos Orléans-Galliera: de izq. a derecha, Alfonso, Ataúlfo y Alvaro de Orléans y Sajonia-Coburgo-Gotha, futuro 6º Duque de Galliera.

Un año antes de su defunción, le precedió su hijo menor Ataúlfo, que murió soltero en 1974. El único superviviente y mayor de los tres, Alvaro de Orléans y Sajonia-Coburgo-Gotha, 6º Duque de Galliera (1910-1997), casó con la italiana Carla Parodi-Delfino y tuvo cuatro hijos:

1-Gerarda de Orléans y Parodi-Delfino (n.1939), c.c. 1º/Harry Saint; c.c. 2º/Ignacio Romero de Solís.

2-Alfonso de Orléans y Parodi-Delfino (1941-1975), c.c. Princesa Emilia Ferrara-Pignatelli => 2 hijos

3-Beatriz de Orléans y Parodi-Delfino (n.1943), c.c. Tommaso Farini => 2 hijos

4-Alvaro Jaime de Orléans y Parodi-Delfino (n.1947), c.c. Jeanne Saint-Martin de Saint-Germain d'Aglie => 3 hijos

Don Luis Fernando, el Vicio

El hijo menor, el infante don Luis Fernando Maria Zacarias de Orléans y Borbón, nació en Madrid el 5 de noviembre de 1888. En 1899, cuando contaba 10 años, él y su hermano mayor fueron enviados al Colegio Jesuita de Beaumont, en Inglaterra. Al año siguiente, sus padres se separaban públicamente provocando un enorme escándalo. No regresarían los hermanos a España hasta el año 1904.

Lejos de tener el mismo carácter y firmeza del primogénito, de conducta intachable, don Luis Fernando se vio tempranamente mezclado a todo tipo de escándalos que hicieron correr ríos de tinta en los periódicos de todo el mundo. En Madrid, dado su notorio amaneramiento, fue popularmente apodado "el rey de los maricas". Confundido por los periodistas con su distante pariente Luis de Borbón, duque de Ansola, el New York Times pregonó erróneamente su supuesta boda con Beatrice Harrington (1914).

En el mes de octubre de 1924, el Gobierno francés expulsó al infante por haberse visto envuelto en un desagradable asunto de tráfico ilegal de drogas. Indignado, Alfonso XIII le retiró el título de infante de España y los privilegios que esa condición incluía (por conducta impropia y por su homosexualidad), pese a las amargas protestas de don Luis Fernando. Iracundo, el ex-infante protagonizó una escena poco edificante en la cual dijo que el rey se merecía una buena patada en el culo.

Aquella "boutade" o grosería, le valieron una orden de exilio fuera del territorio español. Vetado en Francia y en España, don Luis Fernando tuvo que hacer sus maletas e instalarse en Lisboa. Dos años después (1926), fue arrestado en la frontera hispanolusa disfrazado de mujer, y acusado de contrabando.

Retrato fotográfico de la ex-actriz norteamericana Mabelle Gilman, Mrs. W.E. Corey (nacida en 1880). / Abajo, detalle de un retrato de Marie-Constance Charlotte Say (1857-1943), Princesa de Broglie y señora del Castillo de Chaumont, gran heredera de la azucarera SAY y cuya gran fortuna era comparable a la de los Barones de Rothschild...

En 1929, volvía a saltar a la palestra por su compromiso con una actriz norteamericana de Broadway, Mabelle Gilman Corey, ex-esposa del magnate del acero William E. Corey. Sin embargo, no hubo matrimonio. Otro compromiso sería anunciado en 1930, entre don Luis Fernando y una ilustre francesa, la multimillonaria Princesa Vda. de Broglie, nacida Marie-Constance Charlotte Say (1857-1943), propietaria del Castillo de Chaumont. Ésta era, ni más ni menos, que una de las hijas del magnate del azúcar Constant Say.

Aquel compromiso provocó otro escándalo y suscitó la firme oposición de los parientes de la princesa quienes, representados por el Duque de Brissac (François de Cossé-Brissac), sobrino de ésta, pusieron un pleito ante el tribunal de alta instancia del Sena con el objetivo de impedir la unión matrimonial. Luis Fernando y Marie-Constance tenían entonces 41 y 72 años de edad respectivamente.

La querella judicial hizo entonces las delicias de los lectores de la prensa francesa. El Duque de Brissac solicitaba la incapacitación mental de su tía, mientras que ésta argumentó que su boda llevaba 20 años aplazada por deferencia hacia sus nietos. La sentencia dictaminó finalmente que Brissac no tenía el derecho legal para oponerse al matrimonio de su tía, tras examinar las conclusiones de tres médicos que fueron encargados por el juez de evaluar el estado mental de la princesa. En septiembre de 1930, casi dos meses después, Luis Fernando y Marie-Constance Say contrajeron matrimonio por lo civil en Londres, aplazando la ceremonia religiosa hasta octubre ya que tenía que celebrarse en la catedral de San Siro de San Remo, en la Riviera Italiana, dónde finalmente se instalaron tras cederles una casa la infanta doña Eulalia de Borbón.

Retrato de Don Luis Fernando de Orléans y Borbón (1888-1945).

Sin embargo, el apabullante derroche de Luis Fernando amenazó el nivel de vida de la extraña pareja, obligando a su anciana esposa a deshacerse de su Castillo de Chaumont que, en sus años como princesa de Broglie, fue el lujoso escenario de extravagantes fiestas y recepciones, albergando incluso un zoológico privado.

Otro escándalo puso nuevamente en evidencia a Luis Fernando cuando, en febrero de 1935, fue apresado en el curso de una redada de la brigada antivicio, valiéndole una extradición a Francia.

Sin embargo, durante la ocupación alemana en Francia, Luis Fernando se dedicó a pasar información a los aliados (dada por su tía la Infanta Paz desde Baviera) y a colaborar con la Resistencia francesa, escondiendo a sus miembros o proporcionándoles medios a otras personas para huír de los nazis.

En 1943, Luis Fernando enviudó de Marie-Constance Say, y pasó los siguientes dos años en una residencia donde acabó falleciendo tras una operación de testículos* harto delicada que le fue practicada en París, el 20 de junio de 1945.

(*)_El Infante Luis Fernando padeció en sus últimos años de un doloroso cáncer testicular.

Los últimos años de Eulalia

Muerto su marido en 1930, en la más absoluta miseria gracias a su dispendioso nivel de vida, la infanta Eulalia siguió residiendo en París hasta que obtuvo el permiso para regresar a España, una vez concluída la Guerra Civil e instaurada la dictadura militar del General Franco. En Francia, las cosas se ponían difíciles y amenazaba la guerra contra la Alemania de Hitler, y la infanta buscaba un retiro más tranquilo en el que pasar sus años de vejez. Instalada finalmente en una villa de Irún (País Vasco), pasaría sus últimos años de vida rodeada de su hijo mayor, de su nuera, nietas y nietos, con coche oficial y chófer a su disposición, ofrecidos por el mismísimo caudillo desde 1942.

Fotografía de cuatro generaciones de mujeres de la saga Galliera, de izq. a derecha: la Princesa Beatriz de Edimburgo, 5ª Duquesa de Galliera, su nuera Carla Parodi-Delfino -futura 6ª Duquesa de Galliera-, su nieta Gerarda de Orléans "Geri" y la bisabuela Infanta Eulalia de Borbón, 4ª Duquesa Vda. de Galliera.

El 8 de marzo de 1958, a los 94 años, fallecía discreta e irónicamente en una deprimente España de post-guerra, aquella que fue una mujer adelantada a su tiempo y pionera de los derechos de la mujer, la Infanta doña Eulalia de Borbón, la más incómoda de las infantas que jamás tuvo familia real española.

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EULALIA DE BORBON, LA INFANTA INCOMODA -3-

Posteado por: retratosdelahistoria el 18 abr En: Biografías Reyes de España - sin comentarios

MARIA-EULALIA DE BORBÓN

INFANTA DE ESPAÑA & DUQUESA DE GALLIERA,

1864 - 1958

LA INFANTA INCÓMODA -3ª Parte-

 

Las Memorias de la Infanta Eulalia

 

Es un hecho poco corriente (en realidad casi insólito) que las testas coronadas dejen por escrito sus impresiones acerca de sí mismos o del tiempo que les ha tocado vivir. Este vacío habría que atribuirlo a una especie de mentalidad porfirogéneta más que a falta de las cualidades apropiadas (abundantes epistolarios demuestran la cultura y la agudeza, reservadas para sus íntimos o para colaboradores muy inmediatos).

Por ello quedé sorprendido al encontrarme en los estantes de una librería la pequeña y en apariencia poco apetecible obra rubricada por una infanta española, hija de Isabel II. Pensando que se trataría, sin duda, de una mezcla de chismes, normas de protocolo y tópicos sobre la vida palaciega o de las relaciones de familia, reservé su lectura para horas de ocio sin pretensiones de aprendizaje. Y llegado el momento, ya a las pocas páginas, tuve que ponerme en situación de alerta: aquéllo no era lo esperado, sino algo muy distinto; lo insólito se presentaba de nuevo, pero esta vez por el contenido. Cerrado el libro después de una casi ininterrumpida lectura, la impresión que me dejó fue extraordinariamente positiva, pues en una época de tanta y tan intensa vida política (de 1868 a 1931) española y mundial brillan estas Memorias no sólo por méritos propios sino también, en contraste, por la escasez y mediocridad de intentos parecidos por parte de los protagonistas ''plebeyos'', de los políticos o intelectuales relacionados con éstos. No he encontrado, hasta ahora, en el género memorialista, nada que pueda llegar a igualar a estos recuerdos bien hilvanados, escritos por una mujer a la que se le supone, en esa época, prisionera de las limitaciones que su condición femenina y su pertenencia a la realeza la deberían haber convertido en una gazmoña. Parece, por el contrario, un personaje con ideas del siglo XX, una mujer que pudiera ejercer una profesión liberal con absoluta independencia, pero que por el azar de las cosas se equivocó de siglo y nació en la asfixiante corte madrileña de la segunda mitad del siglo XIX. Dos veces exiliada junto con el resto de su familia, no es la nostalgia de los privilegios perdidos el eje de su narración. Fue en realidad una exiliada por voluntad propia casi toda su vida, y, en algún período, el exilio forzoso le vino, no de situaciones revolucionarias, sino de órdenes dictadas por la corte, escandalizada por su libertad de ideas y su fidelidad al sentido común.

Aunque flota en toda la obra una amargura que tiene su origen en la desgraciada boda impuesta por razones de Estado con su primo el hijo del Duque de Monpensier, don Antonio de Orleans, su nueva situación le proporcionó, por fortuna, los medios para librarse del estrecho mundo cortesano y deambular por Europa (y América) como una nómada bien pertrechada, testigo excepcional además de momentos claves de la historia de aquellos años, amiga por igual de casi todos los monarcas (dos generaciones, casi tres) de Europa en la misma medida que cultivaba la amistad no protocolaria con los mejores escritores y artistas del continente (pero no de España, salvo el poco estimulante caso de Blasco Ibáñez, poco homologable, según ella, a sus colegas transpirenaicos en carácter, ''esprit'' y maneras al menos). Sólo para eliminar arquetipos que los historiadores han aceptado como ciertos (un Guillermo II acomplejado, envidioso y obcecado en un militarismo suicida; un Nicolás II despótico; la dulce emperatriz Eugenia; la popular infanta Isabel, su envarada hermana...) vale la pena acercarse a nuestra autora, nada sospechosa por otra parte de medir con raseros distintos según la condición social de las personas que se cruzaron en su vida. La imagen que de sí misma tenía, y de su condición principesca mucho más cercana al mundo del deber que al del disfrute de privilegios, le hacen extrañarse de la visión inversa que de todo ello tenían los ciudadanos corrientes. Resulta en este punto divertida la descripción que hace de la forma en que fue recibida en los Estados Unidos con motivo de la Exposición Universal de Chicago, a invitación del presidente Cleveland: le costó trabajo demostrar que era infanta (la imaginaban vestida de armiño, con diadema y llena de joyas) y que era española (rubia y de tez blanca, no sintonizaba con la agitanada figura que era obligatorio ofrecer).

La Infanta Isabel de Borbón, Condesa Vda. de Girgenti aka "La Chata" (1851-1931) en su carruaje, acompañada por la Marquesa de Nájera a la salida de una corrida de toros en 1915, obra del pintor Mezquita. 

Hasta donde pudo, luchó contra los prejuicios. Unas veces se sometió, otras logró vencer. En el primer caso, su primera rebeldía la enfrentó a la rígida infanta Isabel, hija mayor de Isabel II y por un tiempo princesa de Asturias; cuando ésta, molesta por la negativa de su hermana menor a seguir sus indicaciones le recordó que tenía que ser infanta antes que mujer, le espetó:

''Por eso algún día el pueblo sacudirá las coronas y, liberándose, nos libertará a nosotras!''.

Fotografía de la Marquesa de Riscal (izq.) junto con los Marqueses de Miraflores (centro-derecha), aparecida en la sección de 'ecos de sociedad' de la prensa española en tiempos de Alfonso XIII -década de 1920-. Es un buen ejemplo de cómo era entonces la Corte Española a inicios del siglo XX. / Abajo, fotografía de la Reina Maria-Cristina de Austria en un evento cortesano en palacio.

Es una constante a lo largo de toda la obra su preocupación por la falta de sintonía entre el trono y las exigencias de los tiempos. Para ella la corte es un factor altamente negativo que aísla al rey de la opinión pública y de la visión adecuada de los problemas. Y a esa deformación contribuye también la clase política. El contraste mayor, en ese sentido, lo observó en San Petersburgo, donde junto al lujo oriental del ámbito palaciego (que no del zar y su familia estricta), la gente de la calle le produjo una impresión espantosa por lo degradante. En el caso de España establece diferencias según el terreno a pisar y con transcendencia distinta, si bien siempre negativa: ve a su hermana Isabel como una peligrosa depositaria de trasnochados aires absolutistas, con su cuñada la Regente, María Cristina de Habsburgo mujer de impecable conducta y aún de simpatías políticas liberales más que conservadoras, ''la corte de España fue austera y cristianísima; todas las mañanas, misa, y comunión semanal''. Los políticos no estaban a más altura, y, de hecho, esa falta de calidad desesperaba a la Regente, como luego a Alfonso XIII, el único político español de talla, según se decía en Europa. El caso más flagrante fue el de Cuba: salvo Maura, nadie quería enfrentarse con los hechos; la infanta tuvo que recurrir, para obtener información contrastada al general Calixto García, antiguo líder insurrecto y a su propia experiencia en la isla durante una breve estancia poco antes de la crisis, que para ella era inevitable y quizá necesaria.

Se salió con la suya cuando, harta de las insensateces de su marido, se divorció de él provocando un escándalo que la acompañó para siempre. Mal vista en España, fija su residencia en París, su verdadera patria afectiva, donde se había educado de niña y donde, gracias a la culta y liberal familia Orleans, encontró espíritus afines. De ahí hará escapadas que la llevarán a todas las cortes de Europa, algunas de extraordinaria sencillez (los Saboya, las monarquías escandinavas). Pero la ventaja más valiosa para ella era la de poder entrar en contacto con la élite intelectual, en especial la francesa, sin prevenciones; los mismos reyes europeos, como el Kaiser, sentaban a su mesa y trataban con respeto a escritores y artistas republicanos o socialistas sin que unos y otros se sintieran traidores a sus ideas o a sus responsabilidades. El espíritu de comprensión le llevó en una ocasión a reaccionar con buen temple ante un pintor que, cual nuevo Goya, se permitió la libertad de realizar su retrato olvidándose de cualquier fidelidad formal al modelo; alterada su figura casi por entero, al preguntarle al artista, el famoso Lenbach, la razón de los cambios, éste no supo decir otra cosa que aquéllo que también era la opinión corriente, el tópico habitual:

Retrato del artista Franz von Lenbach (1836-1904), retratista y pintor realista bávaro, según Kugler c.1871.

''Una infanta de España no puede ser rubia. Debe tener el pelo oscuro, y oscuro se lo pongo - me respondió malhumorado; sin hacer caso de mi observación, continuó dando tonos negruzcos a mi cabellera...La obra de arte, que se expuso aquel año, mereció elogios de la crítica y batieron palmas entusiastas todos los admiradores de Lenbach. A mí no me ha convencido nunca. Encuentro un gesto de cansancio que no tenía, una expresión enfermiza...Pero Lenbach me veía así.

''Nadie se ve a sí mismo - me dijo -. Bismarck creía tener una expresión dura, cortante, de acero, y era una expresión burlona. León XIII se creía dulce y lo veían amable y bondadoso los que no sabían ver. Era áspero, frío y seco, y yo así lo he pintado. Vuestra Alteza es así, como yo la retrato.'' Acepté calladamente, resignada, pensando que acaso Lenbach tuviera razón y fuera yo un espíritu cansado.

Creo que con la transcripción precedente se explican muchas cosas, y no me he resistido por ello a insertarla. Si hay alguien que merece los honores de la soberanía es el pintor, sin más legitimidad que su propia estima, pero con la contundencia de quien se siente por encima de todo en nombre del arte, de su arte. Su visión subjetiva se impone sobre la realidad y merece elogios por ello. La modelo, otrora quintaesencia del absolutismo, acepta su inferioridad de juicio; ya su imagen no es suya, sino de alguien que la ve de otro modo, pero que no permite otro modo de verla. Otra vez Goya triunfa de Carlos IV, otra vez el rey es el humilde, otra vez ''el rey bebe'' y contribuye a la degradación de su imagen en nombre del arte. Lo malo es que luego la historia le pide testimonio al arte, y con él conforma la imagen definitiva que quedará...

La infanta Eulalia conoció también a políticos sobre los cuales opina desde una óptica que no podemos reprocharle los que hemos podido saber sus trayectorias posteriores o las consecuencias de sus acciones de gobierno. Cabe destacar en este punto la página que le dedica a Mussolini, hombre amable y cortés, nada impresionante por su figura, su voz o sus gestos, del que alaba precisamente la labor modernizadora de la sociedad italiana; la autora ve en él no un dirigente ideológico ni un megalómano, sino un administrador eficaz que ha remozado las estructuras del país. Son los mismos elogios que solían hacer los turistas extranjeros de aquella época, al ver como se había pasado del caos a una perfecta organización de tipo germánico o anglosajón. También, y en la misma línea, juzga positivo el balance de gobierno de Primo de Rivera; éste, ya autodesterrado en París y en vísperas de su muerte, no tiene, sin embargo, ningún reproche que hacerle al rey por su ingratitud, y, a su vez, la infanta no se suma a quienes - inmensa mayoría - ven en la dictadura la causa de la caída de la monarquía un año después; para ella esa causa está en el entorno del rey, en la aristocracia miope y egoísta y en los políticos caciquiles, a todos los cuales desprecia. No así a los republicanos, a los que elogia por su sentido de la responsabilidad en el cambio de régimen hasta tal punto que se siente orgullosa del ejemplo que España daba al mundo con ello.

Fotografía del Rey Alfonso XIII junto a Miguel Primo de Rivera y Orbaneja (1870-1930), 2º Marqués de Estella y 7º Conde de Sobremonte, G.E., Jefe del Directorio Militar que pretendió restaurar el orden social y acabar con el caciquismo, a partir del Golpe de Estado de 1923.

Retrato de Benito Mussolini (1883-1945), Primer Ministro de Italia a partir de 1922.

Es evidente que los reproches que hoy podría merecer la autora por sus alabanzas a Mussolini y Primo de Rivera quedan compensados por el criterio que subyace siempre en sus puntos de vista: cualquiera que rompa con las tradiciones inútiles, con los conservadurismos absurdos, con las ataduras que impiden la existencia de una sociedad más abierta y el triunfo del mérito sobre los privilegios de la sangre merece su gratitud y su bendición. Aún no había llegado la hora, en 1931, en que la modernización del Estado y de la sociedad se convirtieron en un pretexto para deificar al primero y anular a aquélla.

Texto in http://www.personales.ya.com

 

La Hija Secreta de Eulalia

En una fría mañana de febrero de 1883, poco antes de que den las diez, Don Juan Manuel Panadero Jiménez toca con vehemencia a la puerta del Juzgado del pequeño pueblo jienense de Alcaudete. La explicación a tanta urgencia está agazapada entre sus brazos: una recién nacida a la que protege «envuelta en un pedazo de algodón azul, pañal de lienzo de algodón, armilla de indiana clara, gorro blanco y un pañuelo de estambre a cuadros de colores», los mismos ropajes con los que ha sido recogida apenas unos minutos antes de la inclusa del pueblo, el hogar donde se deja a los niños abandonados. Otra expósita, por tanto. Quizás no es la primera, ni será la última, de aquel año 1883. Su destino, como el de tantos otros, será el de arrastrar por el mundo el apellido Expósito. O, si es más afortunada, el más piadoso de Cruz. O el de Baena, el nombre del vecino pueblo con el que ya se ha bautizado a más de uno y a más de dos.
Pero no será así esta vez. Con la parsimonia que acostumbra, trazo exquisito y cuidada letra, el juez de Alcaudete, Don Serafín Hernández Romero, se dispone ya a inscribir al bebé en el registro. Veamos, de nombre... E-u-l-a-l-i-a. De acuerdo. ¿Y el apellido? ... B-o-r-b-ó-n.

 

Bautizada al día siguiente

Borbón. Eulalia de Borbón. Cuando, más de 120 años después, el oficial del Juzgado de Alcaudete Sergio Burgos encontró una partida de nacimiento con este nombre, y en su propio pueblo, se extrañó; una niña abandonada en un torno a quien la máxima autoridad judicial, un secretario, dos testigos y el responsable de la casa-cuna consienten en inscribir nada menos que con el apellido del Rey Alfonso XII. Y no sólo eso. A continuación, ese mismo 13 de febrero, la niña es bautizada en la Iglesia Mayor Parroquial de Santa María de Alcaudete por el presbítero Don Manuel Ocaña, en presencia de un padrino y dos testigos. «Bauticé solemnemente a una niña que dicen fue entregada en la Casa de Veneficiencia (sic) de esta Villa, como a las nueve de la mañana de hoy, a la que puse por nombre Eulalia y por apellido Borbón», escribió en la partida de nacimiento.
¿Quién era esa pequeña? Parece poco probable que la ocurrencia de bautizarla de esa guisa no fuera más que una broma de mal gusto de un juez socarrón y un cura burlón. Mucho menos que se trate de un error. ¿Quién, entonces, osa inscribir como una Borbón a una expósita si no es con el beneplácito de la «autoridad competente»? Y, sobre todo, ¿quién fue aquella Eulalia que alguien dejó a buen recaudo en un retirado pueblo de Jaén?

Primera pista. De nombre Eulalia y de apellido De Borbón. Así se llamaba también la menor de los cinco hijos de Isabel II, conocida como la «Infanta rebelde» y que ha pasado a la Historia por ser algo así como el verso suelto de la Dinastía. En su currículum acumuló motivos sobrados para merecer semejante distinción: defendió la emancipación de la mujer (hace más de un siglo, no lo olvidemos), apoyó la causa de la revolución cubana, desafió a su sobrino Alfonso XIII con una biografía que escandalizó a las cancillerías europeas y se convirtió en la primera Infanta que solicitó formalmente -y logró- el divorcio de un marido infiel y despechado al que, por cierto, ella correspondió con una buena dosis de cuernos.

La hipótesis más plausible

La Infanta Doña Eulalia nació en 1864, 19 años antes de que unos desconocidos dejaran a buen recaudo en la inclusa de Alcaudete a una niña con ese nombre. ¿Se trata, por tanto, de una hija ilegítima de la díscola Infanta y, por tanto, nieta de Isabel II? Saberlo a ciencia cierta es, por el momento, imposible. Pero hay quien cree que hay motivos sobrados para no descartarlo. El descubridor de la partida de nacimiento sostiene que ésta es la explicación más plausible a un misterio difícil de entender. La misma sospecha tiene el historiador José María Zavala, autor de «La infanta republicana: Eulalia de Borbón, la oveja negra de la Dinastía» (Plaza y Janés), la biografía más completa de la hija de Isabel II, que va ya por la segunda edición. Zavala aporta tres ingredientes que, al menos, invitan a no recelar de esta teoría: un historial de amantes especialmente revuelto aquellos años, un puñado de cartas comprometedoras y el nombre en clave de una misteriosa joven a la que, dos décadas después, Doña Leonor cuida con mimo en París.

Vayamos por partes. Segunda pista: nueve meses antes de aquel 13 de febrero de 1883, la Infanta Eulalia saborea aún sus éxitos en la Feria de Abril de Sevilla, de la que era asidua. ¿Ocurrió algo aquellos días? De su activa vida sentimental da cuenta una reveladora carta que había permanecido oculta hasta que Zavala la encontró rebuscando en el Archivo de Palacio. Para entenderla hay que tener en cuenta dos elementos. Uno es su fecha, 27 de julio de 1883, cinco meses después del nacimiento de la misteriosa Eulalia de Alcaudete. El otro, sus protagonistas, tan enrevesados como la propia vida de la hija menor de la Reina. Un breve «dramatis personae» ayudará a entenderlo. El autor de la misiva es Alfonso XII y la destinataria, Doña Paz, ambos hermanos de Eulalia. «Antonio» es Antonio de Orleáns, el primo de la «Infanta rebelde» y el marido que le impusieron tres años después, del que se divorciará tras 14 años de infidelidades mutuas. «Steffi», por último, es el archiduque Carlos Esteban, hermano de María Cristina, segunda esposa del Rey.

Retrato oficial del Rey Alfonso XII de España (1857-1885).

«En cuanto a la conveniencia de haber roto con Antonio -expone Alfonso XII-, yo no creo que ningún hombre se pueda ofender porque se le diga, desde el primer día, que no; pero creo que ninguna mujer tiene el derecho de consentir a un hombre, engañarlo durante más de un año y luego de golpe y porrazo darle calabazas. Eso es sencillamente lo que Eulalia ha hecho,con Steffi, primero, y luego con Antonio, y cosa muy extraña es que dos veces seguidas, con dos muchachos buenos y agradables, se haya equivocado hasta el punto de creer que podía ser feliz con ellos y luego convencerse de lo contrario»

Y eso no es todo. En la misma epístola Alfonso XII habla de un tercer actor en este drama sentimental: el «otro», el «portugués», el futuro Rey Carlos I de Portugal y verdadero amor de Eulalia, con quien la joven se habría casado de no pesarle tanto la responsabilidad de convertirse en Reina. Escribe Alfonso XII a su hermana Paz: «El hecho era no soltar a Antonio, sino cuando el otro hubiera dicho algo, y no que ahora no hay Antonio y está en lo posible que el portugués venga comprometido con otra o no le guste Eulalia y se quede ésta sin nadie y ya sabes que no es tan cómoda de tener mucho tiempo soltera; pues no es tan segura de carácter como tú o Isabel».

La misteriosa «Jacques»

¿Tiene alguno de estos apuestos seductores relación con toda esta historia? De ser cierta esta hipótesis, quizás sí. «En esa época Eulalia llevaba una vida bastante disipada -explica José María Zavala-. Su gran amor era Carlos de Portugal, había roto con el archiduque Carlos Esteban y después con Antonio». La hipotética paternidad de este último, a su juicio, parece poco probable. La de un cuarto «actor» desconocido es una mera especulación. Pero en lo que respecta al futuro Rey de Portugal, el misterio se mantiene vivo, una vez más, gracias a un puñado de cartas -llenas de piropos, confidencias y declaraciones de amor- que se siguieron escribiendo durante toda su vida Eulalia y Carlos, hasta que en 1908 el monarca murió en un atentado.

«Gracias por cuidar de ella»

Según testimonia el biógrafo de Eulalia, en alguna de estas misivas ambos hablan de una niña, a la que llaman simplemente «Jacques», que vive con la Infanta en París, y por la que se interesa con avidez Carlos. «Muchas gracias por ocuparte de ella», le escribe. ¿Por qué lo hace? ¿Quién es esa desconocida? «No sabemos qué fue de esa Eulalia de Alcaudete -concluye Zavala-. Probablemente cambió de nombre. Pero teniendo en cuenta que a esa niña se le pierde la pista, puede ser que termine en París. Desde luego, ese ‘Jacques' es un nombre un poco raro». ¿Será posible que sea la misma niña que una fría mañana de febrero encontró Don Juan Manuel Panadero Jiménez, «envuelta en un pedazo de algodón azul», en una casa-cuna de un pueblo de Jaén?

Fuente: Texto de Ernesto Villar, 2008.
in: http://www.larazon.es/noticia/la-otra-eulalia-de-borbon

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EULALIA DE BORBON, LA INFANTA INCOMODA -2-

Posteado por: retratosdelahistoria el 16 abr En: Biografías Reyes de España - 3 comentarios

MARIA-EULALIA DE BORBÓN

INFANTA DE ESPAÑA & DUQUESA DE GALLIERA,

1864 - 1958

LA INFANTA INCÓMODA -2ª Parte-

 

El Asesinato del amor de su vida

 

En 1908, le llegó la terrible noticia del asesinato a tiros del rey Carlos I de Portugal y de su heredero Luis-Felipe, príncipe de Beira, cuando la familia real lusa hacía su entrada oficial a Lisboa tras una estancia en su residencia de Vila Viçosa. El monarca portugués, por lo visto, fue su gran amor secreto desde que ambos se conocieran en la feria de Sevilla, en la época en que aún andaban los dos solteros y sin compromiso. Aunque Carlos I (1863-1908) se casó en 1886 con la princesa Amélie de Orléans, hija de los Condes de París, y la infanta Eulalia hiciera lo mismo desposándose con el infante Antonio de Orléans el mismo año, nunca dejaron de lado su historia de amor juvenil y siguieron manteniendo sus encuentros y una abultada correspondencia de manera secretísima.

Retrato de la Princesa Amelia de Orléans (1865-1951), Reina de Portugal y madre del rey Manuel II, según Vitor Corcos en 1905. Hija de los Condes de París, se casó en 1886 con el que sería en 1889 el rey Carlos I.

Al ver las fotos de Eulalia y Carlos I de Portugal, uno se percata de las similitudes físicas existentes entre ellos dos: ambos eran rubios, de ojos azules y atractivos, como hechos el uno para el otro. Nos queda una pregunta en el tintero: ¿por qué no se casaron si estaban tan enamorados? Alfonso XII parece contestar a esta incógnita, alegando que Eulalia no quería ser reina por nada del mundo y Carlos estaba destinado a ceñir la corona portuguesa...

Rey de Portugal desde el 10 de 0ctubre de 1889, el reinado de Carlos I se caracterizó por un malestar general debido al estado de bancarrota del país (declarado por dos veces, en 1892 y 1902) y avivado por los desaciertos políticos del gobierno luso, la extravagancia, el despilfarro y los amoríos adúlteros del monarca, que provocaron de manera directa o indirecta un buen número de disturbios populares, enfrentamientos con socialistas y republicanos, alentados por una prensa muy crítica con la monarquía de los Braganza-Sajonia-Coburgo-Gotha. El golpe de Estado de Joao Franco, que se impuso como primer ministro y la consiguiente disolución del Parlamento Luso, en un intento de reestablecer la paz sociopolítica del país, sellaron el destino de Carlos I.

El 1 de febrero de 1908, aprovechando el paso de la comitiva real por la Plaza del Comercio de Lisboa, dos o más asesinos republicanos disparan contra el rey Carlos I y su familia con el fin de acabar con la monarquía lusa. Ilustración de la época.

El 1 de febrero de 1908, la familia real lusa regresaba al Palacio Real da Ajuda de Lisboa después de una estancia en el palacio de Vila Viçosa, desoyendo las advertencias de que algo se fraguaba contra el rey. Durante el trayecto de la comitiva real, y pasando por la Plaza del Comercio, dos (o más?) republicanos dispararon desde la multitud contra la familia real; Carlos I murió en el acto mientras su heredero Luis-Felipe, agonizó durante 20 minutos, y el infante Manuel se salvó con solo un disparo en el brazo, saliendo milagrosamente indemne la reina Amelia. La guardia del rey respondió a los disparos masacrando a los dos regicidas, Alfredo Costa y Manuel Buiça.

Retrato oficial del Rey Carlos I de Portugal (1863-1908), que reinó entre el 10 de octubre de 1899 y el 1 de febrero de 1908. Su idilio con la Infanta Eulalia permaneció secreto hasta que, a la muerte de Eulalia en 1958, se descubrió su correspondencia con Carlos I...

Nos podemos imaginar cómo sentó semejante noticia a la infanta Eulalia... Había perdido a su gran amor y único confidente.

Eulalia, autora "non grata" en España

Retrato de la Infanta Eulalia de España, Duquesa de Galliera (1864-1958), posando con un vestido de corte. / Abajo, retrato juvenil del Rey Alfonso XIII de España (1886-1941), sobrino de la Infanta Eulalia, según el artista Ramón Casas.

Mientras estuvo viajando y seduciendo mentes y corazones por las cortes de Europa, la infanta se puso a escribir lo que iba a convertirse en un libro escandaloso. Nunca antes se había visto que una princesa se diera el lujo y la libertad de plasmar en negro sobre blanco sus impresiones personales sobre su época y sus contemporáneos; pero llegó Eulalia y con ella el escándalo, cuando mandó publicar su manuscrito titulado en francés "Au fil de la Vie" (A lo largo de la vida), en 1911 y firmando bajo el inequívoco seudónimo "Comtesse d'Avila". En ese polémico libro, la infanta daba rienda suelta a sus ideas "revolucionarias", presentándose como una feminista convencida y partidaria del divorcio. El impacto fue tal que su enojado sobrino Alfonso XIII, que ya había asumido las riendas desde 1902, vetó la publicación en todo el territorio español y comunicó su soberano enfado a la autora, dándole a entender que no era bienvenida en España. Declarada persona non grata y desterrada durante una década, la infanta siguió yendo de un lado a otro del Viejo Continente como una apátrida, una exiliada renegada por su familia, llevándola a fijar su lugar de residencia habitual en París (en un elegante apartamento del Boulevard Lannes), capital de su patria afectiva.

"Velada en el Pré Catelan", obra de Gervex realizada en 1909 en París. El cuadro, que fue encargado por el propietario del restaurante, nos da una pequeña muestra de lo que era el lujoso y refinado ambiente de la "Belle Epoque" y que la Infanta Eulalia conoció muy bien.

Tras estallar la Iª Guerra Mundial (1914-1918), Eulalia prosiguió con su carrera de escritora ocasional publicando un segundo manuscrito en Londres, titulado "Court Life from Within" en 1915. Veinticinco años después, en 1930, daría otro gran golpe al publicar sus "Memorias". En 1949, serían sus "Cartas a Isabel II" (Mi viaje a Cuba y a Estados Unidos), libro que recoge las sesenta cartas que Eulalia escribió a su madre en el curso de sus viajes oficiales al Nuevo Continente en 1893.

La Infanta Eulalia acompañada por sus dos hijos, los Infantes Don Alfonso y Don Luis Fernando de Orléans. Durante mucho tiempo, se vio privada de la custodia de sus hijos tras su separación con Antonio de Orléans en 1900; éstos habían sido enviados por su padre a Inglaterra para estudiar en un colegio jesuita...

Puesto que España le estaba vetada, la infanta tuvo que instalarse en una residencia para damas que regentaba una religiosa conocida como la Madre Lóriga, ya que andaba escasa de caudales y no se podía permitir el lujo de mantener casa propia. El contínuo despilfarro de su ex-marido la habían arruinado y, al no poder disponer de sus cuentas bancarias sin el expreso permiso marital (cosa común para todas las mujeres de la época), se vio abocada a una situación financiera que rozó la pobreza hasta que consiguió, por vía judicial (con el respaldo de sus hijos), recuperar lo que quedaba de la mermada fortuna familiar y obtener la inhabilitación de su ex-marido.

Por su lado, el infante Antonio de Orléans y Borbón, que nunca se privó de nada y gastó a manos llenas en extravagancias y fulanas mientras su ex-mujer se debatía en la penuria, se vio finalmente obligado a vender en 1919 las tierras de su ducado italiano de Galliera para hacer frente a sus colosales deudas. En cuanto a su aventura sentimental con la rica viuda del magnate norteamericano Simon Gugenheim, la bella bretona Marie-Louise Le Manac'h (1869-1949), iniciada en 1900 y a la que dio amplia publicidad en Londres, París y Sevilla, no cuajó en boda por su culpa. Incapaz de serle fiel, ésta acaba abandonándole a su suerte en 1906.

Eulalia, la Republicana

No nos ha de extrañar que, en cierta ocasión, el propio rey Alfonso XIII emplease el término "republicana" para referirse a su tía la infanta Eulalia, tras oír de sus labios los argumentos sobre la inevitable revolución portuguesa o la rusa y sus acertadas predicciones, nada alentadoras, en torno al futuro de las monarquías europeas incluyendo la española. El tiempo le dio la razón y ella lo sentenció de este modo: "Ninguna corona se ciñe lo suficiente como para no caerse."

Retrato de Don Alfonso XIII (1886-1941), Rey de España entre 1886 y 1931, posando con uniforme de húsar según el pintor Sorolla, en 1907./ Abajo, fotografía de la Infanta Isabel "la Chata", Condesa viuda de Girgenti (1851-1931), la mayor de las cuatro hijas de Isabel II.

En respuesta al calificativo de su sobrino, Eulalia escribiría en sus "Memorias": "¡Republicana! Siempre que en la Corte española se decía algo que se separara del criterio predominante, o se opinara libremente, o se expusieran realidades, surgía la palabra. No cegarse, no tener en los ojos una venda ni en la boca una mordaza, era ser republicana...¡Republicana! Para muchos de los nobles españoles, yo lo era. Lo éramos todos los que no estábamos empeñados en no ver. Y, en España, ser republicano era no sólo profesar un credo político, sino estar excluido del contacto con los servidores del Rey..."

Eulalia fue la única persona de su familia en criticar la abominable educación de su sobrino Alfonso XIII. No podía sentir otra cosa que asombro y espanto ante la permisividad e indulgencia de la reina-regente Maria-Cristina y el ciego acatamiento de la infanta Isabel la Chata, respecto a Alfonso. Le tildó de malcriado y consentido, imbuido de su papel de monarca absoluto, acostumbrado a que todos, desde sus tías hasta el último cortesano, le rieran las gracias, le reverenciasen como un dios y ejecutasen con diligencia sus órdenes con solo levantar una ceja o el dedo meñique. La actitud y prepotencia del rey le consternaba, pero más le indignaba que toda la familia se guardara mucho de rechistarle y corregirle.

Famoso queda el conflicto anecdótico entre la infanta Eulalia y el rey Alfonso XIII, cuando en la mesa sirvieron coliflor. A la infanta le desagradaba y no quiso comersela. Su sobrino le preguntó por qué no tomaba coliflor y ella le contestó que no la soportaba. Entonces el joven monarca le ordenó que hiciera el esfuerzo, porque a él le gustaba y se le antojaba que ella también se la comiera.

El Comedor de diario del Palacio Real de Madrid, presidido por el imponente retrato de la reina Isabel II con su primogénita la Infanta Isabel "la Chata", princesa de Asturias, según Winterhalter. Sus ventanas dan sobre la fachada de la calle Bailén, justo encima de la Puerta del Príncipe.

Vista aérea del Palacio Real de Madrid en la actualidad, frente al cual se levantó la Catedral de la Almudena. En él vivieron los reyes Alfonso XIII y Victoria-Eugenia con su corte, siendo sus últimos inquilinos fijos, hasta 1931, año de la caída de la monarquía española y de la llegada de la IIª República.

Por cierto, en el Palacio Real de Madrid, se tardaba exactamente 20 minutos de reloj entre el momento en que los platos salían de las cocinas y llegaban al comedor de diario, donde la familia real tomaba habitualmente sus almuerzos y cenas, por lo que solían siempre comer más frío que tibio.

Ni Alfonso XIII pudo con ella, ni tampoco la Infanta Isabel cuando se propuso meterla en vereda desde los 18 años y convertirse en su "institutriz" a lo Rottenmeyer, espiando y vigilando todo lo que hacía o dejaba de hacer, recriminándole constantemente lo deslenguada y descortés que era. Fue la Chata quien le espetó en su día "Hay que saber ser Infanta antes que mujer!"... Fue ella también quien sopló a la reina Maria-Cristina que Eulalia había ido a París para abortar, tras quedarse accidentalmente encinta de su amante de turno (el aristócrata ruso Conde de Jametel). Las reciminaciones le resbalaban y se alzaba de hombros, harta de tanta gazmoñería española.

Por lo que tocaba a su ex-marido, el despechado infante Antonio, duque de Galliera, éste se quejó hipócritamente de Eulalia citando cómo ella controlaba, con reloj de bolsillo en mano, el tiempo de cohabitación que le permitía sin concederle ni un minuto extra, tal era su inapetencia sexual y el asco que le daba tener que acostarse con él. Las razones eran obvias.

Retrato de la Reina Isabel II de España (1830-1904), madre de la Infanta Eulalia, a la que pareció transmitir su gusto por las aventuras de alcoba...

La única que se guardó de reprocharle su conducta fue su madre Isabel II. Y con razón. El currículum materno era demoledor y no brindaba a ésta la suficiente autoridad moral como par dar lecciones de decencia y decoro a una hija que parecía un calco suyo en muchos aspectos. Isabel II tuvo su cama abierta a mucha gente, empezando por su "general bonito" (el General Serrano), sucedido por un oficial de ingenieros valenciano, el famoso Enrique Puigmoltó (supuesto padre de Alfonso XII) y éste, a su vez, reemplazado por el comandante José Ruiz de Arana apodado el "Pollo Arana" (y supuesto padre de la Chata). Después vinieron un marqués, un coronel, un cantante de ópera, un músico callejero, un odontólogo norteamericano o un turcoalbanés al que llamaba simplemente "Jorge": "Tú me enseñarás el albanés, el inglés y todos los idiomas, y yo te enseñaré a ti el lenguaje de mi alma..." le escribió la calentorra en una apasionada carta. Y qué decir de su secretario personal, Miguel Tenorio, de quien algunos historiadores mantienen la hipótesis de que es el auténtico padre de las infantas Paz, Pilar y Eulalia!

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