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Categoría: Curiosidades

ANTOINE ROSSIGNOL & EL GRAN CÓDIGO DE LUIS XIV

Posteado por: retratosdelahistoria el 24 nov En: Biografías Curiosidades Apuntes - sin comentarios

LOS ROSSIGNOL, CRIPTÓGRAFOS DE SU CRISTIANÍSIMA MAJESTAD

ANTOINE ROSSIGNOL & EL GABINETE NEGRO

En Francia, desde el siglo XVIII, la palabra "rossignol" (ruiseñor), se convirtió en una palabra coloquial para expresar la idea de una clave o de un juego de llaves "passe-partout" para abrir cualquier cerradura, y no por culpa del pájaro sino por que Antoine Rossignol fue uno de los mejores expertos en códigos y descifrados, fuese para elaborar o para descifrar las comunicaciones secretas de su tiempo. Su hijo y su nieto siguieron la tradición y estuvieron a sueldo de la Corona Francesa de por vida.

Natural de la ciudad de Albi, Antoine Rossignol nació en 1600 y murió en 1682. Su infancia y adolescencia siguen siendo una incógnita, por la falta de información disponible sobre el personaje que nos interesa. Sin embargo, aparece en escena durante el sitio de la ciudad de Réalmont, villa hugonota (protestante) que se ha sublevado contra la autoridad real, y cuyo asedio es dirigido por el Duque Enrique II de Borbón, Príncipe de Condé. Sus soldados interceptan un correo cifrado de los rebeldes hugonotes y piden a Antoine Rossignol, entonces un matemático de 26 años de edad, que tenía la reputación de ser un goloso de códigos secretos, que descifre la misiva de los sitiados. En pocas horas, Rossignol desvela el contenido del mensaje interceptado y lo traduce para llevarlo al Príncipe de Condé; revela entonces las dificultades de los sitiados para conseguir munición con el que poder continuar la resistencia, ya que se habían quedado sin pólvora y sin balas...

Al día siguiente, el Príncipe de Condé envía a un grupo de soldados con un oficial al frente y portador de un mensaje para el gobernador de Réalmont. Sin florituras, el representante del Príncipe de Condé pone las cartas sobre la mesa y le hace saber que están al corriente de que se han quedado sin municiones y exigen, de paso, una rendición inmediata si no quieren sufrir un asalto en toda regla. Desarmados, los hugonotes capitulan y abren las puertas de la ciudad al ejército de Condé.

Este hecho llamó poderosamente la atención del primer ministro de Luis XIII, el Cardenal de Richelieu, que encontraba en el cifrado un medio de gran utilidad para sus actividades diplomáticas y de espionaje. Y, cuando Rossignol volvió a lucirse al descifrar otra misiva encriptada de los protestantes rebeldes de La Rochelle, en 1628, el cardenal no dudó un instante para asegurarse sus servicios.

El Servicio Secreto de Luis XIV

Convertido en un precioso servidor de la Corona y del Estado, Antoine Rossignol mejoró el sistema de cifrado por sustitución, utilizado en la Corte gala para sus correos. El nuevo sistema, bautizado como "nomenclatura", consistía en un sistema híbrido entre código y cifrado llamado "sistema de repertorios". Palabras particularmente importantes entraban en el código, antes que enunciarlas, mientras que la mayoría del mensaje estaba sencillamente cifrado. Ese método de sustitución, basado en un diccionario cifrado, ponía en correspondencia palabras enteras y particularmente importantes (nombres de personalidades, de lugares, etc...) con su equivalente codificado. Lo revolucionario del sistema Rossignol, era sobretodo que el receptor del mensaje cifrado necesitaba de dos índices (dos diccionarios) para descifrar completamente la misiva.

Retrato de Luis XIV "el Grande" (1638-1715), Rey de Francia y de Navarra de 1643 a 1715; según Mignard.

Durante el reinado de Luis XIV, Rossignol y su hijo Bonaventure, asociado al trabajo paterno y a sueldo de la Corona, estuvieron trabajando tanto en su residencia señorial de Juvisy, a las afueras de París, como en un despacho contiguo al gabinete privado del Rey en el Palacio de Versailles. Para él, los Rossignol padre e hijo concibieron "le Grand Chiffre" (La Gran Cifra), también conocido como "la Gran Cifra de Luis XIV". Lo dominaron hasta el punto de que no dudaron un solo instante a la hora de codificar todas las cartas, notas de servicio y archivos de Estado. Dado el gusto de los Rossignol y del Rey por los secretos, se creó en Francia el célebre "Cabinet Noir" (Gabinete Negro), fundado bajo el ministerio del Marqués de Louvois y que fue tan eminente que su nombre sería prontamente traducido al inglés "The Black Chamber", convirtiéndose en el término internacional para todos los servicios de códigos de otros países.

Antoine Rossignol, Consejero Privado de Su Majestad, falleció en diciembre de 1682, a la edad 82 años según "Le Mercure de France" (el primer periódico oficial francés del siglo XVII) en su mansión de Juvisy. Su pensión anual de 12.000 libras pasó entonces a su hijo y sucesor en el cargo (al frente del Gabinete Negro), Bonaventure Rossignol. De hecho, Bonaventure y su hijo Antoine-Bonaventure (nieto del difunto), fueron promovidos ambos al puesto de presidente de la Corte de Cuentas.

El Código Indescifrable descifrado

Cuando el nieto falleció, el gran código o "Grand Chiffre" murió con él, llevándose a la tumba las claves para descifrar todos los papeles de Estado que estaban clasificados como secretos. Sin claves y sin las bases del concepto, Étienne Bazeries, oficial del Ejército Francés de la IIIª República al frente del departamento militar de criptografía, necesitó tres largos años de árdua investigación para conseguir las claves de los Rossignol (1890). Lo realmente increíble de esta anécdota, es que tanto la IIIª República como los regímenes que la precedieron y que surgieron después de la Revolución Francesa, no pudieron leer los archivos diplomáticos franceses de la época hasta después de 1890.

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ENRIQUE IV DE FRANCIA & SU GUARDARROPA

Posteado por: retratosdelahistoria el 10 nov En: Curiosidades Reyes de Francia Apuntes - 4 comentarios

EL TRAJE DEL REY ENRIQUE IV & SU GUARDARROPA

Cuando el fatídico 14 de mayo de 1610 recibió, en plena calle, la mortal puñalada de su asesino François Ravaillac, Enrique IV de Francia llevaba un jubón y calzas de satén negro sin pasamanerías, medias de seda negra con jarreteras a juego, una camisa blanca de fina tela de Holanda con los puños plisados y el cuello con gorguera de encaje almidonado. En los pies, zapatos de punta discretamente redondeada de cuero de Flandes, abiertos a ambos lados con un sistema de cierre cubierto por una rosa de tafetán negro guarnecido con encajes de hilo. A juego, un manto o capa corta de terciopelo negro, adornada con la gran cruz de la Orden del Espíritu-Santo, confeccionada con un bordado en hilo de oro y plata. Alrededor del cuello, en sotuer, el monarca lleva la ancha cinta de muaré azul de la cual cuelga la cruz de la orden, en oro y esmaltes. En la cabeza, un sombrero de castor negro con o sin penacho blanco.

El momento de su fallecimiento en su estudio o gabinete privado de la primera planta del Palacio del Louvre, sus ayudantes de cámara y los testigos presenciales dejaron patente el contenido de su guardarropía: predominaban en sus trajes el color negro, su favorito, seguido por el color gris y gris-perla, el pardo y, en menor medida, el blanco, con bordados y pasamanerías en hilo de oro y plata o sencillos. Las telas van desde el terciopelo al satén, la seda y el tafetán. Algunas prendas, sobretodo las que se utilizaron para las cacerías, eran confeccionadas en piel de ante. En diversos cajones, se contaron numerosos pares de guantes de piel de ciervo, corzo, ante, cabra, de lobo marino,... Entre su calzado, se distinguían las botas de montar, muy flexibles y cómodas, realizadas en piel de vaca que se ajustaba perfectamente a los gemelos y llegaban por encima de la rodilla, con solapas y guarniciones en terciopelo de color a juego con los diferentes jubones y calzas.

Si hay un detalle que es desconocido por la mayoría del vulgo, es éste: Enrique IV solía llevar siempre encima sus anteojos (gafas) para poder leer los documentos y cartas que le eran entregadas.

Por otro lado, sus sirvientes siempre revestían la librea de la Casa Real, confeccionada en rojo, blanco y azul adecuadamente combinados, ya que eran los colores de los Borbones.

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LOS DIAMANTES DE LA PAIVA

Posteado por: retratosdelahistoria el 2 nov En: Curiosidades Actualidad Apuntes Joyas Históricas - sin comentarios

LOS DIAMANTES DE LA PAÏVA

En el mes de mayo de 2007, en Ginebra, la casa de subastas Sotheby's procedió a la venta de dos diamantes excepcionales. El comprador, que quiso conservar el anonimato, los obtuvo por 5,8 millones de €., o sea, casi el doble de su precio inicial según la estimación de los peritos. Las dos gemas poseen un color amarillo natural bastante excepcional, y se ignora la procedencia exacta de éstas: Brasil o India. Talladas en el siglo XIX, han conservado su forma inicial. Una fue tallada en forma de pera, pesando 82,42 quilates, mientras que la otra, tallada en cojín, tiene 102,54 quilates.

Pero más allá de sus características, su historia suscita un gran interés. Los dos diamantes amarillos pertenecieron a La Païva, célebre cortesana y legendaria figura de la alta sociedad parisina del siglo XIX. Nacida en Moscú en 1819, de padres judíos polacos refugiados en Rusia, Esther alias PaulineThérèse Lachman se había establecido en París tras abandonar a su primer marido e hijo, en plena época del IIº Imperio. Nuevamente casada durante un tiempo con el riquísimo aristócrata portugués Albino Francisco de Païva-Araujo, Marqués de Païva, vivía en un extravagante y lujoso palacete de los Campos Elíseos, coleccionando amantes y diamantes. Sus joyas rivalizaban -y sobrepasaban- las que poseía la mismísima emperatriz Eugenia.

Falleció en Alemania, en 1884, casada en terceras nupcias con otro aristócrata de rancio linaje y gran fortuna, el Conde Guido Henckel von Donnersmarck, primo del canciller Bismarck. Es en el seno de esta familia que se conservaron los famosos diamantes, siendo utilizados en broches, colgantes o esclavas según el capricho de la siguiente condesa von Donnersmarck, la princesa rusa Ekaterina Slepzowa que confiaba las modificaciones a la afamada casa Chaumet de París.

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ARQUEOLOGIA PROHIBIDA: descubrimientos incómodos

Posteado por: retratosdelahistoria el 21 oct En: Temas Curiosidades Misterios - 9 comentarios

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LAS ALHAJAS RUSAS DE MARY DE TECK

Posteado por: retratosdelahistoria el 8 oct En: Curiosidades Reyes de Gran-Bretaña Zares de Rusia Apuntes Joyas Históricas - sin comentarios

MARY DE TECK & LAS JOYAS RUSAS

Un turbio asunto de estafa familiar en Buckingham Palace

La reina Mary de Teck (1867-1953), consorte del rey Jorge V de Gran-Bretaña e Irlanda, tuvo una infancia marcada por grandes estrecheces pecuniarias gracias a un padre frívolo y a una madre manirrota que dilapidaron su fortuna.

De aquellos años como "pariente pobre" del Gotha Europeo, la reina Mary había adquirido una fobia enfermiza a la pobreza (Peniafobia). Incluso casada con Jorge V, su nuevo estatus de reina consorte y la fortuna de aquél no consiguieron vencer su miedo. Para ella, todos los medios eran válidos con tal de hacerse aún más rica y, a ese comportamiento obsesivo se unió una cualidad muy fea: la racanería.

A lo largo de su vida como soberana consorte, se dedicó a acumular todo tipo de tesoros que pudiesen salvaguardarla de la pobreza: servicios de plata, cuadros, obras de arte y, sobretodo, joyas.

Cuando en ciertas ocasiones era recibida por las familias de la rancia aristocracia británica, éstos se veían en la obligación de esconder todos los objetos valiosos que pudieran atraer su atención o provocar su admiración. Y es que ya estaba en boca de toda la alta sociedad el estiloso modo que tenía la reina Mary para conseguir que, aquello que le agradaba, le fuera ofrecido amablemente. Sabía cómo hacerse con cuadros, joyas u objetos: se pasmaba, se extasiaba de tal manera ante éstos que sus propietarios, entre presionados y queriendo congraciarse a la reina, se veían casi obligados a regalárselos (aunque fuera a regañadientes).

Las Joyas Rusas & la Reina Cleptómana

Retrato de la Zarina Maria Feodorovna (1847-1928) Emperatriz consorte de Todas las Rusias y viuda del Zar Alejandro III, padres ambos del último Zar Nicolás II. Nacida Princesa Maria Dagmar de Dinamarca, era la hermana de Alexandra, Reina consorte de Gran-Bretaña e Irlanda y cuñada del rey Eduardo VII, lo que la convertía en la tía carnal del rey Jorge V... Fue de los pocos miembros de la Familia Imperial Rusa que consiguió escapar de la masacre de los Bolcheviques. / Abajo, fotografía de la Gran Duquesa Xenia Aleksandrovna de Rusia (1875-1960) -derecha- y de su hermana la Gran Duquesa Olga Aleksandrovna de Rusia (1882-1960) -izquierda-.

A la muerte de la Emperatriz Viuda Maria Feodorovna de Rusia (1928), su importante colección de joyas fue puesta en venta por sus hijas las grandes duquesas Xenia y Olga Aleksandrovna. Éstas, que tenían la reputación de no saberse manejar muy bien en los negocios, cometieron el craso error de dejar que su pariente la reina Mary se ofreciese, como quien no quiere la cosa, de intermediaria en las transacciones.

Una estimación de 350,000 Libras Esterlinas fue presentada por entonces, pero el resultado que habría permitido a las dos hermanas vivir holgadamente hasta el final de sus vidas no pareció concretarse. Tan solo se les dio un tercio de la cantidad estimada!

Ante la extrañeza de las grandes duquesas en el momento de percibir la irrisoria suma de dinero, la reina Mary les explicó que la venta de las alhajas había ido mal. Más extrañadas estuvieron cuando, al poco tiempo, vieron a la reina Mary lucir ostentosamente las mejores y más preciadas alhajas de la Emperatriz Vda. Maria Feodorovna en los actos oficiales de la corte británica. Olga y Xenia, aprovechando un encuentro con la reina, le hicieron notar su malestar con elegancia, y Mary de Teck les replicó sin florituras que debían estar agradecidas por los esfuerzos que había hecho el rey para darles techo y comodidades que, por cierto, suponían una carga para el real bolsillo. Pese al disgusto, las grandes duquesas callaron su indignación por no hacerle un feo al rey Jorge V, que había tenido la gentileza de acogerlas en Londres y proporcionarles alojamiento gratis en la finca real de Hampton Court.

La Reina Mary de Teck (1867-1953), consorte del rey Jorge V de Gran-Bretaña e Irlanda. En la fotografía, posa con la famosa diadema de la Gran Duquesa Maria Pavlovna de Rusia, que pasó a la Emperatriz Vda. Maria Feodorovna y de ésta a sus hijas Xenia & Olga. / Fotografía -abajo- de la diadema de la Gran Duquesa María Pavlovna, actualmente en la colección privada de la reina Elizabeth II.

Tras el deceso de la reina Mary en 1953, el grueso de sus joyas personales fueron legadas a su nieta la reina Elizabeth II, su principal heredera. Otras pocas fueron a parar a la hermana de la soberana, la Princesa Margaret, Condesa de Snowdon que, posteriormente fueron vendidas por sus hijos tras su fallecimiento.

Al producirse la muerte de la gran duquesa Olga de Rusia (1960), sus hijos descubrieron finalmente la verdad. La reina Mary de Teck había metido mano en aquellas suntuosas alhajas imperiales y escogido las piezas que más le gustaban. Dicho de otro modo, la esposa de Jorge V se había servido y apropiado indebidamente de aquellas alhajas pagando un precio irrisorio!

Entre aquel botín que representaban las alhajas de la penúltima zarina de Todas las Rusias, destacaba una hermosa diadema de diamantes y perlas que había pertenecido a la gran duquesa Maria Pavlovna (1854-1920), esposa del gran duque Vladimir Aleksandrovich de Rusia, nacida princesa de Mecklenburg-Schwerin ( en la fotografía de la izq.).

Tihon y Guri Kulikovsky, los hijos de la gran duquesa Olga que descubrieron el pastel, no se quedaron de brazos cruzados y se dirigieron directamente a la reina Elizabeth II para que saldara la deuda de su abuela usurera. El escándalo estaba servido...

Tras consultar con sus abogados, Elizabeth II satisfizo rápidamente la cuantía exigida por los hijos de las grandes duquesas estafadas.

Habían pasado 33 años desde la defunción de la gran duquesa Olga, pero Elizabeth II no quería separarse de su diadema preferida, y prefirió pagar las alhajas al precio actualizado de 1993 antes que devolverlas a sus hijos. Por fortuna, los trapos sucios fueron lavados en privado y no tuvieron que ser aireados ante los tribunales.

La Reina Elizabeth II de Gran-Bretaña e Irlanda del Norte, posando con la diadema de la Gran Duquesa Maria Pavlovna de Rusia, heredada de su abuela la Reina Mary de Teck, en una foto oficial como soberana de Canadá.

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HUMBERTO I DE ITALIA & SU DOBLE

Posteado por: retratosdelahistoria el 5 oct En: Curiosidades Italia - 3 comentarios

HUMBERTO I DE ITALIA & SU DOBLE

La fatal coincidencia

Humberto I de Saboya (1844-1900), Rey de Italia desde el 9 de enero de 1878, tuvo un final que por fuerza ha de darnos cierto escalofrío en la espalda.

El 28 de julio de 1900, el rey Humberto I se encontraba cenando en un restaurante de la localidad de Monza, a la que había acudido para presidir un concurso de atletismo que allí se celebraba. En ese restaurante, tuvo la sorpresa de su vida: el dueño, que había acudido personalmente a darle la bienvenida a su establecimiento, era físicamente idéntico a él... hasta el punto de que los presentes creyeron ver gemelos que solo se distinguían por sus trajes.

Intrigado por semejante encuentro, el rey le preguntó por detalles de su vida: resultó llamarse igual que él, habían nacido en la misma fecha y misma ciudad (Turín, la vieja capital de los Duques de Saboya) y sus esposas llevaban el mismo nombre de pila, Margherita, con las que se habían casado el mismo día. Como guinda final a tal cúmulo de extrañas coincidencias, resultó que Humberto I había sido proclamado rey el mismo día en que su alter ego (o su Doppelgänger como dirían los alemanes) inauguraba su restaurante.

Fotografía de los Reyes Humberto I & Margherita de Italia.

Muy divertido, el monarca salió del restaurante despidiéndose calurosamente del dueño e invitándole formalmente a que viera con él, la competición que iba a celebrarse en el estadio, desde el mismo palco. Las curiosas coincidencias fueron prontamente contadas a todo el séquito que acompañaba al rey.

Al día siguiente, acudió al evento por el cual se encontraba en Monza. En el curso del mismo, el monarca se extrañó al ver que el asiento que había reservado a su doble seguía vacío. Poco después su ayudante, con gravedad, le comunicó que su invitado Humberto, el dueño del restaurante donde habían cenado la noche anterior, acababa de fallecer asesinado de un pistoletazo a las puertas del estadio.

El soberano, mientras dejaba el palco y se dirigía a su carruaje, asombrado a la par que inquieto por la noticia, apenas pudo percatarse cómo un anarquista italo-americano que respondía al nombre de Gaetano Bresci surgía de entre la multitud para dispararle tres veces casi a bocajarro, dándole muerte.

Era la tercera vez que Humberto I sufría un ataque terrorista. En noviembre de 1878, un tal Giovanni Passannante, anarquista también, intentó matarle durante un desfile que presidía en Nápoles; todo se redujo a un buen susto para él, pero para su primer ministro Benedetto Cairoli, las heridas fueron graves. El segundo se produjo en 1897: Pietro Acciarito quiso apuñalarle durante una visita en las inmediaciones de Roma y también fracasó.

Como reza el dicho, a la tercera va la vencida. Pero, desde luego, se trata de una sincronicidad que le hiela la sangre a cualquiera.

En cuanto al Doppelgänger (el doble fantasmagórico de una persona viva, traducido como doble andante), pertenece a las mitologías nórdica y germánica, y no suelen ser de buen augurio para quien lo vea. Éste no suele tener sombra propia como tampoco suele reflejarse en los espejos y la superficie del agua. Popularmente, se cree que son portadores de malas noticias para quien sufra dicho encuentro: generalmente, le anuncia su propia muerte y, en menor medida, una enfermedad inminente.

Claro que, en el caso del rey Humberto I, ¿se trató realmente de un doppelgänger?

Las circunstancias o errores que rodearon su muerte llevaron al fatal desenlace: primero renuncia a llevar por debajo de su traje la hermilla o malla de acero que suele ponerse para protegerse de los repetidos intentos de asesinato que planean los anarquistas contra su persona, y luego pide que su carroza sea descubierta por causa del agobiante calor del día. Acompañado por dos generales, se despide de la reina para dirigirse a su carruaje atravesando la multitud que se agolpa para saludarle gritando vivas, mientras suena la marcha real interpretada por la banda de música. El regicida Bresci, que lleva dos días en Monza preparando su cometido, aprovecha la confusión para disparar contra Humberto I con una pistola de cinco balas. Con tres disparos muy seguidos, Bresci da en el blanco: el rey recibe una bala en la espalda, la segunda le perfora un pulmón y la tercera, certera, en pleno corazón.

Humberto I ni siquiera se percata que le han herido de muerte: "No es nada, sigamos!"

Dos segundos después se desploma: "Rápido, creo que estoy herido!"... Al poco muere.

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EL MITO DE LA SANGRE AZUL

Posteado por: retratosdelahistoria el 21 feb En: Temas Curiosidades Apuntes - 6 comentarios

DE SANGRE AZUL

En la Edad Media, blasfemar era un pecado mortal, y la plebe jamás se arriesgaba a caer en esa costumbre proscrita por la Iglesia. Los señores feudales, en concreto los nobles franceses, por el contrario, acostumbraban blasfemar sin el menor escrúpulo ni temor hasta que cierto día, un jesuita muy cercano al soberano galo, les prohibió mentar el nombre de Dios en sus blasfemias predilectas. Para ello, y para afrontar ese contratiempo, señores y damas acabaron por sustituir "Dios" por la palabra "Azul" y así sus imprecaciones se modificaron como por ejemplo:

Par la mort de Dieu (por la muerte de Dios), pasó a ser Morbleu!; Sacré Dieu! (Santo/Sagrado Dios!) pasó a ser Sacrébleu!; Par le Sang de Dieu (por la sangre de Dios), Palsembleu! etc.

Obviamente, los criados que oían esos improperios a diario, acabaron por retener la palabra "bleu" (Azul) que, pronto, derivó en sang bleu (sangre azul); ya que la blasfemia era un privilegio de la aristocracia notoriamente malhablada, les llevó a distinguir al noble del plebeyo instaurando la costumbre de decir: "Ése es de sangre azul!".

De ahí, en parte, la leyenda de que los nobles y reyes tuviesen sangre azul y no roja, como la de los plebeyos.

Por otro lado, el hecho de que las damas y los caballeros se distinguían de la plebe era, además de la suntuosa vestimenta, por el aspecto lechoso de su piel. Al no tener que faenar, como los campesinos, al aire libre, su epidermis permanecía blanca e impoluta al contrario de la chusma que, bajo todo tipo de inclemencias, solían tostarse sobretodo bajo el sol estival durante las largas jornadas de trabajo en el campo.

De hecho, caló tanto en la clase aristocrática, que siempre se tuvo mucho cuidado en que las damas sobretodo, no se expusieran demasiado bajo el sol. Cuanto más blanco y fino era el cutis, más sexy y excitante resultaba para los caballeros adivinar las venas azuladas en los opulentos bustos y orondos rostros femeninos, recordando el mármol más preciado y delicado.

Fotograma de Elizabeth. La Edad de Oro (Shekhar Kapur, 2007), interpretado por la actriz Cate Blanchett.

Quizá encontremos un excelente ejemplo visual en la película "Elizabeth" de Shekhar Kapur (1998), protagonizada por la actriz Cate Blanchett, en el momento de su transformación de reina mortal en reina virginal y divinizada, de hierática majestad, cuyo semblante y nobles manos son blanqueadas minuciosamente por sus damas.

Retrato de Dama noble inglesa, obra de Gheeraert (2ª mitad del siglo XVI).

Hasta tal punto llegó esa obsesión entre las féminas de alcurnia, que se puso de moda en el siglo XVII hacer una dieta a base de vinagre, con tal de conseguir un cutis de incomparable palidez que imitase la de los cadáveres y de las estátuas marmóreas.

Retrato de Dama con vestido azul, de Thomas Hudson.

La perdurable moda de esa blanca palidez cadavérica se combinó, prontamente, con el rojo carmín que se aplicaba difuminada en mejillas y chillona en labios para dar más énfasis a la blancura del cutis a finales del XVII y durante el XVIII. Algunos afeites que se fabricaban entonces para conseguir esos tonos blancos y rojizos, ocasionaron no pocas muertes por intoxicación cutánea.

Retrato de Madame Gautreau, c.1884, obra de John Singer Sargent.

El caso es que la blancura de la piel estuvo, hasta los albores del siglo XX, asociada al estatus social de la persona como sinónimo de nobleza. Lo curioso es que, desde mitades del mismo siglo XX hasta nuestros días, los papeles se han invertido; el bronceado que era propio de los que faenaban penosamente en el campo o en el mar, ahora es sinónimo de persona ociosa de clase media alta y dada a todo tipo de actividades sanas y deportivas marítimas y montañesas (esquí, navegación, turismo, etc.); mientras que los paliduchos ahora suelen ser los obreros de las grandes urbes, invirtiéndose asi los papeles.

Aunque, todo hay que decirlo, la generalización de la insana práctica de las sesiones de rayos uva y de los solariums en gimnasios, así como la delgadez (siguiendo los cánones de la moda) entre la gente obsesionada por su aspecto físico, han hecho aumentar, de forma alarmante, el porcentaje de casos de cáncer de piel y de anorexia.

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COSTUMBRES SEXUALES EN LA HISTORIA -1-

Posteado por: retratosdelahistoria el 14 sep En: Temas Curiosidades Apuntes - 12 comentarios

SEXUALIDAD DE PUEBLOS & ÉLITES EN LA ANTIGÜEDAD

Antes de que se produjera la catástrofe a escala mundial a la que se refiere Nietszche, el Mundo habitado por los antiguos, nuestros predecesores, no sabía nada de prejuicios sexuales a la hora de sacarle partido a sus genitales. No existía ningún dios castrador que prohibiese el follar por el follar, ni condenase como herejía el amor entre parejas del mismo sexo, y sí existían dioses propicios a las más variadas prácticas sexuales.

Si mal no recuerdo, creo que fue el dios Seth quien fue erigido como santo patrón de los que practicaban el sexo con semejantes. Con eso quiero decir que Seth era la divinidad, por excelencia, de los gays. De hecho, existen pruebas fehacientes de que los faraones (no todos, obviamente) tenían, además de sus numerosas concubinas, sus amantes masculinos. Podríamos citar a Ptolomeo IV y a Ptolomeo VII, que alternaban indistinta y gustosamente con doncellas y chicos.

El amor entre personas del mismo sexo era tenido por cosa común y socialmente respetada. Las paredes de los templos faraónicos son un ejemplo claro de que ellos entendían de manera muy distinta la sexualidad de cómo la conciben hoy día los cristianos y musulmanes. Cuando en el siglo XIX, las sucesivas expediciones europeas fomentaron el redescubrimiento de la civilización egipcia, a instancias de la, nunca mejor dicho, castradora moral cristiana y musulmana, se cometieron toda suerte de atrocidades contra murales, relieves e imágenes en las que se reproducían miembros viriles en erección o posturas sexuales explícitas.

Mientras los hijos de Abraham vivían bajo las opresoras leyes de un iracundo Yahvé, los reinos vecinos mantenían prostitutos sagrados como en Corinto, donde los jóvenes efebos formaban parte de ritos de fertilidad realizando orgías con los creyentes que rendían culto a la diosa Afrodita Urania.

Alejandro el Grande de Macedonia, el genial conquistador más conocido como Alejandro Magno, ese mismo que antes de cumplir los 30 fundó el mayor imperio conocido de la antigüedad, tenía auténtica devoción por su amigo, compañero de armas y amante Hephaestion desde la adolescencia. Su larga relación no impediría que casara por dos veces con princesas extranjeras siguiendo una rigurosa política de alianzas: Roxana de Bactria y Barsine Stateira de Persia. Cuando Hephaestion murió, Alejandro le lloró como una viuda enamorada hasta las trancas.

Si hay un dato interesante que añadir, es el gusto compartido entre Alejandro Magno y su poderoso rival derrotado, el gran Darío de Persia, por el mismo hombre: un bailarín persa llamado Bagoas. Este personaje fue, sucesivamente, el calienta camas de Darío y de Alejandro.

Busto del rey Filipo II de Macedonia.

Pero no fue el único monarca macedonio en mantener relaciones con personas de su mismo sexo. Filipo II, su padre, fue asesinado por su joven y vengativo amante tras despreciarle y mandar que fuera brutalmente violado por sus soldados.

Otros como Demetrio Poliorcetes -rey de Macedonia entre 294 y 288 a.C.-, Antioquio I (280-261 a.C.) y Antígono II de Macedonia (276-239 a.C.), también se acostaban indistintamente con hombres y mujeres... Con hombres para el placer y con mujeres para obtener descendencia.


En la Grecia clásica, de sobras es conocida la costumbre en la que los hombres adultos inseminaban a sus jóvenes chavales para inculcarles sus conocimientos, además de ejercer de mentores-tutores hasta que les saliera la primera barba. El papel de la mujer, por aquel entonces, se reducía al de paridoras y ni siquiera tenían el derecho a participar en la educación y manutención de sus hijos varones. Tampoco se permitía a la mujer el acceso, como espectadora, a las competiciones olímpicas en las que los atletas demostraban sus aptitudes y potencial completamente desnudos.

En Esparta, se veneraba al hombre con un ideal difícilmente comprensible en la sociedad actual, de ahí que se conciba como crueldad el hecho de que al nacer un bebé con malformaciones o defectos que vulneraban los cánones del hombre ideal, tirasen al crío desde una roca para matarlo. Las razones eran obvias: un impedido no era productivo para su sociedad militarizada.

Por otro lado, desde muy críos, los hijos varones eran separados de sus madres y de las niñas de su edad, para recibir una durísima instrucción y formación militar antes de llegar a la edad adulta. Se fomentaba la relación entre compañeros y que se formasen, en cierto modo, parejas entre ellos; la excusa o motivo eran buenos: cimentaba la unidad y la eficacia de la tropa pues, como explicaba un filósofo, al ser amantes, siempre intentaban superarse el uno al otro, darse mútuo ejemplo de valentía y arrojo, y luchar hasta la muerte para que su pareja nunca sintiera vergüenza de él.

Esta idea fue, curiosamente, retomada y aplicada con éxito por un célebre almirante francés, el Baílio de Suffren de Saint-Tropez, en pleno siglo XVIII.

Cayo Julio César Augusto, el conquistador de las Galias que cruzó el Rubicón, fue de mozo el muerdealmohadas del rey Nicomedes de Bitinia, quien pasó literalmente de sus exhuberantes esclavas negras para acostarse con el romano Julio; de allí su apodo de "putita de Bitinia".

Tanto es así que la mala fama empezó a perseguirle, arrastrando el rumor de que era "mujer de todos los hombres, y marido de todas las mujeres" porque encima tenía afición por las damas casadas. Los cornudos no debían de llevarlo muy bien, que digamos.

Legendaria y poco conocida también su pasión por el caudillo galo Vercingetorix, del cual, al parecer, estaba prendado como una colegiala cuando éste rindió las armas en el 52 a.C. Pero como el guerrero galo le dio calabazas, Julio lo mandó atar a su carro durante su triunfal entrada en Roma, y luego lo dejó macerar unos cinco años en una celda antes de mandarle ejecutar. Eso si, romántico antes de que existiera el término, mandó guardar la rubia cabellera de Vercingetorix para confeccionar con ella una peluca.

Sin embargo y curiosamente, permanece su tardía aventura con Cleopatra VII Filopator, última soberana de un decadente Egipto y de una dinastía griega caída en la endogamia, madre del supuesto hijo de éste, el archiconocido Cesarión que supuestamente pereció a manos de los soldados del bizarro emperador Octavio Augusto. Y digo supuesto, porque ciertos historiadores dudan de que Cleopatra VII quedase preñada por el César, e insinúan que Cesarión no era más que el bastardo fruto de una coyunda con un apuesto legionario romano.

Busto del emperador Tiberio.

Sus sucesores y emperadores Tiberio, Calígula, Claudio, Nerón, Domiciano,Verva, Trajano, Adriano, Cómodo, Heliogábalo y Valentiniano III le superaron con creces en proezas sexuales. Si a Tiberio le ponía la líbido a cien nadar entre decenas de mozalbetes cachondos en su retiro de Capri, a Heliogábalo le obsesionaba retozar con hombres bien formados, viriles y superdotados, algunos auténticos mandingos de enormes atributos, especialmente traídos ante él de cualquier rincón del vasto Imperio Romano, y disfrazarse para ellos de prostituta. Le pasó incluso por la cabeza que le operasen para convertirlo en una auténtica mujer... cosa que no pudo ser.

Cabeza del emperador Heliogábalo. Abajo, estátua de Antinoo, el joven amante del emperador Adriano, que se convirtió en un modelo de belleza masculina.

Si Adriano se nos antoja más tranquilo y romántico, por su gran amor por el adolescente efebo Antinoo, que trágicamente pereció ahogado (no se sabe si por accidente o por ser objeto de un ritual de sacrificio religioso), Calígula se nos presenta como un perverso personaje de gustos eclécticos, de gran lubricidad e incomensurable sadismo que no las tenía todas consigo. Supongo que el hecho de convertir a todas las esposas de senadores y prohombres de Roma en prostitutas de una multitudinaria orgía, cobrando entrada cual proxeneta, rebasó la copa de la paciencia de los que tenían que sufrirle y servirle.

Más respetable aparece Claudio, casado con la reina de las putas y de las arpías habidas y por haber, la más que recordada Mesalina que acabó por envenenarle.

Un famoso general romano de la época del emperador Marco Aurelio, de nombre Macrinio, poseía una barba roja y una musculatura impresionante que hacían de él el macho más solicitado y adorado tanto por hombres como por mujeres. Pero estaba locamente enamorado de un joven llamado Cneo Virgilio quien, para colmo, sufría del mismo mal que Julio César: la epilepsia. Eso no impidió que ambos batallaran duramente durante las campañas bélicas de Marco Aurelio, y Cneo Virgilio encontró, precisamente, una muerte heróica al término de una de ellas. Muerto el amante, Macrinio se consoló entre los brazos de un joven robusto y viril guerrero germano al que había hecho prisionero.

Y siguiendo con el tema de la Roma imperial, recordar que era costumbre entre hombres abrirse la túnica y mostrar sus genitales para indicar que les interesaba mantener relaciones sexuales con el contrario (fuese hombre o mujer). Costumbre también, en el momento de prestar juramento, era la de agarrarse el paquete al jurar, y no como se suele hacer hoy día llevando la mano derecha al corazón.

Pero en aquella Roma antigua, si el sexo entre hombres era permitido y tolerado, era a condición de que el ciudadano libre penetrara a un hombre de estatus inferior, fuera esclavo o prisionero de guerra. Que ocurriera al revés era considerado humillante e inaceptable, una afrenta para el honor y el orgullo romano.

Volviendo a los Judíos, quizá merezca la pena citar la historia de amor existente entre el rey David y Jonathan, hijo del rey Saúl, cuando eran adolescentes.

Para rematar el apartado, citar como curiosidad la civilización hindú con su famoso kamasutra, especie de bíblia del sexo que no sólo iba dirigida a los amantes heterosexuales, sino que también ofrecía una amplia gama de posturas para los amantes del mismo sexo, y cuyas ilustraciones esculpidas adornan el templo de Khajuraho, en la India.

Pero, para hacer justicia a los demás pueblos, he de seguir desgranando otras curiosidades dignas de mención.

En Papúa, Nueva Guinea, existe una tribu bautizada con el nombre de "Pueblo Sambia" por el antropólogo Jared Martin. Su peculiaridad reside en que los hombres y las mujeres viven separados unos de otros, como si de dos comunidades distintas se tratase. Los niños y niñas de la tribu Sambia no pueden jugar juntos y revueltos, ni siquiera tratarse o mirarse. Cuando los varones alcanzan los siete años de edad, abandonan los brazos de sus madres para integrarse en la comunidad masculina donde se practican relaciones sexuales entre ellos; los recién llegados deben iniciarse a un ritual en el que han de practicar felaciones a los adultos y tragarse su semen para, supuestamente, adquirir todo el vigor, la virilidad y la fuerza del sexo masculino. Cuando los chavales adquieren la mayoría de edad, tienen la opción de elegir pareja entre las muchachas núbiles de la tribu para perpetuar su descendencia, aunque para la mayoría de estos jóvenes el contacto con el sexo femenino supone un trauma al estar tan acostumbrados a tener relaciones sexuales con otros hombres.

En Perú, los indios Moches o Mochicas eran en su mayoría homosexuales y dejaban patente sus prácticas sexuales en todo tipo de objetos de uso cotidiano, sobretodo en vasijas de barro y cerámicas, tal y como atestiguan piezas de arte rescatadas de muchas tumbas moches descubiertas recientemente. Por lo visto, cuando los conquistadores españoles arribaron a Perú y pudieron comprobar las prácticas sexuales de los Moches, éstos no dudaron en reprimir duramente a los nativos, en castigarlos y en destrozar cualquier objeto u obra de arte que recordase aquella manera de entender la sexualidad que iba contra las creencias católicas. En "La Crónica de Perú", se citan a los capitanes españoles Pacheco y Olmos como los que censuraron cruelmente las costumbres Moches.

En "La Historia verdaderad de la Conquista de la Nueva España" de Bernal Díaz, se cuenta que los Huastecos, nativos que vivían cerca del Golfo de México allá en el siglo X, eran todos someticos (homosexuales) y que rendían culto al falo con adolescentes que asumían el papel de sacerdotes de Quetzalcoalt. En sus rituales sagrados, eran práctica corriente aplicarse enemas por puro placer y el cacique, gobernante de Cempoala, era atendido por jóvenes esclavos sexuales.

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