PARIS 1599: Muerte de una favorita real
el 26 oct En: Biografías Reyes de Francia Apuntes - 3 comentarios
EL TRÁGICO FINAL DE GABRIELLE D'ESTRÉES

En los tres últimos meses del año de 1598, Gabrielle D'Estrées, Duquesa de Beaufort desde 1597, está en el zénit de su carrera de favorita real y reina sobre el corazón del soberano francés Enrique IV, hasta el punto que éste, terriblemente prendado de su maitresse-en-titre, irá a provocar una insostenible situación a ojos de sus súbditos, comprometiendo el futuro de la Corona y de su casa: querer desposarla.
Pese a sus numerosas traiciones, Gabrielle parece haber tenido un sincero amor por el rey que, por su parte, tampoco ha sido fiel a ésta. No hay duda que ambos se aman y que Enrique IV, enamorado hasta las trancas de esa beldad, ya no puede vivir sin tenerla a su lado. Está tan orgulloso de su favorita que, en numerosas ocasiones, le pide que se quite la máscara para que los embajadores extranjeros puedan admirar la belleza de su rostro. Para colmo, le ha dado lo que tanto ansiaba: hijos, a los que enseguida legitimó y cubrió de títulos.
El Idilio Real: un escándalo para Europa

En octubre de 1598, Enrique IV cae enfermo. Una retención de orina se produce en el real paciente a consecuencia de una infección mal curada, declarándose una fuerte fiebre que casi lo manda al otro barrio. El rey pierde el conocimiento durante 2 horas y ya, en las antecámaras, circulan confusos rumores anunciando su inminente muerte. Pero, el 21 de octubre, la fiebre remite y el rey se empeña en curarse siguiendo al pie de la letra todas las prescripciones médicas. De hecho, se curará...
El día 29 del mismo mes, creyéndose totalmente restablecido, se permite el lujo de cenar copiosamente y, a medianoche, sufre de vómitos y taquicardias. Reaparece la fiebre durante un momento pero, finalmente, se recupera. Durante aquella enfermedad, Gabrielle ha hecho prueba de tal devoción por Enrique que éste, nuevamente, se encuentra indeciso. Deja que sus diplomáticos inicien los tratos con el gran duque de Toscana al tiempo que tiembla pensando cómo anunciará la noticia a la duquesa que el bien del Estado le obliga a casarse con María de Médicis. Cuando le objetan que su matrimonio con la reina Margot aún no se ha disuelto, se encoge de hombros. ¿Quién podría impedirle repudiar a una reina por causa de manifiesta esterilidad? Incluso el papa no tendría más opción que la de asumir los hechos.
Bruscamente, y pese a las negociaciones entabladas con Florencia, Enrique IV decide que casará con Gabrielle D'Estrées!

El 23 de febrero de 1599, en pleno carnaval, una gran fiesta es ofrecida a la corte en el palacio del Louvre. Los convidados se apretujan ante una larga mesa que amenaza con colapsarse bajo las bandejas y piezas montadas. El Gran Chambelán pide silencio... El rey se levanta y conduce a su vera a Gabrielle y, levantando la voz para que todos puedan oírle, declara:
-Madame, he aqui el anillo de mi coronación, el anillo de mis nupcias con el reino de Francia, os lo doy!
Y acto seguido pasa en el dedo de su amante el anillo que le fue entregado durante su consagración en la catedral de Chartres. La estupefacción es total entre los cortesanos. La asistencia se indigna y empiezan los ensordecedores murmullos de que aquello es un escándalo intolerable. Apenas se puede oír al rey prometer, al tiempo que posa sus labios sobre la mano de la favorita:
-Celebraremos nuestra boda después de Pascuas, a la Quasimodo.
Gabrielle, radiante, toca con los dedos el cielo. Todos sus temores se han desvanecido de golpe. Encarga inmediatamente la confección de su vestido de novia, en color encarnado pálido, bordado en oro y plata. Incluso llega a exclamar orgullosamente: "No hay más que Dios y la muerte del rey para impedir que me convierta en reina de Francia!"

Advertido, el papa Clemente VIII ordena un ayuno general en toda la ciudad de Roma. Su Santidad se retira para rogar que el rey de Francia no cometa semejante disparate. Cuando sale de su capilla privada, afirma haber tenido una visión y se exclama, extasiado: "Dios ha proveído!"
Menos de un mes después, la corte abandona París para Fontainebleau, donde se pasará la Semana Santa. En ese momento, la duquesa de Beaufort está en estado de buena esperanza, de seis o siete meses. Como su estado no le permite subir a lomos de un caballo, la transportan en una engalanada litera tendida de terciopelo negro doblado de naranja sostenida por dos mulas. Puesto que la Semana Santa ya se acerca, es costumbre que el rey mantenga las apariencias de un recogimiento espiritual y, sobretodo, que no viva en el pecado. Por ello, la concubina real no puede permanecer junto al rey como tampoco bajo el mismo techo durante aquellas fiestas religiosas; por tanto, los amantes han de separarse hasta que terminen. Gabrielle acepta mal la separación y llora.
Una muerte presentida

El 6 de abril, con tristeza, la duquesa de Beaufort abandona sus habitaciones del castillo de Fontainebleau. El rey la acompaña hasta la riba del Sena, en Savigny-le-Temple, donde embarca en una chalupa que tiene que llevarla de regreso a París. Presa de un extraño presentimiento, Gabrielle encomienda encarecidamente a Enrique IV sus tres hijos: César, Alejandro y Enriqueta de Borbón.
Tras un último abrazo, el monarca confía Gabrielle al cuidado del Marqués de Bassompierre y del Duque de Montbazon. Sobre las 3 de la tarde, la chalupa deja a su pasajera ante el Arsenal, donde reside Diana D'Estrées su hermana. La misma noche, Gabrielle decide cenar en casa del banquero italiano Sebastián Zamet, un arribista que siempre la corteja como una reina. Luego, vuelve al palacio de Sourdis, hogar de su tía vecino a la iglesia de Saint-Germain-l'Auxerrois.
Al día siguiente, miércoles santo, recibe al poderoso ministro Barón de Rosny buscando su alianza y apoyo con la promesa de una fortuna sin límites. Pero el futuro Duque de Sully finge no entender sus indirectas.
El jueves santo, con gran séquito, la duquesa se persona en la iglesia del Petit-Saint-Antoine para oír el oficio de Tinieblas. El Duque de Montbazon la escolta. Nuevamente, la favorita se va a cenar invitada por el banquero Zamet. Durante el ágape, Gabrielle encuentra un limón*, que le sirven, de un sabor extrañamente ágrio. Ya que hace buen tiempo, desea dar un pequeño paseo por el espléndido jardín italiano de su cicerone. De repente, se desmaya sintiendo, según sus propias palabras, un terrible fuego en la garganta y, sobretodo, horribles dolores en el estómago,... como si la estuvieran acuchillando. Los allí presentes creen que va a dar a luz en breve. La transportan con toda urgencia hasta el palacio de Sourdis. Se siente mejor poco después.
El viernes santo por la mañana, su estado empeora. Presa de violentas convulsiones, la eclampsia se declara... los sufrimientos son intolerables. La escena que sigue es horrorosa: los médicos se precipitan y arrancan del vientre de Gabrielle un niño muerto ¡a pedazos!

Tres correos sucesivos parten para Fontainebleau con el fin de notificarlo al rey. El tercero anuncia a Enrique IV que una terrible hemorragia se ha producido. Y, claro está, la terapia de la época lleva a los galenos a sangrar varias veces a la moribunda. Enrique IV ordena inmediatamente que ensillen su montura para galopar hacia París. En la localidad de Villejuif, se cruza con el canciller Pomponne de Bellièvre, que esperaba que le ensillaran su caballo para retomar el camino hacia Fontainebleau. Se aproxima al rey:
-Sire, le dice el canciller, la duquesa está moribunda. Me han comunicado que las convulsiones la han desfigurado y que su rostro parece como torcido por alguna mano invisible. Menudo disgusto sería el vuestro, viendo en tan deplorable estado y sin remedio, una persona que Vuestra Majestad ha amado tanto!
El ayuda de cámara Pierre de Béringhen llega a su vez de París y, tras bajar de su montura, da nuevos detalles:
-Madame la duquesa se ha quedado ciega y sorda. Ella misma se golpea incesantemente el cuerpo y el rostro. Los médicos, los cirujanos, los boticarios no entienden la violencia de su mal.
Enrique, plantado como una estátua, atontado por el dolor, no puede retener las gruesas lágrimas que resbalan sobre su rostro arrugado y se pierden en su barba grisácea. Le oyen murmurar:
-Esto es obra de Dios que ama este Estado y no quiere perjudicarlo. No abusaré de su misericordia.
El rey está tan afligido que sus acompañantes le llevan hasta la vecina abadía de La Saussaye, donde se echa sobre una cama para llorar a lágrima viva. Horas más tarde y en plena noche, se deja llevar nuevamente a Fontainebleau. No verá el rostro irreconocible de la mujer a la que ha amado apasionadamente, ese rostro tan bello, devastado por la enfermedad, ese rostro repugnante, según cuentan los testigos.
Pese a todo, la duquesa vivirá aún doce largas horas de abominables sufrimientos. Los sacerdotes, llamados para darle la extrema unción, se ven en la imposibilidad de administrarle ese último consuelo; la duquesa se debate en medio de los sobresaltos de una espantosa agonía.
El sábado santo, 10 de abril de 1599, a las 6 de la mañana, Gabrielle D'Estrées exhala su último suspiro. La noticia corre cual reguero de pólvora por las calles de París y provoca inmediatamente una general a la par que macabra alegría. Se afirma en los mentideros de la capital que la duquesa de Beaufort hizo un pacto con el Diablo para casarse con el rey de Francia y que, por ello, ha muerto fulminada.

Retrato de Maximilien de Béthune, Barón y luego Marqués de Rosny, 1er Duque de Sully (1559-1641).
Sully acoge la noticia con toda la exultación que le permite su natural gravedad. Al principio, no pudo creer lo que le estaba contando el mensajero, y acabó tomando su desayuno escuchando el macabro relato del portador de tan buena noticia. Después, se fue a despertar a su esposa diciendo:
-Hija mía, hay buenas noticias. No iréis al despertar ni al acostar de la duquesa. La cuerda se ha roto.
La "remembranza" representando a la favorita real, a imagen y semejanza de una reina, fue colocado bajo un dosel de paño de oro. La tía de la difunta, Madame de Sourdis, ha revestido el cuerpo del maniquí con el suntuoso vestido de novia que había encargado su sobrina para sus esponsales con el rey. La efigie funeraria, enmarcada por dos heraldos con tabardo sembrado de flores de lis, es de esta guisa presentada para que familiares y extraños presenten sus respetos a la muerta. El desfile no había aún comenzado cuando la familia de Gabrielle se precipita en su casa con carros y mulas para hacerse con todos sus muebles y bienes. Todas sus joyas, incluso los anillos que lleva la muerta, le son arrancados de los dedos... El expolio es vergonzoso, el saqueo... total.
En Roma, el papa expresa su alegría: su visión de lo que iba a pasarle a la favorita se ha cumplido! Contarini describe, en Venecia, "la alegría y el alivio que se resiente en general por ese accidente..." Cada uno reconoce que esa gracia procede milagrosamente de Dios, quien ha querido extender su especial protección sobre Francia en el momento en el que ésta lo necesitaba urgentemente.

La muerte de Gabrielle D'Estrées desenreda la inextricable situación en la cual se había metido el rey con tanta ligereza: anunciar a la corte su boda con la duquesa de Beaufort, mientras dejaba a sus representantes llevar a buen puerto las negociaciones de su compromiso con la princesa florentina.
Aquel jueves santo, en casa de Zamet, ¿ofrecieron a la favorita esos italianos un limón envenenado? ¿Acaso el papa no había anunciado que Dios había proveído? Todo apunta a una conspiración urdida entre florentinos y franceses que, por distintas razones, se oponían a que el rey de Francia convirtiera en reina a la madre de sus bastardos. Muerta Gabrielle, el camino era nuevamente despejado para que María de Médicis, la elegida, se convirtiera en la próxima consorte del monarca galo.
(*)_Los testigos no se aclaran sobre qué tipo de cítrico se dio a la favorita, porque unos afirman que era un limón y otros una naranja. Algunos otros se refieren a una limonada. En cualquier caso, cuando Gabrielle regresó al palacio de Sourdis, declaró que la habían envenenado en casa de Zamet.

Nacido en Greenwich Palace el 28 de junio de 1491 -a poca distancia de Londres-, es el tercer hijo de los reyes Enrique VII y Elizabeth de York. Precedido en la cuna por su hermano mayor Arturo, Príncipe de Gales, no opta por la sucesión al trono más que como segundón y parece ser que su educación académica está hecha para orientarle hacia una carrera eclesiástica. A los 3 años de edad, su padre le concede el título de Duque de York, de Conde-Mariscal de Inglaterra y de Lord Teniente de Irlanda. En el curso de su formación llegará a hablar con fluidez el latín, el francés y el castellano. De hecho, Enrique se convertirá en un príncipe intelectual que gustaba escribir, componer poesías y pequeñas obras musicales. Alternó esas aficiones con el deporte de su época: el tenis, la caza y las justas caballerescas que, por culpa de un accidente que iba a marcar el curso de la historia y de su salud física y mental, tuvo que dejar de lado a regañadientes. Gran aficionado a los juegos de azar, se convirtió en un consumado jugador de dados, de cartas y en un obseso de las apuestas.
En 1501, el entonces Príncipe de Gales contrae matrimonio con la Infanta Catalina de Aragón y de Castilla para sellar una alianza anglo-española forjada entre Enrique VII y los Reyes Católicos Isabel y Fernando. Veinte semanas después del enlace, el heredero del trono muere súbitamente y el Duque de York se convierte en el nuevo Príncipe de Gales. Para resolver el problema de la muerte sin descendencia del príncipe Arturo, y la pérdida de interés del rey por la alianza con los monarcas castellano-aragoneses, el que será el nuevo monarca consentirá desposar a su cuñada pese a la creencia de que aquello solía traer mal fario al contrayente. A partir de ese momento clave, se determina el consabido futuro de la Corona Inglesa y sus consecuencias.
En 1516, la reina Catalina da a luz a una hija sana: la princesa María; un hecho que renueva las esperanzas de un Enrique obsesionado con proporcionar a Inglaterra un sucesor que dé continuidad a la dinastía que él representa y que necesita imperativamente consolidarse. Ese mismo año, fallece su suegro Fernando II de Aragón, entonces regente en nombre de su hija Juana I "la Loca" de Castilla y León, y le sucede en el poder su nieto Carlos I, sobrino de la reina Catalina de Aragón. Tres años más tarde, en 1519, al morir el emperador Maximiliano de Austria, se abrió la veda para postular por el solio imperial; aunque oficialmente Enrique VIII respaldaba la candidatura del rey Francisco I de Francia, frente a la de su sobrino político Carlos I de España -nieto de Maximiliano-, no dudó en presentar secretamente la suya propia, aunque en vano. Aquello le convirtió en el mediador entre dos potencias rivales que se daban de codazos para gozar de sus favores, y le otorgó el manejo del equilibrio del poder europeo hasta que, en 1521, su influencia empezó a diluirse en la nada.



"Enrique nunca fue un hombre refinado y galante; como en todo lo demás, sus maneras amorosas eran brutales y directas, los preámbulos muy cortos, los desarrollos restringidos y la conclusión abrupta; el amor físico fue siempre reducido por él a lo esencial, un rito biológico sin fantasía, con el solo objetivo de procrear. La galante Catherine (Howard) había conocido algo mucho mejor antes de casar con el rey, cuya apariencia carecía de todo atractivo." 





Sin embargo y, por lo visto, simultáneamente, Daisy se convirtió en la amante secreta de Charles-William De La Poer, Lord Beresford -
Dada su ruptura con el Príncipe de Gales y futuro rey Eduardo VII, Daisy se dedicó a escribir y a publicar una docena de libros, convirtiéndose en una activa y feroz socialista a partir de sus repetidos encuentros con el periodista y editor del "The Clarion" Robert Blatchford, autor de una dura crítica contra ella y su modo de vida a raíz de su famoso "Bal Poudré"(1), celebrado en su castillo de Warwick en la década de 1890. Los argumentos de Blatchford causaron tal impacto en la condesa que ésta acabó uniéndose a la Federación Social-Demócrata en 1904. Se convirtió en la principal benefactora de la organización al entregarle grandes sumas de dinero para su financiación y apoyando, en particular, su campaña para conseguir comedores gratuitos para los escolares. Erigida en principal benefactora de numerosas parroquias, favoreció un clero netamente socialista, se opuso como pacifista a la Gran Guerra de 1914-1918 y acogió con satisfacción la Revolución de Octubre en Rusia. Tras la Iª Guerra Mundial, se unió abiertamente al Partido Laborista, militando en sus filas y apoyando a sus candidatos.





El padre de nuestro protagonista era entonces una eminente figura del Partido Conservador que, sucesivamente, había desempeñado varios cargos políticos durante el reinado de Victoria I: miembro del Parlamento por Tewkesbury entre 1857 y 1864, diputado por el West Worcestershire entre 1863 y 1866, Lord Steward entre 1874 y 1880, Paymaster General entre 1886 y 1887, y Lord Teniente del Worcestershire entre 1876 y 1891. Tercer hijo de Henry Lygon, 4º Conde de Beauchamp, y de Lady Susan Caroline Eliot, hija del 2º Conde de St. Germans, había recibido su formación académica en Eton College consiguiendo su licenciatura en 1856, en el Christ Church de la universidad de Oxford. Inició su carrera política vinculándose al Partido Conservador, descolgando en 1857 su acta de diputado para Tewkesbury en el Parlamento Británico. La muerte sin hijos de su hermano mayor, entonces 5º Conde de Beauchamp, el 4 de marzo de 1866, le convirtió en el 6º Lord Beauchamp y nuevo cabeza de familia al frente del mayorazgo. Dada su nueva condición, tuvo que renunciar a su puesto en la Cámara de los Comunes para entrar en posesión de su asiento en la Cámara de los Lores. Bajo los ministerios de Benjamin Disraeli y del Marqués de Salisbury, desempeñó diversos cargos en el seno del gobierno conservador y de su administración.



En 1902, Lord Beauchamp se une al Partido Liberal y, el mismo año, contrae matrimonio con Lady Lettice Mary Elizabeth Grosvenor, hija de Victor, Conde Grosvenor, y nieta del 1er Duque de Westminster. Cuando los liberales llegan al poder con Sir Henry Campbell-Bannerman en diciembre de 1905, nuestro conde es nombrado Capitán del Honorable Cuerpo de Caballeros de Armas y, en enero de 1906, entra a formar parte del Consejo Privado de Su Graciosa Majestad**. En julio de 1907, Eduardo VII le nombra Lord Mayordomo de la Casa Real (Lord Steward of the Royal Household), un cargo que le hace entrar en contacto permanente con la familia real británica y la corte de St. James, y que en su día también fue desempeñado por su progenitor. Siendo Herbert Henry Asquith*** nuevo primer ministro en 1908, Lord Beauchamp seguiría desempeñando su cargo en la corte eduardiana.
En junio de 1910, ingresa en el gabinete como Lord Presidente del Consejo y, en noviembre del mismo año, es nombrado Primer Comisionado de Obras Públicas y Urbanismo. En 1911, la Corona le nombra Lord Teniente de Gloucestershire y, en la ceremonia de coronación del rey Jorge V en Westminster, es él quien lleva la Espada Real o del Estado (
Fue a raíz de un viaje de Lord Beauchamp a Australia en 1930, en compañía de Robert Bernays, miembro de su mismo partido, cuando se supo comúnmente en la sociedad londinense que ambos eran, en realidad, amantes. El escándalo estaba servido... y el cuñado del conde, el duque de Westminster, no faltó en soplar los detalles del sucio "affaire" al rey Jorge V y a la reina Mary, con la secreta esperanza de hundir así al Partido Liberal a través de Lord Beauchamp y porque, a nivel personal, le tenía en aversión y, por qué no decirlo... envidia. Las revelaciones del duque sentaron como un bombazo en Buckingham Palace; Jorge V llegó incluso a murmurar: "Y yo que pensaba que los hombres así se pegaban un tiro..." 
Horrorizados los reyes por la posibilidad de que saltase a la calle semejante escándalo y salpicase a la familia real, más teniendo en cuenta que dos de sus hijos -los príncipes Henry y George de Gran-Bretaña (1)- habían sido repetidas veces los distinguidos huéspedes de Lord Beauchamp en Madresfield Court y que, para colmo, el último andaba en estrecha relación con una de las hijas de su anfitrión ocasional, Lady Mary Lygon, Jorge V tomó cartas en el asunto más veloz que un rayo. Tras la bronca de rigor a sus dos retoños, el rey exigió que George interrumpiera de inmediato su relación con Lady Mary Lygon. El segundo paso fue llamar a palacio a Lord Beauchamp y exponerle su resolución a la vista de todas las pruebas reunidas contra él por el duque de Westminster: que se retirara del escenario político, que dimitiera de todos sus cargos, que se separara (sin divorcio formal) de su esposa Lady Lettice y abandonase el país inventándose cualquier pretexto creíble. Era menester evitar a toda costa el escándalo y, sobretodo, que Lord Beauchamp fuese públicamente denunciado por su cuñado (en cuyo poder obraban las pruebas incriminatorias de su homosexualidad) y pasara por un vergonzoso juicio de consecuencias más que previsibles...(2).


En cuanto al cuñado de Lord Beauchamp, podemos afirmar que las bajezas del duque de Westminster respondieron a una necesidad de apaciguar una envidia insana que venía atormentándole desde hacía años, y principal causa de su animadversión por el marido de su hermana. Él que era uno de los hombres más ricos de Europa, al que apodaban "Bendor", se había visto repentinamente vetado en la corte tras divorciarse por dos veces y casarse una tercera vez, amén de su relación adúltera con Coco Chanel (entre 1925 y 1930), cosa que no era del agrado de Buckingham Palace, mientras su cuñado se acostaba con hermosos chavales de 19 años y gozaba impunemente del favor real... Inevitablemente, se sintió discriminado y utilizó los medios más viles para vengarse de lo que él consideraba una injusticia: destapó la bisexualidad del príncipe George, duque de Kent, aireando ante Jorge V la relación del príncipe con Noel Coward y muchos, muchos otros hombres, sin olvidarse de aquel chaval francés que anduvo chantajeandole al tener en su posesión cartas de amor harto comprometedoras y que amenazó con publicarlas si no se le untaba adecuadamente. Y luego, arremetió contra Lord Beauchamp exponiendo las aterradoras pruebas de sus actividades sexuales con sus propios criados, amigos y hombres locales a ojos de Jorge V.

Rey a los 16 años por la abdicación de su padre, Luis I tuvo una infancia triste y bastante solitaria y una constitución física endeble y enfermiza. Lo casaron con una indeseable y murió de viruela, a los 17 años.

Para conocer los motivos del desastre hay que retrotraerse a lo que era la Corte francesa, la más depravada y corrompida del siglo XVIII. El regente, Felipe II de Orleans (1674-1723) -


Si éste Lord Carnarvon ha conseguido hacerse un sitio en la historia de la arqueología moderna como mecenas, su hijo y sucesor en el título condal no le fue a la zaga: Henry George Herbert, 6º Conde de Carnarvon (1898-1987), heredero de una colosal fortuna**, señor del grandioso castillo neo-isabelino de Highclere y dueño de una vasta finca de 1.450 Km2 en el condado de Hampshire, brilló en otro terreno. Lejos de parecerse a sus progenitores, el 6º Lord Carnarvon se ilustró particularmente por un modo de vida que fue, inevitablemente, la comidilla de la alta sociedad y de la prensa británica. Aunque convenientemente casado con Anne Catherine Tredick Wendell desde 1922, sus numerosas infidelidades y proezas sexuales con terceras acabaron por arruinar su matrimonio. Humillada y avergonzada por la escandalosa conducta de Lord Carnarvon, la condesa obtuvo el divorcio en 1936. Y es que no era para menos... Lord Carnarvon se había hecho famoso por llamar a las puertas de las damas y doncellas aporreándolas con su miembro viril en plena erección. Cuentan incluso que una vez violó vigorosamente a una invitada suya y que ésta, al desmayarse en plena agresión sexual, fue violentamente reanimada por el conde, quien le echó encima una jarra de agua helada para que volviera en si. 


Dado que Lady Fanshaw vivió durante la Guerra Civil Inglesa y teniendo presente que pertenecía, por tradición familiar, al bando realista, no resulta tan descabellado creer que fuera la legendaria enmascarada que se enseñoreaba nocturnamente por los caminos de la zona. En una época en que imperaba la desesperación y el hambre tanto entre el campesinado como entre la gentry (la clase señorial y terrateniente), no era extraño ver cómo la penuria empujaba a muchos jóvenes caballeros y damas de noble cuna, incluyendo sus criados y doncellas, a convertirse en asaltadores de caminos como único medio para conservar sus maltrechas y menguadas propiedades ancestrales, constantemente amenazadas de embargo y sobre las que pesaban gravámenes abusivos impuestos por el Parlamento Londinense. Lady Fanshaw, como tantos otros de sus semejantes, vio cómo morían en los campos de batalla los miembros más jóvenes de sus familias y cómo perdía paulatinamente sus bienes muebles e inmuebles a manos de las tropas de Cromwell (que se dedicaban a saquear y a incendiar las mansiones de los partidarios de Carlos I, para luego verse éstos sancionados con multas que acababan de arruinarlos del todo) y de los implacables recaudadores enviados por el Parlamento. Por tanto, no parece tan fantasiosa la creencia de que Lady Katherine Fanshaw, fuera la "Malvada Dama" enmascarada que, a caballo y por la noche, robaba a punta de pistola.
cuyas principales posesiones se ubicaban en Irlanda (
