PARIS 1599: Muerte de una favorita real
el 26 oct En: Biografías Reyes de Francia Apuntes - 3 comentarios
EL TRÁGICO FINAL DE GABRIELLE D'ESTRÉES

En los tres últimos meses del año de 1598, Gabrielle D'Estrées, Duquesa de Beaufort desde 1597, está en el zénit de su carrera de favorita real y reina sobre el corazón del soberano francés Enrique IV, hasta el punto que éste, terriblemente prendado de su maitresse-en-titre, irá a provocar una insostenible situación a ojos de sus súbditos, comprometiendo el futuro de la Corona y de su casa: querer desposarla.
Pese a sus numerosas traiciones, Gabrielle parece haber tenido un sincero amor por el rey que, por su parte, tampoco ha sido fiel a ésta. No hay duda que ambos se aman y que Enrique IV, enamorado hasta las trancas de esa beldad, ya no puede vivir sin tenerla a su lado. Está tan orgulloso de su favorita que, en numerosas ocasiones, le pide que se quite la máscara para que los embajadores extranjeros puedan admirar la belleza de su rostro. Para colmo, le ha dado lo que tanto ansiaba: hijos, a los que enseguida legitimó y cubrió de títulos.
El Idilio Real: un escándalo para Europa

En octubre de 1598, Enrique IV cae enfermo. Una retención de orina se produce en el real paciente a consecuencia de una infección mal curada, declarándose una fuerte fiebre que casi lo manda al otro barrio. El rey pierde el conocimiento durante 2 horas y ya, en las antecámaras, circulan confusos rumores anunciando su inminente muerte. Pero, el 21 de octubre, la fiebre remite y el rey se empeña en curarse siguiendo al pie de la letra todas las prescripciones médicas. De hecho, se curará...
El día 29 del mismo mes, creyéndose totalmente restablecido, se permite el lujo de cenar copiosamente y, a medianoche, sufre de vómitos y taquicardias. Reaparece la fiebre durante un momento pero, finalmente, se recupera. Durante aquella enfermedad, Gabrielle ha hecho prueba de tal devoción por Enrique que éste, nuevamente, se encuentra indeciso. Deja que sus diplomáticos inicien los tratos con el gran duque de Toscana al tiempo que tiembla pensando cómo anunciará la noticia a la duquesa que el bien del Estado le obliga a casarse con María de Médicis. Cuando le objetan que su matrimonio con la reina Margot aún no se ha disuelto, se encoge de hombros. ¿Quién podría impedirle repudiar a una reina por causa de manifiesta esterilidad? Incluso el papa no tendría más opción que la de asumir los hechos.
Bruscamente, y pese a las negociaciones entabladas con Florencia, Enrique IV decide que casará con Gabrielle D'Estrées!

El 23 de febrero de 1599, en pleno carnaval, una gran fiesta es ofrecida a la corte en el palacio del Louvre. Los convidados se apretujan ante una larga mesa que amenaza con colapsarse bajo las bandejas y piezas montadas. El Gran Chambelán pide silencio... El rey se levanta y conduce a su vera a Gabrielle y, levantando la voz para que todos puedan oírle, declara:
-Madame, he aqui el anillo de mi coronación, el anillo de mis nupcias con el reino de Francia, os lo doy!
Y acto seguido pasa en el dedo de su amante el anillo que le fue entregado durante su consagración en la catedral de Chartres. La estupefacción es total entre los cortesanos. La asistencia se indigna y empiezan los ensordecedores murmullos de que aquello es un escándalo intolerable. Apenas se puede oír al rey prometer, al tiempo que posa sus labios sobre la mano de la favorita:
-Celebraremos nuestra boda después de Pascuas, a la Quasimodo.
Gabrielle, radiante, toca con los dedos el cielo. Todos sus temores se han desvanecido de golpe. Encarga inmediatamente la confección de su vestido de novia, en color encarnado pálido, bordado en oro y plata. Incluso llega a exclamar orgullosamente: "No hay más que Dios y la muerte del rey para impedir que me convierta en reina de Francia!"

Advertido, el papa Clemente VIII ordena un ayuno general en toda la ciudad de Roma. Su Santidad se retira para rogar que el rey de Francia no cometa semejante disparate. Cuando sale de su capilla privada, afirma haber tenido una visión y se exclama, extasiado: "Dios ha proveído!"
Menos de un mes después, la corte abandona París para Fontainebleau, donde se pasará la Semana Santa. En ese momento, la duquesa de Beaufort está en estado de buena esperanza, de seis o siete meses. Como su estado no le permite subir a lomos de un caballo, la transportan en una engalanada litera tendida de terciopelo negro doblado de naranja sostenida por dos mulas. Puesto que la Semana Santa ya se acerca, es costumbre que el rey mantenga las apariencias de un recogimiento espiritual y, sobretodo, que no viva en el pecado. Por ello, la concubina real no puede permanecer junto al rey como tampoco bajo el mismo techo durante aquellas fiestas religiosas; por tanto, los amantes han de separarse hasta que terminen. Gabrielle acepta mal la separación y llora.
Una muerte presentida

El 6 de abril, con tristeza, la duquesa de Beaufort abandona sus habitaciones del castillo de Fontainebleau. El rey la acompaña hasta la riba del Sena, en Savigny-le-Temple, donde embarca en una chalupa que tiene que llevarla de regreso a París. Presa de un extraño presentimiento, Gabrielle encomienda encarecidamente a Enrique IV sus tres hijos: César, Alejandro y Enriqueta de Borbón.
Tras un último abrazo, el monarca confía Gabrielle al cuidado del Marqués de Bassompierre y del Duque de Montbazon. Sobre las 3 de la tarde, la chalupa deja a su pasajera ante el Arsenal, donde reside Diana D'Estrées su hermana. La misma noche, Gabrielle decide cenar en casa del banquero italiano Sebastián Zamet, un arribista que siempre la corteja como una reina. Luego, vuelve al palacio de Sourdis, hogar de su tía vecino a la iglesia de Saint-Germain-l'Auxerrois.
Al día siguiente, miércoles santo, recibe al poderoso ministro Barón de Rosny buscando su alianza y apoyo con la promesa de una fortuna sin límites. Pero el futuro Duque de Sully finge no entender sus indirectas.
El jueves santo, con gran séquito, la duquesa se persona en la iglesia del Petit-Saint-Antoine para oír el oficio de Tinieblas. El Duque de Montbazon la escolta. Nuevamente, la favorita se va a cenar invitada por el banquero Zamet. Durante el ágape, Gabrielle encuentra un limón*, que le sirven, de un sabor extrañamente ágrio. Ya que hace buen tiempo, desea dar un pequeño paseo por el espléndido jardín italiano de su cicerone. De repente, se desmaya sintiendo, según sus propias palabras, un terrible fuego en la garganta y, sobretodo, horribles dolores en el estómago,... como si la estuvieran acuchillando. Los allí presentes creen que va a dar a luz en breve. La transportan con toda urgencia hasta el palacio de Sourdis. Se siente mejor poco después.
El viernes santo por la mañana, su estado empeora. Presa de violentas convulsiones, la eclampsia se declara... los sufrimientos son intolerables. La escena que sigue es horrorosa: los médicos se precipitan y arrancan del vientre de Gabrielle un niño muerto ¡a pedazos!

Tres correos sucesivos parten para Fontainebleau con el fin de notificarlo al rey. El tercero anuncia a Enrique IV que una terrible hemorragia se ha producido. Y, claro está, la terapia de la época lleva a los galenos a sangrar varias veces a la moribunda. Enrique IV ordena inmediatamente que ensillen su montura para galopar hacia París. En la localidad de Villejuif, se cruza con el canciller Pomponne de Bellièvre, que esperaba que le ensillaran su caballo para retomar el camino hacia Fontainebleau. Se aproxima al rey:
-Sire, le dice el canciller, la duquesa está moribunda. Me han comunicado que las convulsiones la han desfigurado y que su rostro parece como torcido por alguna mano invisible. Menudo disgusto sería el vuestro, viendo en tan deplorable estado y sin remedio, una persona que Vuestra Majestad ha amado tanto!
El ayuda de cámara Pierre de Béringhen llega a su vez de París y, tras bajar de su montura, da nuevos detalles:
-Madame la duquesa se ha quedado ciega y sorda. Ella misma se golpea incesantemente el cuerpo y el rostro. Los médicos, los cirujanos, los boticarios no entienden la violencia de su mal.
Enrique, plantado como una estátua, atontado por el dolor, no puede retener las gruesas lágrimas que resbalan sobre su rostro arrugado y se pierden en su barba grisácea. Le oyen murmurar:
-Esto es obra de Dios que ama este Estado y no quiere perjudicarlo. No abusaré de su misericordia.
El rey está tan afligido que sus acompañantes le llevan hasta la vecina abadía de La Saussaye, donde se echa sobre una cama para llorar a lágrima viva. Horas más tarde y en plena noche, se deja llevar nuevamente a Fontainebleau. No verá el rostro irreconocible de la mujer a la que ha amado apasionadamente, ese rostro tan bello, devastado por la enfermedad, ese rostro repugnante, según cuentan los testigos.
Pese a todo, la duquesa vivirá aún doce largas horas de abominables sufrimientos. Los sacerdotes, llamados para darle la extrema unción, se ven en la imposibilidad de administrarle ese último consuelo; la duquesa se debate en medio de los sobresaltos de una espantosa agonía.
El sábado santo, 10 de abril de 1599, a las 6 de la mañana, Gabrielle D'Estrées exhala su último suspiro. La noticia corre cual reguero de pólvora por las calles de París y provoca inmediatamente una general a la par que macabra alegría. Se afirma en los mentideros de la capital que la duquesa de Beaufort hizo un pacto con el Diablo para casarse con el rey de Francia y que, por ello, ha muerto fulminada.

Retrato de Maximilien de Béthune, Barón y luego Marqués de Rosny, 1er Duque de Sully (1559-1641).
Sully acoge la noticia con toda la exultación que le permite su natural gravedad. Al principio, no pudo creer lo que le estaba contando el mensajero, y acabó tomando su desayuno escuchando el macabro relato del portador de tan buena noticia. Después, se fue a despertar a su esposa diciendo:
-Hija mía, hay buenas noticias. No iréis al despertar ni al acostar de la duquesa. La cuerda se ha roto.
La "remembranza" representando a la favorita real, a imagen y semejanza de una reina, fue colocado bajo un dosel de paño de oro. La tía de la difunta, Madame de Sourdis, ha revestido el cuerpo del maniquí con el suntuoso vestido de novia que había encargado su sobrina para sus esponsales con el rey. La efigie funeraria, enmarcada por dos heraldos con tabardo sembrado de flores de lis, es de esta guisa presentada para que familiares y extraños presenten sus respetos a la muerta. El desfile no había aún comenzado cuando la familia de Gabrielle se precipita en su casa con carros y mulas para hacerse con todos sus muebles y bienes. Todas sus joyas, incluso los anillos que lleva la muerta, le son arrancados de los dedos... El expolio es vergonzoso, el saqueo... total.
En Roma, el papa expresa su alegría: su visión de lo que iba a pasarle a la favorita se ha cumplido! Contarini describe, en Venecia, "la alegría y el alivio que se resiente en general por ese accidente..." Cada uno reconoce que esa gracia procede milagrosamente de Dios, quien ha querido extender su especial protección sobre Francia en el momento en el que ésta lo necesitaba urgentemente.

La muerte de Gabrielle D'Estrées desenreda la inextricable situación en la cual se había metido el rey con tanta ligereza: anunciar a la corte su boda con la duquesa de Beaufort, mientras dejaba a sus representantes llevar a buen puerto las negociaciones de su compromiso con la princesa florentina.
Aquel jueves santo, en casa de Zamet, ¿ofrecieron a la favorita esos italianos un limón envenenado? ¿Acaso el papa no había anunciado que Dios había proveído? Todo apunta a una conspiración urdida entre florentinos y franceses que, por distintas razones, se oponían a que el rey de Francia convirtiera en reina a la madre de sus bastardos. Muerta Gabrielle, el camino era nuevamente despejado para que María de Médicis, la elegida, se convirtiera en la próxima consorte del monarca galo.
(*)_Los testigos no se aclaran sobre qué tipo de cítrico se dio a la favorita, porque unos afirman que era un limón y otros una naranja. Algunos otros se refieren a una limonada. En cualquier caso, cuando Gabrielle regresó al palacio de Sourdis, declaró que la habían envenenado en casa de Zamet.














Cuando murió su abuelo materno el rey Fernando II de Aragón, Carlos se convirtió en el nuevo rey de las Españas con el ordinal de Carlos I y con tan solo 16 años, aunque en realidad se vio asociado al trono de su madre la reina Juana I "la Loca", auténtica reina propietaria que, por entonces, ya no se dominaba y andaba recluída. Sus inicios como soberano inexperto rodeado de una cohorte de nobles flamencos ambiciosos, no mejoró en nada su imagen en sus nuevos reinos ibéricos. Que fuera en Castilla, en Aragón o en Cataluña, la impresión que dio a sus súbditos fue nefasta y no sólo porque no supiera ni una palabra de castellano o de catalán.



A los 15 años, el napolitano Alfonso Gabriele Capone, más conocido como Al Capone, robó a un peluquero siciliano del barrio de Brooklyn (Nueva York) y como castigo le rajó las dos mejillas con una navaja de barbería, por cuyas cicatrices le vino el apodo de Scarface (cara cosida).

Dado que Lady Fanshaw vivió durante la Guerra Civil Inglesa y teniendo presente que pertenecía, por tradición familiar, al bando realista, no resulta tan descabellado creer que fuera la legendaria enmascarada que se enseñoreaba nocturnamente por los caminos de la zona. En una época en que imperaba la desesperación y el hambre tanto entre el campesinado como entre la gentry (la clase señorial y terrateniente), no era extraño ver cómo la penuria empujaba a muchos jóvenes caballeros y damas de noble cuna, incluyendo sus criados y doncellas, a convertirse en asaltadores de caminos como único medio para conservar sus maltrechas y menguadas propiedades ancestrales, constantemente amenazadas de embargo y sobre las que pesaban gravámenes abusivos impuestos por el Parlamento Londinense. Lady Fanshaw, como tantos otros de sus semejantes, vio cómo morían en los campos de batalla los miembros más jóvenes de sus familias y cómo perdía paulatinamente sus bienes muebles e inmuebles a manos de las tropas de Cromwell (que se dedicaban a saquear y a incendiar las mansiones de los partidarios de Carlos I, para luego verse éstos sancionados con multas que acababan de arruinarlos del todo) y de los implacables recaudadores enviados por el Parlamento. Por tanto, no parece tan fantasiosa la creencia de que Lady Katherine Fanshaw, fuera la "Malvada Dama" enmascarada que, a caballo y por la noche, robaba a punta de pistola.
cuyas principales posesiones se ubicaban en Irlanda (
